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LAS EXTENSIONES GLACIARES MÁS GRANDES DEL MUNDO FUERA DE ZONAS POLARES

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¿Cuales son las extensiones de hielo y los glaciares más grandes del mundo, exceptuando las zonas polares?

La categoría está liderada por las 2 grandes masas de hielo continental patagónico, la norte y la sur. Luego nos tenemos que ir a los glaciares más grandes del hemisferios norte, el más grande de los cuales está en el Pamir y los dos siguientes en el Karakorum.

El ranking por tanto seria el siguiente:

  • Hielo Patagónico sur.
  • Hielo Patagónico Norte.
  • Glaciar de Fedtxenko
  • Glaciar de Siachen
  • Glaciar de Biafo

Pasamos a continuación a detallar la descripción y datos de interés de estas 5 zonas glaciares:

HIELO PATAGÓNICO SUR

El campo de hielo patagónico sur es una gran extensión de hielos continentales (la tercera más extensa del mundo tras las de la Antártida y Groenlandia; la mayor de todas las de carácter continental no polar y con acceso terrestre), situada en los Andes patagónicos, en la frontera entre Argentina y Chile. Es denominado hielo continental patagónico en Argentina y campo de hielo sur en Chile, para diferenciarlo del campo de hielo norte.

Se extiende de norte a sur a lo largo de 350 km, desde los 48º20′ S hasta los 51º30′ S. Tiene una extensión de 16 800 km², de los cuales el 85 % pertenece a Chile y un 15 % a la Argentina.

Del campo de hielo se desprenden un total de 49 glaciares, entre los que se encuentran los glaciares Upsala (902 km²), Viedma (978 km²), y Perito Moreno (258 km²) en Argentina; y en Chile Jorge Montt, Pío XI (el mayor del hemisferio Sur fuera de la Antártida, con 1265 km²), O’Higgins, Bernardo, Tyndall, y Grey.

Gran parte de su extensión se encuentra protegida al formar parte de diferentes parques nacionales: los de Bernardo O’Higgins y Torres del Paine en Chile y el de Los Glaciares en Argentina.

El campo de hielo sur formó, en tiempos prehispánicos, parte de los lindes de la ocupación del pueblo canoero kaweskar (alacalufe), por el oeste, y los nómades pampeanos aonikenk (tehuelches), por el este. Ambas etnias dieron a ese paisaje de hielo un lugar predominante dentro de sus cosmovisiones.

Los tehuelches creían que su héroe cultural, Elal, el introductor de la humanidad en la Patagonia oriental, había sido criado por el cisne en el sagrado Monte Chaltén (Fitz Roy), uno de los límites e hitos paisajísticos principales de los hielos continentales, desatando, al bajar las laderas, la furia vengativa de los hermanos Shie (la nieve) y Kosheske (el frío), quienes también convocaron al asesino viento helado, Maip. Elal los derrotó inventando el fuego en la ladera, al hacer chocar dos piedras, con lo que sus enemigos –la nieve, el hielo y el viento helado– retrocedieron a sus propios dominios, dejando espacio para el surgimiento de la vida, aunque desde entonces quedaron enemistados con los hombres y animales.

En febrero de 1952 se realizó la «Expedición argentina al Hielo Continental», que consiguió el primer cruce este-oeste a través de Paso Marconi y hasta el fiordo Exmouth. 

En el verano de 1960-1961 se realizó la «Expedición chilena-británica al Hielo Patagónico Sur», cruzando parcialmente en forma longitudinal el campo de hielo desde el fiordo Calén hasta el brazo norte del lago Argentino.

En 1993, un grupo español/argentino, formado por Carlos Tamayo, Sebastián de la Cruz, Antonio Trabado, José Bedia, Antonio Peregruezo y Sebastián Álvaro, realizó una travesía norte-sur en el campo de hielo Sur, sorteando la falla Richter mediante el uso de un helicóptero y saliendo en el glaciar Tyndall

Durante los meses de octubre de 1998 a enero de 1999, se desarrolló el primer cruce longitudinal completo, los integrantes, cuatro chilenos: Pablo Besser, José Pedro Montt, Mauricio Rojas y Rodrigo Fica.

En el año 2003 el noruego Boerge Ousland y el suizo Thomas Ulrich realizan una travesía norte sur, sin abastecimiento y utilizando velas para traccionar los trineos, superan la falla Richter y salen del hielo en el sector del glaciar Pingo.

HIELO PATAGÓNICO NORTE

El campo de hielo norte es un campo de hielo que tiene una extensión de aproximadamente 4200 km², y se encuentra íntegramente dentro de la región de Aysén (Chile). Tiene una dimensión aproximada de 120 km de largo en sentido norte-sur y de 50 a 70 km de ancho (dependiendo de la latitud) en sentido este-oeste.

Algunos puntos geográficos de interés dentro del CHN incluyen:

El monte San Valentín, en la porción norte del CHN, de 4058 m. y que es considerado el más alto de la Patagonia chilena;

El cerro Arenales de 3437 m cerca del margen sur.

La mayor atracción turística de la zona: la laguna de San Rafael, con el glaciar San Rafael, el ventisquero a nivel del mar más cercano al ecuador en el mundo.

Más al sur, y separado por el istmo de Ofqui, se ubica el glaciar San Quintín, única lengua glaciar en la zona de crecimiento sostenido en los últimos años

EL GLACIAR FEDTXENKO

El Glaciar Fedtxenko (en ruso: Ледник Федченко) es una enorme glaciar de la cordillera Yazgulyam en las montañas del Pamir. Se encuentra en la parte norte-central de la provincia Provincia de Alto Badajshán de Tayikistán. El glaciar es larga y estrecha, actualmente extendiéndose sobre 77 km y cubriendo más de 700 km cuadrados de superficie. Es el glaciar más largo del mundo fuera de las regiones polares. El espesor máximo del glaciar es de 1,000 metros, y el volumen de la Fedtxenko y sus docenas de afluentes es de 144 kilómetros cúbicos-representante por ejemplo una tercera del volumen del Lago Erie.

El glaciar sigue generalmente la dirección norte al este del pico Garmo (6.595 m). El glaciar comienza a una altura de 6,200 m sobre el nivel del mar, y termina en el río Balandkiik cerca de la frontera con Kirguistán a un altura de 2.909 m. Sus aguas alimentan los ríos Muksu, Surkhob, Wakhsh, y Amud que desembocan en el Mar de Aral.

Al oeste del glaciar se encuentra la cordillera Academia de Ciencias, Mont Garmo, Pico Ismail Samani, Pico Korjenévskaia y las fuentes de los ríos Vanja y Yazgulyam. A su sur se encuentra el Pico Independencia, al este el Pico Gorbundov (6.025 m), y el norte del Altyn Mazar.

El glaciar fue descubierta en 1878 pero no fue plenamente explorada hasta la llegada en 1928 de una expedición alemano-soviética bajo Willi Rickmer Rickmers. Recibe el nombre del explorador ruso Alexei Pavlovich Fedtxenko (que no descubrió el glaciar, pero). El 1910-1913 glaciar se expandió 800-1000 m, bloqueando el año siguiente el río Balyandlik hacia arriba. Se retiró en el periodo 1928-1960, deteniéndose el recibimiento de agua del Kosinenko, Ulugbeck, Alert y muchos otros.

GLACIARES DE SIACHEN

Los glaciares de Siachen (en Hindi: सियाचेन; en Urdu: سیاچین) están situadas al este de la cordillera Karakoram, en las montañas del Himalaya, en unas coordenadas de 35 ° 30 ‘N, 77 ° 00’ E, justo al este de la línea de control entre la India y Pakistán. India controla todo el glaciar Siachen, incluyendo los glaciares afluentes, desde 1984, mientras Pakistán controla la región situada al oeste de las montañas Saltor.

El glaciar Siachen hace 70 km de largo y es la más larga del Karakoram y la segunda del mundo entre las que no se encuentran en zonas polares.

La acumulación de nieve en invierno es de media de 10,5 metros y la temperatura mínima absoluta puede llegar a -50 ° C. Incluyendo todos los glaciares afluentes, cubre una superficie de unos 700 km².

Sea en lengua Balti es el nombre de una planta rosácea que se encuentra abundantemente en la región. Siachen significa un lugar lleno de estas plantas sea. El nombre de la misma glaciar se atribuye a Tom Longstaff.

La región de este glaciar ha sido un campo de batalla intermitente desde 1984 entre India y Pakistán, y los dos estados tienen fuerzas militares permanentes hasta los 6.000 m de altitud en una zona ejemplo de guerra de montaña.

GLACIAR DE BIAFO

El Glaciar Biafo (Urdu: بیافو گلیشیر) es un glaciar de 67 km de largo de la cordillera del Karakórum en Gilgit-Baltistán, Cachemira paquistaní. Se une a los 49 km del Glaciar Hispar a una altitud de 5.128 m en el cuello de Hispar (Hispar La) conformando el sistema glaciar más largo del mundo fuera de las regiones polares y los hielos continentales de Patagonia. Este glaciar conecta dos antiguos reinos montañosos, Nagar al oeste y Baltistan al este. La conexión de los Glaciares de Biafo y el Hispar suman más de 100 km de ruta glacial.

El recorrido del glaciar Biafo es de varios días a pie hasta llegar a la Snow Lake cerca del punto más alto. El lago Snow, que contiene partes del Glaciar Biafo superior y de su glaciar afluente Sim Gang, es uno de los depósitos más grande de nieve o hielo del mundo fuera de las regiones polares, con hasta 1,600 m de profundidad.

A lo largo de la Biafo se encuentran sitios de campamento fuera del glaciar, adyacentes a las morrenas laterales y las pendientes de las montañas circundantes. Los dos primeros (pasado el último pueblo antes del glaciar, Askole) Mango y Namlo, son a menudo cubierto de flores (y Namlo tiene una hermosa cascada muy cerca del área de campamento). El tercer lugar de campamento, Baintha, un gran prado verde con arroyos, es a menudo utilizado como día de descanso. Observaciones de flora y fauna de alta montaña son típicas en la subida, incluyendo el Ibex y la Cabra blanca Capra Falconeri. El área es también conocida por la presencia del oso pardo del Himalaya, osos marrones y leopardos de las nieves, aunque es raro verlos.

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PATAGONIA, HISTORIAS INCONCLUSAS EN EL FIN DE LA TIERRA

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¿QUIERES VIAJAR CON PAKO CRESTAS? – CLICKA FRASE – VISITA www.catalonia-trekking.com ó envia mail a pakocrestas@gmail.com ó whatssap al 0034 615626813Viento sur

tú que soplas por las mañanas

calma pronto,

deja de soplar.

Calma pronto,

que se doblan ya las ramas

que crujen y se quiebran

ante tus ganas

de soplar, oh, viento sur.

Viento sur,

tu que traes el frío en tus alas

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se viene el verano

y deja que el calor nos de la mano

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

Viento sur,

tu que traes el frió al pasar

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se queman las cosechas

que mueren cuando tu frío acechas

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

(Canción del malvinense James Douglas Lewis titulada “Viento Sur”)

Dicen que Patagonia es una tierra para aquellos viajeros que son los dueños de su propio tiempo. Yo no puedo considerarme el dueño de mi propio tiempo, puesto que siempre lo consigo a cambio de invertir parte de este propio tiempo en otros quehaceres, pero en Patagonia si que tuve la sensación de ser el dueño de mi propio tiempo, y para desgracia mía, casi no supe que hacer con él. Aquello que tanto aprecio y por lo que tanto lucho, se convirtió en una gran inconveniente cuando me sobraba y no sabía que hacer con él. Un signo más de la enfermiza vida de los que vivimos marcados por la estirpe de la sociedad moderna.

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La pequeña expedición, que tiene su escenario en otoño del año 2.003, se inicia de la manera que acostumbra a ser usual en mis viajes. El día cualquiera recibo la inesperada llamada de Ramón, un buen escalador canario que fue mi compañero con el que escalé la mayoría de cascadas de hielo durante la estada anual del GAME, que marzo de este año se celebró en Colorado. Desde que nos despedimos en el aeropuerto no hemos vuelto a hablar, y meses más tarde me hace una llamada desinteresada para saber qué es de mi vida. Yo hace varios días que busco buscando a alguien para realizar un viaje de unos veinte días antes de que finalice el año y a un lugar que esté de acorde con mi manera de entender la montaña como aventura. Un destino lejano, insólito y solitario. Patagonia se me antoja como un lugar adecuado para mi alocado proyecto, pero debo aceptar que desde que cayó en mis manos el libro de ….., titulado …. y editado por Desnivel en lengua castellana, no puedo evitar de ojearlo frecuentemente, al menos una vez por día. No en vano es una apuesta arriesgada, puesto que Patagonia se caracteriza por un tiempo detestable y horrible que obliga a los montañeros a largos periodos de inactividad y espera en perspectiva a un cambio de tiempo dudoso y efímero. En realidad un viaje reducido en el espacio de tiempo tiene mayor posibilidad de fracaso, y es normal que los posibles candidatos se desanimen ante la perspectiva. Ramón, durante la corta conversación telefónica, se me presenta como mi última esperanza. Sin pensarlo un par de veces disparo de manera sincera. Total, el “no” ya lo tengo.

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– Ramón, estoy buscando a alguien para ir a la Patagonia unos veinte días a finales de noviembre … Ya se que es un lugar con un tiempo horrible y que tenemos muchas posibilidades que recorrer medio mundo y volver con las manos vacías … No sé, si tienes días y prefieres otro destino podemos hablar .. pero es que dispongo de la posibilidad de escapar y me gustaría aprovecharlo … hasta me planteo ir solo a algún lugar como los volcanes de Iran si la falta de compañero me aconseja no escalar …

Ramón duda. Le he pillado frío, pero tampoco no me da la negativa como primera respuesta. El segundo ataque es más premeditado. Le aconsejo que se compre el libro de Patagonia que tanto me ha enamorado, es más, no tardo en fotocopiar parte del libro y enviárselo por fax. Le hablo de un macizo semi desconocido, donde residen las segundas montañas más altas de la Patagonia Austral: el macizo de San Lorenzo. Que sepa ningún español ha estado allá con la intención de escalar, aunque ese detalle poco me importa. Lo que si que me llama la atención una bonita pared virgen a una montaña de elocuente nombre: El Cerro Hermoso.

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Ramón no tarda en encargar el libro para recibirlo por correo. Dos días más tarde la obra de Gino y Silvia está en sus manos. Está perdido, basta con hojearlo un rato para sentir la necesidad de dar una respuesta positiva a mi proposición. Ramón y yo estamos hechos de la misma pasta. Aún no sabe como lo hará, como combinará el trabajo, como convencerá a la familia … lo que si que sabe es que en la otra punta del mundo existe una pared virgen que hasta poco antes de 50 horas nunca había sabido de su existencia y que ahora le obligará a hacer verdaderos malabarismos con su tiempo, con el tiempo de sus clientes, con el tiempo de su familia … y todo porque aquel loco escalador de Barcelona le ha puesto la miel en los labios.

La suerte está echada, los días apremian, tenemos muy poco tiempo para los preparativos y nuestras precipitadas vidas de profesionales liberales no nos dan mucha maniobra. Llamo a mi amigo Carles Gel, un verdadero maestro en organizar rápidamente una expedición a los lugares más inverosímiles. En pocos días todo está resuelto. Vuelos, contactos, alquiler de coches, estancias. Creo que no llegamos a hacernos la idea de que vamos a Patagonia hasta el momento en que nos encontramos en el aeropuerto de Barajas con los petates facturados desde los respectivos lugares de procedencia: Tenerife y Barcelona.

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El encuentro resulta emotivo. No en vano los dos somos conscientes de que nuestra apuesta conjunta es arriesgada. En realidad apenas nos conocemos; es cierto que los días que escalamos juntos en Colorado nos dejaron a los dos el poso del buen recuerdo. Pero allá, en Ouray, la buena relación es fácil. Dormimos en hoteles muy bien acondicionados; cada día disfrutábamos de tiempo suficiente para escalar, relajarnos, asearnos y comer de manera abundante. Las cenas eran bajo carta, en restaurantes, con el servicio en la mesa y la tarjeta presta saldar las cuentas en dólares. Los desplazamientos eran cómodos puesto que teníamos a nuestra disposición un enorme vehículo todo terreno. Las escaladas también tenían fáciles accesos y fáciles descensos, como mucho un tramo de pista o de bosque sin más complicación y con duraciones limitadas a pocos minutos. Formábamos parte de un abundante grupo de escaladores — más de cincuenta — lo que te facilitaba conectar y desconectar del compañero de escalada. Ahora, en Patagonia, la situación será radicalmente diferente en todos los aspectos: hemos sustituido la comodidad del hotel por la precariedad y las limitaciones más estrictas, las escaladas cortas y abundantes de cascadas de hielo de fácil acceso por una pared remota y perdida en el fin del mundo; hemos sustituido un numeroso grupo de más de medio centenar de escaladores por la única y constante presencia del compañero de cordada. La meteorología de la Patagonia facilmente nos obligará a días enteros de la más absoluta inactividad y en estas circunstancias facilmente afloran las diferencias de carácter que pueden llegar a hacer insoportable la simple presencia de la otra persona. En el fondo confío que mi sexto sentido no me engañe y que la elección de Ramón como compañero para la presente aventura no sea desacertada. Yo se que el también debe pensar lo mismo, aunque ambos mantengamos nuestro propio secreto.

La llegada al aeropuerto de Comodoro – Rivadabia nos anuncia la tónica dominante del cuerno sur del continente americano: el viento. El avión se balancea de manera peligrosa antes de tomar tierra. Por las ventanillas se pueden divisar los pocos árboles cercanos a las pistas completamente azotados por el embate del fuerte vendaval. Confío en que el piloto del avión debe tener las manos peladas de aterrizajes como el que estamos a punto de emprender. Seguramente en nuestro país las autoridades prohibirían una llegada en estas condiciones climatológicas. Si aquí fuesen estrictos en este aspecto, creo que pocos serían los días en que se permitirían los vuelos de avión, lo que llevaría a la ruina el comercio aéreo en este sector del planeta.

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La llegada a Argentina tenía que ser la bienvenida a una primavera avanzada que está a punto de convertirse en verano. En mi interior recordaba la agradable sorpresa que me causó el anterior viaje realizado a los Andes, — hace ya poco más de diez años –, en el que un abrasador calor puso el contrapunto a un gélido enero. Días antes de realizar aquel viaje despedí mis queridos Pirineos que ya estaban vestidos del blanco manto de las primeros temporales de nieve. Ahora, pocos días antes de venir a Patagonia, también había podido dar la bienvenida a las nevadas primerizas de finales de otoño, en concreto en la cumbre de la Serra de Madres, donde acampamos en medio de la noche y la tormenta en un altiplano muy cercano a la cumbre. Venía preparado de nuevo a recibir el profundo contraste entre el invierno y el verano que nos ofrece el cambiar de hemisferio, pero la primera sorpresa son las bajas temperaturas reinantes en la propia costa patagónica. De hecho el verano aquí es templado y fresco, pero la presencia casi permanente de viento incrementa la desagradable sensación de frio. Una percepción que no parecen compartir los habitantes autóctonos, que se jactan y disfrutan de los placeres de “su verano”, sin saber que las plazas cercanas a las ciudades acostumbran a ser, en otras latitudes, lugares donde se aglomeran bañistas huyendo de la calor y buscando el refrigerio del agua marina. Aquí las plazas están desiertas, y el interminable viento arrastra, de manera inapreciable pero constante, los millones de diminutos granos de arena que nunca serán pisados por el hombre.

La primera impresión fue bien clara: Qué lugar tan horrible !!!.

Hemos alquilado un vehículo todo terreno para realizar el proyecto. Una verdadera cafetera a precio de vehículo de lujo, para poder desplazarnos con la velocidad impuesta por la escasez de días de los que disponemos para escalar las montañas. Sustituimos la falta de tiempo a base de darle caña a las tarjetas de crédito. Una manera un tanto especial de viajar hecha a la medida de profesionales liberales estresados y exigentes como Ramón y yo.

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Cruzamos lo que constituye el “cuerno sur” del continente, —  la provincia de Santa Cruz –, en busca de la cordillera andina que se encuentra al otro lado de las planicies de la árida Patagonia. A base de quilómetros y quilómetros de buena carretera dejamos atrás la zona petrolera de Comodoro, Río Truncado y Las Heras, para llegar, con las últimas luces del día, a la triste población de Perito Moreno. El fuerte viento nos acompaña sin cesar por un instante durante todo el trayecto. Las breves pausas que realizamos para fotografiar el paisaje nos dejan entrever la dureza de la zona. Las poblaciones, todas ellas impersonales y con construcciones mediocres que no guardan ninguna estética, se encuentran separadas por decenas de quilómetros la una de la otra. Los silenciosas e incansables torres de extracción de crudo están plantadas por doquier, como si de robots extraterrestres de ciencia ficción se tratasen. Cerca de los conjuntos de casas los plásticos desgarrados y descoloridos llegan las cercas y las alambradas. Papeles y cartones están en constante huida expoliados por un viento que no cesa. Las calles son polvorientas y el ambiente seco y frío. No hay nadie fuera de las casas. ¿Habrá alguien dentro de ellas?. Preguntas sin respuestas: ¿Como se distrae aquí la gente? ¿Alguien sabe como es un teatro? ¿Como son los amores? ¿Alguien puede enamorarse de la niña que ha visto crecer desde pequeña entre viento, polvo y harapos?. En los núcleos habitados se han plantado grandes árboles de hojas verdes. Toda una nota de color en medio de tanto marrón y gris. Los árboles tienen la principal función de proteger las casas de la violencia del viento, pero éste parece imperturbable e indiferente y castiga sin tregua las grandes ramas que se postran para no ser arrancadas. Entre los pequeños grupos habitados infinitamente dispersos, quilómetros y quilómetros de interminables alambradas cierran los campos yermos. La tierra está parcelada, pero es tan sumamente pobre que se necesitan extensiones de varias hectáreas para poder alimentar a un puñado de famélicas ovejas.

En el hostal de Perito Moreno encontramos un chaval catalán, natural de la población de Olot, que se da a conocer como Daniel. Es un tipo bohemio que pasó varios meses de su vida viajando por Europa a base de subsistir con lo mínimo y ganar algún dinero tocando la flauta en lugares públicos. Ahora repite experiencia pero en Sudamérica, con la soledad como compañera y sin flauta que le acompañe. Viaja con poco más que lo puesto. Por la noche entablamos conversación y nos solicita que, aprovechando nuestro viaje hacia el sur, le dejemos a medio trayecto para poder ir a visitar un lugar inhóspito y perdido que se conoce como La Cueva de las manos Pintadas. Así pues reemprendemos el viaje hacia nuestro destino con la compañia de este pintoresco catalán. Pronto descubrimos el famoso “ripio”: las anchas pistas sin asfaltar que cruzan la Patagonia. La velocidad del viaje se relentiza y las distancias se prolongan y parecen aumentar a cada hora. De hecho resulta imposible llegarse a hacerse con una idea aproximada de las distancias. Uno de un montículo en la lejanía pero no sabría decir si estás a dos quilómetros o a diez quilómetros.

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Tras más de 120 km. de ripio dejamos a Daniel en la bifurcación que le llevará a su destino inmediato. 45 km a la Cueva de las Manos, indica un gran cartel. El constante viento no ha cesado en toda la jornada, ni un solo minuto. En la extensión llana de la Patagonia Seca no existe ningún lugar donde resguardarse. Ni una miserable piedra de metros y medio de altura, ni un matorral de 50 centímetros. Antes de emprender la marcha observamos la silueta caminante de Daniel que se pierde en la lejanía sin que apreciablemente llegue a cruzarla. Nos preguntamos si encontrará a alguien que le lleve en vehículo ahora que ya es tarde, seguramente no, casi no hay transito rodado en el tramo principal que es el que estamos haciendo nosotros, y la pista que va a la Cueva no lleva a ningún otro sitio. El ambiente más bien frío. Durante el resto del día nos preguntaremos con frecuencia sobre la suerte de Daniel. Llevaba un fino saco de verano. ¿Donde le sorprenderá la noche? ¿Como se refugiará del frío? ¿Como soportará la imposibilidad de escapar del incansable viento?.

Bajo Caracoles es la única población, por llamarle de alguna manera, que existe en medio de los más de 300 km. de pista de ripio por las que hoy tenemos que transitar. En realidad es una gasolinera con una pequeña tienda – bar al que se le han adosado media docena de destartaladas construcciones pre-fabricadas. Dentro de la posada una foto de un japonés solitario que cruzó el ripio en bicicleta. En la inscripción de pie de foto, se puede leer “Chino loco”.

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En medio del trayecto entre Bajo Caracoles y Gobernador Gregores, o sea, en punto cualquiera en medio de la nada, encontramos el ramal de la pista que nos llevará a nuestro destino: La estancia La Oriental, distante a 90 km. de la pista principal. Por fin nos hemos orientado hacia la cordillera. Cada quilómetro de ripio ganado nos acerca, — por fin –, a los Andes. Un primer reventón nos alerta sobre la precariedad del ripio. Aquí una repetición del incidente nos dejaría completamente tirados, sin posibilidad alguna de conseguir una rápida solución al percance. En este lugar del mundo las distancias son otras y la noción del tiempo también. Nosotros nos alteraríamos rápidamente si una avería nos obligase a demorarnos media jornada; los lugareños no se extrañan ni se inmutan si dos semanas más tarde la reparación sigue su curso.

A medida que nos acercamos a la cordillera el cielo se puebla de nubes blancas y una lluvia de procedencia lejana, que ha sido arrastrada por el incipiente viento, nos delata que el tiempo es catastrófico más allá de los primeros contrafuertes de las montañas. Al llegar a la Estancia la Oriental, con la tarde a punto de finalizar, nos convencemos de que el plan de acción tantas veces programado, se desintegra por momentos: Nuestra idea es subir sin más demora al corazón de las montañas. Pero la idea de la montaña es bien diferente: aquí parece que el mal tiempo las reconforte y ahora por ahora no nos va a facilitar la subida. Es inútil el cansarse, como tantas otras veces es Ella quien manda. El eterno femenino.

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El viento, el maldito viento no cesa nunca. A veces aminora, a veces enloquece. Une las nubes y cae el diluvio. Rompe las nubes y brilla el sol. En la estancia apenas se deja caer algún turista, por lo que son varios los días en que nosotros dos somos los únicos huéspedes. Pronto los lazos que nos unen con la familia propietaria del albergue rompen la fria barrera entre empresario y cliente. Empezamos a compartir tertulias, comidas, cenas y hasta las tareas culinarias.  El tiempo es especialmente malo, según nos comentan los anfitriones.

— Es raro tanto viento y tanto frío para la época del año en que estamos —

Ladis, que resulta ser la encargada de la estancia junto con su marido Pocholo, me muestra una foto de la estancia nevada. Con su  mirada risueña mira fijamente la vieja fotografía y me comenta.

— En verano muy raramente llega a nevar aquí abajo, la última nevada que recuerdo fue esta, en la Navidad de hace diez años —

Al día siguiente nos levantamos con tres dedos de nieve tapizando todo el horizonte.

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Una a una, de manera repetitiva, se repiten la jornadas. Los dos nos vamos sumergiendo en una especie de apatía que relentiza todos nuestros movimientos. Nos hemos contagiado del ritmo patagónico, donde sin hacer nada concreto, ves pasar las horas entre el desayuno, la comida y la cena, como si de intervalos vacíos de tiempo se tratasen. Consumimos los libros de lectura, consumimos uno a uno los preciados días de nuestras cortas vacaciones y nos consumimos nosotros mismos. Fijamos la vista a través de las ventanas para volver a escrutar los mil detalles de las nubes y el paisaje cercano. Intentando ver las montañas que están allí, pero cuya presencia nos niegan bajo el manto compacto de las nubes. En medio de los páramos castigados por la tormenta, realizamos cortas excursiones por la cercanía de la Estancia. No en vano estamos dentro del parque natural del Perito Moreno. La visita a la península de Belgrado, al lago homónimo y a otros como el Lago Volcán y el Lago Burmelster, bien vale la pena y nos ayuda a ahuyentar el presentimiento de haber errado en la elección del viaje. La luz, las distancias diáfanas, el temporal, el paisaje … todo parece sacado de una película de ciencia ficción. Protegidos como vamos con los abultados plumones, con la cabeza hundida en las extrañas de la gorra, parecemos astronautas transitando por la superficie inhabitada de un planeta lejano. En busca del octavo pasajero. Nieva de cara, de espaldas, de arriba, de lado, de abajo. El viento enloquece a los copos de nieve que parecen estar destinados a no tocar nunca el suelo. Entre los jirones de niebla los guanacos, impresionantes mamíferos que nos recuerdan a las llamas peruanas, aguantan impasibles las acometidas del vendaval. Un increíble ejemplo de adaptación de las especies animales a los climas más desapacibles.

También los habitantes de esta tierra tan sumamente inhóspita, parecen hacerse adaptado al medio. Las distancia son desproporcionadamente grandes, hasta para un americano. El pueblo más cercano, y que son cuatro casas mal contadas, recibe el nombre de Gobernador Gregores y esta a más de 200 km. de distancia por pistas de ripio. La estancias más cercana, Menelik y Manantiales, distan a 15 y a 35 km, respectivamente. La vida transcurre con una tranquilidad imperturbable, con una calma pesada, pegajosa, que aniquila cualquier movimiento o pensamiento brusco. Carlos, nuestro baquiano, espera pacientemente al día que decidamos subir para la montaña, para acompañarnos con el caballo y transportarnos los petates. Por la mañana pregunta: ¿Hoy subirán?  y cuando le decimos que no, que con tan mal tiempo es preferible esperar, asume con la mayor parsimonia la perspectiva de pasarse un nuevo día sentándose de sillón en sillón y hablando con las mismas cinco personas de siempre: La familia de Pocholo y los dos trabajadores de la estancia. Fuera de la casa, en una especie de cobertizo complementario, habita un anciano gaucho que de tanto en tanto camino de un lugar a otro sin prestar especial atención a los arrebatos de un viento que amenaza con hacerle perder el edificio. Es un personaje bien extraño, llamado Montiel, que ha vivido toda la vida en el puesto y que tiene la extraña función de guardar la Estancia durante el invierno. Apenas habla y cuando la hace pronuncia mal las palabras, las une, las precipita. Debe ser que de tanta soledad se le ha olvidado hasta el hablar. Quizás por eso es tan esquivo. Cuando uno vive en la soledad más absoluta cualquier factor que la pueda alterar es signo de peligro. Montiel es un hombre pequeño, desdentado, duramente castigado por las inclemencias del lugar y por una dieta exigua y repetitiva. Aquí en invierno el viento se calma, pero la nieve es persistente, tapa los caminos y las pistas de ripio que se hacen intransitables y no vuelven a serlo hasta que en primavera la nieve se funde. Los días son cortos y las temperaturas de – 15 * C no son de extrañar. Todo el mundo marcha. La familia, los guarparques, los vecinos de Menelik. Solo queda Carlos, el baquiano, que vive con su madre a 35 Km. de distancia. Durante los meses de invierno no se visitan. Recorrer tantos quilómetros en medio de la nieve resulta peligroso. Los caballos no pueden caminar tanto sobre los páramos blancos y el ir a pie resultaría un día largo para ir otra jornada similar para volver, con el consiguiente peligro de que la gélida noche te sorprenda en medio de la nada. Montiel lleva años pasando el invierno en la más absoluta soledad. Meses y meses sin ver a nadie. Sin poder consolar el hambre, la enfermedad. Su ropa, su cara, sus monólogos, son los mismos y se repiten día a día con cada salida y cada puesta de sol.

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Un buen día la capa de nubes se abre y podemos ver, por fin, las montañas.

– Buen tiempo, buen tiempo ... Nos dice Montiel con una sonrisa impregnada de vejez y de timidez. Toda la familia y Carlos coinciden en dar al gaucho la más rotunda credibilidad. Nadie como el se conoce las nubes y los vientos de esta tierra. Si él pronostica buen tiempo, la previsión va a misa. Nosotros intentamos interrogar como posesos a este entrañable viejo que camina con un pie al borde de su propia locura.

– ¿Que crees Montiel?  ¿dos, …  tres, …. cuatro días de bueno?

Buen tiempo, buen tiempo ... responde una y otra vez.

No perdemos ni un instante. Después de tantos días de holgazanear cuesta grandes esfuerzos ponerse en marcha. Prepararse la mochila parece una quimera. Pero tan pronto como notamos el tantos metálico de los piolets nos reanimamos por momentos.

A la jornada siguiente, el primer día de buen tiempo, iniciamos la larga marcha de aproximación por el valle del Río Lácteo, tributario de los glaciares del San Lorenzo. Tras cinco horas de marcha llegamos a un refugio conocido como el Puesto, lugar donde finaliza la primera jornada de marcha y también donde Carlos nos ha acompañado con los caballos. El está feliz. Hace un trabajo que le gusta y siente gran curiosidad por nosotros. Muy pocos escaladores llegan a estos lares. De hecho hacía años que no veían a nadie con material técnico de escalada. Somos los primeros españoles que se acercan al San Lorenzo con la intención de escalar alguna de las cumbres. Los movimientos de Carlos demuestran amabilidad y servitud y se notan claras reminiscencias militares en sus gestos, herencia que cuando realizó el servicio militar obligatorio, y única vez en su larga vida de casi 50 años, en que ha tenido la posibilidad de conocer algo más que la Estancia de los Manantiales. Carlos nos habla de la dictadura con una naturalidad espeluznante. El se había visto obligado a cumplir con los sumarios que llevaron a tantos centenares de civiles a vivir la tortura o a morir sin más. Pero en Carlos la maldad no existe, ni el remordimiento visible, ni lecturas que vallan más allá de una simple realidad: Si no hacías lo que te mandaban, pasabas a formar parte del grupo de víctimas.

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Había que proceder. –– comenta el baquiano como único argumento sin réplica posible.

Cuando llegamos al Puesto decidimos continuar la marcha de aproximación para acampar al pie de la pared sur del Cerro Hermoso. A pesar del buen tiempo visible, la presión barométrica está bajando, por lo que preferimos ir a tiro fijo y no desperdiciar la ventana de buen tiempo. Prolongamos la marcha en 5 horas más, por un terreno sin caminos, donde las distancias engañan y donde apenas se gana desnivel. Al final del primer día de actividad llegamos rendidos al emplazamiento del campamento. Nuestro plan es bien simple: Llevamos el peso imprescindible: Ropa, sacos, una tienda monocapa diminuta, el material y la comida justa para dos cenas (la del día de llegada y para después de la escalada) y un desayuno y comida de ataque para un día. Al llegar, con el día dando paso a la penumbra nocturna, engullimos la primera cena. Después de tantos días de inactividad, más de 10 horas de aproximación pasan factura, pero ya hemos visto la pared, “nuestra pared”, y la realidad ha superado las expectativas: Un sistema de finas goulottes nos permitirá una elegante escalada por el espolón que sube directo a la cumbre principal, y todo por terreno virgen, nuevo, listo para estrenar. La euforia nos embarga y nos acordamos de las únicas palabras que hemos oído articular al viejo Montiel durante toda una semana: “Buen tiempo, buen tiempo”.

A las cuatro nos despertamos y una media hora más tarde estamos en marcha. No hace frío, no se ve ni una estrella, tampoco hace viento. A medida que la luz del día naciente deja ver el entorno, comprobamos la triste realidad: Nubarrones plomizos cubren las cumbres. Nos obstinamos a renunciar tan pronto. Nos hundimos en la nieve que no se ha transformado y que aun está pastosa del calor de la jornada anterior. A las seis empieza a caer aguanieve. A las seis y cinco las primeras gotas dan paso a un copioso aguacero. A las siete volvemos a estar bajo la protección de la exigua tienda.

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¿Dormimos o desayunamos?. Tenemos que ir con cuidado con la comida. Un exceso hoy equivale a quedarse sin comida de ataque mañana. Nos acordamos de Montiel y su buen tiempo. Llueve, nieva, hace sol, se nubla, cae granizo. Un trueno lejano. El viento que galopa entre las rocas y viene a estamparse contra la tienda. Tiempo patagónico, tiempo puta – agónico. Por la noche el hambre aprieta. La cena se ha racionado para ser comida y cena. Mañana será el día del ataque y tras el no podremos comer. Pero mañana tampoco no nos movemos de la tienda, la situación meteorológica ha empeorado definitivamente. El barómetros sube, baja, vuelve a subir, y todo ello en poco menos de una hora. Al final decido esconderlo y no obsesionarme más con él. Si no se donde irá a parar en uno de mis arrebatos. Se que abriré la cremallera de la tienda y lo arrojaré al exterior con todas mis fuerzas y que minutos más tarde estaré buscando los restos entre la tormenta y mis “auto maldiciones”.

Y un nuevo día, otro sin comer . Aguantamos a pesar del hambre, del frío, de la apatía. Por suerte la relación entre Ramón y yo no se vuelve tensa. Algo bien extraño entre dos personas que apenas se conocían antes de un viaje como este y que se ven condenados a convivir en poco más tres metros cuadrados, en medio de un tiempo aborrecible y sin ninguna distracción posible fuera de la conservación y del silencio. Mañana será nuestra última oportunidad. Si hace bueno para arriba, sino camino a casa. Despertador a las tres de la madrugada, como en las jornadas anteriores, pero hoy la cúpula celeste nuestra miles, millones de estrellas. Ni una nube, apenas poco más de un ápice de viento. Frío, está helando. Poco …. pero está helando. Lo justo para transformar la nieve y endurecerla.

Salimos, medio dormidos, hastiados de tantas horas de estar estirados en los respectivos sacos y hambrientos, terriblemente hambrientos. Por suerte nuestra motivación anula los efectos psicológicos y físicos de la falta de actividad y de comida. Empieza a amanecer a las orillas de la laguna situada bajo la pared S.O. del Cerro Hermoso. El lugar es increíblemente bello e inhóspito. Quizás nosotros seamos los primeros humanos que transitan por las orillas heladas de esta laguna patagónica. Por encima de nuestras cabezas la pared que deseamos escalar se tiñe de rosado. Salida de sol bíblica en el último rincón de la tierra. Estudiamos brevemente la vertiente y confirmamos la existencia de un sistema de goulottes que se enlazan describiendo una elegante linea blanca en torno al elegante espolón de la cumbre principal, cuya altura ronda los 2.500 metros, más de 1.200 metros sobre el punto en que nos encontramos. A lo lejos, hacia el oeste, divisamos la imponente mole triangular del San Lorenzo, que aún tiene nubes residuales enganchadas, las cuales, por el momento, parecen no constituir ninguna amenaza de cambio climático.

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Poco más tarde la realidad se impone: Ramón se hunde constantemente en la nieve costra, cuya capa se rompe cada vez que intenta dar un paso y concentra todo su peso sobre la pierna que no está medio hundida. Inicialmente la capa parece soportar bien mi peso, caso 30 kilos inferior al de Ramón, pero mis esperas aún desesperan más a mi compañero que se ve desbordado por el sobre esfuerzo. Al rato yo también me hundo en la nieve costra. No hay nada que hacer. En la última media hora apenas habremos avanzado un millar de pasos y la pared, a este ritmo de marcha de aproximación, queda demasiado lejos. El sol calienta la nieve cercana a nuestro emplazamiento y la temperatura ha subido por encima de los 0* C. Excusas para bajar hay muchas, motivos para continuar uno. Pero este uno es una verdadera sinrazón, pasaríamos horas abriendo huella para no llegar mucho más lejos de donde estamos, cuestión que comportaría exponernos gratuitamente a una vertiente propensa a aludes. Lleva días nevando … excusas, hay tantas …. Una nueva pausa, pero ésta ya no sirve para negar la evidencia. Damos media vuelta. Yo me hundo hasta las rodillas, Ramón hasta la cintura. Por una vez parece que midamos lo mismo. Le llamo enano y nos reímos para no llorar. Tantas horas de inactividad dentro de la tienda, tantas horas esperando la ventana de buen tiempo, tantas horas deseando comer algo consistente, tantas horas escrutando con los prismáticos la maldita pared, y ahora cada paso es un pequeño suplicio y un nuevo golpe a nuestra moral demasiado minada. Delante de nosotros, al otro lado del valle donde tenemos emplazada la tienda, divisamos una bonita cresta de nieve y roca que concluye en una aguja muy puntiaguda. Se trata de una cumbre anónima de 2.060 metros que se desprende de la arista este del San Lorenzo. Un pequeño colmillo rocoso, muy reducido en comparación con el imponente macizo que lo alberga, pero una buena alternativa para escalar algo rápido, mínimamente interesante y la solución para no bajar de vacío de retorno a la estancia. El cambio de planes se impone rápidamente ante nuestras nulas posibilidades de continuar con éxito la aproximación a la pared S.O. del Cerro Hermoso. Descendemos velozmente lo que tanto nos había costado de subir, dejándonos deslizar estirados sobre la nieve. Deshacemos nuestros pasos sobre el margen helado del lago y al poco rato estamos de nuevo en la tienda. Son las 8:30 de la mañana. Hace más de cuatro horas que abandonamos nuestro pequeño hogar llenos de esperanzas. Comemos la última barreta que nos queda. La partición del nuestro último manjar es ccaleidoscopi 1143asi milimétrica. A partir de ahora ya no hay nada más que comer hasta que lleguemos al Puesto.

A pesar de la retirada y de la falta de comida, emprendemos el descenso hacia la cresta animados y cargados de energía. La parte inicial resulta ser una inmensa pala uniforme, de 40* a 45 * grados de inclinación y más de 700 metros, que ganamos en poco menos de una hora. Una vez en la cresta la linea de nieve y roca se muestra elegante y sorteamos algún que otro merengue de nieve, una escultura muy característica de esta región, producto de la intensa y rápida erosión del viento sobre la nieve. La lejana nube que parecía enganchada al San Lorenzo hace media hora que ha dejado de ser pequeña y se va comiendo secciones de cielo azul a marchas forzadas. A media arista el viento y la nevada nos alcanzan. Nieva de lado, por efecto del fuerte viento, es la llamada “nieve chiflada”. En cuestión de momentos estamos inmersos en un temporal, a pesar de ello continuamos sin mediar palabra. Voy delante y dejo siempre un espacio prudencial entre Ramón y yo, algo me dice, por sus pausas y sus gestos, que cada vez la renuncia hace mella en su interior. Es un fétida flor que surge y abre, lentamente, sus pétalos rellenos del néctar de la duda. En un lugar concreto deshago mis pasos para unirme al compañero. La parte de la arista que viene a continuación presenta un tramo mixto aéreo y de feo aspecto, la prudencia me aconseja sacar cuerdas y asegurar el tiro. Ramón aprovecha nuestra reunión para comentarme lo que ya sospechaba. Se encuentra agotado y las perspectivas son lamentables, el tiempo es horrible y la cumbre se muestra cercana y lejana a la vez. Ya tiene la decisión tomada, se baja. Yo le digo que quizás continúe. El me aconseja que descienda, pero respetará mi decisión, eso si, me solicita la máxima prudencia, a partir del momento en que nos separemos deberé continuar solo en un lugar situado al fin del mundo. Al final el cansancio y el desanimo me pueden. Yo también bajaré, allí queda la cumbre dentada de una aguja virgen, un bonito regalo de consolación que ya no será, como todos los sueños que nos trajeron a estos lares perdidos. Bajamos en silencio, rotos, agotados, vacíos. Cruzamos un bosque de árboles enanos, de poco más de un metro de altura, y con un ramaje tan tupido y espeso que solo podemos atravesarlo caminando por encima de las copas chafadas. Nunca había caminado por encima de un bosque. En Patagonia todo es posible (quizás el único imposible es que el buen tiempo dure). Al llegar a la tienda deshacemos el campamento con rapidez. Ya nada nos retiene aquí. Tan solo la esperanza de comer en abundancia nos mueve a bajar al Puesto con cierta alegría.

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Durante el descenso, que transcurre por largas extensiones horizontales donde la erosión y el permafrost han moldeado un sinfín de diminutas dunas, tenemos la sensación de caminar por un paisaje de ciencia ficción. La irregularidad del terreno, la falta de referencias, las largas distancias, la niebla, la nieve que se proyecto a un velocidad endiablada en sentido horizontal … suman las pinceladas del mal terrible de los cuadros, y nosotros, como dos náufragos, caminamos casi inertes en este mundo análogo. Al rato nos perdemos de vista y cada uno se queda con la sola compañia de su propio cansancio y su tormento. Por el horizonte unos puntos, cada vez más visibles, parecen dar un nota distintiva al paisaje marciano. ¿Que son esos puntos? ¿Se mueven? ¿serán piedras, serán guanacos, serán alucinaciones?. Poco más tarde, como si de tres astronautas se tratasen, destilo con claridad la silueta de tres caminantes que, de tan lentos que se mueven, parecen que formen parte de un película proyectada a cámara lenta. Al cruzarnos me percato que son los alemanes que salieron de la caseta del parque una semana antes. Se perdieron en medio de la tormenta, cruzaron el rio Lácteo por equivocación y pasaron días dando vueltas hasta volver a encontrar la linea correcta que  les llevaría al Valle del rio Oro. Ellos van sumamente tapados, protegidos gruesas capelinas y encorvados bajo el paso de enormes mochilas. No pretenden escalar, no obstante el exceso de peso les ha condenado a una marcha extremadamente lenta y fatigosa, Por llevar llevan hasta teléfono satélite, GPS, balizas de emergencia para ser detectadas, también vía satélite, etc. ¿Donde está el sentido de la aventura? No se sabe, pero hay quien lleva el contrasentido hasta las fronteras más remotas del planeta.

Al llegar al Puesto saciamos nuestra hambre. Comemos y comemos hasta reventar. El teoría Carlos no tardará en llegar con los caballos, quedamos en cenar juntos y descender al día siguiente. El hambre ha ganado la batalla a nuestra exquisita educación occidental y nos hemos atiborrado sin esperar al tercer comensal. Cuando llegue le acompañaremos amablemente, picaremos algo para que no cene solo y punto. Carlos llega como llega todo en estos lugares: primero es un lejano punto casi indefinido, que no se aprecia bien si se mueve o no. Poco a poco se ve con mayor claridad y se perfecciona el movimiento. Luego parece cercano, pero no es así, aquí las distancias siempre engañan. Un buen rato más tarde el trote del caballo rompe el silencio del prado.

– Que tal chicos, ¿hubo suerte? —

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Tras explicarle nuestros pormenores, saca un trozo de carne y al tiempo enciende una viva hoguera y cocina un asado gaucho. Al olor de la carne tostada se nos abre de nuevo el apetito. Nos deleitamos con un exquisito asado, tan simple como perfecto. La carne se abrasa crucificada en una estructura metálica clavada en el suelo, se cuece al calor de las llamas de la cercana hoguera, no hay brasa, solo fuego puro. El sabor de la carne es tan especial que no recuerda nuestra triste procedencia: venimos del mundo transgénico y manipulado, donde los pollos comen día y noche para engordar en una semana y las vacas se alimentan con sienes trituradas de ovejas.  Por la noche, nuestra última noche en la montaña, me arriesgo a hacer un vivac. Tan pronto observo un sinfín de estrellas y constelaciones que resultan ser desconocidas para mi, como que tupidas nubes negras parecen anunciar la inminencia del diluvio. Por suerte no llueve ni nieva y al día siguiente, — como suele pasar en estos casos — nace el día con mejor tiempo de todos los transcurridos en las alturas. Como telón de fondo, — frío, mineral y tapizado de verglass — El San Lorenzo con sus paredes orientadas al este. Toda un vertiente compleja y de aspecto inescalable, con una pared vertical, enorme y virgen. Multitud de goulottes se comunican y se separan bajo la atenta vigilancia de inmensos seracs. Todo un complejo cosmos para las generaciones andinistas del futuro. Nosotros nos contentamos con pensar que dejamos atrás lo que era un bonito sueño, la pared sur del Cerro Hermoso, y nos despedimos con sensaciones más cercanas al “hasta nunca” que a un “hasta pronto”. Patagonia es un lugar mágico y maravilloso para los alpinistas románticos. En la cabeza y en el corazón de ambos nos roe la necesidad de volver a repetir la experiencia, una o varias veces, pero seguramente escogeremos otro valle perdido y otra montaña remota. En ningún otro lado del planeta abundan tanto rincones con esta tipología. El Cerro Hermoso puede llamarse Volcán Lautaro, Cordón Escondido, Cerro Plúschow, Cerro Cruz del Sur, Cerro Mano del Diablo, Cerro Akira …. ¡ hay tantos !

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Al abandonar la estancia nos despedimos de todo el personal del Rincón y en especial de Carlos. Vamos a su estancia, llamada “de los manantiales”. Su madre nos saluda, quieta y estática en un rincón de la cocina, en mismo rincón en el que permanecerá la larga hora en la que realizamos la visita. Su cara risueña y su morada fija ahondan, aún más, su semblante inmóvil.

— ¿Señora, usted no se aburre aquí sola cuando su hijo marcha?

— No, aquí siempre hay algo que hacer, algo en que ocuparse — responde.

La estancia recibe el nombre de unos manantiales de agua cristalina que brotan a apenas cien metros de la construcción. A pesar de la cercanía el agua no está canalizada, por lo que, sea verano, sea invierno, llueve, nieve o ventee con violencia, es necesario salir de la aislada casa para hacerse con agua. Para comer, para lavar, para limpiar, etc.

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— Carlos, ¿Que temperaturas acostumbráis a tener aquí en invierno?

— No se, diez o quince bajo cero son normales.

— ¿Y en invierno como lo haces para conseguir agua?

— Rompo la capa de hielo y la saco con cubos.

Carlos, ¿nunca pensaste en hacer llegar el agua a casa y no tener que salir cada vez a buscarla?

— Si, con frecuencia lo pienso, algún año lo haré, pero es que al final siempre estoy ocupado con otros menesteres y no tengo tiempo.

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La casa no tiene la protección de la valla de chopos, ni el micro-bosque que acostumbra a rodear a la estancias más ricas. Las ventanas están mal selladas, se oye el viento poco penetra y la única calefacción de la casa es la propia cocina, la cual es de grandes proporciones. Una caja metálica con varios fogones que ocupa el centro del habitáculo.

— En invierno, como aquel que dice, hacemos toda la vida dentro de la cocina. Apenas transitamos el resto de la casa. Está muy fría… La estación es larga, muy larga. Por suerte no acostumbra a hacer viento, pero si nieva cuesta mucho que marche. Una vez fuimos a Gobernador Gregores a comprar reservas para aguantar el invierno, nevó y ya no pudimos regresar al hogar. Tuvimos que esperar cuatro largos meses. Al volver pudimos comprobar que nuestra ausencia había sido desastrosa. Varios caballos murieron de frío y hambre. Casi perdimos todo el ganado. Costó años, muchos años, poder superar el duro golpe. Fue una época llena de necesidades y limitaciones.

Carlos nos enseña su colección de puntas de flechas loa Araucanos o Mapuches (*1). Se enorgullece del esfuerzo de la búsqueda que le ha llevado a tener más dos centenares de ejemplares. Según el para encontrar una punta de flecha puedes pasarte días y hasta semanas rastreando el suelo.

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Los restantes días los ocupamos en hacer un poco de turismo al lugar más conocido de Patagonia: el Glaciar Perito Moreno (que nada tiene que ver con la población de Perito Moreno y el Parque de Perito Moreno). Resulta ser una derivación del hielo continental que rompe en dos el inmenso Lago de nombre análogo. La lengua de hielo, de quilómetros de longitud y muchos metros de espesor, forma un dique natural que evita que el agua fluya con naturalidad ha ambos lados de la lengua helada. Por tal motivo los niveles van diferenciándose y uno de ellos aumenta de altura mientras el otro continua estático. La propio fuerza del agua retenida revienta el dique natural de hielo y se vuelven a nivelar la altura del agua de ambos lados del glaciar. Tras ello la presión de los hielos vuelve a cerrar la grieta del dique y nuevamente se acumularse agua en uno de los laterales del glaciar. Es un extraño proceso natural que se repite cada cinco años y que resulta ser un espectáculo único. El glaciar del Perito Moreno, a pesar de su aspecto gigantesco y salvaje, es accesible por carretera con coche, y un innumerable enjambre de turistas lo visitan cada día durante la temporada alta. Nosotros, por suerte, madrugamos un poquitín más de la cuenta, y disfrutamos del paseo entre el canto de los pájaros y el estruendo sonido de los hielos al desquebrajarse. Justo cuando marchábamos centenares de turistas iniciaban el descenso hacia la lengua glaciar, más atentos de sus gritos y conversaciones que del mensaje subliminal de la naturaleza salvaje.

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El último pueblo antes de llegar al famoso glaciar es Calafate: una nota de color en medio de la nada. Hasta aquí llega  la carretera asfaltada, directamente desde Río Gallegos, pequeña ciudad que dispone de aeropuerto. El turista que procede por esta vía rápida evita los interminables kilómetros de ripio, evita las agrupaciones de casas perdidas en la nada, evita la búsqueda de gomerías (*2), evita, en definitiva, la Patagonia inhóspita, cruda y transparente. Tan cruda y transparente como el aire que siempre la transita sin encontrar la pausa y la paz. De vuelta a San Julian llegamos a recorrer 220 quilómetros por pistas de ripio sin cruzarnos con ningún otro vehículo ni ninguna otra alma humana. Muy esporádicamente un cartel indica una bifurcación de caminos que llevan a alguna estancia solitaria ¿Pero quien puede vivir en un lugar como este? Atravesando los páramos infinitos del fin del mundo una sensación nos embarca: si te mueres en un lugar como este, no te encuentran ni los cóndores.

(*1) Los Mapuches o Araucanos eran los indígenas que poblaban la Patagonia antes de la colonización española y que fueron exterminados por los invasores.

(*2) Las “gomerias” son arcaicos talleres en lo que se reparan y rechutan una y otra vez los neumáticos agujereados y pinchados por el ripio. Por extraño que parezca resulta muy improbable, por no decir imposible, encontrar neumáticos nuevos en medio de la Patagonia más profunda. El día a día se tiñe de una lucha por la supervivencia que nos recuerda que, por mucho que se obstinen ciertos políticos locales, ciertas regiones de Argentina están más próximas al tercer mundo que al primer mundo.caleidoscopi 1150

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