MONTES MALDITOS

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Dr crestas (113.a)Juventud, divino tesoro.

¡Ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar no lloro

y a veces, lloro sin querer.

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura, amarga y pesa.

Ya no hay princesa que cantar.

                   (Fragmento de la poesía de Rubén Dario,                                                                          “Juventud, divino tesoro”)

                            *        *        *        *

A pesar de que caminamos ligeros de ropa, podemos notar la frialdad del aire por la respiración. Paulatinamente, la noche se adueñaba del paisaje; caminamos tranquilos y en silencio, con la sensación de frío en la punta de la nariz. Ante nosotros se encuentra el magno escenario de cumbres blancas que corona el Valle de Vallhibierna. Las montañas, distantes y esbeltas, están cubiertas de una capa de nieve helada. Parece reflejar destellos plateados de una luz propia, como si el día que agoniza aún se resistiese a abandonar los altos parajes.

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Pronto hacemos la pausa obligatoria para buscar dentro de las mochilas las linternas frontales que nos permitirán continuar la marcha con comodidad. Es el momento para abrigarse y tomarse un merecido descanso de cinco minutos. El brillo de las estrellas nos llena de dicha, no hay indicios de un posible cambio de tiempo, por lo que cada vez estamos más seguros de que el tiempo será excelente, y que, consecuentemente, nos esperan unas fantásticas jornadas de escalada en el Pirineo central.

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Es noviembre, y los bosques de la parte baja de la montaña aún están en plena mudanza cromática. A sido tal nuestro asombro que, constantemente, intercambiamos comentarios sobre la multitud de fotos realizadas.

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Horas más tarde, sumidos en una noche tan negra como la boca de lobo, montamos nuestra tienda en las cercanías de Ibón de Coronas. El lago presenta una sección tapada con una fina capa de hielo, y poco más arriba se dibuja la linea blanca que anuncia la proximidad de los pedregales nevados.

Los planes son los siguientes; de las dos jornadas de actividad programadas, una queremos escalar la dentada cresta de Cregüeña al Pico Maldito, y la segunda jornada deseamos coronar el Pico Aneto por la clásica canal Estasen. El citado corredor es uno de los itinerarios de nieve que mas meses permite la escalada glaciar en el Pirineo, no en vano accede a la cumbre más alta de la cordillera.

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De los tres compañeros que componemos el grupo, el “Sherpa”, – que acaba de salir de un largo proceso de recuperación tras un accidente –  prefiere reservar las fuerzas para el segundo de los proyectos, por lo que nos anuncia su renuncia a escalar la cresta. Los dos restantes, Oscar y yo, miramos de reducir el peso al máximo. Unos cuantos tascones y algún aro de cuerda serán suficientes para protegernos los pasos más delicados.

Cuando emprendemos la marcha al romper el alba, vemos colgar en el cielo pequeñas nubes dispersas. A pesar de que su aspecto nos resulta una tanto desagradable, consideramos que no son motivo suficiente para volver a meterse en el saco. No obstante, a medida que ganamos altura, las nubes ganan terreno y consistencia. Al llegar al collado que marca el inicio de la cresta, un espectacular manto de niebla juega a envolver las cumbres mas altas.

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Asaltados por las dudas, intercalamos el dialogo de vigor.

– ¿ Qué crees ?, ¿ nos arriesgamos ?.

– No sé que decirte, hace poco se veían todas las cumbres, ahora el Aneto ya está camuflado, y el Maldito también se esconde por momentos.

– Ya ves, con el paseo que nos hemos metido para llegar hasta aquí… ¡que rabia dar media vuelta!.

– Mira, subimos la cumbre más cercana, y luego ya veremos. Si más no desenredaremos la cuerda y escalaremos un poco.

– Vale. Vamos tirando, al fin y al cabo en una cresta siempre estamos a tiempo de bajarnos.

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Poco más arriba de la horcada, las condiciones del terreno nos sorprenden. La nieve no es tan abundante ni consistente como parecía, y en numerosas ocasiones cede bajo nuestro peso para dejar al descubierto las lajas de roca que apenas la sostienen. Las condiciones aconsejan ser prudentes y estar atentos, no dudamos en proceder a unirnos con la cuerda y realizar relevos en un lugar donde en pleno verano ascenderíamos dando saltos.

Al iniciar el primer largo de cuerda noto como me embarga la ilusión y desaparecen las dudas. Las maniobras de la escalada son variadas y absorben toda nuestra atención: tantear el lugar apropiado para el pie, picar la nieve, estirarse en busca del asidero de la mano, la superación de ciertos bloques, buscar el emplazamiento para los seguros. Uno a uno se suceden los relevos de la cuerda. Es tal la compenetración y el entusiasmo que cuando nos damos cuenta, apenas recordamos en que momento preciso se ha iniciado la constante caída de copos de nieve. Lo cierto es que un tramo afilado en la cresta nos hace recapacitar antes de proseguir. La nieve cubre los relieves de la escarpado perfil, la roca está muy fría y mojada, y aventurarse a forzar el paso nos resulta poco alentador. Un vistazo al reloj nos acaba de convencer de que la mejor opción es renunciar a proseguir la escalada. Nos ayuda pensar que debemos reservar fuerzas para la jornada siguiente, en la que no se nos escapará el Rey pirenaico; si más no, la inminencia del segundo proyecto resta amargura a la siempre vacía retirada.

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La primera decisión está tomada: “Nos vamos“; pero falta la segunda “¿ por donde ?“. Deshacer el trayecto que realizado resulta demasiado largo y la noche acecha; continuar la cresta comporta afrontar el tramo escarpado, con cara de pocos amigos, cuya complejidad nos había detenido. La mejor alternativa era rapelar por cualquiera de los dos flancos del cordal, muy a pesar de la verticalidad de sus paredes. Nos asomamos a la vertiente que da a los Lagos de Coronas, que es por donde debemos descender para llegar al valle donde tenemos la tienda. Lanzamos las cuerda y vemos que se pierden en el precipicio, engullidas por la niebla.

– ¿Cuantos ráppeles crees que tendremos que hacer ?.

– No lo sé, pero este tramo parece muy tieso, y si no recuerdo mal la pared que hay por aquí debe tener más de cien metros.

– Llevamos una cuerda de 45 metros. Tendríamos que hacer cinco o seis ráppeles.

– …

– Quizás sea mejor bajar por Cregüeña y flanquear horizontalmente bajo la cresta hasta el Collado.

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Al inspeccionar la vertiente contraria descubrimos una mejor perspectiva. A pesar de la visibilidad menguada por las nubes y la nevada, el pie de la pared se reconoce a apenas cincuenta metros. Una vez abajo, en tan solo veinte minutos podremos realizar la travesía caminando para traspasar el collado, y volver así al valle por el que hemos realizado la aproximación. Es obvio que la mejor opción es rappelar por la vertiente opuesta al lugar donde tenemos la tienda.

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– Fíjate, el pie de la pared está cerca, a apenas un par de ráppeles

– Si, tres máximo.  

Sin más divagaciones dejamos caer las cuerdas, y seguidamente inicio el primero de los ráppeles. Desde un principio me sorprende la verticalidad de la pared. Descendidos quince metros miro hacia arriba y diviso la silueta de mi compañero entre los erizados bloques de piedra, tengo entonces la seguridad de que, una vez desmontado el ráppel, nos resultará imposible volver a subir al borde de la cresta.

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Al concluir las cuerdas debo pendular para encontrar un margen de roca fisurada que me permita fijar empotradores y montar una reunión. El final de la cuerda está próximo, por lo que anudo las mismas por miedo a que se me escape uno de los extremos durante el péndulo. Cuando consigo montar el relevo en la roca aviso al compañero para que inicie el descenso. El primer problema se nos plantea al comprobar que la cuerda del rappel debe ser recuperada antes de realizar el péndulo, puesto que a la reunión tan solo se llega gracias a la flexibilidad de las cuerdas, las cuales se reducen unos dos metros al salir del descendedor. A Oscar no le queda más remedio que quedarse “a pelo” para proceder a recuperar la cuerda, no obstante, encadenando todos los mosquetones, cintas y tascones que llevamos, logramos hacer una especie de cinturón de seguridad con la que enlazamos nuestros baudriers. He tenido que utilizar la baga y los mosquetones de la reunión para confeccionar nuestro cordón de unión, por lo que me cojo con cada una de las manos a los dos tascones que forman la exigua reunión que antes he montado. Viéndonos en la presente situación, — él estirando la cuerda en equilibrio, y yo enganchado a los cables de los tascones — somos conscientes de que estamos efectuando una de aquellas maniobras que formarían parte del libro “Lo que nunca se bebe hacer en la escalada”, pero no me queda mas remedio que convencerme de que, en caso de que caiga mi compañero, tendré la fuerza suficiente para no desprenderse de la reunión a la que me aferro con las dos manos.

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Pasado el momento de tensión, debemos de escoger cual de los dos tascones abandonamos para realizar el siguiente ráppel. Hace un momento me parecían dos seguros buenos, pero ahora que tenemos que colgarnos con ganas de uno de ellos empiezo a dudar sobre si están bien colocados. Los extraigo y los vuelvo a meter varias veces, hasta que uno de ellos se hunde en la fisura. Iniciamos el segundo rapel, preludio de lo que serán los siguientes. Al final nos colgamos confiados de los tascones que vamos abandonando a medida que descendemos. Uno de ellos esta medio empotrado en una fisura horizontal, pero conseguimos incrustarlo con la punta del piolet hasta que nos otorga confianza. Finalizado el cuarto rappel caímos en la evidencia de que lo que desde arriba parece el plano horizontal del pie de la pared, no era más que la propia vertiente tapizada de nieve, cuya roca permanecía oculta. Resignados continuamos descendiendo de puntas de roca de dudable resistencia y de los pocos tascones que nos quedan.

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Al finalizar el sexto ráppel llego a una especie de cueva inclinada. La nevada se ha intensificado, y a la sazón la penumbra del anochecer ha dado paso a la oscuridad absoluta. A tientas consigo fijar un nuevo punto de descuelgue de una piedra puntiaguda. Inicio el nuevo descenso, en el que el mundo se limita a apenas unos metros de terreno vertical iluminado por la linterna frontal, Continuo bajando, siempre atento a que no finalicen las cuerdas y se escurran por el descendedor. Concluido el ráppel me desilusiona ver que aún no estamos en el suelo, ¡ presentía que éste descenso a oscuras sería el último !. Bajo mis pies la pendiente de nieve continua presentando mucha verticalidad, y no logro ver ninguna fisura para instalar los últimos seguros que nos quedan. Voy pendulando de un lado a otro, agotando, una a una, las posibilidades de montar una nueva instalación.

Preocupado por mi excesiva tardanza, Oscar me requiere desde la cueva.

– Pako, ¿ Qué pasa ?

– No encuentro donde instalar el rappel.

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Pasan los minutos y continuo el desesperado vaivén de una lado a otro, repitiendo el escrupuloso estudio de los emplazamientos ya visitados. Mi compañero vuelve a gritarme.

– Pako, sube a la cueva, pasamos aquí la noche y mañana con luz acabamos de bajar.

Miro hacia arriba y tan solo veo un sinfín de copos de nieve que cruzan la luz proyectada por la linterna frontal y se depositan sobre mí. El tramo por el que he descendido es sumamente vertical “Una mierda subo otra vez arriba” pienso. De repente veo un trozo de piedra, de apenas un palmo, que se asoma sobre la pendiente nevada, excavo por encima de ella y luego por abajo, hasta construir una especie de puente. Paso un cordino por detrás de la piedra y lo anudo alrededor de la misma.

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– Ya esta, puedes bajar –

Cuando mi compañero llega a mi lado mira sorprendido el relevo en que me encuentro. Lo observa detenidamente y pregunta ¿ Esto aguantará ? — Pronto lo sabremos, por si las moscas no te asegures mientras me cuelgue — le respondo.

Con sumo cuidado me dejo caer, incrementando paulatinamente la presión del peso del cuerpo, hasta colgar completamente. “Aguanta” respiro profundamente y desciendo tan rápido como puedo. La suerte nos ha acompañado en cada uno de los rápeles, pero sobretodo en éste último. Sentimos un gran alivio al llegar a los campos nevados situados bajo la pared; no obstante nos desalienta pensar que estamos demasiado cansados para flanquear hacia el collado, más aun cuando comprobamos que el trayecto es más accidentado de lo que esperábamos.

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Por hoy ya tenemos suficiente de maniobras de cuerdas, por lo que decidimos continuar por donde podamos ir caminando, o sea, bajar hacia el Lago de Cregüeña. Sin duda un largo camino nos separa de la tienda, primero tenemos que descender completamente el valle donde nos encontramos, para más tarde volver a remontar el otro situado más al sur. Cuando estamos vadeando las orillas del Lago, patinamos constantemente sobre las losas de piedra cubiertas por los dos dedos de nieve reciente. Nos sentimos terriblemente cansados por lo que nos obstinamos a resguardarnos bajo un bloque y hacer vivac. La nevada continua cayendo de manera suave pero constante, y tan solo tras numerosas tentativas, encontramos una losa lo suficientemente grande como para que la nieve no logre cubrir la totalidad del suelo situado bajo la piedra. Una vieja enseñanza dicta que uno debe demorar al máximo el inicio del vivac del cual sabe que apenas dormirá. Resguardados ya de la nevada, nos sentamos sobre las mochilas y picamos cuatro galletas congeladas, cayendo entonces en la cuenta que es el primer bocado que nos metemos en la boca desde la pausa realizada justo al iniciar la escalada.

Cuando ya no tenemos más motivos para demorar el vivac, y aturdidos por el agotamiento, nos estiramos en el fondo de la cueva, acurrucados bajo una manta isotérmica. Inmediatamente, al estirarnos sobre la piedra, notamos la primera mordedura del frío.

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– ¿ Qué hora es ? – le pregunto a Oscar.

– Las doce y media – Responde.

– Bueno – pienso – entre ráppeles, caminada, patinadas y cena han pasado las horas.

Recordamos la racha de mala suerte que nos ha acompañado durante los últimos meses, puesto que éste es el tercer vivac que realizamos en condiciones inapropiadas. En septiembre tuvimos que pasar la noche a apenas cien metros de la tienda, también sin sacos y aguantando la fina lluvia bajo las capelinas. La oscuridad y la niebla nos sorprendieron durante el descenso y nosotros habíamos sido lo suficientemente necios como para dejar las linternas frontales en la tienda. Por la mañana estábamos completamente convencidos de que la escalada que íbamos a realizar sería un entretenimiento de pocas horas. Más tarde, temiendo caer por un precipicio mientras caminábamos a tientas, nos resignamos a pasar la noche sobre unos prados de hierba mojada, digiriendo con calma la nueva lección que nos estaba enseñando la montaña. Por suerte la temperatura aún era bastante estival, por lo que logré dormir durante largos intervalos.

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En octubre el vivac fue premeditado, y por tanto estábamos equipados con los sacos de pluma. Bajo la atenta mirada de la Pica d’Estats, en los lagos de Sotllo, buscamos unos muros de piedra e instalamos un gran plástico a modo de toldo. Lo que no estaba previsto es que a media noche se iniciase un aguacero desconsolado, que poco a poco inundó el emplazamiento del vivac, convirtiendo el suelo en una gran balsa de agua y barro. Completamente empapados, y con los sacos de pluma que parecían esponjas, esperamos la llegada del alba cantando canciones absurdas y explicando gran cantidad de chistes. Nos reímos tanto que quizás hasta supo mal que se hiciese de día.

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Ahora, ni chistes, ni canciones ni temperaturas estivales. Las anteriores noches constituyeron pequeñas “aventurillas” que daban más color al fin de semana, hoy sentimos como la montaña nos ha deparado una mala jugada. El dialogo que intercambiamos es escueto y enseguida pierde vigor, cada uno se interna en su propio tormento y trata de combatir el hiriente frío. Una eternidad más tarde vuelvo a preguntarle la hora a mi compañero.

– Las diez y media – Responde.

– ¿ Como ?.

Vuelve a mirar una y otra vez el reloj.

– Sí, si, son la diez y media. Creo que antes lo he mirado mal, deberían ser entonces la nueve y media. –

Desecho ante la evidencia, no vuelvo a abrir la boca hasta que la lechosa luz de la mañana anuncia la proximidad del alba. Continúa nevando, de hecho creo que no ha cesado durante toda la interminable noche. Tan pronto como somos capaces de adivinar los contornos del paisaje, nos ponemos en marcha, muertos de hambre, de frío y de cansancio.

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Por la tarde, mientras caminamos lentamente por los zig-zags del camino que asciende al Ibón de Coronas, encontramos a nuestro compañero. El “Sherpa” , preocupado por nuestra excesiva demora, pretendía solicitar ayuda para organizar nuestra búsqueda. Cuando nos juntamos su cara es todo un mapa, parece haber visto dos fantasmas.

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