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ARCHIPIELAGO BÁLTICO: CAMINANDO SOBRE EL MAR DE HIELO

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caleidoscopi 1182Un año más tarde de la travesía parcial del Lago Torneträsk, el gusanillo de realizar otra travesía ártica de mayor envergadura se instala en mi interior. Hijos de la sociedad del eterno descontento, de la necesidad galopante de nuevas experiencias, deseaba atravesar otro lago pero en un lugar mucho más remoto, como podían ser los territorios de gran norte de Canadá.

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Carles Gel me llama un buen día y me vuelve a hablar de Escandinavia. Le respondo que prefiero algo más solitario, más lejano, de mayor envergadura, y entonces me sale con la propuesta de atravesar el Mar Báltico. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si era el plan desterrado del año anterior!. No dudé en decirle que si, que me interesaba, pero condicionado a que el grupo fuese más numeroso. Carles me comenta que últimamente estaba teniendo contacto con la reconocida himalayista gallega Chus Lago, la primera española que ascendió a la cumbre del Everest sin utilizar oxigeno, pero que fue descartada del selector clan de los “puros ascensionistas” al utilizar el citado oxigeno embotellado durante el descenso. Etiquetas a parte, no hay duda de que Chus debe ser una mujer extraordinariamente fuerte y ambiciosa, y que recientemente se estaba planteando iniciarse en las grandes travesias polares.

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Por mi parte contacto con un viejo conocido con el que tuve la suerte de escalar bonitas cascadas en Alaska, Xavi de Viala. Ya para entonces, cuando tomábamos pintas de cerveza irlandesa tras las escaladas, nos dejábamos embaucar por la magia de el mapa de Alaska, y soñábamos y voz alta con próximos destinos en la última frontera, una de las ideas que nos emocionaba a ambos era la posibilidad de atravesar el estrecho de Bering en invierno. Dentro del prisma de la inexperiencia más absoluta, los dos coincidamos en que un buen proyecto de futuro, — desmarcándose de la obsesión por la vertical que siempre tenemos los escaladores –, radicaba en realizar travesías horizontales de varios días por un marco infinito.

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Al final, por cuestiones de organización, no coincidimos el grupo de cuatro, ni en fechas y en el destino. Chus y Carles salen antes y vuelven justo el día en que nosotros llegamos a Laponia y han optado de por probar suerte en el Lago Torneträsk. Xavi y yo nos centramos con ilusión casi infantil en nuestro plan. La falta de experiencia la contrarrestamos con la siempre arrogante mentalidad del alpinista: si eres capaz de salir airoso de una pared norte en medio de una tormenta, puedes hacer lo que te plazca en terreno en el cual no corras riego constante de despeñarte. Xavi asume las tareas de conseguir el billetes avión y el apoyo tecnológico (GPS, cargador de baterías a manivela, etc …), yo me encargo más conseguir el equipo y la logística auxiliar de inicio y final de la travesía. Cuestión hartamente facilitada por el siempre atento Love, el guia local que conocí el año anterior en mi primera visita a Suecia. Ambos soñamos con perder la costa de vista y llegar a la diminuta isla de Malören, situada más allá del extrarradio del archipiélago. Lugar de inflexión en el que la ruta cambia de orientación para volverse a dirigir hacia la costa finlandesa. Un punto en la inmensidad. Un escueto trozo de tierra en medio de mar blanco. Cuatro árboles de ramas desnudas, una pequeña iglesia, nadie habitando; un trozo de color humano completamente congelado y abandonado en el gran invierno ártico.

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En el fondo, el hecho de quedarnos los dos solos ante la travesía nos da alas, ya no estaremos bajo el supuesto amparo del “hermanito mayor” con mayor experiencia ni bajo el protagonismo inevitable de una “estrella ochomilista” que brilla con luz propia. Seremos dos alpinistas, de profesiones yuppies, padres de familia y con una buena forma física, solos ante nuestro viaje iniciático por el blanco mar. La afinidad es básica en cualquier tipo de aventura y está claro que son muchos los ingredientes comunes de nuestra “química” individual.  Soñamos con realizar la denominada travesía del archipiélago Botnico, entre Lulea y Tornio, en la zona del mar no afectada por los canales abiertos por los rompehielos.

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Al llegar a Lulea nos recibe Love con todas las atenciones de un amigo y de un excelente profesional. Nos explica que nos ha hecho reserva en un buen hotel de Lulea, que la capital de la región de Norrbotten, a pesar de sus apenas 30.000 habitantes, tiene una buena red de hostelería, ya que cada vez son más los congresos internacionales de política y economía que se realizan, de manera bastante secreta, en lugares remotos como éste, con tal de huir de los grupos y manifestaciones antiglobalización. Aprovechamos las últimas luces de la tarde que se termina para tener un primer contacto con el mar, conducimos justo hasta el punto donde empieza la travesía y nos adentramos en el mar helado por una especie de carretera transitable que se prepara cada invierno para unir la punta de Hertsöskafan con la cercana isla de Langon. Resulta extraño estar dentro de un furgoneta de considerable peso transitando sobre un mar helado, detener el vehículo y caminar sobre el hielo. Esta “carretera” que se condiciona anualmente en estas fechas del año, tan solo se abre al tránsito motorizado cuando el espesor del hielo es mayor a los 40 centímetros.

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— Más lejos de la costa de Lulea los espesores de hielo acostumbran a ser más exiguos, y hasta hace cuestión de dos semanas aún habían canales abiertas entre ciertas islas – nos comenta Love – pero ahora no creo que tengais problemas, siempre y cuando descarteis ir a Malören, para llegar allí hay mucha zona de hielo erizado y bastantes posibilidades de encontrar canales abiertos, este no ha sido un buen año para el hielo.

Love nos desalienta a que salgamos de la relativa tranquilidad del interior del archipiélago y nos marca la ruta clásica en el GPS, dándonos los consejos de última hora.

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Al día siguiente, primera jornada de la travesía, nos sorprende una mañana primaveral con un temperatura ambiente que sobrepasa los 0* C, bajo un cielo radiante y ni una brizna de viento. ¿Que más se le puede pedir a un inicio de travesía?. Poco a poco se impone lo que será la línea habitual en los próximos días. Xavi acostumbra a adelantarse cuando el terreno es llano y sin accidentes, dada su mejor técnica en esquí de fondo y su envidiable forma física. El silencio, la distancia, el esfuerzo liviano pero constante, son las compañías típicas de aquel que se adentra en el mar helado. Entre las primeras islas aún sentimos el lejano transito rodado de la carretera helada, pero al situarnos entre Hindersön y Lappön la soledad se vuelve absoluta. Pequeñas agrupaciones de casas vacías, cerradas a cal y canto, salpican la costa. Desde que hemos dejado atrás los pocos vehículos que circulaban sobre el horizonte helado, ya no hemos visto ni un alma. Tampoco seguimos pistas de motonieve. Por fin me siento dentro del ambiente agreste que no supe encontrar el año anterior en el Torneträsk. Cerca de Lappön abandonamos el trazado que nos marcó Love en el GPS y nos dirigimos a mar abierto. En realidad, y a pesar de los sabios consejos de nuestro  amigo lapón, ninguno de los dos ha descartado por un momento la idea de ir a Malören. Nos vanagloriamos de nuestro espíritu aventurero, ¿Cómo van a arrugarse dos alpinistas ante el mar erizado y la posibilidad de encontrar canales abiertos? No descartamos renunciar al proyecto inicial y somos conscientes de que la inexperiencia siempre es un doble factor en contra, al aumentar los momentos de duda y los posibles riesgos gratuitos; pero si alguien debe decidir un cambio de planes seremos nosotros mismos sobre la marcha, cuando por común acuerdo consideremos que el camino a seguir debe ser el de la cautela versus el de la arrogancia.

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Al salir de la protección de la bahía de Björkön, en la isla de Hindersön, nos encontramos por primera vez con el temido mar erizado del que tanto nos había hablado Love. La superficie de mar deja de ser llana como un espejo para convertirse en un caos de bloques de hielo completamente compactado. La pulka se mueve con dificultad entre tantas y baches. Rápidamente nos percatamos de lo fácil que resulta volcar el trineo de estas situaciones y lo penoso y lento en que se transforma el avance sobre el mar. Cuando el sol ya friega el horizonte llegamos a la pequeña isla de Lagören, lugar en el que pasaremos la primera noche. Un árbol solitario corona esta pequeña mancha de tierra nevada en medio del blanco mar. Parece el planeta del cuento del principito. En las relativas cercanías divisamos las islas gemelas de Lila Hindersörahun y Stora Hindersöharun, lugar al que pretendíamos llegar en la jornada de hoy; plan que se ha ido al traste tan pronto como topamos con la superficie erizada. La perspectiva que tenemos ante nuestros ojos es desalentadora, tardaríamos horas en atravesar el caos que parece no tener fin. Sin apenas afligirnos coincidimos en que Malören queda fuera de nuestro trayecto y que al día siguiente nos encaminaremos hacia el trazado que tan sabiamente nos habia indicado Love. Ahora disfrutamos de la temperatura relativamente suave (- 5* C) y de la primera noche ártica en medio del mar.

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Esta vez la tienda es ancha y con un buen ábside que permite cocinar sin problemas. ¡De algo debe servir la experiencia del año anterior en el lago Torneträsk!. Comentamos los acontecimientos de la jornada pasada y programamos la siguiente. Es curioso como la descripción de los momentos vividos tras un dia de travesía a pie por lugares inhóspitos, tiene bastantes similitud a la tertulia que acostumbran a tener dos escaladores tras completar un buen día de escalada.

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El crespusculo ártico desprende unas connotaciones mágicas indescriptibles. Millones de estrellas cuelgan en el firmamento y parecen estar tan congeladas como el aire que respiras. Ni una brizna de aire, ningún olor que estimule el olfato, ni una luz, ni un sonido. Espero, en vano, ver una aurora boreal. Disfruto de la soledad, del aire frio en la nariz y del pecho caliente bajo las diversas capas de ropa. Dejo que el tiempo se diluya antes de meterme en la tienda, donde mi compañero continúa acomodando el espacio en el que dormirá. No hay prisa. Apenas son la seis pasadas de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente no saldremos de la crisálida de plumas del saco de dormir.

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El segundo día cruzamos tramos de caos de bloques de hielo. Estas formaciones, — tan incómodas para el avance a pie acarreando las pulkas –, se forman a consecuencia del choque de las placas de hielo flotantes que van a la deriva antes de solidificarse definitivamente. El terreno está completamente triturado y constantemente debemos vigilar que los trineos no vuelquen, notando las trabadas y los empujones repentinos en el baudrier que une las pulkas a nuestra cintura. Avanzamos con pieles de foca y, a diferencia del dia anterior, me permito ir yo delante y marcar el ritmo de la marcha. La jornada pasa sin más contratiempos. No vemos a nadie, ni tan solo escuchamos el ruido lejano de alguna motonieve o actividad alguna en las esporádicas cabañas que muy de tanto en tanto salpican las solitarias riberas de las islas. Vadeamos al lado de islas de nombres impronunciables: Stor-Furüon, Lill-Furuön, Baton, y dormimos en la orilla este de la diminuta Stora Batöklippan. Siempre buscamos esta orientación al acampar, para ser visitados por los primeros rayos de sol cuando el astro rey despunta. De nuevo disfrutamos de las últimas luces de la tarde ártica y de una puesta de sol estilo “Derzu Usala” (*4). La temperatura a descendido gradualmente y esta segunda noche se sitúa por debajo de los – 10 * C.

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Tercer día: Volvemos a encontrar un firme de hielo llano que nos permite un avance más rápido sin el auxilio de las pieles de foca. A media jornada distinguimos en la lejanía el humo de unas chimeneas. Recuerdo de las palabras de Carles: Tornio no tiene perdida, dos días antes de llegar ya podreis ver el humo de sus fábricas. ¿Serán esas fabricas Tornio? Una falsa alegria nos envarga, pero la realidad es que la localización de la población no acaba de concordar con los mapas. Otra larga jornada sin ver a nadie, sin cruzar ninguna pista de motonieve, disfrutando de la soledad más absoluta. Cerca de las islas de Likskärs naturreservat divisamos un rebaño de renos que emprenden la veloz huida al descubrirnos, intrusos pasajeros de su mundo. Pasamos la tercera noche en pequeña isla perdida en medio del mar, entre Hastaskäret y Fagelskyddsomrade. De tan pequeña que es no tiene ni nombre. Dormimos en el margen de la rotura del rompeolas entre el agua y esta pequeña porcion de tierra perdida. Una grieta transversal marca la unión de las placas de hielo. Al otro lado de la isla petrificada unos charcos cristalinos dan la falsa aparicienda de tener agua líquida. La temperatura exterior alcanza casi los – 20 *C. Noche que pasa, noche que resulta ser más glaciar. El tiempo, no obstante, continúa siendo inmejorable: sin nubes y sin viento.  Acampamos sobre el mar helado y  durante la larga noche escuchamos el ronquido apagado y lejano de las corrientes situadas bajo el manto de hielo. De buena mañana nos levantamos con el estruendo repentino de la rotura de la placa sobre la que dormimos. Es un ruido seco, una explosión, que la oímos justo bajo nuestros cuerpos. Salimos rápidamente de nuestros sacos, sin poder disimular el susto recibido. No obstante la serenidad se impone. Revisamos la placa y no vemos ninguna grieta que intuya peligro alguno. El desayuno, más frío que los anteriores, nos sirve para templar los nervios. Por si acaso nos refugiamos en la seguridad de la tierra firme de esta ínfima isla perdida en el blanco infinito.

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La primera mitad de la cuarta jornada sigue la tónica del inicio de la misma. El hielo es más fino que los días anteriores. Se transparenta y bajo la capa cristalina se puede ver el oscuro color de las aguas. Multitud de finas grietas quiebran el firme. Están por doquier y no nos queda más remedio que cruzarlas. De tanto en tanto una nueva explosión del hielo nos hace estar en alerta. Pecamos de inexperiencia y rápidamente preferimos la seguridad de la costa, acercándonos a las islas de Stenen i Ytterstlandet. Xavi siempre camina a cierta distancia delante de mí. En estas circunstancias no sabes si la cercanía resulta ser más segura que la lejanía. Por un lado el hecho de que circulemos alejados repercute en que la presión sobre el hielo sea menor, por otro lado, pronto la distancia es lo suficientemente importante como para que no me oiga si grito, por lo que difícilmente podrá auxiliarme el compañero caso de que se rompa la capa de hielo y me sumerja en las frías aguas del báltico. En un momento preciso me detengo para ajustarme el calzado. Cruzo un pequeña grieta y continúo unos cinco metros antes de detenerme definitivamente para evitar estar demasiado cerca de la cicatriz. Al determe, me descalzo los esquís y camino hacia la pulka para sentarme sobre ella. Al sentarme observo que bajo el trineo hay otra grieta alargada. Me recrimino en silencio no haber sido lo suficientemente observador y que esta grieta se me haya pasado por alto antes de detenerme. No obstante no le doy mayor importancia, me quito la bota, me coloco mejor el calcetín y vuelvo a calzarme.

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Al volver a los esquís observo una nueva grieta transversal situada justo en medio de las dos tablas. Ahora si que no tengo ninguna duda de que esta grieta ha aparecido en el momento de la pausa, al igual que la grieta descubierta bajo el trineo. Observo  a mi compañero. Continúa caminando sin parar ajeno a mis maniobras. Es un punto en la infinidad. Cada uno hoy camina sumido en sus propios miedos. Hacia las doce del mediodía, hora en la que acostumbramos a parar a picar algo de comida y a tomar bebida caliente, nos convencemos de que las chimeneas humeantes que habíamos observado desde el día anterior no son Tornio. Se trata de Passkeri, otra población con una manufactura de tratamiento de madera y de construcción de papel. Hoy la jornada es dura, durísima, a la tensión de la mañana le sigue unas maratonianas horas por la tarde que finalizan con más de 30 quilómetros de marcha sobre el hielo. A cada día que pasa mayor es la distancia recorrida. Mejoramos el ritmo y abreviamos las pausas.

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Las islas se diluyen en la lejanía formando una finísima capa fruto de la alineación de las copas de los árboles. Ningún islote presenta la más mínima elevación en forma de pequeña colina. Siempre es la línea arbórea la zona más alta de las distanciadas manchas de tierra que surgen del blanco mar. A consecuencia de la lentitud de la marcha, apenas es perceptible nuestro acercamiento o alejamiento de cada una de estas solitarias islas. La sensación siempre es la misma: Caminas y caminas y, cuando vuelves la vista atrás, contemplas la isla que recientemente has abandonado y que parece estar a un tiro de piedra. Frente a ti la extrafina línea de la siguiente isla, una raya marrón en medio de la inmensidad, de la que aún no pueden distinguirse con claridad la silueta de los árboles. Al rato, tras casi 30 minutos de constante caminar, otra ojeada a la última isla abandonada nos servirá para descubrir que se reduce a otra extraplana línea marrón, aunque aún se perciben las coronas de los árboles. Miras en frente y te resulta difícil calcular cual de las dos islas está más cerca, la que dejaste atrás o la que te acercan tus pasos. 15 minutos más tarde la que fue una irrisoria raya en el infinito blanco, se ha convertido en un lejano bosque cuyos árboles puedes distinguir con claridad. Parece cerca, pero la experiencia te enseña que aún tendrás que caminar un cuarto de hora más para flanquear cerca de las orillas. Miras hacia atrás, ahora ya no hay duda, la distancia que te separa de la última isla que bordeaste es mucho mayor que la distancia que te separa de tu próximo destino. Al rato esquías cerca de la orilla de la isla que, en el transcurso de tu última hora, se convirtió en la cumbre de Sísifo. No la alcanzarás, no la pisarás, pasarás a su lado, como si evitases alterar la magia helada que transmiten los silenciosos árboles sin hojas. Tras esta falsa meta descubres una nueva línea casi invisible que vuelve a romper la monotonía blanca del infinito. Hay está. Te engañaste para hacer llevadera la marcha, pensando que la meta que seguías era la verdadera, cuando en el fondo nadie te podía ocultar que tan solo era un hito en el camino. En frente tienes la nueva meta, también falsa, pero nueva … Solo así logras hacer las distancias humanas, y de lo humano la ilusión. Al final de la jornada, ya cansado, y mientras el sol poniente tiñe todo el congelado mar de tonos rosáceos, te sabrá mal finalizar el absurdo juego y no seguir caminando un poco más …  a sabiendas de que la noche acecha y que en medio de ella la travesía pierde significado. Porque el blanco infinito con manchas marrones se convertirá en el negro más absoluto, adornado por una cúpula con millones de estrellas, lejanas y frías, como el aire que parece querer congelarte el interior de las fosas nasales. Aprovecharás la larga noche para descansar, para reponer fuerzas, y antes de hundirte en el calor del saco de plumas intentarás, en balde, esperar la llegada de la aurora boreal, que es esta tercera incursión al ártico también se niega a cultivar tus ansiosos ojos.

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Pasamos cerca de las islas de Vibbygrundet, Halsön y Björn y a las últimas horas de la tarde, con el sol que ya se ha escondido tras el horizonte, llegamos a la población de Seskarö, siendo el primer lugar habitado que visitamos desde el inicio de la travesía. Haciendo alarde de la hospitalidad de la gente del lugar dormimos en una casa particular. Nuestro anfitrión resulta ser familiar de la famosa actriz Greta Garbo y nos comenta que en esta pequeña isla del Báltico está enterrada la famosa actriz de cine, la “mujer fatal” más célebre de cuando el celuloide tan solo gravaba en blanco y negro. Nosotros agradecemos enormemente el podernos refugiar dentro del calor del hogar. Fuera la temperatura desciende a más de – 25 * C y de tanto frío hasta se nos ha congelado hasta la fijación de esquís. No nos los podemos quitar hasta que el calor del interior de la casa deshace el hielo que une la bota a la fijación. Seskarö es otra pequeña población con una fábrica maderera, con sus feas y pestilentes chimeneas que extraen humos las veinticuatro horas del día. Es el típico lugar en el que nunca pasa nada y el hecho de que dos “ibéricos” lleguen y marchen a través del mar, arrastrando sus pulkas, se convierte en el evento de la semana. Poco más tarde nos enteramos de que las fotos que tomo  nuestro anfitrión sirvieron para apuntes de prensa de diarios locales, tanto suecos como finlandeses.

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Empezamos la última jornada con la idea clara de llegar hoy a nuestro destino final, por mucho que la distancia que nos queda para alcanzar nuestro objetivo es superior a cualquier de las distancias recorridas durante los días anteriores. Contamos con la ventaja de haber dormido y descansado mejor que nunca y de habernos puesto en marcha una hora antes que las jornadas precedentes. El ritmo es vivo y rápido, como el frío que penetra por cualquier hueco un poco abierto de nuestro vestuario. La temperatura es bajísima, y un ligero viento acrecienta la desagradable sensación de frialdad. Por la mañana Xavi vuelve a ser un punto en la lejanía, y más tarde nos justamos para caminar los últimos quilómetros juntos.

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La llegada a Finlandia resulta desalentadora. Tomamos tierra firme  en el polígono industrial de Royttä. Al sur de Tornio. Unas espesas nubes de vapor de agua, que no ganan altura por culpa de la gélida temperatura ambiente, sirven de telón de fondo a este conjunto de horribles construcciones. En primera fila de la orilla del mar vemos un pequeño poblado, en cuyas ventanas se reflejan los rayos de un sol cada vez más cercano al horizonte y más marquito en su falso calor. Creemos que en la población encontraremos algún lugar para dormir, algún café, alguna parada de autobús. La realidad es otra bien distinta. Todas las casas de la población están cerradas de manera hermética, ni un alma habita sus interiores. Es un pueblo fantasma. La máquina quitanieves ha limpiado las calles hasta las proximidades de las puertas, pero desde donde finaliza el trazado del quitanieves a las entradas de madera, ninguna huella humana deja entrever que últimamente nadie ha pisado estos lares. Tenemos la sensación de ser los últimos habitantes del planeta tras un holocausto nuclear. El sol se está poniendo tras la línea del oeste. La temperatura es bajísima, debe rondar ya los – 30* C. Continuamos caminando en medio de las grises fábricas. Algunas de ellas tienen chimeneas humeantes y maquinaria pesada que produce un ruido estridente. Hasta alguna luz interna ilumina sospechosas estancias cerradas. No hay nadie. Entramos donde podemos y gritamos. Hay alguien? Como respuesta el ruido incesante y constante de las máquinas. Habrán tomado los robots el control del mundo? Caminamos y caminamos hacia el extremo sur de la costa, hasta llegar al puerto. Si hay alguien debe estar allá. El frío es penetrante. Xavi dejó el plumón en las pulkas, las cuales medio escondimos tras cruzar orilla de costa. Mi compañero camina enérgicamente, sabe que el frío que le atenaza se cebará con el tan pronto como cese la marcha. Poco a poco nos plateamos que esta última noche, la más fría, la tendremos que pasar en este lugar tan terrible. – Es el lugar más feo y frío que he visto en mi vida -. Por fin, en el puerto, encontramos una oficina atestada de trabajadores de las fábricas que esperan, — con la compañía de cafés y la comida de sus respectivas fiambreras –, que llegue el cambio de turno. Fin de trayecto. Pronto vendrá un taxi y de aquí 30 minutos estaremos en la comodidad de uno de los hoteles de Tornio. Una vez duchados, cambiados de ropa y con una espumeante cerveza entre las manos, celebramos nuestra primera travesía ártica. Por fin, tras varios años de pequeñas expediciones frustradas, tengo la jubilosa sensación de volver a casa con el objetivo inicial cumplido. Creo que desde mi viaje a Kirguizistán, cuatro años antes, no había vuelto a tener esta agradable y dulce sensación de victoria.

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Durante la jornada siguiente nieva y nieva sin cesar y una niebla baja esconde todos los contornos. Deambulamos por Tornio antes de tomar el autobús a Lulea. Nos jartamos de nuestra buena suerte (¡Por fin!). Empezamos la travesía cuando el tiempo mejoraba tras un periodo de inestabilidad y ahora, al finalizar, vuelve a estar el ambiente nevoso y desapacible. Un día como hoy, en medio del mar, debe ser sumamente desagradable y te obliga a navegar constantemente con el auxilio del GPS; pero todo esto, quizás, será nuestro pan en una próxima ocasión, en una futura travesía por otro horizonte blanco. Dentro de la comodidad del autobús, viendo la nevada a través de los cristales de las ventanas, y embriagados por nuestra travesía de más de 100 quilómetros en cinco días, dejamos galopar la imaginación: El Lago Ladoga, un tramo de mar al norte de Siberia, la Bahia de Hudson, el estrecho de Bering … algún polo.

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TORNETRÄSK, VIAJE INICIÁTICO A LAS TRAVESIAS ÁRTICAS

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a (11)La posibilidad de realizar una actividad diferente, relacionada con la aventura, los grandes espacios abiertos y la soledad, pero que no tenga como escenario la alta montaña y el alpinismo, se me plantea en forma de travesía horizontal sobre agua helada. Un viaje iniciático al ártico. La idea cae de manos de mi buen amigo Carles Gel. El es uno de los pocos individuos en nuestro pequeño país de aires mediterraneos, que le ha cogido afición a las travesias árticas, también conocidas como travesías polares (*1). No en vano cuenta con la travesía este – oeste de la isla de Groenlandia, con la travesía parcial del Mar Báltico y con la travesía de la Linari (Finlandia); un ramillete nada desechable dentro de la sociedad catalana, en la que los acontecimientos a grandes latitudes brillan por su escasez.

Cuando logramos coincidir en fechas determinamos nuestro destino final entre varias alternativas: El Lago de Torneträsk, situado en la Laponia Sueca, la zona conocida como Nordland. Carles apunta alto: podemos completar la travesía de Lago con la travesía del Mar Báltico. La agenda está apretada, pero es posible …Yo le dejo hacer y deshacer planes. Juego con la desventaja y la comodidad de ser el inexperto.

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Los preparativos previos al viaje conllevan la compra de material (esquís y calzado técnico especializado para este tipo de travesías) así como los consejos de última hora del Carles, los cuales pueden resultar de vital importancia para todo aquel que desee realizar una travesía de este tipo:

– Cómprate una cocina de gasolina. Las de gas-propano no funcionan correctamente en el ártico, quizás sea a consecuencia de las bajas temperaturas o de la sequedad del aire, pero lo que es seguro es que solo funcionan bien las de gasolina. Es imprescindible llevar dos cocinas, uno cada uno. Estas cocinas son muy delicadas y si se ensucian mínimamente dejan de funcionar; yo llevé dos el año pasado cuando atravesé el Báltico en solitario, y fue un acierto, porque una de ellas me dio problemas desde el primer día.

– Llévate una muda para cambiarte cada noche antes de meterte dentro del saco y volvértela a sacar antes de emprender la actividad al día siguiente. Si no en dos días te reconocerá cualquier bicho viviente a dos kilómetros de distancia de la peste que harás.

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– Ya he conseguido los puñales de hielo. Parece una tontería pero son la mejor herramienta para poder salir del agua en caso de que se fracture el hielo bajo tus pies.

– Ah, y prepárate colega … la semana pasada llegaron a – 47* C en las orillas del Báltico. En el interior puede ser que exista una diferencia de 5 a 10 grados menos.

El día de salida nos llevamos una desagradable sorpresa: nieva suavemente en Barcelona. A duras penas cuaja en las zonas con hierba o tierra, las pistas de aterrizaje y las pistas de despegue se mantienen húmedas pero sin hielo. No obstante la gestora del aeropuerto nos demuestra, una vez más, que estamos en un aeropuerto provincial y que, en ciertas ocasiones, nuestras infraestructuras no distan mucho de las maneras de hacer del tercer mundo. Sin previo aviso cancelan todos los vuelos que tienen que salir por la mañana. Pasamos un día horrible entre colas, dando vueltas y maldiciendo la falta de información y de organización del maldito aeropuerto. Un día más tarde podemos salir. Por suerte la nieve en Barcelona siempre es muy testimonial. Al llegar a Kiruna aterrizamos en una pista completamente blanca y a una temperatura de – 25 * C. sin ningún tipo de problemas o demora con el horario establecido. Si hasta ahora siempre me había sorprendido el cambio de escenario al ir de mi país a otro menos desarrollado, ahora la sensación es profundamente inversa. Al llegar a Suecia creo tener la sensación que debe tener cualquier subsahariano al llegar, por primera vez, a Catalunya tras abandonar su país de origen.

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Suecia es un país puntero en el prototipo de la sociedad de bienestar. Durante muchos años se ha considerado, junto con sus vecinos escandinavos Noruega y Dinamarca, el ejemplo a seguir para colmar las perspectivas de mejorar nuestra propia calidad social. No obstante el tiempo está pasando factura por el sobreesfuerzo fiscal que esta sociedad representa para todo aquel que trabaja y tributa, por lo que ciertos expertos apuntan que se ha encontrado el talón de Aquiles de una sociedad que se creía camino a la “perfección social”, y ahora se tiende a tomar como ejemplo otros países donde las libertades sociales están más avanzadas y la mentalidad de los habitantes más rica y abierta, como sería Holanda. Sea como sea, mi país de origen (Catalunya) y el estado que me han impuesto (España), aún está a años luz del bienestar social sueco (sobretodo en Catalunya por el desequilibrio fiscal) y de la mentalidad libertaria y avanzada de Holanda (sobretodo en lo que respecta a la España profunda, eclesiástica y tavernícola de derechas).

A consecuencia del cambio de fecha de llegada por las anulaciones del tránsito aéreo, sufrimos un malentendido con el transporte del material que hemos alquilado en Laponia (Pulkas, puñales y bidones llenos de gasolina), y perdemos una jornada más. Esta segunda pérdida nos obliga, de manera definitiva, a replantear nuestro proyecto y a escoger entre una de las dos travesías programadas. Al final optamos por el proyecto inicial: Torneträsk. Al fin y al cabo estamos en Kiruna, a pocos kilómetros del inicio del recorrido.

Kiruna es la capital de la Laponia Sueca. Es un lugar inhóspito que tiene fama de ser terriblemente frío hasta para los propios suecos del sur. – Kiruna, que frío! – me había comentado una amiga sueca cuando le anuncié que visitaba su tierra de origen. ¿Has estado alguna vez allí? Le pregunté. No, pero todos los suecos sabemos que Kiruna y el Nordland es una tierra mucho más fría que el resto del país. La riqueza y prosperidad de Kiruna se han debido, en gran medida, a las minas de extracción de hierro situadas en las cercanías de la ciudad. El material extraído circula por vía férrea hasta la costa noruega de Narvik, desde donde tiene su salida al mar. Es tan accidentado el litoral escandinavo que el mar continua siendo, y será durante mucho tiempo, la mejor alternativa de transporte respecto al transito terrestre. La posesión del hierro de las minas fue la causa principal de una de las desgraciadamente célebres batallas navales de la segunda guerra mundial. Alemanes e ingleses lucharon aferrizadamente en el año 1.940 y el triunfo nazi hizo que la extracción minera fuese explotada por los germanos hasta la caída del tercer Reich. Hoy en día el turismo resulta ser otra buena frente de ingresos para este rincón perdido por encima del círculo polar ártico. La abundancia de bosques y la tala de madera, — recurso general del país –, constituyen el otro pilar de la economía local. No obstante la notoria riqueza del lugar, los edificios y la población en si, resultan ser feos, de estética desagradable. Nos recuerdan las construcciones de las ex-repúblicas soviéticas, de formas severas creando grandes bloques fríos y cuadriculados, con la diferencia de que aquí los edificios no están desconchados y no amenazan con caerse a trozos. En alegre constante con tan desafortunada arquitectura, tenemos la hermosa iglesia de madera de Kiruna Kyrka, verdadero símbolo de la región de Nordland.

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El primer contacto con Kiruna viene condicionado, — como no  —, por el intenso frío. La temperatura el día de nuestra llegada, con la noche más negra que la boca de un lobo, ronda los – 25 * C. No obstante el tiempo es esplendido: sin viento y con el cielo completamente despejado. En el firmamento hasta las estrellas parecen estar congeladas.

Al día siguiente recogemos las pulkas poco después del mediodía. Demasiado tarde para empezar hoy nuestra travesía. No ganamos nada caminando poco más de una hora y acampando sobre el frío hielo del lago, tan solo pasar una noche precaria y levantarnos al día siguiente con las fuerzas ligeramente mermadas. Es mejor cenar cómodamente, dormir en el confort del albergue y salir más temprano al día siguiente. Seguro que la posible marcha de la tarde puede ser completamente recuperada al día siguiente. Es más, seguro que si iniciamos la marcha por la tarde, durante la jornada posterior realizaremos un trayecto sensiblemente más cortó por el tiempo a invertir en desmontar el campamento y preparar las pulkas. No hay divagación posible. Carles y yo nos mostramos un tanto defraudados por demorar otro día más el inicio previsto de la primera travesía, que ahora a todas luces adivinamos que será la única de este viaje. No obstante el buen humor y una alta motivación nos acompañan durante la víspera a la entrada al lago. Disfrutamos de la última cena con temperatura ambiente confortante y con mesa servida antes de acometer nuestro proyecto. Una ilusión infantil me embarga ante la perspectiva de vivir una experiencia innovadora. Por un instante siento que el alpinismo y la escalada me han hecho una persona constante y perseverante en mi afición, pero paralelamente han envejecido mi ilusión por el cambio. Mañana estaré por fin esquiando en medio de una infinidad blanca, perdida en los inacabables bosques boreales.

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Al día siguiente el taxista nos espera puntual a la hora prevista. Demasiado temprano para nuestras mentes holgazanas acostumbradas a la manera de vivir de los aires mediterráneos. Para los escandinavos la puntualidad es una cuestión sagrada, y el hecho de esperar quince minutos es un duro golpe para nuestro conductor. A pesar de ello yo estoy radiante de energía. Entro al taxi de un salto y cierro la puerta moviéndome como un jinete texano domador de búfalos.

Let’s go ¡ — añado para redondear mi entrada triunfal.

El taxista me dirige una mirada tan fría como la temperatura exterior. Si las miradas matasen, ahora hubiese sido desintegrado al instante. Sin dirigir palabra alguna, el taxista inicia la conducción hacia el pueblo de Kurravaara, situado a las orillas del lago, sin perturbar su rostro tristemente agriado. Siento una profunda lástima. En general los habitantes de los países del norte suelen tener muy poco afectivos. Seguro que el clima riguroso, la larga noche y las lluvias persistentes del verano son una de las causas principales de esta antipatía. También el sistema de vida social, excesivamente educado, legislado y correcto. Me pregunto si alguien, alguna vez, tendrá la iniciativa de montar una ONG en un país como este, que se denominase algo así como “Alegría sin fronteras” y evitase que la cara de perro rabioso se incrustara en el rostro de los taxistas desde que salen de la cama hasta que se vuelven a acostar.

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Cuando llegamos a orillas del lago el taxista nos insta a descargar el equipaje con cierta premura y marcha sin demasiada ceremonia. Un grupo de casas cerradas a cal y canto y unas cuantas barcas bocabajo, colgadas por la nieve, son los únicos testimonios del inicio de nuestra marcha. Yo estoy expectante e impaciente. Hacia tanto tiempo que no probaba nada tan nuevo en el ámbito de la montaña! Me ajusto el arnés, siguiendo las instrucciones de mi atento compañero y pronto empiezo a estirar de la pulka. Los primeros pasos son un tanto inciertos, la presión de la carga se me descarga sobre el abdomen y no sobre la espalda, por lo que temo que una presión intermitente y constante sobre la barriga pueda resultar insoportable en cuestión de horas. Me cuesta cogerle el punto necesario al arnés y Carles empieza a mostrar signos de impaciencia. No en balde, su primer intento de cruzar el Mar Báltico se vio truncado por las cualidades insuficientes de su compañero, y sin duda las primeras muestras de que la travesía no llegará a buen puerto se ven el primer día. En esta actividad el tomar un ritmo constante y no abandonarlo es algo básico. Las paradas intermitentes ralentizan el avance de una manera exagerada. Al cabo de dos o tres kilómetros, por fin consigo ajustar adecuadamente el arnés y Carles se tranquiliza cuando me ve seguirle sin pausas y a buen ritmo. Yo disfruto por primera vez de la extraña experiencia de caminar sobre un lago helado arrastrando pulkas. Es cierto que en lugares como el Pirineo o Gredos he atravesado algún lago helado para acceder a una pared o a una cascada, pero nada tiene que ver con una larga travesía de varios días en medio de una inmensidad blanca. El “blanco infinito”, como titula Carles a su novela sobre la travesía del islandis de Groenlandia que realizó pocos años antes de costa a costa. No obstante los primeros días de travesía aún no estamos en el lago propiamente dicho, sino en el ancho río de desagüe del mismo conocido como el Torneälven. A pesar de considerarse un río de ancho caudal, su amplitud es tal que supera a la de la mayoría de lagos que nosotros, — habitantes de tierras mediterráneas – estamos acostumbrados a ver.

Seguimos los trazados de las motos de nieve. Unas verdaderas autopistas que acostumbran a ser muy seguras y cómodas, puesto que la nieve está reiteradamente prensada. En las zonas donde el río se estrecha la pista trazadas por las motonieves abandona el cauce y cruza tierra firme. La gente del lugar ya nos han advertido sobre el peligro que esconden los estrangulamientos: donde el agua corre de manera caudalosa y rápida, el hielo puede ser frágil y romperse. Una caída en una zona rápida puede tener graves e inmediatas consecuencias. El margen de acción es sumamente corto. La temperatura del agua ronda los 0* C y la temperatura exterior puede ser, en el mejor de los casos, de -15* C.

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Un par de horas más tarde nos percatamos de que nuestro rumbo es el contrario del deseado, estamos en las cercanías de Laxforsen, situado mucho más al S.E. de nuestro punto de partida, cuando la dirección que deberíamos haber tomado tras salir de la bahía era la contraria, o sea S.O. Carles maldice el error. En mi interín me río de tanto GPS y tanta tontería, pero prefiero no dar nuestras de mi despreocupación a mi compañero que me muestra irritado por los kilómetros de propina. De vuelta sobre nuestros pasos descubrimos que en la zona más cercana a nuestro punto de partida, el lago se ha llenado de varios grupos que realizan diversas actividades sobre el hielo. Los unos esquís de paseo, otros se deslizan en motos de nieve, un grupo transita con un trineo de perros y un comando del ejército sueco hace prácticas de paracaidismo. Durante el mediodía la aglomeración de actividades es tal que creo estar en medio de un parque temático en vez de sumergirme en la magia de una travesía  solitaria y lejana, lo que me entristece sinceramente.

Por la tarde volvemos a dejar de lado las construcciones costeras de Kurravaara y nos adentramos en dos estrechos del río conocidos como el Nourajärvi y el Váhkujávri. Entre ambos un tramo del río esta abierto en su parte intermedia y vemos correr el agua con fuerza. Es increíble que a más de –20* C la superficie del río no se congele en su totalidad. Las zonas abiertas cuestan de divisar desde lejos y entrañan el principal peligro de este tipo de travesías. Con la puesta del sol me deleito con lo que será mi primera noche en un campamento ártico en medio de una inmensidad blanca. Antes de la entrada definitiva de la noche el termómetros casi marca –30* C. Al otro lado del río una lucecilla delata la existencia de una casita aislada. La luz de la lumbre contribuye a recrudecer nuestra realidad. Cenamos con prisas para evitar que el plato recién calentado se vuelva a congelar y anhelando el confort del saco. La noche es más dura de lo que esperaba, sobretodo por las pequeñas dimensiones de la tienda. Las paredes rápidamente se llenan del vaho congelado de nuestra propia transpiración y al más leve movimiento, van cayendo capas de escarcha sobre nuestros sacos que, automáticamente, se funden por el calor de los mismos y van humedeciendo la pluma interior.

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Al día siguiente nos vemos en la obligación de abandonar el río en una zona de estrechos conocida como Váhkuguoika. Las aguas están completamente abiertas por las corrientes a pesar de que las temperaturas diarias fluctúan entre los –15* C y los –30* C. En este sector travesamos los bosques de Murhávarri siguiendo siempre las pistas de las moto nieves. Al entrar en la siguiente sección del río las dimensiones se dilatan. Es la zona conocida como Alajávri. Aquí, en la Laponia, aún no se considera lago. A pesar de ello es mucho más ancho y largo que la gran mayoría de los lagos pirenaicos. La segunda noche nos alcanza en el inicio de la travesía de la sección del río denominada “Jradijávri”. La noche aún es más helada que la anterior. Llegamos a –27* C en el interior de la tienda y a –35* C en el exterior. A medianoche vienen unos borrachos motorizados que nos intentan convencer para que pasemos la noche en su casa, situada a unos 7 Km. Tan solo tras declinarles la invitación una y otra vez, logro que nos dejen en paz, maldiciendo el frío que me han hecho pasar al haberme incorporado de medio cuerpo para atenderles. Carles se ha dado medio vuelta y los ha ignorado por completo, dejándome a mí el trabajo sucio. Cuando nos despertamos Carles está irritable. La segunda noche en la tienda ha sido mucho más dura que la anterior, por el aumento del frío y por el hecho de que los sacos ya están saturados de humedad. Maldice que la tienda sea tan pequeña y se niega a pasar uno noche más dentro de ella. Mientras hablamos, dirige su mirada hacia un posible retorno. Sabe que en una jornada de marcha volvemos a Kurravaara. Yo, que ya empiezo a conocerlo demasiado bien, se que está a punto de renunciar a la travesía. En mi ínterin me cuesta entender como fue capaz de atravesar Groenlandia de costa o costa y que ahora se plantee dejar el Torneträsk ante la perspectiva de la incomodidad de una tercera noche en la tienda. ¿No forma parte del juego cierta incomodidad?, pero Carles tiene el umbral del sufrimiento y del compromiso a una escala muy por debajo de la fuerza de ilusión que le ha impulsado siempre a querer llevar a cabo sus propias gestas montañeras. Es por eso que se ha creado su propio mundo y se ha convertido en uno de esos peculiares personajes que giran a parte de la órbita alpina del país, trazando su propio cosmos. A pesar de ello es mi amigo y lo aprecio, a la vez que no me angustia la posibilidad de abortar tan rápidamente la empresa de la travesía. Sin dudarlo un instante evito la confrontación y la sustituyo con un despreocupado entusiasmo: No te preocupes, que la próxima noche dormimos en una cabaña. Le metemos morro y ya verás como algún autóctono nos deja dormir dentro de su casa.  

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Dicho y hecho. Al final de la tercera jornada, y tras atravesar el magnífico bosque de Skálmevárit, nos adentramos por fin en el Torneträsk y buscamos cobijo en la agrupación de casas situadas en la orilla norte, conocidas como Korttolahti. Aquí comprobamos que la hospitalidad gratuita forma parte del rudo ambiente de la vida de los  lapones. Es una especie de ley natural que se implantaron los antepasados para poder sobrevivir dentro de un medio tan hostil. Tras la tercera jornada reponemos fuerzas al lado de una chimenea y dormimos en mullidos colchones. Dentro de la construcción llegamos a los 30* C, fuera la temperatura desciende por debajo de – 25 * C. ¡Una abrir y cerrar de la puerta para salir al exterior representa un cambio térmico de casi 60 * C!. Ambos estamos contentos, Carles porque ya se olvida de la incomodidad de la tienda y yo porque se que continuaremos la travesía.

Al siguiente día atravesamos el Torneträsk por el centro. La sensación de blanca infinidad se acentúa, por mucho que siempre son bien visibles las orillas y tras ellas las elevaciones montañosas. El Lago, a pesar de tener las aguas tranquilas, es muy profundo, lo que implica que la congelación cueste de consolidarse. Cruzamos zonas de grandes grietas y fisuras con la debida precaución, sabiendo que bajo ellas hay más de 70 metros de profundidad de frías aguas. Por la tarde el tiempo empeora. La niebla cubre a ratos el lago y deja caer esporádicas nevadas. Al anochecer estamos en las orillas del pueblo de Stenbacken, intentando, sin éxito, repetir la misma operación que el día anterior: dormir en una casa particular por caridad. No obstante todos los hogares parecen deshabitados. Por fin encontramos un refugio libre en una zona de picnic a pocos metros de la carretera y de la línea de tren. No puedo dejar de pensar que esta realidad tan civilizada y cómoda dista mucho de la idea preconcebida de lo que pensaba que sería mi primera travesía ártica.

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La próxima jornada amanece con un día ventoso, frío, nublado y con nevadas intermitentes. Carles no lo duda dos veces: da por finalizada la travesía. Según él, ya la ha realizado.

– Una travesía – me dice – no es como una vía alpina. No tienes porque iniciarla y concluirla en lugares determinados. Si ya has estado varios días yendo de un lugar a otro puedes concluir cuando quieras, que tú ya has realizado una travesía.

Por supuesto, yo no comparto su opinión. Al contrario, considero que nos quedamos a medias y que aún podríamos esforzarnos en continuar. Al fin y al cabo tenemos días y comida de sobras, tan solo que una nueva jornada con un avance ralentizado por el mal tiempo comporta no llegar a la próxima población (Abisko) y, por tanto, tener que pasar una noche en medio de la tormenta y dentro de la minúscula tienda de campaña. Carles apela a su experiencia para imponer su criterio. Yo apelo a la resignación y a mis pocas ganas de discutir. Además que una premisa alpina es la de no obligar a emprender al compañero ninguna empresa no deseada La determinación de continuar debe ser común, tanto en una arriesgada vía alpina como en un paseo con esquís sobre un lago helado.

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Cuando hablamos con nuestras respectivas familias constato la gran diferencia de criterio entre Carles y yo. El habla de una tormenta terrible que no nos ha permitido continuar. Yo hablo de un poco de mal tiempo que ha provocado que nos diese pereza caminar. Parece increíble que los dos hayamos coincidido en el tiempo cronológico y en el espacio físico e interpretemos la realidad de maneras tan singulares. Horas mas tarde estamos en Kiruna. Fin de trayecto. Al día siguiente visito el curioso Hotel de Hielo de Kiruna (*2) y los últimos días, para acabarlos de pasar, visitamos a unos amigos de Carles que viven en las cercanías de Lulea. Love y Tatiana, que viven con su hijo Elías.

Love es lapón. Tatiana es ecuatoriana. Ambos tienen una empresa de aventuras que explota diferentes atractivos que tiene el ártico para los turistas que desean hacer algo más que turismo convencional. Love también conoce el mundo de las travesías árticas. Durante los dos días pasados con él, me empapo de anécdotas relacionadas con la vida cotidiana en el mundo salvaje del ártico, de la historia de su tierra y de la realidad actual.

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Durante una excursión realizada en las proximidades de su casa vemos torretas de vigilancia: Son de la segunda guerra mundial. Suecia consiguió no implicarse en el conflicto, pero los alemanes violaban con total impunidad nuestro espacio aéreo, por eso el gobierno lleno los bosques de torretas de vigilancia, para al menos controlar los movimientos del vecino litigante.

También me habla de los lapones, sus costumbres y su mitología.

– Los lapones nunca llegaron a representar el infierno. Para ellos tan solo existía la tierra y el cielo, o sea, el lugar en el que vivimos y el lugar al que vamos a parar cuando morimos.

– El año lapón tiene 8 estaciones bien diferenciadas. El verano tan solo dura 3 o 4 semanas y coincide con el mes de julio. Luego viene el preotoño, que se inicia en agosto y comporta la llegada del frost (viento frío y helado que escarcha la tierra en las montañas durante la noche). A final de agosto y principios de septiembre las noches ya son frías en todo el país y las hojas de los árboles amarillean, aquí ya ha empezado el otoño. El pre-invierno coincide con octubre y la llegada de la nieve. Luego viene el invierno, la peor y la más larga de las estaciones. Empieza a principios de noviembre y finaliza a finales de febrero. Durantes los días de Navidad y final de año la oscuridad es absoluta. Tan solo se divisa una tenue línea de luz en el horizonte hacia mediodía, son falsos amaneceres. A partir del 15 de marzo entramos en la que nosotros denominamos el invierno – primavera, aún hay nieve por doquier pero el día y la noche se equiparan en duración: 12 horas cada uno. En abril y mayo viene la primavera. Es el momento en que marcha la nieve pero el paisaje aún está gris y húmedo y apenas empiezan a despuntar las hojas en los árboles. En junio encontramos el pre-verano. Es la explosión del verde y de las flores. Los días duran 24 horas. Nunca se hace de noche. Es quizás la mejor época, la precedente del corto verano. Aquí concluiría el círculo que se repite año tras año.

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– Los lapones tiene más de 80 maneras de llamar la nieve: Pluma, azúcar, cemento, grasa (que es resbaladiza, fina pero compacta), guante de lapón (copos inmensos), mojada, seca, pegajosa, fina, granulosa, etc … también tiene diferentes nominaciones dependiendo del ruido que hace al ser pisada, etc ..

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Los lapones han sido, desde siempre un pueblo nómada. ¿Ves esta foto? – Me señala un libro que he adquirido sobre la vida lapona – pues fíjate que un pastor aguanta los cuernos del reno y otro le muerde la entrepierna. Era la manera tradicional de castrar a los animales para hacerlos mansos: a mordiscos.

– El Sami es el conjunto de dialectos que habla los lapones, tanto los suecos, como los noruegos, finlandeses y rusos. Ahora casi se ha perdido. Los gobiernos de los respectivos paises obligaron a la alfabetización de los pequeños a principios del siglo pasado, desintegrando a muchas familias e ignorando por completo el habla autóctono de la gente del norte. Hoy en día existe algún colectivo con cierto carácter nacional dentro de los lapones, que reivindica su unidad y su lengua; pero no recibe ningún tipo de ayuda por parte de las diferentes administraciones estatales, por lo que el futuro inmediato de esta manera de vida es más que incierto. De hecho diferentes variedades del Sami ya se consideran que pertenecen al cada vez más extenso repertorio de lenguas muertas europeas. (*3)

(*1) A mi humilde entender ambos términos no deberían confundirse. De hecho deben ser consideradas las travesías polares aquellas cuyo destino principal pasa a ser uno de los polos (geográfico o magnético) de cualquier de los dos hemisferios. Travesía ártica debe ser considerada como toda aquella travesía que se desarrolla por encima del círculo polar ártico; tan solo una travesía al polo norte puede ser considerada, a la vez, como una travesía polar y ártica. El resto de supuestos descartarán uno de los dos objetivos que adjetivan el tipo travesía.

(*2)  El hotel de ielo es la atracción turística más famosa de Kiruna. En realidad se localiza en la población de Jukkasjärvi, a 18 km al este de Kiruna. Cada incierno se construye extrayendo bloques de hielo del cercano rio. Esta totalmente construido con nieve y hielo. Tiene unas gélidas habitaciones, que se mantienen a una temperatura constante de – 5 * C, una capilla, un bar, una sala permanente de esculturas de hielo y hasta un anfiteatro donde se interpretan obras en laponés. Una visita obligada para todo aquel que viaje a Kiruna.  Más información en la web http://www.icehotel.com

(*3) Hay cinco variedades de Sami. El del norte (cabo norte y norte de Noruega) que está considerada como una lengua en peligro. El Sami de Lule y del sur se considera lenguas particularmente amenazadas. El Sami central es una lengua moribunda y el Sami de Kemi (Finlandia) ya es una lengua muerta. Fuente: estudio publicado por la UNESCO en el año 2.005.

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