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LAPONIA – CRÓNICA DE LA TRAVESIA KUNGSLEDEN, DE GIVKKIJIEGGE A KEBNATS – MARZO 2021.

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La idea de ir a conocer parte de la bonita travesía del Kungsleden respondió a un cambio forzado de última hora, improvisación “last minute” que, como agencia de viajes, me estoy acostumbrando ya a hacerlo con cierta habitualidad en la verdadera “montaña rusa” que representa sobrevivir como agencia de viajes en pleno covid.

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La idea inicial era volver a Finlandia, en concreto a Lemmenjoki, pero pasaban los días y las fronteras de Suecia continuaban cerradas para los españoles. Mi colaborador local me confirmó que este año era imposible y yo me resistía en pasarme un invierno sin visitar Laponia. Necesitaba un “plan B” urgente.

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Un buen amigo lapón me puso en contacto con una empresa local que nos ayudaría en la gestión de traslados, reservas y alquiler de material. De voz de gerente de dicha empresa, el buen profesional Christian, oí por primera vez el nombre de Kungsleden. Yo en un principio había pensado en el Iron Trail, pero Christian me recomendó la otra travesía. Cuando se lo comenté al Ricardo, experto conocedor de Laponia con el que tenía que ir al Lemmenjoki, me dijo que la elección era muy acertada, que el Kungsleden era una ruta de extraordinaria belleza. Con ambos consejos ya podía ir tranquilo que la elección era apuesta ganadora segura.

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La formación del grupo también fue improvisada y un tanto surrealista. La gente que hacía tiempo que estaban inscritos y más me insistían en venir se echaron atrás a última hora y cuando ya veía peligrar el viaje se me apuntaron nuevos participantes con la misma improvisación que el cambio de planes. Cosas también inherentes de viajar en tiempos de covid.

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La travesía superó las expectativas creadas, hasta el punto que tengo bien claro que el próximo invierno volveré a aplazar Lemmenjoki para transitar otro tramo de la travesía, y es que el recorrido integral tiene 450 Km. Esta travesía transcurre por los Alpes Escandinavos, lo que le confiere una belleza extraordinaria, al ser la unión de las montañas nórdicas, que recuerdan los relieves de la Highland escocesas, con las extensiones blancas y enormes bosques de coníferas de los horizontes infinitos del Gran Norte.

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Tuvimos que acortar un poco la travesía, al tener que contar con los días extras para hacerse pcr y esperar resultados, pero aún así fueron 4 bonitos y variados días en que pudimos conocer dos facetas bien distintas de la Laponia invernal. Los claros paisajes azules y la cerrada y gélida ventisca.

Volamos a Lulea y al día siguiente fuimos a Jokkmokk, donde realizamos compras, descansamos, visitamos la población y acabamos de preparar material.

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El tercer día de viaje fue por tanto el primero de travesía. Para llegar al inicio de la misma tuvimos que realizar un combinado de coche y moto de nieve. Casi una hora de desplazamiento en el remolque de la misma hasta llegar a la orilla del lago Lajtavrre, donde por fin empezamos a esquiar arrastrando las pulkas.

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El primer día fue tranquilo y un trayecto fácil y relativamente corto, con un tiempo frio y nivoso al principio que poco a poco fue mejorando para regalarnos una tarde tranquila y de cielos despejados, gracias a la cual pudimos disfrutar de las excelentes vistas de las montañas de Tjahkelij y Skiertte y sus verticales paredes de roca. La pernocta la realizamos en Aktse donde nos hacemos una idea exacta de las comodidades de los establecimientos de esta travesía. A diferencia del año pasado, ahora no son cabañas libres que calentamos a base de darle caña a la estufa en un recinto cerrado y reducido. Ahora estamos en cómodas casas, con agua, bien caldeadas y sin luz eléctrica. Tan pronto como se va el sol disfrutamos de románticas cenas en comunión a la luz de las velas.

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En el primer día de travesía realizamos un trayecto de 6 km 320 metros, subimos 59 m de desnivel, no bajamos ninguno. La cota mínima fue 488 m y la máxima 559 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-dia-1-70682526

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Por la mañana del segundo día, antes de realizar la jornada de travesía en sí, realizamos un paseo por el fondo del valle, en concreto por encima de las aguas heladas del lago Láttávrre hasta situarnos bajo las espectaculares paredes verticales del Skierffe. Disfrutamos con el espectáculo de las gélidas nieblas disipándose poco a poco en un paisaje irreal. Laponia invernal en estado puro. Nos paraliza más es indescriptible espectáculo de la naturaleza que el hiriente aire de una temperatura inferior a los -20º C. Como telón de fondos unas montañas tan absolutamente nevadas que asemejan lejanos glaciares antárticos. “Algún día” – pienso – “Algún día”.

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La segunda jornada de travesía nos ofreció una subida constante para empezar, una travesía del cordal con una excelentes vistas pero constantemente azotados por el viento, y una bajada divertida y a salvo ya del vendaval de las partes altas, que hasta nos hacía sentir una falsa sensación de calor cuando intensificábamos la marcha. Las vistas completamente hipnóticas sobre los macizos de Njunjes y las paredes de Skämmabákte. Uno despierta su viejo instinto de alpinista y sueña despierto con surcar algún día alguna de estas paredes remotas, disfrutando del ahora, del momento y de la actividad actual.

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Noche en Sitojaurestugorna, en otro sistema de cabañas excelentemente equipadas y semi guardadas, en el sentido de que la casa en si está alquilada solo para nosotros, pero a pocos metros habitan los propietarios de las fincas en su propia casa. Por la noche el cielo se nubla y empieza a nevar. Es el preludio de lo que vendrá mañana.

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El segundo día realizamos un trayecto de 14 km 380 metros, subimos 404 m de desnivel, descendimos 325 m de desnivel. La cota mínima fue 533 m y la máxima 930 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kunsleder2-70684278

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La tercera jornada fue dura. Laponia nos enseña sus dientes árticos. Nieve, niebla, ventisca… un día de aquellos que evitas parar y cada uno se resguarda en la crisálida de pensamientos mientras intentamos mantenernos lo más calientes posibles gracias al buen equipamiento y a la constante movilidad. Cualquier motivo que te obligue a quitarte guantes, comporta unos eternos minutos de dolor en las extremidades intentado volver a ganar la temperatura correcta en los dedos. No podemos disfrutar del paisaje, pero sí de los momentos tan atípicos para nosotros, seres mediterráneos, que representa sentirse un punto minúsculo en medio de la tormenta. Por suerte el camino está muy bien indicado y no hay pérdida posible, muy a pesar de la falta total de visibilidad. Por suerte y por fortuna un elemento básico juega a nuestro favor. Tenemos todo el rato el viento de espaldas.

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La tercera noche la realizamos en un complejo de ensueño. Un enclave en medio de las montañas conocido como Saltoluokta. Un hotelito donde nos deleitamos de una buena cena, gastronomía local, abundante cerveza y damos ya por finalizada la travesía. Al día siguiente tan solo nos queda un corto tramo de despedida cruzando el lago para llegar al embarcadero de Kebnats donde nos espera el coche.

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Ya tenemos una travesía más en el zurrón y para mí un redescubrimiento de los Alpes Escandinavos, que ya conocí brevemente en la travesía de Törnetrask de hace ya muchos años. Este año nos quedó pendiente poder ver auroras boreales. Una verdadera lástima, ya que se produjeron pero nos resultaron invisibles por la espesa capa de nubes y las copiosas nevadas que nos acompañaron casi todas las noches (menos la primera en Aktse. El año que viene (2022) volveremos para hacer otros tramos del famoso Camino del Rey o Kungsleden, en concreto el trayecto Abisko a Vákkudavárre, pero eso… eso ya serás otra historia.

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El tercer día realizamos un trayecto de 20 km 590 metros, subimos 146 m de desnivel, descendimos 385 m de desnivel. La cota mínima fue 390 m y la máxima 767 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-3r-dia-70691017

El cuarto día realizamos un trayecto de 3 km 960 metros, no subimos ni un metro de desnivel, descendimos 23 m de desnivel. La cota mínima fue 365 m y la máxima 388 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-4a-dia-70691323

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Durante toda la travesía realizamos un trayecto de 45 m 270 metros, subimos 614 m de desnivel, descendimos 733 m de desnivel. La cota mínima fue 368 m y la máxima 930 m. Podéis descargar o consultar el track en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/kungsleden-2021-sencer-70691822

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Salida realizada en marzo del 2021 junto con Cristina Mora, Ester Barceló, Federic Puig i Richi Navarro.

Quieres participar de nuestros próximas travesias por Laponia – Ártico o Antártida, visita nuestro calendario de viajes previstos en: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/

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ELBRÚS – INTENTO A LA ARISTA KYUSKYUTLYU – JULIO 2017

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La arista de Kyuskyutlyu es un largo cordal glaciar que se desprende del oeste de la cumbre principal del Elbrús, en dirección sur separando los valles de Terskol – Elbrús del valle de Kuban – Hurzuk. Es una ruta raramente emprendida para subir a la cumbre más alta de Europa, hasta el punto que la mayoría de guias locales la desconocen.

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En realidad la arista estricta se inicia en el marcado collado del Hotuitau Pass, pero desde allá, la primera cumbre, la rocosa Kolbashi Mt. Resulta hartamente difícil, descompuesta y expuesta. Pocas son las rutas que suben a este castillo volcánico y completamente desmenuzado. La arista por tanto se toma por encima del pico rocoso, entre esta difícil y peligrosa cumbre y la parte alta de la arista hacia la cumbre principal. Evitado este primer escollo la Kyuskyutlyu no es más que una larga arista comprometida por la soledad y aislamiento de la zona, pero no difícil. Tan solo cabe contar con pendientes de 45º a 55º grados en la vertiente de acceso a la parte alta del cordal.

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La idea de escalar la arista era aprovechando la extensión del viaje mediante el cual comercializaba la subida al Elbrús por la vertiente sur. Unos cuantos días más en la montaña me ofrecían la posibilidad de ir a hacer esta escalada por mi cuenta con dos buenos amigos, A última hora se nos incorporó, como uno más dele quipo, el entrañable Andrey (Andruja para los amigos), curtido guía local y científico de profesión.

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El acceso a la arista Kyuskyutlyu ya es por si una larga, variada y bonita excursión. Salimos desde la estación intermedia de la telecabina de subida a Barrels, la denominada Stary Krugozoer Station. Desde aquí se sube unos centenares de metros por la propias pistas de la estación (pistas de esquí en invierno) para tomar una tortuosa senda (no fácil de encontrar) que flanquea por debajo del glaciar de Maly Azau.

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Se llega a un bonito emplazamiento, el lago de Xacahkoü, uno de los pocos lagos glaciares que encontramos en las laderas del gigante europeo. Desde aquí llegamos a la morrena que da acceso al glaciar de Bolshoy Azau, lugar en que acampamos sobre un terreno helado, sobre el duro permafrost.

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Al día siguiente atravesamos un largo y llanero glaciar en dirección al Syuryulgen Pass sin necesidad de llegar al mismo. Justo en la vaguada donde se localizan los restos de 2 helicópteros, se sube una anchísima canal hacia el norte para situarnos al pie del inicio de la escalada. Llegamos ya tarde a pie de la pala de acceso, con una temperatura alta y nubes que cada vez pueblan más los cielos. Decidimos acampar en el último tramo donde hay tierra y planificamos madrugar al día siguiente e iniciar la escalada. Si todo va bien, tras un campamento más intermedio, de aquí dos días estaremos en cumbre.

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Pero por la tarde el tiempo cambia. Tormenta y lluvia, granizo, truenos y luego frio. Al final nieva. Al día siguiente continuamos sumidos en un mal tiempo general. Compas de espera. Empezamos a tener porque nuestros planes se vayan al traste. Dejamos pasar el tiempo entre horas de duermevela en el cálido interior del saco y cortos paseas al exterior cada cuando la tormenta de calma.

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Entre las curiosidades del día nos sorprende Andruja cocinando latas de conservas directamente sobre el fuego de fogón, sosteniendo las mismas con los dedos, mientras el interior del recipiente está hirviendo. Llegamos a la conclusión que tienes que ser ruso para aguantar una cosa así.

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Al tercer día amanecemos bajo un cielo incierto. El buen tiempo aún no llega. Debatimos si bajar o no. Yo prefiero esperar, pero me quedo solo en mis intenciones. Bajo completamente desanimado y convencido que podríamos haber esperado un poco más. Maldigo mi mala suerte. Tenía tantas ganas de volver a subir escalando el Elbrús como hice el año anterior!!!

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Mi desazón es inmensa. Curiosamente desde que vivo profesionalmente de la montaña y los viajes, puedo sentirme absolutamente afortunado de ello, pero por otro lado dispongo de menos tiempo para mis propios proyectos no profesionales, como seria esta ascensión a la arista de Kyuskyutlyu; y soy consciente de que a mi edad ya poco importa más o menos curriculum cara a la galería, el ego ya es algo que traspasé y dejé atrás llegando a mi propia cumbre; pero tengo unas ganas locas de experimentar y vivir la montaña a mi manera, con cierto compromiso que me permita saborear la aventura y disfrutar de cada momento vivido en mi montaña íntima.

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Bajamos por el valle, esperando ya no mojarnos antes de llegar a la estación de la telecabina. Deshacemos el largo camino, cargados como mulas. Las nubes no han dejado de cubrir las zonas altas de la montaña en ningún momento. Nos tomamos una cervecitas con el último sol y comemos una buena barbacoa el Terskol bajo una lluvia sin consuelo. Sin duda la decisión ha sido la correcta. Allá queda la Kyuskyutlyu como proyecto futuro. Sin duda me han quedado más ganas de volver tras explorar la ruta.

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Allá está, a ver si en el futuro no demasiado lejano vuelven a darse las circunstancias propicias para ello. Mientras tanto el inmenso Elbrús continuará luciendo igual de enorme, altivo y señorial, completamente ajeno a todas las vacuas divagaciones y aspiraciones que esas pequeñas hormiguillas humanas que se esfuerzan absurdas subidas y bajadas por sus cumbres, aristas, valles y vertientes.

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Intento de ascensión realizado en julio del 2017 junto con Andruja, Ismael Antequera y José Calvo.

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Autor del artículo PAKO CRESTAS.

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ELBRÚS POR LA VERTIENTE SUR – CRONICA DE LA ASCENSIÓN JULIO 2017.

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En julio del 2017 monté mi primer viaje como empresa de agencia de viajes a la vertiente sur del Elbrús. Muchos años antes, en concreto el 2003, había estado en esta ruta junto con unos amigos. Para entonces aún no me dedicaba profesionalmente a los viajes y aquella micro – expedición fue un viaje de “placer”. Desgraciadamente vinimos muy pronto, a mediados de junio, y el tiempo no acompañó. Realizamos 2 intentos, en el primero nos dimos media vuelta cerca del collado, hundiéndonos en una masa de nieve profunda y sin consistencia y siendo víctimas de una mala aclimatación, por un planning precipitado y demasiado confiado. El segundo intento, ya en solitario a la cumbre secundaria, lo aborté también por los fuertes vientos y la falta de visibilidad.

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En 2016 volví al Elbrús por la vertiente Norte. En aquella ocasión nos tuvimos que conformar con la cumbre secundaria (que gran parte del grupo tomaron como si hubiese sido la principal) y poco más tarde realicé la travesía O.-E. pisando ya ambas cumbres, por fin la principal y de paso repetí la secundaria, como colofón de unas bonitas y exigentes jornadas de montañismo genuino y auténtico en el techo de Europa.

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En 2017 me faltaba completar, por pocos metros, la ruta de la cara sur. La más popular, cómoda y repetida. Pero no por ello poco exigente. El día de cumbre, al igual que pasa por la vertiente norte, se debe superar un enorme desnivel, desde los menos de 4.000 metros del Campamento Barrels a los 5.642 m de la cumbre.

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Previo traslado al campo de altura del Elbrús realizamos una bonita excursión des de Terskol al observatorio de Terskol, a poco más de 3.000 metros de altura. Es una agradable excursión con excelentes vistas panorámicas entre bosque y prados llenos de flores. Un buen preludio para estirar las piernas y comulgar con el gigantesco  Elbrús. Durante el transcurso de la excursión pasamos bajo curiosas coladas de basalto, que nos recuerda que, aunque dormido, estamos en la piel del volcán más alto de Europa.

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La ascensión al observatorio se inicia desde las cercanías del cementerio a los caidos en el Elbrús durante la segunda guerra mundial. Un improvisado monumento lleno de restos anónimos de cuerpos procedentes de los soldados rusos. Durante el verano de 1942 las tropas alemanas llegaron a la montaña y plantaron la esvástica en la cumbre. Stalin, completamente enojado con que el trozo de trapo fascista ondease la cumbre, envió varios grupos de soldados que eran inútilmente abatidos desde las posiciones alemanas. 70 años más tarde los glaciares van dejando ir poco a poco los cuerpos (o partes de ellos) victima de ese festín gratuito que se dio la muerte en las laderas de esta glaciar montaña. Restos que descansan sin sentido, orden ni identificación en los pies de lejano techo continental.

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Tras la gratificante excursión subimos ya con los remontes mecánicos al campamento de Barrels que han mejorado sustancialmente desde que estuve la primera vez 15 años antes. Allá nos dejamos mimar por la buena cocina de Marian y nos dedicamos a pasear, a planificar y a irnos acostumbrando al cercano aire de los 4mil metros.

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Barrels en un lugar desapacible por la presión de la presencia humana. Telesillas, remontes mecánicos, antenas, orugas, cables abandonados, edificaciones dispersas a cual más fea, bares, restaurantes, olor a aceites y humos….Contrarresta con el desastre humano las espectaculares vistas sobre la cordillera, que nos regalan unas puestas de sol inolvidables. Todo un espectáculo para la vista y para el alma.

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La aclimatación implica subir a los 4.750 m de Pastuhova rocks, donde antaño se montaba un campamento que ahora nadie utiliza. Hasta este punto llegan las orugas quitanieves. Es una ascensión monótona como pocas. Una pendiente uniforme. Al bajar mil y unos riachuelos invaden la pastosa nieve haciendo casi imposible bajar sin metres los pies en el agua. Tarde calurosa, sofocante. Sol de justicia.

?

Al día siguiente el tiempo meteorológico ha cambiado radicalmente y nieva de manera copiosa y constante dejando una estampa navideña a los destartalados edificios de Barrels. Por suerte el cambio de tiempo no dura más de media jornada y por la tarde vuelve a brilla un sol vigoroso, veraniego. Mañana, día de cumbre, el tiempo será excelente por la mañana y bueno por la tarde.

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El día de cumbre surge la divergencia entre utilizar o no las orugas para llegar a la Pastuhova rocks, entra aquí un yermo dilema moral. Personalmente creo que la decisión la debe tomar cada uno según su conveniencia. Si dudas de tus capacidades para llegar a cumbre desde los 3.900 m, pues no creo que sea tanto problema ahorrarte con sistemas mecánicos aquello que ya has subido 2 días antes a pie. Al fin y al cabo uno cuando viene al Elbrús se está gastando un montón de dinero para subir a la cumbre. ¿Viene ahora de ser más papista que el Papa cuando lo único que queremos es pasarlo lo mejor posible, disfrutar y llegar a cumbre en las mejores condiciones posibles?

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Al final parte del grupo sale desde abajo y la otra mitad desde arriba. De los que suben con oruga llegan todos a cumbre, de los que salen desde abajo no. Yo salgo desde Barrels, porque la guía, Olga, prefiere acompañar a los que van con la oruga. Nos juntamos todos en las cercanías del collado. Subida larga, extraordinaria salida de sol. Frio y vacio aire de 5.000 metros. Por encima de Pastuhova Rocks algún conductor de oruga temerario o presionado por una buena propina, ha acabado abandonando una máquina cerca de la línea de los 5mil metros de altura. Ahora la inservible oruga ya forma parte del glaciar.

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La pala de subido del collado a la arista final es larga, monótona, interminable. Al finalizar esta eterna cuesta se dio una situación curiosa y a la vez cómica. La cumbre real es una pequeña pirámide que sobresale 15 m en el extremo opuesto del Plateau de la arista somital. No todos se creyeron que aquella meta era la cierta hasta que todos la coronamos y vimos que ya no había ni un palmo más para ascender.

Bajada larga. Tan larga como la subida, pero ya con el ánimo diferente. La cumbre ya no sube, la cumbre baja. Y no tiene forma de un nevado cucurucho de nieve. Tiene forma de un cómodo colchón y una interminable taza de té caliente.

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Bueno… yo el té ya se lo regalo a Marian y a sus rubios tirabuzones. Nos vamos directamente a la cerveza… a tomarnos unas cuantas Elbrús 5642 m de 50 cl., cumpliendo con la superstición de la zona muy a tener en cuente para los que vengáis aquí la primera vez…. Esta cerveza SOLO SE PUEDE TOMAR TRAS LA CUMBRE. Hacerlo antes comporta mala suerte. Estáis advertidos….

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Podeis decargaros el track de la ruta normal del Elbrús desde su vertiente sur en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/hiking-trails/elbrus-cara-sur-via-normal-66082708

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Ascensión realizada en julio del 2017 junto con Chiki Bloca, Ismael Antequera (Ixma el Fermoso), Miquel Neiro, Pino Casanovas, José Calco, Manolo Curado y la guía Olga Zhurtova

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ELBRUS – KAZBEK – SALIDA PREVISTA JULIO 2021 – ¿VIENES CON NOSOTROS?

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Este verano del 2021, tras el parón del covid que nos obligó a aplazar el viaje previsto para el verano del 2020, reemprendemos doble proyecto de realizar Kazbek y Elbrús en un doble programa con tres posibilidades: Ir a ambos (15 días) ir a Kazbek (9 días) o venir solo a Elbrús (9 días).  Encontrarás el programa en el siguiente apartado: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/

Además para Elbrús ofrecemos la posibilidad (ahora pro ahora ya sin plazas al estar todas ellas ocupadas) de subir escalando por una variante alpina. Encontrareis el programa de la versión alpina en el siguiente link: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/

Caso que estés interesado de participar en esta aventura, podríamos estudiar la posibilidad de ampliar un par de plazas más para la misma.

Somos especialistas en el Elbrús, aparte de trabajar con una empresa local histórica y de contrastada e indiscutible solvencia, personalmente he escalado 4 veces el Elbrús (2 veces la cumbre principal y 2 veces la secundaria) y he recorrido (subido o bajado) sus 4 vertientes: norte, sur, este y oeste.

En este mismo blog encontrarás varias entradas o reportajes dedicados a la montaña

MONTE ELBRUS – 5.642 METROS EL TECHO DE EUROPA POR SUS 4 VERTIENTES

ELBRUS 2003 – DIÁLOGOS CON EL TECHO DE EUROPA.

Para más información puedes contactar con nosotros mediante mail a pakocrestas@gmail.com y whatsapp al +34 615626813

El MONTE ELBRÚS (en ruso, Эльбрус; en karachái-bálkaro, Минги тау) es el pico más elevado de Europa, con una altitud de 5642 m s. n. m. Está situado en la parte occidental de las montañas del Cáucaso —la cual, junto con los montes Urales, marca la frontera tradicionalmente aceptada entre Europa y Asia—, en Kabardia-Balkaria (Rusia), cerca de la frontera de Georgia.

El MONTE ELBRÚS tiene dos cumbres, ambas cúpulas volcánicas inactivas. La cumbre más alta está situada al oeste y se eleva hasta los 5642 metros; la cumbre del este mide 5621 metros. La cumbre este fue ascendida por primera vez el 10 de julio de 1829 (calendario juliano) por Khillar Khachirov, y la cumbre oeste en 1874 por una expedición británica dirigida por F. Crauford Grove.

Entre las discusiones que existen en torno a la frontera entre Europa y Asia, las autoridades modernas más relevantes definen el límite continental como la cuenca del Cáucaso, lo que coloca al Elbrús enteramente en Europa debido a su posición en el lado norte de Rusia

El MONTE KAZBEK es un estratovolcán de 5.047 m altitud que se encuentra en Georgia, cerca de la frontera con la república de Osetia del Norte que forma parte de la Federación rusa. Es el segundo pico más alto en Georgia.

Es una hermosa cumbre glacial de moderada dificultad. Desde Georgia, el punto de partida de la ascensión está en la pequeña ciudad de Kazbegi, a unos 150 kilómetros de Tiflis, la capital. Desde Kazbegi, en dos días de marcha por el collado de Sabertse de 3150 m y el glaciar Gergeti, se llega a un refugio a los 3.700 metros de altitud. Desde el refugio, una larga ascensión por la nieve y el hielo hacia el sur da acceso a la cumbre.

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CRONICA DE LA TRAVESIA DEL RAMAL NORTE DEL LAGO ONEGA – MARZO 2019.

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Dentro de proyecto “The last ice”, que consiste en realizar una travesía de un gran lago helado en cada continente del hemisferio norte, en marzo del 2019 nos desplazamos a la Rusia Europa para cruzar el segundo lago más grande de Europa, el Onega.

Ya hace años planifiqué junto con Carles Gel la travesía de Lago Ladoga, el más grande de Europa, situado más al sur del Onega, pero ya en aquellos años (debe hacer unos 20 años de aquel intento) el Ladoga ya no estaba helado en pleno invierno, lo que nos llevó a abortar el viaje. En aquellos momentos la tecnología no estaba tan avanzada como ahora, y descubrimos que el lago estaba sin hielo justo al llegar a Sant Petersburgo. La decepción fue tal que mi compañero no quiso ni oír hablar de ningún plan alternativo y nos dedicamos a cambiar los vuelos de vuelta para regresar lo antes posible a Barcelona.

Años más tarde ya ni nos planteamos en ningún momento el Ladoga. Lo que en 1942 fue una verdadera autopista con tránsito de camiones durante meses para salvar el asedio de Leningrado (la famosa línea de la vida sobre los hielos del lago), hoy en día no se llega a congelar en todo el invierno a causa del aumento de temperatura del cambio climático. Por ese motivo ya optamos por el Onega, un lago más pequeño e interior donde las temperaturas son más severas.

No obstante el cambio climático juego en nuestra contra y hoy en día el Onega tampoco que acostumbra a congelar en su totalidad. Difícilmente los hielos llegan a  cubrir la orilla sur, por lo que concentramos nuestro plan en el más largo de los dedos que componen el norte del lago y finalizar en su corazón, en la turística y curiosa isla de Kiji, con sus iglesias de madera. Patrimonio de la Humanidad.

El lago Onega (Onego, en ruso, Оне́жское о́зеро; en finés, Ääninen o Äänisjärvi; en carelio, Oniegu u Oniegu-järve; en vepsio, Änine o Änižjärv) está situado al noroeste de la Rusia europea, cuyas aguas pertenecen a la República de Carelia, el óblast de Leningrado y el óblast de Vologda. Las principales ciudades en el lago son Petrozavodsk, la capital de Carelia (266 160 hab. en 2002), Kondopoga (34 863 hab. en 2002) y Medvezhyegorsk (15 698 hab. en 2008).

Es el segundo lago más grande de Europa (tras el cercano lago Ladoga), con una superficie de 9894 km², un volumen de 280 km³ y una profundidad máxima de 120 m. Tiene unas 1650 islas, con un área total de algo más de 250 km². Desembocan en él 58 ríos, siendo los principales el Shuya (194 km), el Suna (280 km), el Vodla (149 km) y el Vytegra (64 km). El lago desagua a través del río Svir en el lago Ladoga. El lago es parte de la vía fluvial del canal Mar Blanco-Báltico, inaugurada en 1933.

Personalmente viajé un día antes a Saint Petersburg para poder escalar en hielo en una zona relativamente cercana a la ciudad. Fue todo un placer compartir un día de escalada con el gran himalayista ruso Nikolay Tomianin, leyenda viva del alpinismo ruso, con grandes vías en su haber, entre las que destaca al sur de Lhotse, la Oeste directa de K2 o la norte del Jannu. Salimos de buena mañana desde la ciudad y estuvimos en una pequeña zona bien saturada de cortas vías de hielo y dry tooling que nos permitió escalar unas cuantas micro líneas en plan escalada deportiva, puro divertimento. Cero compromiso. Hacía calor, el hielo se deshacía a marchas forzadas y del cielo tan pronto nevaba como llovía. Un preludio de lo que serían los próximos días en el lago.

Para iniciar la travesía fuimos en tren nocturno a Medezh Yegorsk, una ciudad industrial situada en el margen norte del Onega. Noche un tanto incómoda en el hotel, pero que también contribuyó a darle cierta particularidad a este corto viaje ártico. Este tren está considerado un “sucedáneo” del Transiberiano y enlaza Saint Petersburg  con la lejana Laponia rusa de la península de Kola y el puerto de Arcángel, en el Mar de Barents.

Desayunamos en un pequeño logde situado a orillas de lago helado, esperando que el día se iniciase tras llegar a la ciudad aún de madrugada. El tiempo fuera era desapacible. Viento, nieve, humedad, niebla… mirando la previsión del tiempo era el pan nuestro de cada día que nos esperaba para las próximas jornadas. La verdad es que daban ganas de quedarse dentro del cálido recinto, tomando té y comiendo dulces….

Pero la realidad fue otra. Tan pronto como salimos del hostal se impuso lo que sería la tónica de los próximos días. Albert y Pepe salieron con buen ritmo y sin intención de aflojar el mismo en horas. Nikolay, que nos acompañaba en la salida, se mostraba encantado de la vida teniendo como compañeros unos buenos fondistas. Yo les seguía como podía…. “putos runners” pensaba para mis adentros…. ¿Qué hace un alpinista como yo intentando no perder la visión del culo de estos tres que parecen huir de la peste? … “Un poquito de por favor,… que me paro a mear y os convertís en tres puntitos negros en la lejanía……

En Medezh Yegorsk hubo el gulag más importante de la Rusia Europea (los gulag eran las temidas instituciones penales o prisiones de trabajo forzados de la antigua URSS). En una de las islas que visitamos durante la primera jornada pasamos por una construcción en rui9nas que asemejaba ser un gulag abandonado. Nikolay me dijo que no lo era, cuando le pregunté… pero mantengo mis dudas, dada la fisionomía de la tétrica construcción que a todas luces de adivinaba como una cárcel en ruinas.

Realizamos la travesía de 165 Km en 5 días. Unas temperaturas bastante elevadas para la época de año nos dificultaron un poco más la ruta y nos obligó a ir todo el rato cerca de la costa o entre islas costeras, ya que para el interior del lago las aguas ya estaban abiertas. No obstante en algún momento estuvimos bastaste aguas adentro, lo que no resultaba del todo tranquilizador viendo las grandes lagunas liquidas que teníamos que rodear.

Cuando se descongela un lago se forma una capa de agua entre la nieve blanda de la superficie y el hielo viejo y helado del lago que se formó a principios de temporada. Durante las primeras horas de la mañana la consistencia de la nieve no era ningún problema, más bien al contrario, estaba relativamente dura y nos deslizábamos con facilidad. A medida que pasaban las horas y la temperatura iba subiendo grados por encima de los 0ºC la capa de superficie se aguaba, perdía consistencia y entonces nos metíamos de lleno en la paga acuosa subterránea. A veces se nos hundían toda la bota en el agua hasta la caña. Por la tarde era irremediable acabar con los pies mojados.

Si guardo un recuerdo de esta travesía es la humedad, intensa, constante, cada vez mayor. Por suerte la travesía fue corta y finalizó antes de que este incómodo factor fuese un problema, pero nos daba de pensar en qué condiciones deberían reemprender los pioneros polares sus largas travesías sobre el hielo en proceso de deshielo… centenares de quilómetros, mal equipados (en comparación a nosotros, claro), un destino incierto… comparado con esas proezas pretéritas nuestra travesía ártica parece un juego de niños, poco más que un reto deportivo entre amigos.

Por la noche acampábamos en la ribera del lago sobre una nieve totalmente humedecida que por mucho que la aplanases era imposible construir una planicie consistente sin agujeros. Agua y más agua. Por suerte a media travesía encontramos una cabaña libre donde pudimos encender la estufa y aprovechar para medio secar todo el equipo. Tienda, ropa, sacos, ideas….

Lo mejor fue la última noche cuando nuestro equipo de filmación que venía a visitarnos con motos de nieve nos trajo jamón de jabugo, un buen queso, vino y vodka. Albert, que se había hecho vegano poco antes de la travesía, lloraba con falso disimulo cada vez que, de manera deliberada, le pasábamos un trozo de jamón a pocos centímetros de la nariz.

Finalizamos la travesía en la bonita isla de Kiji y sus iglesias de madera. No pudimos dormir en la isla. Tal como llegamos un reten de militares (los únicos habitantes de la isla en invierno)  nos dejó bien claro que no podíamos dormir en la isla y tuvimos que volver a cruzar la última canal de hielo para volver a un micro islote satélite de Kiji. Al día siguiente caminamos por la Isla, solos, tranquilos, satisfechos de haber finalizado una travesía ártica más. Una nueva semanita ártica en nuestras vidas.

El regreso desde Kiji a la población de Petrozavodsk la realizamos en una especie de barco con un gran flotador y una hélice de viento en la parte posterior. Un curioso transporte que va de lado a lado a unas temperaturas nada desdeñables y que circula igual de rápido sobre el hielo que sobre el agua. En el tramo que va de Kiji a Petrozavodsk ya hay muchos sectores grandes, algunos ya de kilómetros, libres de hielo. Está claro que más allá de la isla de las iglesias de madera era imposible continuar la travesía esquiando sobre el lago.

Acabamos el viaje con turismo en Saint Petersburg en que aprovechamos para visitar el museo de la ruta de la vida, a las orillas de azul Ladoga. Todo un amargo recuerdo de lo terrible que puede llegar a ser el hombre. Todo un  genocidio por el hambre en la ciudad sitiada casi 900 días, en que el transito sobre el hielo fue un rayo de esperanza entre el horror del fascismo. Un claro ejemplo del cambio climático. Hoy en día a duras penas se congela las orillas del Ladoga y cruzamos el Onega por días, ya que una o dos semanas más tarde la travesía hubiese sido ya intransitable…. Y en los años 40 del antiguo siglo los camiones transitaban día y noche durante meses sobre el hielo al sur del Ladoga. Hoy en día sería imposible realizar la ruta de la vida ni un solo día en invierno….

Podéis encontrar el track de la travesía en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/onega-lake-arm-n-w-61460092

Travesía realizada en marzo de 2019 junto con Albert Bosch, Pepe Ivars y Nikolay Tomianin.

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TRAVESIA DEL LAGO INARI (LAPONIA FINLANDESA) – CRÓNICA DE MARZO 2020

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FOTO PAKO CRESTAS

El pasado mes de marzo (2020) organizamos un grupo para la travesía de Lago Inari con el auxilio de una empres española que tiene sede en Ivaro. Fue mi primer viaje como agencia a una travesía Ártica, todas las anteriores las había realizado en sistema de autosuficiencia y con un carácter más deportivo. Fue altamente de agradecer poder disfrutar de Laponia con una travesía más pausada, más pensada para disfrutar del paisaje, del escenario, de las tardes en las cabañas, de las horas pasadas en grupo, de la vida común pre y post jornada con esquís. Una experiencia que si todo va bien repetiremos este próximo invierno en e, parque del Lemmenjoki.

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El Lago Inari es un clásico de las travesías invernales con pulkas por Laponia. Es un lago de gran extensión situado muy al norte, lo que ayuda a que se den buenas condiciones y duraderas cada época invernal. Nosotros fuimos a principios de marzo, que ya sé por experiencia que es de la mejor época. El frio ya es no riguroso, el día se alarga y las condiciones de la nieve y el hielo suelen ser perfectas para esquiar o caminar, puesto que la fusión aún no ha empezado.

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El lago Inari (en finés: Inarijärvi); es el segundo lago de Finlandia y el sexto de Europa en extensión. Se encuentra situado en la parte septentrional de Laponia, al norte del Círculo polar ártico, a 118 metros sobre el nivel del mar. Su periodo de congelación se extiende normalmente desde el mes de noviembre hasta comienzos del de junio.

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Las islas más conocidas del total de más de 3.000 con las que cuenta el lago son Hautuumaasaari y Ukonkivi, histórico lugar sacrificial para los antiguos habitantes de la zona. Un lugar emblemático del Lago es la pequeña y puntiaguda isla de Ukko, lugar sagrado de los samis donde antaño se ofrecían sacrificios a los dioses. El lago cubre una superficie de 1,040.28 km². Desagua hacia el norte a través del río Paatsjoki, el cual vierte sus aguas al Varangerfjord, una bahía del Mar de Barents.

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El primer día fue de tránsito aéreo. Encuentro del grupo de Helsinki, ya que parte salimos desde Barcelona y el resto partieron de Madrid. El trayecto Helsinki Ivaro lo realizamos ya todos juntos. Llegada a Laponia que a nosotros se nos antoja como una enorme estampa navideña. Frio, nieve por doquier y la noche ártica. Encuentro en el hotel en la población de Inari y cena por las cercanías, en que ya cayeron las primeras jarras de cerveza lapona y unas buenas hamburguesas de reno.

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Al día siguiente sin más demora cada componente del grupo escogió el material que mejor se adaptaba a los respectivos tamaños, hicimos las compras de última hora y repartimos comida, enseres y equipo común. Antes de medio día ya estábamos caminando sobre las aguas heladas, partiendo del embarcadero deportivo de Veskoniemi. Esta primera jornada se nos presentó relativamente plácida, no demasiado larga y con una temperatura bastante agradable, sobre todo cuando uno estaba en marcha. Tarde de sol y buenos paisajes. Seguimos todo el rato una línea de pista de motos, lo que nos permite caminar sin esquís a un buen ritmo. Pasamos noche en la isla de Kaikunara en una confortable cabaña de madera.

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La segunda jornada fue similar a la anterior, si bien más larga al contar con un mayor número de horas efectivas para caminar. De nuevo el tiempo resultó ser plácido y tranquilo. Un día frio pero radiante, que animaba a realizar la marcha en grupo, despreocupada, charlando el uno con el otro de temas intrascendentes mientras caminábamos por un lugar completamente solitario y extraordinariamente bello. Continuamos por el trazado de la moto que es la travesía típica de Sur a Norte. Esta noche dormimos en las cabañas de Karppasari.

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El tercer día de travesía abandonamos la pista de las motos de nieve y realizamos nuestra “propia línea” empezando por tanto el tramo que ya implicara abrir zanja en la nieve un tanto profunda y caminar con la ayuda de los esquís. Para completar el cambio de registro en la travesía, también nos sorprendió un cambio de tiempo con niebla y a ratos fuerte nevada. En esta jornada nos internamos también en el corazón del Lago, justo en la zona que más lejos puedes estar de islas y orillas. Esta zona central del lago es conocida como el Liinasvuono. Algunos de los participantes notan que es su primera vez con esquís de fondo y durante las primeras horas reniegan cada vez que caen al suelo.

FOTO PAKO CRESTAS

Ricardo me muestra su preocupación en especial por Pino, que procede de Canarias donde poco puede practicar el esquí nórdico. “No sufras….” Le contesto “la conozco bien, es muy cabezona y aprende rápido, mañana irá la primera de todos, ya verás”… Dicho y hecho. Viva mi Pino!!!

FOTO PAKO CRESTAS

Una bonita sensación de infinito que facilitaba que nuestras mentes divagasen reproduciendo imágenes de lo que antaño fueron las antiguas exploraciones épicas de exploración. Por supuesto la diferencia es abismal, nada que ver… pero… uno caminando por estos lares, en medio de la niebla, con el frio y la sensación de estar en medio de la nada, tiene la mente más abierta para pensar en aquellos héroes irrepetibles”

FOTO PAKO CRESTAS

La tercera noche en el lago la pasamos en la isla de Kahkusaar. Nieva a intervalos durante toda la tarde y noche. A veces de manera suave, a veces de manera copiosa. Otras veces el cielo plomizo parece mantener un extraño equilibrio, como si las nubes contuviesen la respiración. Qué bonita es Laponia ¡!! Tanto cuando el cielo es brillante, como cuando la pertinaz niebla y nieve parece atenuar todos los contornos. Se respira silencio, naturaleza salvaje y dormida.

FOTO PAKO CRESTAS

Al día siguiente, el cuarto de nuestra aventura en el lago, seguimos aún bajo el mal tiempo. Nevada constante y copiosa, pero por suerte sin pizca de viento. Continuamos la travesía por la inmensa nada. Un poco cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. La nevada ayuda a este auto retiro casi impuesto, mientras uno camina observando de reojo los restantes miembros del grupo. Cada uno en su propio mundo y todos conectados por el hechizo del Gran Norte.

FOTO EXPOSITO DOMINGO

Fin de etapa en Suovaari, donde disfrutamos de la protección de las bien acondicionadas cabañas, la estufa, el hogar. Una buena cena y cierta pesadumbre por las noticias que nos llegan de casa de la rápida evolución de la pandemia de Covid. En cuestión de pocos días veo como se van al traste los planos de viajes venideros y tras ellos casi un año de aplazamientos, anulaciones, confinamientos y dificultades.

FOTO PAKO CRESTAS

El quinto día de travesía llegamos hasta Pielpivuono. Este día empezó también con mal tiempo, pero a medida que han pasado las horas fue mejorando hasta quedar una noche esplendida que, por fin, nos deja ver las codiciadas auroras boreales. Estamos ya relativamente cerca del final de la travesía y volvemos a coincidir con pistas de moto. Dejamos atrás tres días de auténtica soledad en los que tuvimos de trazar nuestra propia huella, disfrutando de la falsa sensación de ser los únicos habitantes del infinito blanco.

FOTO PAKO CRESTAS

El último día enlaza Pielpivuono con la población de Inari donde encontramos el hotel en que pasamos la primera noche. De hecho llegamos esquiando a las puertas del mismo establecimiento que está a tocar de las aguas heladas del lago. Día ventoso y frio, pero con una visibilidad extraordinaria.

FOTO PAKO CRESTAS

Pasamos junto a la isla de Ukko, la isla sagrada de los samis, a la orilla de la cual Domingo, un buen amigo integrante de esta pequeña aventurilla, quiere dejar unos muñequitos de terracota que el mismo cuece en unas cuevas troglodíticas de su pueblo, morada también de leyendas y espíritus ancestrales.

FOTO EXPOSITO DOMINGO

Pako, acompáñame, así me filmas mientras dejo los muñequitos y digo unas palabras de agradecimiento”… es curioso cuando nos quitamos los esquís y caminamos sobre el manto de nieve sobre tierra firme… nos hundimos hasta la cintura y a veces hasta el pecho. Domingo, con lo grandullón que es apenas sobresale la cabeza. Sus extensas barbas blancas ahora parecen tentáculos que caminan de manera extraña sobre la pesada nieve. Sonríe y se le ve feliz… “Papa Domingo”… le digo en broma “pobres muñequitos, se van a quedar tiesos de frio, con lo bien que estaban en tu tierra natal cocidos al siempre cálido sol andaluz

FOTO PAKO CRESTAS

Finalizamos la travesía con la incertidumbre de las noticias que han pasado de malas a peores. Ya es evidente que nos enfrentamos a una pandemia, a un confinamiento y a un episodio de la historia que ningún ser vivo había podido experimentar, un virus que se propaga a nivel mundial y que ha cambiado las rutinas de casi todo el planeta, al menos de los países más “desarrollados” que nos pensábamos que estábamos completamente inmunes a un trastorno biológico como este.

FOTO PAKO CRESTAS

Muy a pesar de todo, los buenos momentos pasados en la travesía ya no nos los quita nadie, y que mejor sitio hemos podido pasar a los días previos al cierre total de fronteras y la obligatoriedad de que nos quedemos encerrados en casa. Por suerte no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y nosotros ya estamos planificando la próxima travesía para el invierno del 2021 en que, seguro, hablaremos ya más del virus en pasado que del virus en presente.

FOTO PAKO CRESTAS

Travesia realizada en marzo del 2020 junto con Toni Rubinad, Francesc Molins, Pino Casanovas, Exposito Domingo, Oscar Gómez. Alberto Pérez, Yolanda Pinto, mi hijo Didac, y la compañía de los guias Javier Campos y Ricardo Polar.

FOTO EXPOSITO DOMINGO

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PROYECTO “TOP 10 VOLCANOES” – LOS VOLCANES MÁS ALTOS DE CADA CONTINENTE + LOS TECHOS OCEÁNICOS.

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cumbre del Etna – Foto Pako Crestas

Hola amigos, os presento en mi blog mi nuevo proyecto vital, el cual quiero realizar como agencia de viajes, con lo que lo convierto en un proyecto común y abierto donde confío que os pueda apetecer acompañarme en algunas o varias de las etapas.

Punto de colacación de crampones en el Orizaba – Foto Pako Crestas

El proyecto consiste en subir los volcanes más altos de cada uno de los continentes más los volcanes más altos de las islas oceánicas, en este caso todas las cumbres más altas son volcanes, o sea, los tres techos oceánicos son volcánicos. Excluyo del proyecto los oceánicos Ártico o y Antártico. El primero de ellos siempre se ha considerado parte del oceánico Atlántico y no tiene volcanes (al menos superficiales) y el oceánico Antártico tampoco tiene unos límites establecidos y seguramente el mismo volcán que es el más alto del continente Antártico podría ser considerado a la vez el oceánico.

Puesta de sol desde la ladera N del Damavad – Foto Pako Crestas

Así pues formarían parte 10 cumbres, los “10 TOP VOLCANOES”

  • ELBRUS – Volcán más alto de Europa
  • KILIMANJARO – Volcán más alto de África
  • GILUWE – Volcán más alto de Oceanía
  • OJOS DEL SALADO – Volcán más alto de Sur América
  • ORIZABA – Volcán más alto de Norte América
  • DAMAVAND – Volcán más alto de Asia
  • SIDLEY – Volcán más alto de la Antártida
  • TEIDE – Volcán más alto del océano Atlántico
  • PITON NEIGES – Volcán más alto del océano Índico
  • MAUNA KEA – Volcán más alto del océano Pacífico.
Al pie de la cara N del Damavand – Foto Pako Crestas

KILIMANJARO: Esta cumbre ya le he ascendido y bajado por varias vías, por cinco de las vías: Marangu, Rongai, Machame, Lemosho y Mweka, pero creo que no me cansaré de volver a este lugar mágico. Próximamente volveremos por la Rongai Route en un viaje Low Cost por culpa de la pandemia: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/kilimanjaro-low-cost-dic-20/

En año que viene volveremos por una ruta en desuso, la Arrow Glacier Route, en un principio a “tarifas normalizadas”: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/kilimanjaro-nov-21/

TEIDE: Ya lo he ascendido en un par de ocasiones, una de ellas por la bonita y exigente ruta 0-4000-0 subiendo desde Garrachico y bajando a la Playa del Socorro, travesía que realizamos en 3 días estableciendo como base una bonita y pequeña casa rural en la zona alta de Orotava.

No descarto volver a organizar una salida a Tenerife como agencia de viajes para cruzar la isla por el G.R, y aprovechar para ascender de nuevo el techo del Atlántico, pero ahora por ahora no lo tengo en la agenda.

PITON DE LES NEIGES: La cumbre más alta de la isla reunión, en el corazón del Índico. Forma parte de la CEE al ser territorio francés, lo que facilita el viaje previsto en estos momentos de pandemia. Si me queréis acompañar tengo previsto ir el próximo mes de enero del 2021, edición única como viajes Mon Petit: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/trekking-isla-reunion-ene-21/

GILUWE. Vamos en abril del 2021. Viaje que tuvimos que aplazar por la pandemia. Creo que se trata de la primera expedición nacional a esta cumbre que tan solo se ha ascendido en 16 ocasiones (según informan los guias locales). Os animo a acompañarme en esta experiencia 100% exótica, Edición única como viajes Mon Petit: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/giluwe-wilhelm-papua-abr-21/

DAMAVAND. La cumbre más alta de Irán. Ya la he escalado en 2 ocasiones, por el sur y por el norte. Este invierno tengo la intención de volver en plena época fría, en que las temperaturas en la cumbre pueden llegar a -50ºC, todo un reto para los amantes del frío. No obstante este viaje no será un viaje abierto, por la dureza y riesgos que comporta, pero volveremos en junio por la vertiente oeste. Encontrareis el programa en el siguiente enlace: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/damavand-jun-21/

ELBRUS. Cumbre más alta de Europa y a la vez volcán más alto de Europa. Ya he subido 2 veces la cumbre principal y 2 veces la cumbre secundaria (de tan solo 20 metros menos). 4 vías a la cumbre y un intento a la larga y poco conocida arista de Kükúklü. Este año volvemos por la vía normal con la posibilidad de formar parte de un micro grupo que intentaremos la cumbre escalando por la vertiente S.O. Más información en el siguiente enlace: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/kazbek-elbrus-jul-21/

OJOS DEL SALADO. Volcán más alto del mundo y volcán más alto de Sur América y del Hemisferio Sur. Por 2 años consecutivos he tenido que aplazar la salida, en 2020 por falta de quórum y en 2021 por el covid, pero esperemos y deseamos poder ir en 2022. Aquí tenéis el enlace al programa previsto: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/ojos-del-salado-ene-22/

ORIZABA. Cumbre más alta de México y tercera altura de Norte América después del Denali y el Mont Logan. Volcán más alto de Norte América. Ya lo subí en su día por la ruta clásica, peto volveremos como agencia de viajes dentro del proyecto TOP 10 VOLCANOES. Más información de la salida en el siguiente enlace: https://www.catalonia-trekking.com/viajes-mon-petit/orizaba-mexico-dic-21/

MAUNA KEA. Cumbre más alta Hawai y cumbre más alta del Océano Pacífico. Con sus más de 4mil metros de altura es una de las pocas cumbres tropicales situadas en islas donde nieva con cierta regularidad. Hawai tiene el interés también de las erupciones características de la zona, llamadas coladas hawaianas. En este momento no tengo el programa en la web, pero confío poder programar la salida para el 2022.

SIDLEY. Lugar remoto donde los haya. Lejos entre la lejanía, el “hueso duro” de roer. Caro, carísimo…. Solo para ricos. Previsto para invierno del 2022. En breve tendremos el programa colgado en la web ….

ESTAIS TODOS INVITADOS A SEGUIRNOS EN EL PROYECTO Y SI OS VIENE DE GUSTO, ACOMPAÑARNOS EN ALGUNA DE LAS ÉTAPAS

Salud y monte ¡!!!!

Pako

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ELBRUS 2003 – DIÁLOGOS CON EL TECHO DE EUROPA.

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Cuando yo era pequeño

siempre estaba triste

y mi padre muy serio

y moviendo la cabeza

me decía: hijo mío

no sirves para nada.

Después me fui al colegio

con pan y con adioses

la tristeza a mi lado

y el maestro gritando:

este niño no sirve

no sirve para nada.

De tristeza en tristeza

por lo peldaños

de la vida caí. Y un día

la muchacha que amo

me dijo y era alegre:

no sirves para nada.

Ahora vivo con ella

voy limpio y bien peinado

y tenemos una niña

a la que a veces digo

también con alegría:

no sirves para nada,

hija mía no sirves,

no sirves para nada.

(Fragmentos de la poesia de José Agustín Goytisolo “No sirves para nada”)

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Durante muchos años los Alpes han sido considerados como las principales y más importantes montañas europeas. El Mont Blanc para los franceses o el “Monte Bianco” para los italianos, era el techo indiscutible del denominado “Viejo Continente”. Históricamente siempre se ha tenido la noción de la existencia de dos Europas: La “autentica” que resulta ser la más occidental, formada por las culturas escandinavas, germanas, sajonas, galas, ibéricas y latinas (en la nosotros tenemos la gran suerte de vivir). Y la otra Europa: la eslava: aquella que se ocultaba bajo el tenaz muro de acero y cuyo régimen hizo aguas por la mayor revolución histórica de finales del siglo pasado. La Perestroika. Esta división conceptual de Europa también ha afectado históricamente a la concepción del alpinismo, dando un inusual primer orden de importancia a las montañas alpinas en referencia a la gran cordillera caucásica, que también forma parte de Europa, — a pesar de ser fronteriza con Asia Menor –, y cuyas proporciones y alturas son considerablemente mayores a la cordillera alpina.

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Los defensores de los Alpes y el Mont Blanc como las principales y más altas montañas europeas se amparan en que son la cuna indiscutible del alpinismo, allá donde nació todo el movimiento social que ha desembocado en tan ramificada disciplina deportivo – espiritual. El gran alpinista francés François Damilano, en su libro del Mont-Blanc, no duda en plasmar las siguientes palabras: El Mont Blanc es una cima atípica y paradójica. Es emblemático. Es el punto culminante de Europa; pues según ciertos geógrafos el Cáucaso, dominado por el Elbrus (5.633 m), pertenece ya a Oriente Prójimo..  Seguramente los geógrafos a los que hace referencia deben ser franceses, que no soportan la idea de dejar de considerarse el ombligo de Europa.

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Sea como sea y dejando aparte consideraciones personales, la cuestión es que el Elbrus, como montaña y dentro de la consideración generalmente aceptada por comunidad alpinista internacional, ha desbancado al Mont Blanc como el techo Europeo desde hace bastante tiempo. De hecho los que sueñan con coronar las famosas “Seven summits” (*1) no tienen ninguna duda en considerar el Elbrus como techo europeo en perjuicio del Mont Blanc.

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El Cáucaso es una gran cordillera que se extiende de oeste a este desde las orillas del Mar Negro hasta las del Mar Caspio y constituye la frontera natural entre las inmensas extensiones rusas situadas al norte y todo el mar de culturas del Próximo Oriente, que se extiende al sur. Tiene un total de 1.500 km. De longitud y su anchura varia entre los 110 y los 180 kilómetros según su sección.

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Constituye una cordillera salvaje con grandes posibilidades para la práctica del alpinismo. El Elbrus resulta ser la cumbre más elevada, pero en realidad está un poco apartada del centro de la cordillera y sus formas son suaves y poco atractivas, en comparación con otras montañas cercanas de menor altura como el propio Ushba, el Shkhelda o el Dongusorun, todos ellos cercanos al rey.

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De hecho el Elbrus es un volcán extinguido con dos cumbres gemelas muy similares en formas y una tan solo 12 metros menor que la otra. La cumbre oriental tiene 5.621 metros de altura y la occidental 5.633. Desde lejos simula un gran pastel glaciar coronado con dos grandes bolas. Multitud de bocas glaciares se extienden hacia las faldas de la solitaria montaña y, sin parecerlo, estas líneas tan vagas, constituyen en si el principal peligro de esta gran mole: En caso de mal tiempo las referencias pueden ser nulas y todas las planicies glaciares de suaves formas se precipitan en caóticas lenguas glaciares repletas de agrietadas bocas de hielo.

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Como siempre la idea de visitar el Cáucaso y ascender al Elbrus se me presenta un tanto de improviso al realizar una visita de cortesía al amigo Carles Gel. Él habita en un pueblo del Pirineo Catalán llamado Ribes de Freser y, como tantas otras veces, aprovecho que paso por el lugar en tránsito hacia otras zonas pirenaicas para hacer un alto en el camino. Sin dudarlo me plantea que le acompañe a el y a su hermano, Nando Gel, en una rápida incursión a la lejana cordillera. Hay un cuarto componente, — Albert –, en danza que parece animado a venir. El programa es apretado: Tan solo 12 días. Deben ser suficientes para hacer cumbre puesto que la mayoría de los programas organizados por las agencias rusas tan solo contemplan poco menos de dos semanas. Tengo mis dudas de que el éxito o el fracaso de la corta expedición dependa de la existencia o no de buen tiempo durante el corto margen de días que tenemos para subir a la cumbre, pero lo cierto es que, con una aclimatación aceptable, el Elbrus es una cumbre que se sube tan solo en un largo día de caminada. Hasta la zona de refugio puedes llegar cómodamente en remontes mecánicos.

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Al final me animo a participar sin más divagaciones. Es la apuesta de este nuevo tipo de “expediciones-Express” que te ofrecen programas rápidos y perfectamente montados para que los montañeros de los ricos países occidentales puedan ascender a cumbres relativamente remotas con el mínimo tiempo posible, con el programa lo mejor organizado y con las mayores comodidades al alcance. Una tipología de viaje que poco me complace en el último aspecto pero que, gracias a los otros dos, me permiten tener un conocimiento, (fugaz pero real), de lugares tantas veces soñados durante mi vida de montañero. De hecho debe admitirse que el alpinismo a las diferentes cordilleras del planeta se está convirtiendo, cada vez más, en un sub-producto especializado del turismo en general y que, poco a poco, las expediciones a cumbres como el Elbrus, Kilimanjaro, Aconcagua, etc … se asemejen a las ofertas de viajes organizados para hordas de turistas a destinaciones típicas como Egipto, Túnez o Italia. Las últimas generaciones de montañeros de la sociedad del bienestar se están acostumbrando a que la misma organización de la agencia contratada se encargue de todos los detalles que puedan afectar a la buena marcha de la “aventura a la carta”, empezando por los problemas burocráticos y concluyendo con el montaje y desmontaje de campamentos o con la confección de las comida y las bebidas calientes. Mi participación es este viaje al Elbrus fue mi primera experiencia con este tipo de expediciones de “señoritos ricos” provinentes de las generosas tierras del viejo continente y puedo decir que, si bien es cierto que a la hora de afrontar la montaña nadie abrió un paso en la nieve profunda por nosotros, si que todas las otras comodidades a pedir de boca extendían de un sucio velo sobre mi imagen romántica y un tanto infantil de la montaña como un cosmos alejado de la civilización. En todos estos aspectos mi segunda experiencia en tierras exsoviéticas fue la antítesis de mi visita a Kirguizistán. Allá practique el alpinismo de aventura en su máxima expresión, en el Elbrus, a pesar de verme vestido con el mismo atuendo montañero y transitando sobre frías extensiones glaciares, nunca llegué a tener la sensación de estar en una especie de atracción turística o parque temático, formando parte de un grupo de buenos amigos que disfrutábamos de un buen humor constante. Ni en el único momento crítico de la expedición, cuando me quedé solo en medio de la tormenta a más de 5.000 metros de altura, dejé de tener esta sensación de “vacaciones a la carta”. A pesar de todo no quiero sacar una conclusión sumamente negativa de todo ello. Más bien al contrario. Es un hecho irremediable que la montaña cada vez se convierta en un aliciente más de nuestra sociedad ávida de experiencias “fascinantes – únicas y para aventureros” que se pueden comprar a base de machacar la tarjeta visa. Lo que si que me parece deplorable e indignante es que, antes o después de tan ajetreada experiencia, los participantes de las mismas quieran hacer creer a sus interlocutores de que participan en una gran gesta alpina o aventurera. Por favor, no confundamos los antropólogos que estudiaron las pirámides de Keops con los millares de turistas que visitan los monumentos obedientes a las indicaciones del guía de rigor, silbato en mano.   

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Los topolef son aviones de creación rusa utilizados por el citado país para los vuelos comerciales. Un viaje aéreo de Barcelona a Moscú en uno de esos aparatos es la mejor manera de empezar a descubrir el país de destino. Comparado con aviones comerciales de las compañías aéreas del oeste de Europa, estos aviones no dejan de ser verdaderas cafeteras voladoras. La situación se agudiza cuando tomamos un vuelo nacional interior, puesto que entonces los modelos suelen ser más simples, viejos y destartalados. De hecho no se ha construido ningún avión comercial el Rusia desde la Perestroika, lo cual quiere decir de los topolef de más reciente construcción tienen más de 15 años. Rusia, y los países de Este en general, son los especialistas en remendar y aprovechar las cosas, sean cuales sean, inclusive los aviones comerciales. Cuando estos los consideran demasiados destartalados aún encuentran una finalidad a los mismos: venderlos a los gobiernos africanos para sus líneas aéreas interiores.

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La fugaz visita a Moscú durante el viaje de ida nos lleva al corazón de la capital y a la visita obligada a la plaza Roja. El Kremlin, el mausoleo de Lenin … sorprende pensar que este espacio tan reducido y  a pesar de las medidas de seguridad del antiguo régimen comunista, pidiese aterrizar en esta plaza un piloto aficionado alemán a bordo de una simple avioneta. Nos hospedamos en el Hotel Rusia, que según nos han dicho es el más grande del mundo. Y tengo mis dudas … en los tiempos que corren los chinos no dejarían pasar por alto algo así. Sea como sea es tan grande que por la mañana nos perdemos a la hora de buscar nuestra zona de desayuno predeterminada, por lo que pasamos casi una hora caminando por pasillos hasta que conseguimos reorientarnos, salir al exterior y volver a entrar por la puerta principal. Al llegar a la misma nuestro guía ya nos está esperando y la hora del desayuno ha finalizado. Nos tendremos que conformar con llegar al aeropuerto y comprarnos unas pastas de sudoso embalado y sin fecha de caducidad visible.

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Pero el tiempo apremia. Transportamos nuestro rol de vida ajetreado a este mundo aún sumamente influenciado por los años de las grandes cadenas de producción obreras alimentadas por las ideas comunistas. Aquí la gente está acostumbrada a que se les diga que tienen que hacer y se encuentran un tanto desorientados ante la falta del estado protector que velaba por el bienestar de toda la sociedad. Nosotros queremos hacer más cosas de las que podemos y sufrimos la ansiedad producida por el irremediable vacío existencial que nuestro estrés nos provoca.

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Moscú ya no tiene nada que ver a lo que era antes de la Perestroika. – Comenta Carles – Cuando estuve aquí hace años todo era más gris y uniforme. No había carteles estridentes y luminosos que anunciasen la actividad de ningún establecimiento.

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Observando más allá de las ventanas de nuestro minibús contemplábamos emblemas tan dispares como Mac Donald’s, Burger King’s, Ikea, Kodak, Fuji. Es como si el centro de la capital fuese el principal frente de incursión de la sociedad de consumo que durante tantas décadas intentó mantener a raya los regímenes soviéticos. La sociedad actual, sobretodo la gente joven, se esmera en formar parte de esta manera de ser considerada como la más avanzada. Tan solo unos cuantos nostálgicos miran al cielo añorando los cada vez más lejanos tiempos en los que la entonces Unión Soviética era considerada una potencia mundial de primerísimo orden, la única capaz de hacer sombra a la organizada máquina de producir americana. A principios del nuevo milenio, y exceptuando el ambiente que pueda vivirse en el corazón de las principales ciudades situadas en la parte más occidental del inmenso país, Rusia divaga con un rumbo incierto entre el primer y el tercer mundo. El segundo mundo ya no existe. Murió con la disolución del régimen comunista.  

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Volamos de Moscú a Mineralnyje Vody y de aquí nos trasladan el mismo día al pueblo de Terskol situado al pie de la montaña del Elbrus y que debería considerarse el “Chamonix” del Cáucaso. Como en mi anterior visita a Kirguizistán, la mayoría de edificaciones son horriblemente antiestéticas y muestran una patente falta de conservación, y aquellas pocas que se conservan gracias a su finalidad turística, rezuman un aire caduco que deja entrever que mejores fueron los tiempos pasados en los que estos lugares se llenaban de turistas nacionales que venían de las diferentes republicas a disfrutar de las vacaciones pagadas y concedidas por el propio estado que todo lo controlaba, hasta del bienestar de sus súbditos. Los pueblos precedentes a Terskol y que pueblan el largo valle de Baksan, son sumamente deprimentes: Construcciones abandonadas a medio construir se mezclan con colmenas de edificios grises y verdosos, fabricados todos ellos con el mismo padrón, y que no han sido rehabilitados desde hace lucros. En un paisaje de montaña tan idílico que nada tiene a desdeñar de las mejores postales suizas, la ideología comunista no pudo permitir una armonía con el entorno que resultase bella y seductora, y prefirió construir colmenas de hormigón para almacenar a los desdichados habitantes en pisitos mal adaptados a los extremos rigores de los inviernos que se dan por estos lares. Casi todas las viviendas son idénticas, pobres y personales. Como los rostros de sus habitantes que, a pesar de todo, no dejan de sonreír y de no mostrarse recelosos con los foráneos. Los niños juegan entre los charcos y los columpios despintados y oxidados. Sus ropas, sin ser harapos, si que son extremadamente simple y está siendo largamente utilizada. Son la viva imagen de los últimos coletazos del segundo mundo que ya ha dejado de existir, por mucho que ellos aún no lo sepan.

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Nuestro guía acompañante, llamado Iván, es hijo de la fuerte estirpe de alpinistas rusos que han sobrevivido a la anulación de las subvenciones públicas del estado y que continúan, a un nivel altísimo, realizando actividades de primer orden en las montañas más importantes del mundo. De hecho el alpinismo soviético siempre ha tenido un nivel de actividad y de compromiso mucho más elevado del que se había podido considerar. De hecho la categoría de paredes alpinas abiertas en el Parir, el Tien-Shan y el Caucaso en las décadas del 1960 al 1990 reducirían los sacros santuarios del alpinismo clásico europeo (Paredes nortes de las Jorasses, Eiger y Cervino), a simples paredes de entrenamiento.  El carácter de Iván es fuerte y jovial. Irradia una energía constante.

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Ascendemos a una de las puntas del Cheguel, de poco más de 3.450 m de altura, para aclimatar mínimamente antes de ascender a la zona de refugios y para poder contemplar frente a frente la vertiente por la que discurre la vía clásica de ascensión al Elbrus. La ascensión la realizamos bajo los cánones del programa de “aventura-vacaciones”. Saliendo sin prisas tras un frondoso desayuno, tomando remontes mecánicos y caminando poco más de una hora en dulce paseo alpino por una arista casi desnuda de nieve y carente de dificultades, donde el material más utilizado será el fotográfico. No obstante el verdadero premio de la ascensión es la contemplación de cerca de las majestuosas paredes nortes del Dongusorun y el Nakra-Tau. Observándolas no puedo evitar de sentir cierto vacío ante la perspectiva de ascender el bonachón Elbrus. Mi inquietud alpina se rebela contra la opción de excursionista de altura por la que he optado en este viaje. Interrogo a Iván por las vías abiertas y por abrir, la mejor época, los descensos. Me prometo que si vuelvo otra vez será para acometer una cursa alpina y no para realizar un paseo de altura. Iván me responde que le encantaría acompañarme, pero no como guía, sino como compañero de cordada. Nuestra alegría nos embarga mutuamente. Las líneas ficticias de las vertientes salvajes y alpinas nos hacen soñar más allá de las procedencias y las lenguas de comunicación. 

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A pesar de los arrepentimientos súbitos y los sueños galopantes, no dejo que energías negativas influyan en mi estado de ánimo. El secreto es que no hay secreto. He venido con la idea clara de ascender el Elbrus en una especie de excursión y rodeado de buenos amigos y no pienso centrarme en nada más lejos de la presente realidad. Y además, ahora por ahora, por mi fácil que parezca nuestra meta, aún no podemos cantar Victorio puesto que aún falta coronar los 5.633 metros del techo europeo.

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Al día siguiente ascendemos por medios mecánicos al Refugio Barrels, a 3.800 metros. El tiempo ha cambiado y es desastroso. El Terskol llueve, en la montaña nieva. El telecabina sigue en la línea de toda instalación en el país: su estado de conservación es a todas luces deplorable. Las pilonas que sostienen los cables presentan unas grietas de considerable tamaño. Seguro que cualquier telecabina de los Alpes sería rápidamente clausurado hasta que no se remediaran las anomalías. Aquí, simplemente, no pasa nada. Ningún autóctono parece reparar en el detalle y hasta muestran su sorpresa ante el hecho de que nosotros demos importancia a tales minucias. Quizás si que tendría que arreglarse – responden — ¿Pero quien lo va ha hacer?.

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En esta sección del viaje Iván ha dejado de ser nuestro guía acompañante para ser reemplazado por Olef. Se trata de un hombre de unos sesenta años, grandullón y de aspecto bonachón. Su rostro, su mirada cenicienta y sus enormes dedos de trabajador le dan un aspecto de “oso-humano”. Tranquilo, fuerte y amable pero con un telón de fondo que esconde un carácter duro y curtido. En un principio me incomoda que una persona que perfectamente podría ser mi padre y que toda la vida ha estado dedicado a las montañas, se vea relegado a un simple cocinero y lavaplatos, pero al final la dinámica del propio grupo y mi comodidad burguesa se imponen, así como un sentido pronunciado del que Olef considera su deber laboral del cual se muestra sumamente agradecido. Gracias a que los señoritos ricos de occidente vienen a subir esta cumbre puedo ganar un jornal en su vejez, lo que, en los tiempos que corren por las regiones caucásicas, ya es todo un lujo. Olef es uno más de los numerosos rusos que tenía un trabajo que formaba parte de la inmensa dinámica burócrata y funcional del aparato de gobierno soviético: Era instructor de esquí, formaba parte del equipo de rescates de aludes de montaña y del equipo de prevención de los mismos, que los desencadenaban a base de cañonazos para evitar que afectasen por sorpresa a las diferentes vías de comunicación que podían resultar peligrosas tras grandes nevadas. Ahora todo este trabajo ha desaparecido. El gobierno ya no subvenciona las vacaciones escolares a los jóvenes para que vayan a practicar el esquí de pista, ni paga a nadie para realizar equipos de rescates ni para provocar avalanchas controladas. Los cañones estáticos, — en la actualidad inutilizados por la desidia y el tiempo –, se oxidan en diferentes atalayas panorámicas a las que se llega mediante pistas de tierra. Tampoco nadie se ha preocupado de sacar estos viejos dinosaurios de la artillería pesada, y ahora son una curiosidad más para el turista occidental.  

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En nuestro primer día en las alturas, y a pesar del mal tiempo reinante, decidimos adentrarnos en las extensiones glaciares de la parte media de la montaña, justo las situadas por encima del refugio Barrels, para llegar a los restos del antiguo refugio Prijut 11, a unos 4.200 metros de altura. Esta edificación resultaba ser un espacioso refugio de tres pisos. Ahora solo queda el esqueleto de la parte inferior. Se quemó por problemas en la cocina y hubo numerosos heridos, sobretodo usuarios que se rompieron brazos y piernas al saltar por las ventanas de los pisos superiores. Las ruinas siempre desprenden algo fantasmagórico entre la lánguida nevada. Al margen de ellas se encuentra un refugio en fase de construcción. Toda la estructura interior es de madera. Durante el regreso nos extraviamos ligeramente por lo que el Carles, HPS en mano, conduce la caravana hacia el lugar de retorno. Durante el periplo descubrimos la existencia de grietas en el glaciar. Lo que tenía que ser en un plácido paseo se reviste del peligro de las fauces de hielo que, al no contar con ellas, nos sorprenden sin cuerda para protegernos. Horas más tarde nos enteramos de que un montañero ruso también salió a dar una vuelta en medio de la niebla y la nevada y que no ya no regresó al refugio. Por la noche se le dio por desaparecido.

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Un día más tarde emprendemos el ataque a la cumbre principal. En realidad la ascensión de la ruta clásica del Elbrus carece de cualquier dificultad técnica pero, por el contrario, obliga a superar un considerable desnivel de más de 1.800 metros, desde los 3.800 del refugio Barrels hasta los 5.633 de la cumbre. La nieve recién caída de los días anteriores dificulta el ascenso. Somos la primera caravana de ascensionistas y la única que se aventura a las zonas más altas. Todos los que han salida detrás de nosotros se han dado media vuelta dado la ingrato esfuerzo de hundirse en el pasteloso manto blanco. Ya muy cerca del collado intermedio de las dos cumbres de los Elbrus, a casi 5.300 metros de altura. Nosotros también nos damos por vencidos. La cumbre esta muy cercana, pero el esfuerzo realizado, junto con una deficiente aclimatación y un manifiesto peligro de alud en el flanqueo final de acceso al collado nos hace desistir de nuestro intento. Cuando regresamos al refugio se ha organizado un grupo de rescate para buscar al desafortunado montañero que se perdió en la vigilia en medio de la tormenta. La verdad que no se esfuerzan mucho en la búsqueda, todos los miembros del grupo parecen más preocupados en reservar sus fuerzas para intentar el Elbrus al día siguiente. Me sorprende la poca importancia que se le otorga a la desaparición de una persona en medio del glaciar. Al día siguiente nadie habla ya de la suerte del desaparecido y todos lo dan por muerto. El equipo de rescate intenta sin éxito acometer cumbre. Nosotros descansamos para jugar nuestra última baza durante la siguiente jornada. Durante el día la atención en la zona de refugios se centra en un equipo de reparadores que han venido a inspeccionar la inmensa torreta eléctrica que alimenta de suministro de energía eléctrica el sector. Entre los diferentes huéspedes locales se crean apuesto en torno a la posible suerte de los operarios de la compañía. Más de uno da por hecho de que acabarán calcinados. El guarda, mientras tanto, apaña la rotura de la fijación de uno de sus esquís uniendo la bota a la tabla mediante cinta aislante. Sin duda Rusia es una caja de sorpresas. Simplemente es imposible aburrirse observando el comportamiento de su gente. Los “apaños” se entremezclan de manera natural con al ley del mínimo esfuerzo. Olef no nos permite amontonar los platos tras la comida. Así no se ensucian por debajo y solo tiene que limpiarlos por una cara.

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Una jornada más tarde el día se presenta frío, ventoso y con nubes que cubren buena parte del cielo. No obstante salimos sabiendo que esta es nuestra última oportunidad de hacer cumbre dentro del calendario ajustado de nuestra diminuta expedición. En la ventana de buen tiempo que ha durado dos días nadie ha hecho cumbre, todos parecían esperar a que la nieve se asentase. Hoy es el día que más gente parte hacia arriba. Aunque las caravanas de montañeros se desvanecen a medida que las cumbres se cubren de nubes y que el viento va tomando ráfagas huracanadas. La sensación térmica, dada las circunstancias, es muy baja. Albert se da media vuelta al llegar al refugio en construcción contiguo a las ruinas del Prijut 11, Carles desiste unos a unos 4.500 metros de altura. Su hermano Nando aún me acompaña hasta la zona conocida como las Pastuchov Rocks, a 4.700 metros de altura. Se trata de una surgencia de rocas con forma de “7” que representan el último islote mineral antes de sumergirse en las blancas e impolutas extensiones glaciares que forman los dos conos somitales de la montaña. En las Pastuchov Rocks nos reunimos los pocos montañeros que aún han plantado cara la mal tiempo creciente, por mucho que las nubes cada vez están más enganchadas a la cumbre y el viento gana violencia. A partir de este punto todos dan por abortado el intento, incluido Nando. Yo me siento fuerte y rápido. Creo poder ser más rápido que la inminente tormenta. Nando me aconseja que desista sin éxito. Mi plan de acción es el siguiente: Continuaré subiendo mientras tenga cierta visibilidad hacia abajo y daré buena cuenta del altímetro para inflingir el máximo de velocidad a mi ascensión.

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Es así como continuo solo hacia la cumbre secundaria. Para evitar el largo flanqueo y la zona de avalanchas. A cada 100 metros ganados de desnivel hago una pequeña pausa para tomar aliento. A los 5.100 fotografío mi muñeca mostrando la altura del altímetro y tomando como contra fondo la impenetrable niebla azotada por el vendaval. A dicha altura la cámara de retratar se me estropea y caigo en la cuenta de que mi plan de tener un mínimo de visibilidad se ha visto definitivamente anulado. No se ve nada. Empieza a nevar intensamente. En su frenética danza horizontal se acumulan los trozos de nieve arrancados a la montaña y transportados por el viento, con los copos que se desprenden de las nubes.  Justo el día antes de este segundo intento fallido leí la que quizás sea la obra más emblemática del popular escrito Paolo Coelho: El Alquimista. En ella habla de los signos de la vida y en la necesidad de sabernos interpretar y hacerlos servir como guía. La cámara rota, la falta de visibilidad, el frío, la nieve, la soledad … si, son un cúmulo de signos más que evidente. Tan evidente como que ninguna de las dos cumbres del Elbrus formará parte de mi colección de cimas tras este corto viaje.

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Durante el descenso maldigo la mezcla de atrevimiento e insensatez que me ha transportado a estar solo en medio de la tormenta en las repetidas extensiones glaciares de la montaña del Elbrus. El vendaval y la nevada han hecho desaparecer todas las posibles huellas del camino de descenso que me llevan a la zona de refugios. La visibilidad se reduce a poco más de cincuenta metros. No obstante confío ciegamente en mi sentido de la orientación. “mi GPS natural” que yo le llamo. Nunca uno debe ponerse nervioso ni preocuparse hasta que tenga motivos para estarlo, o lo que se traduciría en: no des por extraviado el camino hasta que tengas la seguridad de que realmente hace rato que lo perdiste. Sin querer pienso en la suerte del pobre ruso que salió a pasear para no ser visto nunca más. Bajo velozmente con la esperanza de no encontrarme grietas en el camino. Si veo alguna estaré preocupado por un doble motivo: Por estar transitando una zona peligrosa y porque definitivamente quedar decir que me he extraviado. Alegremente mis miedos se diluyen cuando veo aparecer entre los jirones el esqueleto del antiguo refugio intermedio. A partir de aquí el descenso está marcado. El reencuentro con Carles, Nando y Albert tiene un doble gusto, dulce y amargo a la vez. Dulce porque empezaban a preocuparse al ver que las nubes y la nevada se habían adueñado de toda la montaña y que yo aun no regresaba. Amargo porque todos marchábamos a casa sin la ansiada cumbre. De hecho esta es mi primera experiencia en que realizaba un viaje para volver con las manos vacías en lo que a éxito de ascensiones se refiere. Por la tarde tomamos el teleférico y bajamos a Terskol. Continúa nevando toda la noche, hasta en la misma población situada a 2.130 metros de altura. Es mediado de junio. Nos preguntamos a cuento habrá bajado la temperatura a los 5.000 metros teniendo en cuenta que a los pies de la montaña rondaban los cero grados.

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Dentro del estudiado programa de nuestro viaje organizado, aún tenemos un par de jornadas para deleitarnos de bonitas excursiones por los valles cercanos a Terskol. El tiempo, como no, es excelente. No podemos evitar cierto remordimiento por no haber sido más pacientes en nuestra espera en altura. Visitamos los valles de Irikchat y de Adylsu. Deleitándonos del majestuoso panorama de la pared norte del Pico Shkhelba. En el valle encontramos varios puestos de vigilancia militar. A petición de Olef y a cambio de una propina, los soldados nos dejan sus fusiles para que nos retratemos con ellos. ¡El ejercito ruso ya no tiene nada que ver con el de los tiempos de la KGB! Pensamos entre nosotros. Y eso que, en teoría, los jóvenes reclutas deberían estar en pie de alerta ante la relativa cercanía de la republica Chechenia, que ocupa toda la parte oriental del Cáucaso. Seguramente los propios militares deben ver a los ricos occidentales como pintorescos e inofensivos individuos de ropas coloreadas que traen divisas al país y que, quizás de manera directa o indirecta, podrán contribuir a un futuro más esperanzador para todos los lugareños que ven en el turismo la posible fuente de riqueza que los anteriores regimenes políticos se esforzaron en eclipsar, al considerar que una actividad tan ociosa corrompería el espíritu de una masa social obrera, a la vez que podría representar la apertura hacia los flujo de visitantes extranjeros no deseados, puesto que, al fin y al cabo, el turista no deja de ser un observador externo más de una realidad local concreta.

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Justo antes de nuestra marcha Olef nos invita a su vivienda. Vive en un pequeño apartamento situado bajo el techo de una casa de unos 7 metros de largo por dos metros de ancho. En este espacio tan reducido tiene todo lo imprescindible: Un fogón que hace servir de cocina, cuatro utensilios para comer, un par de estanterías con libros, fotos y el material de montaña y una cama para dormir. Los lavabos son comunes con los restantes usuarios de los otros mini-apartamentos que configuran el piso superior de la casa. En la parte baja se localiza la antigua oficina que utilizaban para centralizar el control del peligro de aludes en la zona. En la actualidad la oficina sigue en precario funcionamiento gracias al esfuerzo altruista de los pocos miembros que aún quedan de lo que fue el cuerpo profesional de prevención de riesgos invernales en la zona. Olef nos deleita con su colección de diapositivas en las que se pueden ver unas montañas llenas de hoteles e instalaciones de esquí destinadas a un turismo exclusivamente formado por habitantes de los antiguos países del bloque comunista. Era la época en que la unión soviética y las naciones satélites del este de Europa (de Polonia a Bulgaria) formaban un bloque que pretendía dividir en dos las sociedades del planeta: La capitalista y la comunista. De aquella época gloriosa de Olef como un funcionario más del gran estado soviético, nos mostró fotos aéreas del propio Elbrus, tomadas durante vuelos de reconocimiento. Luego pasó a las fotos de acción: Cañonazos, aludes, equipos de rescate. La selección finalizaba con todo un deprimente espectáculo de victimas de los aludes: montañeros y esquiadores. Cuerpos medio enterrados, completamente aplastados o hechos un ovillo por la presión de la nieve. Cara semi descompuestas de victimas que no fueron halladas hasta que se inició el deshielo. Tal vez como resultado de la expresión de nuestras caras Olef prefiere no enseñarnos las cinco últimas imágenes. Son muy feas – nos advierte en su básico inglés.

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Nos quedamos tristemente prendados de la sencillez de la existencia de Olef y ante la perspectiva de una vida espartana y solitaria como la suya. Aquel joven y forzudo monitor de esquí y miembro de un equipo de prevención de aludes, se vio, — como tanta otra gente del país –, despojado de su trabajo de toda la vida a consecuencia de la caída fulminante de un sistema político que casi tenía un siglo de historia y que había regido imperturbable el país más grande del mundo. Desalentado por la nueva e inesperada realidad, recurrió – también como tantos otros compatriotas – al vodka para ahuyentar sus problemas. Los problemas más que ahuyentarse se incrementaron y lo que si que se desvaneció ante sus narices fue la unidad familiar que resultaba ser su segundo pilar vital. Ahora, con la sesentona ya cumplida, daría gracias a algún ser superior (si es que pudiese creer en él), por poder pagar el bajo alquiler de su diminuto apartamento y por poder trabajar para los señoritos ricos que se les antoja gastarse en un viaje de 12 días lo que él, con toda seguridad, no podrá volver a ganar en su restante vida. El bonachón de Olef no se queja, se siente afortunado. En el fondo el vive al lado de la montaña de su vida. No ha sido alcanzado por ningún alud. Se ha salvado de las fauces del desempleo y ya no bebe. Recuerda al “Pobre Martín” de la poesía de G. Brassens.

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Con una azadilla al hombro

y en la boca un dulce cantar

y mucho valor en el alma

se iba al campo a desuñar.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Pa ganar el pan de su vida

desde el alba la anochecer,

seguía cavando la tierra

en todo tiempo y por doquier.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Sin poner buena o mala cara,

sin tener celos ni rencor,

labraba los campos ajenos

cavando siempre con ardor.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Y cuando le avisó la muerte,

que por fin llegaba el final,

abriéndose su propia rumba

ganó su último jornal.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Abriéndose la propia tumba,

ganó su último jornal,

y se tumbó sin decir nada

él no quería molestar.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

(*1): Las cumbres más altas de cada uno de los continentes: Europa, Asia, África, Norte América, Sudamérica, Oceanía y la Antártica.

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MONTE ELBRUS – 5.642 METROS EL TECHO DE EUROPA POR SUS 4 VERTIENTES

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Elbrus (1)

El Monte Elbrus, techo de Europa, se sitúa en la amplísima y grandiosa cordillera del Cáucaso y es, cada vez más, un destino codiciado por muchos alpinistas, al ser una dicha cumbre una de las famosas “seven summits”.

Elbrus (2)

La via normal, la más frecuentada, transcurre por su vertiente sur. El acceso en teleférico hasta la proximidades del refugio Barrets, el segundo refugio de Prijut 11, la relativa facilidad para llegar al collado y la cumbre principal, el posible auxilio de oruga y la ausencia total de dificultades técnicas, hace que se haya convertido en la “ruta-romería” del techo de Europa.

Elbrus (3)

La vertiente norte, más salvaje y solitaria, va cayendo poco a poco en manos también de la masificación y cada vez está más asilvestrada. Pero allá tendremos que subir a pie desde la parte baja de la montaña y el campamento uno aún continua siendo un lugar austero, a pesar de que ya cuenta con comedores, letrinas y multitud de pequeñas cabañas donde pernoctar. La ruta también carece de dificultades, si bien resulta más larga y el largo flanqueo hacia el collado frena a más de uno y a más de dos, que optan por realizar la cumbre este, más fácil y cercana, ya que requiere unas 2 o 3 horas menos de esfuerzo a gran altura.

Elbrus (6)

En tercer lugar estaría la vertiente este con el Valle de Irik. La subida más bonita y espectacular a la montaña, también carente de dificultades, pero con un larguísimo valle donde encontramos todas las tonalidades del verde y unos extenso glaciares que nos recordarán que no estamos en los Alpes, si no en unas montañas de mayor envergadura. No obstante la vertiente este dista mucho de ser frecuentada como las dos rutas normales, por una simple y llana razón: cuando escalas la montaña por esta vertiente vas a parar directamente a la cumbre este, la más baja, la que “no cuenta”, lo que le quita interés al “montañero” coleccionista y consumidor de trofeos.

Elbrus (40)

Por último está la vertiente salvaje y solitaria por antonomasia, el lado alpino de la montaña, aquel que ya requiere técnicas de escalada con la posibilidad de variantes interesantes y algunas de gran envergadura, como sería la oscura y peligrosa pared de Kyukyurilyu. Se trata de la vertiente oeste, reservada para auténticos alpinistas y donde la autosuficiencia se impone ya que no existe ninguna infraestructura. Solo montaña, ríos, valles, rocas y nieve, como antaño eran las otras vertientes ya domesticadas de esta gigantesca montaña.

Elbrus (8)

Personalmente visité la montaña por primera vez hará ya unos cuantos años, en el 2003 si los cálculos no me fallan. Fuimos un grupo de amigos por la vertiente sur, con la temporada aún prematura. Era principios de junio y como acostumbra a pasar en estas grandes montañas, el tiempo aún no se había estabilizado del todo. Llegamos y llovía en Terskol, la pequeña población turística que sería el equivalente al “Chamonix” del Mont Blanc o al Benasque del Pirineo. Ambiente gris y frio. La nieve podía olerse poco por encima nuestro, tras las compactas nubes bajas. Más tarde hasta nevó a poco más de 2.000 metros, en la propia población de Terskol. En la montaña el frio aún era pronunciado y las nevadas copiosas. A pesar de ello aún realizamos un decidido intento en el único día de bonanza que disfrutamos, una ventana de buen tiempo en medio de los último coletazos de la primavera; jornada en la cual nos quedamos a tocar del collado situado entre los dos Elbrus, abriendo una trinchera con nieve profunda que nos cubría por encima de las rodillas. El cansancio, la falta de aclimatación apropiada y el peligro de deslizamiento del manto nival, nos hizo dar media vuelta muy a nuestro despecho, ya que veíamos la cumbre al alcance de la mano.

Elbrus (41)

Dos días más tarde y sin una previsión demasiado aragüeña hicimos un segundo intento. El calendario corría en contra nuestra. Nuestros días para hacer cumbre finalizaban y ya no quedaban muchas más alternativas. Es el problema de hacer viajes con los días justos… que acabas jugándotelo a una o dos cartas… no hay más. El segundo intento ya nació con malos augurios. Fuerte viento por debajo de los 4.000 metros, nieblas enganchadas en las cumbres, nubes ovaladas al estilo “ovni” sobre un amenazante horizonte, etc…. Poco a poco los montañeros que, como nosotros, optaron por probar suerte, iban retirándose a medida que ganábamos altura y en las piedras de Pastukhov me quedé más solo que la una. A pesar de ello me encontraba fuerte y decido a realizar la cumbre, si bien ya opté por la este, la más baja y cercana. Poco más tarde, a los 5.100 metros de altura, en medio de una niebla intensa y fuerte viento, me di la vuelta por miedo a la falta total de visibilidad. Por aquel entonces aún no sabía que era un GPS y la posibilidad de perder la buena dirección de bajada era elevada. No obstante, y aún no sé cómo, bajé solo y sin referencias en medio de una buena nevada y ventisca y por arte de magia aparecieron las cabañas de Barrets por debajo de la línea de nubes, ya a unos 4.000 metros de altura, un millar de metros de desnivel por debajo del punto donde “prudentemente” decidí dar media vuelta.

Elbrus (9)

Aquí acabó mi efímera historia inconclusa con el techo de Europa, hasta que años más tarde, ya en pleno que hacer profesional en pro y para el monte, decidí montar una expedición abierta a la vertiente norte. Poco a poco el grupo se fue llenando hasta llegar a ser ni más ni menos que 14 componentes. Realizamos salidas previas por el Pirineo, con la intención de romper el hielo, conocernos e intentar, — en la medida de lo posible –, que surgiese la amistad y una sana relación entre todos. El escoger la vertiente norte tenía dos motivaciones  fundamentales: huir de la posible masificación de la vertiente sur en pleno agosto y poder conocer la otra vertiente.

Elbrus (42)

La cara norte de la montaña ya no es tan solitaria como antaño. Poco a poco se ha hecho más frecuentada, seguramente porque cada vez hay más personas que, como nuestro grupo, prefiere huir de la romería en que se está convirtiendo la sur. La norte no tiene pueblos a sus pies. No tiene teleférico ni telesillas, te obliga a subir íntegramente la montaña a pie; pero hoy en día ya cuenta con un cómodo campo base (con lugares donde comer, servicio de comedor, bar, wifi, etc…) y un rustico pero confortable Campo 1 a casi 3.750 metros de altura. A partir del campo 1 empieza el glaciar y desde este punto la ascensión, siempre fácil y casi sin peligros objetivos (pocas grietas y normalmente cerradas) te lleva a la cumbre de Europa por una línea más larga que la vertiente sur y que nos requerirá una mayor resistencia. La aclimatación se hace subiendo y bajando a las denominadas las Rocas de Lentz, situadas entre los 4.700 metros y los 5.100. Esta segunda micro – expedición la realizamos con el servicio de guía local, requisito indispensable para organizar actividades como agencia en el extranjero. Iván, uno de los principales propietarios de Cetneva, es un viejo amigo, nos conocimos ya en el anterior viaje al Elbrus y luego hemos coincidido en alguna ocasión más. Él es un gran guía, conocedor de la montaña a la cual ha subido más de 200 veces. Gracias a él la gran mayoría del equipo de cumbre llegamos a la cima este, la más bajita, en un día de tiempo bastante nefasto. Viento, temperaturas gélidas, niebla, etc… más o menos como en mi anterior tentativa, con la gran diferencia que esta vez no iba solo y que nuestros pasos estaban guiados por alguien que reconoce sin problemas todos los rincones de la ruta, sea cual sea el tiempo. Así pues, y muy a pesar de no haber alcanzado la cumbre principal, el grupo quedó contento, ya que la lucha fue dura, la montaña no lo puso nada fácil y la sensación fue de darlo todo por conseguir la codiciada cumbre. No en balde, ¡¡¡¡ no todos los días se está luchando contra las inclemencias a más de 5.500 metros de altura!!!

Elbrus (10)

Tras la ascensión a la vertiente norte me quedé con un buen amigo vasco, Iker Bueno y con Iván Moshnikov, para hacer como amigos, como cordada de tres, la travesía oeste – este de la montaña, en estilo alpino y escalando un itinerario que hasta para Iván resultaba novedoso.  Empezaba la montaña a nuestro estilo. Se acababan las comodidades de los campamentos, el auxilio de más gente… íbamos a realizar una larga travesía con todo a cuesta, con tramos difíciles y en total autonomía.

Elbrus (11)

El valle oeste es el más salvaje, se llega por una larga carretera y una serie de pueblos donde el turismo aún no ha hecho el más mínimo acto de presencia. Luego se llega por una larga pista solo apta para buenos 4*4 hasta el lugar donde se instala en Campo Base, Djilisu, a 2.500 metros de altura. Aquí empieza la ascensión a pie, la cumbre está más de 3.000 metros de desnivel por encima de nosotros. El primer día de ascensión fue pesado y torturador por el elevado peso de la mochila, que poco a poco fue menguando los siguientes días al consumir las provisiones de comida.

Elbrus (36)

Día tranquilo, de un tiempo apacible que nos regala buenos momentos de contemplación. Campo en lo alto de la morrera, a casi unos 3.700 metros, al pie mismo de las palas heladas que haremos servir para escalar la denominada “Plancha” por una variante difícil que nos llevará al Plateau.  El segundo día la escalada me resultó dura por tres motivos: el aún excesivo peso de la mochila, que el hielo estaba durísimo y difícil de gramponear y que las dos bestias pardas que me acompañan no dieron tregua y nos cascamos los 400 metros de via al ensamble y en poco tiempo. Llegué rendido a la cumbre de la plancha, con una sed hiriente y un hormigoneo en los pies que presagiaba lo peor.  Tras la escalada matinal la ascensión al plateau ya fue más pausada y tranquila. El tiempo continuaba excelente y la tarde que nos pasamos en el campamento de altura, a unos 4.400 metros, fue todo un regalo a los sentidos.

Elbrus (12)

Una de esas tardes y lugares que recuerdas toda la vida. Son estos momentos los que te hacen sentirte afortunado de haber escogido el alpinismo como modus vivendis. Allá donde alcanza la vista todo son glaciares e infinitos mares de cumbres y más cumbres. Una gran extensión del Cáucaso al alcance de pocos. Al día siguiente aún debemos superar más de 1.200 metros de desnivel bien cargados, primero por unas suaves y monótonas palas y luego por una bonita arista, carente de dificultad pero estética y agradable. La conclusión de la misma, por fin, la cumbre principal, el Elbrus oeste, de 5.642 metros de altura. El techo de Europa que parecía quererse resistir, hasta que a la cuarta… fue la vencida. Disfrutamos de buenos momentos y de llegar en buena forma y bien aclimatados a la cumbre, muy a pesar de que transportamos pesadas mochilas. Traspasamos el collado y subimos la cumbre secundaria. Hoy no hay ventisca ni hace frio, la visibilidad es perfecta. Vemos el cráter, el banquito con vistas de la cumbre, la escultura metálica piramidal que indica el punto más alto, etc…

Elbrus (13)

Iniciamos el descenso hacia el este, la última de las tres vertientes de la montaña que aún no conozco. El hormigueo en los dedos de los pies del día anterior tras la escalada, ya se convierte en un dolor punzante que noto sobre todo al perder altura. Las uñas están rojas de sangre y los dedos hinchados. Mala señal. La vista es pero extraordinaria, inmensa, allá donde alcanza la vista se extienden enormes glaciares. Acampamos en una dorsal de pedrera por debajo de uno de los cráteres de la montaña, el que le da forma característica a la vertiente este de la montaña. Otro campamento que resulta ser un regalo a los sentidos. Un lugar único y salvaje, altivo, de aquellos que te hacen sentir de nuevo alpinista de altas cumbres. A pesar del cansancio y el dolor de los pies, me siento dichoso hasta la médula y me pregunto por qué el tiempo y los años han pasado tan rápido. ¡¡ Notaba tanto a faltar una ascensión así!!

Elbrus (14)

El último día fue largo, para mi penoso por el estado de mis pies, pero a la vez bello, duro y fascinante. El valle que se extiende hasta el pueblo del Elbrus es larguísimo, enorme y nos recuerda que bajamos de nuevo más de 3.000 metros de desnivel de la cumbre al pueblo homónimo. Bajamos por el glaciar de Irik Ice y luego seguimos el verde valle de Irik hasta el pueblo gris y de trazos soviéticos de Elbrus. Allá se acaba esta bonita e interesante travesía. Ahora queda la parte buena: celebrarlo, disfrutar de los recuerdos, comer, beber y … poco más tarde, tras el paso de las semanas, ponerse delante del ordenador y escribir, escribir y soñar, soñar y escribir … porque una bonita y trabajada ascensión es el mejor preludio para futuros proyectos.

Elbrus (15)

FICHAS TÉCNICAS

ELBRUS POR LA CARA SUR

La más popular, fácil y frecuentada.

Iniciamos la ascensión en el pueblo de Terskol desde donde subiremos con teleférico y telesilla (si optamos por no subir en el segundo deberemos caminar poco más de 30 minutos) hasta los Barrets, un conjunto de refugios con forma de barriles redondos tumbados, donde hay una muy buena infraestructura de campamento. Poco más arriba, a los 4.150 metros hay el refugio de Prijut 11, donde podemos hacer una segunda noche de aclimatación aunque hay que hacer reserva con antelación, puesto que a pesar de ser un refugio de grandes dimensiones, acostumbra a estar lleno.

Elbrus (16)

Desde los campamentos o el refugio se acostumbra a subir a las rocas de Pastukhov situadas a 4.750 metros donde se acostumbra a hacer una punta de aclimatación y volver a bajar. Desde las rocas se inicia un flanqueo en diagonal bajo la cumbre este en busca del collado. Camino muy bien trazado por la gran cantidad de gente que asciende por él cada verano. En el collado encontramos un pequeño refugio de emergencia de color naranja, apto para 4 plazas y bastante lleno de basura. Solo útil en caso de extrema necesidad. Desde el collado sube un marcado camino en zigzag por el fácil lomo hasta alcanzar la cumbre principal. Todo el rato encontramos balizas laterales en el camino, muy útiles en caso de niebla.

Elbrus (19)

Contar una semana para la ascensión si es necesario aclimatar en la montaña.

ELBRUS POR LA CARA NORTE

La ascensión se realiza por la ruta abierta el 10 de Julio del 1829 por el kabardino Kilar Khashirov, quien participó como guía local en la expedición, parecidos a los paisajes de la Luna, se asciende a finales de la morena en la zona de glaciares – 3730m – donde se encuentra el Campo 1.

Elbrus (17)

Continuaremos el proceso de aclimatación ascendiendo por la pendiente hielo-nieve (peligro de grietas) a las Rocas de Lentz (4750-5100m). Después de las Rocas de Lentz la ascensión se realiza por la cuesta nieve-roca (peligro de grietas) a la Cumbre de Este o a la Cumbre del Oeste del Elbrus. Esta última alternativa implica un largo flanqueo ascendiente desde la parte baja de las Rocas de Lentz hasta el collado y de aquí a la cumbre principal por el lomo este. El esfuerzo para alcanzar la cumbre principal aumenta de manera considerable respecto al este, ya que implica de dos a tres horas más de esfuerzo.

Elbrus (20)

Contar una semana para la ascensión si es necesario aclimatar en la montaña.

ELBRUS POR LA CARA OESTE

Es puro alpinismo, sin teleféricos, orugas, hoteles y refugios. Poca gente asciende al Elbrus de esta manera!

Elbrus (21)

La ruta se empieza en el valle Hkurzuk. El traslado se realiza en la camioneta 4*4 desde la ciudad de  Pyatigorsk hasta CB Djili-Su a los 2500 m (lleve el mismo nombre “Dhjili-Su” que por la Cara Norte, pero es otro lugar). Durante la ascensión habrá que montar 3 Campos – a los 3500, 4200 y 4600 m. La parte más difícil se encuentra cerca de la Roca Utug (se traduce como “La Plancha”), donde es necesario realizar 3 largos de nieve de hasta 55º.

Elbrus (22)

Nosotros escalamos la plancha de manera frontal por la pared de la izquierda, entre el marcado espolón y los amenazante seracs, realizando una bonita línea de 400 metros de desnivel a 55º-60º con tramos de 65º.

Elbrus (23)

Tras la plancha se realiza el último campamento y de aquí a la cumbre se asciende por lomas y por una bonita arista, estética, con grandes vistas y carente de dificultad. A partir del momento en que nos adentramos en zonas glaciares, la ascensión discurre 100% por nieve y hielo.

Elbrus (26)

Es aconsejable ir ya aclimatado a la montaña para evitar la aclimatación en esta vertiente y los penosos sube y baja, que aquí también resultan técnicos y pueden ser peligrosos.

ELBRUS POR LA CARA ESTE

Quizás la ascensión más bonita de la montaña, con el hándicap de que accede directamente a la cumbre este.

Elbrus (30)

La aproximación se realiza por el Valle que nace al N.O. del pueblo de Elbrus. Es el denominado valle de Irik. Poco después de iniciar la ascensión encontramos unas curiosas formaciones de piedra y tierra en forma de agujas de barro, que reciben el nombre de Tegeneklibashi Towers. Más arriba encontramos un sistema de cabañas de pastores conocidas como las Summer House. Aún será necesario ganar más desnivel por el valle de la derecha e instalar el campo 1 en una magnifica zona de prados horizontales donde hay surgencia de agua.

Elbrus (31)

Seguiremos por el valle que poco a poco da paso a terreno pedregoso, hasta que por chancales llegamos a una especie de collado donde instalaremos el campamento 2. También hay la opción de seguir el dorsal de tierra hasta el extremo del glaciar donde también hay lugares acondicionados para instalar el campamento.

Elbrus (32)

El tercer día cruzamos el llano glaciar Irik Ice-Sheet en dirección norte hasta situarnos debajo de una característica dorsal de piedra y tierra que forma una arista que asciende directo hasta el pie del marcado cráter de la vertiente. En el extremo superior de la arista, antes de iniciar un nuevo tramo de nieve, montaremos el campo 3.

Elbrus (33)

De aquí ya subimos por pendientes de moderada inclinación (40º – 45º) por el labio derecho del cráter situado en plena vertiente y alcanzar así la cumbre este. Caso que quisiésemos hacer la cumbre principal debemos bajar al collado y seguir hacia el este hasta el techo de Europa. Calcular de 2-3 horas para ir el equivalente para volver.

Elbrus (34)

Esta es la vertiente que tiene la aclimatación más progresiva. No obstante, si venimos a la montaña sin aclimatación previa, es aconsejable contar con noches extras en alguno de los campamentos.

Elbrus (35)

COMO IR… CONSEJOS PRÁCTICOS

Para ascender al Elbrus lo mejor es contar con el auxilio de las empresas locales que nos facilitan la infraestructura y son las que controlan las reservas y gestionan los servicios de los campamentos. Además es necesaria una carta de invitación y tramitar el visado con antelación para entrar en Rusia.

Elbrus (38)

El autor del artículo, como gestor de una agencia de viajes especializada en este tipo de viajes y expediciones de aventuras, os puede asesorar personalmente. Podéis conseguir el contacto entrando en cualquiera de sus webs  al mail pakocrestas@gmail.com

Elbrus (39)

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Archivado bajo 5 MILES, ESCALADA NIEVE - HIELO - MIXTO, EUROPA, VOLCANES

ARCHIPIELAGO BÁLTICO: CAMINANDO SOBRE EL MAR DE HIELO

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caleidoscopi 1182Un año más tarde de la travesía parcial del Lago Torneträsk, el gusanillo de realizar otra travesía ártica de mayor envergadura se instala en mi interior. Hijos de la sociedad del eterno descontento, de la necesidad galopante de nuevas experiencias, deseaba atravesar otro lago pero en un lugar mucho más remoto, como podían ser los territorios de gran norte de Canadá.

caleidoscopi 1178

Carles Gel me llama un buen día y me vuelve a hablar de Escandinavia. Le respondo que prefiero algo más solitario, más lejano, de mayor envergadura, y entonces me sale con la propuesta de atravesar el Mar Báltico. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si era el plan desterrado del año anterior!. No dudé en decirle que si, que me interesaba, pero condicionado a que el grupo fuese más numeroso. Carles me comenta que últimamente estaba teniendo contacto con la reconocida himalayista gallega Chus Lago, la primera española que ascendió a la cumbre del Everest sin utilizar oxigeno, pero que fue descartada del selector clan de los “puros ascensionistas” al utilizar el citado oxigeno embotellado durante el descenso. Etiquetas a parte, no hay duda de que Chus debe ser una mujer extraordinariamente fuerte y ambiciosa, y que recientemente se estaba planteando iniciarse en las grandes travesias polares.

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Por mi parte contacto con un viejo conocido con el que tuve la suerte de escalar bonitas cascadas en Alaska, Xavi de Viala. Ya para entonces, cuando tomábamos pintas de cerveza irlandesa tras las escaladas, nos dejábamos embaucar por la magia de el mapa de Alaska, y soñábamos y voz alta con próximos destinos en la última frontera, una de las ideas que nos emocionaba a ambos era la posibilidad de atravesar el estrecho de Bering en invierno. Dentro del prisma de la inexperiencia más absoluta, los dos coincidamos en que un buen proyecto de futuro, — desmarcándose de la obsesión por la vertical que siempre tenemos los escaladores –, radicaba en realizar travesías horizontales de varios días por un marco infinito.

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Al final, por cuestiones de organización, no coincidimos el grupo de cuatro, ni en fechas y en el destino. Chus y Carles salen antes y vuelven justo el día en que nosotros llegamos a Laponia y han optado de por probar suerte en el Lago Torneträsk. Xavi y yo nos centramos con ilusión casi infantil en nuestro plan. La falta de experiencia la contrarrestamos con la siempre arrogante mentalidad del alpinista: si eres capaz de salir airoso de una pared norte en medio de una tormenta, puedes hacer lo que te plazca en terreno en el cual no corras riego constante de despeñarte. Xavi asume las tareas de conseguir el billetes avión y el apoyo tecnológico (GPS, cargador de baterías a manivela, etc …), yo me encargo más conseguir el equipo y la logística auxiliar de inicio y final de la travesía. Cuestión hartamente facilitada por el siempre atento Love, el guia local que conocí el año anterior en mi primera visita a Suecia. Ambos soñamos con perder la costa de vista y llegar a la diminuta isla de Malören, situada más allá del extrarradio del archipiélago. Lugar de inflexión en el que la ruta cambia de orientación para volverse a dirigir hacia la costa finlandesa. Un punto en la inmensidad. Un escueto trozo de tierra en medio de mar blanco. Cuatro árboles de ramas desnudas, una pequeña iglesia, nadie habitando; un trozo de color humano completamente congelado y abandonado en el gran invierno ártico.

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En el fondo, el hecho de quedarnos los dos solos ante la travesía nos da alas, ya no estaremos bajo el supuesto amparo del “hermanito mayor” con mayor experiencia ni bajo el protagonismo inevitable de una “estrella ochomilista” que brilla con luz propia. Seremos dos alpinistas, de profesiones yuppies, padres de familia y con una buena forma física, solos ante nuestro viaje iniciático por el blanco mar. La afinidad es básica en cualquier tipo de aventura y está claro que son muchos los ingredientes comunes de nuestra “química” individual.  Soñamos con realizar la denominada travesía del archipiélago Botnico, entre Lulea y Tornio, en la zona del mar no afectada por los canales abiertos por los rompehielos.

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Al llegar a Lulea nos recibe Love con todas las atenciones de un amigo y de un excelente profesional. Nos explica que nos ha hecho reserva en un buen hotel de Lulea, que la capital de la región de Norrbotten, a pesar de sus apenas 30.000 habitantes, tiene una buena red de hostelería, ya que cada vez son más los congresos internacionales de política y economía que se realizan, de manera bastante secreta, en lugares remotos como éste, con tal de huir de los grupos y manifestaciones antiglobalización. Aprovechamos las últimas luces de la tarde que se termina para tener un primer contacto con el mar, conducimos justo hasta el punto donde empieza la travesía y nos adentramos en el mar helado por una especie de carretera transitable que se prepara cada invierno para unir la punta de Hertsöskafan con la cercana isla de Langon. Resulta extraño estar dentro de un furgoneta de considerable peso transitando sobre un mar helado, detener el vehículo y caminar sobre el hielo. Esta “carretera” que se condiciona anualmente en estas fechas del año, tan solo se abre al tránsito motorizado cuando el espesor del hielo es mayor a los 40 centímetros.

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— Más lejos de la costa de Lulea los espesores de hielo acostumbran a ser más exiguos, y hasta hace cuestión de dos semanas aún habían canales abiertas entre ciertas islas – nos comenta Love – pero ahora no creo que tengais problemas, siempre y cuando descarteis ir a Malören, para llegar allí hay mucha zona de hielo erizado y bastantes posibilidades de encontrar canales abiertos, este no ha sido un buen año para el hielo.

Love nos desalienta a que salgamos de la relativa tranquilidad del interior del archipiélago y nos marca la ruta clásica en el GPS, dándonos los consejos de última hora.

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Al día siguiente, primera jornada de la travesía, nos sorprende una mañana primaveral con un temperatura ambiente que sobrepasa los 0* C, bajo un cielo radiante y ni una brizna de viento. ¿Que más se le puede pedir a un inicio de travesía?. Poco a poco se impone lo que será la línea habitual en los próximos días. Xavi acostumbra a adelantarse cuando el terreno es llano y sin accidentes, dada su mejor técnica en esquí de fondo y su envidiable forma física. El silencio, la distancia, el esfuerzo liviano pero constante, son las compañías típicas de aquel que se adentra en el mar helado. Entre las primeras islas aún sentimos el lejano transito rodado de la carretera helada, pero al situarnos entre Hindersön y Lappön la soledad se vuelve absoluta. Pequeñas agrupaciones de casas vacías, cerradas a cal y canto, salpican la costa. Desde que hemos dejado atrás los pocos vehículos que circulaban sobre el horizonte helado, ya no hemos visto ni un alma. Tampoco seguimos pistas de motonieve. Por fin me siento dentro del ambiente agreste que no supe encontrar el año anterior en el Torneträsk. Cerca de Lappön abandonamos el trazado que nos marcó Love en el GPS y nos dirigimos a mar abierto. En realidad, y a pesar de los sabios consejos de nuestro  amigo lapón, ninguno de los dos ha descartado por un momento la idea de ir a Malören. Nos vanagloriamos de nuestro espíritu aventurero, ¿Cómo van a arrugarse dos alpinistas ante el mar erizado y la posibilidad de encontrar canales abiertos? No descartamos renunciar al proyecto inicial y somos conscientes de que la inexperiencia siempre es un doble factor en contra, al aumentar los momentos de duda y los posibles riesgos gratuitos; pero si alguien debe decidir un cambio de planes seremos nosotros mismos sobre la marcha, cuando por común acuerdo consideremos que el camino a seguir debe ser el de la cautela versus el de la arrogancia.

caleidoscopi 1183

Al salir de la protección de la bahía de Björkön, en la isla de Hindersön, nos encontramos por primera vez con el temido mar erizado del que tanto nos había hablado Love. La superficie de mar deja de ser llana como un espejo para convertirse en un caos de bloques de hielo completamente compactado. La pulka se mueve con dificultad entre tantas y baches. Rápidamente nos percatamos de lo fácil que resulta volcar el trineo de estas situaciones y lo penoso y lento en que se transforma el avance sobre el mar. Cuando el sol ya friega el horizonte llegamos a la pequeña isla de Lagören, lugar en el que pasaremos la primera noche. Un árbol solitario corona esta pequeña mancha de tierra nevada en medio del blanco mar. Parece el planeta del cuento del principito. En las relativas cercanías divisamos las islas gemelas de Lila Hindersörahun y Stora Hindersöharun, lugar al que pretendíamos llegar en la jornada de hoy; plan que se ha ido al traste tan pronto como topamos con la superficie erizada. La perspectiva que tenemos ante nuestros ojos es desalentadora, tardaríamos horas en atravesar el caos que parece no tener fin. Sin apenas afligirnos coincidimos en que Malören queda fuera de nuestro trayecto y que al día siguiente nos encaminaremos hacia el trazado que tan sabiamente nos habia indicado Love. Ahora disfrutamos de la temperatura relativamente suave (- 5* C) y de la primera noche ártica en medio del mar.

File3673

Esta vez la tienda es ancha y con un buen ábside que permite cocinar sin problemas. ¡De algo debe servir la experiencia del año anterior en el lago Torneträsk!. Comentamos los acontecimientos de la jornada pasada y programamos la siguiente. Es curioso como la descripción de los momentos vividos tras un dia de travesía a pie por lugares inhóspitos, tiene bastantes similitud a la tertulia que acostumbran a tener dos escaladores tras completar un buen día de escalada.

File3681

El crespusculo ártico desprende unas connotaciones mágicas indescriptibles. Millones de estrellas cuelgan en el firmamento y parecen estar tan congeladas como el aire que respiras. Ni una brizna de aire, ningún olor que estimule el olfato, ni una luz, ni un sonido. Espero, en vano, ver una aurora boreal. Disfruto de la soledad, del aire frio en la nariz y del pecho caliente bajo las diversas capas de ropa. Dejo que el tiempo se diluya antes de meterme en la tienda, donde mi compañero continúa acomodando el espacio en el que dormirá. No hay prisa. Apenas son la seis pasadas de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente no saldremos de la crisálida de plumas del saco de dormir.

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El segundo día cruzamos tramos de caos de bloques de hielo. Estas formaciones, — tan incómodas para el avance a pie acarreando las pulkas –, se forman a consecuencia del choque de las placas de hielo flotantes que van a la deriva antes de solidificarse definitivamente. El terreno está completamente triturado y constantemente debemos vigilar que los trineos no vuelquen, notando las trabadas y los empujones repentinos en el baudrier que une las pulkas a nuestra cintura. Avanzamos con pieles de foca y, a diferencia del dia anterior, me permito ir yo delante y marcar el ritmo de la marcha. La jornada pasa sin más contratiempos. No vemos a nadie, ni tan solo escuchamos el ruido lejano de alguna motonieve o actividad alguna en las esporádicas cabañas que muy de tanto en tanto salpican las solitarias riberas de las islas. Vadeamos al lado de islas de nombres impronunciables: Stor-Furüon, Lill-Furuön, Baton, y dormimos en la orilla este de la diminuta Stora Batöklippan. Siempre buscamos esta orientación al acampar, para ser visitados por los primeros rayos de sol cuando el astro rey despunta. De nuevo disfrutamos de las últimas luces de la tarde ártica y de una puesta de sol estilo “Derzu Usala” (*4). La temperatura a descendido gradualmente y esta segunda noche se sitúa por debajo de los – 10 * C.

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Tercer día: Volvemos a encontrar un firme de hielo llano que nos permite un avance más rápido sin el auxilio de las pieles de foca. A media jornada distinguimos en la lejanía el humo de unas chimeneas. Recuerdo de las palabras de Carles: Tornio no tiene perdida, dos días antes de llegar ya podreis ver el humo de sus fábricas. ¿Serán esas fabricas Tornio? Una falsa alegria nos envarga, pero la realidad es que la localización de la población no acaba de concordar con los mapas. Otra larga jornada sin ver a nadie, sin cruzar ninguna pista de motonieve, disfrutando de la soledad más absoluta. Cerca de las islas de Likskärs naturreservat divisamos un rebaño de renos que emprenden la veloz huida al descubrirnos, intrusos pasajeros de su mundo. Pasamos la tercera noche en pequeña isla perdida en medio del mar, entre Hastaskäret y Fagelskyddsomrade. De tan pequeña que es no tiene ni nombre. Dormimos en el margen de la rotura del rompeolas entre el agua y esta pequeña porcion de tierra perdida. Una grieta transversal marca la unión de las placas de hielo. Al otro lado de la isla petrificada unos charcos cristalinos dan la falsa aparicienda de tener agua líquida. La temperatura exterior alcanza casi los – 20 *C. Noche que pasa, noche que resulta ser más glaciar. El tiempo, no obstante, continúa siendo inmejorable: sin nubes y sin viento.  Acampamos sobre el mar helado y  durante la larga noche escuchamos el ronquido apagado y lejano de las corrientes situadas bajo el manto de hielo. De buena mañana nos levantamos con el estruendo repentino de la rotura de la placa sobre la que dormimos. Es un ruido seco, una explosión, que la oímos justo bajo nuestros cuerpos. Salimos rápidamente de nuestros sacos, sin poder disimular el susto recibido. No obstante la serenidad se impone. Revisamos la placa y no vemos ninguna grieta que intuya peligro alguno. El desayuno, más frío que los anteriores, nos sirve para templar los nervios. Por si acaso nos refugiamos en la seguridad de la tierra firme de esta ínfima isla perdida en el blanco infinito.

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La primera mitad de la cuarta jornada sigue la tónica del inicio de la misma. El hielo es más fino que los días anteriores. Se transparenta y bajo la capa cristalina se puede ver el oscuro color de las aguas. Multitud de finas grietas quiebran el firme. Están por doquier y no nos queda más remedio que cruzarlas. De tanto en tanto una nueva explosión del hielo nos hace estar en alerta. Pecamos de inexperiencia y rápidamente preferimos la seguridad de la costa, acercándonos a las islas de Stenen i Ytterstlandet. Xavi siempre camina a cierta distancia delante de mí. En estas circunstancias no sabes si la cercanía resulta ser más segura que la lejanía. Por un lado el hecho de que circulemos alejados repercute en que la presión sobre el hielo sea menor, por otro lado, pronto la distancia es lo suficientemente importante como para que no me oiga si grito, por lo que difícilmente podrá auxiliarme el compañero caso de que se rompa la capa de hielo y me sumerja en las frías aguas del báltico. En un momento preciso me detengo para ajustarme el calzado. Cruzo un pequeña grieta y continúo unos cinco metros antes de detenerme definitivamente para evitar estar demasiado cerca de la cicatriz. Al determe, me descalzo los esquís y camino hacia la pulka para sentarme sobre ella. Al sentarme observo que bajo el trineo hay otra grieta alargada. Me recrimino en silencio no haber sido lo suficientemente observador y que esta grieta se me haya pasado por alto antes de detenerme. No obstante no le doy mayor importancia, me quito la bota, me coloco mejor el calcetín y vuelvo a calzarme.

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Al volver a los esquís observo una nueva grieta transversal situada justo en medio de las dos tablas. Ahora si que no tengo ninguna duda de que esta grieta ha aparecido en el momento de la pausa, al igual que la grieta descubierta bajo el trineo. Observo  a mi compañero. Continúa caminando sin parar ajeno a mis maniobras. Es un punto en la infinidad. Cada uno hoy camina sumido en sus propios miedos. Hacia las doce del mediodía, hora en la que acostumbramos a parar a picar algo de comida y a tomar bebida caliente, nos convencemos de que las chimeneas humeantes que habíamos observado desde el día anterior no son Tornio. Se trata de Passkeri, otra población con una manufactura de tratamiento de madera y de construcción de papel. Hoy la jornada es dura, durísima, a la tensión de la mañana le sigue unas maratonianas horas por la tarde que finalizan con más de 30 quilómetros de marcha sobre el hielo. A cada día que pasa mayor es la distancia recorrida. Mejoramos el ritmo y abreviamos las pausas.

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Las islas se diluyen en la lejanía formando una finísima capa fruto de la alineación de las copas de los árboles. Ningún islote presenta la más mínima elevación en forma de pequeña colina. Siempre es la línea arbórea la zona más alta de las distanciadas manchas de tierra que surgen del blanco mar. A consecuencia de la lentitud de la marcha, apenas es perceptible nuestro acercamiento o alejamiento de cada una de estas solitarias islas. La sensación siempre es la misma: Caminas y caminas y, cuando vuelves la vista atrás, contemplas la isla que recientemente has abandonado y que parece estar a un tiro de piedra. Frente a ti la extrafina línea de la siguiente isla, una raya marrón en medio de la inmensidad, de la que aún no pueden distinguirse con claridad la silueta de los árboles. Al rato, tras casi 30 minutos de constante caminar, otra ojeada a la última isla abandonada nos servirá para descubrir que se reduce a otra extraplana línea marrón, aunque aún se perciben las coronas de los árboles. Miras en frente y te resulta difícil calcular cual de las dos islas está más cerca, la que dejaste atrás o la que te acercan tus pasos. 15 minutos más tarde la que fue una irrisoria raya en el infinito blanco, se ha convertido en un lejano bosque cuyos árboles puedes distinguir con claridad. Parece cerca, pero la experiencia te enseña que aún tendrás que caminar un cuarto de hora más para flanquear cerca de las orillas. Miras hacia atrás, ahora ya no hay duda, la distancia que te separa de la última isla que bordeaste es mucho mayor que la distancia que te separa de tu próximo destino. Al rato esquías cerca de la orilla de la isla que, en el transcurso de tu última hora, se convirtió en la cumbre de Sísifo. No la alcanzarás, no la pisarás, pasarás a su lado, como si evitases alterar la magia helada que transmiten los silenciosos árboles sin hojas. Tras esta falsa meta descubres una nueva línea casi invisible que vuelve a romper la monotonía blanca del infinito. Hay está. Te engañaste para hacer llevadera la marcha, pensando que la meta que seguías era la verdadera, cuando en el fondo nadie te podía ocultar que tan solo era un hito en el camino. En frente tienes la nueva meta, también falsa, pero nueva … Solo así logras hacer las distancias humanas, y de lo humano la ilusión. Al final de la jornada, ya cansado, y mientras el sol poniente tiñe todo el congelado mar de tonos rosáceos, te sabrá mal finalizar el absurdo juego y no seguir caminando un poco más …  a sabiendas de que la noche acecha y que en medio de ella la travesía pierde significado. Porque el blanco infinito con manchas marrones se convertirá en el negro más absoluto, adornado por una cúpula con millones de estrellas, lejanas y frías, como el aire que parece querer congelarte el interior de las fosas nasales. Aprovecharás la larga noche para descansar, para reponer fuerzas, y antes de hundirte en el calor del saco de plumas intentarás, en balde, esperar la llegada de la aurora boreal, que es esta tercera incursión al ártico también se niega a cultivar tus ansiosos ojos.

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Pasamos cerca de las islas de Vibbygrundet, Halsön y Björn y a las últimas horas de la tarde, con el sol que ya se ha escondido tras el horizonte, llegamos a la población de Seskarö, siendo el primer lugar habitado que visitamos desde el inicio de la travesía. Haciendo alarde de la hospitalidad de la gente del lugar dormimos en una casa particular. Nuestro anfitrión resulta ser familiar de la famosa actriz Greta Garbo y nos comenta que en esta pequeña isla del Báltico está enterrada la famosa actriz de cine, la “mujer fatal” más célebre de cuando el celuloide tan solo gravaba en blanco y negro. Nosotros agradecemos enormemente el podernos refugiar dentro del calor del hogar. Fuera la temperatura desciende a más de – 25 * C y de tanto frío hasta se nos ha congelado hasta la fijación de esquís. No nos los podemos quitar hasta que el calor del interior de la casa deshace el hielo que une la bota a la fijación. Seskarö es otra pequeña población con una fábrica maderera, con sus feas y pestilentes chimeneas que extraen humos las veinticuatro horas del día. Es el típico lugar en el que nunca pasa nada y el hecho de que dos “ibéricos” lleguen y marchen a través del mar, arrastrando sus pulkas, se convierte en el evento de la semana. Poco más tarde nos enteramos de que las fotos que tomo  nuestro anfitrión sirvieron para apuntes de prensa de diarios locales, tanto suecos como finlandeses.

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Empezamos la última jornada con la idea clara de llegar hoy a nuestro destino final, por mucho que la distancia que nos queda para alcanzar nuestro objetivo es superior a cualquier de las distancias recorridas durante los días anteriores. Contamos con la ventaja de haber dormido y descansado mejor que nunca y de habernos puesto en marcha una hora antes que las jornadas precedentes. El ritmo es vivo y rápido, como el frío que penetra por cualquier hueco un poco abierto de nuestro vestuario. La temperatura es bajísima, y un ligero viento acrecienta la desagradable sensación de frialdad. Por la mañana Xavi vuelve a ser un punto en la lejanía, y más tarde nos justamos para caminar los últimos quilómetros juntos.

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La llegada a Finlandia resulta desalentadora. Tomamos tierra firme  en el polígono industrial de Royttä. Al sur de Tornio. Unas espesas nubes de vapor de agua, que no ganan altura por culpa de la gélida temperatura ambiente, sirven de telón de fondo a este conjunto de horribles construcciones. En primera fila de la orilla del mar vemos un pequeño poblado, en cuyas ventanas se reflejan los rayos de un sol cada vez más cercano al horizonte y más marquito en su falso calor. Creemos que en la población encontraremos algún lugar para dormir, algún café, alguna parada de autobús. La realidad es otra bien distinta. Todas las casas de la población están cerradas de manera hermética, ni un alma habita sus interiores. Es un pueblo fantasma. La máquina quitanieves ha limpiado las calles hasta las proximidades de las puertas, pero desde donde finaliza el trazado del quitanieves a las entradas de madera, ninguna huella humana deja entrever que últimamente nadie ha pisado estos lares. Tenemos la sensación de ser los últimos habitantes del planeta tras un holocausto nuclear. El sol se está poniendo tras la línea del oeste. La temperatura es bajísima, debe rondar ya los – 30* C. Continuamos caminando en medio de las grises fábricas. Algunas de ellas tienen chimeneas humeantes y maquinaria pesada que produce un ruido estridente. Hasta alguna luz interna ilumina sospechosas estancias cerradas. No hay nadie. Entramos donde podemos y gritamos. Hay alguien? Como respuesta el ruido incesante y constante de las máquinas. Habrán tomado los robots el control del mundo? Caminamos y caminamos hacia el extremo sur de la costa, hasta llegar al puerto. Si hay alguien debe estar allá. El frío es penetrante. Xavi dejó el plumón en las pulkas, las cuales medio escondimos tras cruzar orilla de costa. Mi compañero camina enérgicamente, sabe que el frío que le atenaza se cebará con el tan pronto como cese la marcha. Poco a poco nos plateamos que esta última noche, la más fría, la tendremos que pasar en este lugar tan terrible. – Es el lugar más feo y frío que he visto en mi vida -. Por fin, en el puerto, encontramos una oficina atestada de trabajadores de las fábricas que esperan, — con la compañía de cafés y la comida de sus respectivas fiambreras –, que llegue el cambio de turno. Fin de trayecto. Pronto vendrá un taxi y de aquí 30 minutos estaremos en la comodidad de uno de los hoteles de Tornio. Una vez duchados, cambiados de ropa y con una espumeante cerveza entre las manos, celebramos nuestra primera travesía ártica. Por fin, tras varios años de pequeñas expediciones frustradas, tengo la jubilosa sensación de volver a casa con el objetivo inicial cumplido. Creo que desde mi viaje a Kirguizistán, cuatro años antes, no había vuelto a tener esta agradable y dulce sensación de victoria.

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Durante la jornada siguiente nieva y nieva sin cesar y una niebla baja esconde todos los contornos. Deambulamos por Tornio antes de tomar el autobús a Lulea. Nos jartamos de nuestra buena suerte (¡Por fin!). Empezamos la travesía cuando el tiempo mejoraba tras un periodo de inestabilidad y ahora, al finalizar, vuelve a estar el ambiente nevoso y desapacible. Un día como hoy, en medio del mar, debe ser sumamente desagradable y te obliga a navegar constantemente con el auxilio del GPS; pero todo esto, quizás, será nuestro pan en una próxima ocasión, en una futura travesía por otro horizonte blanco. Dentro de la comodidad del autobús, viendo la nevada a través de los cristales de las ventanas, y embriagados por nuestra travesía de más de 100 quilómetros en cinco días, dejamos galopar la imaginación: El Lago Ladoga, un tramo de mar al norte de Siberia, la Bahia de Hudson, el estrecho de Bering … algún polo.

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