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LA CORONA DE ANDORRA – EL TAO DE LAS CUMBRES

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Durante el verano del 2013, con mi buen amigo y compañero de fatigas Jordi Villamayor, alias “Fanatik”, realicé una bonita y larga travesía de cumbres por el Pirineo. Se trata de la que hemos denominado la “integral” o la “corona” de Andorra, la cual consiste en la larga sucesión de cumbres y crestas que delimitan este pequeño país pirenaico. Un total de 10 días de travesía por altas cumbres, viviendo en ellas, bajando tan solo a pequeños lagos cercanos al cordal para dispensarnos de agua y vivaquear. Se ha tratado de una pequeña, cercana y entrañable aventura. Es el Tao de las cumbres.

La gran travesía se divide en dos zonas bien diferenciadas, la que denominamos el arco sur por un lado y el arco norte por el otro. El arco sur es el tramo que va desde el Port d’Envalira, accesible en vehículo, y la propia población de Andorra la Vella. Y el arco norte es la zona superior, situada por encima del rio Valira, que empieza en Andorra y termina en el Port d’Envalira pasando por los circos de Coma Pedrosa, Ordino, Ransol y Juclar.

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Arco Sur. Primer día: Empezamos a medio día bajo una niebla fría y húmeda. A pesar de ser verano, el termómetro del Port d’Envalira, a más de 2.400 metros de altura, marca tan solo 5º C de temperatura. Ambiente desapacible pero buen estado de ánimo y fe en una mejor previsión meteorológica. El tramo de cresta, con algunos pasos de III+/IVº, por terreno húmedo y resbaladizo sobre una roca fría y casi verglasada requiere nuestra atención, más teniendo en cuenta que llevamos a la espalda una buena mochila. El sol de tarde nos sonríe en la cumbre del Pic Negre d’Envalira y con él los cálidos rayos ayudan a desentumecer el espíritu. A partir de este momento las dificultades decrecen y a tramos son absolutamente nulas, lo cual nos permite progresar sin cuerda por los ya cálidos cordales del Circ de Collels y Pessons. Hacemos noche en la cumbre del Montmalús, donde un sol misterioso, el mismo que nos alegró la sosegada tarde, se esconde sigiloso y tímido entre nieblas quebradizas. Noche en lo alto de la montaña, noche en lo alto de nuestros sueños.

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Arco Sur. Segundo día. Hoy es un día de aquellos que caminaremos mucho más de lo que escalaremos. De hecho tan solo hay un primer tramo de cresta en la zona del Pic de Ribuls, con sus tres agujas características. Luego andar, andar, andar, hasta que las piernas nos aguantes, hasta que el día concluya. Breves chubascos que nos afectan en las inmediaciones de la Refugio de l’Estany de l’’Illa. Cuatro gotas que caen mientras disfrutamos de una pausa a buen recaudo para comer y reponer fuerzas. Poco más tarde, al reemprender la marcha, el cielo vuelva a abrirse y nosotros agradecemos en silencio nuestra dicha. Podremos aprovechar el día y dejaremos atrás las bonachonas cumbres del norte de la Cerdanya: la Tossa Plana de Lles, el Tossal Bovinar, hasta dormir en el amplísimo collado de Peirafita. Por debajo nuestro los famosos Estanys de la Pera, los cuales no visitaremos ya que nuestra intención es “vivir” y dormir en las cumbres. El hombre de las cumbres es espartano y si mínimamente puede, evita el confort de los valles braseados donde se encuentran los bosques y los prados.

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Arco Sur. Tercer día. Como si de dos bolas de chocolate se tratase, redondas y bonachonas, subimos y bajamos como hormiguitas las dos últimas grandes cumbres del arco sur, el Peirafita y el Monturull. Luego el cordal es tan ancho que parece un campo de aterrizaje, dejamos tras nosotros el Pic Negre d’Urgell y el Calm Colomer para descender por el agradable valle de la Comella, con el bucólico refugio de Prat Primer. Un agradable descubrimiento para aquel que creía conocer ya todos los rincones de la montaña andorrana. Descenso a la capital. Andorra la Vella. Final del arco sur. Los hombres de las cumbres abandonan su hábitat natural y vuelven a mezclarse con el resto de mortales. Una abrupta y desafinada transición para pasar del perfume trasparente de las cimas al olor variopinto de la civilización.

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Arco Norte. Cuarto día. Con la estimable ayuda del buen amigo Xavi Bonatti hacemos un poco de “trampa” y subimos con coche por Sispony hasta el lugar donde está permitida la circulación de vehículos por el valle de riu Montaner. Xavi nos acompaña hasta el Pic d’Enclar y más tarde al Alt de Covil desde donde se despide de nosotros para regresar al vehículo. De nuevo Jordi y yo aprovechamos las horas de día y la bonanza meteorológica para caminar por los fáciles cordales que nos llevan a las cumbres más altas de la zona de Pal, el Alt de la Capa y el Pic de Port Vell. Allá coincidimos con otros dos montañeros, los únicos que veremos en esta larga travesía de cumbres y crestas. Ellos están realizando la alta ruta andorrana que enlaza valles, collados y alguna que otra cima, pero que poco o casi nada tiene que ver con nuestra larga “corona”. Admito que sentí cierta envidia cuando se despidieron de nosotros con la intención de cenar, resguardarse y pernoctar en el refugio del Coma Pedrosa. Se me antoja como un lujo al cual hemos renunciado en pos a no abandonar los cordales y a nuestra apuesta por la autonomía total. Seguiremos ya cansados deambulando por los sublimes cordales del Sant Fonts, ya con la tarde vieja, con el sol en su ocaso. Últimas luces y últimas energías para el breve descenso hasta las aguas del lago más alto de Andorra, el Estany Negre, a la orilla del cual acamparemos para pasar una gélida noche en uno de los escenarios más alpinos del micro país pirenaico. A tiro de piedra (al menos es lo que parece) la cumbre más alta de toda la travesía. Primer plato del largo menú del día siguiente.

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Arco Norte. Quinto día. Lo bueno que tiene permanecer cerca de las cumbres es que tardas bien poco en ascenderlas. Casi entre bostezos, desayunamos y saludamos al nuevo día en la cumbre del Coma Pedrosa, con sus 2.942 metres, el “techo” andorrano. Empieza aquí un tramo de escalada un tanto espeluznante. Roca agria, desagradable, desmenuzada. Transitamos con los recortes del Malhivern, donde han sido varios los desafortunados accidentes a lo largo de los años. El peso de la mochila no ayuda precisamente a escalar con comodidad, pero de algo debe servir ser gato viejo. Más pronto que tarde, sin más demoras que las necesarias, dejamos detrás este desagradecido cresterio. Quedan atrás las cumbres recortadas de la Roca Entravessada. Subimos el Medacorba para iniciar una nueva cresta, más fácil pero larga, más teniendo en cuenta que enlazamos las cumbres de Racofred con el tercer cresterio del día, el cordal Pic Pla de l’Estany – Angonella – Cataperdís. Tarde de luces, aires y espectaculares cabalgadas sobre los recortados mares de piedra de Soulcem. Desde la cumbre del Cataperdís, cansados ya de tanto escalar y caminar, una prolongada pausa antes de la penumbra. Parece que podamos sentir el rotar del planeta Tierra, su girar eterno. Que afortunado me siento de ser parte de las cumbres en el ocaso del día. Me siento como el anciano que observa feliz las flores de la sabiduría.

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Arco Norte. Sexto día. Desde el Port de Rat hoy recorreremos el circo más norteño de Andorra, la zona del Tristaina. El buen tiempo nos respeta desde el amanecer hasta el anochecer y caminamos y escalamos como si estuviésemos condenados de por vida a ello. ¿Será que seremos ya moradores de las cumbres y no sabemos vivir sin transitar sobre ellas? Nuevos tramos de crestas, algunos sin cuerda y otros en ensamble. Ligeros, compenetrados. Nos comunicamos sin palabras, sin gritos. Son tantas ya las horas nuestras como cordada de escalada, que cada uno sabe con certeza que maniobra está realizando el compañero sin necesidad ni tan solo de observarlo o escucharlo. Somos capaces ya de adivinarnos el pensamiento mutuo sin dudar en nuestro singular código de silencio. Hoy acamparemos de nuevo cerca del agua necesaria de una laguna insigne, diminuta, casi-anónima, situada bajo el tercer cresterio de este maratoniano día, el Pic de Fangasses.

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Arco Norte. Séptimo día. Dios creó el mundo en seis días y el séptimo descanso. ¡Qué suerte la suya! Nosotros en nuestro acratismo alpino no damos pausa a nuestros sueños, que cabalgan  a rienda suelta como nosotros, entre las finas crestas que recortan tierra y cielo. Somos los seres del retorno, del eterno subir y bajar. Día de lluvia, que por suerte nos sorprende en el último rápel del dentado  y complicado descenso de la cresta este de Pic de Siguer o Fontblanca. Bajo un cielo plomizo y la lluvia suave y fría, dejamos atrás, una tras otra, las onduladas cotas del Serrat del Forn y del Pic del Salt. La noche nos sorprende entre grisáceos nieblas muy cerca ya del Pic de la Serrera. Tenemos que bajar hasta la primera surgencia de agua de la parte alta del valle para aprovisionarnos de agua. Nos tomamos un merecido descanso. Al menos, dentro de la pequeña cápsula de la tienda vivac, ya no llueve. Nos dormimos notando la losa del cansancio y el titilante sonido de las gotas de agua cayendo sobre la tela. El mal tiempo está allá fuera. ¡Aquí dentro de la crisálida de está tan bien! Con poco se contenta el hombre de las cumbres.

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Arco Norte. Octavo día. Mañana de nubes con malos presagios que se desvanecen a medida que las horas avanzan. Nuevas crestas y cordales de poca dificultad que nos permiten escalar sin cuerda y recorrer largas distancias. Quedan tras nuestras livianas pisadas cumbres como el propio Serrera, el Pic de Ransol o los Mill Menuts. La jornada concluye en el Pic de Varilles donde ya sabíamos que nos esperaba una recortada cresta, la cual ya deberá formar parte de otro jornal. Hoy ya hemos fichados las ocho horas reglamentarias más algunas más de propina. El hombre de las cumbres no tiene reloj, pero sus jornadas finalizan cuando el sol está ya en pleno declive. Toca descansar y reponerse antes de que el Astro Rey sea derrotado del todo por la negra oscuridad de la noche fría, devota de las estrellas lejanas.

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Arco Norte. Noveno día. La cresta de Varilles nos entretiene más de lo deseado. Aún retiene humedad de la lluvia de los días anteriores y hasta alguna que otra capa fina de hielo cubre los múltiples destrepes orientados todos ellos a la vertiente norte. Por suerte luego el cordal vuelve a estar formado por onduladas cumbres lo cual nos permite recuperar parte del tiempo perdido. Por la tarde, entre nieblas y cansancio y obviando algún presagio de tormenta, miramos de finiquitar con la mayor celeridad posible la cresta de Juclar, la doceava cresta de esta interminable integral. Nos hemos propuesto llegar al Coll de Juclar y lo conseguiremos. No hay duda. Y será antes de que la noche se cierre. En esta última etapa, hartos ya del peso de las mochilas, hemos prescindido hasta de la tienda para acampar y de la funda de vivac. Dormimos bajo el precario refugio de la capelina. Larga noche donde nuestra propia condensación crea un intermitente gotea de agua que cae sobre nosotros, mientras que el rocío de la noche pasa a ser escarcha al descender el termómetro bajo los cero grados. Aguantamos nuestra condena con cierto estoicismo. El hombre de las cumbres sabe que pronto finalizará su comunión con las alturas repetidas. Volverá a ser el que no era y el que no és.

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Arco Norte. Décimo día. Seguramente tenemos ante nosotros los tramos más técnicos de cresta. La de Ascobes (cresta núm 13 de la corona) y la de Siscaró (la cresta número 14 y última). La primera de ellas es quizá la cresta reina de Andorra. Espectacular, altiva y de buena roca. Jugamos con la ventaja de que las mayores dificultades las realizamos en sentido descendiente, con lo que podemos auxiliarnos con la técnica de rapel. Ya no nos quedan aros de cuerda para abandonar. Debemos ir cortando la propia cuerda con la cual escalamos y rapelamos para reforzar las instalaciones. Mejor así, menos peso para acarrear ahora que se avecina el fin de la travesía inconclusa. En esta última y larga jornada, más que escalar y caminar, uno tiene la sensación de que vuela por los cordales … Siscaró, Pic de la Cabaneta y por último el Pic de Maià, las antenas, la pista, el ruido de la carretera, y de nuevo en el lugar iniciático. Port d’Envalira. ¿Final de la travesía?.. ¿Final de qué? ¿O será más bien el principio? … Ni una cosa ni la otra. Tras caminar y escalar tantos días por las cumbres al son de las horas, uno sabe que solo hay un camino, tan efímero como eterno, el Tao de las cumbres.

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