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LAPONIA – CRÓNICA DE LA TRAVESIA KUNGSLEDEN, DE GIVKKIJIEGGE A KEBNATS – MARZO 2021.

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FOTO PAKO CRESTAS

La idea de ir a conocer parte de la bonita travesía del Kungsleden respondió a un cambio forzado de última hora, improvisación “last minute” que, como agencia de viajes, me estoy acostumbrando ya a hacerlo con cierta habitualidad en la verdadera “montaña rusa” que representa sobrevivir como agencia de viajes en pleno covid.

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La idea inicial era volver a Finlandia, en concreto a Lemmenjoki, pero pasaban los días y las fronteras de Suecia continuaban cerradas para los españoles. Mi colaborador local me confirmó que este año era imposible y yo me resistía en pasarme un invierno sin visitar Laponia. Necesitaba un “plan B” urgente.

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Un buen amigo lapón me puso en contacto con una empresa local que nos ayudaría en la gestión de traslados, reservas y alquiler de material. De voz de gerente de dicha empresa, el buen profesional Christian, oí por primera vez el nombre de Kungsleden. Yo en un principio había pensado en el Iron Trail, pero Christian me recomendó la otra travesía. Cuando se lo comenté al Ricardo, experto conocedor de Laponia con el que tenía que ir al Lemmenjoki, me dijo que la elección era muy acertada, que el Kungsleden era una ruta de extraordinaria belleza. Con ambos consejos ya podía ir tranquilo que la elección era apuesta ganadora segura.

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La formación del grupo también fue improvisada y un tanto surrealista. La gente que hacía tiempo que estaban inscritos y más me insistían en venir se echaron atrás a última hora y cuando ya veía peligrar el viaje se me apuntaron nuevos participantes con la misma improvisación que el cambio de planes. Cosas también inherentes de viajar en tiempos de covid.

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La travesía superó las expectativas creadas, hasta el punto que tengo bien claro que el próximo invierno volveré a aplazar Lemmenjoki para transitar otro tramo de la travesía, y es que el recorrido integral tiene 450 Km. Esta travesía transcurre por los Alpes Escandinavos, lo que le confiere una belleza extraordinaria, al ser la unión de las montañas nórdicas, que recuerdan los relieves de la Highland escocesas, con las extensiones blancas y enormes bosques de coníferas de los horizontes infinitos del Gran Norte.

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Tuvimos que acortar un poco la travesía, al tener que contar con los días extras para hacerse pcr y esperar resultados, pero aún así fueron 4 bonitos y variados días en que pudimos conocer dos facetas bien distintas de la Laponia invernal. Los claros paisajes azules y la cerrada y gélida ventisca.

Volamos a Lulea y al día siguiente fuimos a Jokkmokk, donde realizamos compras, descansamos, visitamos la población y acabamos de preparar material.

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El tercer día de viaje fue por tanto el primero de travesía. Para llegar al inicio de la misma tuvimos que realizar un combinado de coche y moto de nieve. Casi una hora de desplazamiento en el remolque de la misma hasta llegar a la orilla del lago Lajtavrre, donde por fin empezamos a esquiar arrastrando las pulkas.

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El primer día fue tranquilo y un trayecto fácil y relativamente corto, con un tiempo frio y nivoso al principio que poco a poco fue mejorando para regalarnos una tarde tranquila y de cielos despejados, gracias a la cual pudimos disfrutar de las excelentes vistas de las montañas de Tjahkelij y Skiertte y sus verticales paredes de roca. La pernocta la realizamos en Aktse donde nos hacemos una idea exacta de las comodidades de los establecimientos de esta travesía. A diferencia del año pasado, ahora no son cabañas libres que calentamos a base de darle caña a la estufa en un recinto cerrado y reducido. Ahora estamos en cómodas casas, con agua, bien caldeadas y sin luz eléctrica. Tan pronto como se va el sol disfrutamos de románticas cenas en comunión a la luz de las velas.

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En el primer día de travesía realizamos un trayecto de 6 km 320 metros, subimos 59 m de desnivel, no bajamos ninguno. La cota mínima fue 488 m y la máxima 559 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-dia-1-70682526

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Por la mañana del segundo día, antes de realizar la jornada de travesía en sí, realizamos un paseo por el fondo del valle, en concreto por encima de las aguas heladas del lago Láttávrre hasta situarnos bajo las espectaculares paredes verticales del Skierffe. Disfrutamos con el espectáculo de las gélidas nieblas disipándose poco a poco en un paisaje irreal. Laponia invernal en estado puro. Nos paraliza más es indescriptible espectáculo de la naturaleza que el hiriente aire de una temperatura inferior a los -20º C. Como telón de fondos unas montañas tan absolutamente nevadas que asemejan lejanos glaciares antárticos. “Algún día” – pienso – “Algún día”.

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La segunda jornada de travesía nos ofreció una subida constante para empezar, una travesía del cordal con una excelentes vistas pero constantemente azotados por el viento, y una bajada divertida y a salvo ya del vendaval de las partes altas, que hasta nos hacía sentir una falsa sensación de calor cuando intensificábamos la marcha. Las vistas completamente hipnóticas sobre los macizos de Njunjes y las paredes de Skämmabákte. Uno despierta su viejo instinto de alpinista y sueña despierto con surcar algún día alguna de estas paredes remotas, disfrutando del ahora, del momento y de la actividad actual.

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Noche en Sitojaurestugorna, en otro sistema de cabañas excelentemente equipadas y semi guardadas, en el sentido de que la casa en si está alquilada solo para nosotros, pero a pocos metros habitan los propietarios de las fincas en su propia casa. Por la noche el cielo se nubla y empieza a nevar. Es el preludio de lo que vendrá mañana.

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El segundo día realizamos un trayecto de 14 km 380 metros, subimos 404 m de desnivel, descendimos 325 m de desnivel. La cota mínima fue 533 m y la máxima 930 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kunsleder2-70684278

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La tercera jornada fue dura. Laponia nos enseña sus dientes árticos. Nieve, niebla, ventisca… un día de aquellos que evitas parar y cada uno se resguarda en la crisálida de pensamientos mientras intentamos mantenernos lo más calientes posibles gracias al buen equipamiento y a la constante movilidad. Cualquier motivo que te obligue a quitarte guantes, comporta unos eternos minutos de dolor en las extremidades intentado volver a ganar la temperatura correcta en los dedos. No podemos disfrutar del paisaje, pero sí de los momentos tan atípicos para nosotros, seres mediterráneos, que representa sentirse un punto minúsculo en medio de la tormenta. Por suerte el camino está muy bien indicado y no hay pérdida posible, muy a pesar de la falta total de visibilidad. Por suerte y por fortuna un elemento básico juega a nuestro favor. Tenemos todo el rato el viento de espaldas.

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La tercera noche la realizamos en un complejo de ensueño. Un enclave en medio de las montañas conocido como Saltoluokta. Un hotelito donde nos deleitamos de una buena cena, gastronomía local, abundante cerveza y damos ya por finalizada la travesía. Al día siguiente tan solo nos queda un corto tramo de despedida cruzando el lago para llegar al embarcadero de Kebnats donde nos espera el coche.

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Ya tenemos una travesía más en el zurrón y para mí un redescubrimiento de los Alpes Escandinavos, que ya conocí brevemente en la travesía de Törnetrask de hace ya muchos años. Este año nos quedó pendiente poder ver auroras boreales. Una verdadera lástima, ya que se produjeron pero nos resultaron invisibles por la espesa capa de nubes y las copiosas nevadas que nos acompañaron casi todas las noches (menos la primera en Aktse. El año que viene (2022) volveremos para hacer otros tramos del famoso Camino del Rey o Kungsleden, en concreto el trayecto Abisko a Vákkudavárre, pero eso… eso ya serás otra historia.

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El tercer día realizamos un trayecto de 20 km 590 metros, subimos 146 m de desnivel, descendimos 385 m de desnivel. La cota mínima fue 390 m y la máxima 767 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-3r-dia-70691017

El cuarto día realizamos un trayecto de 3 km 960 metros, no subimos ni un metro de desnivel, descendimos 23 m de desnivel. La cota mínima fue 365 m y la máxima 388 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-4a-dia-70691323

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Durante toda la travesía realizamos un trayecto de 45 m 270 metros, subimos 614 m de desnivel, descendimos 733 m de desnivel. La cota mínima fue 368 m y la máxima 930 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-sencer-70691822

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Salida realizada en marzo del 2021 junto con Cristina Mora, Ester Barceló, Federic Puig i Richi Navarro.

Quieres participar de nuestros próximas travesias por Laponia – Ártico o Antártida, visita nuestro calendario de viajes previstos en: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/

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TRAVESIA DEL LAGO INARI (LAPONIA FINLANDESA) – CRÓNICA DE MARZO 2020

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El pasado mes de marzo (2020) organizamos un grupo para la travesía de Lago Inari con el auxilio de una empres española que tiene sede en Ivaro. Fue mi primer viaje como agencia a una travesía Ártica, todas las anteriores las había realizado en sistema de autosuficiencia y con un carácter más deportivo. Fue altamente de agradecer poder disfrutar de Laponia con una travesía más pausada, más pensada para disfrutar del paisaje, del escenario, de las tardes en las cabañas, de las horas pasadas en grupo, de la vida común pre y post jornada con esquís. Una experiencia que si todo va bien repetiremos este próximo invierno en e, parque del Lemmenjoki.

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El Lago Inari es un clásico de las travesías invernales con pulkas por Laponia. Es un lago de gran extensión situado muy al norte, lo que ayuda a que se den buenas condiciones y duraderas cada época invernal. Nosotros fuimos a principios de marzo, que ya sé por experiencia que es de la mejor época. El frio ya es no riguroso, el día se alarga y las condiciones de la nieve y el hielo suelen ser perfectas para esquiar o caminar, puesto que la fusión aún no ha empezado.

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El lago Inari (en finés: Inarijärvi); es el segundo lago de Finlandia y el sexto de Europa en extensión. Se encuentra situado en la parte septentrional de Laponia, al norte del Círculo polar ártico, a 118 metros sobre el nivel del mar. Su periodo de congelación se extiende normalmente desde el mes de noviembre hasta comienzos del de junio.

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Las islas más conocidas del total de más de 3.000 con las que cuenta el lago son Hautuumaasaari y Ukonkivi, histórico lugar sacrificial para los antiguos habitantes de la zona. Un lugar emblemático del Lago es la pequeña y puntiaguda isla de Ukko, lugar sagrado de los samis donde antaño se ofrecían sacrificios a los dioses. El lago cubre una superficie de 1,040.28 km². Desagua hacia el norte a través del río Paatsjoki, el cual vierte sus aguas al Varangerfjord, una bahía del Mar de Barents.

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El primer día fue de tránsito aéreo. Encuentro del grupo de Helsinki, ya que parte salimos desde Barcelona y el resto partieron de Madrid. El trayecto Helsinki Ivaro lo realizamos ya todos juntos. Llegada a Laponia que a nosotros se nos antoja como una enorme estampa navideña. Frio, nieve por doquier y la noche ártica. Encuentro en el hotel en la población de Inari y cena por las cercanías, en que ya cayeron las primeras jarras de cerveza lapona y unas buenas hamburguesas de reno.

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Al día siguiente sin más demora cada componente del grupo escogió el material que mejor se adaptaba a los respectivos tamaños, hicimos las compras de última hora y repartimos comida, enseres y equipo común. Antes de medio día ya estábamos caminando sobre las aguas heladas, partiendo del embarcadero deportivo de Veskoniemi. Esta primera jornada se nos presentó relativamente plácida, no demasiado larga y con una temperatura bastante agradable, sobre todo cuando uno estaba en marcha. Tarde de sol y buenos paisajes. Seguimos todo el rato una línea de pista de motos, lo que nos permite caminar sin esquís a un buen ritmo. Pasamos noche en la isla de Kaikunara en una confortable cabaña de madera.

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La segunda jornada fue similar a la anterior, si bien más larga al contar con un mayor número de horas efectivas para caminar. De nuevo el tiempo resultó ser plácido y tranquilo. Un día frio pero radiante, que animaba a realizar la marcha en grupo, despreocupada, charlando el uno con el otro de temas intrascendentes mientras caminábamos por un lugar completamente solitario y extraordinariamente bello. Continuamos por el trazado de la moto que es la travesía típica de Sur a Norte. Esta noche dormimos en las cabañas de Karppasari.

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El tercer día de travesía abandonamos la pista de las motos de nieve y realizamos nuestra “propia línea” empezando por tanto el tramo que ya implicara abrir zanja en la nieve un tanto profunda y caminar con la ayuda de los esquís. Para completar el cambio de registro en la travesía, también nos sorprendió un cambio de tiempo con niebla y a ratos fuerte nevada. En esta jornada nos internamos también en el corazón del Lago, justo en la zona que más lejos puedes estar de islas y orillas. Esta zona central del lago es conocida como el Liinasvuono. Algunos de los participantes notan que es su primera vez con esquís de fondo y durante las primeras horas reniegan cada vez que caen al suelo.

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Ricardo me muestra su preocupación en especial por Pino, que procede de Canarias donde poco puede practicar el esquí nórdico. “No sufras….” Le contesto “la conozco bien, es muy cabezona y aprende rápido, mañana irá la primera de todos, ya verás”… Dicho y hecho. Viva mi Pino!!!

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Una bonita sensación de infinito que facilitaba que nuestras mentes divagasen reproduciendo imágenes de lo que antaño fueron las antiguas exploraciones épicas de exploración. Por supuesto la diferencia es abismal, nada que ver… pero… uno caminando por estos lares, en medio de la niebla, con el frio y la sensación de estar en medio de la nada, tiene la mente más abierta para pensar en aquellos héroes irrepetibles”

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La tercera noche en el lago la pasamos en la isla de Kahkusaar. Nieva a intervalos durante toda la tarde y noche. A veces de manera suave, a veces de manera copiosa. Otras veces el cielo plomizo parece mantener un extraño equilibrio, como si las nubes contuviesen la respiración. Qué bonita es Laponia ¡!! Tanto cuando el cielo es brillante, como cuando la pertinaz niebla y nieve parece atenuar todos los contornos. Se respira silencio, naturaleza salvaje y dormida.

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Al día siguiente, el cuarto de nuestra aventura en el lago, seguimos aún bajo el mal tiempo. Nevada constante y copiosa, pero por suerte sin pizca de viento. Continuamos la travesía por la inmensa nada. Un poco cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. La nevada ayuda a este auto retiro casi impuesto, mientras uno camina observando de reojo los restantes miembros del grupo. Cada uno en su propio mundo y todos conectados por el hechizo del Gran Norte.

FOTO EXPOSITO DOMINGO

Fin de etapa en Suovaari, donde disfrutamos de la protección de las bien acondicionadas cabañas, la estufa, el hogar. Una buena cena y cierta pesadumbre por las noticias que nos llegan de casa de la rápida evolución de la pandemia de Covid. En cuestión de pocos días veo como se van al traste los planos de viajes venideros y tras ellos casi un año de aplazamientos, anulaciones, confinamientos y dificultades.

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El quinto día de travesía llegamos hasta Pielpivuono. Este día empezó también con mal tiempo, pero a medida que han pasado las horas fue mejorando hasta quedar una noche esplendida que, por fin, nos deja ver las codiciadas auroras boreales. Estamos ya relativamente cerca del final de la travesía y volvemos a coincidir con pistas de moto. Dejamos atrás tres días de auténtica soledad en los que tuvimos de trazar nuestra propia huella, disfrutando de la falsa sensación de ser los únicos habitantes del infinito blanco.

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El último día enlaza Pielpivuono con la población de Inari donde encontramos el hotel en que pasamos la primera noche. De hecho llegamos esquiando a las puertas del mismo establecimiento que está a tocar de las aguas heladas del lago. Día ventoso y frio, pero con una visibilidad extraordinaria.

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Pasamos junto a la isla de Ukko, la isla sagrada de los samis, a la orilla de la cual Domingo, un buen amigo integrante de esta pequeña aventurilla, quiere dejar unos muñequitos de terracota que el mismo cuece en unas cuevas troglodíticas de su pueblo, morada también de leyendas y espíritus ancestrales.

FOTO EXPOSITO DOMINGO

Pako, acompáñame, así me filmas mientras dejo los muñequitos y digo unas palabras de agradecimiento”… es curioso cuando nos quitamos los esquís y caminamos sobre el manto de nieve sobre tierra firme… nos hundimos hasta la cintura y a veces hasta el pecho. Domingo, con lo grandullón que es apenas sobresale la cabeza. Sus extensas barbas blancas ahora parecen tentáculos que caminan de manera extraña sobre la pesada nieve. Sonríe y se le ve feliz… “Papa Domingo”… le digo en broma “pobres muñequitos, se van a quedar tiesos de frio, con lo bien que estaban en tu tierra natal cocidos al siempre cálido sol andaluz

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Finalizamos la travesía con la incertidumbre de las noticias que han pasado de malas a peores. Ya es evidente que nos enfrentamos a una pandemia, a un confinamiento y a un episodio de la historia que ningún ser vivo había podido experimentar, un virus que se propaga a nivel mundial y que ha cambiado las rutinas de casi todo el planeta, al menos de los países más “desarrollados” que nos pensábamos que estábamos completamente inmunes a un trastorno biológico como este.

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Muy a pesar de todo, los buenos momentos pasados en la travesía ya no nos los quita nadie, y que mejor sitio hemos podido pasar a los días previos al cierre total de fronteras y la obligatoriedad de que nos quedemos encerrados en casa. Por suerte no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y nosotros ya estamos planificando la próxima travesía para el invierno del 2021 en que, seguro, hablaremos ya más del virus en pasado que del virus en presente.

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Travesia realizada en marzo del 2020 junto con Toni Rubinad, Francesc Molins, Pino Casanovas, Exposito Domingo, Oscar Gómez. Alberto Pérez, Yolanda Pinto, mi hijo Didac, y la compañía de los guias Javier Campos y Ricardo Polar.

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ARCHIPIELAGO BÁLTICO: CAMINANDO SOBRE EL MAR DE HIELO

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caleidoscopi 1182Un año más tarde de la travesía parcial del Lago Torneträsk, el gusanillo de realizar otra travesía ártica de mayor envergadura se instala en mi interior. Hijos de la sociedad del eterno descontento, de la necesidad galopante de nuevas experiencias, deseaba atravesar otro lago pero en un lugar mucho más remoto, como podían ser los territorios de gran norte de Canadá.

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Carles Gel me llama un buen día y me vuelve a hablar de Escandinavia. Le respondo que prefiero algo más solitario, más lejano, de mayor envergadura, y entonces me sale con la propuesta de atravesar el Mar Báltico. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si era el plan desterrado del año anterior!. No dudé en decirle que si, que me interesaba, pero condicionado a que el grupo fuese más numeroso. Carles me comenta que últimamente estaba teniendo contacto con la reconocida himalayista gallega Chus Lago, la primera española que ascendió a la cumbre del Everest sin utilizar oxigeno, pero que fue descartada del selector clan de los “puros ascensionistas” al utilizar el citado oxigeno embotellado durante el descenso. Etiquetas a parte, no hay duda de que Chus debe ser una mujer extraordinariamente fuerte y ambiciosa, y que recientemente se estaba planteando iniciarse en las grandes travesias polares.

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Por mi parte contacto con un viejo conocido con el que tuve la suerte de escalar bonitas cascadas en Alaska, Xavi de Viala. Ya para entonces, cuando tomábamos pintas de cerveza irlandesa tras las escaladas, nos dejábamos embaucar por la magia de el mapa de Alaska, y soñábamos y voz alta con próximos destinos en la última frontera, una de las ideas que nos emocionaba a ambos era la posibilidad de atravesar el estrecho de Bering en invierno. Dentro del prisma de la inexperiencia más absoluta, los dos coincidamos en que un buen proyecto de futuro, — desmarcándose de la obsesión por la vertical que siempre tenemos los escaladores –, radicaba en realizar travesías horizontales de varios días por un marco infinito.

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Al final, por cuestiones de organización, no coincidimos el grupo de cuatro, ni en fechas y en el destino. Chus y Carles salen antes y vuelven justo el día en que nosotros llegamos a Laponia y han optado de por probar suerte en el Lago Torneträsk. Xavi y yo nos centramos con ilusión casi infantil en nuestro plan. La falta de experiencia la contrarrestamos con la siempre arrogante mentalidad del alpinista: si eres capaz de salir airoso de una pared norte en medio de una tormenta, puedes hacer lo que te plazca en terreno en el cual no corras riego constante de despeñarte. Xavi asume las tareas de conseguir el billetes avión y el apoyo tecnológico (GPS, cargador de baterías a manivela, etc …), yo me encargo más conseguir el equipo y la logística auxiliar de inicio y final de la travesía. Cuestión hartamente facilitada por el siempre atento Love, el guia local que conocí el año anterior en mi primera visita a Suecia. Ambos soñamos con perder la costa de vista y llegar a la diminuta isla de Malören, situada más allá del extrarradio del archipiélago. Lugar de inflexión en el que la ruta cambia de orientación para volverse a dirigir hacia la costa finlandesa. Un punto en la inmensidad. Un escueto trozo de tierra en medio de mar blanco. Cuatro árboles de ramas desnudas, una pequeña iglesia, nadie habitando; un trozo de color humano completamente congelado y abandonado en el gran invierno ártico.

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En el fondo, el hecho de quedarnos los dos solos ante la travesía nos da alas, ya no estaremos bajo el supuesto amparo del “hermanito mayor” con mayor experiencia ni bajo el protagonismo inevitable de una “estrella ochomilista” que brilla con luz propia. Seremos dos alpinistas, de profesiones yuppies, padres de familia y con una buena forma física, solos ante nuestro viaje iniciático por el blanco mar. La afinidad es básica en cualquier tipo de aventura y está claro que son muchos los ingredientes comunes de nuestra “química” individual.  Soñamos con realizar la denominada travesía del archipiélago Botnico, entre Lulea y Tornio, en la zona del mar no afectada por los canales abiertos por los rompehielos.

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Al llegar a Lulea nos recibe Love con todas las atenciones de un amigo y de un excelente profesional. Nos explica que nos ha hecho reserva en un buen hotel de Lulea, que la capital de la región de Norrbotten, a pesar de sus apenas 30.000 habitantes, tiene una buena red de hostelería, ya que cada vez son más los congresos internacionales de política y economía que se realizan, de manera bastante secreta, en lugares remotos como éste, con tal de huir de los grupos y manifestaciones antiglobalización. Aprovechamos las últimas luces de la tarde que se termina para tener un primer contacto con el mar, conducimos justo hasta el punto donde empieza la travesía y nos adentramos en el mar helado por una especie de carretera transitable que se prepara cada invierno para unir la punta de Hertsöskafan con la cercana isla de Langon. Resulta extraño estar dentro de un furgoneta de considerable peso transitando sobre un mar helado, detener el vehículo y caminar sobre el hielo. Esta “carretera” que se condiciona anualmente en estas fechas del año, tan solo se abre al tránsito motorizado cuando el espesor del hielo es mayor a los 40 centímetros.

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— Más lejos de la costa de Lulea los espesores de hielo acostumbran a ser más exiguos, y hasta hace cuestión de dos semanas aún habían canales abiertas entre ciertas islas – nos comenta Love – pero ahora no creo que tengais problemas, siempre y cuando descarteis ir a Malören, para llegar allí hay mucha zona de hielo erizado y bastantes posibilidades de encontrar canales abiertos, este no ha sido un buen año para el hielo.

Love nos desalienta a que salgamos de la relativa tranquilidad del interior del archipiélago y nos marca la ruta clásica en el GPS, dándonos los consejos de última hora.

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Al día siguiente, primera jornada de la travesía, nos sorprende una mañana primaveral con un temperatura ambiente que sobrepasa los 0* C, bajo un cielo radiante y ni una brizna de viento. ¿Que más se le puede pedir a un inicio de travesía?. Poco a poco se impone lo que será la línea habitual en los próximos días. Xavi acostumbra a adelantarse cuando el terreno es llano y sin accidentes, dada su mejor técnica en esquí de fondo y su envidiable forma física. El silencio, la distancia, el esfuerzo liviano pero constante, son las compañías típicas de aquel que se adentra en el mar helado. Entre las primeras islas aún sentimos el lejano transito rodado de la carretera helada, pero al situarnos entre Hindersön y Lappön la soledad se vuelve absoluta. Pequeñas agrupaciones de casas vacías, cerradas a cal y canto, salpican la costa. Desde que hemos dejado atrás los pocos vehículos que circulaban sobre el horizonte helado, ya no hemos visto ni un alma. Tampoco seguimos pistas de motonieve. Por fin me siento dentro del ambiente agreste que no supe encontrar el año anterior en el Torneträsk. Cerca de Lappön abandonamos el trazado que nos marcó Love en el GPS y nos dirigimos a mar abierto. En realidad, y a pesar de los sabios consejos de nuestro  amigo lapón, ninguno de los dos ha descartado por un momento la idea de ir a Malören. Nos vanagloriamos de nuestro espíritu aventurero, ¿Cómo van a arrugarse dos alpinistas ante el mar erizado y la posibilidad de encontrar canales abiertos? No descartamos renunciar al proyecto inicial y somos conscientes de que la inexperiencia siempre es un doble factor en contra, al aumentar los momentos de duda y los posibles riesgos gratuitos; pero si alguien debe decidir un cambio de planes seremos nosotros mismos sobre la marcha, cuando por común acuerdo consideremos que el camino a seguir debe ser el de la cautela versus el de la arrogancia.

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Al salir de la protección de la bahía de Björkön, en la isla de Hindersön, nos encontramos por primera vez con el temido mar erizado del que tanto nos había hablado Love. La superficie de mar deja de ser llana como un espejo para convertirse en un caos de bloques de hielo completamente compactado. La pulka se mueve con dificultad entre tantas y baches. Rápidamente nos percatamos de lo fácil que resulta volcar el trineo de estas situaciones y lo penoso y lento en que se transforma el avance sobre el mar. Cuando el sol ya friega el horizonte llegamos a la pequeña isla de Lagören, lugar en el que pasaremos la primera noche. Un árbol solitario corona esta pequeña mancha de tierra nevada en medio del blanco mar. Parece el planeta del cuento del principito. En las relativas cercanías divisamos las islas gemelas de Lila Hindersörahun y Stora Hindersöharun, lugar al que pretendíamos llegar en la jornada de hoy; plan que se ha ido al traste tan pronto como topamos con la superficie erizada. La perspectiva que tenemos ante nuestros ojos es desalentadora, tardaríamos horas en atravesar el caos que parece no tener fin. Sin apenas afligirnos coincidimos en que Malören queda fuera de nuestro trayecto y que al día siguiente nos encaminaremos hacia el trazado que tan sabiamente nos habia indicado Love. Ahora disfrutamos de la temperatura relativamente suave (- 5* C) y de la primera noche ártica en medio del mar.

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Esta vez la tienda es ancha y con un buen ábside que permite cocinar sin problemas. ¡De algo debe servir la experiencia del año anterior en el lago Torneträsk!. Comentamos los acontecimientos de la jornada pasada y programamos la siguiente. Es curioso como la descripción de los momentos vividos tras un dia de travesía a pie por lugares inhóspitos, tiene bastantes similitud a la tertulia que acostumbran a tener dos escaladores tras completar un buen día de escalada.

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El crespusculo ártico desprende unas connotaciones mágicas indescriptibles. Millones de estrellas cuelgan en el firmamento y parecen estar tan congeladas como el aire que respiras. Ni una brizna de aire, ningún olor que estimule el olfato, ni una luz, ni un sonido. Espero, en vano, ver una aurora boreal. Disfruto de la soledad, del aire frio en la nariz y del pecho caliente bajo las diversas capas de ropa. Dejo que el tiempo se diluya antes de meterme en la tienda, donde mi compañero continúa acomodando el espacio en el que dormirá. No hay prisa. Apenas son la seis pasadas de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente no saldremos de la crisálida de plumas del saco de dormir.

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El segundo día cruzamos tramos de caos de bloques de hielo. Estas formaciones, — tan incómodas para el avance a pie acarreando las pulkas –, se forman a consecuencia del choque de las placas de hielo flotantes que van a la deriva antes de solidificarse definitivamente. El terreno está completamente triturado y constantemente debemos vigilar que los trineos no vuelquen, notando las trabadas y los empujones repentinos en el baudrier que une las pulkas a nuestra cintura. Avanzamos con pieles de foca y, a diferencia del dia anterior, me permito ir yo delante y marcar el ritmo de la marcha. La jornada pasa sin más contratiempos. No vemos a nadie, ni tan solo escuchamos el ruido lejano de alguna motonieve o actividad alguna en las esporádicas cabañas que muy de tanto en tanto salpican las solitarias riberas de las islas. Vadeamos al lado de islas de nombres impronunciables: Stor-Furüon, Lill-Furuön, Baton, y dormimos en la orilla este de la diminuta Stora Batöklippan. Siempre buscamos esta orientación al acampar, para ser visitados por los primeros rayos de sol cuando el astro rey despunta. De nuevo disfrutamos de las últimas luces de la tarde ártica y de una puesta de sol estilo “Derzu Usala” (*4). La temperatura a descendido gradualmente y esta segunda noche se sitúa por debajo de los – 10 * C.

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Tercer día: Volvemos a encontrar un firme de hielo llano que nos permite un avance más rápido sin el auxilio de las pieles de foca. A media jornada distinguimos en la lejanía el humo de unas chimeneas. Recuerdo de las palabras de Carles: Tornio no tiene perdida, dos días antes de llegar ya podreis ver el humo de sus fábricas. ¿Serán esas fabricas Tornio? Una falsa alegria nos envarga, pero la realidad es que la localización de la población no acaba de concordar con los mapas. Otra larga jornada sin ver a nadie, sin cruzar ninguna pista de motonieve, disfrutando de la soledad más absoluta. Cerca de las islas de Likskärs naturreservat divisamos un rebaño de renos que emprenden la veloz huida al descubrirnos, intrusos pasajeros de su mundo. Pasamos la tercera noche en pequeña isla perdida en medio del mar, entre Hastaskäret y Fagelskyddsomrade. De tan pequeña que es no tiene ni nombre. Dormimos en el margen de la rotura del rompeolas entre el agua y esta pequeña porcion de tierra perdida. Una grieta transversal marca la unión de las placas de hielo. Al otro lado de la isla petrificada unos charcos cristalinos dan la falsa aparicienda de tener agua líquida. La temperatura exterior alcanza casi los – 20 *C. Noche que pasa, noche que resulta ser más glaciar. El tiempo, no obstante, continúa siendo inmejorable: sin nubes y sin viento.  Acampamos sobre el mar helado y  durante la larga noche escuchamos el ronquido apagado y lejano de las corrientes situadas bajo el manto de hielo. De buena mañana nos levantamos con el estruendo repentino de la rotura de la placa sobre la que dormimos. Es un ruido seco, una explosión, que la oímos justo bajo nuestros cuerpos. Salimos rápidamente de nuestros sacos, sin poder disimular el susto recibido. No obstante la serenidad se impone. Revisamos la placa y no vemos ninguna grieta que intuya peligro alguno. El desayuno, más frío que los anteriores, nos sirve para templar los nervios. Por si acaso nos refugiamos en la seguridad de la tierra firme de esta ínfima isla perdida en el blanco infinito.

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La primera mitad de la cuarta jornada sigue la tónica del inicio de la misma. El hielo es más fino que los días anteriores. Se transparenta y bajo la capa cristalina se puede ver el oscuro color de las aguas. Multitud de finas grietas quiebran el firme. Están por doquier y no nos queda más remedio que cruzarlas. De tanto en tanto una nueva explosión del hielo nos hace estar en alerta. Pecamos de inexperiencia y rápidamente preferimos la seguridad de la costa, acercándonos a las islas de Stenen i Ytterstlandet. Xavi siempre camina a cierta distancia delante de mí. En estas circunstancias no sabes si la cercanía resulta ser más segura que la lejanía. Por un lado el hecho de que circulemos alejados repercute en que la presión sobre el hielo sea menor, por otro lado, pronto la distancia es lo suficientemente importante como para que no me oiga si grito, por lo que difícilmente podrá auxiliarme el compañero caso de que se rompa la capa de hielo y me sumerja en las frías aguas del báltico. En un momento preciso me detengo para ajustarme el calzado. Cruzo un pequeña grieta y continúo unos cinco metros antes de detenerme definitivamente para evitar estar demasiado cerca de la cicatriz. Al determe, me descalzo los esquís y camino hacia la pulka para sentarme sobre ella. Al sentarme observo que bajo el trineo hay otra grieta alargada. Me recrimino en silencio no haber sido lo suficientemente observador y que esta grieta se me haya pasado por alto antes de detenerme. No obstante no le doy mayor importancia, me quito la bota, me coloco mejor el calcetín y vuelvo a calzarme.

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Al volver a los esquís observo una nueva grieta transversal situada justo en medio de las dos tablas. Ahora si que no tengo ninguna duda de que esta grieta ha aparecido en el momento de la pausa, al igual que la grieta descubierta bajo el trineo. Observo  a mi compañero. Continúa caminando sin parar ajeno a mis maniobras. Es un punto en la infinidad. Cada uno hoy camina sumido en sus propios miedos. Hacia las doce del mediodía, hora en la que acostumbramos a parar a picar algo de comida y a tomar bebida caliente, nos convencemos de que las chimeneas humeantes que habíamos observado desde el día anterior no son Tornio. Se trata de Passkeri, otra población con una manufactura de tratamiento de madera y de construcción de papel. Hoy la jornada es dura, durísima, a la tensión de la mañana le sigue unas maratonianas horas por la tarde que finalizan con más de 30 quilómetros de marcha sobre el hielo. A cada día que pasa mayor es la distancia recorrida. Mejoramos el ritmo y abreviamos las pausas.

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Las islas se diluyen en la lejanía formando una finísima capa fruto de la alineación de las copas de los árboles. Ningún islote presenta la más mínima elevación en forma de pequeña colina. Siempre es la línea arbórea la zona más alta de las distanciadas manchas de tierra que surgen del blanco mar. A consecuencia de la lentitud de la marcha, apenas es perceptible nuestro acercamiento o alejamiento de cada una de estas solitarias islas. La sensación siempre es la misma: Caminas y caminas y, cuando vuelves la vista atrás, contemplas la isla que recientemente has abandonado y que parece estar a un tiro de piedra. Frente a ti la extrafina línea de la siguiente isla, una raya marrón en medio de la inmensidad, de la que aún no pueden distinguirse con claridad la silueta de los árboles. Al rato, tras casi 30 minutos de constante caminar, otra ojeada a la última isla abandonada nos servirá para descubrir que se reduce a otra extraplana línea marrón, aunque aún se perciben las coronas de los árboles. Miras en frente y te resulta difícil calcular cual de las dos islas está más cerca, la que dejaste atrás o la que te acercan tus pasos. 15 minutos más tarde la que fue una irrisoria raya en el infinito blanco, se ha convertido en un lejano bosque cuyos árboles puedes distinguir con claridad. Parece cerca, pero la experiencia te enseña que aún tendrás que caminar un cuarto de hora más para flanquear cerca de las orillas. Miras hacia atrás, ahora ya no hay duda, la distancia que te separa de la última isla que bordeaste es mucho mayor que la distancia que te separa de tu próximo destino. Al rato esquías cerca de la orilla de la isla que, en el transcurso de tu última hora, se convirtió en la cumbre de Sísifo. No la alcanzarás, no la pisarás, pasarás a su lado, como si evitases alterar la magia helada que transmiten los silenciosos árboles sin hojas. Tras esta falsa meta descubres una nueva línea casi invisible que vuelve a romper la monotonía blanca del infinito. Hay está. Te engañaste para hacer llevadera la marcha, pensando que la meta que seguías era la verdadera, cuando en el fondo nadie te podía ocultar que tan solo era un hito en el camino. En frente tienes la nueva meta, también falsa, pero nueva … Solo así logras hacer las distancias humanas, y de lo humano la ilusión. Al final de la jornada, ya cansado, y mientras el sol poniente tiñe todo el congelado mar de tonos rosáceos, te sabrá mal finalizar el absurdo juego y no seguir caminando un poco más …  a sabiendas de que la noche acecha y que en medio de ella la travesía pierde significado. Porque el blanco infinito con manchas marrones se convertirá en el negro más absoluto, adornado por una cúpula con millones de estrellas, lejanas y frías, como el aire que parece querer congelarte el interior de las fosas nasales. Aprovecharás la larga noche para descansar, para reponer fuerzas, y antes de hundirte en el calor del saco de plumas intentarás, en balde, esperar la llegada de la aurora boreal, que es esta tercera incursión al ártico también se niega a cultivar tus ansiosos ojos.

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Pasamos cerca de las islas de Vibbygrundet, Halsön y Björn y a las últimas horas de la tarde, con el sol que ya se ha escondido tras el horizonte, llegamos a la población de Seskarö, siendo el primer lugar habitado que visitamos desde el inicio de la travesía. Haciendo alarde de la hospitalidad de la gente del lugar dormimos en una casa particular. Nuestro anfitrión resulta ser familiar de la famosa actriz Greta Garbo y nos comenta que en esta pequeña isla del Báltico está enterrada la famosa actriz de cine, la “mujer fatal” más célebre de cuando el celuloide tan solo gravaba en blanco y negro. Nosotros agradecemos enormemente el podernos refugiar dentro del calor del hogar. Fuera la temperatura desciende a más de – 25 * C y de tanto frío hasta se nos ha congelado hasta la fijación de esquís. No nos los podemos quitar hasta que el calor del interior de la casa deshace el hielo que une la bota a la fijación. Seskarö es otra pequeña población con una fábrica maderera, con sus feas y pestilentes chimeneas que extraen humos las veinticuatro horas del día. Es el típico lugar en el que nunca pasa nada y el hecho de que dos “ibéricos” lleguen y marchen a través del mar, arrastrando sus pulkas, se convierte en el evento de la semana. Poco más tarde nos enteramos de que las fotos que tomo  nuestro anfitrión sirvieron para apuntes de prensa de diarios locales, tanto suecos como finlandeses.

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Empezamos la última jornada con la idea clara de llegar hoy a nuestro destino final, por mucho que la distancia que nos queda para alcanzar nuestro objetivo es superior a cualquier de las distancias recorridas durante los días anteriores. Contamos con la ventaja de haber dormido y descansado mejor que nunca y de habernos puesto en marcha una hora antes que las jornadas precedentes. El ritmo es vivo y rápido, como el frío que penetra por cualquier hueco un poco abierto de nuestro vestuario. La temperatura es bajísima, y un ligero viento acrecienta la desagradable sensación de frialdad. Por la mañana Xavi vuelve a ser un punto en la lejanía, y más tarde nos justamos para caminar los últimos quilómetros juntos.

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La llegada a Finlandia resulta desalentadora. Tomamos tierra firme  en el polígono industrial de Royttä. Al sur de Tornio. Unas espesas nubes de vapor de agua, que no ganan altura por culpa de la gélida temperatura ambiente, sirven de telón de fondo a este conjunto de horribles construcciones. En primera fila de la orilla del mar vemos un pequeño poblado, en cuyas ventanas se reflejan los rayos de un sol cada vez más cercano al horizonte y más marquito en su falso calor. Creemos que en la población encontraremos algún lugar para dormir, algún café, alguna parada de autobús. La realidad es otra bien distinta. Todas las casas de la población están cerradas de manera hermética, ni un alma habita sus interiores. Es un pueblo fantasma. La máquina quitanieves ha limpiado las calles hasta las proximidades de las puertas, pero desde donde finaliza el trazado del quitanieves a las entradas de madera, ninguna huella humana deja entrever que últimamente nadie ha pisado estos lares. Tenemos la sensación de ser los últimos habitantes del planeta tras un holocausto nuclear. El sol se está poniendo tras la línea del oeste. La temperatura es bajísima, debe rondar ya los – 30* C. Continuamos caminando en medio de las grises fábricas. Algunas de ellas tienen chimeneas humeantes y maquinaria pesada que produce un ruido estridente. Hasta alguna luz interna ilumina sospechosas estancias cerradas. No hay nadie. Entramos donde podemos y gritamos. Hay alguien? Como respuesta el ruido incesante y constante de las máquinas. Habrán tomado los robots el control del mundo? Caminamos y caminamos hacia el extremo sur de la costa, hasta llegar al puerto. Si hay alguien debe estar allá. El frío es penetrante. Xavi dejó el plumón en las pulkas, las cuales medio escondimos tras cruzar orilla de costa. Mi compañero camina enérgicamente, sabe que el frío que le atenaza se cebará con el tan pronto como cese la marcha. Poco a poco nos plateamos que esta última noche, la más fría, la tendremos que pasar en este lugar tan terrible. – Es el lugar más feo y frío que he visto en mi vida -. Por fin, en el puerto, encontramos una oficina atestada de trabajadores de las fábricas que esperan, — con la compañía de cafés y la comida de sus respectivas fiambreras –, que llegue el cambio de turno. Fin de trayecto. Pronto vendrá un taxi y de aquí 30 minutos estaremos en la comodidad de uno de los hoteles de Tornio. Una vez duchados, cambiados de ropa y con una espumeante cerveza entre las manos, celebramos nuestra primera travesía ártica. Por fin, tras varios años de pequeñas expediciones frustradas, tengo la jubilosa sensación de volver a casa con el objetivo inicial cumplido. Creo que desde mi viaje a Kirguizistán, cuatro años antes, no había vuelto a tener esta agradable y dulce sensación de victoria.

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Durante la jornada siguiente nieva y nieva sin cesar y una niebla baja esconde todos los contornos. Deambulamos por Tornio antes de tomar el autobús a Lulea. Nos jartamos de nuestra buena suerte (¡Por fin!). Empezamos la travesía cuando el tiempo mejoraba tras un periodo de inestabilidad y ahora, al finalizar, vuelve a estar el ambiente nevoso y desapacible. Un día como hoy, en medio del mar, debe ser sumamente desagradable y te obliga a navegar constantemente con el auxilio del GPS; pero todo esto, quizás, será nuestro pan en una próxima ocasión, en una futura travesía por otro horizonte blanco. Dentro de la comodidad del autobús, viendo la nevada a través de los cristales de las ventanas, y embriagados por nuestra travesía de más de 100 quilómetros en cinco días, dejamos galopar la imaginación: El Lago Ladoga, un tramo de mar al norte de Siberia, la Bahia de Hudson, el estrecho de Bering … algún polo.

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