Archivo mensual: febrero 2016

MONTE ROSA Y MONT BLANC. A LA CAZA DE CUATROMILES.

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102 - 8Cuando estuve en un bosque encantado,

noté con asombro que una piedra me cantaba,

con modulaciones y con timbre de tenor.

Debajo de la piedra había un sapo invernando

y supe que era el sapo el que cantaba,

y me fui buscando maravillas que saber.

Quería una princesa convertida en un dragón;

quería el hacha de un brujo para hecharla en mi zurrón;

quería un vellocino de oro para un reino;

quería que Virgilio me llevara al infierno;

quería ir hasta el cielo en un frijol sembrado

y ya.

(Fragmento de la canción “La primera mentira” de Silvio Rodríguez)

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Los Alpes son las montañas por excelencia en las que nace y se deriva todo aquello relacionado con el alpinismo. Son la cuna, la evolución, el centro gravitatorio de todas las cumbres del planeta. Son tan míticas las cumbres que encontramos en la cordillera, están tan rebosantes de historia y de mito, que poco importan no ser las más altas, ni las más difíciles, ni las más lejanas … son las más importantes, las más carismáticas, las más literadas. Los grandes episodios de oro del alpinismo irrepetible se labraron en las vertiginosas paredes y en los oscuros heleros de esta cordillera situada en el corazón de la vieja Europa. Cumbres mágicas: Meije, El MontBlanc, La Verte, los Drus, las Jorasses, el Matterhorn, el Monte Rosa, el Eiger, Piz Badile, Las Tres Cimas di Lavaredo, la Marmolada, La Civetta. Pueblos míticos: Ailefroide, Chamonix, Courmayer, Cervinia, Zermatt, Grindelwald, Cortina d’Ampezzo … y un sin fin de personajes irrepetibles: …… Los Alpes están destinados a ser el destino repetido de todo aquel montañero que se precie de ser alpinista. Sin el bautizo de los Alpes el proceso de confirmación alpina de cualquier alpinista del mundo quedará incompleto. De Europa, de América, de Rusia, del Japón, la peregrinación es obligatoria, como los musulmanes que deben visitar la Piedra Negra de la Meca para poder ser recibido en el paraíso de Alá.

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Agosto de 1989. El autobús de linea regular que nos adentra por el valle de Gressoney está más vacío que lleno. El conductor conduce con cierta desgana, harto de tantas curvas que cada día se repiten, de subida, de bajada, por la mañana, por la tarde.  Nosotros estamos expectantes y rebosantes de alegría. No podemos evitar ir de una ventana a otra para ver si entre las empinadas cuestas de los verdes prados y por debajo de la capa gris de las nubes, conseguimos descubrir algún glaciar colgante o una lengua de hielo agrietada que sería el indicio innegable de que por fin llegamos a las grandes montañas que se extienden por la vertiente sur del gigantesco macizo del Monte Rosa. La emoción nos embarga al llegar a nuestro destino, el pueblo de Ciaval. Muy a pesar de que la capa de nubes sigue siendo compacta y amenaza con una lluvia inminente, deslumbrantes y sucios glaciares extienden sus lenguas por los bosques situados por encima de los tejados de las casas. Nos preguntamos como deben ser las montañas situados por encima de ellos. Pronto lo sabremos, tomaremos una de las pocas comidas a la carta del viaje y luego emprenderemos nuestro camino hacia las cumbres.

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Voy acompañado por mi amigo Francisco. Hace poco que ha finalizado el servicio militar y yo me he librado gracias al excedente de cupo producto del famoso “baby-boom” del 69. Para ambos es nuestra primera experiencia en los Alpes. Jamás hemos transitado por glaciares, ni hemos escalado montañas de más de 4.000 metros, pero no dudamos de nuestra capacidad para embarcarnos en la alta montaña alpina sin la necesidad de ir acompañados por montañeros experimentados en el terreno. Más bien al contrario, nos motiva las ganas de labrar nuestro propio aprendizaje y de ser auto didactas en este aspecto. Nuestro planteamiento es muy simple: A pesar de que ya hemos escalado varias vías en nuestro país natal, nos interesa más coleccionar el mayor número posible de cumbres de 4.000 metros y nuestra idea, para los quince días de vacaciones, consiste en encadenar las cumbres del Monte Rosa en travesía desde Italia a Suiza, subir más tarde el Matterhorn también travesía, esta vez de Suiza a Italia, y por último realizar la travesía de los cuatromiles del Tacul, Mont Maudit y Mont Blanc, empezando por Italia y terminando en Francia. Un proyecto que se enmarca dentro de los cánones clásicos del alpinismo de cumbres y cuyo aliciente principal es el de prescindir de telesféricos y refugios guardados. Queremos subir a pie “de verdad” de manera auténtica. Saliendo con la mochila a la espalda desde el último pueblo y llegar así al pie de la montaña, pero por su vertiente opuesta y después de haber coronado las cumbres más altas, y todo ello con la comida, el saco de dormir y el equipo suficiente como para poder prescindir de las comodidades de los “hoteles alpinos” que resultan ser los refugios guardados de estas montañas. Un estilo quizás excesivamente purista, que responde también a las estrechas limitaciones de nuestras sendas economías personales. En conclusión: no tenemos ni puñetera idea de ascender por montañas glaciares y no tenemos ni un duro de sobras en el bolsillo, pero tenemos las piernas sedientas de caminar y la energía interminable de los 18 años.

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A Salza es una pequeña cabaña de pastores situada en la vertiente sur del Lyskamm, a 2.321 metros de altura y que se emplaza en un lugar idílico de exceso paisaje. Es una construcción muy rudimentaria, tan solo un suelo con paja, pulgas y donde el olor a leña y ganado impregna cada piedra. A nosotros nos recuerda las cabañas pirenaicas como la del valle de Ara o la del valle de Literola entre tantas otras, pero hay un matiz que la hace diferente. El camino pasa por delante y los caminantes que transitan por delante de la cabaña se extrañas al percatarse de que hemos dormido dentro de ella. En un principio no entendemos nada, pero al pasar los días vamos ligando cabos y descubrimos cual es el factor diferencial en relación a las cabañas pirenaicas: Aquí, en los Alpes, ningún montañero utiliza estos refugios para pernoctar. No tiene sentido dormir en el suelo, cocinar la comida, cargar con mochilas pesadas para transportar el saco de dormir, aislantes, utensilios de cocina, la propia comida … cuando a un par de horas más de relajado camino se puede comer a la carta, beber lo que te plazca, dormir en habitaciones con calefacción, mantas limpias y todo ello llevando una mochila ligera y unos cuantos billetes de dinero en el bolsillo. Pero a nosotros dos este mundo de comodidad no nos interesa lo más mínimo, es más, nos sentimos fuera de juego en las proximidades de los grandes refugios guardados. Pronto descubriremos que no somos bienvenidos. En los Alpes hace años que ha desaparecido la hospitalidad típica que debería caracterizar al guarda en relación al montañero que viene en busca de descanso, ahora prima la preferencia de tratar al montañero como a un turista más. Lo que interesa es que gaste dinero y se marche rápido.

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De la cabaña de A Salza llegamos al refugio vivac de la Rifugio Balmenhorn en una larga jornada en la que ganamos 1.800 metros de desnivel. Pasamos por delante de dos macro refugios guardados, el Citta di Mantova y el Gnifetti, situados a 3.498 m y 3641 m. de altura respectivamente. Al llegar al primero de ellos intentamos hacer una pausa para comer algo caliente, al preguntar donde podemos cocinar, la respuesta es clara “fuera“. Pero fuera llueve. Encendemos el fogón en la zona del vestíbulo del refugio donde los montañeros cambian su vestuario tras la actividad. Todos se extrañan ante nuestra actitud y al guarda alguien le comenta lo que estamos haciendo. El gerente del refugio sale rápidamente a nuestro encuentro. “Fuera es fuera” nos dice de manera autoritaria señalando hacia el exterior.  Nos vamos debatiéndonos entre la rabia y el ridículo. Del segundo refugio pasamos de largo, actuamos como si no existiese. la lluvia se ha intensificado y cae aguanieve. No hay nadie en el exterior del ….., pero son varios los ojos que nos observan al otro lado de las ventanas mientras desaparecemos por los jirones de niebla que invaden el glaciar. ¿Sabremos orientarnos en medio del malo tiempo? ¿llegaremos al islote rocoso de las Campana .., situado en medio del océano blanco de Glaciar de … ? Tan solo nos planteamos dos opciones: Intentar y conseguirlo o, en caso de que salga mal, volver a descender hasta un emplazamiento donde podamos dormir bajo bloques de roca. Para nosotros los refugios son inexistentes, como para los pioneros que ascendían estas cumbres dos siglos antes. Por suerte, poco antes de anochecer, llegamos al Rifugio Balmenhorn. Esta construcción es considerada por los lugareños como un refugio de auxilio o emergencia, pero a nosotros se nos antoja como el lugar más reconfortante y cómodo del mundo. Hace rato que nos flaquean las fuerzas y nos sentimos agotados. Cenamos de manera fugaz y efímera, más pendientes de meternos en el saco que de saciar nuestra hambre. Estamos rendidos.

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Al día siguiente el tiempo a dejado de ser regular para estropearse del todo. Es el inicio de tres días de temporal que se ve entrecortado con pequeñas pausas de apenas unas horas en las que el sol parece reventar la capa de nubes labrando los glaciares de un blanco cegador. En los breves paréntesis de bonanza, o cuando las nubes amenazantes dejan de ocultar las cercanías, aprovechamos para iniciar nuestra colección de cuatromiles. El primero en caer es la bonanza Pirámide Vicent, de 4.215 m, le sigue el pequeñito cucurucho del Corno Nero, de 3.321, el Lúdwigshöhe, de 4.341, y los dos Parrot, de 4.340 y 4.436 m respectivamente, ambos unidos por una breve pero aérea arista de nieve. Todas las cumbres, de poco carácter, forman parte del ramillete de cimas que coronas las altas crestas del macizo del Monte Rosa. En el primer día de buen tiempo llegamos a la Punta Gnifetti, la tercera cumbre más alta de la montaña, de 4.559, en cuya misma cumbre se encuentra un macro-refugio de tres/cuatro plantas de altura, llamado Rifugio Osservatorio Regina Margherita. Un verdadero hotel que ostenta ser el refugio guardado a más altura de Europa, y cuya tarifa de precios está en concordancia con su elevado nivel. Nosotros apenas osamos escurrirnos en el interior, evitando casi el respirar, por temor a que hasta para esto cobren. Desde las afueras del refugio se contemplan dos de los mayores precipicios de los Alpes: Las himalayencas vertientes de Macugnaga y Valsesia.

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Para ascender a la cumbre más alta del macizo optamos por descender hacia Suiza y tomar el camino de la vía normal. En mi primer incursión alpina me mueve más el espíritu de coleccionista de cumbres por encima de la elección de la vía de escalada en si. No en vano me he iniciado a la alta montaña en el seno de un grupo que se dedica a coleccionar el mayor número posible de cumbres de tresmil metros en los Pirineos. El buscar cumbres de cuatromil metros en los Alpes se presenta, por tanto, en una consecuencia lógica de la citada dinámica. En las cercanías del Monte Rosa Hute (Refugio del Monte Rosa), realizamos un magnífico y gélido vivac sobre un bloque de dimensiones mayores al propio refugio. Estamos a apenas treinta minutos a pie del refugio guardado, pero la soledad es absoluta. El paisaje es tan extenso y magnífico que nos aturde al hacernos sentir una mezcla de admiración y infinito respeto. Somos tan ridículos en medio del mundo blanco de los glaciares de Gornergletscher y Grenzgletscher !!. Mil tonalidades rosadas y lilas pintan las paredes nortes del Breithorn y Lyskamm al anochecer. Nosotros estábamos acostumbrados a los anocheceres glaciares de los Pirineos invernales, pero el escenario que hoy ven nuestros ojos no tiene paragón con nada hasta ahora conocido por nosotros. En el horizonte, marcando la linea de poniente, la silueta heráldica, inconfundible, señorial de la que ha sabido ser la montaña por excelencia del planeta tierra: El Matterhorn.

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La ascensión a la cumbre principal del Monte Rosa, la Punta Dufor, por lo que se considera la vía normal, o sea, el glaciar del Monte Rosa (Monte Rosa Gletscher), no presenta ningún otro secreto que el notable desnivel que se debe salvar, un  total de 1.839 metros entre los 2.795 metros del refugio y los 4.634 metros la cumbre. Son numerosas las cordadas que ascienden por los suaves y agrietados campos glaciares de esta vía normal, pero son muchos los que renuncian al punto más alto al llegar a la antecima de 4.596 metros, conocida como la Grenzgipfel, y descubrir la dentada cresta que separa esta antecima nivosa y la verdadera cumbre principal. Las dificultades de la cresta no son destacables, pero si que se trata de un recorrido distraído donde la atención debe ser constante y que puede requerir una hora bien larga a la cordada que asciende y deshace el cordal para regresar. La gran mayoría de los montañeros dan media vuelta en la antecima, nosotros ni nos planteamos renunciar a la cumbre. El día es espléndido y sin haber estado en el punto más alto no se puede decir que has llegado a la cumbre. Es una realidad fuera de interpretaciones. O se llega o no se ha estado en la cumbre. El Aneto no está ascendido sin sortear el paso de Mahoma, la Cumbre Sur del Everest no es el punto culminante de la tierra.

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Al volver de la cumbre aún tenemos fuerzas para recoger el vivac, pasar por delante del refugio sin ni siquiera pararnos, atravesar la planicie del Glaciar de Gorner y ascender la ladera sur del Gornergrat hasta llegar a las orillas del pequeño lago de Reiffelsee. Un lugar incomparable para vivaquear en verdes pardos con la silueta del Matterhorn reflejándose en las aguas. La imagen que se tiene de tan emblemática montaña desde el lago de Reiffelsee es inmejorable. Se recortan, a lado y lado,  las aristas de Horli y Furggen, creando un diente triangular casi perfecto. Un verdadero colmillo gigante cuya belleza nubla toda la magnitud de las restantes montañas que lo rodean. La hora es tardía y un nuevo ocaso solar nos regala un espectáculo que observamos atónitos. Los turistas marcharon hace horas, los más holgazanes no perdieron el último tren de la cercana estación de Rotenboden, a apenas un centenar de metros del lago. Ahora toda la montaña vuelve a ser para nosotros, con toda su magnificencia y esplendor. En estos momentos en que el día huye y las tinieblas ganan gradualmente el terreno que la luz abandona, todo se tiñe de una tranquilidad ancestral e irreal. Por un momento tenemos la ilusión de ser los únicos seres que cuyos ojos contemplan tanta hermosura. Observamos en silencio, sin movernos, cualquier sonido, cualquier gesto, rompería tan preciado equilibrio.

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Al día siguiente bajamos a Zermatt y caemos en las fauces del vil capitalismo al servicio del turismo puro y duro. Nuestra economía queda menguada a tres tajadas, por un bocadillo, por alguna cerveza de mas y por tres bolas de helado. Zermatt es una población asquerosamente maravillosa, todo está tan ideado para ser idílico que entran ganas de vomitar. No hay coches, tan solo unos carritos arrastrados por caballos. Detrás de estos carritos anda una silenciosa legión de “limpiamierdas” que pasan desapercibidos entre las hordas de turistas. Cuando una caballo de tiro se caga en medio de la calle, ningún turista llega a pisar la defecación, puesto que el presto limpiamierdas es más veloz que el despistado y feliz turista. La mayoría de limpiamierdas son emigrantes turcos y españoles. Un día basta para pasar de ser pobres a ser muy pobres. Caminamos asqueados intentando superar el schok que nos a producido el contraste entre tantos días de soledad en las alturas y el hormigueo de gente de Zermatt. En un momento preciso nos sorprenden unos turistas españoles que se alegran de encontrar “compatriotas” en estos lares. Cuando ven nuestro atuendo montañero, mochila, piolets, etc … nos preguntan de donde venimos ya donde vamos. Al comentarles que nuestro proyecto es el Matterhorn, nos preguntan sobre la posibilidad de subir a la cumbre en telesférico. Por educación o por cobardía prefiero no ser grosero, pero me gustaría recomendarle que el dinero que pretende invertir en el billete se lo gaste en una pala recoge-mierda y se largue a buscar su cena.

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El tiempo cambia y no podemos permanecer más días en Suiza. Aquí no se puede vagabundear, está prohibido. Si te pillan durmiendo o cocinando en la calle eres arrestado directamente. En Suiza no se acostumbran a ver muchos policías, pero en un país tan diabólicamente civilizado como este, cada habitante es un poco policía, todos vigilan a todos. Una angustiosa sensación de control invade cada rincón del país, tan solo más arriba de los altos prados, cuando la montaña se convierte en un territorio hostil y desapacible, desaparece esta opresión generalizada. En este país tan idílico solo se puede sobrevivir de dos maneras, la primera es siendo suizo, y la segunda es gastando.

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Tenemos que huir. No nos queda más remedio. Dejamos atrás la idea de la travesía de Zermatt a Cervinia pasando por la propia cumbre del Matterhorn. Los nubes desconsoladas no nos dejan ver la silueta de la emblemática montaña, pero cualquier rincón del valle de Mattertal nos recuerda donde estamos. El dibujo y la silueta de la montaña es omnipresente: En las postales, en el queso, en el chocolate, en el café, en el lavabo …

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Traspasamos la frontera tomando una combinación de trenes y autobuses que nos transportan en un solo día de Zermatt a Aosta. En la capital de la región italiana por fin podemos sentirnos a gusto. Los alojamientos de la cuidad está completamente llenos. No hay ni una cama libre, (a precio módico, se entiende), pero en la oficina de turismo nos brindan la solución. pedir ayuda al párroco. Y gracias a Dios (nunca mejor dicho) encontramos al párroco que no duda en darnos las llaves de la nueva parroquia donde estamos a nuestras anchas. Llevamos casi tres días sin comer. El día de la cumbre (por aquello de que cuando se camina se come poco y nos apetecía demasiado la dieta repetitiva de la última semana a base de galletas, sopas y longaniza), el día en Zermatt (por aquello de que estábamos más preocupados por no gastar que por comer) y el  día del viaje (por aquello que si queríamos guardar dinero es preferible salir de Suiza sin respirar). Pero en Aosta nos tomamos la merecida revancha. A las seis de la tarde estamos esperando que nos abran una pizzería. Nos tomamos una ensalada, un plato de espaguetis, una filete de carne de dos palmos y una pizza inmensa cada uno, todo ello acompañado de más de dos litros de cerveza por barba. Somos los últimos en salir del restaurante, nos hemos pasado cuatro horas comiendo. Caminamos tambaleándonos por las calles de Aosta, borrachos y a punto de reventar.

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La última fase de nuestro programa de coleccionar cumbres tiene el Mont Blanc como protagonista. Con sus 4.847 metros es la cumbre más alta de los Alpes y, durante muchos años, se ha considerado la cumbre más alta de Europa. Nosotros, fieles a nuestras ganas de subir y bajar desde los pies de la montaña, ideamos una rápida ascensión que debe efectuarse en tres jornadas. las primera de Courmayer al refugio Torino. La segunda desde el refugio Torino queremos ir al Col du Midi, hacer la travesía de las cumbres y dormir en el Vallot, un refugio libre a 4.362 metros de altura. El tercer día debe servir para bajar y bajar, perder metros hasta llegar a la prodigiosa población francesa de Chamonix. Llevamos comida para tres días, no tenemos más alimentos y tampoco tenemos dinero para comprarlos. El primer día resulta ser una agonía. De la población de Courmayer al refugio nos separan más de 2.000 metros de desnivel. La pendiente es constante y todo el camino transcurre todo el rato bajo los cables del telesférico que conecta ambos puntos, (la población y el refugio) en un cómodo trayecto de poco menos de treinta minutos de duración. A partir de la estación intermedia del telesférico el camino se va diluyendo hasta desaparecer en un caos de pedregales de moderada inclinación. Los últimos metros antes de llegar al refugio discurren por terreno inestable y un tanto escabroso. Toda una agonía si se tiene en cuenta que la multitud de turistas que pasan por encima de tu cabeza, asomándose por las ventanillas de la cabina del telesférico, aprovechan para silbarte, saludarte y hasta para reírse. Llegamos al refugio en medio de nubes grises que desprenden aguanieve. En este momento caemos en que ninguno de los dos había pensado en informarse sobre la previsión de tiempo para estos tres días. Cuando llegamos al refugio nos confirman lo que temíamos. hasta el miércoles no volverá a hacer buen tiempo, y será un espacio reducido de medio día. Estamos a domingo. Al sacar nuestra rancia bolsa de comida de la mochila nos preguntamos como coño nos llenaremos el estómago hasta el jueves por la noche, día en que — si todo va bien — llegaremos a Chamonix. Por suerte el cocinero del refugio es catalán, de Montcada i Reixac en concreto, y nos pasa algo de comida. También hay un grupo de italianos se apiada de nosotros y nos da de comer un par de días. El resto de las comidas nos las apañamos cogiendo alguna sobra de los platos usados y haciendo desaparecer algún mendrugo de la mesa del vecino. Si tenemos que robar a alguien siempre comprobamos previamente que sea suizo o alemán, así no hay lugar al posible cargo de consciencia. Por supuesto también metemos mano a nuestras reservas de comida. Cuatro días más tarde, o sea, el día que nos volvemos a poner en marcha para continuar la travesía, solo tenemos una bolsa de papillas de ocho cereales. El cocinero catalán se apiada una vez más de nosotros y nos deja desayunar de gratis a escondidas de sus jefes, luego nos da dos trozos de pan y dos tarrinas de mermelada. Un ración será para comer y otra para cenar.

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La travesía del glaciar de Tacul la realizamos durante la noche. Seguimos la romería de lucecillas que se extienden hacia el Col du Midi y que pertenecen a los montañeros que han salido antes que nosotros y han ido trazando al huella entre las grietas azules del glaciar. En las pendientes del Tacul la linea del horizonte se empieza de definir con tonalidades violetas para dar paso al inicio de un nuevo día. Hasta esta primera cumbre nos acompaña un montañero catalán, llamado Albert, que resulta ser un amigo del cocinero. Está bastante nervioso e intranquilo bajo los seracs de la vertiente este del Tacul, (lugar por el que discurre el marcado camino de la vía normal de la cumbre), no en balde tiene bien reciente el accidente que observó de cerca una semana antes, cuando uno de los seracs se desprendió y un inmenso bloque hizo trizas a un italiano que iba encordado con otros dos.

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La mancha de sangre tenía más de quince metros — no deja de comentar el improvisado compañero — Ahora como lleva tres días nevando no queda ni rastro del accidente.

Nosotros no nos dejamos impresionar, en nuestro interín nos reímos de la cara paranoica del pobre chaval. Miramos desafiantes a los seracs que cuelgan por encima nuestro, como si nuestra soberbia mirada pudiese influenciarlos.

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En la cumbre del Tacul nos despedimos de Albert, el cual está aún tan desconcertado ante la perspectiva de tener que volver que pasar bajos los seracs y esta vez solo, que no se percata de que nos zampamos toda su comida. Francisco y yo continuamos nuestra ruta hacia el Mont Maudit, dejando de banda el camino que bordea la montaña y que evita la cumbre. El citado camino es el que trazan la gran mayoría de montañeros que suben al Mont Blanc por esta ruta, que prefieren ahorrar energías y tiempo para llegar a la cumbre principal, ignorando la cercana cúspide del Maudit. Pero en nuestro ánimo está llegar al punto culminante del mayor número de cumbres posibles, y en el ánimo de la montaña está el dar la bienvenida al cambio de tiempo previsto para el mediodía, que hace su aparición con la hora exacta en que se anunciaba la llegada del mal tiempo: a la hora del ángelus. Al bajar de la cumbre nos perdemos en medio de la nevada, bajamos rectos hacia el camino pero la pendiente escarpada nos aconseja rappelar. Solo llevamos una cuerda de 50 metros, por lo que los descensos de reducen a trayectos de 25 metros. Hacemos un par de ráppeles pero el tercero no llega al camino. Las cuerdas quedan colgado por encima de la rimaya y más abajo de nuestro enclave no aflora ninguna piedra que pueda servir como punto donde anclar un rappel más bajo. Pedimos ayuda al numeroso grupo de gente que han iniciado la marcha de descenso ante el cambio brusco de tiempo. Las diferentes cordadas nos oyen, nos miran pero automáticamente continúan su camino. Nos miramos sorprendidos. Aquí nadie te hace ni caso si tienes un apuro. Francisco se enfurece, se ata al extremo de la cuerda y me dice que le baje rápidamente. Al llegar al camino literalmente atraca a la próxima cordada y les obliga a desencordarse. El grupo va capitaneado por un guía, que se muestra furioso ante la actitud de mi compañero. Cuando están a punto de llegar a las manos el guía local cede terreno y, entre insultos y reproches, nos deja una cuerda para que yo pueda descender en doble, siempre y cuando deje el nudo lo más bajo posible. Es entonces cuando puedo rappelar con la peligrosa maniobra intermedia de sacar y volver a meter las cuerdas por el rapelador para poder salvar el nudo. Cuando llego al camino el guía francés aún continúa con su letanía de reproches. Luego nos alienta para que bajemos.

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– Ten tu puta cuerda, capullo de mierda. – Le respondo al devolvérsela.

Nosotros continuamos hacia arriba, camino a la cumbre del Mont Blanc. Una apertura transitoria nos permite ver a una única cordada que ha sido tan obstinada como nosotros. Todos los restantes montañeros, tan abundantes pocas horas antes, han desaparecido por completo. Poco más tarde los jirones de niebla vuelven a tragarse a la cordada que nos precede y que ya ha superado el Collado de la Brenva para encaminarse hacia la cúpula final del Mont Blanc. Las huellas del camino se borran por momentos al intensificarse la nevada. En cuestión de un breve lapsus de tiempo la situación ha cambiado radicalmente. Pocas horas antes no éramos más que dos puntos indeterminado en una romería de diminutas hormiguitas. Ahora somos dos jóvenes locos y entusiastas perdidos en medio de una paisaje polar e inhóspito. La tormenta, lejos de intimidarnos, aún nos hace sentirnos más fuertes e invulnerables. Antes de llegar a la cumbre alcanzamos a la cordada que habíamos divisado entre la niebla y que resultan ser dos montañeros de Chequia. Los cuatro juntos llegamos a la cumbre. En realidad cuesta saber si era el punto culminante, pero en un momento determinado el terreno de vuelve horizontal y por mucho que busquemos no podemos subir más. Una bola de nieve envuelta de una cinta con los colores de la bandera italiana nos simboliza de este punto debe ser el más alto. Estamos en la cumbre más alta de los Alpes y no alcanzamos a ver más allá de dos metros de distancia. El cansancio, lo tardío de la hora y la intensa nevada no nos dejan disfrutar del momento. Nos hacemos la foto de rigor y nos apresuramos en marchar. Durante el ascenso el sentimiento de lucha y el esfuerzo por alcanzar la cumbre habían dejado en un segundo plano la precariedad de nuestra situación. Ahora que la cumbre queda atrás y el cielo se oscurece paulatinamente, la angustiosa sensación de tener estar perdidos por estos parajes nos empieza a crear un nudo en el estómago. El sol debe estar bajo. La creciente penumbra nos obliga a quitarnos las gafas de tormenta para poder seguir viendo. La luz de los frontales se pierde a poco más de un metros de distancia, absorbida por la intensidad de la nevada. Los párpados se me empiezan a congelar y cada vez tengo más dificultades para poder mantener los ojos abiertos. De la barbilla, de la ropa y de las mochilas nos cuelgan trozos de nieve encarcarada. Al principio reconozco el tramo de arista afilado y característico cercano a la cumbre, tramo que recuerdo de numerosas fotos. Poco mas tarde, bajamos sin llegar a controlar cual es nuestra posición y si nuestra orientación es correcta. Hace tiempo que no sabemos si seguimos por el lomo de la montaña o si hemos empezado a bajar, erróneamente, hacia el Gran Plateau del glaciar de Grands Mulets. En el primer de los casos deberíamos haber llegado ya al refugio Vallot. En el segundo de los casos pronto estaremos perdidos en medio del caos de grietas del Glaciar y nos veremos obligados a pasar la noche a la intemperie y en medio de la nevada a poco más de 4.300 metros de altitud. Con las últimas sombras que preceden la noche cerrada y cuando todos damos por seguro que estamos por debajo del refugio, un efímero claro entre los jirones de nubes nos deja ver una silueta oscura y cuadrada. ¿ Será una piedra ?. Por fortuna nuestra la superficie de la fantasmagórica aparición es metálica. Damos saltos de alegría: Es el refugio Vallot !!! Dentro el termómetros marca – 15 * C. Una verdadera nevera, pero dadas las circunstancias, vaya nevera más apacible !!!. Somos los únicos huéspedes del refugio. El interior está lleno de basura. Estamos agotados, pero antes de meternos en los sacos nos acercamos a los checos y, con ojos hambrientos, les pedimos comida. Nos responden que no les queda nada de comer, solo tienen gas y bolsas de te.  Nosotros buscamos en el fondo de la mochila el último mendrugo de pan y media tarrita de mermelada. Lo compartimos por los europeos del este como buenos camaradas, tal como mandan los cánones de su pueblo. Todo sea por un sorbo de te !!!. Poco más tarde me sumerjo en la mágica crisálida de plumas del saco de dormir. Fuera del refugio la tormenta ruge con violencia, el viento parece querer arrancar las paredes de hojalata. Por primera vez soy plenamente consciente del peligro mortal que puede representar pasar una noche como esta a la intemperie. Estoy demasiado cansado para recapacitar sobre la suerte que hemos tenido. Simplemente me duermo.

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Al día siguiente algún retazo de cielo azul deja entreverse entre las nubes de algodón que parecen estar suspendidas en la propia cumbre del Mont Blanc. Descendemos abriendo una inmensa zanja en la nieve recién caída de la tormenta nocturna. Habrá caído más de un metro y nos hundimos por encima de las rodillas. Una vez más somos conscientes de la inmensa suerte que tuvimos de localizar el Refugio Vallot como antes de que anocheciera por completo. Bendita lata de conservas !!. Poco más abajo coincidimos con las cordadas que de madrugada han partido desde el refugio de Goûter, a 3.817 metros. Llegamos al mismo y descendemos la siempre expuesta Arête de Goûter hacia el refugio de Tête Rousse. El citado descenso, más que una arista propiamente dicha como sugiere su nombre, resulta ser una vertiente abierta de fuerte inclinación donde la escalada no es necesaria para descender pero lo abrupto del terreno tampoco permite una caída. En ciertos lugares existen  cables anclados que pueden ser utilizados de anclaje o pasamanos. Uno de los peligros del descenso del Goûter son las caídas de piedras, sobretodo en días como el que nos ocupa durante nuestro descensor, en los que se conbina la nive recien caída, el hielo nocturno y el ascenso vertiginoso de temperatura al mediodía. Por suerte no tuvimos ningún percance. Pero dado el gran número de montañeros que ascienden y descienden por este lugar a lo largo de la temporada estival, la vertiente este de la Aguja o Arête de Goûter, está considerado el punto negro de la vía normal del Mont Blanc, donde año tras año se repiten accidentes, algunos de ellos con desenlace fatal.

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Al llegar a las proximidades del refugio de la Tête Rousse encontramos surgencias de agua procedentes del glaciar. Agua fresca que no hace falta derretir a base de hornillo!. El hambre es atroz, y cuando aprieta es mala consejera. Poco me importa la multitud de turistas curiosos que se han acercado al lugar gracias a la comodidad del cercano tren cremallera. Pongo agua a calentar y me cocino unas papillas con 8 cereales y miel, único alimento del que aún disponemos. Las engullo con devoción, como un poseso, y no puedo evitar que parte del contenido del pote y la cuchara vallan a parar fuera de la boca. Francisco siente vergüenza ajena y prefiere alejarse para no los sorprendidos turistas no nos relacionen. Yo, con cierto orgullo animal, observo de refilón a aquellos que me observan. Siento la llamada interior del hombre primitivo.

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Poco más tarde continuamos la marcha hacia el lejano valle, bajar y bajar metros, dejando atrás glaciares, pedregales, pardos y bosques, para llegar al duro asfalto en las proximidades de LesHouches. Llueve y nadie nos acoge cuando hacemos autostop, lo que no es de extrañar dado nuestro aspecto. Llegamos a Chamonix calados hasta los huesos y buscando desesperados el lugar donde comer el bocadillo al precio más económico posible. Con cuentagotas gastamos las últimas monedas para tomar el autobús que atraviesa el túnel de Mont Blanc y nos devuelve a la población italiana de Courmayer, nuestro punto de partida de una semana antes. Tan pronto como llegamos abandonamos el centro de la población e improvisamos un vivac en las afueras. Al día siguiente tan solo tenemos liras para compra plan sardo. Una especie de torta insípida, plana y dura que nos permite masticar y tragar algo, aunque sea irrisorio y apenas ahuyente el hambre que nos persigue durante días. Al llegar a Turín, en el intercambio de autobuses, nos anuncian que el convoy del día ya esta lleno y nos tendremos que esperar al día siguiente. La situación pinta bastos. Sucios, cargados, hambrientos, sin dinero y en medio de una gran ciudad en pleno mes de Agosto! ¿Como nos las arreglaremos para pasar 24 horas? Por suerte el empleado de la taquilla estaba equivocado y aún habian libres dos únicos asientos. Respiramos tranquilos. Antes de salir de Italia paramos en un área de servicio. La totalidad de los pasajeros aprovecha para cenar y nosotros nos quedamos con los ojos abiertos como platos ante el escaparate de platos preparados. Por suerte, cuando ya estábamos ingeniando la táctica a seguir para robar algo de comida, el conductor del autobús se apiada de nosotros y nos invita. En aquel momento me sentía como una harapiento agradecido por la limosna de que se sabe más afortunado. Me prometí que en un futuro no estiraría tanto la cuerda con las limitaciones económicas, y si estas privaban la alternativa estaba clara: No pisar Suiza.

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No obstante si las limitaciones económicas podían ser importantes, nada puede evitar nuestra sensación de plenitud al volver a casa tras nuestro primer encuentro con los Alpes. Como diría el insigne Gaston Rébuffat en su epílogo del libro de las CIEN MEJORES ASCENSIONES DEL MACIZO DEL MONT BLANC, “Ha llegado el final del verano. Gracias a las montañas, eres rico de pronto.MONT BLANC PLUC

 

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SIERRA PELADA. UNA HISTORIA PIRENAICA

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a1Como tú

guijarro humilde, como tú.

Como tú,

que en días de tormenta,

como tú,

te hundes en la tierra, como tú,

y luego centelleas, como tú,

bajo los cascos,

bajos las ruedas,

como tú.

(Fragmento de la poesía “Como tú”, de León Felipe)

Cuando escalé la cascada “Ponte el neopreno” en la vertiente sur del cordal Forqueta – l’Aguillette (Túnel de Bielsa), me sorprendió la aparentemente cercana pared norte del Sierra Pelada. Sin presentar unas lineas de ascensión claras y evidentes, ésta vasta vertiente se me antojo compleja y solitaria. La nieve reciente y abundante cubría varios islotes rocosos, y la parte baja de la pared parecía mostrar pequeñas cascadas de hielo. Por contra el plateau de la base, que se debe atravesar de punta a punta para acceder a la vertiente, presentaba un terreno harto propicio a los aludes; no en vano toda la nieve de este pequeño valle se desprende periódicamente cada invierno, lo que justifica la existencia de un para-avalanchas en la carretera. (el mas cercano a la boca del túnel).

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Un mes y medio más tarde, aprovechando un largo periodo de tiempo anticiclónico, rescatamos de nuestra memoria el reciente proyecto. Con las primeras luces del alba abandonamos los reconfortantes sacos de dormir y encaminamos las fuertes pendientes de acceso al plateau. El Sol nos sorprende a pocos metros del pie de la pared y pronto huimos de él para entrar en la gélida sombra de la vertiente norte del Sierra Pelada.

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La pared en si tiene un forma cóncava, tal como si de una enorme bola de helado, partida por la mitad mediante una cucharada, se tratase. Dos vagos espolones delimitan los márgenes de la pared, que en la parte inferior es tumbada y en la parte superior es vertical, con secciones desplomadas. El zócalo está protegido por una barrera rocosa, decorada, en su parte central, por una bonita cascada. Justamente es aquí donde nace la vía.

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Los primeros metros fueron el buen agüero de una gran jornada, el hielo se presta a una escalada gratificante y segura gracias a la excelente calidad del mismo. Ay! el hielo pirenaico – pienso en mi interior – tan escaso y tan preciado. El manto de hielo, que parece haberse formado por la fusión de la nieve de los campos superiores, desaparece en la proximidad de los mismos; y en su lugar encontramos un tramo vertical de hierba helada y rocas sueltas. El compañero supera con lentitud la sección, verificando la resistencia de cada agarre y despuntando las herramientas en los islotes de hierba seca y congelada. No es una escalada difícil, pero si delicada. Al finalizar el largo y preparar la reunión una sincera advertencia:

Procura no tibar de la cuerda, y sobre todo, no te cuelgues.

– …

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Al reunirme con el compañero, en lo que pretende ser la segunda reunión, constato el porque de los temores: una reunión montada con los piolets anclados en una nieve polvorienta y un tornillo de hielo que tan solo ha entrado dos dedos sobre una escama de hielo que recubre una pequeña roca.

Bien – comento ante la evidencia – por aquí ya no rapelamos.

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La parte inferior de los campos intermedios muestran una nieve de mala calidad en la que nos hundíamos hasta las rodillas, a pesar de la moderada inclinación (50 *). No obstante, y a medida que nos acercamos a las secciones rocosas, estas están salpicadas de zonas de hielo aptas para la escalada mixta, mas glaciar que rocosa, cuya dificultad permite una escalada gratificante que requiere de nuestra concentración.

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A media pared montamos un relevo bajo un nicho. En frente la pared presenta un muro rocoso de unos cien metros de aspecto tétrico, completamente desnudo de nieve y hielo. Optamos por seguir enlazando los campos de nieve y hielo, lo que nos conduce a traspasar el poco marcado espoloncillo que delimita la vertiente norte, para entrar en la vertiente noreste. Los largos de vienen a continuación son una verdadera delicia: Poco a poco ganamos metros por un terreno que, sin ser excesivamente difícil, nunca deja de presentar una inclinación de 55* – 60* grados con secciones rocosas de III*/IV*. La amplitud de la vertiente, el vacío que crece bajo nuestros pies y la soberbia soledad de las montañas que nos rodean, son los ingredientes selectos de toda una escalada para “gourmets”. Al fondo, vigilándonos siempre desde lo alto, la barrera de Barrosa i Troumouse se recorta sobre un cielo diáfano.

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Una sincera alegría me invade el corazón; no en vano soy consciente que horas como aquellas se viven con cuentagotas y que la apertura de una vía de estas características es un goce para los sentidos, un sedante para nuestras atormentadas almas, demasiado atropelladas por el trasiego diario de la vida de ciudad.

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Al llegar a la cresta cimera la tarde ya esta avanzada y un espeso mar de amenazantes nubes invade las tierras de sur. Durante el breve descanso en la arista recuerdo fragmentos de lecturas sobre los pioneros del pirineismo; y en cada cumbre que observo me parece ver el espíritu de esta gente que ya son gigantes, que han burlado la muerte, puesto que mientras existan hombres para dar nombre a las montañas, las cumbres desprenderán el amor recibido de las que tanto las amaron. Ramond, Russell, Brulle, Tonellé, Latour, Estasen …

Una fugaz mirada hacia las empinadas pendientes heladas que horas antes hemos escalado hace que mi pensamiento aterrizase de nuevo en el momento actual.

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Así que acabamos de abrir una nueva vía en una pared inédita que aún escondía el Pirineo” – pienso para mis adentros – “Quizás, hoy en día, tan solo vivimos de la limosna, de las migajas de pan que sobraron del gran banquete de los verdaderos pioneros, o quizás no, quizás sea una búsqueda de los desconocido más pura, puesto que a su vez es más absurda e irracional.”

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Mi compañero me apresura para que me ponga en marcha, desintegrando la atmósfera de meditación en la que me he ocultado. La hora ya es tardía, y hasta el momento no nos hemos planteado por donde se encuentra la posible vía de descenso. A la sazón, la que esperábamos que fuese la suave pendiente sur, se muestra labrada de empinadas canales herbosas que no podemos abarcar en su totalidad con la vista y que presentan una preocupante zona intermedia que parece estar barrada. Tras un rápido estudio del terreno, empezamos a crestear hacia el oeste, en busca de lugares mas propicios para descender. Cuando ya anochece, mi compañero intenta persuadirme para que continuemos el descenso por las canales de hierba mojada de la vertiente sur; descenso que, según él, puede ser rápido; a pesar de que a mi más bien se me antoja vertiginoso. Por supuesto ignoro íntegramente la elocuente invitación y continuamos cresteando. A la vez que nos invade la oscuridad lo hace la niebla, procedente del espeso banco de nubes que avanza hacia el cordal y que ahora lo cubre. Al llegar a una especie de cumbre encontramos una pequeña plataforma, – un verdadero nido de águilas -, es evidente que, a pesar de que aún no lo hemos comentado previamente, el vivac se impone. Tan solo llevamos una linterna frontal, por aquello de minimizar peso y volumen, y la haz de la luz de pierde a poco más de dos metros al reflejarse en la niebla. Construimos un cairn en la cumbre, masticamos nieve y nos repartimos la cuerda en aros para simular una hipotética manta. Nos quedamos inmóviles aprovechando el calor que aún conservamos en el cuerpo e intentamos persuadir a la mente para que evite los registros de aquella sensación llamada frío. Miramos atontados el espeso mar de nubes que nos ha absorbido y durante un largo rato nos preguntamos cuando empezaran a caer espesos copos blancos sobre la cresta.

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La noche nos sorprende a más de 2.600 metros, en pleno mes de marzo y sin sacos. Justo en una pequeña repisa donde no cavemos estirados. Llevamos puestos los baudriers, por lo que nos atados, como precaución, a unos grandes bloques de granito. La mordedura del frío no tarda en hacerse notar. En los pies, en las manos, en el pecho, y sobretodo, en toda la parte del cuerpo que se apoya contra el suelo. Es curioso porque en estas situaciones uno entra en unos estados de soñolencia que deben ser el preludio del sueño verdadero, y sueles imaginarte hogueras que no calientan, platos de caldo humeantes que se presentan gélidos a los labios, inmensas mantas de lana que te cubren, que pesan, pero que no calientan … y todo ello se desvanece con el frío real que se ceba con el cuerpo y te despierta entre incontrolados temblores. Por suerte el tiempo mejora con el transcurso de las horas y antes del alba el cielo se despeja completamente, presentando una infinita cúpula de estrellas y una luna menguante, que convierte las nubes bajas en un plateado mar de algodón. — ¡ Que espectáculo tan soberbio e irreal ! –. Parece que podemos dar un gran salto para  ser amortiguado por la capa de brillantes nubes, y luego poder caminar por estos campos horizontales de algodón. El frío muerde con rabia, pero ¡que rabia tan inútil, tan estéril!. ¿Qué importa?, la magia del espectáculo que nos brinda la naturaleza llega mucho más hondo.

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Con las primeras luces emprendemos la escalada de la cresta. Los cuerpos quejosos del hambre, el frío y el insomnio. Los miembros encarcarados provocan que nuestros movimientos sean torpes y tan solo deseamos entrar en calor, evitar el mecánico castañeo de los dientes. ¡Sudar!. Cresta, cresta y más cresta. Una hora, dos horas, y que no vemos por donde bajar. En ningún lado encontramos ningún vestigio que nos permita reconocer que anteriormente ya se había transitado por estos lares. Ni fitas, ni cordinos, ni un trozo de tela o basura, ninguna instalación de rappel. Por contra abundan los bloques inestables sobre la cresta, alguno de los cuales hacemos caer estrepitosamente para evitar sorpresas. En un momento dado nuestras ganas de bajar nos traicionan, intentamos una vía de escape que pronto se muestra  más problemática que el trozo de cresta que nos queda por realizar. Volver a ascender para regresar al cordal se plantea como un duro golpe y un suspenso rotundo a nuestra intuición alpinística. Por fin llegamos a una brecha que nos permite descender, mediante un largo rappel, a las relucientes pendientes de nieve.

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Sol y calor. “Cuanto anhelábamos esta sensación horas antes durante en el interminable vivac, y en ahora nos achicharramos”. Al llegar a las pendientes nevadas aún nos espera una desagradable sorpresa: nieve profunda e inconsistente sobre una solida capa de nieve dura. “¡Mierda!. Eran las 11 de la mañana y parece que toda la pendiente se tenga que poner en movimiento en cualquier momento”.  En esos momentos la angustia te hace sentir vulnerable, y más cuando el cansancio pesa sobre el cuerpo y la mente. Sin ni siquiera perder tiempo para plegar las cuerdas del rappel descendemos en linea recta, no trazamos ningún flanqueo, no intercambiamos palabras, casi no respiramos. Arrastramos las largas cuerdas anudadas al baudrier. Rápido, corriendo, en busca del final de las placas avalanchosas, en busca del verde valle, en busca del ruidoso río, en busca del solitario coche, en busca de un más que merecido plato en la mesa, en busca de una última mirada a la pared norte de la Sierra Pelada; que allí se queda, imperturbable, ajena a los miedos y motivaciones de esos pequeños seres animados que se hacen llamar pirineístas.

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