Archivo mensual: marzo 2016

DAMAVAND. IRAN: ARCOIRIS SOBRE NEGRO

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iran (1)Si uno desea huir de destinaciones turísticas por antonomasia, Irán es una de las mejores alternativas para la “contra”. Este gran país es una especie de “rara isla de paz” en medio de varios países en conflicto o en situaciones calientes (Irak, Georgia, Pakistán y Afganistán). Por total desconocimiento, la gran mayoría de los occidentales nos pensamos que Irán es un país bastante llano, lleno de grandes desiertos de dunas, con un paisaje similar al que encontraríamos en la Arabia Saudita. Nada más lejos de la realidad, Irán es un país principalmente montañoso, árido y caluroso en verano y especialmente frío y nivoso en invierno. Su geografía, poblada de multitud de montañas de tres mil y cuatro mil metros, y de numerosas cordilleras (Montañas de Payeh, montañas de Zagros, Montañas de Soleiman y Montañas de Alborz), con un único y destacable cinco mil: El Monte Damavand, techo del Asia Menor, y con sus 5.671 metros, la montañas más fría situada entre el Cáucaso y las estribaciones del Himalaya.

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El Damavand es un gran volcán con cierta actividad (desprende fumarolas de manera constante), pero del que no se tiene constancia de ninguna erupción en los últimos 15.000 años. La montaña, a parte de sus gigantescas proporciones, está relativamente cerca de la capital del país, Teherán, y a medio camino de una de las zonas más transitadas por el turismo interno del país: el mar Caspio, lo que hace que la cumbre sea muy conocida, todo un signo nacional. El montañismo (no así la escalada técnica), es uno de los deportes más populares del país.

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Mi intención para ir a ascender esta cumbre nació de la mano de Carles Gel. Él ya había estado en los flancos del Damavand tres años antes, pero la fortuna no le acompañó y marchó del país con la cima en el tintero de los temas pendientes. Poco tuvo que convencerme para ir. El país, las ganas de hacer un viaje corto a una montaña alta pero sin compromiso técnico y el magnetismo que me provocaba conocer Irán, fueron motivos más que suficientes para animarme a embarcarme en este nuevo “micro-viaje”, verdadera terapia en un momento en que, por circunstancia personales, estaba hundido en una espiral destructora de estrés, trabajo y responsabilidades.

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Los colores del Arco Iris despuntando sobre un horizonte negro como el carbón y profundo como las mismas entrañas de la tierra. Así se me presenta el viaje, así se me presenta el país. Influenciado por la propaganda y el mensaje que desprenden nuestros medios de comunicación (televisión y prensa), el país persa se nos antoja como un lugar primitivo, peligroso, donde todos los hombres tienen pinta de terroristas y las pocas mujeres que se dejan ver por las calles, andan custodiadas y escondidas bajo el hermetismo de burca. La realidad muy distante al arquetipo pre fabricado por los medios de comunicación europeos y americanos. La gente es amable (siempre hay ciertas actitudes que nos pueden parecer primitivas o incultas, si bien la sensación debe ser reciproca), se respeta al extranjero, el cual, extraño en un país sin congéneres, pasa entre ignorado y desapercibido.

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No obstante no debemos olvidar que Irán es una sociedad con una dictadura generacional que lleva, entre la doctrina de los Shaa y la dictadura religiosa de los Ayatolaes, casi un siglo de existencia. Es el segundo país en el mundo donde más casos hay de pena de muerte (China es el triste valuarte del ranking y el tercer escalón del podio lo suscriben los galantes Estados Unidos de America – sin comentarios –). Con unos 70 millones de habitantes, 14 de ellos habitan en la capital: Teherán.

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La llegada la realizamos a las tantas de la noche, tras una combinación de vuelos bastante nefasta, que nos obliga a un largo tránsito en Istambul. A la llegada nos espera quien será nuestro contacto y organizador: Slotani. Si más vacilación nos llevará en coche a Polour, una de las poblaciones situadas bajo el gigante persa; lo cual nos evitará entrar en la sucia y caótica urbe, para ir directamente a nuestro objetivo principal, o sea, la montaña. Desde buen inicio, el trayecto en coche nos demuestra una de las realidades más abrumadoras del país: la conducción es caótica y tan solo la omnipresencia de Alá hace que nos accidentes no sean más numerosos. Entre duermevelas veo como los restantes vehículos nos acribillan a bocinazos, y Slotani invade, a intermitencias, los carriles de la derecha y de la izquierda sin previo aviso y sin un motivo evidente. Poco más tarde, en un alto de la carretera, Slotani detiene el vehículo y hecha una cabezada. El tampoco había dormido en toda la noche, lo que motivaba una conducción un poco más extraña de lo habitual.

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Sin más contratiempos, y tras hacer las compras de la comida y un primer desayuno al estilo iraní, llegamos al centro de montaña de la federación de Irán, situado en el extrarradio del pueblo de Polour. Se trata de un edificio de proporciones bastante amplias, con un completo rocódromo en su interior y varias dependencias. Los regenta Alí, un iraní ya mayor, de gestos extraviados, que parece caminar siempre de lado o tener la cabeza torcida sobre el torso. Cuando lo vemos por primera vez nos sorprende verlo con el pecho inflado, abultado y rojizo. Le ha picado una avispa causándole una reacción alérgica. Seguramente cualquier otra persona en su lugar guardaría reposo, pero Alí demuestra una entereza digna de un mártir y acomete el trabajo como si nada extraño ocurriese.

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Nos despedimos de Slotani tras concretar el programa y los contactos para los días venideros. El cansancio hace mella. Vengo de un periodo indecible, marcado por la intensidad de trabajo y un exceso de estrés y preocupaciones laborales, que ha punto han estado de obligarme a abordar este pequeño viaje. Cierro los ojos para dormir, dormir y dormir. Treinta horas seguidas, tan solo interrumpidas por cortos periodos de consciencia, que aprovecho para comer y beber. Me meto en el saco fino poco antes de mediodía y casi no abandono la crisálida hasta primera hora de la tarde de día siguiente. Tras las ventanas de la habitación vemos como ruge la tormenta y llueve a intervalos. ¿Durará el mal tiempo? La previsión indica lo contrario, pero yo en este momento agradezco la lluvia, que me da la opción de descansar sin tener remordimientos. Poco ha poco supero y cansancio enfermizo, y para mis adentros me prometo una y otra vez que debo esforzarme por cuidarme más, cuidarme mi estilo de vida (que últimamente se ha degradado por un exceso desmesurado de trabajo), y cuidar a los míos, en especial a la mujer que adoro y al hijo que quiero con toda mi alma. Fuera llueve, truena, hasta que llega la tarde con un sol espléndido. Comemos hasta saciarnos, holgazaneamos entre las casas y damos pequeños paseos, custodiados y estudiando nuestro verdadero objetivo: esa montaña paquidérmica que se eleva, omnipresente, al norte de la población. Nos presenta un aspecto saludable, jovial. Vestido de nieve; blanco y majestuoso, pero con la cantidad justa. Ni exceso ni carencia. Mañana empieza el buen tiempo, seguro, y con el nuestro asalto a esta solitaria cumbre que se eleva casi 4.000 metros por encima de los tejados de Polour.

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Tercer día. Los arrieros, vayas donde vayas del planeta, acostumbran a estar hechos bajo el mismo patrón: abusan de tu necesidad hacia ellos para intentar sacarte hasta el último céntimo. Palabras y gestos duros, alguna que otra rencilla, y una rebaja sustancial del precio (que continua siendo desproporcionadamente alto), son los ingredientes previos a la bonita excursión de poco más de dos horas que separa Alaf Chin, la mezquita – refugio a la que llegamos con coche (3.040 m) y el refugio Third Shelter, a 4.100 metros de altura. El viejo refugio, de vivos colores exteriores y de entrañas llenas de suciedad, está presto a ser reemplazado en su función por la nueva construcción situada a pocos metros y que, a todas luces, vendrá a ser un gran refugio guardado, al mas puro estilo europeo.

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Tiempo excelente, viento moderado constante con alguna racha intermitente con cierta violencia. Esta es la tónica general durante nuestra estancia en el Shelter. Tardes tranquilas y puesta de sol con brumas. Noches de Ali Babá, con mil y una estrellas en el firmamento. Tras un día intermedio de reposo y aclimatación, en la que hacemos una punta de altura de 4.700 metros, emprendemos a marcha constante, sin prisas pero sin pausas, la ascensión a la cumbre. La vía de ascensión carece de dificultad, un camino marcado nos indica la mejor línea a seguir, y tan solo en algún lugar muy puntual nos auxiliamos de las manos para superar algún breve resalte. Tan solo cabe destacar una pequeña franja de nieve, en la que debemos tomar precauciones ante las posibles consecuencias que tendrían un resbalón.

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No en vano se trata de una larga pala nevada, pero piolet en mano y con procurando afinar el equilibrio, el flanqueo no presenta mayor historia. A nuestra derecha dejamos de lado la característica cascada de hielo perenne, aislada en medio de esta soleada vertiente. Largas son las pendientes que preceden el promontorio o falsa cumbre. La altura aquí, ya superior a los 5.000 metros, se empieza a notar. En la cumbre del promontorio encontramos un grupo de iraníes que han madrugado bastante más que nosotros y ya regresan de la cúspide. Intercambiamos palabras de aliento y palabras de felicitación entre las violentas rachas de viento y los vapores sulfurosos de las fumarolas. Tan solo restan poco más de 150 metros de desnivel. Un paso tras otro, regulando la respiración y evitando inspirar el aire saturado de olor a huevos podridos que surge de las entrañas de la montaña. Un montón de piedras y un mirador hacia el cráter nivoso nos saluda en forma de cumbre. Nos abrazamos, Carles se muestra satisfecho: está cerrando un círculo que le quedó abierto hace tres años. Han sido poco más de 4 horas de continua caminada, y bajo nuestros pies el volcán más alto del Asia Menor. Dos horas más tarde, entre pausas y rápidos descensos, estamos de nuevo en las proximidades del refugio. Atrás queda el aire enrarecido de los 5.000 metros, los vapores sulfurosos que tiñen de amarillo las rocas y la violenta ira del viento.

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Por fin un pequeño viaje que sale a pedir de boca. Cansados y satisfechos pasamos la tarde dormitando a resguardo del refugio del Shelter. La mayoría de los huéspedes son montañeros locales. Por la noche no guardan silencio y una sinfonía intermitente de teléfonos móviles corta a intervalos nuestro sueño.

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Los restantes días los pasamos vagabundeando por Polour y Teherán. Coincidimos con las fiestas en honor a los funerales del Ayatolá Homeini. Teherán, que acostumbra a ser una ciudad caótica, llena de gente, tráfico y polución, se nos presenta cerrada a cal y canto y casi vacía. Mantengo interesantes conversaciones con nuestro organizador, Slotani, y poco a poco nos dejamos sorprender por lo que se nos antojas “características y cuestiones propias del país”. Por desgracia el viajar con frecuencia a diferentes lugares de la tierra, hace que cada vez resulte más difícil sorprenderse, no obstante el caleidoscopio socio – cultural del mundo continúa dando vueltas.

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En Irán sorprenderá no encontrar papel de WC en los lavabos públicos de bares y de la gran mayoría de restaurantes. En su lugar encontramos una manguera o un jarrón con agua. Por ese motivo los persas solo comen y saludan con una mano, la derecha, puesto que la izquierda es la que se hace servir para asearse las partes tras realizar las necesidades fisiológicas que, todo hijo de Dios, debe hacer diariamente.

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La gente, oficialmente, no bebe y casi no fuma. Las bebidas alcohólicas solo existen  en un reducido mercado negro, o los más ingeniosos lo destilan de manera artesanal en sus propias casas. Las mujeres van tapadas, y con la vestimenta en la que predomina el color negro. No obstante ya se ha superado el periodo más radical de la dictadura de los Ayatolaes, en que las mujeres tan solo podían mostrar la línea frontal de los ojos. La propaganda del gobierno, no obstante, continúa siendo omnipresente, y todo parece vigilado por la atenta e inquisidora mirada de una especie de papa Noel vestido de negro y con rostro endemoniado. Cuando le pregunto a Slotani cuales fueron los mecanismos utilizados por los Ayatolaes tras la revolución, se muestra un tanto parco de palabras, pero a la vez directo y consistente: La gente estaba harta de la larga dictadura de los Shaa, todo empezó en las universidades y fue una especie de revolución popular. Entre los diferentes grupos sociales, los Ayatolaes tomaron la iniciativa. El estamento religioso siempre fue muy poderoso, y poco les costó ponerse de acuerdo con gran parte de ejército. De un día para otro tomaron las riendas del país, liquidaron a la oposición con matanzas sumarias e impusieron sus reglas. De un día para otro se proclamó la obligación estricta de vestir tapadas y de color negro a las mujeres. Aquellas que salieron a la calle sin obedecer las consignas, eran atacadas, junto con sus acompañantes o quien tratase defenderlas, por grupos de radicales que formaban una especie de cédulas guardianes del nuevo orden. En cuatro días todas las mujeres, por miedo, se acostumbraron a la nueva realidad. Han hecho falta muchos años para una breve involución. Ahora enseñan el rostro y pueden llevar vestidos o pañuelos de diferentes colores, aunque, como puedes observar, el negro continúa siendo el color predominante.

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Irán resulta ser uno de los principales productores de petróleo. No obstante, la abundancia de oro negro, no llega en su equivalencia a la población, que ve como tiene limitado el acceso a 2 litros diarios para el vehículo, mediante la regulación de un sistema estricto de plantillas. Como siempre el mercado negro es la alternativa.

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La guerra Irak – Irán duró casi ocho años. A medida que los Ayatolaes se hacían con el control, la parte del ejército que se mantenía fiel al antiguo gobierno se esforzó en retirar el armamento a otros países como Estados Unidos o Suiza. Cuando el Sadam Hussein, el dictador de Bagdad, vio a su país vecino sumido en el desorden y relativamente desarmado, aprovechó la oportunidad para poner en marcha sus ansias expansionistas. Invadió la frontera pensando que su avance sería una marcha triunfal. Arrasó pueblos y bombardeó Teherán. No obstante la resistencia fue feroz. El nuevo gobierno iraní pronto encontró en apoyo de los soviéticos y los iraquíes fueron exiliados con el suministro de armamento americano. Tras casi una década de encarnizada lucha, se pactó una paz por cansancio y las fronteras volvieron a su línea original. Incongruencias de la historia y de la política internacional, ahora Irak es un verdadero hervidero de violencia y caos con un enemigo común: Los yanquis. Estados Unidos tuvo que en derrocar al dictador que antaño apoyaron, y ahora son los iraníes los que aprovechan las circunstancias para enviar cédulas desestabilizadoras y terroristas al país vecino para castigar a los americanos. Es la mejor forma de mantener ocupado al enemigo y mantener a Irán fuera del punto de mira de los americanos.

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Abandonamos Irán tras una semana y media de estancia y nos llevamos con nosotros gratos recuerdos y una cumbre más de 5.000 metros. De madrugada el avión ruge, a punto de despegar. Atrás queda un arco iris sobre el negro. Una muestra más de la imposible reconciliación de las incongruencias de nuestro tiempo.

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ARCHIPIELAGO BÁLTICO: CAMINANDO SOBRE EL MAR DE HIELO

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caleidoscopi 1182Un año más tarde de la travesía parcial del Lago Torneträsk, el gusanillo de realizar otra travesía ártica de mayor envergadura se instala en mi interior. Hijos de la sociedad del eterno descontento, de la necesidad galopante de nuevas experiencias, deseaba atravesar otro lago pero en un lugar mucho más remoto, como podían ser los territorios de gran norte de Canadá.

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Carles Gel me llama un buen día y me vuelve a hablar de Escandinavia. Le respondo que prefiero algo más solitario, más lejano, de mayor envergadura, y entonces me sale con la propuesta de atravesar el Mar Báltico. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si era el plan desterrado del año anterior!. No dudé en decirle que si, que me interesaba, pero condicionado a que el grupo fuese más numeroso. Carles me comenta que últimamente estaba teniendo contacto con la reconocida himalayista gallega Chus Lago, la primera española que ascendió a la cumbre del Everest sin utilizar oxigeno, pero que fue descartada del selector clan de los “puros ascensionistas” al utilizar el citado oxigeno embotellado durante el descenso. Etiquetas a parte, no hay duda de que Chus debe ser una mujer extraordinariamente fuerte y ambiciosa, y que recientemente se estaba planteando iniciarse en las grandes travesias polares.

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Por mi parte contacto con un viejo conocido con el que tuve la suerte de escalar bonitas cascadas en Alaska, Xavi de Viala. Ya para entonces, cuando tomábamos pintas de cerveza irlandesa tras las escaladas, nos dejábamos embaucar por la magia de el mapa de Alaska, y soñábamos y voz alta con próximos destinos en la última frontera, una de las ideas que nos emocionaba a ambos era la posibilidad de atravesar el estrecho de Bering en invierno. Dentro del prisma de la inexperiencia más absoluta, los dos coincidamos en que un buen proyecto de futuro, — desmarcándose de la obsesión por la vertical que siempre tenemos los escaladores –, radicaba en realizar travesías horizontales de varios días por un marco infinito.

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Al final, por cuestiones de organización, no coincidimos el grupo de cuatro, ni en fechas y en el destino. Chus y Carles salen antes y vuelven justo el día en que nosotros llegamos a Laponia y han optado de por probar suerte en el Lago Torneträsk. Xavi y yo nos centramos con ilusión casi infantil en nuestro plan. La falta de experiencia la contrarrestamos con la siempre arrogante mentalidad del alpinista: si eres capaz de salir airoso de una pared norte en medio de una tormenta, puedes hacer lo que te plazca en terreno en el cual no corras riego constante de despeñarte. Xavi asume las tareas de conseguir el billetes avión y el apoyo tecnológico (GPS, cargador de baterías a manivela, etc …), yo me encargo más conseguir el equipo y la logística auxiliar de inicio y final de la travesía. Cuestión hartamente facilitada por el siempre atento Love, el guia local que conocí el año anterior en mi primera visita a Suecia. Ambos soñamos con perder la costa de vista y llegar a la diminuta isla de Malören, situada más allá del extrarradio del archipiélago. Lugar de inflexión en el que la ruta cambia de orientación para volverse a dirigir hacia la costa finlandesa. Un punto en la inmensidad. Un escueto trozo de tierra en medio de mar blanco. Cuatro árboles de ramas desnudas, una pequeña iglesia, nadie habitando; un trozo de color humano completamente congelado y abandonado en el gran invierno ártico.

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En el fondo, el hecho de quedarnos los dos solos ante la travesía nos da alas, ya no estaremos bajo el supuesto amparo del “hermanito mayor” con mayor experiencia ni bajo el protagonismo inevitable de una “estrella ochomilista” que brilla con luz propia. Seremos dos alpinistas, de profesiones yuppies, padres de familia y con una buena forma física, solos ante nuestro viaje iniciático por el blanco mar. La afinidad es básica en cualquier tipo de aventura y está claro que son muchos los ingredientes comunes de nuestra “química” individual.  Soñamos con realizar la denominada travesía del archipiélago Botnico, entre Lulea y Tornio, en la zona del mar no afectada por los canales abiertos por los rompehielos.

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Al llegar a Lulea nos recibe Love con todas las atenciones de un amigo y de un excelente profesional. Nos explica que nos ha hecho reserva en un buen hotel de Lulea, que la capital de la región de Norrbotten, a pesar de sus apenas 30.000 habitantes, tiene una buena red de hostelería, ya que cada vez son más los congresos internacionales de política y economía que se realizan, de manera bastante secreta, en lugares remotos como éste, con tal de huir de los grupos y manifestaciones antiglobalización. Aprovechamos las últimas luces de la tarde que se termina para tener un primer contacto con el mar, conducimos justo hasta el punto donde empieza la travesía y nos adentramos en el mar helado por una especie de carretera transitable que se prepara cada invierno para unir la punta de Hertsöskafan con la cercana isla de Langon. Resulta extraño estar dentro de un furgoneta de considerable peso transitando sobre un mar helado, detener el vehículo y caminar sobre el hielo. Esta “carretera” que se condiciona anualmente en estas fechas del año, tan solo se abre al tránsito motorizado cuando el espesor del hielo es mayor a los 40 centímetros.

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— Más lejos de la costa de Lulea los espesores de hielo acostumbran a ser más exiguos, y hasta hace cuestión de dos semanas aún habían canales abiertas entre ciertas islas – nos comenta Love – pero ahora no creo que tengais problemas, siempre y cuando descarteis ir a Malören, para llegar allí hay mucha zona de hielo erizado y bastantes posibilidades de encontrar canales abiertos, este no ha sido un buen año para el hielo.

Love nos desalienta a que salgamos de la relativa tranquilidad del interior del archipiélago y nos marca la ruta clásica en el GPS, dándonos los consejos de última hora.

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Al día siguiente, primera jornada de la travesía, nos sorprende una mañana primaveral con un temperatura ambiente que sobrepasa los 0* C, bajo un cielo radiante y ni una brizna de viento. ¿Que más se le puede pedir a un inicio de travesía?. Poco a poco se impone lo que será la línea habitual en los próximos días. Xavi acostumbra a adelantarse cuando el terreno es llano y sin accidentes, dada su mejor técnica en esquí de fondo y su envidiable forma física. El silencio, la distancia, el esfuerzo liviano pero constante, son las compañías típicas de aquel que se adentra en el mar helado. Entre las primeras islas aún sentimos el lejano transito rodado de la carretera helada, pero al situarnos entre Hindersön y Lappön la soledad se vuelve absoluta. Pequeñas agrupaciones de casas vacías, cerradas a cal y canto, salpican la costa. Desde que hemos dejado atrás los pocos vehículos que circulaban sobre el horizonte helado, ya no hemos visto ni un alma. Tampoco seguimos pistas de motonieve. Por fin me siento dentro del ambiente agreste que no supe encontrar el año anterior en el Torneträsk. Cerca de Lappön abandonamos el trazado que nos marcó Love en el GPS y nos dirigimos a mar abierto. En realidad, y a pesar de los sabios consejos de nuestro  amigo lapón, ninguno de los dos ha descartado por un momento la idea de ir a Malören. Nos vanagloriamos de nuestro espíritu aventurero, ¿Cómo van a arrugarse dos alpinistas ante el mar erizado y la posibilidad de encontrar canales abiertos? No descartamos renunciar al proyecto inicial y somos conscientes de que la inexperiencia siempre es un doble factor en contra, al aumentar los momentos de duda y los posibles riesgos gratuitos; pero si alguien debe decidir un cambio de planes seremos nosotros mismos sobre la marcha, cuando por común acuerdo consideremos que el camino a seguir debe ser el de la cautela versus el de la arrogancia.

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Al salir de la protección de la bahía de Björkön, en la isla de Hindersön, nos encontramos por primera vez con el temido mar erizado del que tanto nos había hablado Love. La superficie de mar deja de ser llana como un espejo para convertirse en un caos de bloques de hielo completamente compactado. La pulka se mueve con dificultad entre tantas y baches. Rápidamente nos percatamos de lo fácil que resulta volcar el trineo de estas situaciones y lo penoso y lento en que se transforma el avance sobre el mar. Cuando el sol ya friega el horizonte llegamos a la pequeña isla de Lagören, lugar en el que pasaremos la primera noche. Un árbol solitario corona esta pequeña mancha de tierra nevada en medio del blanco mar. Parece el planeta del cuento del principito. En las relativas cercanías divisamos las islas gemelas de Lila Hindersörahun y Stora Hindersöharun, lugar al que pretendíamos llegar en la jornada de hoy; plan que se ha ido al traste tan pronto como topamos con la superficie erizada. La perspectiva que tenemos ante nuestros ojos es desalentadora, tardaríamos horas en atravesar el caos que parece no tener fin. Sin apenas afligirnos coincidimos en que Malören queda fuera de nuestro trayecto y que al día siguiente nos encaminaremos hacia el trazado que tan sabiamente nos habia indicado Love. Ahora disfrutamos de la temperatura relativamente suave (- 5* C) y de la primera noche ártica en medio del mar.

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Esta vez la tienda es ancha y con un buen ábside que permite cocinar sin problemas. ¡De algo debe servir la experiencia del año anterior en el lago Torneträsk!. Comentamos los acontecimientos de la jornada pasada y programamos la siguiente. Es curioso como la descripción de los momentos vividos tras un dia de travesía a pie por lugares inhóspitos, tiene bastantes similitud a la tertulia que acostumbran a tener dos escaladores tras completar un buen día de escalada.

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El crespusculo ártico desprende unas connotaciones mágicas indescriptibles. Millones de estrellas cuelgan en el firmamento y parecen estar tan congeladas como el aire que respiras. Ni una brizna de aire, ningún olor que estimule el olfato, ni una luz, ni un sonido. Espero, en vano, ver una aurora boreal. Disfruto de la soledad, del aire frio en la nariz y del pecho caliente bajo las diversas capas de ropa. Dejo que el tiempo se diluya antes de meterme en la tienda, donde mi compañero continúa acomodando el espacio en el que dormirá. No hay prisa. Apenas son la seis pasadas de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente no saldremos de la crisálida de plumas del saco de dormir.

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El segundo día cruzamos tramos de caos de bloques de hielo. Estas formaciones, — tan incómodas para el avance a pie acarreando las pulkas –, se forman a consecuencia del choque de las placas de hielo flotantes que van a la deriva antes de solidificarse definitivamente. El terreno está completamente triturado y constantemente debemos vigilar que los trineos no vuelquen, notando las trabadas y los empujones repentinos en el baudrier que une las pulkas a nuestra cintura. Avanzamos con pieles de foca y, a diferencia del dia anterior, me permito ir yo delante y marcar el ritmo de la marcha. La jornada pasa sin más contratiempos. No vemos a nadie, ni tan solo escuchamos el ruido lejano de alguna motonieve o actividad alguna en las esporádicas cabañas que muy de tanto en tanto salpican las solitarias riberas de las islas. Vadeamos al lado de islas de nombres impronunciables: Stor-Furüon, Lill-Furuön, Baton, y dormimos en la orilla este de la diminuta Stora Batöklippan. Siempre buscamos esta orientación al acampar, para ser visitados por los primeros rayos de sol cuando el astro rey despunta. De nuevo disfrutamos de las últimas luces de la tarde ártica y de una puesta de sol estilo “Derzu Usala” (*4). La temperatura a descendido gradualmente y esta segunda noche se sitúa por debajo de los – 10 * C.

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Tercer día: Volvemos a encontrar un firme de hielo llano que nos permite un avance más rápido sin el auxilio de las pieles de foca. A media jornada distinguimos en la lejanía el humo de unas chimeneas. Recuerdo de las palabras de Carles: Tornio no tiene perdida, dos días antes de llegar ya podreis ver el humo de sus fábricas. ¿Serán esas fabricas Tornio? Una falsa alegria nos envarga, pero la realidad es que la localización de la población no acaba de concordar con los mapas. Otra larga jornada sin ver a nadie, sin cruzar ninguna pista de motonieve, disfrutando de la soledad más absoluta. Cerca de las islas de Likskärs naturreservat divisamos un rebaño de renos que emprenden la veloz huida al descubrirnos, intrusos pasajeros de su mundo. Pasamos la tercera noche en pequeña isla perdida en medio del mar, entre Hastaskäret y Fagelskyddsomrade. De tan pequeña que es no tiene ni nombre. Dormimos en el margen de la rotura del rompeolas entre el agua y esta pequeña porcion de tierra perdida. Una grieta transversal marca la unión de las placas de hielo. Al otro lado de la isla petrificada unos charcos cristalinos dan la falsa aparicienda de tener agua líquida. La temperatura exterior alcanza casi los – 20 *C. Noche que pasa, noche que resulta ser más glaciar. El tiempo, no obstante, continúa siendo inmejorable: sin nubes y sin viento.  Acampamos sobre el mar helado y  durante la larga noche escuchamos el ronquido apagado y lejano de las corrientes situadas bajo el manto de hielo. De buena mañana nos levantamos con el estruendo repentino de la rotura de la placa sobre la que dormimos. Es un ruido seco, una explosión, que la oímos justo bajo nuestros cuerpos. Salimos rápidamente de nuestros sacos, sin poder disimular el susto recibido. No obstante la serenidad se impone. Revisamos la placa y no vemos ninguna grieta que intuya peligro alguno. El desayuno, más frío que los anteriores, nos sirve para templar los nervios. Por si acaso nos refugiamos en la seguridad de la tierra firme de esta ínfima isla perdida en el blanco infinito.

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La primera mitad de la cuarta jornada sigue la tónica del inicio de la misma. El hielo es más fino que los días anteriores. Se transparenta y bajo la capa cristalina se puede ver el oscuro color de las aguas. Multitud de finas grietas quiebran el firme. Están por doquier y no nos queda más remedio que cruzarlas. De tanto en tanto una nueva explosión del hielo nos hace estar en alerta. Pecamos de inexperiencia y rápidamente preferimos la seguridad de la costa, acercándonos a las islas de Stenen i Ytterstlandet. Xavi siempre camina a cierta distancia delante de mí. En estas circunstancias no sabes si la cercanía resulta ser más segura que la lejanía. Por un lado el hecho de que circulemos alejados repercute en que la presión sobre el hielo sea menor, por otro lado, pronto la distancia es lo suficientemente importante como para que no me oiga si grito, por lo que difícilmente podrá auxiliarme el compañero caso de que se rompa la capa de hielo y me sumerja en las frías aguas del báltico. En un momento preciso me detengo para ajustarme el calzado. Cruzo un pequeña grieta y continúo unos cinco metros antes de detenerme definitivamente para evitar estar demasiado cerca de la cicatriz. Al determe, me descalzo los esquís y camino hacia la pulka para sentarme sobre ella. Al sentarme observo que bajo el trineo hay otra grieta alargada. Me recrimino en silencio no haber sido lo suficientemente observador y que esta grieta se me haya pasado por alto antes de detenerme. No obstante no le doy mayor importancia, me quito la bota, me coloco mejor el calcetín y vuelvo a calzarme.

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Al volver a los esquís observo una nueva grieta transversal situada justo en medio de las dos tablas. Ahora si que no tengo ninguna duda de que esta grieta ha aparecido en el momento de la pausa, al igual que la grieta descubierta bajo el trineo. Observo  a mi compañero. Continúa caminando sin parar ajeno a mis maniobras. Es un punto en la infinidad. Cada uno hoy camina sumido en sus propios miedos. Hacia las doce del mediodía, hora en la que acostumbramos a parar a picar algo de comida y a tomar bebida caliente, nos convencemos de que las chimeneas humeantes que habíamos observado desde el día anterior no son Tornio. Se trata de Passkeri, otra población con una manufactura de tratamiento de madera y de construcción de papel. Hoy la jornada es dura, durísima, a la tensión de la mañana le sigue unas maratonianas horas por la tarde que finalizan con más de 30 quilómetros de marcha sobre el hielo. A cada día que pasa mayor es la distancia recorrida. Mejoramos el ritmo y abreviamos las pausas.

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Las islas se diluyen en la lejanía formando una finísima capa fruto de la alineación de las copas de los árboles. Ningún islote presenta la más mínima elevación en forma de pequeña colina. Siempre es la línea arbórea la zona más alta de las distanciadas manchas de tierra que surgen del blanco mar. A consecuencia de la lentitud de la marcha, apenas es perceptible nuestro acercamiento o alejamiento de cada una de estas solitarias islas. La sensación siempre es la misma: Caminas y caminas y, cuando vuelves la vista atrás, contemplas la isla que recientemente has abandonado y que parece estar a un tiro de piedra. Frente a ti la extrafina línea de la siguiente isla, una raya marrón en medio de la inmensidad, de la que aún no pueden distinguirse con claridad la silueta de los árboles. Al rato, tras casi 30 minutos de constante caminar, otra ojeada a la última isla abandonada nos servirá para descubrir que se reduce a otra extraplana línea marrón, aunque aún se perciben las coronas de los árboles. Miras en frente y te resulta difícil calcular cual de las dos islas está más cerca, la que dejaste atrás o la que te acercan tus pasos. 15 minutos más tarde la que fue una irrisoria raya en el infinito blanco, se ha convertido en un lejano bosque cuyos árboles puedes distinguir con claridad. Parece cerca, pero la experiencia te enseña que aún tendrás que caminar un cuarto de hora más para flanquear cerca de las orillas. Miras hacia atrás, ahora ya no hay duda, la distancia que te separa de la última isla que bordeaste es mucho mayor que la distancia que te separa de tu próximo destino. Al rato esquías cerca de la orilla de la isla que, en el transcurso de tu última hora, se convirtió en la cumbre de Sísifo. No la alcanzarás, no la pisarás, pasarás a su lado, como si evitases alterar la magia helada que transmiten los silenciosos árboles sin hojas. Tras esta falsa meta descubres una nueva línea casi invisible que vuelve a romper la monotonía blanca del infinito. Hay está. Te engañaste para hacer llevadera la marcha, pensando que la meta que seguías era la verdadera, cuando en el fondo nadie te podía ocultar que tan solo era un hito en el camino. En frente tienes la nueva meta, también falsa, pero nueva … Solo así logras hacer las distancias humanas, y de lo humano la ilusión. Al final de la jornada, ya cansado, y mientras el sol poniente tiñe todo el congelado mar de tonos rosáceos, te sabrá mal finalizar el absurdo juego y no seguir caminando un poco más …  a sabiendas de que la noche acecha y que en medio de ella la travesía pierde significado. Porque el blanco infinito con manchas marrones se convertirá en el negro más absoluto, adornado por una cúpula con millones de estrellas, lejanas y frías, como el aire que parece querer congelarte el interior de las fosas nasales. Aprovecharás la larga noche para descansar, para reponer fuerzas, y antes de hundirte en el calor del saco de plumas intentarás, en balde, esperar la llegada de la aurora boreal, que es esta tercera incursión al ártico también se niega a cultivar tus ansiosos ojos.

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Pasamos cerca de las islas de Vibbygrundet, Halsön y Björn y a las últimas horas de la tarde, con el sol que ya se ha escondido tras el horizonte, llegamos a la población de Seskarö, siendo el primer lugar habitado que visitamos desde el inicio de la travesía. Haciendo alarde de la hospitalidad de la gente del lugar dormimos en una casa particular. Nuestro anfitrión resulta ser familiar de la famosa actriz Greta Garbo y nos comenta que en esta pequeña isla del Báltico está enterrada la famosa actriz de cine, la “mujer fatal” más célebre de cuando el celuloide tan solo gravaba en blanco y negro. Nosotros agradecemos enormemente el podernos refugiar dentro del calor del hogar. Fuera la temperatura desciende a más de – 25 * C y de tanto frío hasta se nos ha congelado hasta la fijación de esquís. No nos los podemos quitar hasta que el calor del interior de la casa deshace el hielo que une la bota a la fijación. Seskarö es otra pequeña población con una fábrica maderera, con sus feas y pestilentes chimeneas que extraen humos las veinticuatro horas del día. Es el típico lugar en el que nunca pasa nada y el hecho de que dos “ibéricos” lleguen y marchen a través del mar, arrastrando sus pulkas, se convierte en el evento de la semana. Poco más tarde nos enteramos de que las fotos que tomo  nuestro anfitrión sirvieron para apuntes de prensa de diarios locales, tanto suecos como finlandeses.

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Empezamos la última jornada con la idea clara de llegar hoy a nuestro destino final, por mucho que la distancia que nos queda para alcanzar nuestro objetivo es superior a cualquier de las distancias recorridas durante los días anteriores. Contamos con la ventaja de haber dormido y descansado mejor que nunca y de habernos puesto en marcha una hora antes que las jornadas precedentes. El ritmo es vivo y rápido, como el frío que penetra por cualquier hueco un poco abierto de nuestro vestuario. La temperatura es bajísima, y un ligero viento acrecienta la desagradable sensación de frialdad. Por la mañana Xavi vuelve a ser un punto en la lejanía, y más tarde nos justamos para caminar los últimos quilómetros juntos.

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La llegada a Finlandia resulta desalentadora. Tomamos tierra firme  en el polígono industrial de Royttä. Al sur de Tornio. Unas espesas nubes de vapor de agua, que no ganan altura por culpa de la gélida temperatura ambiente, sirven de telón de fondo a este conjunto de horribles construcciones. En primera fila de la orilla del mar vemos un pequeño poblado, en cuyas ventanas se reflejan los rayos de un sol cada vez más cercano al horizonte y más marquito en su falso calor. Creemos que en la población encontraremos algún lugar para dormir, algún café, alguna parada de autobús. La realidad es otra bien distinta. Todas las casas de la población están cerradas de manera hermética, ni un alma habita sus interiores. Es un pueblo fantasma. La máquina quitanieves ha limpiado las calles hasta las proximidades de las puertas, pero desde donde finaliza el trazado del quitanieves a las entradas de madera, ninguna huella humana deja entrever que últimamente nadie ha pisado estos lares. Tenemos la sensación de ser los últimos habitantes del planeta tras un holocausto nuclear. El sol se está poniendo tras la línea del oeste. La temperatura es bajísima, debe rondar ya los – 30* C. Continuamos caminando en medio de las grises fábricas. Algunas de ellas tienen chimeneas humeantes y maquinaria pesada que produce un ruido estridente. Hasta alguna luz interna ilumina sospechosas estancias cerradas. No hay nadie. Entramos donde podemos y gritamos. Hay alguien? Como respuesta el ruido incesante y constante de las máquinas. Habrán tomado los robots el control del mundo? Caminamos y caminamos hacia el extremo sur de la costa, hasta llegar al puerto. Si hay alguien debe estar allá. El frío es penetrante. Xavi dejó el plumón en las pulkas, las cuales medio escondimos tras cruzar orilla de costa. Mi compañero camina enérgicamente, sabe que el frío que le atenaza se cebará con el tan pronto como cese la marcha. Poco a poco nos plateamos que esta última noche, la más fría, la tendremos que pasar en este lugar tan terrible. – Es el lugar más feo y frío que he visto en mi vida -. Por fin, en el puerto, encontramos una oficina atestada de trabajadores de las fábricas que esperan, — con la compañía de cafés y la comida de sus respectivas fiambreras –, que llegue el cambio de turno. Fin de trayecto. Pronto vendrá un taxi y de aquí 30 minutos estaremos en la comodidad de uno de los hoteles de Tornio. Una vez duchados, cambiados de ropa y con una espumeante cerveza entre las manos, celebramos nuestra primera travesía ártica. Por fin, tras varios años de pequeñas expediciones frustradas, tengo la jubilosa sensación de volver a casa con el objetivo inicial cumplido. Creo que desde mi viaje a Kirguizistán, cuatro años antes, no había vuelto a tener esta agradable y dulce sensación de victoria.

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Durante la jornada siguiente nieva y nieva sin cesar y una niebla baja esconde todos los contornos. Deambulamos por Tornio antes de tomar el autobús a Lulea. Nos jartamos de nuestra buena suerte (¡Por fin!). Empezamos la travesía cuando el tiempo mejoraba tras un periodo de inestabilidad y ahora, al finalizar, vuelve a estar el ambiente nevoso y desapacible. Un día como hoy, en medio del mar, debe ser sumamente desagradable y te obliga a navegar constantemente con el auxilio del GPS; pero todo esto, quizás, será nuestro pan en una próxima ocasión, en una futura travesía por otro horizonte blanco. Dentro de la comodidad del autobús, viendo la nevada a través de los cristales de las ventanas, y embriagados por nuestra travesía de más de 100 quilómetros en cinco días, dejamos galopar la imaginación: El Lago Ladoga, un tramo de mar al norte de Siberia, la Bahia de Hudson, el estrecho de Bering … algún polo.

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MONTES MALDITOS

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Dr crestas (113.a)Juventud, divino tesoro.

¡Ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar no lloro

y a veces, lloro sin querer.

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura, amarga y pesa.

Ya no hay princesa que cantar.

                   (Fragmento de la poesía de Rubén Dario,                                                                          “Juventud, divino tesoro”)

                            *        *        *        *

A pesar de que caminamos ligeros de ropa, podemos notar la frialdad del aire por la respiración. Paulatinamente, la noche se adueñaba del paisaje; caminamos tranquilos y en silencio, con la sensación de frío en la punta de la nariz. Ante nosotros se encuentra el magno escenario de cumbres blancas que corona el Valle de Vallhibierna. Las montañas, distantes y esbeltas, están cubiertas de una capa de nieve helada. Parece reflejar destellos plateados de una luz propia, como si el día que agoniza aún se resistiese a abandonar los altos parajes.

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Pronto hacemos la pausa obligatoria para buscar dentro de las mochilas las linternas frontales que nos permitirán continuar la marcha con comodidad. Es el momento para abrigarse y tomarse un merecido descanso de cinco minutos. El brillo de las estrellas nos llena de dicha, no hay indicios de un posible cambio de tiempo, por lo que cada vez estamos más seguros de que el tiempo será excelente, y que, consecuentemente, nos esperan unas fantásticas jornadas de escalada en el Pirineo central.

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Es noviembre, y los bosques de la parte baja de la montaña aún están en plena mudanza cromática. A sido tal nuestro asombro que, constantemente, intercambiamos comentarios sobre la multitud de fotos realizadas.

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Horas más tarde, sumidos en una noche tan negra como la boca de lobo, montamos nuestra tienda en las cercanías de Ibón de Coronas. El lago presenta una sección tapada con una fina capa de hielo, y poco más arriba se dibuja la linea blanca que anuncia la proximidad de los pedregales nevados.

Los planes son los siguientes; de las dos jornadas de actividad programadas, una queremos escalar la dentada cresta de Cregüeña al Pico Maldito, y la segunda jornada deseamos coronar el Pico Aneto por la clásica canal Estasen. El citado corredor es uno de los itinerarios de nieve que mas meses permite la escalada glaciar en el Pirineo, no en vano accede a la cumbre más alta de la cordillera.

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De los tres compañeros que componemos el grupo, el “Sherpa”, – que acaba de salir de un largo proceso de recuperación tras un accidente –  prefiere reservar las fuerzas para el segundo de los proyectos, por lo que nos anuncia su renuncia a escalar la cresta. Los dos restantes, Oscar y yo, miramos de reducir el peso al máximo. Unos cuantos tascones y algún aro de cuerda serán suficientes para protegernos los pasos más delicados.

Cuando emprendemos la marcha al romper el alba, vemos colgar en el cielo pequeñas nubes dispersas. A pesar de que su aspecto nos resulta una tanto desagradable, consideramos que no son motivo suficiente para volver a meterse en el saco. No obstante, a medida que ganamos altura, las nubes ganan terreno y consistencia. Al llegar al collado que marca el inicio de la cresta, un espectacular manto de niebla juega a envolver las cumbres mas altas.

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Asaltados por las dudas, intercalamos el dialogo de vigor.

– ¿ Qué crees ?, ¿ nos arriesgamos ?.

– No sé que decirte, hace poco se veían todas las cumbres, ahora el Aneto ya está camuflado, y el Maldito también se esconde por momentos.

– Ya ves, con el paseo que nos hemos metido para llegar hasta aquí… ¡que rabia dar media vuelta!.

– Mira, subimos la cumbre más cercana, y luego ya veremos. Si más no desenredaremos la cuerda y escalaremos un poco.

– Vale. Vamos tirando, al fin y al cabo en una cresta siempre estamos a tiempo de bajarnos.

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Poco más arriba de la horcada, las condiciones del terreno nos sorprenden. La nieve no es tan abundante ni consistente como parecía, y en numerosas ocasiones cede bajo nuestro peso para dejar al descubierto las lajas de roca que apenas la sostienen. Las condiciones aconsejan ser prudentes y estar atentos, no dudamos en proceder a unirnos con la cuerda y realizar relevos en un lugar donde en pleno verano ascenderíamos dando saltos.

Al iniciar el primer largo de cuerda noto como me embarga la ilusión y desaparecen las dudas. Las maniobras de la escalada son variadas y absorben toda nuestra atención: tantear el lugar apropiado para el pie, picar la nieve, estirarse en busca del asidero de la mano, la superación de ciertos bloques, buscar el emplazamiento para los seguros. Uno a uno se suceden los relevos de la cuerda. Es tal la compenetración y el entusiasmo que cuando nos damos cuenta, apenas recordamos en que momento preciso se ha iniciado la constante caída de copos de nieve. Lo cierto es que un tramo afilado en la cresta nos hace recapacitar antes de proseguir. La nieve cubre los relieves de la escarpado perfil, la roca está muy fría y mojada, y aventurarse a forzar el paso nos resulta poco alentador. Un vistazo al reloj nos acaba de convencer de que la mejor opción es renunciar a proseguir la escalada. Nos ayuda pensar que debemos reservar fuerzas para la jornada siguiente, en la que no se nos escapará el Rey pirenaico; si más no, la inminencia del segundo proyecto resta amargura a la siempre vacía retirada.

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La primera decisión está tomada: “Nos vamos“; pero falta la segunda “¿ por donde ?“. Deshacer el trayecto que realizado resulta demasiado largo y la noche acecha; continuar la cresta comporta afrontar el tramo escarpado, con cara de pocos amigos, cuya complejidad nos había detenido. La mejor alternativa era rapelar por cualquiera de los dos flancos del cordal, muy a pesar de la verticalidad de sus paredes. Nos asomamos a la vertiente que da a los Lagos de Coronas, que es por donde debemos descender para llegar al valle donde tenemos la tienda. Lanzamos las cuerda y vemos que se pierden en el precipicio, engullidas por la niebla.

– ¿Cuantos ráppeles crees que tendremos que hacer ?.

– No lo sé, pero este tramo parece muy tieso, y si no recuerdo mal la pared que hay por aquí debe tener más de cien metros.

– Llevamos una cuerda de 45 metros. Tendríamos que hacer cinco o seis ráppeles.

– …

– Quizás sea mejor bajar por Cregüeña y flanquear horizontalmente bajo la cresta hasta el Collado.

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Al inspeccionar la vertiente contraria descubrimos una mejor perspectiva. A pesar de la visibilidad menguada por las nubes y la nevada, el pie de la pared se reconoce a apenas cincuenta metros. Una vez abajo, en tan solo veinte minutos podremos realizar la travesía caminando para traspasar el collado, y volver así al valle por el que hemos realizado la aproximación. Es obvio que la mejor opción es rappelar por la vertiente opuesta al lugar donde tenemos la tienda.

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– Fíjate, el pie de la pared está cerca, a apenas un par de ráppeles

– Si, tres máximo.  

Sin más divagaciones dejamos caer las cuerdas, y seguidamente inicio el primero de los ráppeles. Desde un principio me sorprende la verticalidad de la pared. Descendidos quince metros miro hacia arriba y diviso la silueta de mi compañero entre los erizados bloques de piedra, tengo entonces la seguridad de que, una vez desmontado el ráppel, nos resultará imposible volver a subir al borde de la cresta.

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Al concluir las cuerdas debo pendular para encontrar un margen de roca fisurada que me permita fijar empotradores y montar una reunión. El final de la cuerda está próximo, por lo que anudo las mismas por miedo a que se me escape uno de los extremos durante el péndulo. Cuando consigo montar el relevo en la roca aviso al compañero para que inicie el descenso. El primer problema se nos plantea al comprobar que la cuerda del rappel debe ser recuperada antes de realizar el péndulo, puesto que a la reunión tan solo se llega gracias a la flexibilidad de las cuerdas, las cuales se reducen unos dos metros al salir del descendedor. A Oscar no le queda más remedio que quedarse “a pelo” para proceder a recuperar la cuerda, no obstante, encadenando todos los mosquetones, cintas y tascones que llevamos, logramos hacer una especie de cinturón de seguridad con la que enlazamos nuestros baudriers. He tenido que utilizar la baga y los mosquetones de la reunión para confeccionar nuestro cordón de unión, por lo que me cojo con cada una de las manos a los dos tascones que forman la exigua reunión que antes he montado. Viéndonos en la presente situación, — él estirando la cuerda en equilibrio, y yo enganchado a los cables de los tascones — somos conscientes de que estamos efectuando una de aquellas maniobras que formarían parte del libro “Lo que nunca se bebe hacer en la escalada”, pero no me queda mas remedio que convencerme de que, en caso de que caiga mi compañero, tendré la fuerza suficiente para no desprenderse de la reunión a la que me aferro con las dos manos.

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Pasado el momento de tensión, debemos de escoger cual de los dos tascones abandonamos para realizar el siguiente ráppel. Hace un momento me parecían dos seguros buenos, pero ahora que tenemos que colgarnos con ganas de uno de ellos empiezo a dudar sobre si están bien colocados. Los extraigo y los vuelvo a meter varias veces, hasta que uno de ellos se hunde en la fisura. Iniciamos el segundo rapel, preludio de lo que serán los siguientes. Al final nos colgamos confiados de los tascones que vamos abandonando a medida que descendemos. Uno de ellos esta medio empotrado en una fisura horizontal, pero conseguimos incrustarlo con la punta del piolet hasta que nos otorga confianza. Finalizado el cuarto rappel caímos en la evidencia de que lo que desde arriba parece el plano horizontal del pie de la pared, no era más que la propia vertiente tapizada de nieve, cuya roca permanecía oculta. Resignados continuamos descendiendo de puntas de roca de dudable resistencia y de los pocos tascones que nos quedan.

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Al finalizar el sexto ráppel llego a una especie de cueva inclinada. La nevada se ha intensificado, y a la sazón la penumbra del anochecer ha dado paso a la oscuridad absoluta. A tientas consigo fijar un nuevo punto de descuelgue de una piedra puntiaguda. Inicio el nuevo descenso, en el que el mundo se limita a apenas unos metros de terreno vertical iluminado por la linterna frontal, Continuo bajando, siempre atento a que no finalicen las cuerdas y se escurran por el descendedor. Concluido el ráppel me desilusiona ver que aún no estamos en el suelo, ¡ presentía que éste descenso a oscuras sería el último !. Bajo mis pies la pendiente de nieve continua presentando mucha verticalidad, y no logro ver ninguna fisura para instalar los últimos seguros que nos quedan. Voy pendulando de un lado a otro, agotando, una a una, las posibilidades de montar una nueva instalación.

Preocupado por mi excesiva tardanza, Oscar me requiere desde la cueva.

– Pako, ¿ Qué pasa ?

– No encuentro donde instalar el rappel.

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Pasan los minutos y continuo el desesperado vaivén de una lado a otro, repitiendo el escrupuloso estudio de los emplazamientos ya visitados. Mi compañero vuelve a gritarme.

– Pako, sube a la cueva, pasamos aquí la noche y mañana con luz acabamos de bajar.

Miro hacia arriba y tan solo veo un sinfín de copos de nieve que cruzan la luz proyectada por la linterna frontal y se depositan sobre mí. El tramo por el que he descendido es sumamente vertical “Una mierda subo otra vez arriba” pienso. De repente veo un trozo de piedra, de apenas un palmo, que se asoma sobre la pendiente nevada, excavo por encima de ella y luego por abajo, hasta construir una especie de puente. Paso un cordino por detrás de la piedra y lo anudo alrededor de la misma.

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– Ya esta, puedes bajar –

Cuando mi compañero llega a mi lado mira sorprendido el relevo en que me encuentro. Lo observa detenidamente y pregunta ¿ Esto aguantará ? — Pronto lo sabremos, por si las moscas no te asegures mientras me cuelgue — le respondo.

Con sumo cuidado me dejo caer, incrementando paulatinamente la presión del peso del cuerpo, hasta colgar completamente. “Aguanta” respiro profundamente y desciendo tan rápido como puedo. La suerte nos ha acompañado en cada uno de los rápeles, pero sobretodo en éste último. Sentimos un gran alivio al llegar a los campos nevados situados bajo la pared; no obstante nos desalienta pensar que estamos demasiado cansados para flanquear hacia el collado, más aun cuando comprobamos que el trayecto es más accidentado de lo que esperábamos.

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Por hoy ya tenemos suficiente de maniobras de cuerdas, por lo que decidimos continuar por donde podamos ir caminando, o sea, bajar hacia el Lago de Cregüeña. Sin duda un largo camino nos separa de la tienda, primero tenemos que descender completamente el valle donde nos encontramos, para más tarde volver a remontar el otro situado más al sur. Cuando estamos vadeando las orillas del Lago, patinamos constantemente sobre las losas de piedra cubiertas por los dos dedos de nieve reciente. Nos sentimos terriblemente cansados por lo que nos obstinamos a resguardarnos bajo un bloque y hacer vivac. La nevada continua cayendo de manera suave pero constante, y tan solo tras numerosas tentativas, encontramos una losa lo suficientemente grande como para que la nieve no logre cubrir la totalidad del suelo situado bajo la piedra. Una vieja enseñanza dicta que uno debe demorar al máximo el inicio del vivac del cual sabe que apenas dormirá. Resguardados ya de la nevada, nos sentamos sobre las mochilas y picamos cuatro galletas congeladas, cayendo entonces en la cuenta que es el primer bocado que nos metemos en la boca desde la pausa realizada justo al iniciar la escalada.

Cuando ya no tenemos más motivos para demorar el vivac, y aturdidos por el agotamiento, nos estiramos en el fondo de la cueva, acurrucados bajo una manta isotérmica. Inmediatamente, al estirarnos sobre la piedra, notamos la primera mordedura del frío.

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– ¿ Qué hora es ? – le pregunto a Oscar.

– Las doce y media – Responde.

– Bueno – pienso – entre ráppeles, caminada, patinadas y cena han pasado las horas.

Recordamos la racha de mala suerte que nos ha acompañado durante los últimos meses, puesto que éste es el tercer vivac que realizamos en condiciones inapropiadas. En septiembre tuvimos que pasar la noche a apenas cien metros de la tienda, también sin sacos y aguantando la fina lluvia bajo las capelinas. La oscuridad y la niebla nos sorprendieron durante el descenso y nosotros habíamos sido lo suficientemente necios como para dejar las linternas frontales en la tienda. Por la mañana estábamos completamente convencidos de que la escalada que íbamos a realizar sería un entretenimiento de pocas horas. Más tarde, temiendo caer por un precipicio mientras caminábamos a tientas, nos resignamos a pasar la noche sobre unos prados de hierba mojada, digiriendo con calma la nueva lección que nos estaba enseñando la montaña. Por suerte la temperatura aún era bastante estival, por lo que logré dormir durante largos intervalos.

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En octubre el vivac fue premeditado, y por tanto estábamos equipados con los sacos de pluma. Bajo la atenta mirada de la Pica d’Estats, en los lagos de Sotllo, buscamos unos muros de piedra e instalamos un gran plástico a modo de toldo. Lo que no estaba previsto es que a media noche se iniciase un aguacero desconsolado, que poco a poco inundó el emplazamiento del vivac, convirtiendo el suelo en una gran balsa de agua y barro. Completamente empapados, y con los sacos de pluma que parecían esponjas, esperamos la llegada del alba cantando canciones absurdas y explicando gran cantidad de chistes. Nos reímos tanto que quizás hasta supo mal que se hiciese de día.

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Ahora, ni chistes, ni canciones ni temperaturas estivales. Las anteriores noches constituyeron pequeñas “aventurillas” que daban más color al fin de semana, hoy sentimos como la montaña nos ha deparado una mala jugada. El dialogo que intercambiamos es escueto y enseguida pierde vigor, cada uno se interna en su propio tormento y trata de combatir el hiriente frío. Una eternidad más tarde vuelvo a preguntarle la hora a mi compañero.

– Las diez y media – Responde.

– ¿ Como ?.

Vuelve a mirar una y otra vez el reloj.

– Sí, si, son la diez y media. Creo que antes lo he mirado mal, deberían ser entonces la nueve y media. –

Desecho ante la evidencia, no vuelvo a abrir la boca hasta que la lechosa luz de la mañana anuncia la proximidad del alba. Continúa nevando, de hecho creo que no ha cesado durante toda la interminable noche. Tan pronto como somos capaces de adivinar los contornos del paisaje, nos ponemos en marcha, muertos de hambre, de frío y de cansancio.

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Por la tarde, mientras caminamos lentamente por los zig-zags del camino que asciende al Ibón de Coronas, encontramos a nuestro compañero. El “Sherpa” , preocupado por nuestra excesiva demora, pretendía solicitar ayuda para organizar nuestra búsqueda. Cuando nos juntamos su cara es todo un mapa, parece haber visto dos fantasmas.

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ESCALADA EN GEL AL MONTSENY, RARESSES D’HIVERN

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gel Montseny (29)

Durant una bona època em vaig dedicar a fer tots els camins i senders que pujaven a les zones més altes dels cims del Montseny en el transcurs de la feina de camp per un mapa de Montseny, avui en dia editat ja per l’editorial piolet.

Entre les freqüents pujades i baixades, la majoria d’elles en solitari, vaig anar a parar un fred dia d’hivern a la zona de Viladrau per pujar el Matagalls pel camí del Torrent de les Cordes, per que encara no coneixia.

 gel Montseny (24)

Ja al començar a caminar el cel era de color plom, les part altes de la muntanya presentaven una nevada recent de la nit passada i per sota els 1.000 metres tot estava saturat d’una humitat freda que s’enganxava al cos. Per sort el moviment de la marxa ràpidament em va fer oblidar de la incomoditat de temps, i hores més tard estava ja sobre la línia de neu pujant pel maquíssim i poc conegut camí del Torrent de les Cordes. De fet el fet de triar un dia fred de ple hivern per fer aquesta ascensió no era casualitat.  No feia massa m’havia comprat una mena de llibret – quadernet del Matagalls, principalment fotogràfic, on sorprenentment es veia una cascada de gel ben formada i a sota uns excursionistes al peu del mur de glaç amb un peu de foto “Torrentera de les Cordes”.

gel Montseny (8) Vaig triar dons un dia de fred i de ple hivern per veure si trobava quelcom d’aquella infraestructura de gel i per veure si realment allò que s’intuïa a la foto era un bon escenari per tornar un dia amb les eines i fer quelcom que fins ara ningú havia fet, o com a mínim divulgat: Escalar una cascada de gel a les modestes i mediterrànies muntanyes del massís del Montseny.

gel Montseny (11)

La sorpresa va ser majúscula quan a la part alta de la torrentera vaig veure tres estructures mig glaçades, la principal d’elles amb una petita columna completament vertical. Es tractaven d’estructures encara poc prou fermes com per poder ser escalades, només la part de fora de la estructura, com un fràgil motlle quasi transparent que deixava veure per sota com l’aigua corria amb abundància. Era del tot impossible poder escalar llavors aquelles cascades, però tampoc no era la meva intenció aquell dia. No portava equip, no feia prou fred. Només volia fer l’excursió, però allò era una primera ullada que en va servir per fer-me una idea del petit tresor que amagaven aquestes amables i modestes muntanyes on jo vaig passar la infantessa i amb les que tinc una arrelament molt íntim i especial.

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Just en el moment en que estava contemplant les cascades va començar a nevar i em va trucar un bon amic dient-me que acabava de fer en solitari un encadenament de cascades al Pedraforca i animant-me a fer una visita a la comarca per tal d’aprofitar les bones condicions. Jo li vaig confessar que estava davant d’una cascada inèdita, un bonic projecte per si el dia de demà venia una ona de fred siberiana.

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Vaig continuar l’ascensió en mig de la nevada, però a mida que el front de mal temps anava entrant van anar pujant les temperatures i la neu va passar a ser aiguaneu al cim i una forta i freda pujada que ja no em va deixar en tot el descens i que en va fer arribar al cotxe completament xop. Tenia la seguretat que amb aquella aigua les cascades que havia vist a mig formar hores abans ja estarien de nou sense la crisàlide de gel. Es com si haguessin volgut desaparèixer per guardar millor el secret, el nostre secret.

Un any més tard va venir el que tots els escaladors de gel esperem cada any i que només arriba en hiverns puntuals: l’onada de fred siberià. Fred intens i general a cotes baixes, un mantell de neu constant a totes les muntanyes de la Serralada Pre-litoral per sobre del 800 metres … condicions perfectes per tornar a la torrentera, ara ja amb totes les eines i la disfressa d’escalador de gel: piolets tècnics, cordes, cargols de gel, casc ….

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Acompanyat de la sempre animada Montse Molano, els dos ens vàrem quedar boca badats al veure les cascades en excel·lent condicions. Va ser un dia perfecte. Temps serà i fred, una maquíssima excursió per anar i per tornar i cap a casa amb el premi de la amb tota seguretat es l’única torrentera del Montseny que permet l’escalada en gel al massís. I quina escalada !!! Al ben mig hi trobem una columna completament vertical d’uns 12 metres. Qui diria que podríem trobar aquestes dificultats a poca distància del bonàs Matagalls, bressol de l’excursionisme català.

Aquí us deixo aquest reportatge amb la corresponent fitxa tècnica per si sona la flauta i aquest hivern tornem a gaudir dels rigorosos freds d’una onada de fred siberià a casa nostra. Si es així i els Deus ens complauen, ja sabeu on trobar un indret exòtic per la pràctica d’aquest fugaç escalada.

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Fitxa tècnica

MATAGALLS – TURÓ DEL MIG

VERTIENTE NORTE

 Alçada del cim: 1.552 metres.

 Punt de partida: Coll de Bordoriol, 1.089 metres. A la carretera que enllaça Viladrau i Santa Fe del Montseny, poc abans d’arribar a Sant Marçal.

 Aproximació: Llarg flanqueig per pistes pel vessant nord del Matagalls, en direcció a ponent, passant per les fonts dels Llops i de Rupitosa, al poc la pista es transforma en camí i comença a baixar. Al poc trobem el camí que puja a mà esquerra (fites esporàdics i senyals vermells) i que puja en zig-zag pel mig de bosc fins al Torrent de les Cordes. Calcular 1,30 h de marxa.

Descens: Ràpel fraccionat per baixar l’últim llarg (20 + 30), després caminant per l’esquerra de la columna per situar-nos al peu de la mateixa, on localitzem el camí de les Cordes. Seguir-cap a la nostra dreta per retornés els passos de la marxa d’aproximació. Comptar 1,30 h per al retorn al vehicle.

Torrent de les cordes (1) 

TORRENTERA DELS CORDES

 Recorregut / dificultat: Tres ressalts d’inclinacions màximes de 70 º, 90 º i 70 º respectivament. En conjunt 4 + / 5 de dificultat i II d’exposició.

 1a ascensió divulgada: Montse Molano i Pako Crestas el febrer del 2012.

 Característiques i condicions: Sorprenent cascada amb un llarg de columna de 12 metres, que resulta extraordinàriament exòtica al localitzar-se en el baix massís del Montseny, només es forma en hiverns de freds extraordinàriament rigorosos (entrades d’aire d’origen siberià).

 Material útil: 5-6 cargols de gel i cintes per a reunions en arbres.

Torrent de les cordes (2)

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