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MONTE EREBUS. EL VOLCÁN ACTIVO MÁS AUSTRAL DE LA TIERRA.

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El volcán Erebus, en la Antártida, es el volcán activo más austral de la Tierra. Tiene una altitud de 3794 metros y está localizado en la isla de Ross, que también tiene otros tres volcanes activos, entre ellos el Monte Terror. Esta montaña forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, que incluye 1600 volcanes activos.

Se ha observado que este volcán ha estado continuamente activo desde 1972, y en sus inmediaciones se encuentra el Observatorio del Volcán Monte Erebus, dirigido por el Instituto de Tecnología y Minería de Nuevo México (New México Tech). Es una de las tres zonas volcánicas activas de la Antártida, junto con los volcanes situados en otras dos islas periféricas; Isla Decepción e Isla Buckle. El cráter contiene uno de los pocos lagos de lava permanentes en el mundo.

EL DESCUBRIMIENTO

El monte Erebus fue descubierto el 27 de enero de 1841 por el explorador polar Sir James Clark Ross, cuyas naves se llamaban HMS Erebus y HMS Terror, (que también fueron usadas por Sir John Franklin en su desastrosa expedición al Ártico en 1848). Tanto la nave como el volcán toman su nombre de Érebo, el dios griego primigenio, personificación de la oscuridad y las sombras e hijo de Caos y Ananké. El otro famoso barco de la expedición “Terror” cuenta con el mismo nombre que el segundo volcán de la Isla. Antártida y Ártico quedaron unidos por siempre en la memoria de las explotaciones polares por el nombre de los barcos y los volcanes. Erebus y Terror.

LA PRIMERA ASCENSIÓN

Esta montaña de 3.790 m de altitud no se había escalado jamás anteriormente. Un equipo de la expedición Discovery, habían explorado la base de la montaña en 1904, pero no llegaron más que a los 910 m de altura.

La expedición Nimrod de 1908, liderada por sir Ernest Shackleton se realizó la primera ascensión a la cumbre. El equipo para la ascensión lo componían Edgeworth David, Douglas Mawson y Alistair Mackay, con Eric Marshall, Jameson Adams y Philip Brocklehurst como apoyo. La ascensión comenzó el 5 de marzo.

El 7 de marzo, los grupos de apoyo y ascensión se unieron a 1700 m aproximadamente y avanzaron hacia la cumbre. Al día siguiente, una intensa nevada los bloqueó, pero el 9 de marzo reanudaron la ascensión y, antes del final de la jornada, alcanzaron el cráter principal. Brocklehurst que tenía los pies demasiado helados para continuar, permaneció en el campamento mientras los otros continuaron hacia el cráter activo, que alcanzaron al cabo de cuatro horas. Realizaron varios estudios meteorológicos y recogieron numerosas muestras de rocas. Más tarde realizaron un descenso rápido, principalmente deslizándose por la nieve. El equipo llegó al refugio del cabo Royds el 11 de marzo “prácticamente muerto” según Eric Marshall.

El primer ascenso conocido en solitario a este monte fue realizado por Charles J. Blackmer entre el 19 y el 20 de enero de 1991. Blackmer, un herrero que trabajó por muchos años en la estación McMurdo, completó esta escalada en un período de 24 horas, tomándole el ascenso aproximadamente unas 17 horas. 

EL VOLCAN

El monte Erebus es hoy día el volcán más activo de la Antártida. Su cumbre contiene un lago persistente de lava fonolítica convectiva, uno de los pocos que existen en la Tierra. La actividad eruptiva característica consiste en erupciones estrombolianas desde el mismo lago o desde alguno de los varios conos secundarios que se encuentran dentro del cráter interior del volcán. Es un volcán científicamente extraordinario por el hecho de ser de nivel relativamente bajo y de tener una actividad eruptiva inusualmente persistente, que permite el estudio vulcanológico a largo plazo de un sistema eruptivo estromboliano en un sitio muy cercano a los conos activos (unos cientos de metros). Esta característica es compartida con unos pocos volcanes del planeta, como sería el famoso Stromboli en Italia.

La caldera incandescente o lago de lava tiene una forma redonda, con tendencia alargada en  forma de cuerno, su diámetro cambia de 10 a 40 m y la temperatura oscila entre los 900º C y 1.130º C

LA DESGRACIA DEL MONTE EREBUS

El 28 de noviembre de 1979, un avión turístico de la aerolínea estatal Air New Zealand, que transportaba a 257 personas, se estrelló de frente contra un volcán en la Antártida. La tragedia del vuelo TE901 conmocionó a Nueva Zelanda, afectando de una forma u otra a casi todos en el país, y condujo a años de investigaciones y a un perverso juego de acusaciones cruzadas.

Air New Zealand había comenzado a operar vuelos panorámicos sobre la Antártida solo dos años antes, y habían sido un gran éxito. ¿Qué mejor manera de pasar un día que hacer un recorrido de 11 horas sin escalas desde la capital neozelandesa, Auckland, atravesando el país, hacia el gran continente al sur?

Los vuelos ofrecían lujo de primera clase y una vista impresionante del hielo sin fin en el borde del mundo. Pero ese día en 1979, las cosas saldrían muy mal. Alrededor del mediodía, el piloto, Jim Collins, realizó dos grandes vueltas a través de las nubes para bajar el avión a aproximadamente 610 metros de altura y así poder ofrecer a sus pasajeros una mejor vista.

Dado que asumía que estaba siguiendo la misma trayectoria que en los vuelos anteriores, sobre el estrecho de McMurdo, no anticipaba ningún problema. A bordo del DC 10, la gente estaba ocupada tomando fotografías o filmando en la cabina y a través de las ventanas. Muchas de estas fotos se encontraron más tarde entre los restos y pudieron ser reveladas, incluyendo algunas tomadas segundos antes del accidente.

Pero en lugar de ver hielo y nieve a la distancia, lo que vieron en la cabina fue la montaña justo delante de ellos. Poco antes de las 13 horas, se dispararon las alarmas de proximidad del avión. Sin tiempo para elevarlo, seis segundos después de darse cuenta de donde estaban localizados concretamente, la nave se estrelló directamente contra el lado del monte Erebus.

Después de horas de espera y confusión, la suposición en Nueva Zelanda era que el avión se había quedado sin combustible. Dondequiera que estuviera, ya no estaba en el aire. Se enviaron operaciones de búsqueda y rescate y pronto se confirmaron los peores temores: se vieron restos en la isla de Ross, en las laderas más bajas del monte Erebus y estaba claro que no había sobrevivientes.

Se han determinado dos razones principales como la causa del accidente.

La computadora del avión tenía una ruta de vuelo distinta de la que creían tener los pilotos. La tripulación pensó que su ruta era la misma que en los vuelos anteriores, sobre hielo y agua en el estrecho de McMurdo, cuando en realidad estaban volando sobre la isla Ross y el volcán Erebus, de 3.794 metros de altura.

La segunda causa fue un fenómeno climático conocido como “whiteout” (una especie de resplandor), y eso es lo que probablemente haya sellado el destino del avión. El whiteout hace que la luz que hay entre la nieve o el hielo de la parte inferior y las nubes en lo alto se vea blanca, creando la ilusión de buena visibilidad. El piloto confió en la ruta de vuelo automática, suponiendo que el blanco que estaba viendo a través de la ventana de su cabina era simplemente este reflejo y no la cara de una montaña.

El accidente mató a 227 pasajeros y 30 tripulantes. 44 personas no pudieron ser identificadas durante las operaciones de búsqueda y recuperación.

¿OBJETIVO MONTE EREBUS? , ¿VIENES CON NOSOTROS?

Ahora por ahora aún no nos planteamos firmemente esta destinación como “viajes Mon Petit”, pero tiempo al tiempo. Tenemos prevista una primera incursión a la Antártida en velero en enero del 2023, y una segunda, que no distará mucho por fechas, para ascender al Mount Sidley dentro del proyecto “Seven Volcanoes” (los volcanes más altos de cada continente). Puedes visitar nuestro programa de viajes en: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/

Interesados en recibir actualizaciones del proyecto, escribir mail a pakocrestas@gmail.com ó whatsapp al +34 615626813 (Pako).

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LAPONIA – CRÓNICA DE LA TRAVESIA KUNGSLEDEN, DE GIVKKIJIEGGE A KEBNATS – MARZO 2021.

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La idea de ir a conocer parte de la bonita travesía del Kungsleden respondió a un cambio forzado de última hora, improvisación “last minute” que, como agencia de viajes, me estoy acostumbrando ya a hacerlo con cierta habitualidad en la verdadera “montaña rusa” que representa sobrevivir como agencia de viajes en pleno covid.

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La idea inicial era volver a Finlandia, en concreto a Lemmenjoki, pero pasaban los días y las fronteras de Suecia continuaban cerradas para los españoles. Mi colaborador local me confirmó que este año era imposible y yo me resistía en pasarme un invierno sin visitar Laponia. Necesitaba un “plan B” urgente.

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Un buen amigo lapón me puso en contacto con una empresa local que nos ayudaría en la gestión de traslados, reservas y alquiler de material. De voz de gerente de dicha empresa, el buen profesional Christian, oí por primera vez el nombre de Kungsleden. Yo en un principio había pensado en el Iron Trail, pero Christian me recomendó la otra travesía. Cuando se lo comenté al Ricardo, experto conocedor de Laponia con el que tenía que ir al Lemmenjoki, me dijo que la elección era muy acertada, que el Kungsleden era una ruta de extraordinaria belleza. Con ambos consejos ya podía ir tranquilo que la elección era apuesta ganadora segura.

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La formación del grupo también fue improvisada y un tanto surrealista. La gente que hacía tiempo que estaban inscritos y más me insistían en venir se echaron atrás a última hora y cuando ya veía peligrar el viaje se me apuntaron nuevos participantes con la misma improvisación que el cambio de planes. Cosas también inherentes de viajar en tiempos de covid.

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La travesía superó las expectativas creadas, hasta el punto que tengo bien claro que el próximo invierno volveré a aplazar Lemmenjoki para transitar otro tramo de la travesía, y es que el recorrido integral tiene 450 Km. Esta travesía transcurre por los Alpes Escandinavos, lo que le confiere una belleza extraordinaria, al ser la unión de las montañas nórdicas, que recuerdan los relieves de la Highland escocesas, con las extensiones blancas y enormes bosques de coníferas de los horizontes infinitos del Gran Norte.

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Tuvimos que acortar un poco la travesía, al tener que contar con los días extras para hacerse pcr y esperar resultados, pero aún así fueron 4 bonitos y variados días en que pudimos conocer dos facetas bien distintas de la Laponia invernal. Los claros paisajes azules y la cerrada y gélida ventisca.

Volamos a Lulea y al día siguiente fuimos a Jokkmokk, donde realizamos compras, descansamos, visitamos la población y acabamos de preparar material.

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El tercer día de viaje fue por tanto el primero de travesía. Para llegar al inicio de la misma tuvimos que realizar un combinado de coche y moto de nieve. Casi una hora de desplazamiento en el remolque de la misma hasta llegar a la orilla del lago Lajtavrre, donde por fin empezamos a esquiar arrastrando las pulkas.

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El primer día fue tranquilo y un trayecto fácil y relativamente corto, con un tiempo frio y nivoso al principio que poco a poco fue mejorando para regalarnos una tarde tranquila y de cielos despejados, gracias a la cual pudimos disfrutar de las excelentes vistas de las montañas de Tjahkelij y Skiertte y sus verticales paredes de roca. La pernocta la realizamos en Aktse donde nos hacemos una idea exacta de las comodidades de los establecimientos de esta travesía. A diferencia del año pasado, ahora no son cabañas libres que calentamos a base de darle caña a la estufa en un recinto cerrado y reducido. Ahora estamos en cómodas casas, con agua, bien caldeadas y sin luz eléctrica. Tan pronto como se va el sol disfrutamos de románticas cenas en comunión a la luz de las velas.

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En el primer día de travesía realizamos un trayecto de 6 km 320 metros, subimos 59 m de desnivel, no bajamos ninguno. La cota mínima fue 488 m y la máxima 559 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-dia-1-70682526

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Por la mañana del segundo día, antes de realizar la jornada de travesía en sí, realizamos un paseo por el fondo del valle, en concreto por encima de las aguas heladas del lago Láttávrre hasta situarnos bajo las espectaculares paredes verticales del Skierffe. Disfrutamos con el espectáculo de las gélidas nieblas disipándose poco a poco en un paisaje irreal. Laponia invernal en estado puro. Nos paraliza más es indescriptible espectáculo de la naturaleza que el hiriente aire de una temperatura inferior a los -20º C. Como telón de fondos unas montañas tan absolutamente nevadas que asemejan lejanos glaciares antárticos. “Algún día” – pienso – “Algún día”.

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La segunda jornada de travesía nos ofreció una subida constante para empezar, una travesía del cordal con una excelentes vistas pero constantemente azotados por el viento, y una bajada divertida y a salvo ya del vendaval de las partes altas, que hasta nos hacía sentir una falsa sensación de calor cuando intensificábamos la marcha. Las vistas completamente hipnóticas sobre los macizos de Njunjes y las paredes de Skämmabákte. Uno despierta su viejo instinto de alpinista y sueña despierto con surcar algún día alguna de estas paredes remotas, disfrutando del ahora, del momento y de la actividad actual.

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Noche en Sitojaurestugorna, en otro sistema de cabañas excelentemente equipadas y semi guardadas, en el sentido de que la casa en si está alquilada solo para nosotros, pero a pocos metros habitan los propietarios de las fincas en su propia casa. Por la noche el cielo se nubla y empieza a nevar. Es el preludio de lo que vendrá mañana.

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El segundo día realizamos un trayecto de 14 km 380 metros, subimos 404 m de desnivel, descendimos 325 m de desnivel. La cota mínima fue 533 m y la máxima 930 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kunsleder2-70684278

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La tercera jornada fue dura. Laponia nos enseña sus dientes árticos. Nieve, niebla, ventisca… un día de aquellos que evitas parar y cada uno se resguarda en la crisálida de pensamientos mientras intentamos mantenernos lo más calientes posibles gracias al buen equipamiento y a la constante movilidad. Cualquier motivo que te obligue a quitarte guantes, comporta unos eternos minutos de dolor en las extremidades intentado volver a ganar la temperatura correcta en los dedos. No podemos disfrutar del paisaje, pero sí de los momentos tan atípicos para nosotros, seres mediterráneos, que representa sentirse un punto minúsculo en medio de la tormenta. Por suerte el camino está muy bien indicado y no hay pérdida posible, muy a pesar de la falta total de visibilidad. Por suerte y por fortuna un elemento básico juega a nuestro favor. Tenemos todo el rato el viento de espaldas.

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La tercera noche la realizamos en un complejo de ensueño. Un enclave en medio de las montañas conocido como Saltoluokta. Un hotelito donde nos deleitamos de una buena cena, gastronomía local, abundante cerveza y damos ya por finalizada la travesía. Al día siguiente tan solo nos queda un corto tramo de despedida cruzando el lago para llegar al embarcadero de Kebnats donde nos espera el coche.

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Ya tenemos una travesía más en el zurrón y para mí un redescubrimiento de los Alpes Escandinavos, que ya conocí brevemente en la travesía de Törnetrask de hace ya muchos años. Este año nos quedó pendiente poder ver auroras boreales. Una verdadera lástima, ya que se produjeron pero nos resultaron invisibles por la espesa capa de nubes y las copiosas nevadas que nos acompañaron casi todas las noches (menos la primera en Aktse. El año que viene (2022) volveremos para hacer otros tramos del famoso Camino del Rey o Kungsleden, en concreto el trayecto Abisko a Vákkudavárre, pero eso… eso ya serás otra historia.

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El tercer día realizamos un trayecto de 20 km 590 metros, subimos 146 m de desnivel, descendimos 385 m de desnivel. La cota mínima fue 390 m y la máxima 767 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-3r-dia-70691017

El cuarto día realizamos un trayecto de 3 km 960 metros, no subimos ni un metro de desnivel, descendimos 23 m de desnivel. La cota mínima fue 365 m y la máxima 388 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-4a-dia-70691323

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Durante toda la travesía realizamos un trayecto de 45 m 270 metros, subimos 614 m de desnivel, descendimos 733 m de desnivel. La cota mínima fue 368 m y la máxima 930 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-sencer-70691822

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Salida realizada en marzo del 2021 junto con Cristina Mora, Ester Barceló, Federic Puig i Richi Navarro.

Quieres participar de nuestros próximas travesias por Laponia – Ártico o Antártida, visita nuestro calendario de viajes previstos en: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/

Más información para viajes a la carta para grupos en: https://www.catalonia-trekking.com/vist-trek-planeta-tierra/laponia-escandinavia/

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CRONICA DE LA TRAVESIA DEL RAMAL NORTE DEL LAGO ONEGA – MARZO 2019.

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Dentro de proyecto “The last ice”, que consiste en realizar una travesía de un gran lago helado en cada continente del hemisferio norte, en marzo del 2019 nos desplazamos a la Rusia Europa para cruzar el segundo lago más grande de Europa, el Onega.

Ya hace años planifiqué junto con Carles Gel la travesía de Lago Ladoga, el más grande de Europa, situado más al sur del Onega, pero ya en aquellos años (debe hacer unos 20 años de aquel intento) el Ladoga ya no estaba helado en pleno invierno, lo que nos llevó a abortar el viaje. En aquellos momentos la tecnología no estaba tan avanzada como ahora, y descubrimos que el lago estaba sin hielo justo al llegar a Sant Petersburgo. La decepción fue tal que mi compañero no quiso ni oír hablar de ningún plan alternativo y nos dedicamos a cambiar los vuelos de vuelta para regresar lo antes posible a Barcelona.

Años más tarde ya ni nos planteamos en ningún momento el Ladoga. Lo que en 1942 fue una verdadera autopista con tránsito de camiones durante meses para salvar el asedio de Leningrado (la famosa línea de la vida sobre los hielos del lago), hoy en día no se llega a congelar en todo el invierno a causa del aumento de temperatura del cambio climático. Por ese motivo ya optamos por el Onega, un lago más pequeño e interior donde las temperaturas son más severas.

No obstante el cambio climático juego en nuestra contra y hoy en día el Onega tampoco que acostumbra a congelar en su totalidad. Difícilmente los hielos llegan a  cubrir la orilla sur, por lo que concentramos nuestro plan en el más largo de los dedos que componen el norte del lago y finalizar en su corazón, en la turística y curiosa isla de Kiji, con sus iglesias de madera. Patrimonio de la Humanidad.

El lago Onega (Onego, en ruso, Оне́жское о́зеро; en finés, Ääninen o Äänisjärvi; en carelio, Oniegu u Oniegu-järve; en vepsio, Änine o Änižjärv) está situado al noroeste de la Rusia europea, cuyas aguas pertenecen a la República de Carelia, el óblast de Leningrado y el óblast de Vologda. Las principales ciudades en el lago son Petrozavodsk, la capital de Carelia (266 160 hab. en 2002), Kondopoga (34 863 hab. en 2002) y Medvezhyegorsk (15 698 hab. en 2008).

Es el segundo lago más grande de Europa (tras el cercano lago Ladoga), con una superficie de 9894 km², un volumen de 280 km³ y una profundidad máxima de 120 m. Tiene unas 1650 islas, con un área total de algo más de 250 km². Desembocan en él 58 ríos, siendo los principales el Shuya (194 km), el Suna (280 km), el Vodla (149 km) y el Vytegra (64 km). El lago desagua a través del río Svir en el lago Ladoga. El lago es parte de la vía fluvial del canal Mar Blanco-Báltico, inaugurada en 1933.

Personalmente viajé un día antes a Saint Petersburg para poder escalar en hielo en una zona relativamente cercana a la ciudad. Fue todo un placer compartir un día de escalada con el gran himalayista ruso Nikolay Tomianin, leyenda viva del alpinismo ruso, con grandes vías en su haber, entre las que destaca al sur de Lhotse, la Oeste directa de K2 o la norte del Jannu. Salimos de buena mañana desde la ciudad y estuvimos en una pequeña zona bien saturada de cortas vías de hielo y dry tooling que nos permitió escalar unas cuantas micro líneas en plan escalada deportiva, puro divertimento. Cero compromiso. Hacía calor, el hielo se deshacía a marchas forzadas y del cielo tan pronto nevaba como llovía. Un preludio de lo que serían los próximos días en el lago.

Para iniciar la travesía fuimos en tren nocturno a Medezh Yegorsk, una ciudad industrial situada en el margen norte del Onega. Noche un tanto incómoda en el hotel, pero que también contribuyó a darle cierta particularidad a este corto viaje ártico. Este tren está considerado un “sucedáneo” del Transiberiano y enlaza Saint Petersburg  con la lejana Laponia rusa de la península de Kola y el puerto de Arcángel, en el Mar de Barents.

Desayunamos en un pequeño logde situado a orillas de lago helado, esperando que el día se iniciase tras llegar a la ciudad aún de madrugada. El tiempo fuera era desapacible. Viento, nieve, humedad, niebla… mirando la previsión del tiempo era el pan nuestro de cada día que nos esperaba para las próximas jornadas. La verdad es que daban ganas de quedarse dentro del cálido recinto, tomando té y comiendo dulces….

Pero la realidad fue otra. Tan pronto como salimos del hostal se impuso lo que sería la tónica de los próximos días. Albert y Pepe salieron con buen ritmo y sin intención de aflojar el mismo en horas. Nikolay, que nos acompañaba en la salida, se mostraba encantado de la vida teniendo como compañeros unos buenos fondistas. Yo les seguía como podía…. “putos runners” pensaba para mis adentros…. ¿Qué hace un alpinista como yo intentando no perder la visión del culo de estos tres que parecen huir de la peste? … “Un poquito de por favor,… que me paro a mear y os convertís en tres puntitos negros en la lejanía……

En Medezh Yegorsk hubo el gulag más importante de la Rusia Europea (los gulag eran las temidas instituciones penales o prisiones de trabajo forzados de la antigua URSS). En una de las islas que visitamos durante la primera jornada pasamos por una construcción en rui9nas que asemejaba ser un gulag abandonado. Nikolay me dijo que no lo era, cuando le pregunté… pero mantengo mis dudas, dada la fisionomía de la tétrica construcción que a todas luces de adivinaba como una cárcel en ruinas.

Realizamos la travesía de 165 Km en 5 días. Unas temperaturas bastante elevadas para la época de año nos dificultaron un poco más la ruta y nos obligó a ir todo el rato cerca de la costa o entre islas costeras, ya que para el interior del lago las aguas ya estaban abiertas. No obstante en algún momento estuvimos bastaste aguas adentro, lo que no resultaba del todo tranquilizador viendo las grandes lagunas liquidas que teníamos que rodear.

Cuando se descongela un lago se forma una capa de agua entre la nieve blanda de la superficie y el hielo viejo y helado del lago que se formó a principios de temporada. Durante las primeras horas de la mañana la consistencia de la nieve no era ningún problema, más bien al contrario, estaba relativamente dura y nos deslizábamos con facilidad. A medida que pasaban las horas y la temperatura iba subiendo grados por encima de los 0ºC la capa de superficie se aguaba, perdía consistencia y entonces nos metíamos de lleno en la paga acuosa subterránea. A veces se nos hundían toda la bota en el agua hasta la caña. Por la tarde era irremediable acabar con los pies mojados.

Si guardo un recuerdo de esta travesía es la humedad, intensa, constante, cada vez mayor. Por suerte la travesía fue corta y finalizó antes de que este incómodo factor fuese un problema, pero nos daba de pensar en qué condiciones deberían reemprender los pioneros polares sus largas travesías sobre el hielo en proceso de deshielo… centenares de quilómetros, mal equipados (en comparación a nosotros, claro), un destino incierto… comparado con esas proezas pretéritas nuestra travesía ártica parece un juego de niños, poco más que un reto deportivo entre amigos.

Por la noche acampábamos en la ribera del lago sobre una nieve totalmente humedecida que por mucho que la aplanases era imposible construir una planicie consistente sin agujeros. Agua y más agua. Por suerte a media travesía encontramos una cabaña libre donde pudimos encender la estufa y aprovechar para medio secar todo el equipo. Tienda, ropa, sacos, ideas….

Lo mejor fue la última noche cuando nuestro equipo de filmación que venía a visitarnos con motos de nieve nos trajo jamón de jabugo, un buen queso, vino y vodka. Albert, que se había hecho vegano poco antes de la travesía, lloraba con falso disimulo cada vez que, de manera deliberada, le pasábamos un trozo de jamón a pocos centímetros de la nariz.

Finalizamos la travesía en la bonita isla de Kiji y sus iglesias de madera. No pudimos dormir en la isla. Tal como llegamos un reten de militares (los únicos habitantes de la isla en invierno)  nos dejó bien claro que no podíamos dormir en la isla y tuvimos que volver a cruzar la última canal de hielo para volver a un micro islote satélite de Kiji. Al día siguiente caminamos por la Isla, solos, tranquilos, satisfechos de haber finalizado una travesía ártica más. Una nueva semanita ártica en nuestras vidas.

El regreso desde Kiji a la población de Petrozavodsk la realizamos en una especie de barco con un gran flotador y una hélice de viento en la parte posterior. Un curioso transporte que va de lado a lado a unas temperaturas nada desdeñables y que circula igual de rápido sobre el hielo que sobre el agua. En el tramo que va de Kiji a Petrozavodsk ya hay muchos sectores grandes, algunos ya de kilómetros, libres de hielo. Está claro que más allá de la isla de las iglesias de madera era imposible continuar la travesía esquiando sobre el lago.

Acabamos el viaje con turismo en Saint Petersburg en que aprovechamos para visitar el museo de la ruta de la vida, a las orillas de azul Ladoga. Todo un amargo recuerdo de lo terrible que puede llegar a ser el hombre. Todo un  genocidio por el hambre en la ciudad sitiada casi 900 días, en que el transito sobre el hielo fue un rayo de esperanza entre el horror del fascismo. Un claro ejemplo del cambio climático. Hoy en día a duras penas se congela las orillas del Ladoga y cruzamos el Onega por días, ya que una o dos semanas más tarde la travesía hubiese sido ya intransitable…. Y en los años 40 del antiguo siglo los camiones transitaban día y noche durante meses sobre el hielo al sur del Ladoga. Hoy en día sería imposible realizar la ruta de la vida ni un solo día en invierno….

Podéis encontrar el track de la travesía en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/onega-lake-arm-n-w-61460092

Travesía realizada en marzo de 2019 junto con Albert Bosch, Pepe Ivars y Nikolay Tomianin.

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FRANKLIN, EREBUS Y TERROR – LA MISTERIOSA EXPEDICIÓN AL PASO DEL NOROESTE DEL 1845.

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Para los amantes de la exploración polar, sin duda nos causa un hipnótico interés la historia de la expedición del Franklin en el año 1845 que intentó descubrir el hasta entonces infranqueable Paso de Noroeste por encima de Canadá, para unir una posible ruta comercial entre el Atlántico y el Pacífico.

La misteriosa desaparición de los dos buques y los 134 hombres, liderados por Sir John Franklin, así como las posteriores expediciones de rescate que no tuvieron éxito en su acometida, forman parte de una de los episodios más dramáticos de la época de exploración de los polos.

Los dos barcos, Erebus y Terror zarparon de Inglaterra en mayo del 1845. Fueron vistos por última vez en la bahía de Baffin en julio del mismo año, cuando cinco miembros de la expedición fueron dados de alta y enviados a casa con balleneros. Después de esto, solo hubo silencio.

Como la expedición estaba equipada con provisiones para tres años, el Almirantazgo de Londres no envió misiones de rescate hasta 1848. Para entonces, la mayoría de los miembros de la expedición Franklin ya estaban muertos.

Las intensas búsquedas realizadas en la década de 1850 arrojaron luz sobre el destino de la expedición. Había pasado el invierno en la pequeña isla Beechey en 1845/46. Se encontraron los alojamientos de invernada, incluido un pequeño cementerio con los entierros de tres marineros que habían muerto durante la invernada. 

Los barcos Franklin habían zarpado desde la isla Beechey y hacia el sur a través de Peel Sound en el verano de 1846. Ambos barcos se atascaron en el hielo frente a la isla King William en septiembre y la segunda invernada tuvo lugar allí. Para sorpresa de los miembros de la expedición, el hielo no se derritió durante el verano de 1847. La situación empeoró con la muerte de Franklin el 11 de junio de 1847, según una nota encontrada más tarde en un mojón en la isla King William. 

Después de otra invernada en la isla King William, los hombres abandonaron los barcos a fines de abril de 1848. Simplemente no podían esperar un año más con la esperanza de que los barcos fueran liberados por el hielo. Las provisiones se habrían agotado para entonces y los hombres no habrían estado en condiciones de viajar hacia el sur.

En abril de 1848 habían muerto 9 oficiales y 15 marineros, según la nota mencionada anteriormente. El resto de la tripulación trató de llegar a Back River y al puesto de avanzada de una compañía de la Bahía de Hudson más al sur. Arrastraron botes salvavidas en trineos con provisiones y equipo. Durante esta caminata, los marineros se encontraron con los inuit locales. Posteriormente, los inuit informaron a los grupos de búsqueda sobre estas reuniones y su posterior descubrimiento de miembros de la expedición muertos. Estos informes también incluyeron información sobre el canibalismo entre los marineros.

Los miembros de la expedición no lo lograron, dejando esqueletos y artefactos esparcidos a lo largo de la ruta en la costa occidental y sur de la isla King William y en la costa norte del continente. Los grupos de búsqueda en la década de 1850 descubrieron muchos de estos restos.

La pérdida de la expedición de Franklin siguió siendo un misterio. ¿Por qué hubo un gran número de muertes al principio de la expedición? Otras expediciones árticas habían perdido muchas menos vidas, por ejemplo, la expedición de James Ross Clark en la misma área entre 1829 y 1833 con solo tres vidas perdidas. ¿Por qué le fue tan mal a la expedición de Franklin? Las especulaciones eran abundantes, pero había poca evidencia sólida para proporcionar una base más sólida para las teorías.

Transcurridos dos años desde la salida de Franklin y sin tener noticias de él en ningún momento, la preocupación pública se fue haciendo cada vez mayor, y Lady Jane Franklin , así como miembros del Parlamento y la prensa británica, instaron el Almirantazgo para que enviara una expedición en su búsqueda. Como respuesta el Almirantazgo elaboró un triple plan que se inició durante la primavera de 1848, cuando envió un equipo de rescate terrestre al mando de Sir John Richardson y John Rae , que bajó por el río Mackenzie hasta la costa ártica canadiense . También se enviaron dos expediciones marítimas, una que entró en el Archipiélago Ártico Canadiense para el estrecho de Lancaster , y la bahía de Baffin , y otra que entrar procedente del Pacífico. Además, el Almirantazgo ofreció una recompensa de 20.000 libras “a cualquier equipo o equipos, de cualquier país, que dieran ayuda a las tripulaciones de los barcos de exploración bajo el mando de Sir John Franklin”. Tras el fracaso de las tres expediciones, la preocupación e interés del pueblo británico por el Ártico fue en aumento y “la búsqueda de Franklin, se convirtió en nada menos que una cruzada”. Se hizo popular una balada llamada “El lamento de Lady Franklin” que fue compuesta en honor de la esposa de Franklin para impulsar la investigación de su marido.

Muchos se sumaron a la búsqueda. En 1850 hasta once barcos británicos y dos de estadounidenses navegaban por el Ártico canadiense. Algunos de ellos se encontraron en la costa este de la isla de Beechey , donde se encontraron los primeros restos de los hombres desaparecidos, entre ellas las tumbas de John Torrington , John Hartnell y William Braine. No se encontraron mensajes de la expedición de Franklin en este lugar. Durante la primavera de 1851 los pasajeros y la tripulación de varios barcos observó un enorme iceberg en frente las costas de Terranova , que llevaba encima dos barcos. Las naves no fueron examinadas de cerca. Se sugirió que los barcos podrían haber sido el Erebus y el Terror, aunque no fueron examinados de cerca hoy no cabe duda de que se trataba de balleneros abandonados.

En 1854 John Rae , mientras exploraba la Península Boothia por la Compañía de la Bahía de Hudson (HBC), descubrió una prueba más sobre la suerte sufrida por los hombres de la expedición. Rae encontró un inuit cerca de Pelly Bay el 21 de abril de 1854 que le contó que un grupo de treinta y cinco o cuarenta hombres habían muerto de hambre cerca de la desembocadura del río Back . Otros inuit confirmaron la historia, que también hablaba de casos de canibalismo entre los propios marineros. Los inuit enseñaron a Rae muchos objetos que fueron identificados como pertenecientes a Franklin y sus hombres. En concreto, Rae compró a los inuit de Pelly Bay varias tenedores y cucharas de plata más tarde identificados como pertenecientes a varios miembros de la expedición.

El Reino Unido dio oficialmente por muertos a todos los miembros de la expedición el 31 de marzo de 1854. Lady Franklin, al no conseguir convencer al gobierno para que organizara y financiara otra investigación, se encargó de hacerlo personalmente.

En abril de 1859 varios grupos de hombres en trineo partieron del Fox para buscar en la isla del Rey Guillermo . El 5 de mayo el equipo liderado por el teniente de la Royal Navy William Hobson encontró en un montículo de piedras un documento dejado por Crozier y Fitzjames. Contenía dos mensajes: el primero, del 28 de mayo de 1847, decía que el Erebus y el Terror habían invernado en el hielo de la costa noroeste de la isla del Rey Guillermo, y que el año anterior lo habían hecho en la isla de Beechey, circumnavegante después la isla Cornwallis . “Sir John Franklin comandante de la expedición. Todos bien”, decía el mensaje.

El segundo mensaje, escrito en los márgenes de la misma hoja de papel, era mucho más inquietante. El mensaje, de fecha 25 de abril de 1848, informaba que el Erebus y el Terror habían quedado atrapados en el hielo durante un año y medio, siendo abandonados por la tripulación el 22 de abril. Vigésimo cuatro oficiales y miembros de la tripulación habían muerto, entre ellos Franklin, que lo hizo el 11 de junio de 1847, apenas dos semanas después de la fecha de la primera nota. Crozier quedó al mando de la expedición y los 105 supervivientes tenían previsto iniciar un viaje al día siguiente en dirección sur, hacia el río Back. Esta nota contiene errores importantes, sobre todo la fecha de la invernada en la Isla de Beechy, al indicar el invierno de 1846 a 1847 en lugar del de 1845 a 1846.

Charles Francis Hall dirigió dos expediciones entre 1860 y 1869. Vivió con inuit, cerca de la bahía de Frobisher a la isla de Baffin , y más tarde en la bahía Repulse en la costa continental del norte de Canadá. Encontró campamentos, tumbas y objetos de la expedición de Franklin en la costa sur de la isla del Rey Guillermo, pero ningún superviviente. Al principio creía que se encontraban entre los inuit, pero al final llegó a la conclusión de que todos los componentes de la expedición habían muerto

Owen Beattie, entonces profesor asistente de antropología en la Universidad de Alberta, comenzó su trabajo en la expedición Franklin en 1981. Ese año y el siguiente, realizó estudios en el lado occidental de la isla King William. Junto con su equipo, pudo recuperar huesos de los miembros de la tripulación de Franklin. Las marcas reveladoras en los huesos confirmaron las historias de los inuit sobre el canibalismo. Aún más interesante fue el descubrimiento de niveles mejorados de plomo en los huesos de los marineros, en comparación con los huesos de los inuit recuperados durante el mismo estudio. 

Evidentemente, el envenenamiento por plomo puede ser fatal. Un nivel elevado de plomo conduce a una serie de síntomas graves, como dolor articular y muscular, dificultades cognitivas, dolores de cabeza y dolor abdominal. Esto es algo que realmente no desea que suceda en condiciones extremas del Ártico.

Si bien los niveles mejorados de plomo eran intrigantes, eran difíciles de usar como evidencia, ya que normalmente el plomo tarda bastante en acumularse en los huesos. Los altos niveles de plomo podrían haber sido el resultado de las condiciones ambientales en Gran Bretaña y no la exposición al plomo durante la expedición. 

Beattie centró su atención en el pequeño cementerio de Beechey Island y en las tres tumbas de los marineros de Franklin. Estos marineros murieron temprano en la primera expedición, durante la primera invernada. Tres muertes tempranas no eran normales durante las expediciones árticas en la 19 ª  siglo. Ya en la década de 1850, estas primeras muertes habían despertado sospechas de que algo salió mal desde el comienzo de la expedición Franklin. 

Beattie solicitó permiso para abrir las tumbas y realizar la autopsia de los cuerpos. El exhumar los cuerpos descubrió que los mismos estaban perfectamente conservados, como si se hubiesen muerto pocos días antes. De hecho estaban perfectamente conservados por el permafrost.  El entierro en hielo permafrost sella el cuerpo de la exposición al aire libre y, a menudo, tampoco hay movimientos del hielo. Esencialmente, los cuerpos se almacenan permanentemente en un congelador profundo. Tales cuerpos pueden estar increíblemente bien conservados. Es decir, hasta que se descongele el permafrost o se extraiga el permafrost en busca de fósiles, como sucede hoy en Siberia.

No se pueden considerar cuerpos momificados. La gran diferencia es que los cuerpos congelados por el permafrost se conservan casi intactos, órganos incluidos, pero a la vez inician un rápido procedo de descomposición y putrefacción tan pronto como dejan de estar protegidos por el frio.

Beattie y su equipo obtuvieron al final los correspondientes permisos para realizar la exhumación en  verano de 1984. Comenzaron abriendo la tumba del líder Stoker John Torrington. Según su lápida, murió el 1 de enero de 1846, el primer marinero en morir durante la expedición. 

Al equipo de Beattie le resultó difícil abrirse camino a través de la grava congelada. Finalmente, a 1,5 m de profundidad, apareció la tapa del ataúd. Después de levantar la tapa, pudieron ver a los muertos encerrados en un bloque de hielo. Aplicaron agua caliente para descongelar los restos.

El cuerpo estaba increíblemente bien conservado, al igual que la ropa. John Torrington estaba muy enfermo en el momento de su muerte. Era extremadamente delgado, pesaba solo 38,5 kg. Sus manos estaban libres de callos y, como era fogonero, esto nos dice que no había podido trabajar durante bastante tiempo antes de su muerte.

La autopsia y el análisis posterior de las muestras tomadas revelaron que Torrington padecía tuberculosis. La causa de la muerte probablemente fue una neumonía. Las muestras de su cabello y uñas revelaron altos niveles de plomo, incluso más que los huesos de la isla King William, examinados previamente por Beattie.

Beattie y su equipo regresaron a Beechey Island en 1986 para exhumar a los marineros capaces John Hartnell (fallecido el 4 de enero de 1846) y William Braine (fallecido el 3 de abril de 1846). En ambos casos, la autopsia y el análisis posterior apuntaban a una neumonía, provocada por la tuberculosis, al igual que en el caso de John Torrington. No hubo signos de escorbuto. El nivel de plomo en el cabello y las uñas de Hartnell y Braine también era alto.

Beattie concluyó que el envenenamiento por plomo había contribuido significativamente a la muerte de los tres marineros, y probablemente también al catastrófico final de la expedición. Afirmó que la fuente del plomo en los marineros exhumados fue la soldadura de las latas que contenían alimentos enlatados.

La teoría del envenenamiento por plomo de Beattie es clara. Sin embargo, los exámenes posteriores de muestras y otros datos históricos plantean dudas al respecto, puesto que los niveles de plomo de los huesos de los miembros de la expedición de Franklin son, por ejemplo, similares a los de las muestras de un cementerio romano en Dorset, Inglaterra, es decir, reflejan un ambiente con alto contenido de plomo, no una intoxicación por plomo. Otras expediciones contemporáneas también se basaron en parte en alimentos enlatados, sin terminar en desastre.

En general, el uso de plomo en asociación con los alimentos y bebidas en el 19 º  y principios de los 20 º  siglo fue mucho mayor que la actual. Es poco probable que los altos niveles de plomo en los huesos se deban a la exposición durante la expedición. Refleja más bien una exposición de toda la vida.

Según los registros, menos del 15% de los suministros de alimentos eran alimentos enlatados. La expedición habría utilizado primero la comida fresca, por lo que era casi imposible que la comida de la expedición fuera la causa de los altos niveles de plomo en los huesos de los tres marineros. Un estudio posterior de la miniatura de John Hartnell, recopilado por el equipo de Beattie, sugiere que el alto nivel de plomo se corresponde con el alto nivel de zinc y cobre. Puede deberse a la liberación de estos metales almacenados en los huesos durante las últimas fases de la enfermedad. Los medicamentos administrados durante la última fase también podrían haber contribuido a los altos niveles encontrados.

Por el momento, la conclusión es que los niveles de plomo no son lo suficientemente altos como para haber jugado un papel importante en el desarrollo del desastre, pero pueden haber jugado un papel de apoyo. Al final, la principal razón del catastrófico fracaso de la expedición fue el duro clima en el Alto Ártico canadiense al final de la Pequeña Edad de Hielo. Franklin y sus hombres estaban tratando de abrirse paso a través del Pasaje del Noroeste ahogado por el hielo en el peor momento posible.

Después de años de estudios, los dos barcos Franklin fueron descubiertos recientemente, Erebus en 2014 y Terror en 2016. Ambos naufragios aparecieron en lugares sorprendentes, lejos de donde quedaron atrapados en el hielo en 1848. La información inuit jugó un papel crucial en el descubrimiento de los barcos fuera del perímetro original de la prospección frente a la costa noroeste de la isla King William. 

Los naufragios pueden contener evidencia importante que podría explicar lo que sucedió durante la fase final de la expedición. La ubicación geográfica de los restos del naufragio podría indicar que algunos miembros de la expedición regresaron a los barcos y navegaron hacia el sur, antes de que finalmente sucumbieran a las condiciones del Alto Ártico. Que esto pueda haber sucedido está respaldado por fuentes orales inuit.

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TRAVESIA DEL LAGO INARI (LAPONIA FINLANDESA) – CRÓNICA DE MARZO 2020

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El pasado mes de marzo (2020) organizamos un grupo para la travesía de Lago Inari con el auxilio de una empres española que tiene sede en Ivaro. Fue mi primer viaje como agencia a una travesía Ártica, todas las anteriores las había realizado en sistema de autosuficiencia y con un carácter más deportivo. Fue altamente de agradecer poder disfrutar de Laponia con una travesía más pausada, más pensada para disfrutar del paisaje, del escenario, de las tardes en las cabañas, de las horas pasadas en grupo, de la vida común pre y post jornada con esquís. Una experiencia que si todo va bien repetiremos este próximo invierno en e, parque del Lemmenjoki.

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El Lago Inari es un clásico de las travesías invernales con pulkas por Laponia. Es un lago de gran extensión situado muy al norte, lo que ayuda a que se den buenas condiciones y duraderas cada época invernal. Nosotros fuimos a principios de marzo, que ya sé por experiencia que es de la mejor época. El frio ya es no riguroso, el día se alarga y las condiciones de la nieve y el hielo suelen ser perfectas para esquiar o caminar, puesto que la fusión aún no ha empezado.

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El lago Inari (en finés: Inarijärvi); es el segundo lago de Finlandia y el sexto de Europa en extensión. Se encuentra situado en la parte septentrional de Laponia, al norte del Círculo polar ártico, a 118 metros sobre el nivel del mar. Su periodo de congelación se extiende normalmente desde el mes de noviembre hasta comienzos del de junio.

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Las islas más conocidas del total de más de 3.000 con las que cuenta el lago son Hautuumaasaari y Ukonkivi, histórico lugar sacrificial para los antiguos habitantes de la zona. Un lugar emblemático del Lago es la pequeña y puntiaguda isla de Ukko, lugar sagrado de los samis donde antaño se ofrecían sacrificios a los dioses. El lago cubre una superficie de 1,040.28 km². Desagua hacia el norte a través del río Paatsjoki, el cual vierte sus aguas al Varangerfjord, una bahía del Mar de Barents.

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El primer día fue de tránsito aéreo. Encuentro del grupo de Helsinki, ya que parte salimos desde Barcelona y el resto partieron de Madrid. El trayecto Helsinki Ivaro lo realizamos ya todos juntos. Llegada a Laponia que a nosotros se nos antoja como una enorme estampa navideña. Frio, nieve por doquier y la noche ártica. Encuentro en el hotel en la población de Inari y cena por las cercanías, en que ya cayeron las primeras jarras de cerveza lapona y unas buenas hamburguesas de reno.

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Al día siguiente sin más demora cada componente del grupo escogió el material que mejor se adaptaba a los respectivos tamaños, hicimos las compras de última hora y repartimos comida, enseres y equipo común. Antes de medio día ya estábamos caminando sobre las aguas heladas, partiendo del embarcadero deportivo de Veskoniemi. Esta primera jornada se nos presentó relativamente plácida, no demasiado larga y con una temperatura bastante agradable, sobre todo cuando uno estaba en marcha. Tarde de sol y buenos paisajes. Seguimos todo el rato una línea de pista de motos, lo que nos permite caminar sin esquís a un buen ritmo. Pasamos noche en la isla de Kaikunara en una confortable cabaña de madera.

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La segunda jornada fue similar a la anterior, si bien más larga al contar con un mayor número de horas efectivas para caminar. De nuevo el tiempo resultó ser plácido y tranquilo. Un día frio pero radiante, que animaba a realizar la marcha en grupo, despreocupada, charlando el uno con el otro de temas intrascendentes mientras caminábamos por un lugar completamente solitario y extraordinariamente bello. Continuamos por el trazado de la moto que es la travesía típica de Sur a Norte. Esta noche dormimos en las cabañas de Karppasari.

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El tercer día de travesía abandonamos la pista de las motos de nieve y realizamos nuestra “propia línea” empezando por tanto el tramo que ya implicara abrir zanja en la nieve un tanto profunda y caminar con la ayuda de los esquís. Para completar el cambio de registro en la travesía, también nos sorprendió un cambio de tiempo con niebla y a ratos fuerte nevada. En esta jornada nos internamos también en el corazón del Lago, justo en la zona que más lejos puedes estar de islas y orillas. Esta zona central del lago es conocida como el Liinasvuono. Algunos de los participantes notan que es su primera vez con esquís de fondo y durante las primeras horas reniegan cada vez que caen al suelo.

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Ricardo me muestra su preocupación en especial por Pino, que procede de Canarias donde poco puede practicar el esquí nórdico. “No sufras….” Le contesto “la conozco bien, es muy cabezona y aprende rápido, mañana irá la primera de todos, ya verás”… Dicho y hecho. Viva mi Pino!!!

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Una bonita sensación de infinito que facilitaba que nuestras mentes divagasen reproduciendo imágenes de lo que antaño fueron las antiguas exploraciones épicas de exploración. Por supuesto la diferencia es abismal, nada que ver… pero… uno caminando por estos lares, en medio de la niebla, con el frio y la sensación de estar en medio de la nada, tiene la mente más abierta para pensar en aquellos héroes irrepetibles”

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La tercera noche en el lago la pasamos en la isla de Kahkusaar. Nieva a intervalos durante toda la tarde y noche. A veces de manera suave, a veces de manera copiosa. Otras veces el cielo plomizo parece mantener un extraño equilibrio, como si las nubes contuviesen la respiración. Qué bonita es Laponia ¡!! Tanto cuando el cielo es brillante, como cuando la pertinaz niebla y nieve parece atenuar todos los contornos. Se respira silencio, naturaleza salvaje y dormida.

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Al día siguiente, el cuarto de nuestra aventura en el lago, seguimos aún bajo el mal tiempo. Nevada constante y copiosa, pero por suerte sin pizca de viento. Continuamos la travesía por la inmensa nada. Un poco cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. La nevada ayuda a este auto retiro casi impuesto, mientras uno camina observando de reojo los restantes miembros del grupo. Cada uno en su propio mundo y todos conectados por el hechizo del Gran Norte.

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Fin de etapa en Suovaari, donde disfrutamos de la protección de las bien acondicionadas cabañas, la estufa, el hogar. Una buena cena y cierta pesadumbre por las noticias que nos llegan de casa de la rápida evolución de la pandemia de Covid. En cuestión de pocos días veo como se van al traste los planos de viajes venideros y tras ellos casi un año de aplazamientos, anulaciones, confinamientos y dificultades.

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El quinto día de travesía llegamos hasta Pielpivuono. Este día empezó también con mal tiempo, pero a medida que han pasado las horas fue mejorando hasta quedar una noche esplendida que, por fin, nos deja ver las codiciadas auroras boreales. Estamos ya relativamente cerca del final de la travesía y volvemos a coincidir con pistas de moto. Dejamos atrás tres días de auténtica soledad en los que tuvimos de trazar nuestra propia huella, disfrutando de la falsa sensación de ser los únicos habitantes del infinito blanco.

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El último día enlaza Pielpivuono con la población de Inari donde encontramos el hotel en que pasamos la primera noche. De hecho llegamos esquiando a las puertas del mismo establecimiento que está a tocar de las aguas heladas del lago. Día ventoso y frio, pero con una visibilidad extraordinaria.

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Pasamos junto a la isla de Ukko, la isla sagrada de los samis, a la orilla de la cual Domingo, un buen amigo integrante de esta pequeña aventurilla, quiere dejar unos muñequitos de terracota que el mismo cuece en unas cuevas troglodíticas de su pueblo, morada también de leyendas y espíritus ancestrales.

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Pako, acompáñame, así me filmas mientras dejo los muñequitos y digo unas palabras de agradecimiento”… es curioso cuando nos quitamos los esquís y caminamos sobre el manto de nieve sobre tierra firme… nos hundimos hasta la cintura y a veces hasta el pecho. Domingo, con lo grandullón que es apenas sobresale la cabeza. Sus extensas barbas blancas ahora parecen tentáculos que caminan de manera extraña sobre la pesada nieve. Sonríe y se le ve feliz… “Papa Domingo”… le digo en broma “pobres muñequitos, se van a quedar tiesos de frio, con lo bien que estaban en tu tierra natal cocidos al siempre cálido sol andaluz

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Finalizamos la travesía con la incertidumbre de las noticias que han pasado de malas a peores. Ya es evidente que nos enfrentamos a una pandemia, a un confinamiento y a un episodio de la historia que ningún ser vivo había podido experimentar, un virus que se propaga a nivel mundial y que ha cambiado las rutinas de casi todo el planeta, al menos de los países más “desarrollados” que nos pensábamos que estábamos completamente inmunes a un trastorno biológico como este.

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Muy a pesar de todo, los buenos momentos pasados en la travesía ya no nos los quita nadie, y que mejor sitio hemos podido pasar a los días previos al cierre total de fronteras y la obligatoriedad de que nos quedemos encerrados en casa. Por suerte no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y nosotros ya estamos planificando la próxima travesía para el invierno del 2021 en que, seguro, hablaremos ya más del virus en pasado que del virus en presente.

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Travesia realizada en marzo del 2020 junto con Toni Rubinad, Francesc Molins, Pino Casanovas, Exposito Domingo, Oscar Gómez. Alberto Pérez, Yolanda Pinto, mi hijo Didac, y la compañía de los guias Javier Campos y Ricardo Polar.

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TRAVESIA INVERNAL DEL WEST ARM DEL GREAT SLAVE LAKE

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En marzo del 2017, dentro del proyecto The Last Ice (https://albertbosch.info/thelastice/), realizamos la primera de las tres travesías previstas en grandes lagos de cada uno de los continentes del hemisferio Norte. El Lago del Gran Esclavo, (Great Slave Lake), en los fríos Territorios del Noroeste de Canadá, fue la primera etapa de este bonito proyecto que aspira en poder concluir con el Polo Norte.

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Al proyecto deportivo le hemos incorporado una vertiente también de consciencia ambiental para poner sobre el tablero los efectos del cambio climático. De aquí el nombre genérico de nuestra aventura “The Last Ice”, los últimos hielos. Somos conscientes que con el calentamiento general del clima, cada vez las aguas heladas del planeta son más reducidas y menos estacionales, con lo que ello implica no solo a nivel global, sino también a nivel local para la gente y la fauna del lugar.

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La travesía la realizamos tres buenos amigos. Albert Bosch, Pepe Ivars y yo. Como equipo de filmación y soporte nos acompañaron Iñigo Chalezquer y Carolina Jara. Ellos nos despidieron a nuestra llegada a Gros Cap y nos esperaron a la llegada a Lutsel k’e.

FOTO IÑIGO CHALEZQUER

En un principio nuestra intención era hacer la ya clásica travesía Norte Sur, de Yellowknife y Fort Resolution, pero al final optamos con un itinerario más inédito y diferente a raíz de conocer a un taxista que pertenecía a la población indígena de Lutsel k’e y nos hablase de su pequeña localidad, la cual se considera el primer asentamiento humano que existió de manera permanente tras la primera migración humana de la pre historia que trajo a los asiáticos por el Estrecho de Bering.

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Es así como decidimos sobre la marcha finalizar la travesía en otro lugar y explorar el llamado “Brazo oriental del Lago” o East Arm. El problema es que el trayecto de Yellowknife a nuestro nuevo destino es bastante más largo que el plan inicial y nuestros días estan limitados, por lo que no nos quedó más remedio que volar al inicio del East Arm en avioneta, una atractiva alternativa que echó al traste nuestro presupuesto.

FOTO PAKO CRESTAS

Para mí fue mi primer aterrizaje en una superficie nevada que no formase parte de un aeropuerto. Ya había viajado en hidroavión, pero no en uno que aterrizaje sobre un lago helado. La operación de bajada es curiosa, primero hace un falso aterrizaje para aplanar la superficie, remonta levemente en vuelo, da un giro 360 grados y más tarde realiza el aterrizaje definitivo. Es esencial vigilar que la superficie de la nieve no oculte ninguna piedra o falso relieve helado, ya que las consecuencias serian terribles. Por suerte los pilotos de este tipo de trastos son especialistas en estos vuelos invernales y parecen tener un scanner especial para adivinar el mejor lugar de aterrizaje.

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Al llegar a la superficie helada montamos una especie de espectáculo tipycal latino. Albert se había dejado el aparato que nos servía para localizarnos, seguir el track y pedir socorro en caso de urgencia. Yo me dejé el arnés para arrastrar en trineo. Un verdadero desastre. Pepe, que con los años que lleva en Inglaterra es más británico que valenciano y ya estas cosas no le pasan, nos mira y asiente con la cabeza… vaya par (debería pensar). A grandes males, grandes remedios… a la antigua usanza, con mapa y orientación sin auxilio virtual. Yo me apaño con un trozo de cinturón de la avioneta y un aislante, haciendo una apaño casero que me permite unir la cintura a la pulka.

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Empezamos ya a medio día a caminar, a buen ritmo. Hace un día frio pero excelente. Nada de viento, ni nubes, ni niebla. Perfecta visibilidad y armonía. Este primer día salimos de Gros Cap y pasamos por el denominado Hearne Channel entre Caribou Islands y Campbiel Bay, lugar en el que acampamos.

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Los días siguientes, con largas jornadas en que mis compañeros, que tienen mejor fondo que yo (putos runners) acostumbran a ser unos puntitos minúsculos en la infinidad, avanzamos con buen ritmo y llegamos a la noche del tercer día a la Etthen Island, lugar en el cual se encuentra la única cabaña y vestigio humano en los 210 Km se separan Yellowknife de Lutsel k’e. Esta tercera noche, con el buen fuego y el buen funcionamiento de la estufa, nos olvidamos del gélido interior de la tienda de campaña. Es todo un reconfortante regalo. Esta sucia cabaña nos parece ahora mejor que una suite de un hotel de lujo. Unas increíbles auroras boreales nos hacen sentir aún más afortunados de poder vivir estos mágicos momentos. Compartir unas buenas jornadas con buenos amigos en un entorno sumamente salvaje y remoto del planeta.

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Al día siguiente sale el único día malo que tuvimos con lo que se refiere al tiempo. El viento pronto vino acompañado de una espesa y desagradable niebla. Miles de diminutos copos de nieve eran arrastrados por el vendaval y se clavaban como agujas en la mínima superficie de la cara que quedase mínimamente al descubierto.

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Esta jornada tuve un momento un poco crítico, cuando perdí a mis compañeros de vista y no sabía si seguía el trazo correcto. Fueron momento de incertidumbre. Me puse un plazo máximo de tiempo que era el límite entre seguir y dar media vuelta a la cabaña. Yo no llevaba en mi pulka ni la cocina ni la tienda, solo combustible. Si no encontraba a mis compañeros no podría pasar la noche a la intemperie con ese tiempo y sin posibilidad de fundir nieve ni resguardarme. Por suerte los encontré bastante rato más tarde. Me estaban esperando medio congelados. Yo les advertí de lo delicada que era la situación si nos dispersábamos con la falta de visibilidad no procurasen mantener unas distancias más cortas. “Hoy tenemos que estar en modo cordada alpina, no en modo runner” les recriminé. Yo creo que mis compañeros estaban ya tan entumecidos por el frío que no tenían ganas de discutir, solo de ponerse en marcha lo antes posible.

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Por suerte al poco el tiempo cambio y quedó una tarde fría pero fantástica. Superamos alguna cresta de presión, donde aprovechamos para fotografiarnos y filmarnos con calma, disfrutando de la tranquila tarde, y nos acercamos al estrecho situado al sur de Redcliff Island.

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Al día siguiente nos llegamos relativamente cerca de nuestro punto final, sin llegar al mismo por unos 10 Km. Ese día nos vinieron a filmar Carolina e Iñigo. Estábamos contentos y relajados. Disfrutando de nuestro cercano objetico y dejando atrás las dudas que sin duda nos embargaron al aterrizar sin el track ni el auxilio de la navegación satélite.

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El último día por la mañana tuvimos unos de esos momentos “íntimos” que nos regalan las travesías árticas sobre superficies completamente planas donde no tienes lugar para resguardarte. Los tres tuvimos un apretón simultáneo y acordamos triangularnos y cada uno ir a cagar a un punto diferente teniendo la tienda como “mampara” comunitaria que nos evitase el triste espectáculo de contemplarnos mutuamente en modo “caganer”.

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La llegada a Lutsel k’e la realizamos al medio día. Por desgracia no pudimos celebrar el final de la travesía con una buena cerveza o unos vinitos, ya que el alcohol, por decisión propia de los propios indígenas del lugar, está terminantemente prohibido. El hecho viene de que el alcoholismo fue una gran fuente de problemas hace unas dos décadas, que hasta amenazó con una baja significativa de la natalidad, lo que convenció a los lugareños para renunciar de manera definitiva y obligatoria a toda bebida alcohólica. No es un tema religioso, aquí es un tema pragmático.

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Volvemos a Yellowknife con avioneta, esta ya perteneciente a un vuelo regular. En la capital hacemos un poco de turismo (el castillo de nieve que hacen cada año a orillas de lago es increíble) y disfrutamos ya sin más de unas buenas cervezas y de las gigantescas hamburguesas del lugar. Carne de caribú… buenísima.

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Finalizó así esta bonita y solitaria travesía El hielo era excelente, así como el tiempo. Las temperaturas fueron más altas de que tendrían que haber sido para las fechas. Con temperaturas de -5 a -20 cuando años antes hubiesen podido ser sin problemas de -30 o -40 … ya veremos de aquí dos décadas por donde rondarán la temperaturas invernales y si sigue menguando el plazo de tiempo en que la superficie del lago está helada … hasta entonces será posible repetir esta larga travesía de nuestro equipo “Last Ice”

Agradecimiento a nuestros patrocinadores: Ternua y Nigor Tents.

Autor: PAKO CRESTAS

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Autor PAKO CRESTAS. No se permite la reproducción total o parcial del presente reportaje sin el consentimiento expreso y escrito del autor.

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Archivado bajo AMERICA DEL NORTE, ARTICO

ARCHIPIELAGO BÁLTICO: CAMINANDO SOBRE EL MAR DE HIELO

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caleidoscopi 1182Un año más tarde de la travesía parcial del Lago Torneträsk, el gusanillo de realizar otra travesía ártica de mayor envergadura se instala en mi interior. Hijos de la sociedad del eterno descontento, de la necesidad galopante de nuevas experiencias, deseaba atravesar otro lago pero en un lugar mucho más remoto, como podían ser los territorios de gran norte de Canadá.

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Carles Gel me llama un buen día y me vuelve a hablar de Escandinavia. Le respondo que prefiero algo más solitario, más lejano, de mayor envergadura, y entonces me sale con la propuesta de atravesar el Mar Báltico. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si era el plan desterrado del año anterior!. No dudé en decirle que si, que me interesaba, pero condicionado a que el grupo fuese más numeroso. Carles me comenta que últimamente estaba teniendo contacto con la reconocida himalayista gallega Chus Lago, la primera española que ascendió a la cumbre del Everest sin utilizar oxigeno, pero que fue descartada del selector clan de los “puros ascensionistas” al utilizar el citado oxigeno embotellado durante el descenso. Etiquetas a parte, no hay duda de que Chus debe ser una mujer extraordinariamente fuerte y ambiciosa, y que recientemente se estaba planteando iniciarse en las grandes travesias polares.

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Por mi parte contacto con un viejo conocido con el que tuve la suerte de escalar bonitas cascadas en Alaska, Xavi de Viala. Ya para entonces, cuando tomábamos pintas de cerveza irlandesa tras las escaladas, nos dejábamos embaucar por la magia de el mapa de Alaska, y soñábamos y voz alta con próximos destinos en la última frontera, una de las ideas que nos emocionaba a ambos era la posibilidad de atravesar el estrecho de Bering en invierno. Dentro del prisma de la inexperiencia más absoluta, los dos coincidamos en que un buen proyecto de futuro, — desmarcándose de la obsesión por la vertical que siempre tenemos los escaladores –, radicaba en realizar travesías horizontales de varios días por un marco infinito.

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Al final, por cuestiones de organización, no coincidimos el grupo de cuatro, ni en fechas y en el destino. Chus y Carles salen antes y vuelven justo el día en que nosotros llegamos a Laponia y han optado de por probar suerte en el Lago Torneträsk. Xavi y yo nos centramos con ilusión casi infantil en nuestro plan. La falta de experiencia la contrarrestamos con la siempre arrogante mentalidad del alpinista: si eres capaz de salir airoso de una pared norte en medio de una tormenta, puedes hacer lo que te plazca en terreno en el cual no corras riego constante de despeñarte. Xavi asume las tareas de conseguir el billetes avión y el apoyo tecnológico (GPS, cargador de baterías a manivela, etc …), yo me encargo más conseguir el equipo y la logística auxiliar de inicio y final de la travesía. Cuestión hartamente facilitada por el siempre atento Love, el guia local que conocí el año anterior en mi primera visita a Suecia. Ambos soñamos con perder la costa de vista y llegar a la diminuta isla de Malören, situada más allá del extrarradio del archipiélago. Lugar de inflexión en el que la ruta cambia de orientación para volverse a dirigir hacia la costa finlandesa. Un punto en la inmensidad. Un escueto trozo de tierra en medio de mar blanco. Cuatro árboles de ramas desnudas, una pequeña iglesia, nadie habitando; un trozo de color humano completamente congelado y abandonado en el gran invierno ártico.

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En el fondo, el hecho de quedarnos los dos solos ante la travesía nos da alas, ya no estaremos bajo el supuesto amparo del “hermanito mayor” con mayor experiencia ni bajo el protagonismo inevitable de una “estrella ochomilista” que brilla con luz propia. Seremos dos alpinistas, de profesiones yuppies, padres de familia y con una buena forma física, solos ante nuestro viaje iniciático por el blanco mar. La afinidad es básica en cualquier tipo de aventura y está claro que son muchos los ingredientes comunes de nuestra “química” individual.  Soñamos con realizar la denominada travesía del archipiélago Botnico, entre Lulea y Tornio, en la zona del mar no afectada por los canales abiertos por los rompehielos.

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Al llegar a Lulea nos recibe Love con todas las atenciones de un amigo y de un excelente profesional. Nos explica que nos ha hecho reserva en un buen hotel de Lulea, que la capital de la región de Norrbotten, a pesar de sus apenas 30.000 habitantes, tiene una buena red de hostelería, ya que cada vez son más los congresos internacionales de política y economía que se realizan, de manera bastante secreta, en lugares remotos como éste, con tal de huir de los grupos y manifestaciones antiglobalización. Aprovechamos las últimas luces de la tarde que se termina para tener un primer contacto con el mar, conducimos justo hasta el punto donde empieza la travesía y nos adentramos en el mar helado por una especie de carretera transitable que se prepara cada invierno para unir la punta de Hertsöskafan con la cercana isla de Langon. Resulta extraño estar dentro de un furgoneta de considerable peso transitando sobre un mar helado, detener el vehículo y caminar sobre el hielo. Esta “carretera” que se condiciona anualmente en estas fechas del año, tan solo se abre al tránsito motorizado cuando el espesor del hielo es mayor a los 40 centímetros.

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— Más lejos de la costa de Lulea los espesores de hielo acostumbran a ser más exiguos, y hasta hace cuestión de dos semanas aún habían canales abiertas entre ciertas islas – nos comenta Love – pero ahora no creo que tengais problemas, siempre y cuando descarteis ir a Malören, para llegar allí hay mucha zona de hielo erizado y bastantes posibilidades de encontrar canales abiertos, este no ha sido un buen año para el hielo.

Love nos desalienta a que salgamos de la relativa tranquilidad del interior del archipiélago y nos marca la ruta clásica en el GPS, dándonos los consejos de última hora.

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Al día siguiente, primera jornada de la travesía, nos sorprende una mañana primaveral con un temperatura ambiente que sobrepasa los 0* C, bajo un cielo radiante y ni una brizna de viento. ¿Que más se le puede pedir a un inicio de travesía?. Poco a poco se impone lo que será la línea habitual en los próximos días. Xavi acostumbra a adelantarse cuando el terreno es llano y sin accidentes, dada su mejor técnica en esquí de fondo y su envidiable forma física. El silencio, la distancia, el esfuerzo liviano pero constante, son las compañías típicas de aquel que se adentra en el mar helado. Entre las primeras islas aún sentimos el lejano transito rodado de la carretera helada, pero al situarnos entre Hindersön y Lappön la soledad se vuelve absoluta. Pequeñas agrupaciones de casas vacías, cerradas a cal y canto, salpican la costa. Desde que hemos dejado atrás los pocos vehículos que circulaban sobre el horizonte helado, ya no hemos visto ni un alma. Tampoco seguimos pistas de motonieve. Por fin me siento dentro del ambiente agreste que no supe encontrar el año anterior en el Torneträsk. Cerca de Lappön abandonamos el trazado que nos marcó Love en el GPS y nos dirigimos a mar abierto. En realidad, y a pesar de los sabios consejos de nuestro  amigo lapón, ninguno de los dos ha descartado por un momento la idea de ir a Malören. Nos vanagloriamos de nuestro espíritu aventurero, ¿Cómo van a arrugarse dos alpinistas ante el mar erizado y la posibilidad de encontrar canales abiertos? No descartamos renunciar al proyecto inicial y somos conscientes de que la inexperiencia siempre es un doble factor en contra, al aumentar los momentos de duda y los posibles riesgos gratuitos; pero si alguien debe decidir un cambio de planes seremos nosotros mismos sobre la marcha, cuando por común acuerdo consideremos que el camino a seguir debe ser el de la cautela versus el de la arrogancia.

caleidoscopi 1183

Al salir de la protección de la bahía de Björkön, en la isla de Hindersön, nos encontramos por primera vez con el temido mar erizado del que tanto nos había hablado Love. La superficie de mar deja de ser llana como un espejo para convertirse en un caos de bloques de hielo completamente compactado. La pulka se mueve con dificultad entre tantas y baches. Rápidamente nos percatamos de lo fácil que resulta volcar el trineo de estas situaciones y lo penoso y lento en que se transforma el avance sobre el mar. Cuando el sol ya friega el horizonte llegamos a la pequeña isla de Lagören, lugar en el que pasaremos la primera noche. Un árbol solitario corona esta pequeña mancha de tierra nevada en medio del blanco mar. Parece el planeta del cuento del principito. En las relativas cercanías divisamos las islas gemelas de Lila Hindersörahun y Stora Hindersöharun, lugar al que pretendíamos llegar en la jornada de hoy; plan que se ha ido al traste tan pronto como topamos con la superficie erizada. La perspectiva que tenemos ante nuestros ojos es desalentadora, tardaríamos horas en atravesar el caos que parece no tener fin. Sin apenas afligirnos coincidimos en que Malören queda fuera de nuestro trayecto y que al día siguiente nos encaminaremos hacia el trazado que tan sabiamente nos habia indicado Love. Ahora disfrutamos de la temperatura relativamente suave (- 5* C) y de la primera noche ártica en medio del mar.

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Esta vez la tienda es ancha y con un buen ábside que permite cocinar sin problemas. ¡De algo debe servir la experiencia del año anterior en el lago Torneträsk!. Comentamos los acontecimientos de la jornada pasada y programamos la siguiente. Es curioso como la descripción de los momentos vividos tras un dia de travesía a pie por lugares inhóspitos, tiene bastantes similitud a la tertulia que acostumbran a tener dos escaladores tras completar un buen día de escalada.

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El crespusculo ártico desprende unas connotaciones mágicas indescriptibles. Millones de estrellas cuelgan en el firmamento y parecen estar tan congeladas como el aire que respiras. Ni una brizna de aire, ningún olor que estimule el olfato, ni una luz, ni un sonido. Espero, en vano, ver una aurora boreal. Disfruto de la soledad, del aire frio en la nariz y del pecho caliente bajo las diversas capas de ropa. Dejo que el tiempo se diluya antes de meterme en la tienda, donde mi compañero continúa acomodando el espacio en el que dormirá. No hay prisa. Apenas son la seis pasadas de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente no saldremos de la crisálida de plumas del saco de dormir.

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El segundo día cruzamos tramos de caos de bloques de hielo. Estas formaciones, — tan incómodas para el avance a pie acarreando las pulkas –, se forman a consecuencia del choque de las placas de hielo flotantes que van a la deriva antes de solidificarse definitivamente. El terreno está completamente triturado y constantemente debemos vigilar que los trineos no vuelquen, notando las trabadas y los empujones repentinos en el baudrier que une las pulkas a nuestra cintura. Avanzamos con pieles de foca y, a diferencia del dia anterior, me permito ir yo delante y marcar el ritmo de la marcha. La jornada pasa sin más contratiempos. No vemos a nadie, ni tan solo escuchamos el ruido lejano de alguna motonieve o actividad alguna en las esporádicas cabañas que muy de tanto en tanto salpican las solitarias riberas de las islas. Vadeamos al lado de islas de nombres impronunciables: Stor-Furüon, Lill-Furuön, Baton, y dormimos en la orilla este de la diminuta Stora Batöklippan. Siempre buscamos esta orientación al acampar, para ser visitados por los primeros rayos de sol cuando el astro rey despunta. De nuevo disfrutamos de las últimas luces de la tarde ártica y de una puesta de sol estilo “Derzu Usala” (*4). La temperatura a descendido gradualmente y esta segunda noche se sitúa por debajo de los – 10 * C.

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Tercer día: Volvemos a encontrar un firme de hielo llano que nos permite un avance más rápido sin el auxilio de las pieles de foca. A media jornada distinguimos en la lejanía el humo de unas chimeneas. Recuerdo de las palabras de Carles: Tornio no tiene perdida, dos días antes de llegar ya podreis ver el humo de sus fábricas. ¿Serán esas fabricas Tornio? Una falsa alegria nos envarga, pero la realidad es que la localización de la población no acaba de concordar con los mapas. Otra larga jornada sin ver a nadie, sin cruzar ninguna pista de motonieve, disfrutando de la soledad más absoluta. Cerca de las islas de Likskärs naturreservat divisamos un rebaño de renos que emprenden la veloz huida al descubrirnos, intrusos pasajeros de su mundo. Pasamos la tercera noche en pequeña isla perdida en medio del mar, entre Hastaskäret y Fagelskyddsomrade. De tan pequeña que es no tiene ni nombre. Dormimos en el margen de la rotura del rompeolas entre el agua y esta pequeña porcion de tierra perdida. Una grieta transversal marca la unión de las placas de hielo. Al otro lado de la isla petrificada unos charcos cristalinos dan la falsa aparicienda de tener agua líquida. La temperatura exterior alcanza casi los – 20 *C. Noche que pasa, noche que resulta ser más glaciar. El tiempo, no obstante, continúa siendo inmejorable: sin nubes y sin viento.  Acampamos sobre el mar helado y  durante la larga noche escuchamos el ronquido apagado y lejano de las corrientes situadas bajo el manto de hielo. De buena mañana nos levantamos con el estruendo repentino de la rotura de la placa sobre la que dormimos. Es un ruido seco, una explosión, que la oímos justo bajo nuestros cuerpos. Salimos rápidamente de nuestros sacos, sin poder disimular el susto recibido. No obstante la serenidad se impone. Revisamos la placa y no vemos ninguna grieta que intuya peligro alguno. El desayuno, más frío que los anteriores, nos sirve para templar los nervios. Por si acaso nos refugiamos en la seguridad de la tierra firme de esta ínfima isla perdida en el blanco infinito.

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La primera mitad de la cuarta jornada sigue la tónica del inicio de la misma. El hielo es más fino que los días anteriores. Se transparenta y bajo la capa cristalina se puede ver el oscuro color de las aguas. Multitud de finas grietas quiebran el firme. Están por doquier y no nos queda más remedio que cruzarlas. De tanto en tanto una nueva explosión del hielo nos hace estar en alerta. Pecamos de inexperiencia y rápidamente preferimos la seguridad de la costa, acercándonos a las islas de Stenen i Ytterstlandet. Xavi siempre camina a cierta distancia delante de mí. En estas circunstancias no sabes si la cercanía resulta ser más segura que la lejanía. Por un lado el hecho de que circulemos alejados repercute en que la presión sobre el hielo sea menor, por otro lado, pronto la distancia es lo suficientemente importante como para que no me oiga si grito, por lo que difícilmente podrá auxiliarme el compañero caso de que se rompa la capa de hielo y me sumerja en las frías aguas del báltico. En un momento preciso me detengo para ajustarme el calzado. Cruzo un pequeña grieta y continúo unos cinco metros antes de detenerme definitivamente para evitar estar demasiado cerca de la cicatriz. Al determe, me descalzo los esquís y camino hacia la pulka para sentarme sobre ella. Al sentarme observo que bajo el trineo hay otra grieta alargada. Me recrimino en silencio no haber sido lo suficientemente observador y que esta grieta se me haya pasado por alto antes de detenerme. No obstante no le doy mayor importancia, me quito la bota, me coloco mejor el calcetín y vuelvo a calzarme.

File3669

Al volver a los esquís observo una nueva grieta transversal situada justo en medio de las dos tablas. Ahora si que no tengo ninguna duda de que esta grieta ha aparecido en el momento de la pausa, al igual que la grieta descubierta bajo el trineo. Observo  a mi compañero. Continúa caminando sin parar ajeno a mis maniobras. Es un punto en la infinidad. Cada uno hoy camina sumido en sus propios miedos. Hacia las doce del mediodía, hora en la que acostumbramos a parar a picar algo de comida y a tomar bebida caliente, nos convencemos de que las chimeneas humeantes que habíamos observado desde el día anterior no son Tornio. Se trata de Passkeri, otra población con una manufactura de tratamiento de madera y de construcción de papel. Hoy la jornada es dura, durísima, a la tensión de la mañana le sigue unas maratonianas horas por la tarde que finalizan con más de 30 quilómetros de marcha sobre el hielo. A cada día que pasa mayor es la distancia recorrida. Mejoramos el ritmo y abreviamos las pausas.

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Las islas se diluyen en la lejanía formando una finísima capa fruto de la alineación de las copas de los árboles. Ningún islote presenta la más mínima elevación en forma de pequeña colina. Siempre es la línea arbórea la zona más alta de las distanciadas manchas de tierra que surgen del blanco mar. A consecuencia de la lentitud de la marcha, apenas es perceptible nuestro acercamiento o alejamiento de cada una de estas solitarias islas. La sensación siempre es la misma: Caminas y caminas y, cuando vuelves la vista atrás, contemplas la isla que recientemente has abandonado y que parece estar a un tiro de piedra. Frente a ti la extrafina línea de la siguiente isla, una raya marrón en medio de la inmensidad, de la que aún no pueden distinguirse con claridad la silueta de los árboles. Al rato, tras casi 30 minutos de constante caminar, otra ojeada a la última isla abandonada nos servirá para descubrir que se reduce a otra extraplana línea marrón, aunque aún se perciben las coronas de los árboles. Miras en frente y te resulta difícil calcular cual de las dos islas está más cerca, la que dejaste atrás o la que te acercan tus pasos. 15 minutos más tarde la que fue una irrisoria raya en el infinito blanco, se ha convertido en un lejano bosque cuyos árboles puedes distinguir con claridad. Parece cerca, pero la experiencia te enseña que aún tendrás que caminar un cuarto de hora más para flanquear cerca de las orillas. Miras hacia atrás, ahora ya no hay duda, la distancia que te separa de la última isla que bordeaste es mucho mayor que la distancia que te separa de tu próximo destino. Al rato esquías cerca de la orilla de la isla que, en el transcurso de tu última hora, se convirtió en la cumbre de Sísifo. No la alcanzarás, no la pisarás, pasarás a su lado, como si evitases alterar la magia helada que transmiten los silenciosos árboles sin hojas. Tras esta falsa meta descubres una nueva línea casi invisible que vuelve a romper la monotonía blanca del infinito. Hay está. Te engañaste para hacer llevadera la marcha, pensando que la meta que seguías era la verdadera, cuando en el fondo nadie te podía ocultar que tan solo era un hito en el camino. En frente tienes la nueva meta, también falsa, pero nueva … Solo así logras hacer las distancias humanas, y de lo humano la ilusión. Al final de la jornada, ya cansado, y mientras el sol poniente tiñe todo el congelado mar de tonos rosáceos, te sabrá mal finalizar el absurdo juego y no seguir caminando un poco más …  a sabiendas de que la noche acecha y que en medio de ella la travesía pierde significado. Porque el blanco infinito con manchas marrones se convertirá en el negro más absoluto, adornado por una cúpula con millones de estrellas, lejanas y frías, como el aire que parece querer congelarte el interior de las fosas nasales. Aprovecharás la larga noche para descansar, para reponer fuerzas, y antes de hundirte en el calor del saco de plumas intentarás, en balde, esperar la llegada de la aurora boreal, que es esta tercera incursión al ártico también se niega a cultivar tus ansiosos ojos.

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Pasamos cerca de las islas de Vibbygrundet, Halsön y Björn y a las últimas horas de la tarde, con el sol que ya se ha escondido tras el horizonte, llegamos a la población de Seskarö, siendo el primer lugar habitado que visitamos desde el inicio de la travesía. Haciendo alarde de la hospitalidad de la gente del lugar dormimos en una casa particular. Nuestro anfitrión resulta ser familiar de la famosa actriz Greta Garbo y nos comenta que en esta pequeña isla del Báltico está enterrada la famosa actriz de cine, la “mujer fatal” más célebre de cuando el celuloide tan solo gravaba en blanco y negro. Nosotros agradecemos enormemente el podernos refugiar dentro del calor del hogar. Fuera la temperatura desciende a más de – 25 * C y de tanto frío hasta se nos ha congelado hasta la fijación de esquís. No nos los podemos quitar hasta que el calor del interior de la casa deshace el hielo que une la bota a la fijación. Seskarö es otra pequeña población con una fábrica maderera, con sus feas y pestilentes chimeneas que extraen humos las veinticuatro horas del día. Es el típico lugar en el que nunca pasa nada y el hecho de que dos “ibéricos” lleguen y marchen a través del mar, arrastrando sus pulkas, se convierte en el evento de la semana. Poco más tarde nos enteramos de que las fotos que tomo  nuestro anfitrión sirvieron para apuntes de prensa de diarios locales, tanto suecos como finlandeses.

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Empezamos la última jornada con la idea clara de llegar hoy a nuestro destino final, por mucho que la distancia que nos queda para alcanzar nuestro objetivo es superior a cualquier de las distancias recorridas durante los días anteriores. Contamos con la ventaja de haber dormido y descansado mejor que nunca y de habernos puesto en marcha una hora antes que las jornadas precedentes. El ritmo es vivo y rápido, como el frío que penetra por cualquier hueco un poco abierto de nuestro vestuario. La temperatura es bajísima, y un ligero viento acrecienta la desagradable sensación de frialdad. Por la mañana Xavi vuelve a ser un punto en la lejanía, y más tarde nos justamos para caminar los últimos quilómetros juntos.

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La llegada a Finlandia resulta desalentadora. Tomamos tierra firme  en el polígono industrial de Royttä. Al sur de Tornio. Unas espesas nubes de vapor de agua, que no ganan altura por culpa de la gélida temperatura ambiente, sirven de telón de fondo a este conjunto de horribles construcciones. En primera fila de la orilla del mar vemos un pequeño poblado, en cuyas ventanas se reflejan los rayos de un sol cada vez más cercano al horizonte y más marquito en su falso calor. Creemos que en la población encontraremos algún lugar para dormir, algún café, alguna parada de autobús. La realidad es otra bien distinta. Todas las casas de la población están cerradas de manera hermética, ni un alma habita sus interiores. Es un pueblo fantasma. La máquina quitanieves ha limpiado las calles hasta las proximidades de las puertas, pero desde donde finaliza el trazado del quitanieves a las entradas de madera, ninguna huella humana deja entrever que últimamente nadie ha pisado estos lares. Tenemos la sensación de ser los últimos habitantes del planeta tras un holocausto nuclear. El sol se está poniendo tras la línea del oeste. La temperatura es bajísima, debe rondar ya los – 30* C. Continuamos caminando en medio de las grises fábricas. Algunas de ellas tienen chimeneas humeantes y maquinaria pesada que produce un ruido estridente. Hasta alguna luz interna ilumina sospechosas estancias cerradas. No hay nadie. Entramos donde podemos y gritamos. Hay alguien? Como respuesta el ruido incesante y constante de las máquinas. Habrán tomado los robots el control del mundo? Caminamos y caminamos hacia el extremo sur de la costa, hasta llegar al puerto. Si hay alguien debe estar allá. El frío es penetrante. Xavi dejó el plumón en las pulkas, las cuales medio escondimos tras cruzar orilla de costa. Mi compañero camina enérgicamente, sabe que el frío que le atenaza se cebará con el tan pronto como cese la marcha. Poco a poco nos plateamos que esta última noche, la más fría, la tendremos que pasar en este lugar tan terrible. – Es el lugar más feo y frío que he visto en mi vida -. Por fin, en el puerto, encontramos una oficina atestada de trabajadores de las fábricas que esperan, — con la compañía de cafés y la comida de sus respectivas fiambreras –, que llegue el cambio de turno. Fin de trayecto. Pronto vendrá un taxi y de aquí 30 minutos estaremos en la comodidad de uno de los hoteles de Tornio. Una vez duchados, cambiados de ropa y con una espumeante cerveza entre las manos, celebramos nuestra primera travesía ártica. Por fin, tras varios años de pequeñas expediciones frustradas, tengo la jubilosa sensación de volver a casa con el objetivo inicial cumplido. Creo que desde mi viaje a Kirguizistán, cuatro años antes, no había vuelto a tener esta agradable y dulce sensación de victoria.

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Durante la jornada siguiente nieva y nieva sin cesar y una niebla baja esconde todos los contornos. Deambulamos por Tornio antes de tomar el autobús a Lulea. Nos jartamos de nuestra buena suerte (¡Por fin!). Empezamos la travesía cuando el tiempo mejoraba tras un periodo de inestabilidad y ahora, al finalizar, vuelve a estar el ambiente nevoso y desapacible. Un día como hoy, en medio del mar, debe ser sumamente desagradable y te obliga a navegar constantemente con el auxilio del GPS; pero todo esto, quizás, será nuestro pan en una próxima ocasión, en una futura travesía por otro horizonte blanco. Dentro de la comodidad del autobús, viendo la nevada a través de los cristales de las ventanas, y embriagados por nuestra travesía de más de 100 quilómetros en cinco días, dejamos galopar la imaginación: El Lago Ladoga, un tramo de mar al norte de Siberia, la Bahia de Hudson, el estrecho de Bering … algún polo.

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TORNETRÄSK, VIAJE INICIÁTICO A LAS TRAVESIAS ÁRTICAS

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Cuando logramos coincidir en fechas determinamos nuestro destino final entre varias alternativas: El Lago de Torneträsk, situado en la Laponia Sueca, la zona conocida como Nordland. Carles apunta alto: podemos completar la travesía de Lago con la travesía del Mar Báltico. La agenda está apretada, pero es posible …Yo le dejo hacer y deshacer planes. Juego con la desventaja y la comodidad de ser el inexperto.

Los preparativos previos al viaje conllevan la compra de material (esquís y calzado técnico especializado para este tipo de travesías) así como los consejos de última hora del Carles, los cuales pueden resultar de vital importancia para todo aquel que desee realizar una travesía de este tipo:

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– Cómprate una cocina de gasolina. Las de gas-propano no funcionan correctamente en el ártico, quizás sea a consecuencia de las bajas temperaturas o de la sequedad del aire, pero lo que es seguro es que solo funcionan bien las de gasolina. Es imprescindible llevar dos cocinas, uno cada uno. Estas cocinas son muy delicadas y si se ensucian mínimamente dejan de funcionar; yo llevé dos el año pasado cuando atravesé el Báltico en solitario, y fue un acierto, porque una de ellas me dio problemas desde el primer día.

– Llévate una muda para cambiarte cada noche antes de meterte dentro del saco y volvértela a sacar antes de emprender la actividad al día siguiente. Si no en dos días te reconocerá cualquier bicho viviente a dos kilómetros de distancia de la peste que harás.

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– Ya he conseguido los puñales de hielo. Parece una tontería pero son la mejor herramienta para poder salir del agua en caso de que se fracture el hielo bajo tus pies.

– Ah, y prepárate colega … la semana pasada llegaron a – 47* C en las orillas del Báltico. En el interior puede ser que exista una diferencia de 5 a 10 grados menos.

El día de salida nos llevamos una desagradable sorpresa: nieva suavemente en Barcelona. A duras penas cuaja en las zonas con hierba o tierra, las pistas de aterrizaje y las pistas de despegue se mantienen húmedas pero sin hielo. No obstante la gestora del aeropuerto nos demuestra, una vez más, que estamos en un aeropuerto provincial y que, en ciertas ocasiones, nuestras infraestructuras no distan mucho de las maneras de hacer del tercer mundo. Sin previo aviso cancelan todos los vuelos que tienen que salir por la mañana. Pasamos un día horrible entre colas, dando vueltas y maldiciendo la falta de información y de organización del maldito aeropuerto. Un día más tarde podemos salir. Por suerte la nieve en Barcelona siempre es muy testimonial. Al llegar a Kiruna aterrizamos en una pista completamente blanca y a una temperatura de – 25 * C. sin ningún tipo de problemas o demora con el horario establecido. Si hasta ahora siempre me había sorprendido el cambio de escenario al ir de mi país a otro menos desarrollado, ahora la sensación es profundamente inversa. Al llegar a Suecia creo tener la sensación que debe tener cualquier subsahariano al llegar, por primera vez, a Catalunya tras abandonar su país de origen.

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Suecia es un país puntero en el prototipo de la sociedad de bienestar. Durante muchos años se ha considerado, junto con sus vecinos escandinavos Noruega y Dinamarca, el ejemplo a seguir para colmar las perspectivas de mejorar nuestra propia calidad social. No obstante el tiempo está pasando factura por el sobreesfuerzo fiscal que esta sociedad representa para todo aquel que trabaja y tributa, por lo que ciertos expertos apuntan que se ha encontrado el talón de Aquiles de una sociedad que se creía camino a la “perfección social”, y ahora se tiende a tomar como ejemplo otros países donde las libertades sociales están más avanzadas y la mentalidad de los habitantes más rica y abierta, como sería Holanda. Sea como sea, mi país de origen (Catalunya) y el estado que me han impuesto (España), aún está a años luz del bienestar social sueco (sobretodo en Catalunya por el desequilibrio fiscal) y de la mentalidad libertaria y avanzada de Holanda (sobretodo en lo que respecta a la España profunda, eclesiástica y tavernícola de derechas).

A consecuencia del cambio de fecha de llegada por las anulaciones del tránsito aéreo, sufrimos un malentendido con el transporte del material que hemos alquilado en Laponia (Pulkas, puñales y bidones llenos de gasolina), y perdemos una jornada más. Esta segunda pérdida nos obliga, de manera definitiva, a replantear nuestro proyecto y a escoger entre una de las dos travesías programadas. Al final optamos por el proyecto inicial: Torneträsk. Al fin y al cabo estamos en Kiruna, a pocos kilómetros del inicio del recorrido.

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Kiruna es la capital de la Laponia Sueca. Es un lugar inhóspito que tiene fama de ser terriblemente frío hasta para los propios suecos del sur. – Kiruna, que frío! – me había comentado una amiga sueca cuando le anuncié que visitaba su tierra de origen. ¿Has estado alguna vez allí? Le pregunté. No, pero todos los suecos sabemos que Kiruna y el Nordland es una tierra mucho más fría que el resto del país. La riqueza y prosperidad de Kiruna se han debido, en gran medida, a las minas de extracción de hierro situadas en las cercanías de la ciudad. El material extraído circula por vía férrea hasta la costa noruega de Narvik, desde donde tiene su salida al mar. Es tan accidentado el litoral escandinavo que el mar continua siendo, y será durante mucho tiempo, la mejor alternativa de transporte respecto al transito terrestre. La posesión del hierro de las minas fue la causa principal de una de las desgraciadamente célebres batallas navales de la segunda guerra mundial. Alemanes e ingleses lucharon aferrizadamente en el año 1.940 y el triunfo nazi hizo que la extracción minera fuese explotada por los germanos hasta la caída del tercer Reich.

Hoy en día el turismo resulta ser otra buena frente de ingresos para este rincón perdido por encima del círculo polar ártico. La abundancia de bosques y la tala de madera, — recurso general del país –, constituyen el otro pilar de la economía local. No obstante la notoria riqueza del lugar, los edificios y la población en si, resultan ser feos, de estética desagradable. Nos recuerdan las construcciones de las ex-repúblicas soviéticas, de formas severas creando grandes bloques fríos y cuadriculados, con la diferencia de que aquí los edificios no están desconchados y no amenazan con caerse a trozos. En alegre constante con tan desafortunada arquitectura, tenemos la hermosa iglesia de madera de Kiruna Kyrka, verdadero símbolo de la región de Nordland.

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El primer contacto con Kiruna viene condicionado, — como no  —, por el intenso frío. La temperatura el día de nuestra llegada, con la noche más negra que la boca de un lobo, ronda los – 25 * C. No obstante el tiempo es esplendido: sin viento y con el cielo completamente despejado. En el firmamento hasta las estrellas parecen estar congeladas.

Al día siguiente recogemos las pulkas poco después del mediodía. Demasiado tarde para empezar hoy nuestra travesía. No ganamos nada caminando poco más de una hora y acampando sobre el frío hielo del lago, tan solo pasar una noche precaria y levantarnos al día siguiente con las fuerzas ligeramente mermadas. Es mejor cenar cómodamente, dormir en el confort del albergue y salir más temprano al día siguiente. Seguro que la posible marcha de la tarde puede ser completamente recuperada al día siguiente. Es más, seguro que si iniciamos la marcha por la tarde, durante la jornada posterior realizaremos un trayecto sensiblemente más cortó por el tiempo a invertir en desmontar el campamento y preparar las pulkas. No hay divagación posible. Carles y yo nos mostramos un tanto defraudados por demorar otro día más el inicio previsto de la primera travesía, que ahora a todas luces adivinamos que será la única de este viaje. No obstante el buen humor y una alta motivación nos acompañan durante la víspera a la entrada al lago. Disfrutamos de la última cena con temperatura ambiente confortante y con mesa servida antes de acometer nuestro proyecto. Una ilusión infantil me embarga ante la perspectiva de vivir una experiencia innovadora. Por un instante siento que el alpinismo y la escalada me han hecho una persona constante y perseverante en mi afición, pero paralelamente han envejecido mi ilusión por el cambio. Mañana estaré por fin esquiando en medio de una infinidad blanca, perdida en los inacabables bosques boreales.

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Al día siguiente el taxista nos espera puntual a la hora prevista. Demasiado temprano para nuestras mentes holgazanas acostumbradas a la manera de vivir de los aires mediterráneos. Para los escandinavos la puntualidad es una cuestión sagrada, y el hecho de esperar quince minutos es un duro golpe para nuestro conductor. A pesar de ello yo estoy radiante de energía. Entro al taxi de un salto y cierro la puerta moviéndome como un jinete texano domador de búfalos.

Let’s go ¡ — añado para redondear mi entrada triunfal.

El taxista me dirige una mirada tan fría como la temperatura exterior. Si las miradas matasen, ahora hubiese sido desintegrado al instante. Sin dirigir palabra alguna, el taxista inicia la conducción hacia el pueblo de Kurravaara, situado a las orillas del lago, sin perturbar su rostro tristemente agriado. Siento una profunda lástima. En general los habitantes de los países del norte suelen tener muy poco afectivos. Seguro que el clima riguroso, la larga noche y las lluvias persistentes del verano son una de las causas principales de esta antipatía. También el sistema de vida social, excesivamente educado, legislado y correcto. Me pregunto si alguien, alguna vez, tendrá la iniciativa de montar una ONG en un país como este, que se denominase algo así como “Alegría sin fronteras” y evitase que la cara de perro rabioso se incrustara en el rostro de los taxistas desde que salen de la cama hasta que se vuelven a acostar.

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Cuando llegamos a orillas del lago el taxista nos insta a descargar el equipaje con cierta premura y marcha sin demasiada ceremonia. Un grupo de casas cerradas a cal y canto y unas cuantas barcas bocabajo, colgadas por la nieve, son los únicos testimonios del inicio de nuestra marcha. Yo estoy expectante e impaciente. Hacia tanto tiempo que no probaba nada tan nuevo en el ámbito de la montaña! Me ajusto el arnés, siguiendo las instrucciones de mi atento compañero y pronto empiezo a estirar de la pulka. Los primeros pasos son un tanto inciertos, la presión de la carga se me descarga sobre el abdomen y no sobre la espalda, por lo que temo que una presión intermitente y constante sobre la barriga pueda resultar insoportable en cuestión de horas. Me cuesta cogerle el punto necesario al arnés y Carles empieza a mostrar signos de impaciencia. No en balde, su primer intento de cruzar el Mar Báltico se vio truncado por las cualidades insuficientes de su compañero, y sin duda las primeras muestras de que la travesía no llegará a buen puerto se ven el primer día. En esta actividad el tomar un ritmo constante y no abandonarlo es algo básico. Las paradas intermitentes ralentizan el avance de una manera exagerada. Al cabo de dos o tres kilómetros, por fin consigo ajustar adecuadamente el arnés y Carles se tranquiliza cuando me ve seguirle sin pausas y a buen ritmo. Yo disfruto por primera vez de la extraña experiencia de caminar sobre un lago helado arrastrando pulkas. Es cierto que en lugares como el Pirineo o Gredos he atravesado algún lago helado para acceder a una pared o a una cascada, pero nada tiene que ver con una larga travesía de varios días en medio de una inmensidad blanca. El “blanco infinito”, como titula Carles a su novela sobre la travesía del islandis de Groenlandia que realizó pocos años antes de costa a costa. No obstante los primeros días de travesía aún no estamos en el lago propiamente dicho, sino en el ancho río de desagüe del mismo conocido como el Torneälven. A pesar de considerarse un río de ancho caudal, su amplitud es tal que supera a la de la mayoría de lagos que nosotros, — habitantes de tierras mediterráneas – estamos acostumbrados a ver.

Seguimos los trazados de las motos de nieve. Unas verdaderas autopistas que acostumbran a ser muy seguras y cómodas, puesto que la nieve está reiteradamente prensada. En las zonas donde el río se estrecha la pista trazadas por las motonieves abandona el cauce y cruza tierra firme. La gente del lugar ya nos han advertido sobre el peligro que esconden los estrangulamientos: donde el agua corre de manera caudalosa y rápida, el hielo puede ser frágil y romperse. Una caída en una zona rápida puede tener graves e inmediatas consecuencias. El margen de acción es sumamente corto. La temperatura del agua ronda los 0* C y la temperatura exterior puede ser, en el mejor de los casos, de -15* C.

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Un par de horas más tarde nos percatamos de que nuestro rumbo es el contrario del deseado, estamos en las cercanías de Laxforsen, situado mucho más al S.E. de nuestro punto de partida, cuando la dirección que deberíamos haber tomado tras salir de la bahía era la contraria, o sea S.O. Carles maldice el error. En mi interín me río de tanto GPS y tanta tontería, pero prefiero no dar nuestras de mi despreocupación a mi compañero que me muestra irritado por los kilómetros de propina. De vuelta sobre nuestros pasos descubrimos que en la zona más cercana a nuestro punto de partida, el lago se ha llenado de varios grupos que realizan diversas actividades sobre el hielo. Los unos esquís de paseo, otros se deslizan en motos de nieve, un grupo transita con un trineo de perros y un comando del ejército sueco hace prácticas de paracaidismo. Durante el mediodía la aglomeración de actividades es tal que creo estar en medio de un parque temático en vez de sumergirme en la magia de una travesía  solitaria y lejana, lo que me entristece sinceramente.

Por la tarde volvemos a dejar de lado las construcciones costeras de Kurravaara y nos adentramos en dos estrechos del río conocidos como el Nourajärvi y el Váhkujávri. Entre ambos un tramo del río esta abierto en su parte intermedia y vemos correr el agua con fuerza. Es increíble que a más de –20* C la superficie del río no se congele en su totalidad. Las zonas abiertas cuestan de divisar desde lejos y entrañan el principal peligro de este tipo de travesías. Con la puesta del sol me deleito con lo que será mi primera noche en un campamento ártico en medio de una inmensidad blanca. Antes de la entrada definitiva de la noche el termómetros casi marca –30* C. Al otro lado del río una lucecilla delata la existencia de una casita aislada. La luz de la lumbre contribuye a recrudecer nuestra realidad. Cenamos con prisas para evitar que el plato recién calentado se vuelva a congelar y anhelando el confort del saco. La noche es más dura de lo que esperaba, sobretodo por las pequeñas dimensiones de la tienda. Las paredes rápidamente se llenan del vaho congelado de nuestra propia transpiración y al más leve movimiento, van cayendo capas de escarcha sobre nuestros sacos que, automáticamente, se funden por el calor de los mismos y van humedeciendo la pluma interior.

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Al día siguiente nos vemos en la obligación de abandonar el río en una zona de estrechos conocida como Váhkuguoika. Las aguas están completamente abiertas por las corrientes a pesar de que las temperaturas diarias fluctúan entre los –15* C y los –30* C. En este sector travesamos los bosques de Murhávarri siguiendo siempre las pistas de las moto nieves. Al entrar en la siguiente sección del río las dimensiones se dilatan. Es la zona conocida como Alajávri. Aquí, en la Laponia, aún no se considera lago. A pesar de ello es mucho más ancho y largo que la gran mayoría de los lagos pirenaicos. La segunda noche nos alcanza en el inicio de la travesía de la sección del río denominada “Jradijávri”. La noche aún es más helada que la anterior. Llegamos a –27* C en el interior de la tienda y a –35* C en el exterior. A medianoche vienen unos borrachos motorizados que nos intentan convencer para que pasemos la noche en su casa, situada a unos 7 Km. Tan solo tras declinarles la invitación una y otra vez, logro que nos dejen en paz, maldiciendo el frío que me han hecho pasar al haberme incorporado de medio cuerpo para atenderles. Carles se ha dado medio vuelta y los ha ignorado por completo, dejándome a mí el trabajo sucio. Cuando nos despertamos Carles está irritable. La segunda noche en la tienda ha sido mucho más dura que la anterior, por el aumento del frío y por el hecho de que los sacos ya están saturados de humedad. Maldice que la tienda sea tan pequeña y se niega a pasar uno noche más dentro de ella. Mientras hablamos, dirige su mirada hacia un posible retorno. Sabe que en una jornada de marcha volvemos a Kurravaara. Yo, que ya empiezo a conocerlo demasiado bien, se que está a punto de renunciar a la travesía. En mi ínterin me cuesta entender como fue capaz de atravesar Groenlandia de costa o costa y que ahora se plantee dejar el Torneträsk ante la perspectiva de la incomodidad de una tercera noche en la tienda. ¿No forma parte del juego cierta incomodidad?, pero Carles tiene el umbral del sufrimiento y del compromiso a una escala muy por debajo de la fuerza de ilusión que le ha impulsado siempre a querer llevar a cabo sus propias gestas montañeras. Es por eso que se ha creado su propio mundo y se ha convertido en uno de esos peculiares personajes que giran a parte de la órbita alpina del país, trazando su propio cosmos. A pesar de ello es mi amigo y lo aprecio, a la vez que no me angustia la posibilidad de abortar tan rápidamente la empresa de la travesía. Sin dudarlo un instante evito la confrontación y la sustituyo con un despreocupado entusiasmo: No te preocupes, que la próxima noche dormimos en una cabaña. Le metemos morro y ya verás como algún autóctono nos deja dormir dentro de su casa.  

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Dicho y hecho. Al final de la tercera jornada, y tras atravesar el magnífico bosque de Skálmevárit, nos adentramos por fin en el Torneträsk y buscamos cobijo en la agrupación de casas situadas en la orilla norte, conocidas como Korttolahti. Aquí comprobamos que la hospitalidad gratuita forma parte del rudo ambiente de la vida de los  lapones. Es una especie de ley natural que se implantaron los antepasados para poder sobrevivir dentro de un medio tan hostil. Tras la tercera jornada reponemos fuerzas al lado de una chimenea y dormimos en mullidos colchones. Dentro de la construcción llegamos a los 30* C, fuera la temperatura desciende por debajo de – 25 * C. ¡Una abrir y cerrar de la puerta para salir al exterior representa un cambio térmico de casi 60 * C!. Ambos estamos contentos, Carles porque ya se olvida de la incomodidad de la tienda y yo porque se que continuaremos la travesía.

Al siguiente día atravesamos el Torneträsk por el centro. La sensación de blanca infinidad se acentúa, por mucho que siempre son bien visibles las orillas y tras ellas las elevaciones montañosas. El Lago, a pesar de tener las aguas tranquilas, es muy profundo, lo que implica que la congelación cueste de consolidarse. Cruzamos zonas de grandes grietas y fisuras con la debida precaución, sabiendo que bajo ellas hay más de 70 metros de profundidad de frías aguas. Por la tarde el tiempo empeora. La niebla cubre a ratos el lago y deja caer esporádicas nevadas. Al anochecer estamos en las orillas del pueblo de Stenbacken, intentando, sin éxito, repetir la misma operación que el día anterior: dormir en una casa particular por caridad. No obstante todos los hogares parecen deshabitados. Por fin encontramos un refugio libre en una zona de picnic a pocos metros de la carretera y de la línea de tren. No puedo dejar de pensar que esta realidad tan civilizada y cómoda dista mucho de la idea preconcebida de lo que pensaba que sería mi primera travesía ártica.

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La próxima jornada amanece con un día ventoso, frío, nublado y con nevadas intermitentes. Carles no lo duda dos veces: da por finalizada la travesía. Según él, ya la ha realizado.

– Una travesía – me dice – no es como una vía alpina. No tienes porque iniciarla y concluirla en lugares determinados. Si ya has estado varios días yendo de un lugar a otro puedes concluir cuando quieras, que tú ya has realizado una travesía.

Por supuesto, yo no comparto su opinión. Al contrario, considero que nos quedamos a medias y que aún podríamos esforzarnos en continuar. Al fin y al cabo tenemos días y comida de sobras, tan solo que una nueva jornada con un avance ralentizado por el mal tiempo comporta no llegar a la próxima población (Abisko) y, por tanto, tener que pasar una noche en medio de la tormenta y dentro de la minúscula tienda de campaña. Carles apela a su experiencia para imponer su criterio. Yo apelo a la resignación y a mis pocas ganas de discutir. Además que una premisa alpina es la de no obligar a emprender al compañero ninguna empresa no deseada La determinación de continuar debe ser común, tanto en una arriesgada vía alpina como en un paseo con esquís sobre un lago helado.

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Cuando hablamos con nuestras respectivas familias constato la gran diferencia de criterio entre Carles y yo. El habla de una tormenta terrible que no nos ha permitido continuar. Yo hablo de un poco de mal tiempo que ha provocado que nos diese pereza caminar. Parece increíble que los dos hayamos coincidido en el tiempo cronológico y en el espacio físico e interpretemos la realidad de maneras tan singulares. Horas mas tarde estamos en Kiruna. Fin de trayecto. Al día siguiente visito el curioso Hotel de Hielo de Kiruna (*2) y los últimos días, para acabarlos de pasar, visitamos a unos amigos de Carles que viven en las cercanías de Lulea. Love y Tatiana, que viven con su hijo Elías.

Love es lapón. Tatiana es ecuatoriana. Ambos tienen una empresa de aventuras que explota diferentes atractivos que tiene el ártico para los turistas que desean hacer algo más que turismo convencional. Love también conoce el mundo de las travesías árticas. Durante los dos días pasados con él, me empapo de anécdotas relacionadas con la vida cotidiana en el mundo salvaje del ártico, de la historia de su tierra y de la realidad actual.

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Durante una excursión realizada en las proximidades de su casa vemos torretas de vigilancia: Son de la segunda guerra mundial. Suecia consiguió no implicarse en el conflicto, pero los alemanes violaban con total impunidad nuestro espacio aéreo, por eso el gobierno lleno los bosques de torretas de vigilancia, para al menos controlar los movimientos del vecino litigante.

También me habla de los lapones, sus costumbres y su mitología.

– Los lapones nunca llegaron a representar el infierno. Para ellos tan solo existía la tierra y el cielo, o sea, el lugar en el que vivimos y el lugar al que vamos a parar cuando morimos.

– El año lapón tiene 8 estaciones bien diferenciadas. El verano tan solo dura 3 o 4 semanas y coincide con el mes de julio. Luego viene el preotoño, que se inicia en agosto y comporta la llegada del frost (viento frío y helado que escarcha la tierra en las montañas durante la noche). A final de agosto y principios de septiembre las noches ya son frías en todo el país y las hojas de los árboles amarillean, aquí ya ha empezado el otoño. El pre-invierno coincide con octubre y la llegada de la nieve. Luego viene el invierno, la peor y la más larga de las estaciones. Empieza a principios de noviembre y finaliza a finales de febrero. Durantes los días de Navidad y final de año la oscuridad es absoluta. Tan solo se divisa una tenue línea de luz en el horizonte hacia mediodía, son falsos amaneceres. A partir del 15 de marzo entramos en la que nosotros denominamos el invierno – primavera, aún hay nieve por doquier pero el día y la noche se equiparan en duración: 12 horas cada uno. En abril y mayo viene la primavera. Es el momento en que marcha la nieve pero el paisaje aún está gris y húmedo y apenas empiezan a despuntar las hojas en los árboles. En junio encontramos el pre-verano. Es la explosión del verde y de las flores. Los días duran 24 horas. Nunca se hace de noche. Es quizás la mejor época, la precedente del corto verano. Aquí concluiría el círculo que se repite año tras año.

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– Los lapones tiene más de 80 maneras de llamar la nieve: Pluma, azúcar, cemento, grasa (que es resbaladiza, fina pero compacta), guante de lapón (copos inmensos), mojada, seca, pegajosa, fina, granulosa, etc … también tiene diferentes nominaciones dependiendo del ruido que hace al ser pisada, etc ..

Los lapones han sido, desde siempre un pueblo nómada. ¿Ves esta foto? – Me señala un libro que he adquirido sobre la vida lapona – pues fíjate que un pastor aguanta los cuernos del reno y otro le muerde la entrepierna. Era la manera tradicional de castrar a los animales para hacerlos mansos: a mordiscos.

– El Sami es el conjunto de dialectos que habla los lapones, tanto los suecos, como los noruegos, finlandeses y rusos. Ahora casi se ha perdido. Los gobiernos de los respectivos paises obligaron a la alfabetización de los pequeños a principios del siglo pasado, desintegrando a muchas familias e ignorando por completo el habla autóctono de la gente del norte. Hoy en día existe algún colectivo con cierto carácter nacional dentro de los lapones, que reivindica su unidad y su lengua; pero no recibe ningún tipo de ayuda por parte de las diferentes administraciones estatales, por lo que el futuro inmediato de esta manera de vida es más que incierto. De hecho diferentes variedades del Sami ya se consideran que pertenecen al cada vez más extenso repertorio de lenguas muertas europeas. (*3)

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(*1) A mi humilde entender ambos términos no deberían confundirse. De hecho deben ser consideradas las travesías polares aquellas cuyo destino principal pasa a ser uno de los polos (geográfico o magnético) de cualquier de los dos hemisferios. Travesía ártica debe ser considerada como toda aquella travesía que se desarrolla por encima del círculo polar ártico; tan solo una travesía al polo norte puede ser considerada, a la vez, como una travesía polar y ártica. El resto de supuestos descartarán uno de los dos objetivos que adjetivan el tipo travesía.

(*2)  El hotel de ielo es la atracción turística más famosa de Kiruna. En realidad se localiza en la población de Jukkasjärvi, a 18 km al este de Kiruna. Cada incierno se construye extrayendo bloques de hielo del cercano rio. Esta totalmente construido con nieve y hielo. Tiene unas gélidas habitaciones, que se mantienen a una temperatura constante de – 5 * C, una capilla, un bar, una sala permanente de esculturas de hielo y hasta un anfiteatro donde se interpretan obras en laponés. Una visita obligada para todo aquel que viaje a Kiruna.  Más información en la web http://www.icehotel.com

(*3) Hay cinco variedades de Sami. El del norte (cabo norte y norte de Noruega) que está considerada como una lengua en peligro. El Sami de Lule y del sur se considera lenguas particularmente amenazadas. El Sami central es una lengua moribunda y el Sami de Kemi (Finlandia) ya es una lengua muerta. Fuente: estudio publicado por la UNESCO en el año 2005.

Autor: PAKO CRESTAS Síguenos en instagram @pakocrestas #viatgesmonpetit

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