Archivo mensual: junio 2015

MARMOLEJO. EL SEISMIL MÁS AUSTRAL

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1.a (3)LADERA OESTE DEL VOLCÁN DE SAN JOSÉ. MONTAÑA DE 5.878 METROS. ¡Miles, millones, trillones de penitentes por todos lados!. Hasta más allá de donde llega la vista, se alinean estos terribles fantasmas helados. De noche se sucedían unos detrás de otros, como las olas de un oceano sin orillas. Más tarde la luz lechosa del amanecer nos evidenció lo que sospechábamos: nos hemos perdido completamente y hemos optado por el peor “camino”. De poco nos sirvieron las escuetas explicaciones del guía del grupo que bajaban tras intentar cumbre. Por mucho de que nos advirtió de que debíamos abandonar la arista en un punto determinado para ir a la búsqueda del “vallecito”, la profunda oscuridad de una noche sin luna y pocas estrellas y el miedo a extraviarnos por el glaciar sin cuerda ni piolet, nos ha llevado a este callejón sin salida.

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Miro con cierta angustia el sinfín de flechas heladas. Estáticos fantasmas sin alma, los dientes gigantes de todos los tiburones del mundo se han dado cita en esta maldita montaña. Un ejército imparable, medieval. 1945: Los rusos a las puertas de Berlin. Atila y los hunos llaman a Roma. El astio nos va haciendo mella. Al fondo, tras intermibles hileras de penitentes, aparecen las rocas salvadoras. La arista es un inmenso detritus donde todas las piedras parecen tener vida. Se mueven, bailan, pierden el equilibrio. Pero a nosotros se nos antoja un lugar maravilloso … ¡Por lo menos no tienen penitentes!.

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Horas antes, en medio de la más negra de las oscuridades, nos hemos visto trepando una pendiente de 45*-50* con el paupérrimo auxilio del bastón. El piolet se quedó en el refugio lo Valdes, por aquello de minimizar peso. Ya entonces nos deberíamos haber dado cuenta de nuestro error en el trayecto, pero en aquel momento se impuso la necesidad de seguir escalando sin perder pie. Destrepar el terreno inclinado y escamado por los penitentes, se nos antojó, como mínimo, una alternativa temeraria.

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El horario se ha ido al traste, y nuestra intención de subir este gigante en estilo “non-stop” se diluye lentamente, como las sombras incoloras del alba.

  • ¡Cinco horas y tan solo hemos ganado mil metros de desnivel! – se lamenta Jordi.

A pesar de todo comemos, bebemos y reemprendemos la marcha por la arista casi horizontal. Ganamos distancia, pero apenas metros de altura. Caminamos como almas en pena.

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Horas más tarde el cansancio nos puede. Jordi se resiente de una mala digestión. El pan de molde que comimos ayer por la tarde resultó estar caducado de más de quince días y la parte final de la bolsa estaba más verde que un saco de peras. Es evidente que lo hemos intentado, pero que ya no llegaremos mucho más lejos. Salimos ayer al mediodía de poco más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, nos pasamos la tarde hidratándonos y comiendo, y a la una de la madrugada, sin haber conseguido conciliar el sueño, nos hemos puesto en marcha para ganar rápidamente desnivel. La realidad ha sido bien diferente. Los malditos penitentes son los culpables. “Está bien, nos vamos, que le den morcillas a esta inmensa boñiga”. Casi rozamos los 5.000 metros, sumamos poco menos de 3.000 metros ascendido y 1.000 más no separan de la cumbre. Una cumbre que hoy no pisaremos.

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Media vuelta y de nuevo la agonía. Penitentes, penitentes y más penitentes. ¡Me complacería tanto destrozarlos a pioletazos! Pero el piolet continúa guardado a varios quilómetros de distancia y los infames penitentes están más duros que una piedra. “¿Por qué coño hoy el sol está medio oculto por una capa de nubes altas? … Podría haber salido con la misma fuerza que los días anteriores, y al menos derrumbaríamos al azar algunos de los incontables peones blancos que nos barran cada paso”. Las contemplaciones de poco sirven. Bajamos, lentos, atentos, con pasos asimétricos y equilibrios amorfos. “No se acaban nunca… Si, tranquilo, se acabarán… penitentes, penitentes,… Uff. Me encanta la nieve, pero… ¡cuanto odio a los penitentes ¡ … ¿Ves el final de la barrera? … No, tranquilo, ya llegará. Es cuestión de tiempo. Baja poco a poco, sin pensar en lo que hay más allá de los próximos veinte metros… Penitentes, penitentes, penitentes… llevo más de 30 horas despierto, cuando me duerma, seguro que soñaré con los penitentes”.

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LA MONTAÑA DE MARMOL, QUE ESTÁ MUY LEJOS. El trayecto que realizamos en vehículo para aproximarnos al valle del Estéreo Marmolejo, se antoja ridículamente corto en comparación a las dimensiones de la montaña. Las estribaciones del gigante quedan lejos, muy lejos. Antes de llegar al lugar en que nace la senda, sabiendo que en pocos segundos concluirá nuestro paseo motorizado, le comento a Andy, el guarda del refugio Lo Valdés:

  • Andy, ¿no hay manera de que esta bestia con cuatro ruedas nos lleve más arriba?

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Andy estaciona el 4 x 4 en el lugar de nacimiento de la polvorienta senda, y tras bajar del coche, me da una palmadita en las piernas y me responde con su típico acento inglés.

  • A partir de este momento, el único transporte que tienes son estas piernas.

Miro las mochilas atrasando unos absurdos segundos el inicio del suplicio.

  • Si, mis alambres fibrosos… digo para mis adentros… ha llegado la hora.

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Paso a paso iniciamos la larga marcha. Hemos rehecho una y otra vez las mochilas, cada vez hemos intentado sacar algo prescindible, hasta que hemos considerado que ya no había nada más que considerásemos innecesario. A pesar de ello el peso se hace notar. Un viejo truco hace que el volumen no se excesivo: llevamos mochilas de 50 a 55 litros. Limitándonos el espacio evitamos cargarnos en exceso.

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Al poco rato llegamos a los inmensos planos de la engorda de San José. Los vulcanólogos sostienen que, hace millones de años, esta inmensidad era un cráter desproporcional, una inmensa caldera. Dos ríos la surcan, obligándonos  a sumergirnos en las frías aguas hasta un poco más arriba de las rodillas. Los ríos, ahora en primavera, deben vadearse por la mañana. Tras las horas de calor del mediodía el incremento del deshielo los convierte en potencialmente peligrosos.

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A partir de los 2.600 metros empezamos a pisar nieve. Ya no abandonaremos el paisaje glaciar hasta estar por encima de los 5.400 metros. Incongruencias de los Andes. El viento de las alturas es el culpable.

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Larga marcha. Caminamos sobre el lecho nevado del río. El agua ruge a intervalos, audible a nuestros oídos, invisible bajo nuestros pies. La caminata transcurre con la consciencia de que debemos dosificar fuerzas. A ratos paramos para deshacer nieve, descansar, hidratarnos y tomar un tentempié. Hoy solo es el primer día de los que utilizaremos para ascender esta gran montaña en estilo alpino. Primera noche en el que acostumbra a ser el campo base estival, a 3.400 metros. En lo alto del circo coronado por las anaranjadas paredes que salieron del anonimato gracias a la espectacular cascada de la Senda Real, abierta dos años antes, y que desapareció la temporada siguiente a ser escalada y divulgada. En verano las mulas llegan a estos parajes y no es de extrañar que coincidan varios grupos expedicionarios. Ahora la realidad es muy diferente. Hasta allá donde llega la vista todo está cubierto de nieve y la soledad es tan absoluta que hasta el viento parece estar ausente. Ya casi es penumbra absoluta pero la nieve parece retener una tenue iluminación azulada. Magna soledad, sola magnitud.

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Segundo día de marcha. La jornada considerada como más dura, a excepción del día de cumbre. Debemos subir a la arista por una interminable pala de nieve que en la parte alta llega a tener 45º grados de inclinación. Es el único sector un tanto inclinado de toda la ascensión al Marmolejo, una cumbre lejana, dura, áspera, pero técnicamente fácil. En la parte final de la pala, el cansancio, la monotonía, el peso de la mochila y los penitentes se mezclan en una especie de coctel desagradable e impropio. Por fin llegamos a la arista y pronto encontramos los rellanos donde se suele instalar el segundo campamento. Una vez montada la tienda, y tras la fugaz cena, nos deleitamos con una puesta de sol bíblica. Estamos a 4.200 metros y nuestro mirador excepcional hace que nos sepamos grandes privilegiados en un mundo de pocos. Los alpinistas no volamos, pero quizás nuestro caminar por las altas montañas y nuestro danzar por las paredes, es lo que más se parezca a la libertad del vuelo; dentro de la loca idiosincrasia de actividades del género humano. Nos fundimos en el calor de los sacos de plumas, tras la frágil crisálida de la tienda la noche es glaciar. Por suerte el tiempo sigue siendo excelente y el viento, eterno enemigo de los andinistas desafortunados, continúa brillando por su ausencia.

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Tercer día de tránsito. Jornada en que nos reconforta encontrarnos en buena forma. Seguimos subiendo y aclimatando, tras la noche a más de cuatro mil metros, hoy pernoctaremos a los 5.000. Llegamos al solitario campamento tres con varías consignas secretas que nos rondan por la cabeza: Por fin se acabó el subir cargados, mañana es el día de cumbre, hemos dosificado de manera inteligente el esfuerzo de hoy. Nos hidratamos y comemos, y volvemos a hidratarnos. El emplazamiento donde pernoctaremos es indescriptiblemente salvaje. El hombre tan solo puede sentirse minúsculo, insignificante, una mota de polvo ante tanta infinidad. Más allá de donde la vista alcanza, todo son oleajes de grandes montañas. Al fondo hasta se divisa el Aconcagua y su pared sur. La reconozco porque hace casi veinte años estuve a los pies del colosal precipicio. La puesta de sol empieza siendo gótica y acaba con acordes épicos. Me concentro para que mis retinas retengan lo efímero. Las imágenes, las tonalidades, los colores, las formas, cambian a una velocidad lenta pero constante, como la vertiginosa caída de la temperatura en este crepúsculo imposible de olvidar. Me siento feliz de estar en este lugar remoto y solitario, de poder compartir estos momentos con un viejo y gran amigo, de haber llegado aquí tan ligeros de equipaje, sin dar un paso atrás. Convencidos y conscientes de lo que queremos. “Lo importante no es lo que asciendes, sino de cómo lo asciendes” No se ha cansado Jordi de repetir una y otra vez al planear que tipo de ascensión queríamos realizar y que estamos realizando.

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Cuarto día. Jornada de cumbre. Salimos antes de que el sol despunte, caminando entumecidos y adormecidos en las horas más frías. Hoy el viento, sin ser fuerte, si que nos honra con su desagradable visita. Este es su reino y somos nosotros los intrusos. Un gran plaetau de nieve, conocido como el glaciar del Marmolejo, da paso a unas palas de poca inclinación que se internan en el cono pedregoso que sostiene la cumbre. Por suerte, la abundante nieve, oculta las grietas del glaciar hasta el punto en que no consideramos insensato dejar los baudriers y el cordino en la tienda. Debemos ir ligeros, tenemos mil metros de desnivel por delante y hoy, con toda evidencia, se notará nuestra falta de aclimatación. Dicho y hecho. Horas más tarde caminamos pesados, extenuados, respirando en exceso, notando el loco bombeo del corazón. Los dos conocemos esta sensación por haberla experimentado previamente. Es el precio de subir más allá de los cinco mil metros sin haber aclimatado previamente. Los últimos metros, como no podía ser de otra manera, se hacen interminables, una verdadera prueba de cabezonería. Me viene a la memoria el dicho de la familia del famoso explorador polar de la década del 1910 Shackleton, “Venceremos gracias a la resistencia”. Pocos metros antes de ascender el último bastión de la cumbre nos ponemos a reír como descosidos. Hace dos días éramos dos montañeros vigorosos y meticulosos, dosificando esfuerzos y procurándose una excelente hidratación. Ahora parecemos dos abuelos del inserso a los que se les ha escapado el autobús y tan solo les queda el remedio de continuar caminando, a duras penas, para regresa a sus hogares. Al fin, seis horas más tardes de haber abandonado el confort de la diminuta tienda, pisamos la cumbre, envueltos de un viento desagradable que nos urge a abandonar prestos el tan anhelado punto álgido del Marmolejo. 6.110 metros sobre el nivel del mar. Fotos de rigor y la carrera hacia abajo. Bajar, bajar y bajar, la mejor panacea contra el aturdimiento de la falta de aclimatación. Bajar en busca de oxigeno, bajar en busca de nuestra burbuja – hogar, un punto amarillo en medio de un planeta inhóspito. Bajar para saborear mejor la dulce miel de la victoria. . “Lo importante no es lo que asciendes, sino de cómo lo asciendes”. Esta elegante ascensión, a pesar de tratarse de un terreno fácil, representa, para nosotros, abrir una puerta a futuras perspectivas. Montañas remotas y altas, en equipo de dos, ascendiendo del tirón, sin perder altura. Una bonita historia en la cual son muchas las variantes que intervienen, siendo una de ellas la principal, la que pesa más que las restantes en la balanza: la ilusión.

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Tarde de nieve y cansancio. Mi compañero se ocupa de las tareas de fundir nieve y cocinar, nuestras yo intento recuperar las fuerzas que parecen haberse agotado. Nos recogemos en nuestro micro cosmos, nuestra magnifica cúpula amarilla. Fuera el viento aúlla y azota las paredes de la tienda, echándonos ráfagas de nieve que estallan contra la tela. Cuando el declive de la tarde llega a su fin, nos acurrucamos en los respectivos sacos, sabiendo que el mal tiempo no durará y que, una vez pisada la cumbre, ya no es tan malo. Hasta se nos antoja como un ingrediente más que da “ambiente” a nuestra rápida ascensión. Por la mañana el paisaje está transformado bajo la capa de nieve reciente. El cielo es de un azul intenso. Continuamos el descenso, hoy bajaremos de los 5.000 a los 2.500 metros. Ya no dormiremos sobre nieve ni a varios grados bajo cero. Durante el descenso coincidimos con otros grupos que están ascendiendo. Dos de ellos empezaron el mismo día que nosotros a la misma hora, de hecho compartimos el transporte hasta el principio del camino del valle. Disfrutamos del trabajo bien hecho, de la recompensa al esfuerzo, de una cosa bien rara para ambos como cordada: es una de esas pocas veces que todo ha salido de pedir de boca. Y a pedir de boca estarán mañana los filetes que nos tomaremos en el refugio lo Valdés. A sido tan buena la marcha de descenso, que si hubiésemos queridos podríamos haber llegado al  lejano lo Valdés, pero seguramente los vadeos del rio sean impracticables y, cosa inhabitual, hoy no tenemos ninguna prisa por volver. Acampamos en el linde de la nieve. Nos deleitamos caminado por encima de los diminutos arenales de sedimento y prendemos una hoguera por el puro gusto de deleitarnos viendo el fuego. A punto de anochecer, deambulando por las afueras de la tienda, asciendo a una piedra y aúllo a la luna plena: “Andy” – grito – “prepara la cerveza y la carne, que llegaremos hambrientos”. Venimos del mundo del lobo estepario, aquel situado al otro lado de la puerta donde puede leerse la inscripción “solo para locos”.

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VALLE DE RIPERA. LA MORADA DE LAS SOMBRAS

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Forato (4)No abandones tu dama, no dejes que esté quieta,

siempre requieren uso mujer, molino y huerta;

no quieren en su casa pasar días de fiesta,

no quieren el olvido, cosa probada y cierta.

(Fragmento de la poesía “Consejos para un galán” del Arcipreste de Hita)

*          *          *          *

En verano de 1.998,  motivados por el gran amigo y escalador Antonio García Picazo, nos embarcamos a acompañarle en una apertura al más puro estilo de su maestría: Lugar remoto, muchos metros de vía, compromiso, elegancia y exploración. El escenario escogido fue la Peña Forato Os Diaplos. Una gran mole calcárea, de aspecto imponente y tétrico, que esconde el Valle de Tena. En si se trata de los mayores precipicios del Pirineo situados al sur de la divisoria de las aguas. Un lugar olvidado y salvaje. Un escenario que se aleja de los cánones actuales de la escalada de consumo.

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Aquel mismo verano, durante la primera incursión, trazamos la vía más directa de la pared, que recibió el nombre de “Neus-Pako-Picazo”. Con sus más de mil metros de recorrido, a punto estuvimos de acabarla en el día. El terció final se mostró vertical, desmenuzado y difícil. Se trata de una gran cicatriz característica, — bien visible desde la base –, donde Antonio mostró sus cualidades imprimiendo a la cordada una velocidad y constancia galopantes. Cerca de la cumbre, y en medio de un detritus fantasmagórico instalamos el vivac. La montaña de la Forato recibe su nombre a sazón de una curiosa cueva de enormes proporciones que parece una boca negra, y que es conocida, desde tiempos ancestrales, como la boca del diablo “Forato Os Diaplos”. la terraza de vivac era el sitio más feo y lúgubre que los tres habíamos llegado a ver en el Pirineo. No en vano llegamos a la conclusión que, si Lucifer tuviese un “xalet” de veraneo en la cordillera, aquél era el emplazamiento perfecto. Al amanecer una mata de flores resecas se dibujó entre las primeras luces del alba. El viento frío movía el ramillete funesto, y nosotros, entre risas, recriminábamos al diablo el que fuese tan poco cuidadoso con su jardín.

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Al bajar de abrir la vía en la pared norte, observábamos, con disimulado desinterés, el esbelto espolón norte de la cumbre situada a la izquierda de la mastodóntica mole de la Peña. Comentarios dispersos, intercalados con recuerdos de la reciente ascensión, amortiguan el dulce caminar hacia el fondo del valle. El espolón, sin duda, promete ser otra vía de un millar de metros de recorrido, que se desprende de una enigmática cumbre, cuyo posible nombre no esta gravado en mapas y guías, y al que denominaremos el Tozal de Ripera. Cada vez que nos detenemos a escrutar los detalles de la inmensa pared planificamos su posible ascensión como un proyecto pendiente en perspectiva a realizarlo unos años más tarde…

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Conscientes de que nos engañábamos mutuamente, a duras penas esperamos la proximidad del verano siguiente para concretar que, entre las posible aperturas, el espolón norte del Tozal de Ripera sería el “Nuestro objetivo número uno” de la época estival. Así pues, aprovechando que disponemos de unos cuantos días a mediados de Julio, nos dirigimos a los pies de la montaña para vivaquear en la víspera de la ascensión.

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Al llegar a los verdes prados de Ripera los últimos rayos de sol, con una luz apagada y mortecina, alumbran algunos salientes de la parte alta de la muralla. Tras un año sin ver la pared se me antoja más tétrica y fúnebre de lo que quería recordar, hasta el punto que la creciente oscuridad del crepúsculo parecía resultar confortable y apropiada a la montaña. Ceno de espaldas a la omnipresente pared, esforzándome en arrinconar un temor casi infantil.

Al día siguiente, como siempre, las cosas se ven de otra manera. La preocupación, no obstante, viene ahora producida por un cielo poblado de grises nubes que, con su presencia, hacen que la mañana sea pesada, gris e incolora. Nos preguntamos mutuamente acerca del pronóstico del tiempo. El “¿Que crees?“, viene acompañado de un “No se … ¿y tu?“. La panacea es la de siempre. Conclusión: “escalamos un par de largos y si no lo vemos claro bajamos”. Justificación: “Ya que estamos aquí, aprovechamos“. Traducción: “Nos metemos y ya saldremos por donde se sea“.

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Nos adentramos en una fea canal pedregosa, verdadero embudo colector de las piedras que se puedan desprender de lo alto. Nos apresuramos en abandonar el lugar, ascendiendo los primeros metros hasta una curiosa poza. Esté tramo, que constituye el zócalo de la pared, lo superamos sin encordarnos, escalando con precaución un terreno fácil pero roto, atentos a evitar movimientos bruscos muy a pesar del peso de las mochilas. Aquí se inicia la escalada en sí, concluyendo la primera sección en la cúspide del zócalo, donde encontramos un agonizante helero de nieve ennegrecida y sucia al que denominamos “primer helero”. Justamente, a partir de este punto, la vía muestra su sección más vertical, que durante varios largos, discurre por una llamativa chimenea hasta la sección de los “techos negros”, límite de los vestigios de alguna tentativa anterior. Nos esforzamos en no perder tiempo, lo que convierte la escalada en un ejercicio tan absorbente que a duras penas salimos de nuestro asombro al oír el primer trueno. El cielo plomizo no tarda en desprender veloces gotas de agua. Nos protegemos bajo unos pequeños desplomes, cada uno dentro de su respectiva funda de vivac. Son las cuatro de la tarde, y al parar, la sensación de cansancio y gana se ve incrementada por la lluvia. La vacía niebla que amortigua y absorbe los matices de la pared.

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Al finalizar la tormenta, de apenas media hora de duración, empieza la siempre desagradable divagación entre subir o bajar: Yo tomo la postura cómoda de responder a las preguntas con nuevas interrogaciones y delegar, sutilmente, la decisión al compañero; al poco tiempo, quizás harto de jugar al “frontón dialéctico” se pone de pie y sentencia “Yo de aquí no me bajo“. Mira hacia arriba con firmeza y se vuelve a apretar el baudrier. Es tan contundente el tono de su voz que, de repente, tengo la absoluta certeza de que el cielo se abrirá sin mas y que, como tantas otras veces, tendremos como cómplices del vivac a las mil y una estrellas que adornan el firmamento.

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Lejos de cumplirse el optimista pronóstico, un par de horas mas tarde estamos acondicionando un desprotegido vivac en una exigua cornisa, en el margen de una repisa terrosa. En vano buscamos un lugar un poco cómodo, si más no resguardado. No hay nada. La pendiente es uniforme, las repisas estrechas y sobre nosotros se yergue un vertical tramo de pared anaranjada de más de cien metros homogéneos, sin cuevas, sin techos. El píe de la citada pared es el lugar más confortable que sabemos descubrir en el sector central de la pared. Al llegar la noche maldecimos el cambio de tiempo que nos había asaltado por la tarde. Si la situación atmosférica nos hubiese respetado, ahora estaríamos bajando a tientas de las alturas, con la vía en nuestro corazón; en cambio nos esforzamos en descubrir puntos de luz que nos adviertan de que la compacta capa de nubes se esta rompiendo con el frío de las noche. A veces creemos ver una estrella que desaparece lentamente, hasta que nos rendimos ante la evidencia de que aquello que nos obstinamos en observar ya ha desaparecido. A pesar de ello nos metemos en la funda de vivac, sabiendo que poca cosa más podemos hacer y que son las primeras horas de la noche las únicas relativamente reconfortantes cuando se duerme sin saco. Una rápida mirada al reloj; son las diez de la noche.

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Tan solo un par de horas más tarde Antonio me desvela de mi frágil sueño.

– Crestas, tenemos visita. …

Decenas de rayos y relámpagos invaden con sus haces de luz el cielo. No deja de ser curioso ver una tormenta eléctrica cuando estás dentro de las propias nubes, destellos arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, y luego el ensordecedor ruido de los truenos. Nos sentimos pobladores de las trincheras, frágiles soldados perdidos en medio de una dantesca batalla. Somos los únicos asistentes a una obra de teatro que se representa desde lo más remoto de los tiempos: Las nubes jugando a holocaustos nucleares. Ante la magnitud de la tormenta que se aproxima y quizás como respuesta ante el miedo, me siento espectador, ajeno a la realidad; ilusa percepción que se desintegra tan pronto como recibimos el impacto de primera tromba de agua. Ya entonces hemos abandonado nuestra postura estirada para sentarnos de cuclillas sobre la cuerda, evitando apoyar la espalda en la pared. La sorpresa es realmente desagradable al descubrir la casi nula protección que me otorga la funda de vivac. Rápidamente se empapan los diferentes jerseys que hasta el momento me habían mantenido caliente.

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“Mierda, me estoy empapando”. – grito al sentir como la ducha de agua gélida discurre por mi espalda.- “Yo aún no,… pero poco me falta” – responde mi compañero. Otra rápida ojeada al reloj, tan solo hace cinco minutos que llueve.

Minutos más tarde, y ante los repetitivos temblores causados por la bajada de temperatura del cuerpo, soy víctima de un repentino ataque de nervios y empiezo a quejarme de manera descontrolada.

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“Ostia, esto es inaguantable ” — “Mierda, mierda …” Las palabras me salen con un hilo de voz, preludio del llanto.

Antonio corta sin compasión mi letanía.

– Crestas, cállate. Quejándote no arreglas nada. Aguanta un poco.

Tristemente tiene razón. Callarme es lo mejor que puedo hacer. Concentrarme para que las lágrimas de mi impotencia no se pierdan en la lluvia.

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La tormenta, lejos de menguar en su violencia, continua torrencialmente durante dos horas más. Temblores incontrolados por la perdida de calor corporal, mil y una quejas, la loca respiración, y agua, mucha agua, por todos los rincones del cuerpo. Corre por la espalda, por el pecho, entra por la ranura del ano. Es como si alguien se dedicase a tirarnos cubos de agua encima. Múltiples ríos de agua que bajan por doquier, acompañados de rocas que se precipitaban.

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A las dos de la madrugada, tan súbitamente como empezó, cesa el llanto desconsolado de las nubes.  Ahora soy yo quien llora, desecho por el frío. Una y otra vez que imagino la salida de Sol, y siento que su templada caricia pone fin al penoso tormento. Sé que la esperada sensación es el mejor sedante ante las interminables horas de espera que me separan del despuntar de un nuevo día. Antonio aún tiene la paciencia de ponerse de píe y extender su ropa y la funda para el que frío viento las seque. La desazón es total cuando una nueva tormenta, aún más violenta que la anterior, vuelve a absorber la montaña hacia las cuatro de la madrugada. Nuevamente bajan por la pared verdaderos torrentes. Los minutos parecen horas y las horas días. En un momento impreciso Antonio empieza a lamentarse demostrando que también se encuentra harto de tanto sufrimiento. Entonces soy yo quien amputa su letanía de quejas …. “No, no, no. …. Sr. Picazo, Vd. no puede hacerme esto. Tu debes aguantar para que yo aguante”. Acto seguido Antonio vuelve a momificarse.

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La grisácea mañana aparece entre cortinas de agua. La oscuridad da paso, de manera desesperantemente lenta, a las primeras luces lechosas del nuevo día. Definitivamente, el Sol nos ha traicionado. Observo a mi compañero, su mirada esta apagada por la amargura del sufrimiento y la derrota. La repisa que ampliamos al iniciar el vivac ha desaparecido. Ya no queda ni una de las piedras que sirvieron como contención de la plataforma. Con la cabeza colgando sobre los hombros observo el suelo de piedra y la multitud a diminutos riachuelos de agua que constantemente lo surcan. Antonio saca una navaja y abre la funda de vivac por su parte inferior. Al momento un chorro de agua surge, a modo de fuente, del corte recién abierto. Hace horas que no hablamos pero, sin duda, los dos pensamos lo mismo, “A la que deje de llover salimos de aquí“.

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Al ponerme en marcha me asusta verme en apuros para mantenerme en equilibrio. Suerte del pasamanos que dejamos instalado hasta la última reunión y de la constante atención de Antonio!. Empieza una sucesión de aéreos rápeles acompañados del interminable temblor del cuerpo y de pequeños paréntesis de somnolencia. Delego, de manera descarada, las maniobras de cuerda al compañero, que montaba las instalaciones y recogía las entumecidas cuerdas una y otra vez. Se le ve cansado, hastiado, fuerza sus lesionadas muñecas al recuperar las cuerdas, pero yo poca cosa más puedo hacer que observarle con la cabeza vacilante y la mirada perdida. El cansancio a dado paso al agotamiento y lucho contra una desgana inmensa. Llegada la tarde, lejos ya de la empapada pared, otra violenta tormenta nos acompaña en nuestro camino de descenso del valle. Los truenos suenan como insoportables carcajadas que se desprenden de lo alto; acompañando a la orquesta la fría lluvia y punzante granizo. La verdad es que quizás ya nos da igual lo que diluvie, sin duda llueve sobre mojado. Negro sobre negro. Ya de noche llegamos a la que se ha convertido en nuestra “Tierra prometida”: Panticosa. ¡Suerte la nuestra al vernos con un plato en la mesa regado del suave perfume de un Samontano Gran Reserva del 92!.

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Dos semanas más tarde, aún sin haber digerido en su totalidad los acontecimientos pasados, volvemos imantados por nuestras ganas de terminar lo empezado. La táctica seguida es la de acceder al punto máximo alcanzado mediante un sistema de viras herbosas situadas a media altura del gran precipicio del Mallo de las Blancas. Viras que, según se adivina, dan acceso a un circo suspendido desde el cual podemos acercarnos a la parte central de la pared. Invertimos la jornada en buscar el deseado paso, el cual resulta ser más fácil y evidente de lo esperado, dejando a nuestro paso las viras bien señalizadas con “cairns”, evitando así la posibilidad de extraviarnos en caso de que la oscuridad o la niebla sean nuestras compañeras durante el descenso. Sin duda el recorrido que seguimos se trataba de la estrambótica “vía normal” de acceso a la cumbre, la cual, cada vez más, se nos antoja como el último torreón inviolado de nuestros viejos Pirineos.

Forato (20)

Tras varias horas de aproximación, instalamos el vivac en un verdadero balcón tupido de espesa hierba verde. Poco más arriba, un inesperado descubrimiento nos colma de dicha: Ni más ni menos que un increíble sistema de simas abren sus desafiantes bocas negras hacia las fauces de la tierra. Destaca entre todas un perfecto pozo redondo, de más de tres metros de diámetro, por donde se cuela un ruidoso torrente procedente de los heleros superiores. Al lanzar piedras por el agujero, oímos como las mismas rebotan durante ocho segundos, hasta que los ecos se pierden en la distante y fría oscuridad. Otra de las tantas bocas exhala un extraño aire helado, proveniente de las estrechas paredes tapizadas de hielo. Tardamos un buen rato en salir de nuestro asombro, quizás hasta nos sentimos incómodos por no ser espeólogos y no saber desear adentrarnos en los secretos de nuestro reciente descubrimiento.

Forato (10)

El crepúsculo se viste de los colores de la miel, presagiando buenos momentos para la día siguiente. Sorprendentemente, a las doce de la noche, la situación de la anterior tentativa se reproduce, y un compacto manto de nubes, acompañado de nucleares destellos, arropa de nuevo la montaña. Ni tan solo me esfuerzo en disimular mis nervios cuando anuncio que, a la que caiga la primera gota, saldré corriendo hacia el valle. “Como vuelva a pasar por lo que pasé, no volveré a escalar en roca en el Pirineo hasta el próximo verano”, pregono.

Forato (21)

Quizás por casualidad, quizás con condolencia, la tormenta nos roza pero no deja caer sobre nosotros ni una sola lágrima. Al alba aún estamos rodeados por una espesa niebla, que tan solo se rompe esporádicamente para dejarnos ver más y más nubes. Tras un vacuo compás de espera, desalentados por nuestra suerte, decidimos combatir el húmedo frío adentrándonos en la pared. Tomamos un sistema de viras, realizamos tres cortos ráppeles, y llegamos al punto de vivac. Nos sorprende la proximidad del mismo de la que hubiese sido una salida de escape durante el anterior intento. ¡Si hubiésemos escalado un par de largos más de cuerda, hubiésemos podido salir caminando de la pared¡… si mas no hubiésemos podido resguardarnos mejor de la lluvia y nos hubiésemos ahorrado los doce malditos rápeles.

Forato (11)

La suerte decanta la balanza a nuestro favor puesto que el cielo azul gana, poco a poco, el terreno ocupado por las nubes. Paralelamente, los largos de cuerda discurren veloces, uno tras otro, gracias a la mayor facilidad del terreno que, en la parte alta de la pared, se inclina y pierde verticalidad. Una bonita franja rocosa de roca blanca culmina la vía, regalándonos el largo de cuerda más bonito de los veintitantos que completan el recorrido. La llegada a la cercana cumbre es, sin lugar a dudas, el momento de gracia de mi humilde vagar como pirineísta. No adivinamos ningún vestigio de anteriores ascensiones, construimos un inmenso cairn  y saboreamos dulcemente la estancia en la cima, en “nuestra cima”. Mutuamente, contemplamos nuestros rostros desfigurados por una sonrisa incrustada. Tengo la certeza de que el brillo que se adivina en los ojos de mi compañero es el reflejo exacto de mi mirada. A la sazón, el cielo, aparejando ser cómplice del momento, muestra una brillante color azul, irrealmente iluminado por el majestuoso Astro Rey. Las nubes de la mañana ha desaparecido tan sigilosamente como aparecieron

Forato (12)

Durante la bajada del tridente que forma la cumbre del Tozal de Ripera, provocamos la caída de los bloques inestables que obstaculizaban la escalada e instalamos un largo rappel para salvar la canal que, como si de un tobogán se tratase, presenta un vertiginoso descenso. Factores, todos ellos, que ahondaban nuestro convencimiento de que la cumbre que dejamos atrás era una de las raras cúspides vírgenes, quizás la última, que aún guardaba, celosamente, la querida Cordillera Pirenaica. ¿Que más se le puede pedir a un caluroso día de Agosto?.

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PATAGONIA, HISTORIAS INCONCLUSAS EN EL FIN DE LA TIERRA

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¿QUIERES VIAJAR CON PAKO CRESTAS? – CLICKA FRASE – VISITA www.catalonia-trekking.com ó envia mail a pakocrestas@gmail.com ó whatssap al 0034 615626813caleidoscopi 1135Viento sur

tú que soplas por las mañanas

calma pronto,

deja de soplar.

Calma pronto,

que se doblan ya las ramas

que crujen y se quiebran

ante tus ganas

de soplar, oh, viento sur.

Viento sur,

tu que traes el frío en tus alas

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se viene el verano

y deja que el calor nos de la mano

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

Viento sur,

tu que traes el frió al pasar

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se queman las cosechas

que mueren cuando tu frío acechas

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

(Canción del malvinense James Douglas Lewis titulada “Viento Sur”)

Dicen que Patagonia es una tierra para aquellos viajeros que son los dueños de su propio tiempo. Yo no puedo considerarme el dueño de mi propio tiempo, puesto que siempre lo consigo a cambio de invertir parte de este propio tiempo en otros quehaceres, pero en Patagonia si que tuve la sensación de ser el dueño de mi propio tiempo, y para desgracia mía, casi no supe que hacer con él. Aquello que tanto aprecio y por lo que tanto lucho, se convirtió en una gran inconveniente cuando me sobraba y no sabía que hacer con él. Un signo más de la enfermiza vida de los que vivimos marcados por la estirpe de la sociedad moderna.

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La pequeña expedición, que tiene su escenario en otoño del año 2.003, se inicia de la manera que acostumbra a ser usual en mis viajes. El día cualquiera recibo la inesperada llamada de Ramón, un buen escalador canario que fue mi compañero con el que escalé la mayoría de cascadas de hielo durante la estada anual del GAME, que marzo de este año se celebró en Colorado. Desde que nos despedimos en el aeropuerto no hemos vuelto a hablar, y meses más tarde me hace una llamada desinteresada para saber qué es de mi vida. Yo hace varios días que busco buscando a alguien para realizar un viaje de unos veinte días antes de que finalice el año y a un lugar que esté de acorde con mi manera de entender la montaña como aventura. Un destino lejano, insólito y solitario. Patagonia se me antoja como un lugar adecuado para mi alocado proyecto, pero debo aceptar que desde que cayó en mis manos el libro de ….., titulado …. y editado por Desnivel en lengua castellana, no puedo evitar de ojearlo frecuentemente, al menos una vez por día. No en vano es una apuesta arriesgada, puesto que Patagonia se caracteriza por un tiempo detestable y horrible que obliga a los montañeros a largos periodos de inactividad y espera en perspectiva a un cambio de tiempo dudoso y efímero. En realidad un viaje reducido en el espacio de tiempo tiene mayor posibilidad de fracaso, y es normal que los posibles candidatos se desanimen ante la perspectiva. Ramón, durante la corta conversación telefónica, se me presenta como mi última esperanza. Sin pensarlo un par de veces disparo de manera sincera. Total, el “no” ya lo tengo.

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– Ramón, estoy buscando a alguien para ir a la Patagonia unos veinte días a finales de noviembre … Ya se que es un lugar con un tiempo horrible y que tenemos muchas posibilidades que recorrer medio mundo y volver con las manos vacías … No sé, si tienes días y prefieres otro destino podemos hablar .. pero es que dispongo de la posibilidad de escapar y me gustaría aprovecharlo … hasta me planteo ir solo a algún lugar como los volcanes de Iran si la falta de compañero me aconseja no escalar …

Ramón duda. Le he pillado frío, pero tampoco no me da la negativa como primera respuesta. El segundo ataque es más premeditado. Le aconsejo que se compre el libro de Patagonia que tanto me ha enamorado, es más, no tardo en fotocopiar parte del libro y enviárselo por fax. Le hablo de un macizo semi desconocido, donde residen las segundas montañas más altas de la Patagonia Austral: el macizo de San Lorenzo. Que sepa ningún español ha estado allá con la intención de escalar, aunque ese detalle poco me importa. Lo que si que me llama la atención una bonita pared virgen a una montaña de elocuente nombre: El Cerro Hermoso.

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Ramón no tarda en encargar el libro para recibirlo por correo. Dos días más tarde la obra de Gino y Silvia está en sus manos. Está perdido, basta con hojearlo un rato para sentir la necesidad de dar una respuesta positiva a mi proposición. Ramón y yo estamos hechos de la misma pasta. Aún no sabe como lo hará, como combinará el trabajo, como convencerá a la familia … lo que si que sabe es que en la otra punta del mundo existe una pared virgen que hasta poco antes de 50 horas nunca había sabido de su existencia y que ahora le obligará a hacer verdaderos malabarismos con su tiempo, con el tiempo de sus clientes, con el tiempo de su familia … y todo porque aquel loco escalador de Barcelona le ha puesto la miel en los labios.

La suerte está echada, los días apremian, tenemos muy poco tiempo para los preparativos y nuestras precipitadas vidas de profesionales liberales no nos dan mucha maniobra. Llamo a mi amigo Carles Gel, un verdadero maestro en organizar rápidamente una expedición a los lugares más inverosímiles. En pocos días todo está resuelto. Vuelos, contactos, alquiler de coches, estancias. Creo que no llegamos a hacernos la idea de que vamos a Patagonia hasta el momento en que nos encontramos en el aeropuerto de Barajas con los petates facturados desde los respectivos lugares de procedencia: Tenerife y Barcelona.

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El encuentro resulta emotivo. No en vano los dos somos conscientes de que nuestra apuesta conjunta es arriesgada. En realidad apenas nos conocemos; es cierto que los días que escalamos juntos en Colorado nos dejaron a los dos el poso del buen recuerdo. Pero allá, en Ouray, la buena relación es fácil. Dormimos en hoteles muy bien acondicionados; cada día disfrutábamos de tiempo suficiente para escalar, relajarnos, asearnos y comer de manera abundante. Las cenas eran bajo carta, en restaurantes, con el servicio en la mesa y la tarjeta presta saldar las cuentas en dólares. Los desplazamientos eran cómodos puesto que teníamos a nuestra disposición un enorme vehículo todo terreno. Las escaladas también tenían fáciles accesos y fáciles descensos, como mucho un tramo de pista o de bosque sin más complicación y con duraciones limitadas a pocos minutos. Formábamos parte de un abundante grupo de escaladores — más de cincuenta — lo que te facilitaba conectar y desconectar del compañero de escalada. Ahora, en Patagonia, la situación será radicalmente diferente en todos los aspectos: hemos sustituido la comodidad del hotel por la precariedad y las limitaciones más estrictas, las escaladas cortas y abundantes de cascadas de hielo de fácil acceso por una pared remota y perdida en el fin del mundo; hemos sustituido un numeroso grupo de más de medio centenar de escaladores por la única y constante presencia del compañero de cordada. La meteorología de la Patagonia facilmente nos obligará a días enteros de la más absoluta inactividad y en estas circunstancias facilmente afloran las diferencias de carácter que pueden llegar a hacer insoportable la simple presencia de la otra persona. En el fondo confío que mi sexto sentido no me engañe y que la elección de Ramón como compañero para la presente aventura no sea desacertada. Yo se que el también debe pensar lo mismo, aunque ambos mantengamos nuestro propio secreto.

La llegada al aeropuerto de Comodoro – Rivadabia nos anuncia la tónica dominante del cuerno sur del continente americano: el viento. El avión se balancea de manera peligrosa antes de tomar tierra. Por las ventanillas se pueden divisar los pocos árboles cercanos a las pistas completamente azotados por el embate del fuerte vendaval. Confío en que el piloto del avión debe tener las manos peladas de aterrizajes como el que estamos a punto de emprender. Seguramente en nuestro país las autoridades prohibirían una llegada en estas condiciones climatológicas. Si aquí fuesen estrictos en este aspecto, creo que pocos serían los días en que se permitirían los vuelos de avión, lo que llevaría a la ruina el comercio aéreo en este sector del planeta.

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La llegada a Argentina tenía que ser la bienvenida a una primavera avanzada que está a punto de convertirse en verano. En mi interior recordaba la agradable sorpresa que me causó el anterior viaje realizado a los Andes, — hace ya poco más de diez años –, en el que un abrasador calor puso el contrapunto a un gélido enero. Días antes de realizar aquel viaje despedí mis queridos Pirineos que ya estaban vestidos del blanco manto de las primeros temporales de nieve. Ahora, pocos días antes de venir a Patagonia, también había podido dar la bienvenida a las nevadas primerizas de finales de otoño, en concreto en la cumbre de la Serra de Madres, donde acampamos en medio de la noche y la tormenta en un altiplano muy cercano a la cumbre. Venía preparado de nuevo a recibir el profundo contraste entre el invierno y el verano que nos ofrece el cambiar de hemisferio, pero la primera sorpresa son las bajas temperaturas reinantes en la propia costa patagónica. De hecho el verano aquí es templado y fresco, pero la presencia casi permanente de viento incrementa la desagradable sensación de frio. Una percepción que no parecen compartir los habitantes autóctonos, que se jactan y disfrutan de los placeres de “su verano”, sin saber que las plazas cercanas a las ciudades acostumbran a ser, en otras latitudes, lugares donde se aglomeran bañistas huyendo de la calor y buscando el refrigerio del agua marina. Aquí las plazas están desiertas, y el interminable viento arrastra, de manera inapreciable pero constante, los millones de diminutos granos de arena que nunca serán pisados por el hombre.

La primera impresión fue bien clara: Qué lugar tan horrible !!!.

Hemos alquilado un vehículo todo terreno para realizar el proyecto. Una verdadera cafetera a precio de vehículo de lujo, para poder desplazarnos con la velocidad impuesta por la escasez de días de los que disponemos para escalar las montañas. Sustituimos la falta de tiempo a base de darle caña a las tarjetas de crédito. Una manera un tanto especial de viajar hecha a la medida de profesionales liberales estresados y exigentes como Ramón y yo.

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Cruzamos lo que constituye el “cuerno sur” del continente, —  la provincia de Santa Cruz –, en busca de la cordillera andina que se encuentra al otro lado de las planicies de la árida Patagonia. A base de quilómetros y quilómetros de buena carretera dejamos atrás la zona petrolera de Comodoro, Río Truncado y Las Heras, para llegar, con las últimas luces del día, a la triste población de Perito Moreno. El fuerte viento nos acompaña sin cesar por un instante durante todo el trayecto. Las breves pausas que realizamos para fotografiar el paisaje nos dejan entrever la dureza de la zona. Las poblaciones, todas ellas impersonales y con construcciones mediocres que no guardan ninguna estética, se encuentran separadas por decenas de quilómetros la una de la otra. Los silenciosas e incansables torres de extracción de crudo están plantadas por doquier, como si de robots extraterrestres de ciencia ficción se tratasen. Cerca de los conjuntos de casas los plásticos desgarrados y descoloridos llegan las cercas y las alambradas. Papeles y cartones están en constante huida expoliados por un viento que no cesa. Las calles son polvorientas y el ambiente seco y frío. No hay nadie fuera de las casas. ¿Habrá alguien dentro de ellas?. Preguntas sin respuestas: ¿Como se distrae aquí la gente? ¿Alguien sabe como es un teatro? ¿Como son los amores? ¿Alguien puede enamorarse de la niña que ha visto crecer desde pequeña entre viento, polvo y harapos?. En los núcleos habitados se han plantado grandes árboles de hojas verdes. Toda una nota de color en medio de tanto marrón y gris. Los árboles tienen la principal función de proteger las casas de la violencia del viento, pero éste parece imperturbable e indiferente y castiga sin tregua las grandes ramas que se postran para no ser arrancadas. Entre los pequeños grupos habitados infinitamente dispersos, quilómetros y quilómetros de interminables alambradas cierran los campos yermos. La tierra está parcelada, pero es tan sumamente pobre que se necesitan extensiones de varias hectáreas para poder alimentar a un puñado de famélicas ovejas.

En el hostal de Perito Moreno encontramos un chaval catalán, natural de la población de Olot, que se da a conocer como Daniel. Es un tipo bohemio que pasó varios meses de su vida viajando por Europa a base de subsistir con lo mínimo y ganar algún dinero tocando la flauta en lugares públicos. Ahora repite experiencia pero en Sudamérica, con la soledad como compañera y sin flauta que le acompañe. Viaja con poco más que lo puesto. Por la noche entablamos conversación y nos solicita que, aprovechando nuestro viaje hacia el sur, le dejemos a medio trayecto para poder ir a visitar un lugar inhóspito y perdido que se conoce como La Cueva de las manos Pintadas. Así pues reemprendemos el viaje hacia nuestro destino con la compañia de este pintoresco catalán. Pronto descubrimos el famoso “ripio”: las anchas pistas sin asfaltar que cruzan la Patagonia. La velocidad del viaje se relentiza y las distancias se prolongan y parecen aumentar a cada hora. De hecho resulta imposible llegarse a hacerse con una idea aproximada de las distancias. Uno de un montículo en la lejanía pero no sabría decir si estás a dos quilómetros o a diez quilómetros.

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Tras más de 120 km. de ripio dejamos a Daniel en la bifurcación que le llevará a su destino inmediato. 45 km a la Cueva de las Manos, indica un gran cartel. El constante viento no ha cesado en toda la jornada, ni un solo minuto. En la extensión llana de la Patagonia Seca no existe ningún lugar donde resguardarse. Ni una miserable piedra de metros y medio de altura, ni un matorral de 50 centímetros. Antes de emprender la marcha observamos la silueta caminante de Daniel que se pierde en la lejanía sin que apreciablemente llegue a cruzarla. Nos preguntamos si encontrará a alguien que le lleve en vehículo ahora que ya es tarde, seguramente no, casi no hay transito rodado en el tramo principal que es el que estamos haciendo nosotros, y la pista que va a la Cueva no lleva a ningún otro sitio. El ambiente más bien frío. Durante el resto del día nos preguntaremos con frecuencia sobre la suerte de Daniel. Llevaba un fino saco de verano. ¿Donde le sorprenderá la noche? ¿Como se refugiará del frío? ¿Como soportará la imposibilidad de escapar del incansable viento?.

Bajo Caracoles es la única población, por llamarle de alguna manera, que existe en medio de los más de 300 km. de pista de ripio por las que hoy tenemos que transitar. En realidad es una gasolinera con una pequeña tienda – bar al que se le han adosado media docena de destartaladas construcciones pre-fabricadas. Dentro de la posada una foto de un japonés solitario que cruzó el ripio en bicicleta. En la inscripción de pie de foto, se puede leer “Chino loco”.

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En medio del trayecto entre Bajo Caracoles y Gobernador Gregores, o sea, en punto cualquiera en medio de la nada, encontramos el ramal de la pista que nos llevará a nuestro destino: La estancia La Oriental, distante a 90 km. de la pista principal. Por fin nos hemos orientado hacia la cordillera. Cada quilómetro de ripio ganado nos acerca, — por fin –, a los Andes. Un primer reventón nos alerta sobre la precariedad del ripio. Aquí una repetición del incidente nos dejaría completamente tirados, sin posibilidad alguna de conseguir una rápida solución al percance. En este lugar del mundo las distancias son otras y la noción del tiempo también. Nosotros nos alteraríamos rápidamente si una avería nos obligase a demorarnos media jornada; los lugareños no se extrañan ni se inmutan si dos semanas más tarde la reparación sigue su curso.

A medida que nos acercamos a la cordillera el cielo se puebla de nubes blancas y una lluvia de procedencia lejana, que ha sido arrastrada por el incipiente viento, nos delata que el tiempo es catastrófico más allá de los primeros contrafuertes de las montañas. Al llegar a la Estancia la Oriental, con la tarde a punto de finalizar, nos convencemos de que el plan de acción tantas veces programado, se desintegra por momentos: Nuestra idea es subir sin más demora al corazón de las montañas. Pero la idea de la montaña es bien diferente: aquí parece que el mal tiempo las reconforte y ahora por ahora no nos va a facilitar la subida. Es inútil el cansarse, como tantas otras veces es Ella quien manda. El eterno femenino.

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El viento, el maldito viento no cesa nunca. A veces aminora, a veces enloquece. Une las nubes y cae el diluvio. Rompe las nubes y brilla el sol. En la estancia apenas se deja caer algún turista, por lo que son varios los días en que nosotros dos somos los únicos huéspedes. Pronto los lazos que nos unen con la familia propietaria del albergue rompen la fria barrera entre empresario y cliente. Empezamos a compartir tertulias, comidas, cenas y hasta las tareas culinarias.  El tiempo es especialmente malo, según nos comentan los anfitriones.

— Es raro tanto viento y tanto frío para la época del año en que estamos —

Ladis, que resulta ser la encargada de la estancia junto con su marido Pocholo, me muestra una foto de la estancia nevada. Con su  mirada risueña mira fijamente la vieja fotografía y me comenta.

— En verano muy raramente llega a nevar aquí abajo, la última nevada que recuerdo fue esta, en la Navidad de hace diez años —

Al día siguiente nos levantamos con tres dedos de nieve tapizando todo el horizonte.

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Una a una, de manera repetitiva, se repiten la jornadas. Los dos nos vamos sumergiendo en una especie de apatía que relentiza todos nuestros movimientos. Nos hemos contagiado del ritmo patagónico, donde sin hacer nada concreto, ves pasar las horas entre el desayuno, la comida y la cena, como si de intervalos vacíos de tiempo se tratasen. Consumimos los libros de lectura, consumimos uno a uno los preciados días de nuestras cortas vacaciones y nos consumimos nosotros mismos. Fijamos la vista a través de las ventanas para volver a escrutar los mil detalles de las nubes y el paisaje cercano. Intentando ver las montañas que están allí, pero cuya presencia nos niegan bajo el manto compacto de las nubes. En medio de los páramos castigados por la tormenta, realizamos cortas excursiones por la cercanía de la Estancia. No en vano estamos dentro del parque natural del Perito Moreno. La visita a la península de Belgrado, al lago homónimo y a otros como el Lago Volcán y el Lago Burmelster, bien vale la pena y nos ayuda a ahuyentar el presentimiento de haber errado en la elección del viaje. La luz, las distancias diáfanas, el temporal, el paisaje … todo parece sacado de una película de ciencia ficción. Protegidos como vamos con los abultados plumones, con la cabeza hundida en las extrañas de la gorra, parecemos astronautas transitando por la superficie inhabitada de un planeta lejano. En busca del octavo pasajero. Nieva de cara, de espaldas, de arriba, de lado, de abajo. El viento enloquece a los copos de nieve que parecen estar destinados a no tocar nunca el suelo. Entre los jirones de niebla los guanacos, impresionantes mamíferos que nos recuerdan a las llamas peruanas, aguantan impasibles las acometidas del vendaval. Un increíble ejemplo de adaptación de las especies animales a los climas más desapacibles.

También los habitantes de esta tierra tan sumamente inhóspita, parecen hacerse adaptado al medio. Las distancia son desproporcionadamente grandes, hasta para un americano. El pueblo más cercano, y que son cuatro casas mal contadas, recibe el nombre de Gobernador Gregores y esta a más de 200 km. de distancia por pistas de ripio. La estancias más cercana, Menelik y Manantiales, distan a 15 y a 35 km, respectivamente. La vida transcurre con una tranquilidad imperturbable, con una calma pesada, pegajosa, que aniquila cualquier movimiento o pensamiento brusco. Carlos, nuestro baquiano, espera pacientemente al día que decidamos subir para la montaña, para acompañarnos con el caballo y transportarnos los petates. Por la mañana pregunta: ¿Hoy subirán?  y cuando le decimos que no, que con tan mal tiempo es preferible esperar, asume con la mayor parsimonia la perspectiva de pasarse un nuevo día sentándose de sillón en sillón y hablando con las mismas cinco personas de siempre: La familia de Pocholo y los dos trabajadores de la estancia. Fuera de la casa, en una especie de cobertizo complementario, habita un anciano gaucho que de tanto en tanto camino de un lugar a otro sin prestar especial atención a los arrebatos de un viento que amenaza con hacerle perder el edificio. Es un personaje bien extraño, llamado Montiel, que ha vivido toda la vida en el puesto y que tiene la extraña función de guardar la Estancia durante el invierno. Apenas habla y cuando la hace pronuncia mal las palabras, las une, las precipita. Debe ser que de tanta soledad se le ha olvidado hasta el hablar. Quizás por eso es tan esquivo. Cuando uno vive en la soledad más absoluta cualquier factor que la pueda alterar es signo de peligro. Montiel es un hombre pequeño, desdentado, duramente castigado por las inclemencias del lugar y por una dieta exigua y repetitiva. Aquí en invierno el viento se calma, pero la nieve es persistente, tapa los caminos y las pistas de ripio que se hacen intransitables y no vuelven a serlo hasta que en primavera la nieve se funde. Los días son cortos y las temperaturas de – 15 * C no son de extrañar. Todo el mundo marcha. La familia, los guarparques, los vecinos de Menelik. Solo queda Carlos, el baquiano, que vive con su madre a 35 Km. de distancia. Durante los meses de invierno no se visitan. Recorrer tantos quilómetros en medio de la nieve resulta peligroso. Los caballos no pueden caminar tanto sobre los páramos blancos y el ir a pie resultaría un día largo para ir otra jornada similar para volver, con el consiguiente peligro de que la gélida noche te sorprenda en medio de la nada. Montiel lleva años pasando el invierno en la más absoluta soledad. Meses y meses sin ver a nadie. Sin poder consolar el hambre, la enfermedad. Su ropa, su cara, sus monólogos, son los mismos y se repiten día a día con cada salida y cada puesta de sol.

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Un buen día la capa de nubes se abre y podemos ver, por fin, las montañas.

– Buen tiempo, buen tiempo ... Nos dice Montiel con una sonrisa impregnada de vejez y de timidez. Toda la familia y Carlos coinciden en dar al gaucho la más rotunda credibilidad. Nadie como el se conoce las nubes y los vientos de esta tierra. Si él pronostica buen tiempo, la previsión va a misa. Nosotros intentamos interrogar como posesos a este entrañable viejo que camina con un pie al borde de su propia locura.

– ¿Que crees Montiel?  ¿dos, …  tres, …. cuatro días de bueno?

Buen tiempo, buen tiempo ... responde una y otra vez.

No perdemos ni un instante. Después de tantos días de holgazanear cuesta grandes esfuerzos ponerse en marcha. Prepararse la mochila parece una quimera. Pero tan pronto como notamos el tantos metálico de los piolets nos reanimamos por momentos.

A la jornada siguiente, el primer día de buen tiempo, iniciamos la larga marcha de aproximación por el valle del Río Lácteo, tributario de los glaciares del San Lorenzo. Tras cinco horas de marcha llegamos a un refugio conocido como el Puesto, lugar donde finaliza la primera jornada de marcha y también donde Carlos nos ha acompañado con los caballos. El está feliz. Hace un trabajo que le gusta y siente gran curiosidad por nosotros. Muy pocos escaladores llegan a estos lares. De hecho hacía años que no veían a nadie con material técnico de escalada. Somos los primeros españoles que se acercan al San Lorenzo con la intención de escalar alguna de las cumbres. Los movimientos de Carlos demuestran amabilidad y servitud y se notan claras reminiscencias militares en sus gestos, herencia que cuando realizó el servicio militar obligatorio, y única vez en su larga vida de casi 50 años, en que ha tenido la posibilidad de conocer algo más que la Estancia de los Manantiales. Carlos nos habla de la dictadura con una naturalidad espeluznante. El se había visto obligado a cumplir con los sumarios que llevaron a tantos centenares de civiles a vivir la tortura o a morir sin más. Pero en Carlos la maldad no existe, ni el remordimiento visible, ni lecturas que vallan más allá de una simple realidad: Si no hacías lo que te mandaban, pasabas a formar parte del grupo de víctimas.

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Había que proceder. –– comenta el baquiano como único argumento sin réplica posible.

Cuando llegamos al Puesto decidimos continuar la marcha de aproximación para acampar al pie de la pared sur del Cerro Hermoso. A pesar del buen tiempo visible, la presión barométrica está bajando, por lo que preferimos ir a tiro fijo y no desperdiciar la ventana de buen tiempo. Prolongamos la marcha en 5 horas más, por un terreno sin caminos, donde las distancias engañan y donde apenas se gana desnivel. Al final del primer día de actividad llegamos rendidos al emplazamiento del campamento. Nuestro plan es bien simple: Llevamos el peso imprescindible: Ropa, sacos, una tienda monocapa diminuta, el material y la comida justa para dos cenas (la del día de llegada y para después de la escalada) y un desayuno y comida de ataque para un día. Al llegar, con el día dando paso a la penumbra nocturna, engullimos la primera cena. Después de tantos días de inactividad, más de 10 horas de aproximación pasan factura, pero ya hemos visto la pared, “nuestra pared”, y la realidad ha superado las expectativas: Un sistema de finas goulottes nos permitirá una elegante escalada por el espolón que sube directo a la cumbre principal, y todo por terreno virgen, nuevo, listo para estrenar. La euforia nos embarga y nos acordamos de las únicas palabras que hemos oído articular al viejo Montiel durante toda una semana: “Buen tiempo, buen tiempo”.

A las cuatro nos despertamos y una media hora más tarde estamos en marcha. No hace frío, no se ve ni una estrella, tampoco hace viento. A medida que la luz del día naciente deja ver el entorno, comprobamos la triste realidad: Nubarrones plomizos cubren las cumbres. Nos obstinamos a renunciar tan pronto. Nos hundimos en la nieve que no se ha transformado y que aun está pastosa del calor de la jornada anterior. A las seis empieza a caer aguanieve. A las seis y cinco las primeras gotas dan paso a un copioso aguacero. A las siete volvemos a estar bajo la protección de la exigua tienda.

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¿Dormimos o desayunamos?. Tenemos que ir con cuidado con la comida. Un exceso hoy equivale a quedarse sin comida de ataque mañana. Nos acordamos de Montiel y su buen tiempo. Llueve, nieva, hace sol, se nubla, cae granizo. Un trueno lejano. El viento que galopa entre las rocas y viene a estamparse contra la tienda. Tiempo patagónico, tiempo puta – agónico. Por la noche el hambre aprieta. La cena se ha racionado para ser comida y cena. Mañana será el día del ataque y tras el no podremos comer. Pero mañana tampoco no nos movemos de la tienda, la situación meteorológica ha empeorado definitivamente. El barómetros sube, baja, vuelve a subir, y todo ello en poco menos de una hora. Al final decido esconderlo y no obsesionarme más con él. Si no se donde irá a parar en uno de mis arrebatos. Se que abriré la cremallera de la tienda y lo arrojaré al exterior con todas mis fuerzas y que minutos más tarde estaré buscando los restos entre la tormenta y mis “auto maldiciones”.

Y un nuevo día, otro sin comer . Aguantamos a pesar del hambre, del frío, de la apatía. Por suerte la relación entre Ramón y yo no se vuelve tensa. Algo bien extraño entre dos personas que apenas se conocían antes de un viaje como este y que se ven condenados a convivir en poco más tres metros cuadrados, en medio de un tiempo aborrecible y sin ninguna distracción posible fuera de la conservación y del silencio. Mañana será nuestra última oportunidad. Si hace bueno para arriba, sino camino a casa. Despertador a las tres de la madrugada, como en las jornadas anteriores, pero hoy la cúpula celeste nuestra miles, millones de estrellas. Ni una nube, apenas poco más de un ápice de viento. Frío, está helando. Poco …. pero está helando. Lo justo para transformar la nieve y endurecerla.

Salimos, medio dormidos, hastiados de tantas horas de estar estirados en los respectivos sacos y hambrientos, terriblemente hambrientos. Por suerte nuestra motivación anula los efectos psicológicos y físicos de la falta de actividad y de comida. Empieza a amanecer a las orillas de la laguna situada bajo la pared S.O. del Cerro Hermoso. El lugar es increíblemente bello e inhóspito. Quizás nosotros seamos los primeros humanos que transitan por las orillas heladas de esta laguna patagónica. Por encima de nuestras cabezas la pared que deseamos escalar se tiñe de rosado. Salida de sol bíblica en el último rincón de la tierra. Estudiamos brevemente la vertiente y confirmamos la existencia de un sistema de goulottes que se enlazan describiendo una elegante linea blanca en torno al elegante espolón de la cumbre principal, cuya altura ronda los 2.500 metros, más de 1.200 metros sobre el punto en que nos encontramos. A lo lejos, hacia el oeste, divisamos la imponente mole triangular del San Lorenzo, que aún tiene nubes residuales enganchadas, las cuales, por el momento, parecen no constituir ninguna amenaza de cambio climático.

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Poco más tarde la realidad se impone: Ramón se hunde constantemente en la nieve costra, cuya capa se rompe cada vez que intenta dar un paso y concentra todo su peso sobre la pierna que no está medio hundida. Inicialmente la capa parece soportar bien mi peso, caso 30 kilos inferior al de Ramón, pero mis esperas aún desesperan más a mi compañero que se ve desbordado por el sobre esfuerzo. Al rato yo también me hundo en la nieve costra. No hay nada que hacer. En la última media hora apenas habremos avanzado un millar de pasos y la pared, a este ritmo de marcha de aproximación, queda demasiado lejos. El sol calienta la nieve cercana a nuestro emplazamiento y la temperatura ha subido por encima de los 0* C. Excusas para bajar hay muchas, motivos para continuar uno. Pero este uno es una verdadera sinrazón, pasaríamos horas abriendo huella para no llegar mucho más lejos de donde estamos, cuestión que comportaría exponernos gratuitamente a una vertiente propensa a aludes. Lleva días nevando … excusas, hay tantas …. Una nueva pausa, pero ésta ya no sirve para negar la evidencia. Damos media vuelta. Yo me hundo hasta las rodillas, Ramón hasta la cintura. Por una vez parece que midamos lo mismo. Le llamo enano y nos reímos para no llorar. Tantas horas de inactividad dentro de la tienda, tantas horas esperando la ventana de buen tiempo, tantas horas deseando comer algo consistente, tantas horas escrutando con los prismáticos la maldita pared, y ahora cada paso es un pequeño suplicio y un nuevo golpe a nuestra moral demasiado minada. Delante de nosotros, al otro lado del valle donde tenemos emplazada la tienda, divisamos una bonita cresta de nieve y roca que concluye en una aguja muy puntiaguda. Se trata de una cumbre anónima de 2.060 metros que se desprende de la arista este del San Lorenzo. Un pequeño colmillo rocoso, muy reducido en comparación con el imponente macizo que lo alberga, pero una buena alternativa para escalar algo rápido, mínimamente interesante y la solución para no bajar de vacío de retorno a la estancia. El cambio de planes se impone rápidamente ante nuestras nulas posibilidades de continuar con éxito la aproximación a la pared S.O. del Cerro Hermoso. Descendemos velozmente lo que tanto nos había costado de subir, dejándonos deslizar estirados sobre la nieve. Deshacemos nuestros pasos sobre el margen helado del lago y al poco rato estamos de nuevo en la tienda. Son las 8:30 de la mañana. Hace más de cuatro horas que abandonamos nuestro pequeño hogar llenos de esperanzas. Comemos la última barreta que nos queda. La partición del nuestro último manjar es ccaleidoscopi 1143asi milimétrica. A partir de ahora ya no hay nada más que comer hasta que lleguemos al Puesto.

A pesar de la retirada y de la falta de comida, emprendemos el descenso hacia la cresta animados y cargados de energía. La parte inicial resulta ser una inmensa pala uniforme, de 40* a 45 * grados de inclinación y más de 700 metros, que ganamos en poco menos de una hora. Una vez en la cresta la linea de nieve y roca se muestra elegante y sorteamos algún que otro merengue de nieve, una escultura muy característica de esta región, producto de la intensa y rápida erosión del viento sobre la nieve. La lejana nube que parecía enganchada al San Lorenzo hace media hora que ha dejado de ser pequeña y se va comiendo secciones de cielo azul a marchas forzadas. A media arista el viento y la nevada nos alcanzan. Nieva de lado, por efecto del fuerte viento, es la llamada “nieve chiflada”. En cuestión de momentos estamos inmersos en un temporal, a pesar de ello continuamos sin mediar palabra. Voy delante y dejo siempre un espacio prudencial entre Ramón y yo, algo me dice, por sus pausas y sus gestos, que cada vez la renuncia hace mella en su interior. Es un fétida flor que surge y abre, lentamente, sus pétalos rellenos del néctar de la duda. En un lugar concreto deshago mis pasos para unirme al compañero. La parte de la arista que viene a continuación presenta un tramo mixto aéreo y de feo aspecto, la prudencia me aconseja sacar cuerdas y asegurar el tiro. Ramón aprovecha nuestra reunión para comentarme lo que ya sospechaba. Se encuentra agotado y las perspectivas son lamentables, el tiempo es horrible y la cumbre se muestra cercana y lejana a la vez. Ya tiene la decisión tomada, se baja. Yo le digo que quizás continúe. El me aconseja que descienda, pero respetará mi decisión, eso si, me solicita la máxima prudencia, a partir del momento en que nos separemos deberé continuar solo en un lugar situado al fin del mundo. Al final el cansancio y el desanimo me pueden. Yo también bajaré, allí queda la cumbre dentada de una aguja virgen, un bonito regalo de consolación que ya no será, como todos los sueños que nos trajeron a estos lares perdidos. Bajamos en silencio, rotos, agotados, vacíos. Cruzamos un bosque de árboles enanos, de poco más de un metro de altura, y con un ramaje tan tupido y espeso que solo podemos atravesarlo caminando por encima de las copas chafadas. Nunca había caminado por encima de un bosque. En Patagonia todo es posible (quizás el único imposible es que el buen tiempo dure). Al llegar a la tienda deshacemos el campamento con rapidez. Ya nada nos retiene aquí. Tan solo la esperanza de comer en abundancia nos mueve a bajar al Puesto con cierta alegría.

caleidoscopi 1141

Durante el descenso, que transcurre por largas extensiones horizontales donde la erosión y el permafrost han moldeado un sinfín de diminutas dunas, tenemos la sensación de caminar por un paisaje de ciencia ficción. La irregularidad del terreno, la falta de referencias, las largas distancias, la niebla, la nieve que se proyecto a un velocidad endiablada en sentido horizontal … suman las pinceladas del mal terrible de los cuadros, y nosotros, como dos náufragos, caminamos casi inertes en este mundo análogo. Al rato nos perdemos de vista y cada uno se queda con la sola compañia de su propio cansancio y su tormento. Por el horizonte unos puntos, cada vez más visibles, parecen dar un nota distintiva al paisaje marciano. ¿Que son esos puntos? ¿Se mueven? ¿serán piedras, serán guanacos, serán alucinaciones?. Poco más tarde, como si de tres astronautas se tratasen, destilo con claridad la silueta de tres caminantes que, de tan lentos que se mueven, parecen que formen parte de un película proyectada a cámara lenta. Al cruzarnos me percato que son los alemanes que salieron de la caseta del parque una semana antes. Se perdieron en medio de la tormenta, cruzaron el rio Lácteo por equivocación y pasaron días dando vueltas hasta volver a encontrar la linea correcta que  les llevaría al Valle del rio Oro. Ellos van sumamente tapados, protegidos gruesas capelinas y encorvados bajo el paso de enormes mochilas. No pretenden escalar, no obstante el exceso de peso les ha condenado a una marcha extremadamente lenta y fatigosa, Por llevar llevan hasta teléfono satélite, GPS, balizas de emergencia para ser detectadas, también vía satélite, etc. ¿Donde está el sentido de la aventura? No se sabe, pero hay quien lleva el contrasentido hasta las fronteras más remotas del planeta.

Al llegar al Puesto saciamos nuestra hambre. Comemos y comemos hasta reventar. El teoría Carlos no tardará en llegar con los caballos, quedamos en cenar juntos y descender al día siguiente. El hambre ha ganado la batalla a nuestra exquisita educación occidental y nos hemos atiborrado sin esperar al tercer comensal. Cuando llegue le acompañaremos amablemente, picaremos algo para que no cene solo y punto. Carlos llega como llega todo en estos lugares: primero es un lejano punto casi indefinido, que no se aprecia bien si se mueve o no. Poco a poco se ve con mayor claridad y se perfecciona el movimiento. Luego parece cercano, pero no es así, aquí las distancias siempre engañan. Un buen rato más tarde el trote del caballo rompe el silencio del prado.

– Que tal chicos, ¿hubo suerte? —

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Tras explicarle nuestros pormenores, saca un trozo de carne y al tiempo enciende una viva hoguera y cocina un asado gaucho. Al olor de la carne tostada se nos abre de nuevo el apetito. Nos deleitamos con un exquisito asado, tan simple como perfecto. La carne se abrasa crucificada en una estructura metálica clavada en el suelo, se cuece al calor de las llamas de la cercana hoguera, no hay brasa, solo fuego puro. El sabor de la carne es tan especial que no recuerda nuestra triste procedencia: venimos del mundo transgénico y manipulado, donde los pollos comen día y noche para engordar en una semana y las vacas se alimentan con sienes trituradas de ovejas.  Por la noche, nuestra última noche en la montaña, me arriesgo a hacer un vivac. Tan pronto observo un sinfín de estrellas y constelaciones que resultan ser desconocidas para mi, como que tupidas nubes negras parecen anunciar la inminencia del diluvio. Por suerte no llueve ni nieva y al día siguiente, — como suele pasar en estos casos — nace el día con mejor tiempo de todos los transcurridos en las alturas. Como telón de fondo, — frío, mineral y tapizado de verglass — El San Lorenzo con sus paredes orientadas al este. Toda un vertiente compleja y de aspecto inescalable, con una pared vertical, enorme y virgen. Multitud de goulottes se comunican y se separan bajo la atenta vigilancia de inmensos seracs. Todo un complejo cosmos para las generaciones andinistas del futuro. Nosotros nos contentamos con pensar que dejamos atrás lo que era un bonito sueño, la pared sur del Cerro Hermoso, y nos despedimos con sensaciones más cercanas al “hasta nunca” que a un “hasta pronto”. Patagonia es un lugar mágico y maravilloso para los alpinistas románticos. En la cabeza y en el corazón de ambos nos roe la necesidad de volver a repetir la experiencia, una o varias veces, pero seguramente escogeremos otro valle perdido y otra montaña remota. En ningún otro lado del planeta abundan tanto rincones con esta tipología. El Cerro Hermoso puede llamarse Volcán Lautaro, Cordón Escondido, Cerro Plúschow, Cerro Cruz del Sur, Cerro Mano del Diablo, Cerro Akira …. ¡ hay tantos !

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Al abandonar la estancia nos despedimos de todo el personal del Rincón y en especial de Carlos. Vamos a su estancia, llamada “de los manantiales”. Su madre nos saluda, quieta y estática en un rincón de la cocina, en mismo rincón en el que permanecerá la larga hora en la que realizamos la visita. Su cara risueña y su morada fija ahondan, aún más, su semblante inmóvil.

— ¿Señora, usted no se aburre aquí sola cuando su hijo marcha?

— No, aquí siempre hay algo que hacer, algo en que ocuparse — responde.

La estancia recibe el nombre de unos manantiales de agua cristalina que brotan a apenas cien metros de la construcción. A pesar de la cercanía el agua no está canalizada, por lo que, sea verano, sea invierno, llueve, nieve o ventee con violencia, es necesario salir de la aislada casa para hacerse con agua. Para comer, para lavar, para limpiar, etc.

caleidoscopi 1138

— Carlos, ¿Que temperaturas acostumbráis a tener aquí en invierno?

— No se, diez o quince bajo cero son normales.

— ¿Y en invierno como lo haces para conseguir agua?

— Rompo la capa de hielo y la saco con cubos.

Carlos, ¿nunca pensaste en hacer llegar el agua a casa y no tener que salir cada vez a buscarla?

— Si, con frecuencia lo pienso, algún año lo haré, pero es que al final siempre estoy ocupado con otros menesteres y no tengo tiempo.

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La casa no tiene la protección de la valla de chopos, ni el micro-bosque que acostumbra a rodear a la estancias más ricas. Las ventanas están mal selladas, se oye el viento poco penetra y la única calefacción de la casa es la propia cocina, la cual es de grandes proporciones. Una caja metálica con varios fogones que ocupa el centro del habitáculo.

— En invierno, como aquel que dice, hacemos toda la vida dentro de la cocina. Apenas transitamos el resto de la casa. Está muy fría… La estación es larga, muy larga. Por suerte no acostumbra a hacer viento, pero si nieva cuesta mucho que marche. Una vez fuimos a Gobernador Gregores a comprar reservas para aguantar el invierno, nevó y ya no pudimos regresar al hogar. Tuvimos que esperar cuatro largos meses. Al volver pudimos comprobar que nuestra ausencia había sido desastrosa. Varios caballos murieron de frío y hambre. Casi perdimos todo el ganado. Costó años, muchos años, poder superar el duro golpe. Fue una época llena de necesidades y limitaciones.

Carlos nos enseña su colección de puntas de flechas loa Araucanos o Mapuches (*1). Se enorgullece del esfuerzo de la búsqueda que le ha llevado a tener más dos centenares de ejemplares. Según el para encontrar una punta de flecha puedes pasarte días y hasta semanas rastreando el suelo.

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Los restantes días los ocupamos en hacer un poco de turismo al lugar más conocido de Patagonia: el Glaciar Perito Moreno (que nada tiene que ver con la población de Perito Moreno y el Parque de Perito Moreno). Resulta ser una derivación del hielo continental que rompe en dos el inmenso Lago de nombre análogo. La lengua de hielo, de quilómetros de longitud y muchos metros de espesor, forma un dique natural que evita que el agua fluya con naturalidad ha ambos lados de la lengua helada. Por tal motivo los niveles van diferenciándose y uno de ellos aumenta de altura mientras el otro continua estático. La propio fuerza del agua retenida revienta el dique natural de hielo y se vuelven a nivelar la altura del agua de ambos lados del glaciar. Tras ello la presión de los hielos vuelve a cerrar la grieta del dique y nuevamente se acumularse agua en uno de los laterales del glaciar. Es un extraño proceso natural que se repite cada cinco años y que resulta ser un espectáculo único. El glaciar del Perito Moreno, a pesar de su aspecto gigantesco y salvaje, es accesible por carretera con coche, y un innumerable enjambre de turistas lo visitan cada día durante la temporada alta. Nosotros, por suerte, madrugamos un poquitín más de la cuenta, y disfrutamos del paseo entre el canto de los pájaros y el estruendo sonido de los hielos al desquebrajarse. Justo cuando marchábamos centenares de turistas iniciaban el descenso hacia la lengua glaciar, más atentos de sus gritos y conversaciones que del mensaje subliminal de la naturaleza salvaje.

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El último pueblo antes de llegar al famoso glaciar es Calafate: una nota de color en medio de la nada. Hasta aquí llega  la carretera asfaltada, directamente desde Río Gallegos, pequeña ciudad que dispone de aeropuerto. El turista que procede por esta vía rápida evita los interminables kilómetros de ripio, evita las agrupaciones de casas perdidas en la nada, evita la búsqueda de gomerías (*2), evita, en definitiva, la Patagonia inhóspita, cruda y transparente. Tan cruda y transparente como el aire que siempre la transita sin encontrar la pausa y la paz. De vuelta a San Julian llegamos a recorrer 220 quilómetros por pistas de ripio sin cruzarnos con ningún otro vehículo ni ninguna otra alma humana. Muy esporádicamente un cartel indica una bifurcación de caminos que llevan a alguna estancia solitaria ¿Pero quien puede vivir en un lugar como este? Atravesando los páramos infinitos del fin del mundo una sensación nos embarca: si te mueres en un lugar como este, no te encuentran ni los cóndores.

(*1) Los Mapuches o Araucanos eran los indígenas que poblaban la Patagonia antes de la colonización española y que fueron exterminados por los invasores.

(*2) Las “gomerias” son arcaicos talleres en lo que se reparan y rechutan una y otra vez los neumáticos agujereados y pinchados por el ripio. Por extraño que parezca resulta muy improbable, por no decir imposible, encontrar neumáticos nuevos en medio de la Patagonia más profunda. El día a día se tiñe de una lucha por la supervivencia que nos recuerda que, por mucho que se obstinen ciertos políticos locales, ciertas regiones de Argentina están más próximas al tercer mundo que al primer mundo.caleidoscopi 1150

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LA CORONA DE ANDORRA – EL TAO DE LAS CUMBRES

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Integral Andorra (9)

Durante el verano del 2013, con mi buen amigo y compañero de fatigas Jordi Villamayor, alias “Fanatik”, realicé una bonita y larga travesía de cumbres por el Pirineo. Se trata de la que hemos denominado la “integral” o la “corona” de Andorra, la cual consiste en la larga sucesión de cumbres y crestas que delimitan este pequeño país pirenaico. Un total de 10 días de travesía por altas cumbres, viviendo en ellas, bajando tan solo a pequeños lagos cercanos al cordal para dispensarnos de agua y vivaquear. Se ha tratado de una pequeña, cercana y entrañable aventura. Es el Tao de las cumbres.

La gran travesía se divide en dos zonas bien diferenciadas, la que denominamos el arco sur por un lado y el arco norte por el otro. El arco sur es el tramo que va desde el Port d’Envalira, accesible en vehículo, y la propia población de Andorra la Vella. Y el arco norte es la zona superior, situada por encima del rio Valira, que empieza en Andorra y termina en el Port d’Envalira pasando por los circos de Coma Pedrosa, Ordino, Ransol y Juclar.

Integral Andorra (24)

Arco Sur. Primer día: Empezamos a medio día bajo una niebla fría y húmeda. A pesar de ser verano, el termómetro del Port d’Envalira, a más de 2.400 metros de altura, marca tan solo 5º C de temperatura. Ambiente desapacible pero buen estado de ánimo y fe en una mejor previsión meteorológica. El tramo de cresta, con algunos pasos de III+/IVº, por terreno húmedo y resbaladizo sobre una roca fría y casi verglasada requiere nuestra atención, más teniendo en cuenta que llevamos a la espalda una buena mochila. El sol de tarde nos sonríe en la cumbre del Pic Negre d’Envalira y con él los cálidos rayos ayudan a desentumecer el espíritu. A partir de este momento las dificultades decrecen y a tramos son absolutamente nulas, lo cual nos permite progresar sin cuerda por los ya cálidos cordales del Circ de Collels y Pessons. Hacemos noche en la cumbre del Montmalús, donde un sol misterioso, el mismo que nos alegró la sosegada tarde, se esconde sigiloso y tímido entre nieblas quebradizas. Noche en lo alto de la montaña, noche en lo alto de nuestros sueños.

Integral Andorra (37)

Arco Sur. Segundo día. Hoy es un día de aquellos que caminaremos mucho más de lo que escalaremos. De hecho tan solo hay un primer tramo de cresta en la zona del Pic de Ribuls, con sus tres agujas características. Luego andar, andar, andar, hasta que las piernas nos aguantes, hasta que el día concluya. Breves chubascos que nos afectan en las inmediaciones de la Refugio de l’Estany de l’’Illa. Cuatro gotas que caen mientras disfrutamos de una pausa a buen recaudo para comer y reponer fuerzas. Poco más tarde, al reemprender la marcha, el cielo vuelva a abrirse y nosotros agradecemos en silencio nuestra dicha. Podremos aprovechar el día y dejaremos atrás las bonachonas cumbres del norte de la Cerdanya: la Tossa Plana de Lles, el Tossal Bovinar, hasta dormir en el amplísimo collado de Peirafita. Por debajo nuestro los famosos Estanys de la Pera, los cuales no visitaremos ya que nuestra intención es “vivir” y dormir en las cumbres. El hombre de las cumbres es espartano y si mínimamente puede, evita el confort de los valles braseados donde se encuentran los bosques y los prados.

Integral Andorra (49)

Arco Sur. Tercer día. Como si de dos bolas de chocolate se tratase, redondas y bonachonas, subimos y bajamos como hormiguitas las dos últimas grandes cumbres del arco sur, el Peirafita y el Monturull. Luego el cordal es tan ancho que parece un campo de aterrizaje, dejamos tras nosotros el Pic Negre d’Urgell y el Calm Colomer para descender por el agradable valle de la Comella, con el bucólico refugio de Prat Primer. Un agradable descubrimiento para aquel que creía conocer ya todos los rincones de la montaña andorrana. Descenso a la capital. Andorra la Vella. Final del arco sur. Los hombres de las cumbres abandonan su hábitat natural y vuelven a mezclarse con el resto de mortales. Una abrupta y desafinada transición para pasar del perfume trasparente de las cimas al olor variopinto de la civilización.

Integral Andorra (41)

Arco Norte. Cuarto día. Con la estimable ayuda del buen amigo Xavi Bonatti hacemos un poco de “trampa” y subimos con coche por Sispony hasta el lugar donde está permitida la circulación de vehículos por el valle de riu Montaner. Xavi nos acompaña hasta el Pic d’Enclar y más tarde al Alt de Covil desde donde se despide de nosotros para regresar al vehículo. De nuevo Jordi y yo aprovechamos las horas de día y la bonanza meteorológica para caminar por los fáciles cordales que nos llevan a las cumbres más altas de la zona de Pal, el Alt de la Capa y el Pic de Port Vell. Allá coincidimos con otros dos montañeros, los únicos que veremos en esta larga travesía de cumbres y crestas. Ellos están realizando la alta ruta andorrana que enlaza valles, collados y alguna que otra cima, pero que poco o casi nada tiene que ver con nuestra larga “corona”. Admito que sentí cierta envidia cuando se despidieron de nosotros con la intención de cenar, resguardarse y pernoctar en el refugio del Coma Pedrosa. Se me antoja como un lujo al cual hemos renunciado en pos a no abandonar los cordales y a nuestra apuesta por la autonomía total. Seguiremos ya cansados deambulando por los sublimes cordales del Sant Fonts, ya con la tarde vieja, con el sol en su ocaso. Últimas luces y últimas energías para el breve descenso hasta las aguas del lago más alto de Andorra, el Estany Negre, a la orilla del cual acamparemos para pasar una gélida noche en uno de los escenarios más alpinos del micro país pirenaico. A tiro de piedra (al menos es lo que parece) la cumbre más alta de toda la travesía. Primer plato del largo menú del día siguiente.

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Arco Norte. Quinto día. Lo bueno que tiene permanecer cerca de las cumbres es que tardas bien poco en ascenderlas. Casi entre bostezos, desayunamos y saludamos al nuevo día en la cumbre del Coma Pedrosa, con sus 2.942 metres, el “techo” andorrano. Empieza aquí un tramo de escalada un tanto espeluznante. Roca agria, desagradable, desmenuzada. Transitamos con los recortes del Malhivern, donde han sido varios los desafortunados accidentes a lo largo de los años. El peso de la mochila no ayuda precisamente a escalar con comodidad, pero de algo debe servir ser gato viejo. Más pronto que tarde, sin más demoras que las necesarias, dejamos detrás este desagradecido cresterio. Quedan atrás las cumbres recortadas de la Roca Entravessada. Subimos el Medacorba para iniciar una nueva cresta, más fácil pero larga, más teniendo en cuenta que enlazamos las cumbres de Racofred con el tercer cresterio del día, el cordal Pic Pla de l’Estany – Angonella – Cataperdís. Tarde de luces, aires y espectaculares cabalgadas sobre los recortados mares de piedra de Soulcem. Desde la cumbre del Cataperdís, cansados ya de tanto escalar y caminar, una prolongada pausa antes de la penumbra. Parece que podamos sentir el rotar del planeta Tierra, su girar eterno. Que afortunado me siento de ser parte de las cumbres en el ocaso del día. Me siento como el anciano que observa feliz las flores de la sabiduría.

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Arco Norte. Sexto día. Desde el Port de Rat hoy recorreremos el circo más norteño de Andorra, la zona del Tristaina. El buen tiempo nos respeta desde el amanecer hasta el anochecer y caminamos y escalamos como si estuviésemos condenados de por vida a ello. ¿Será que seremos ya moradores de las cumbres y no sabemos vivir sin transitar sobre ellas? Nuevos tramos de crestas, algunos sin cuerda y otros en ensamble. Ligeros, compenetrados. Nos comunicamos sin palabras, sin gritos. Son tantas ya las horas nuestras como cordada de escalada, que cada uno sabe con certeza que maniobra está realizando el compañero sin necesidad ni tan solo de observarlo o escucharlo. Somos capaces ya de adivinarnos el pensamiento mutuo sin dudar en nuestro singular código de silencio. Hoy acamparemos de nuevo cerca del agua necesaria de una laguna insigne, diminuta, casi-anónima, situada bajo el tercer cresterio de este maratoniano día, el Pic de Fangasses.

Integral Andorra (52)

Arco Norte. Séptimo día. Dios creó el mundo en seis días y el séptimo descanso. ¡Qué suerte la suya! Nosotros en nuestro acratismo alpino no damos pausa a nuestros sueños, que cabalgan  a rienda suelta como nosotros, entre las finas crestas que recortan tierra y cielo. Somos los seres del retorno, del eterno subir y bajar. Día de lluvia, que por suerte nos sorprende en el último rápel del dentado  y complicado descenso de la cresta este de Pic de Siguer o Fontblanca. Bajo un cielo plomizo y la lluvia suave y fría, dejamos atrás, una tras otra, las onduladas cotas del Serrat del Forn y del Pic del Salt. La noche nos sorprende entre grisáceos nieblas muy cerca ya del Pic de la Serrera. Tenemos que bajar hasta la primera surgencia de agua de la parte alta del valle para aprovisionarnos de agua. Nos tomamos un merecido descanso. Al menos, dentro de la pequeña cápsula de la tienda vivac, ya no llueve. Nos dormimos notando la losa del cansancio y el titilante sonido de las gotas de agua cayendo sobre la tela. El mal tiempo está allá fuera. ¡Aquí dentro de la crisálida de está tan bien! Con poco se contenta el hombre de las cumbres.

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Arco Norte. Octavo día. Mañana de nubes con malos presagios que se desvanecen a medida que las horas avanzan. Nuevas crestas y cordales de poca dificultad que nos permiten escalar sin cuerda y recorrer largas distancias. Quedan tras nuestras livianas pisadas cumbres como el propio Serrera, el Pic de Ransol o los Mill Menuts. La jornada concluye en el Pic de Varilles donde ya sabíamos que nos esperaba una recortada cresta, la cual ya deberá formar parte de otro jornal. Hoy ya hemos fichados las ocho horas reglamentarias más algunas más de propina. El hombre de las cumbres no tiene reloj, pero sus jornadas finalizan cuando el sol está ya en pleno declive. Toca descansar y reponerse antes de que el Astro Rey sea derrotado del todo por la negra oscuridad de la noche fría, devota de las estrellas lejanas.

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Arco Norte. Noveno día. La cresta de Varilles nos entretiene más de lo deseado. Aún retiene humedad de la lluvia de los días anteriores y hasta alguna que otra capa fina de hielo cubre los múltiples destrepes orientados todos ellos a la vertiente norte. Por suerte luego el cordal vuelve a estar formado por onduladas cumbres lo cual nos permite recuperar parte del tiempo perdido. Por la tarde, entre nieblas y cansancio y obviando algún presagio de tormenta, miramos de finiquitar con la mayor celeridad posible la cresta de Juclar, la doceava cresta de esta interminable integral. Nos hemos propuesto llegar al Coll de Juclar y lo conseguiremos. No hay duda. Y será antes de que la noche se cierre. En esta última etapa, hartos ya del peso de las mochilas, hemos prescindido hasta de la tienda para acampar y de la funda de vivac. Dormimos bajo el precario refugio de la capelina. Larga noche donde nuestra propia condensación crea un intermitente gotea de agua que cae sobre nosotros, mientras que el rocío de la noche pasa a ser escarcha al descender el termómetro bajo los cero grados. Aguantamos nuestra condena con cierto estoicismo. El hombre de las cumbres sabe que pronto finalizará su comunión con las alturas repetidas. Volverá a ser el que no era y el que no és.

Integral Andorra (68)

Arco Norte. Décimo día. Seguramente tenemos ante nosotros los tramos más técnicos de cresta. La de Ascobes (cresta núm 13 de la corona) y la de Siscaró (la cresta número 14 y última). La primera de ellas es quizá la cresta reina de Andorra. Espectacular, altiva y de buena roca. Jugamos con la ventaja de que las mayores dificultades las realizamos en sentido descendiente, con lo que podemos auxiliarnos con la técnica de rapel. Ya no nos quedan aros de cuerda para abandonar. Debemos ir cortando la propia cuerda con la cual escalamos y rapelamos para reforzar las instalaciones. Mejor así, menos peso para acarrear ahora que se avecina el fin de la travesía inconclusa. En esta última y larga jornada, más que escalar y caminar, uno tiene la sensación de que vuela por los cordales … Siscaró, Pic de la Cabaneta y por último el Pic de Maià, las antenas, la pista, el ruido de la carretera, y de nuevo en el lugar iniciático. Port d’Envalira. ¿Final de la travesía?.. ¿Final de qué? ¿O será más bien el principio? … Ni una cosa ni la otra. Tras caminar y escalar tantos días por las cumbres al son de las horas, uno sabe que solo hay un camino, tan efímero como eterno, el Tao de las cumbres.

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TORNETRÄSK, VIAJE INICIÁTICO A LAS TRAVESIAS ÁRTICAS

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a (11)La posibilidad de realizar una actividad diferente, relacionada con la aventura, los grandes espacios abiertos y la soledad, pero que no tenga como escenario la alta montaña y el alpinismo, se me plantea en forma de travesía horizontal sobre agua helada. Un viaje iniciático al ártico. La idea cae de manos de mi buen amigo Carles Gel. El es uno de los pocos individuos en nuestro pequeño país de aires mediterraneos, que le ha cogido afición a las travesias árticas, también conocidas como travesías polares (*1). No en vano cuenta con la travesía este – oeste de la isla de Groenlandia, con la travesía parcial del Mar Báltico y con la travesía de la Linari (Finlandia); un ramillete nada desechable dentro de la sociedad catalana, en la que los acontecimientos a grandes latitudes brillan por su escasez.

Cuando logramos coincidir en fechas determinamos nuestro destino final entre varias alternativas: El Lago de Torneträsk, situado en la Laponia Sueca, la zona conocida como Nordland. Carles apunta alto: podemos completar la travesía de Lago con la travesía del Mar Báltico. La agenda está apretada, pero es posible …Yo le dejo hacer y deshacer planes. Juego con la desventaja y la comodidad de ser el inexperto.

a (0)

Los preparativos previos al viaje conllevan la compra de material (esquís y calzado técnico especializado para este tipo de travesías) así como los consejos de última hora del Carles, los cuales pueden resultar de vital importancia para todo aquel que desee realizar una travesía de este tipo:

– Cómprate una cocina de gasolina. Las de gas-propano no funcionan correctamente en el ártico, quizás sea a consecuencia de las bajas temperaturas o de la sequedad del aire, pero lo que es seguro es que solo funcionan bien las de gasolina. Es imprescindible llevar dos cocinas, uno cada uno. Estas cocinas son muy delicadas y si se ensucian mínimamente dejan de funcionar; yo llevé dos el año pasado cuando atravesé el Báltico en solitario, y fue un acierto, porque una de ellas me dio problemas desde el primer día.

– Llévate una muda para cambiarte cada noche antes de meterte dentro del saco y volvértela a sacar antes de emprender la actividad al día siguiente. Si no en dos días te reconocerá cualquier bicho viviente a dos kilómetros de distancia de la peste que harás.

a (1)

– Ya he conseguido los puñales de hielo. Parece una tontería pero son la mejor herramienta para poder salir del agua en caso de que se fracture el hielo bajo tus pies.

– Ah, y prepárate colega … la semana pasada llegaron a – 47* C en las orillas del Báltico. En el interior puede ser que exista una diferencia de 5 a 10 grados menos.

El día de salida nos llevamos una desagradable sorpresa: nieva suavemente en Barcelona. A duras penas cuaja en las zonas con hierba o tierra, las pistas de aterrizaje y las pistas de despegue se mantienen húmedas pero sin hielo. No obstante la gestora del aeropuerto nos demuestra, una vez más, que estamos en un aeropuerto provincial y que, en ciertas ocasiones, nuestras infraestructuras no distan mucho de las maneras de hacer del tercer mundo. Sin previo aviso cancelan todos los vuelos que tienen que salir por la mañana. Pasamos un día horrible entre colas, dando vueltas y maldiciendo la falta de información y de organización del maldito aeropuerto. Un día más tarde podemos salir. Por suerte la nieve en Barcelona siempre es muy testimonial. Al llegar a Kiruna aterrizamos en una pista completamente blanca y a una temperatura de – 25 * C. sin ningún tipo de problemas o demora con el horario establecido. Si hasta ahora siempre me había sorprendido el cambio de escenario al ir de mi país a otro menos desarrollado, ahora la sensación es profundamente inversa. Al llegar a Suecia creo tener la sensación que debe tener cualquier subsahariano al llegar, por primera vez, a Catalunya tras abandonar su país de origen.

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Suecia es un país puntero en el prototipo de la sociedad de bienestar. Durante muchos años se ha considerado, junto con sus vecinos escandinavos Noruega y Dinamarca, el ejemplo a seguir para colmar las perspectivas de mejorar nuestra propia calidad social. No obstante el tiempo está pasando factura por el sobreesfuerzo fiscal que esta sociedad representa para todo aquel que trabaja y tributa, por lo que ciertos expertos apuntan que se ha encontrado el talón de Aquiles de una sociedad que se creía camino a la “perfección social”, y ahora se tiende a tomar como ejemplo otros países donde las libertades sociales están más avanzadas y la mentalidad de los habitantes más rica y abierta, como sería Holanda. Sea como sea, mi país de origen (Catalunya) y el estado que me han impuesto (España), aún está a años luz del bienestar social sueco (sobretodo en Catalunya por el desequilibrio fiscal) y de la mentalidad libertaria y avanzada de Holanda (sobretodo en lo que respecta a la España profunda, eclesiástica y tavernícola de derechas).

A consecuencia del cambio de fecha de llegada por las anulaciones del tránsito aéreo, sufrimos un malentendido con el transporte del material que hemos alquilado en Laponia (Pulkas, puñales y bidones llenos de gasolina), y perdemos una jornada más. Esta segunda pérdida nos obliga, de manera definitiva, a replantear nuestro proyecto y a escoger entre una de las dos travesías programadas. Al final optamos por el proyecto inicial: Torneträsk. Al fin y al cabo estamos en Kiruna, a pocos kilómetros del inicio del recorrido.

Kiruna es la capital de la Laponia Sueca. Es un lugar inhóspito que tiene fama de ser terriblemente frío hasta para los propios suecos del sur. – Kiruna, que frío! – me había comentado una amiga sueca cuando le anuncié que visitaba su tierra de origen. ¿Has estado alguna vez allí? Le pregunté. No, pero todos los suecos sabemos que Kiruna y el Nordland es una tierra mucho más fría que el resto del país. La riqueza y prosperidad de Kiruna se han debido, en gran medida, a las minas de extracción de hierro situadas en las cercanías de la ciudad. El material extraído circula por vía férrea hasta la costa noruega de Narvik, desde donde tiene su salida al mar. Es tan accidentado el litoral escandinavo que el mar continua siendo, y será durante mucho tiempo, la mejor alternativa de transporte respecto al transito terrestre. La posesión del hierro de las minas fue la causa principal de una de las desgraciadamente célebres batallas navales de la segunda guerra mundial. Alemanes e ingleses lucharon aferrizadamente en el año 1.940 y el triunfo nazi hizo que la extracción minera fuese explotada por los germanos hasta la caída del tercer Reich. Hoy en día el turismo resulta ser otra buena frente de ingresos para este rincón perdido por encima del círculo polar ártico. La abundancia de bosques y la tala de madera, — recurso general del país –, constituyen el otro pilar de la economía local. No obstante la notoria riqueza del lugar, los edificios y la población en si, resultan ser feos, de estética desagradable. Nos recuerdan las construcciones de las ex-repúblicas soviéticas, de formas severas creando grandes bloques fríos y cuadriculados, con la diferencia de que aquí los edificios no están desconchados y no amenazan con caerse a trozos. En alegre constante con tan desafortunada arquitectura, tenemos la hermosa iglesia de madera de Kiruna Kyrka, verdadero símbolo de la región de Nordland.

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El primer contacto con Kiruna viene condicionado, — como no  —, por el intenso frío. La temperatura el día de nuestra llegada, con la noche más negra que la boca de un lobo, ronda los – 25 * C. No obstante el tiempo es esplendido: sin viento y con el cielo completamente despejado. En el firmamento hasta las estrellas parecen estar congeladas.

Al día siguiente recogemos las pulkas poco después del mediodía. Demasiado tarde para empezar hoy nuestra travesía. No ganamos nada caminando poco más de una hora y acampando sobre el frío hielo del lago, tan solo pasar una noche precaria y levantarnos al día siguiente con las fuerzas ligeramente mermadas. Es mejor cenar cómodamente, dormir en el confort del albergue y salir más temprano al día siguiente. Seguro que la posible marcha de la tarde puede ser completamente recuperada al día siguiente. Es más, seguro que si iniciamos la marcha por la tarde, durante la jornada posterior realizaremos un trayecto sensiblemente más cortó por el tiempo a invertir en desmontar el campamento y preparar las pulkas. No hay divagación posible. Carles y yo nos mostramos un tanto defraudados por demorar otro día más el inicio previsto de la primera travesía, que ahora a todas luces adivinamos que será la única de este viaje. No obstante el buen humor y una alta motivación nos acompañan durante la víspera a la entrada al lago. Disfrutamos de la última cena con temperatura ambiente confortante y con mesa servida antes de acometer nuestro proyecto. Una ilusión infantil me embarga ante la perspectiva de vivir una experiencia innovadora. Por un instante siento que el alpinismo y la escalada me han hecho una persona constante y perseverante en mi afición, pero paralelamente han envejecido mi ilusión por el cambio. Mañana estaré por fin esquiando en medio de una infinidad blanca, perdida en los inacabables bosques boreales.

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Al día siguiente el taxista nos espera puntual a la hora prevista. Demasiado temprano para nuestras mentes holgazanas acostumbradas a la manera de vivir de los aires mediterráneos. Para los escandinavos la puntualidad es una cuestión sagrada, y el hecho de esperar quince minutos es un duro golpe para nuestro conductor. A pesar de ello yo estoy radiante de energía. Entro al taxi de un salto y cierro la puerta moviéndome como un jinete texano domador de búfalos.

Let’s go ¡ — añado para redondear mi entrada triunfal.

El taxista me dirige una mirada tan fría como la temperatura exterior. Si las miradas matasen, ahora hubiese sido desintegrado al instante. Sin dirigir palabra alguna, el taxista inicia la conducción hacia el pueblo de Kurravaara, situado a las orillas del lago, sin perturbar su rostro tristemente agriado. Siento una profunda lástima. En general los habitantes de los países del norte suelen tener muy poco afectivos. Seguro que el clima riguroso, la larga noche y las lluvias persistentes del verano son una de las causas principales de esta antipatía. También el sistema de vida social, excesivamente educado, legislado y correcto. Me pregunto si alguien, alguna vez, tendrá la iniciativa de montar una ONG en un país como este, que se denominase algo así como “Alegría sin fronteras” y evitase que la cara de perro rabioso se incrustara en el rostro de los taxistas desde que salen de la cama hasta que se vuelven a acostar.

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Cuando llegamos a orillas del lago el taxista nos insta a descargar el equipaje con cierta premura y marcha sin demasiada ceremonia. Un grupo de casas cerradas a cal y canto y unas cuantas barcas bocabajo, colgadas por la nieve, son los únicos testimonios del inicio de nuestra marcha. Yo estoy expectante e impaciente. Hacia tanto tiempo que no probaba nada tan nuevo en el ámbito de la montaña! Me ajusto el arnés, siguiendo las instrucciones de mi atento compañero y pronto empiezo a estirar de la pulka. Los primeros pasos son un tanto inciertos, la presión de la carga se me descarga sobre el abdomen y no sobre la espalda, por lo que temo que una presión intermitente y constante sobre la barriga pueda resultar insoportable en cuestión de horas. Me cuesta cogerle el punto necesario al arnés y Carles empieza a mostrar signos de impaciencia. No en balde, su primer intento de cruzar el Mar Báltico se vio truncado por las cualidades insuficientes de su compañero, y sin duda las primeras muestras de que la travesía no llegará a buen puerto se ven el primer día. En esta actividad el tomar un ritmo constante y no abandonarlo es algo básico. Las paradas intermitentes ralentizan el avance de una manera exagerada. Al cabo de dos o tres kilómetros, por fin consigo ajustar adecuadamente el arnés y Carles se tranquiliza cuando me ve seguirle sin pausas y a buen ritmo. Yo disfruto por primera vez de la extraña experiencia de caminar sobre un lago helado arrastrando pulkas. Es cierto que en lugares como el Pirineo o Gredos he atravesado algún lago helado para acceder a una pared o a una cascada, pero nada tiene que ver con una larga travesía de varios días en medio de una inmensidad blanca. El “blanco infinito”, como titula Carles a su novela sobre la travesía del islandis de Groenlandia que realizó pocos años antes de costa a costa. No obstante los primeros días de travesía aún no estamos en el lago propiamente dicho, sino en el ancho río de desagüe del mismo conocido como el Torneälven. A pesar de considerarse un río de ancho caudal, su amplitud es tal que supera a la de la mayoría de lagos que nosotros, — habitantes de tierras mediterráneas – estamos acostumbrados a ver.

Seguimos los trazados de las motos de nieve. Unas verdaderas autopistas que acostumbran a ser muy seguras y cómodas, puesto que la nieve está reiteradamente prensada. En las zonas donde el río se estrecha la pista trazadas por las motonieves abandona el cauce y cruza tierra firme. La gente del lugar ya nos han advertido sobre el peligro que esconden los estrangulamientos: donde el agua corre de manera caudalosa y rápida, el hielo puede ser frágil y romperse. Una caída en una zona rápida puede tener graves e inmediatas consecuencias. El margen de acción es sumamente corto. La temperatura del agua ronda los 0* C y la temperatura exterior puede ser, en el mejor de los casos, de -15* C.

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Un par de horas más tarde nos percatamos de que nuestro rumbo es el contrario del deseado, estamos en las cercanías de Laxforsen, situado mucho más al S.E. de nuestro punto de partida, cuando la dirección que deberíamos haber tomado tras salir de la bahía era la contraria, o sea S.O. Carles maldice el error. En mi interín me río de tanto GPS y tanta tontería, pero prefiero no dar nuestras de mi despreocupación a mi compañero que me muestra irritado por los kilómetros de propina. De vuelta sobre nuestros pasos descubrimos que en la zona más cercana a nuestro punto de partida, el lago se ha llenado de varios grupos que realizan diversas actividades sobre el hielo. Los unos esquís de paseo, otros se deslizan en motos de nieve, un grupo transita con un trineo de perros y un comando del ejército sueco hace prácticas de paracaidismo. Durante el mediodía la aglomeración de actividades es tal que creo estar en medio de un parque temático en vez de sumergirme en la magia de una travesía  solitaria y lejana, lo que me entristece sinceramente.

Por la tarde volvemos a dejar de lado las construcciones costeras de Kurravaara y nos adentramos en dos estrechos del río conocidos como el Nourajärvi y el Váhkujávri. Entre ambos un tramo del río esta abierto en su parte intermedia y vemos correr el agua con fuerza. Es increíble que a más de –20* C la superficie del río no se congele en su totalidad. Las zonas abiertas cuestan de divisar desde lejos y entrañan el principal peligro de este tipo de travesías. Con la puesta del sol me deleito con lo que será mi primera noche en un campamento ártico en medio de una inmensidad blanca. Antes de la entrada definitiva de la noche el termómetros casi marca –30* C. Al otro lado del río una lucecilla delata la existencia de una casita aislada. La luz de la lumbre contribuye a recrudecer nuestra realidad. Cenamos con prisas para evitar que el plato recién calentado se vuelva a congelar y anhelando el confort del saco. La noche es más dura de lo que esperaba, sobretodo por las pequeñas dimensiones de la tienda. Las paredes rápidamente se llenan del vaho congelado de nuestra propia transpiración y al más leve movimiento, van cayendo capas de escarcha sobre nuestros sacos que, automáticamente, se funden por el calor de los mismos y van humedeciendo la pluma interior.

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Al día siguiente nos vemos en la obligación de abandonar el río en una zona de estrechos conocida como Váhkuguoika. Las aguas están completamente abiertas por las corrientes a pesar de que las temperaturas diarias fluctúan entre los –15* C y los –30* C. En este sector travesamos los bosques de Murhávarri siguiendo siempre las pistas de las moto nieves. Al entrar en la siguiente sección del río las dimensiones se dilatan. Es la zona conocida como Alajávri. Aquí, en la Laponia, aún no se considera lago. A pesar de ello es mucho más ancho y largo que la gran mayoría de los lagos pirenaicos. La segunda noche nos alcanza en el inicio de la travesía de la sección del río denominada “Jradijávri”. La noche aún es más helada que la anterior. Llegamos a –27* C en el interior de la tienda y a –35* C en el exterior. A medianoche vienen unos borrachos motorizados que nos intentan convencer para que pasemos la noche en su casa, situada a unos 7 Km. Tan solo tras declinarles la invitación una y otra vez, logro que nos dejen en paz, maldiciendo el frío que me han hecho pasar al haberme incorporado de medio cuerpo para atenderles. Carles se ha dado medio vuelta y los ha ignorado por completo, dejándome a mí el trabajo sucio. Cuando nos despertamos Carles está irritable. La segunda noche en la tienda ha sido mucho más dura que la anterior, por el aumento del frío y por el hecho de que los sacos ya están saturados de humedad. Maldice que la tienda sea tan pequeña y se niega a pasar uno noche más dentro de ella. Mientras hablamos, dirige su mirada hacia un posible retorno. Sabe que en una jornada de marcha volvemos a Kurravaara. Yo, que ya empiezo a conocerlo demasiado bien, se que está a punto de renunciar a la travesía. En mi ínterin me cuesta entender como fue capaz de atravesar Groenlandia de costa o costa y que ahora se plantee dejar el Torneträsk ante la perspectiva de la incomodidad de una tercera noche en la tienda. ¿No forma parte del juego cierta incomodidad?, pero Carles tiene el umbral del sufrimiento y del compromiso a una escala muy por debajo de la fuerza de ilusión que le ha impulsado siempre a querer llevar a cabo sus propias gestas montañeras. Es por eso que se ha creado su propio mundo y se ha convertido en uno de esos peculiares personajes que giran a parte de la órbita alpina del país, trazando su propio cosmos. A pesar de ello es mi amigo y lo aprecio, a la vez que no me angustia la posibilidad de abortar tan rápidamente la empresa de la travesía. Sin dudarlo un instante evito la confrontación y la sustituyo con un despreocupado entusiasmo: No te preocupes, que la próxima noche dormimos en una cabaña. Le metemos morro y ya verás como algún autóctono nos deja dormir dentro de su casa.  

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Dicho y hecho. Al final de la tercera jornada, y tras atravesar el magnífico bosque de Skálmevárit, nos adentramos por fin en el Torneträsk y buscamos cobijo en la agrupación de casas situadas en la orilla norte, conocidas como Korttolahti. Aquí comprobamos que la hospitalidad gratuita forma parte del rudo ambiente de la vida de los  lapones. Es una especie de ley natural que se implantaron los antepasados para poder sobrevivir dentro de un medio tan hostil. Tras la tercera jornada reponemos fuerzas al lado de una chimenea y dormimos en mullidos colchones. Dentro de la construcción llegamos a los 30* C, fuera la temperatura desciende por debajo de – 25 * C. ¡Una abrir y cerrar de la puerta para salir al exterior representa un cambio térmico de casi 60 * C!. Ambos estamos contentos, Carles porque ya se olvida de la incomodidad de la tienda y yo porque se que continuaremos la travesía.

Al siguiente día atravesamos el Torneträsk por el centro. La sensación de blanca infinidad se acentúa, por mucho que siempre son bien visibles las orillas y tras ellas las elevaciones montañosas. El Lago, a pesar de tener las aguas tranquilas, es muy profundo, lo que implica que la congelación cueste de consolidarse. Cruzamos zonas de grandes grietas y fisuras con la debida precaución, sabiendo que bajo ellas hay más de 70 metros de profundidad de frías aguas. Por la tarde el tiempo empeora. La niebla cubre a ratos el lago y deja caer esporádicas nevadas. Al anochecer estamos en las orillas del pueblo de Stenbacken, intentando, sin éxito, repetir la misma operación que el día anterior: dormir en una casa particular por caridad. No obstante todos los hogares parecen deshabitados. Por fin encontramos un refugio libre en una zona de picnic a pocos metros de la carretera y de la línea de tren. No puedo dejar de pensar que esta realidad tan civilizada y cómoda dista mucho de la idea preconcebida de lo que pensaba que sería mi primera travesía ártica.

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La próxima jornada amanece con un día ventoso, frío, nublado y con nevadas intermitentes. Carles no lo duda dos veces: da por finalizada la travesía. Según él, ya la ha realizado.

– Una travesía – me dice – no es como una vía alpina. No tienes porque iniciarla y concluirla en lugares determinados. Si ya has estado varios días yendo de un lugar a otro puedes concluir cuando quieras, que tú ya has realizado una travesía.

Por supuesto, yo no comparto su opinión. Al contrario, considero que nos quedamos a medias y que aún podríamos esforzarnos en continuar. Al fin y al cabo tenemos días y comida de sobras, tan solo que una nueva jornada con un avance ralentizado por el mal tiempo comporta no llegar a la próxima población (Abisko) y, por tanto, tener que pasar una noche en medio de la tormenta y dentro de la minúscula tienda de campaña. Carles apela a su experiencia para imponer su criterio. Yo apelo a la resignación y a mis pocas ganas de discutir. Además que una premisa alpina es la de no obligar a emprender al compañero ninguna empresa no deseada La determinación de continuar debe ser común, tanto en una arriesgada vía alpina como en un paseo con esquís sobre un lago helado.

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Cuando hablamos con nuestras respectivas familias constato la gran diferencia de criterio entre Carles y yo. El habla de una tormenta terrible que no nos ha permitido continuar. Yo hablo de un poco de mal tiempo que ha provocado que nos diese pereza caminar. Parece increíble que los dos hayamos coincidido en el tiempo cronológico y en el espacio físico e interpretemos la realidad de maneras tan singulares. Horas mas tarde estamos en Kiruna. Fin de trayecto. Al día siguiente visito el curioso Hotel de Hielo de Kiruna (*2) y los últimos días, para acabarlos de pasar, visitamos a unos amigos de Carles que viven en las cercanías de Lulea. Love y Tatiana, que viven con su hijo Elías.

Love es lapón. Tatiana es ecuatoriana. Ambos tienen una empresa de aventuras que explota diferentes atractivos que tiene el ártico para los turistas que desean hacer algo más que turismo convencional. Love también conoce el mundo de las travesías árticas. Durante los dos días pasados con él, me empapo de anécdotas relacionadas con la vida cotidiana en el mundo salvaje del ártico, de la historia de su tierra y de la realidad actual.

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Durante una excursión realizada en las proximidades de su casa vemos torretas de vigilancia: Son de la segunda guerra mundial. Suecia consiguió no implicarse en el conflicto, pero los alemanes violaban con total impunidad nuestro espacio aéreo, por eso el gobierno lleno los bosques de torretas de vigilancia, para al menos controlar los movimientos del vecino litigante.

También me habla de los lapones, sus costumbres y su mitología.

– Los lapones nunca llegaron a representar el infierno. Para ellos tan solo existía la tierra y el cielo, o sea, el lugar en el que vivimos y el lugar al que vamos a parar cuando morimos.

– El año lapón tiene 8 estaciones bien diferenciadas. El verano tan solo dura 3 o 4 semanas y coincide con el mes de julio. Luego viene el preotoño, que se inicia en agosto y comporta la llegada del frost (viento frío y helado que escarcha la tierra en las montañas durante la noche). A final de agosto y principios de septiembre las noches ya son frías en todo el país y las hojas de los árboles amarillean, aquí ya ha empezado el otoño. El pre-invierno coincide con octubre y la llegada de la nieve. Luego viene el invierno, la peor y la más larga de las estaciones. Empieza a principios de noviembre y finaliza a finales de febrero. Durantes los días de Navidad y final de año la oscuridad es absoluta. Tan solo se divisa una tenue línea de luz en el horizonte hacia mediodía, son falsos amaneceres. A partir del 15 de marzo entramos en la que nosotros denominamos el invierno – primavera, aún hay nieve por doquier pero el día y la noche se equiparan en duración: 12 horas cada uno. En abril y mayo viene la primavera. Es el momento en que marcha la nieve pero el paisaje aún está gris y húmedo y apenas empiezan a despuntar las hojas en los árboles. En junio encontramos el pre-verano. Es la explosión del verde y de las flores. Los días duran 24 horas. Nunca se hace de noche. Es quizás la mejor época, la precedente del corto verano. Aquí concluiría el círculo que se repite año tras año.

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– Los lapones tiene más de 80 maneras de llamar la nieve: Pluma, azúcar, cemento, grasa (que es resbaladiza, fina pero compacta), guante de lapón (copos inmensos), mojada, seca, pegajosa, fina, granulosa, etc … también tiene diferentes nominaciones dependiendo del ruido que hace al ser pisada, etc ..

Mitologia lapona (5)Mitologia lapona (9)Mitologia lapona (1)Miitologia lapona (2)Mitologia lapona (14)Mitologia lapona (10)

Los lapones han sido, desde siempre un pueblo nómada. ¿Ves esta foto? – Me señala un libro que he adquirido sobre la vida lapona – pues fíjate que un pastor aguanta los cuernos del reno y otro le muerde la entrepierna. Era la manera tradicional de castrar a los animales para hacerlos mansos: a mordiscos.

– El Sami es el conjunto de dialectos que habla los lapones, tanto los suecos, como los noruegos, finlandeses y rusos. Ahora casi se ha perdido. Los gobiernos de los respectivos paises obligaron a la alfabetización de los pequeños a principios del siglo pasado, desintegrando a muchas familias e ignorando por completo el habla autóctono de la gente del norte. Hoy en día existe algún colectivo con cierto carácter nacional dentro de los lapones, que reivindica su unidad y su lengua; pero no recibe ningún tipo de ayuda por parte de las diferentes administraciones estatales, por lo que el futuro inmediato de esta manera de vida es más que incierto. De hecho diferentes variedades del Sami ya se consideran que pertenecen al cada vez más extenso repertorio de lenguas muertas europeas. (*3)

(*1) A mi humilde entender ambos términos no deberían confundirse. De hecho deben ser consideradas las travesías polares aquellas cuyo destino principal pasa a ser uno de los polos (geográfico o magnético) de cualquier de los dos hemisferios. Travesía ártica debe ser considerada como toda aquella travesía que se desarrolla por encima del círculo polar ártico; tan solo una travesía al polo norte puede ser considerada, a la vez, como una travesía polar y ártica. El resto de supuestos descartarán uno de los dos objetivos que adjetivan el tipo travesía.

(*2)  El hotel de ielo es la atracción turística más famosa de Kiruna. En realidad se localiza en la población de Jukkasjärvi, a 18 km al este de Kiruna. Cada incierno se construye extrayendo bloques de hielo del cercano rio. Esta totalmente construido con nieve y hielo. Tiene unas gélidas habitaciones, que se mantienen a una temperatura constante de – 5 * C, una capilla, un bar, una sala permanente de esculturas de hielo y hasta un anfiteatro donde se interpretan obras en laponés. Una visita obligada para todo aquel que viaje a Kiruna.  Más información en la web http://www.icehotel.com

(*3) Hay cinco variedades de Sami. El del norte (cabo norte y norte de Noruega) que está considerada como una lengua en peligro. El Sami de Lule y del sur se considera lenguas particularmente amenazadas. El Sami central es una lengua moribunda y el Sami de Kemi (Finlandia) ya es una lengua muerta. Fuente: estudio publicado por la UNESCO en el año 2005.

Autor: PAKO CRESTAS Síguenos en instagram @pakocrestas #viatgesmonpetit

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EL NIÑO PARABOLT, UNA ALTERNATIVA DIFERENTE PARA ESCALAR UN 3.000 PIRENAICO

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El tiempo pasa volando, más deprisa de lo que parece, y hacía ya bastantes años que no le dedicaba tiempo veraniego a las paredes pirenaicas para trazar nuevas líneas de escalada en roca. Parecía ya formar parte de otra vida aquellos tiempos en los que dedicaba buena parte del estío a vagar por valles recónditos del Pirineo y escalando algunas vertientes completamente inéditas y en ocasiones vírgenes.

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En esta ocasión pretendía algo diferente. Es evidente que abrir vías de roca en verano en las paredes recónditas de la vieja cordillera pirenaica es un saludable ejercicio para el espíritu montañero y aventurero; pero también es evidente que las rutas de aventurilla que quedan prácticamente desequipadas caen rápidamente en el olvido y gran parte de ellas ni tan solo son repetidas. Ahora mi buen amigo Joan Lluís y yo pretendíamos dar a luz una gran clásica, sobre buena roca, de una dificultad “popular” y en un paraje que reuniese todas las maravillas de la alta montaña pirenaica, aquella que levanta sus puntas pétreas por encima de los 3.000 metros.

En esta ocasión sería la primera via de este género a tal altura en el Pirineo que quedase completamente equipada con parabolts y que fuese toda ella rapelable. Al estilo de lo que se encuentra en montañas como la Dent d’Orlú o Gourette pero con una diferencia sustancial: donde empieza y donde acaba la via.

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El escenario escogido fue la sábana gris de la Marmolera, en la vertiente sur del Comachibosa (más conocido como Vignemale), en la cabecera del Valle de Ara. El inicio de la via, en el circo sur de la corona de la Marmolera, a 2.850 metros de altura. El circo con neveros perpetuos cuya cubeta lateral visitan todos aquellos que ascienden el Vignemale por el corredor Moskova. El final, en la misma arista somital de la corona de tres miles del Vignemale, a vista de pájaro sobre el agonizante glaciar d’Ossoue y a poco metros de la cumbre del Montferrat.

Una aproximación, larga, larguísima, que implicaba un problema añadido al hecho de querer abrir una via de estas características, que era el transporte de los quilos de material que necesitábamos transportar para dejar la via tal como deseábamos, o sea, bien  equipada. Parabolts, descuelgues, taladro, baterías…. A parte de las cuerdas, material auxiliar de escalada, la tienda, la comida, sacos, etc….

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Pocas veces me ha pasado que antes de abrir una via ya tuviese claro que nombre le pondría. En este sentido soy un poco supersticioso y siempre he considerado que “no hay que vender la piel del oso sin haberlo cazado”. Pero cuando empezamos a caminar la primera jornada hacia la cabecera del valle, con todos los fardos encima, solo me faltó incorporar a la mochila de 30 quilos que llevaba a la espalda otra mochila pequeña en la parte frontal con parte de los parabolts y 7 quilos de peso sobre la barriga, para maldecir el “embarazo repentino”.

…¡Como pesa este niño Parabolt!, le comenté entre risas y esfuerzos a mi compañero, y con el P … niño parabolt nos quedamos. El sobreesfuerzo del primer día lo pagué caro. Una persona pequeña y delgada como yo, de tan solo 55 quilos, no está hecho para cargar con casi 40 durante una cuantas horas. Al día siguiente, mientras me recuperaba del sobre esfuerzo, Joan aún tuvo ganas de hacer un primer porteo a pie de pared, quedándose a media subida. También él notaba el sobre esfuerzo del día anterior, más cuando acarreó mayor carga, aprovechando su constitución atlética de 90 quilos. Cada uno lo suyo.

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La sorpresa fue mayúscula cuando al día siguiente, nuestro primer día en pared, no encontrábamos el petate que había dejado Joan a media subida. Después de dar unas cuantas vueltas, subidas y bajadas, apareció de nuevo el niño Parabolt en medio de la pedrera inclinada, y pudimos continuar con nuestra aventura. Aquel primer día en pared fue bastante productivo y ya descubrimos lo que sería la tónica de la escalada. Sol, roca agradable, dificultad moderada (IVº) y un ambiente espectacular. Largo descenso entre últimas luces de la tarde, disfrutando del danzar de unas pocas nubes de colores cambiantes. Creíamos estar a media pared con los 4 largos escalados, apreciación que más tarde vimos que era incorrecta. La perspectiva de la vertiente vista desde el circo engaña, como tantas otras veces cuando estas al pie del murallón.

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Tras una jornada de descanso volvimos de nuevo a la pared, con la intención de acabar la via, pero se acabaron antes las baterías, justo bajo la que denominamos “lastra de la muerte segura”, un enorme bloque en incierto equilibrio tan grande como una camión que está suspendido sobre la última reunión que equipamos aquel día. No quedó más remedio que descender con 8 largos bien abiertos y esperarnos un año. Era octubre y justo pudimos aprovechar la última semana de tiempo cálido antes de la llegada del general invierno. A pesar de no finalizar la vía estábamos contentos e ilusionados, nuestro proyecto avanzaba viento en popa y ya teníamos la excusa perfecta para merodear un año más tarde por los plácidos prados del valle de Ara, con la mirada fija en la altiva pared de la Marmolera.

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Y este verano pasado ninguno de los dos faltó a nuestro “pacto de caballeros”. Es más, se incorporó al equipo el buen amigo “Paco GPS”, otro hombretón de 1,90 que hizo más liviano el transporte de los fardos hasta pie de pared. Los últimos parabolts, las baterías, el taladro… pero esta vez ya teníamos las medidas tomadas y sabíamos que, si la meteo nos respetaba, era cuestión de una día más de “feina” para concluir esta hermosa via.

Y así fue, veni, vidi, vici. Buena jornada con sol desde el alba hasta el crepúsculo, sin viento, temperaturas agradables a pleno sol y conclusión de la via sobre la arista con vistas al glaciar. ¿Qué más se puede pedir? Subir hasta los 3.200 metros escalando, ver el glaciar con los pies de gatos calzados y bajar por el sistema de rápeles recientemente equipados con buenos parabolts y anillas. Todo un lujo.

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Ahora que las nevadas y los fríos rigurosos vuelven a dominar estas altivas tierras que rozan el cielo, un estático letargo invade el niño Parabolt. Pero como siempre, volverá el sol a alcanzar la alta parábola, volverán los días a ser larguísimos y las temperaturas estivales harán de nuevo agradable y placentero el tacto de la roca. Allá os espera nuestra nueva via, diseñada para el deleite del escalador clásico amante del IVº grado. Os espera una escalada divertimento, que disfrutéis del niño Parabolt, que ya ha sido concebido y en el 2015 gateará en su primer año de existencia. Ojala la buena estrella de le una larga vida y se convierta en una bonita clásica. Esta, y no otra, ha sido la intención de sus “papas”.

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Podeis descargar la reseña y la descripción de la vía en el siguiente enlace: http://www.pakocrestas2.com/pako-v%C2%BA/vignemale-gavarnie/

Marmolera - niño parabolt

Con posterioridad a la apertura de la vía, unos escaladores que la repitieron realizaron este pequeño video, muy recomendable. Gracias Rafael.

Autor PAKO CRESTAS. Síguenos en instagram @pakocrestas #viatgesmonpetit

6 comentarios

Archivado bajo 3MILES, ESCALADA ROCA, PIRINEOS, PRIMERAS ASCENSIONES

KIRGUIZISTAN, ALPINISMO EN LAS TIERRAS OLVIDADAS DE ASIA.

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a (0)No pretendo ser la gota que derrama tu silencio

Ni pretendo ser la nota que se escapa en tu lamento

No pretendo ser la huella que se deja en tu camino

Ni pretendo ser alguien que se cruza en tu destino

Solo quiero descubrirme tras la luz de tu sonrisa

Ser el bálsamo que alivia tus tristezas en la vida

Sólo quiero ser la calma que se escurre en tu desvelo

Ser el sueño en que descansa la razón de tus anhelos

Simplemente es el amor

cuando ha roto sus cadenas

Para darte el corazón

No pretendo ser tu dueña.

No pretendo ser la llama donde enciendes tus pasiones

Ni pretendo ser la espada que atraviese tus errores

No pretendo ser el aire que respiras en la noche

Ni pretendo ser la carne que destila tus derroches

Sólo quiero ser la mano que se tiende en el quebranto

Ser un poco ese remanso donde muere el desengaño

Sólo quiero ser la estrella que se engarza en tu mirada

La caricia que se entrega sin razón y sin palabras.

Simplemente es el amor

Que ha encontrado su camino

Para darte mi ilusión

No pretendo hacerte mío.

Simplemente es el amor

cuando ha roto sus cadenas

Para darte el corazón

No pretendo ser tu dueña.

(Canción  titulada “No pretendo” de Gloria Steffan)

a (1)Kirguizistan es una de aquellas ex-repúblicas soviéticas que difícilmente pronunciaremos correctamente al referirnos a ella, y con la que pondremos en duda nuestros conocimientos de geografía mundial cuando intentemos localizarla en un mapa. En realidad es un pequeño país que se desmembró del gran coloso ruso después de unos quinientos años de dependencia política. Su independencia, como tantas otras repúblicas vecinas, no fue traumática ni dolorosa, más bien sorprendente y precipitada, fruto de la famosa perestroyka de Gorbachov. Un sorprendente proceso político que concluyó en pocos años largas décadas de expansionismo zarista y comunista. Kirguizistan se sitúa entre las repúblicas de Kazahhstan, Uzbekistan, Tadjikistan y China, su superficie es de 198.500 km2, o sea, más o menos un 40 % de España, y la población es de 4.600.000 habitantes, de los cuales 800.000 viven en la capital Biskek.

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En lo que se refiere a los alicientes alpinos, en el Kirguizistan encontramos las cordilleras del Tien Shan, las estribaciones más norteñas de lo que sería el gran conjunto de montañas que se extiende desde el Himalaya, pasando por el Karakorum y que concluye en el Pamir. Es una tierra excepcionalmente montañosa, con las cumbres de siete mil metros más septentrionales del Planeta: el Pico Lenina y el Pico Pobeda, este último — con la nada despreciable altura de 7.439 metros — está considerado el siete mil más frío del planeta. Cerca del mismo encontramos el espectacular Khan Tengri, una de las montañas más bellas del planeta, con su famosa arista de mármol, estética y rosada, que da a la cumbre una elegancia que la hace única. Una joya equiparable al Matterhorn en Europa, al Alpamayo en Perú o al Ama Dablam en Nepal. Pero el Tien Shan es mucho más que estas altas y majestuosas montañas, es un verdadero mar de sierras anónimas que se extienden entre valles y glaciares vírgenes, muchos de los cuales aún no han sido pisados por el hombre. Es un universo perfecto para el alpinismo de exploración, en sus montañas nos esperar centenares de cumbres sin nombre, es una fuente inagotable del llamado “alpinismo romántico” en su esencia: Grandes espacios, cumbres majestuosas y soledad garantizada. Empieza la montaña, empieza la aventura.

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La verdad es que el hecho de haber visitado el Kirguizistan y escalar varias en sus montañas se lo debo a una buena amiga inglesa: Ingrid Crossland. De hecho ella se fue a vivir una temporada en el país, trabajando en una empresa nacional que montaba trekkings y expediciones, sus nociones de alpinismo, así como el haber estado escalando en el país anteriormente y su dominio del inglés y del español, la convirtieron en una buena colaboradora para una de las empresas de que justamente empezaban a explotar las inmejorables ofertas que un país como Kirguizistan puede ofrecer a los alpinistas europeos y americanos, buscadores de lugares salvajes y, políticamente hablando, seguros.

Ingrid marchó a principios de abril. Poco antes había estado una corta temporada en Barcelona, durante la cual escalamos con cierta frecuencia. Tras su partida le perdí el contacto. Decía que volvería en otoño … tal vez … ella me comentó la posibilidad de que yo me escapase a hacer un viaje para practicar alpinismo a finales de verano, pero la posibilidad de ir al corazón de Asia Central no dejo de ser un mero intercambio de intenciones.

La cuestión es que un buen día finales de mayo me facilitan el correo electrónico particular que me ha llegado últimamente al despacho. Entre los diferentes papeles impresos veo una email de la Ingrid. Empiezo a leerlo y a media lectura me suena el teléfono móvil. Respondo y casualmente es ella.

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– Ingrid!!!, ¿Que tal?, cuanto tiempo, no tenía noticias de ti desde que marchaste.

– Te envié un email. Pasas de mi. ¿Porque no me has respondido?

La respuesta delata su fuerte carácter, marcadamente inglés, sin preámbulos, directo.

– No te lo tomes así. Te juro que ahora mismo he mirado el correo y estoy leyendo tu imael. Total me lo enviaste en día 28, hace tres días.

– Si, te lo envié el 28, pero del mes pasado, o sea que hace más de treinta días que lo recibiste y lo estas leyendo ahora. ¿Que casualidad?.

– Que sí, principessa, que es cierto.

Ella no me cree. Me conoce bien. Pero tan solo yo sé que no le estoy mintiendo.

– ¿Y que?, ¿te animas a venir en Agosto o en Septiembre al Kirguizistan?.

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Yo le respondo que me resulta imposible, que he planeado ir a Groenlandia a una isla desierta donde hay unas montañas parecidas a la Aguilles de Chamonix pero que nacen sobre el mar y cuyos glaciares se funden en las frias aguas del océano Ártico. Es un ambicioso proyecto que comparto con un amigo y que consiste en que nos dejen en la isla con un barco ballenero y nos vengan a buscar 20 días más tarde. Un periodo de tres semanas en las que nos dedicaremos a escalar por uno de los lugares más solitarios del planeta.

– Los planes están hechos, tan solo falta confirmar los vuelos. Lo siento pero me resulta imposible, tanto a nivel de poder disponer de tantos días de vacaciones seguidos como el desembolso económico que representarían los dos viajes –

– Bueno – responde ella sensiblemente decepcionada – si te lo piensas con más calma y puedes venir, dime algo —

– …

– Cuídate, un beso.

– Un besote. Ya nos veremos cuando vuelvas.

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Al colgar el teléfono noto un hormigueo incesante por mi interior. Acabo de leer el email. Habla de montañas vírgenes de más de 5.000 metros, la posibilidad de escalar vertientes glaciares similares a los grandes paredes de los Alpes … Me entran unas repentinas ganas de ser rico y no tener que preocuparme por el dinero y por el tiempo, pero quien sabe … si estuviese podrido de dinero, seguramente no invertiría mi tiempo en practicar este tipo de alpinismo, como mucho formaría parte de alguna expedición comercial organizada en la que los porteadores y los guías te auxilian en todo lo imaginable. Estaría más acomodado y desde buen principio mi educación me hubiese llevado a ver la vida de otra manera y ahora me preocuparía más el último modelo de vehículo Audi que las crestas azotadas por el viento. Me sorprendo elocubrando una estupidez tan grande. “Pan con pan, comida de tontos”, pienso para mi interior. “quien no se consuela es porque no quiere”. Deposito el email sobre la mesa y tras emitir un hondo suspiro vuelvo a centrarme en el hacer profesional.

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Minutos más tarde me llaman de la agencia que nos tramita los billetes de avión hacia la costa oeste de Groenlandia.

– Pako, ya está todo preparado … llega la hora de pagar.

Al finalizar la conversación llamo al compañero con quien comparto el proyecto. La sorpresa es mayúscula cuando me presenta sus dudas, sus miedos y me plantea la posibilidad de desistir.

– Es que es muy caro y …. siendo solo un grupo de dos personas es muy arriesgado….  No lo veo claro ….. ni por la seguridad ni por las garantías de realizar buena actividad.

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No puedo más que enojarme. Seguro que lleva días dándole vueltas al tema, pero hasta ahora no había deslumbrado la más mínima duda al respecto. Es cierto que él pretendía formar un grupo de cuatro personas y removió mar y tierra al respecto. Yo también compartía la idea de que sería mejor y más seguro doblar los miembros del grupo, pero no lo veía como algo imprescindible. Mi compañero sí que lo veía así y justo en este momento me sale por la tangente.

Me siento decepcionado e irritado. Me doy cuenta que frágil llega a ser un proyecto a duo. Tampoco no pretendo presionarle para que acepte continuar adelante, está bien claro que para ir 20 días a practicar alpinismo en un lugar extremadamente remoto y con la compañía de unas única persona, tienes que estar muy convencido por iniciativa propia y no debes responder nunca a las presiones del compañero. Caso contrario las consecuencia s pueden llegar a ser desastrosas y manifestarse, como no, durante los largos días en que no puedes evadirte del lugar y de la presencia de la única persona que te acompaña. La sintonía debe ser perfecta, positiva, nítida. No sirven las coacciones, los convencimientos, los ruegos. Cada uno debe hacer caso, exclusivamente, a su voz interior. Consciente de ello prefiero calmarme y darle un margen un par de días para que se lo piense bien. Hoy es viernes, el lunes nos volvemos a llamar.

El lunes se reafirma en su respuesta. No lo ve claro, le sabe mal pero pasa. Demasiados riesgos, demasiado dinero, si nos esperamos un año y conseguimos que vengan dos escaladores más ….

– Bueno, pues lo aplazamos para el año que viene, con más calma.

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Cuelgo el teléfono sabiendo que el año que viene quizás no se repitan las condiciones para ir, quizás el año que viene sea de aquí unos cuantos, quizás sea nunca.

Por la tarde, más calmado y recuperado de la tristeza de la renuncia anticipada a un sueño, conecto el correo electrónico y envío un email a Ingrid. “Principessa … voy a Kirguizistan“.

Al día siguiente ella muestra su alegría pero responde con cautela. No se fía. Lo cierto es que el marzo pasado habíamos quedado para escalar en la Rocosas canadienses. Ella estaba en la población de Banff desde principios de enero y yo no me presenté en las fechas previstas, tampoco dije nada… días más tarde, cuando llegó a Barcelona me llamó desde el aeropuerto al teléfono móvil. Me sorprendió un léxico nutrido de insultos españoles surgiendo de la boca de una joven inglesa. Me la imaginaba gesticular con una cara de pocos amigos, enseñando los dientes, completamente enrojadas las mejillas. Una fiera imagen en contraposición a la constante dulzura que suelen evocar las chicas rubias con ojos azules. Me atropellé emitiendo disculpas. No tenía excusa posible. Le invité a cenar. Creo que aceptó — a pesar de los efectos del cambio horario entre la costa Oeste de América y Barcelona — para poder continuar, cara  a cara, con su letanía de despropósitos. Yo callé y acaté el arrebato. En el fondo tuve que contener mi entusiasmo. Me excitaba ver tanta energía desbordada, tanto carácter.

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Ante tal antecedente estaban más que justificadas las precauciones de Ingrid. Fue clara y directa.

– Ok. Organizar una expedición como esta no es fácil, aunque seamos solo dos. No quiero perder el tiempo y llevarme otra desilusion. Si quieres que me mueva envíame un justificante de que has pagado de billete.

Días más tarde voy a la agencia. Tan solo hay una compañía con vuelos directos de Europa a Biskek: British airlines. Pago el billete de avión más caro de mi vida. 3.000 Euros. Rápidamente le envío el resguardo a Ingrid y ella empieza a mover hilos. Me remite información de la zona para que valla haciendo boca. La cosa se plantea bastante bien: Cumbres de nombres impronunciables cuyos nombres están escritos en alfabeto eslavo. Muchas montañas y pocas cumbres con vías de escalada, lo que se traduce en aventura garantizada. Me comenta que marchará de expedición al Pico Lenina durante todo el mes de agosto. Durante todo este tiempo no nos podremos comunicar, pero que dará señales de vida a principios de septiembre.

Pasan los primeros días de septiembre y no responde ninguno de mis emails ni fax. Tomo el avión en Barcelona por la mañana con la única seguridad de que llegaré a Biskek al día siguiente pero con la incertidumbre de si habrá alguien a mi encuentro al llegar. En caso contrario no tengo una mísera dirección ni un mísero teléfono al que contactar. Estaría en la otra punta del mundo, con un billete de vuelta cerrado a tres semanas vista y sin saber hacia donde dirigir el primer paso. Cuando despega el avión siento que estoy pagando el precio de una calculada venganza por mi plantón de marzo. En el fondo hasta yo mismo me convenzo de que me lo tendría bien merecido. En la escala intermedia en Londres llamo al despacho donde trabajo. Mi última oportunidad de contactar con mi correo da el fruto ansiado: Me dicen que he recibido un email de Ingrid, con una dirección y un teléfono, me esperará en el Aeropuerto. Uff… me relajo y respiro tranquilo y voy a la carrera, de terminal en terminal, en busca de un ramo de rosas amarillas. Que difícil que resulta encontrar una floristeria en este macro aeropuerto !!!.

Al llegar a Biskek descubro una ciudad fría, sucia y desastrosa. Las primeras luces del día iluminan con tonalidades rosadas las cumbres lejanas. Me sorprenden las bajas temperaturas de la mañana y lo bajo que se ve la linea de la nieve en las montañas. Ingrid me informa que había llovido los días anteriores y que las temperaturas habían bajado sensiblemente. El verano llegaba a su fin y en este país el invierno siempre tiene prisa por llegar.

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También esperaba encontrarme un país mayoritariamente musulmán. Quizás por su cercanía a Afganistán y la manipulada sensibilidad mundial en lo que a la zona se refiere, después del expolio americano al país afgano durante la caída del régimen taliban, ahondaban mi convencimiento — completamente erróneo — de que encontraría un país afín a las costumbres pakistaníes. De hecho uno de los capítulos más sorprendentes de las aventuras alpinas lo protagonizaron un grupo de americanos que fueron secuestrados por un grupo terrorista en la zona de Ak-su, en las montañas del sur de Kirguizistan. Fue un negro episodio en el que los escaladores fueron obligados a bajarse, a punta de fusil, de la pared en la que estaban abriendo una vía de Big Wall (*1). El método fue tan convincente como salvaje. Los secuestradores empezaron a disparar hasta que sus tiros alcanzaron y mataron a uno de los tres miembros. Al bajar los otros dos fueron rápidamente recluidos y capturados. Días más tarde, al sospechar que el rescate solicitado no sería satisfecho con facilidad y ante la posibilidad — más que probable — de acabar con su malogrado  compañero, los dos alpinistas se armaron de valor, mataron a unos cuantos secuestradores y huyeron durante varios días monte a través en busca de la embajada americana en la capital Biskek.

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La historia resultó conmover a toda la comunidad alpina mundial y fue un triste y aislado acontecimiento que repercutió muy negativamente en la imagen del país. Kirguizistan se me mostró como un país sumergido en un proceso político y económico incierto, a caballo entre el cielo anhelado del primer mundo y el abismo insondable del tercer mundo, pero con una gente muy tranquila y hospitalaria que no darán más problemas de los derivados del excesivo consumo de vodzka. Los musulmanes son minoritarios, casi que ni se aprecian. Los años de régimen ruso han anulado, casi por completo, el culto a la religión. Los habitantes son en su mayoría de rasgos eslavos: cuerpos atléticos, figuras bien definidas, piel clara y en su mayoría de pelo rubio o castaño claro y ojos azules. En contraste, y sin que halla un claro mestizaje, encontramos las personas de rasgos mongoles, que resultan ser los herederos de la población indígena. Piel morena, más bajos, ojos y pelo negro y caras chatas. Los primeros acostumbran a comunicarse en ruso, aunque muchos de ellos conocen el Kirguist. Los segundos acostumbran a comunicarse en Kirguist y un numero considerable de ellos desconoce el ruso. Quizás este sea el triste motivo por el que la lengua Kirguís esté considerado una lengua de segundo orden dentro del país y la gente de ciudad lo considere engorroso y hasta se avergüencen del mismo.

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Los edificios de la ciudad son horribles, no guardan ninguna estética y parecen caer a pedazos. Las calles son cuadriculadas, en plan Cerdà (*2) en su máxima expresión. De hecho Biskek tiene menos de cien años y delata las ansias rusas de anular a la gente cualquier atisbo de belleza por las formas y las cosas materiales. Un edificio no tiene porque ser bonito, tan solo debe ser útil y si es gris mejor, así influenciará en el rendimiento de sus pobladores destinados a vivir felices en una cadena de montaje.

Llegamos al apartamento de Ingrid. Es un piso pequeño y poco acogedor. Me dice que hace muy poco que se mudó y que lo abandonará al concluir nuestra expedición, motivo por el cual no ha tenido tiempo ni ganas de decorarlo. Durante el transito del aeropuerto a casa me comenta que hoy le han contratado como enlace para acompañar a los integrantes de una expedición del programa de televisión española “El filo de lo imposible”, deben tomar tomas en las orillas del Lago …., que resulta ser el segundo lago más grande del mundo después del Titicaca en Perú. Llevo dos días sin dormir pero no siempre se dan oportunidades como esta en la vida, mi lucha contra el insomnio se ve compensada al conocer al director del programa, al cámara Xabier (* 3) y a los tres alpinistas Ferran Latorre, Iñaky … y Cecilia Breil. Cuando me estiro en la cama duermo dieciséis horas seguidas.

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Los preparativos para ir a la montaña son rápidos gracias a la influencia de Ingrid. En cierta manera ya lo tenía todo casi organizado al llegar y yo me dejo aconsejar por esta escaladora enamorada de esta tierra y de sus montañas. Aprovechamos un par de jornadas para recorrer Biskek, empaparnos del sus avenidas anchas de majestuosos árboles que sirven para ocultar los horrendos edificios. Disfrutando de la tranquilidad de una terraza de un bar, tengo mi primer contacto con la realidad de “vozka”, un verdadero problema en un país donde el grado de alcolismo es alarmante. Cuando estamos tomando unos refrescos nos llama la atención los gritos los bruscos movimientos de los hombres que ocupan una mesa cercana a la nuestra. De repente uno de ellos se acerca, y creyendo que hablamos italiano nos deleita con un canto desafinado que parecia querer decir parecido a … o sole miooo …., entre eruptos y el apestoso aliento etílíco. Poco mas tarde se retira entre las risas de sus compadres. Al cabo de un rato nos llama la atención el silencio que reina la terraza del bar. ¿Habrá marchado la pandilla de borrachos?. la realidad es otra bien diferentes: todos estan en la misma mesa, pero con la cabeza escondida entre los brazos y durmiendo profundamente. Son los efectos característicos del vodzka. No en vano dicen que esta bebida no tiene resaca, ya que el periodo de somnolencia posterior es tan largo que puede llegar a superar los efectos del periodo de recaída. A tinte cómico se comenta que con el vodzka no llegas a dar “positivo” en un control de alcolemia, puesto que te duermes al volante del coche antes de ponerlo en marcha.

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En referencia a nuestros planes  La idea inicial de ir a un valle virgen queda descartada por el elevado coste que representa para dos personas. Aquí la mayoría de valles no tienen pueblos en su parte final, por lo que no se pueden contratar porteadores. Además es una figura completamente inusual en el país, a pesar de la cercanía de las cumbres del Himalaya y el Karakorum. Las únicas alternativas para acceder a lo alto de los valles es mediante el transporte en unos camiones 4 X 4, procedentes del ejercito ruso y cuyas ruedos miden unos dos metros. Son verdaderas bestias motorizadas que suben por cualquier sitio, pueden atravesar ríos caudalosos y consumen la nada despreciable cantidad de 70 litros de combustible cada 100 kilómetros. La segunda alternativa es el alquiler de un helicóptero, que te deposita en el lugar deseado y te viene a buscar días más tarde según el calendario pactado. Pero ambos transportes representan unos desembolsos de dinero excepcionales para nuestra economía. Mi cuenta corriente aún recuerda el baño causado por la compra del billete de avión e Ingrid a estado trabajando los últimos meses a cambio de 100 Euros al mes, salario medio en el país en el que nos movemos. Así que el destino será una zona ya explorada llamada Karakol y que antaño fue un lugar bastante frecuentado por alpinistas soviéticos que se entrenaban para empresas en el Himalaya. Tras la caída de la U.R.S.S. el gobierno anuló, de un día para otro y de manera radical, las ayudas a los alpinistas de élite del país. Desde entonces las montañas han recuperado la más absoluta soledad y sus cumbres son raramente escaladas. Las citadas montañas si que tienen una población a sus pies, justamente las que le da nombre, y de aquí surge una pista que facilita el acceso hasta el inicio de los valles alpinos. Al final de la pista vive una familia kirguist de nómadas, con ellos pactamos el alquiler de caballos para transportar las cargas al campamento base.

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Nos acompaña un trabajador de la agencia de trekking y expediciones donde también trabaja Ingrid. Su nombre es Vitalik. Se trata de un joven de unos 25 años de edad que compagina el trabajo de acompañante de expediciones en verano para poder pagar sus estudios universitarios. El será el enlace, el vigilante de nuestro campamento durante nuestra ausencia, el intermediario con los lugareños durante las compras o al pactar los transportes y acarreos. El también tiene que ser el cocinero, pero la realidad es que desde buen principio se integra, con su juventud, a nuestro diminuto grupo y pasa a formar parte del mismo. Todos contribuimos en las tareas domésticas de manera equitativa. Me deleito cocinando para los tres. Durante la estancia en el campamento base y aprovechando la calma obligada por un repentino cambio de tiempo meteorológico, cocino una paella con todos los ingredientes imaginables y la acompañamos con uno de los mejores grandes reservas de las bodegas de vinos de Somontano. Viatlik, quizás demasiado acostumbrado a un trato más distante por parte de los restantes “clientes”, se muestra sorprendido y contento. Durante la segunda sección de la expedición se animó a escalar una de las vías que realizamos, la más dura de ellas. El nunca habia escalado más de grado 3 (*4) y la vía resulto ser de grado 5. Tras la escalada y cuando aún no salía de su gozo, le regalé mis dos piolets técnicos. El iba con un equipo anticuado similar al que se utilizaba en los años sesenta en los Alpes. Agitando los piolets en el aire Vitalik no salía de su asombro, estaba realmente entusiasmado. En momentos como ese uno aprecia el valor de regalar y la incalculable dicha de conocer a gente tan sencilla, diferente y con la virtud de germinar una semilla inolvidable en nuestro corazón.

las negociaciones con los nómadas kirguís para el transporte de los fardos se resuelven rapidamente, momento en que se nos convida a la cabaña para desayunar y brindar por nuestra suerte: Vodzka con sandía en ayunas. Ingrid y yo apenas nos mojamos los labios, la familia nómada digiere el licor como si de agua se tratase.

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El primer tramo de la ascensión a pie hacia la cabecera del valle de Karakol discurre por un paisaje muy similar al que podemos encontrar en los Alpes, con la salvedad de que los abetos son más alargados y puntiagudos, hasta el extremo que parecen cipreses. Tras un recodo la imponente imagen del Karakosky nos recuerda que no estamos en los Alpes, que aquí las montañas son de dimensiones mayores, a caballo entre las europeas y las cumbres del Himalaya. Un mastodonte de roca y nieve nos quita el aliento. Su inmensidad es doblemente sorprendente al aparecer de pronto y por el contraste con los verdes prados desde donde lo contemplamos por primera vez. El corazón se me encoge. Las cosas se ven diferentes al contemplar cara a cara la gigantesca mole que pretendemos escalar. Salen de repente todos los miedos. Piensas en el frío, en la soledad, en la dureza del recorrido, en la envergadura del mismo. Recuerdo que la noche anterior me asaltaron las primeras dudas en lo que al acometido de las escaladas se refiere. Hasta ahora todo había sido muy fácil. Leer la información, ver las fotos del libro de “Forbidden Mountains” (*5), hacer los preparativos, las compras de última hora, pasear por las arboladas calles de Biskek y conocer a un montón de gente nueva que se interesan fugazmente por el motivo de tu estancia. Pero al releer con mayor entretenimiento las ya consabidas reseñas de las montañas y de sus vías de ascensión, y estando en el pie de los valles que acceden a las mismas, la cosa se ve de otra manera. Observas a la compañera de cordada y no puedes más que preguntarte a propósito de nuestras posibilidades de éxito, sobre si será suficiente nuestra experiencia, si habrá buen entente en los momentos difíciles, si nos asaltará la tormenta, si sabremos cruzar los glaciares, en que terreno se impondrá el cansancio, cuando dará paso al agotamiento, si las dificultades de la escalada no nos llevarán más allá del límite de lo que buenamente podríamos llamar prudencia … Ayer intenté confesar mis dudas y miedos a Ingrid, de manera dosificada para que no los mal interpretase, pero ella me respondió de manera agria, mostrando un desmesurado desencanto por mis dudas. Vi claramente su dependencia en lo que se confiere a mi persona para realizar las escaladas. De hecho ella nunca ha realizado una vía alpina de características similares a las que confieren nuestro proyecto. Sabe que ya no encontrará ningún compañero de cordada para realizar una escalada de la envergadura de la ascensión que pretendemos realizar y por tal motivo fue tangente en lo que a mi principio de “traición” se refería.

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– No me puedes hacer esto. — Me respondió entre la suplica y el enfado.

Yo callo. Tampoco mi intención es defraudarla o incitarle una duda prematura e injustificada. Le digo que este miedo resultaba ser común antes de emprender escaladas de grandes paredes en lugares remotos o solitarios. Ahora que tend¡go delanye el majestuoso Karakolsky, por primera vez lo observo detenidamente, impregnándome de su inmensidad. Resulta irremediable que el bullicio de temores vuelvan a pedir paso en mi subconsciente. Ingrid y Vitalik también se empapan del espectáculo. Cuando ella que pregunta mi opinión, yo le respondo que no será fácil, pero ahogo en soledad mis miedos y temores, su posible reacción tan solo ayudaría a incrementar mi cobardía, así que dejo que el silencio de paso a la calma. Bajo la cabeza y prosigo el camino. Disfruto de la imagen de prados verdes y de las florecillas que tapizan el terreno situado en nuestras proximidades; su fragilidad y su belleza se ven aumentadas al contrastarlas con la repentina y reciente visión del monstruo de nieve y roca que cierra el fondo del valle.

Desde que llegué al Kirguizistan Ingrid irradia una ambición y una ilusión sin límites. Su inexperiencia y su tozudez no hacen más que ahondar mis temores. Siente que, por primera vez, no va con un guía a realizar una gran ascensión, sino con un compañero de cordada, con un amigo, y quizás por ese motivo extirpa cualquier comentario que pueda ser dirigido en el tono en que un guía puede tratar a su cliente. Ella quiere ser participe de cualquier decisión y en un grupo de dos las divergencias no pueden resolverse de manera demócrata. Por otro lado confío en su perseverancia, en su enorme fortaleza y sé que, si hace falta, sabré contagiarme de su energía, lo cual es toda una garantía en las grandes escaladas.

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El tiempo es fenomenal. Parece no quedar rastro de las nevadas que tapizaban las montañas cercanas a Biskek el día de mi llegada. No obstante las noches ya se alargan y el frío deja notar que estamos en el final del verano. El campamento base lo instalamos en un lugar idílico, seguro y relativamente cercano al inicio del glaciar, del cual apenas nos separan treinta minutos de marcha. Al plantar las tiendas observamos como Vitalik saca un ejemplar muy simple y anticuado, de estructura triangular, como las que te regalan de promoción en los grandes superficies comerciales, — a principios de verano –, por la compra de una mesa y cuatro sillas de camping, o por la compra de una barbacoa transportable. Un quilómetro antes de llegar al lugar de emplazamiento un pastor nos enseñó su refugio bajo una piedra y un trozo de plástico. El citado lugar no dejaría de considerarse un cobijo precario donde podríamos pasar una noche en caso de urgencia. Para el pastor era su refugio habitual durante los meses de invierno, el suelo de hojarasca húmeda y podrida y una manta mugrienta para taparse. No puedo más que notar una extraña sensación al montar mi tienda iglú de gama alta de la casa Marmout, observando la tienda de cámping de Vitalik y recordando las cuatro piedras mal puestas del humilde pastor. Es como si algo no encajase en el escenario y desconozco cual es la pieza incorrecta.

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La actividad en las altas montañas del macizo de Karakol la iniciamos con una ascensión de aclimatación. A Ingrid no le hace falta aclimatar, no en vano viene del Pico Lenina, un gigante de más de 7.100 metros de altura. Pero yo necesito acondicionar el cuerpo a la altura. La falta de aclimatación puede tener nefastas consecuencias en escaladas a cumbres de más de 5.000 metros, no por la afectación directa al organismo más típica de cumbres de mayor altura, sino por las consecuencias que un cansancio repentino, mareos o un incipiente dolor de cabeza puede representar en medio de un largo recorrido de envergadura alpina y donde la retirada puede resultar más complicada que la conclusión de la vía. Ascendemos hacia una cumbre sin nombre, llegando a una cota secundaria situada poco más de los 4.000 metros. No concluimos la ascensión porque la presencia de nieve nos obligaba a cambiarnos el calzado. Pura pereza. Pero el objetivo de la ascensión ya estaba cumplido. Ganar altura, pasar un tiempo en ella y descender relajados al campamento base situado a 3.000 metros de altura. La excursión resulta ser muy gratificante. Estudiamos la vía que deseamos escalar al Pico Karakolsky y también meditamos sobre el largo descenso. La escalada que pretendemos hacer es una elegantísima canal oblicua de nieve que, por su estética, tiene una gran similitud con el Linceul de las Grandes Jorasses. Resulta increíble que un itinerario de estas características permanezca virgen hasta el momento. Sin duda, si estuviese enclavado en los Alpes en vez de en el Tien Shan, hoy sería una gran ascensión clásica de prestigio. Y eso que estamos en una de las zona más concurridas del país !!!. La impresionante canal helada debe tener su inicio en la cota 3.500 y asciende, aproximadamente, hasta los 4.700, lugar donde se funde con un airoso espolón mixto de nieve y roca que muere en la cumbre de 5.281 metros de altura. El descenso se intuye inacabable, por la larga arista oeste. Calculamos que la escalada y el descenso pueden representar de dos a tres días de intensa actividad. Como previa iremos a subir el elegante Slonenok, conocido como el “pequeño elefante”. Una solitaria cumbre de 4.726 metros cuya vía más fácil está catalogada de 4A ruso.

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Descendemos al campamento contentos de nuestra inspección. Me siento afortunado de estar aquí y viendo la cara de satisfacción de Ingrid, también me alegro de tenerla como compañera de fatigas. El tiempo meteorológico es excelente y las condiciones de la nieve parecen muy optimas. Mañana ascenderemos al glaciar para instalar el campamento avanzado, dormiremos en él y al día siguiente escalaremos el Slonenok, a ser posible por una canal que desemboca directo a la cumbre y que ralla toda la cara N.O en su totalidad.

De camino al campamento avanzado y a medida que ganamos altura en el solitario glaciar de On – Tor, vamos descubriendo el impresionante circo que configuran el Slonenok, el Festivalnaya y el Dzhigit. Nos quedamos boquiabiertos ante tan majestuoso espectáculo. La cumbre del Dzhigit muestra su espeluznante pared norte. Su aspecto tétrico y oscuro hace pensar en la pared más espectacular y mítica de los Alpes: El mítico Eiger. Con la salvedad de que la pared finaliza a más de 5.100 metros de altura, sus dimensiones son un poco superiores al rallar los dos mil metros de desnivel y bajo la misma no se encuentran los apacibles pastos de Grindelwald ni la multitud de turistas atrincherados tras los telescopios, si no que encontramos un extenso glaciar raramente transitado y una soledad sin límites que no es violada por la presencia humana durante largos meses (a veces durante años seguidos). La parte central de la inmensa pared presenta unos neveros de fuerte inclinación y unos hilillos de hielo y nieve vertical que parecen unirlos. Al verlos uno sueña con ser un alpinista de élite que pueda enfrentarse a retos casi inhumanos. Uno sueña con soñar. Cenamos con las últimas luces del día que se escapa. Hemos acampado en una morrena que parte el glaciar en dos, una especie de isla alargada con forma de espina dorsal, donde el suelo pedregoso permite no tener que dormir sobre el hielo del glaciar. Estamos en medio de un lugar inhóspito, retomo y de una rudeza cruda, primitiva. Estamos en un lugar olvidado en medio del continente más grande del mundo, a miles de quilómetros de casa y de nuestros seres queridos. Mañana empieza el baile. El alpinismo nos llama a danzar con los grampones y piolets en un escenario yermo de espectadores, vacío de aplausos; donde nuestra extraña presencia será como una irrisoria mota de polvo. Un pedazito de humanidad en medio del reino de la naturaleza salvaje.

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15 de septiembre. Hoy es mi cumpleaños. Llegué a la edad de Jesucristo. Ingrid me felicita tan pronto como se despierta, empieza a preparar el desayuno y yo aprovecho para holgazanear un poco más dentro del acogedor saco de plumas. Considero la posibilidad de prolongar mi descanso dentro del mullido saco como mi primer regalo de aniversario. Fuera aún tintillean las estrellas en la oscura cúpula celeste y el frío muerde con su intensidad. El silencio de la noche se ha visto interrumpido por el sonido de las frecuentes avalanchas. La vertiente norte del Karakolsky es un verdadero caos de inmensos seracs colgantes que no cesan de desprenderse. No obstante la vía que pretendemos escalar está fuera de la trayectoria de estos muros inestables de hielo. Al salir de la tienda nuestra sorpresa es mayúscula: El tiempo ha cambiado. Vaya con mi segundo regalo de aniversario!!!. Feos nubarrones grises tejen un cielo donde los trozos azules ocupan un espacio minoritario. En el fondo del valle también hay nieblas residuales y un compacto muro gris oculta el lugar en el que se localiza el lago de Issi-kol. En realidad la cercanía del inmenso lago hace que la zona sea más inestable, meteorológicamente hablando, y que las montañas de Karakol sean unas de las que mayor precipitación nivosa reciben. No es de extrañar, por tanto, la complejidad glaciar de ciertas vertientes de las montañas del lugar.

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El sueño de la noche ha sido muy ligero, un verdadero hilo de telaraña, interrumpido por cualquier sonido, movimiento o alucinación. Son los nervios típicos del preámbulo de una escalada de envergadura. En estas largas noches, que luchas por tranquilizarte, por aprovechar las pocas horas de reposo, siempre me viene a la mente un precioso poema de Fanny Rubio dedicado al rey Almutamid, versionado por Paco Ibañez, y que trata de un sabio monarca que quiso culturizar y transmitir a su reducido pueblo la inquietud de la lectura, la música, la poesía y el pensamiento. Ante la amenaza que representaba este posible enriquecimiento popular para los gobernantes más poderosos, éstos no dudaron en chafar con las armas el destello de luz en un cosmos de ignorancia. Es una dulce y a la vez terrible poesía que transmite el miedo previo al día de la batalla, y que dice así:

Soñaba en su lecho el rey

soñaba de madrugada

que entre las ondas del río

buscaba manzanas blancas.

Noche de miedo en Sevilla

víspera de la batalla.

Y el rey Almutamid

en el sueño contemplaba

la dulce fruta de nieve

que en los espejos temblaba.

Noche de miedo en Sevilla

víspera de la batalla.

En Sevilla, Almutamid

abrió los ojos al alba

cuando el sol enrojecía

en la ventana más alta.

Y ni amanecer halló

ni arrayán bajo la almohada

ni del agua del dulce nido

donde vio manzanas blancas.

Noche de miedo en Sevilla

víspera de la batalla.

Me levanto bastante escéptico en lo que se refiere a nuestras posibilidades de escalar la montaña con el preludio de mal tiempo. Tarareo la canción del rey Almutamid, y entre lineas comento a Ingrid mis malas impresiones. En realidad ella ya me observaba de manera esquiva pero atenta a mi reacción, esperando que mis dudas floreciesen por la boca. La reacción es inmediata y contundente.

– Por favor!!! No hace mal tiempo, solo son algunas nubes que tapan un poco el cielo.

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El cielo me recuerda tantas otras jornadas en los Pirineos y en los Alpes, donde este tipo de nubes matutinas iban perdiendo volumen a primera hora del día, para evolucionar más tarde y concluir con un radical cambio de tiempo hacia el mediodía, el cual se podía prolongar durante toda la tarde y noche y aveces, durante días, lo cual no era inusual. De todas maneras no quiero empezar el día discutiendo, mal augurio. En parte se que quedándonos en la tienda no ganamos nada, quizás horas más tarde el día sea espléndido y las nieblas de la mañana tan solo sean la cola insignificante de un frente de nubes, roto y desgastado, que ha pasado más al norte. Sea como sea la peor de las posibilidades sería quedarse en el campamento y que el tiempo se arreglase. El remordimiento y el malestar por haber perdido un día — quizás el día de la cumbre — sería intenso e insoportable. De la tienda a pie de pared hay varias horas de marcha por el glaciar. Tiempo suficiente para que la evolución del tiempo determine nuestra decisión final antes de emprender la escalada. Nos perdemos por un coas de grietas atravesando las mismas por frágiles puentes de nieve reciente. Que diferente resulta estar sorteando estas bocas de hielo en un lugar tan remoto como éste, en comparación a la sensación que se tiene en los glaciares de los Alpes tristemente masificados. En estos momentos la consciencia te hace sentir gato y te sientes seguro conocedor de las técnicas de progresión por glaciares. El inconsciente te recuerda que la única persona que sabe que estamos aquí es Vitalik. Le dijimos que hasta cuatro días más tarde de nuestra partida, no se empezase a preocupar por nuestro regreso. No obstante, pasados los cuatro días aún nos concedería un día más de margen. El no tiene material para acceder al glaciar, calza unas bambas y la única alternativa que tendría sería la de bajar a Karakol (2 días más de marcha) y llamar a Biskek para que organizasen un rescate. O sea que si uno va contando los días que tardaría la caravana en rastrear el glaciar, se llega a la rápida conclusión que el posible accidente no forma parte de la gamma de posibilidades en nuestra marcha. La determinación de que no puede pasar nada te confiere una consciencia a la hora de ejecutar tus acciones que hacen que las mismas sean mucho más seguras de lo que acostumbrarían a ser. Si anulas la posibilidad de rescate ya sabes que no te puedes permitir que te vengan a auxiliar y eres consciente de ello. En caso contrario la falsa seguridad de un rescate probable, te hace ser menos precavido y observador, por lo que las posibilidades de un contratiempo aumentan de manera exponencial y el resultado final de la posible ayuda exterior no es más que un factor aleatorio. ¿Cuantas personas habrán sido presas del pánico cuando, tras un accidente que provoca un herido grave, el teléfono móvil que tenía que ser el cordón umbilical con la ayuda exterior, está fuera de cobertura?. ¿Y ahora que …? Se preguntan como primera reacción. Se ven desamparados, perdidos. Cara a cara con una posible evidencia que se esforzaron en camuflar. Si no hubiesen confiado en la facilidad de evadirse gracias a una llamada, las posibilidades de evitar el accidente habrían sido muy superiores. En estas evidencias se sostiene mi teoría de que, mientras menos dependas de los agentes exteriores, más segura será tu actividad en lugares remotos. Llevando al extremo dicha teoría, no podemos negar que, si supiésemos que los vehículos se desintegran al colisionar, al índice de accidentes de transito se erradicarían de manera sustancial.

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Durante la marcha por el glaciar las nubes parecen jugar con nosotros. A ratos parecen que vallan a degenerar en un violenta tormenta, otras se abren y dejan que los rayos del sol iluminen con intensidad las cumbres que nos rodean. Al situarnos a pie de la pared mis dudas no se han disipado lo más mínimo. Ingrid está pletórica y su determinación es de hierro. No cabe duda que ahora no nos podemos dar marcha atrás. De hecho lo que si que descartamos es la vía directa a la cumbre y, en aras a la velocidad, nos decantamos por la bonita y también complicada vía normal llamada “Eastern Ridge”. Superamos la rimaya y empezamos a subir la canal que constituye el inicio de la escalada. Pronto empieza a nevar. Al principio de manera suave, luego con más violencia. Automáticamente alentizamos la marcha hasta tomar una tregua en la escalada. Me reúno con Ingrid. El tramo de escalada mista ya esta cerca. Se adivina un trayecto de unos seis o siete largos de cuerdas hasta la pala de 45* – 50* grados que da acceso al collado situado bajo el espolón arista de la cumbre. La parte final que transcurre tras el collado también representan varios largos de cuerda, a no ser que se prefiera prescindir de ella al ser un terreno de dificultad moderada pero donde no hay margen para el error. Ingrid se muestra furiosa y determinada a continuar. Maldice la mala suerte. Los jirones de niebla ya nos ocultan la pared y la nevada, lejos de menguar, se hace constante e intensa.

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– Ingrid … no estamos en Escocia. Aquí el cambio de tiempo puede hacer la escalada y la retirada muy complicada. La pala de acceso al collado será un río de avalanchas. No tengo ganas de pasar la noche de mi aniversario haciendo gélido un vivac a pelo en medio de una nevada, a más de cuatro mil metros, y preguntándome si al día siguiente podremos concluir el peligroso retorno de manera airosa.

Ingrid no sale de su enfado. Todo se ha conjurado en su contra: La montaña, el tiempo y yo. Cuando volvemos al pie de la pared un pequeño rayo de sol rompe la masa de nubes y nos ilumina. Parece que alguien se burle de nosotros. Mi compañera me recrimina mi calma y mi buena cara.

– ¿ Como es posible que no estés enfadado y pongas esta cara de tonto ?

– Estoy enamorado — le respondo. Lo cual es completamente cierto.

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También es cierto que hace años que me cansé de enojarme tras cada retirada en la montaña. Nos guste o nos disguste, forma parte del juego y hace tiempo que llegué a la conclusión de que si tu estado de ánimos depende de un muro de hielo o de un trozo de piedra, es que algo en tu interior no va bien. No obstante, y dadas las circunstancias, prefiero no comentarle mi última divagación a Ingrid. Ella mira fijamente la vía de la que nos hemos bajado y que ahora vuelve a ser visible en su totalidad. Mueve la cabeza y enseña los dientes. Ruge en voz baja, para sus adentros. Yo — que tengo el defecto de poner leña al fuego cuando avivan las brasas — canto el “cumpleaños feliz”. Ingrid estalla. Le intento tranquilizar.

– Bajemos y lo volvemos a intentar pasado mañana, o si no, intentamos una vía nueva al Festivalnaya y nos sacamos la espina clavada ….

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Ingrid maldice el momento y de manera contundente afirma que, si marchamos ahora, no piensa volver a este lugar. Es tarde y el tiempo no parece mejorar, a pesar de que no está tan mal como cuando nos retiramos en la rampa. Descendemos, muy a pesar de las  presiones de mi compañera en el sentido de que le estoy fallando y que aún tendríamos que volver a intentarlo. La tensión se prolonga durante el retorno por el glaciar. Rodeamos la parte de grietas evitando los precarios puentes por los que transitamos de buena mañana. Al llegar al campamento avanzado el tiempo se ha estropeado de manera definitiva, graniza y nieva. Truena por las cumbres que nos rodean. A cobijo de la tienda descansamos, comemos y me alegro de haber tomado la decisión de abandonar. Al decírselo a Ingrid me responde que me parezco a unos dibujos animados que emitían en la televisión inglesa cuando era pequeña, donde el protagonista era una especie de cartero repelente que siempre acababa diciendo “Ves como tengo razón, ves como tengo razón”. Decidimos dejar el campamento instalado ante la posibilidad de volver tras la tormenta. Ingrid ya está más tranquila, quizás por que ahora ya es evidente de que no hubiésemos concluido la ascensión. Bajamos en medio de la nevada y cuando le comento de manera irónica “Un excelente día en las Highlands” ella me responde con tono de burla “Ves como tengo razón, ves como tengo razón”. Gracias a Dios ha vuelto el buen humor. Hoy cenaremos con un buen vino de Somontano y celebraremos los treinta y tres años que hace que me plantaron en este mundo.

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Nieva durante y par de días de manera consistente, sobretodo por las noches. Cae más de un palmo de nieve que luego se funde bajo la lluvia para dar paso al barro y a una desagradable sensación de humedad. Tras el temporal el paisaje es precioso pero desalentador. Las altas montañas están saturadas de nieve reciente. Quizás en las cumbres halla nevado más de dos metros de nieve nueva. Un inmenso alud de nieve polvo se desprende de la vertiente norte de Karakolsky creando una nube inmensa. ¿Cuanto tiempo necesitan estas montañas para limpiarse de la nevada?

– Winter … winter. Va diciendo Vitalik para transmitir su convicción de que el corto verano llega a su fin en estas montañas.

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Empieza un largo proceso de divagaciones. ¿Marchamos? ¿Nos quedamos?. ¿Y si el periodo de buen tiempo resulta ser una corta ventana anticiclónica que acaba tan pronto como la montaña deja de ser peligrosa por los aludes? ¿Y si al cambiar de macizo perdemos la oportunidad de escalar durante el periodo de buen tiempo?. Cada vez toma más consistencia la idea de ir a una zona próxima a Biskek cuyas cumbres son ligeramente más bajas pero donde el tiempo resulta ser más estable. “Seguro que en Ala-Archa las condiciones son buenas.

– Karakol winter, Biskek summer, Ala-Archa autumm (*6)  – comenta Vitalik.

Cuando desmontamos el campamento avanzado la nieve recubre toda la morrena pedregosa y tan solo sobresale la parte superior de la tienda amarilla. El día es magnífico y la nieve parece haberse transformado bastante rápido. Descendemos con la amarga sensación de que, tal vez, nos equivocamos. Hemos gastado ya la mitad del tiempo de nuestra pequeña expedición y tan solo nos queda una carta para jugar, si sale mal el viaje habrá sido un fracaso en lo que a la actividad alpinística se refiere. La decisión está tomada, volvemos a Biskek y escalamos en el macizo de Ala-Archa. Doy la espalda a estas cumbres que han centrado toda mi atención durante como menos de una semana de mi vida. Atrás quedan , quizás para que mis ojos jamas vuelvan a mirarlas. En reflejo cristalino más del caleidoscopio, de color, mutante .. que aparece, se distorsiona y desaparece. El brillante sol que cuelga en la azul cúpula celeste, parece quemar en nuestro interior. No obstante, durante la jornada, me asaltan diferentes poesías en un inesperado arrebato de inspiración. Levaba días buscando las palabras, las ideas … pero es ahora, hoy, cuando se atropellan. Constantemente tomo la libreta y el bolígrafo y tomo diversas notas. Durante la caminata de bajada me detengo en numerosas ocasiones. Cuando llego al campamento nómada de la familia kirguist mis compañeros hace tiempo que me esperan. La noche está cerrándose a marchas forzadas. Cenamos y vivaqueamos bajo un cielo raso y estrellado. Carente de cualquier indicio de mal tiempo. La humedad y el frío pronto se hacen notar y una fina capa de hielo cubre los sacos de plumas en poco más de una hora. Nos aislamos completamente en el cálido interior, completamente desnudo. Los objetos que hemos sacado de nuestras mochilas están desperdigados  a nuestro alrededor. Mañana, con el calor del sol matutino, ya recogeremos con toda la calma del mundo.

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A las dos de la madrugada Vitalik nos levanta de manera brusca. Un grupo de ganaderos han venido a comprar una vaca a los nómadas kirguist y si queremos podemos descender con su camión, previa aceptación del precio convenido. El plan nos permitirá aprovechar mucho mejor el día siguiente y nos evita el largo camino por la pista que deberíamos realizar a pie o a caballo. Aceptamos, pero la salida del saco, además de precipitada, es realmente molesta: Estoy desnudo, apenas tengo ropa, no se donde tengo la linterna frontal y la mayoría de enseres que recojo están completamente helados. Al final, entre temblores por el frío, con la mochila a medio hacer y la mitad del material colgando, subimos a la parte trasera del camión que resulta ser un cajón destapado. Vitalik me ayuda a subir momento en que observo que los miembros que integran el grupo que han ido a buscar la vaca, están hasta el culo de vodzka.Confio en que el conductor no halla bebido tanto. Ingrid entra en la cabina. Al poner el pie en el cajón piso algo grande y caliente. Es la vaca. A su alrededor hay un charco viscoso y maloliente. Es la sangre que ha desprendido el pobre animal después de degollarla. Los equipajes están encima de un colchón, lo que evita que queden completamente impregnados de rojo. La situación es esperpéntica y varios ingredientes la hacen irreal: El trajineo del camión, el frío de la noche, la soñolencia, los kirguist borrachos que me hablan como si yo fuese un conocido de toda la vida …. Intento hacerle entender que no comprendo su idioma. Al final llego a la conclusión que, aunque lo entendiese, tampoco no sabría que dice por la falta de vocalización de las palabras. Vitalik mareado por la fuerte olor a sangre va vomitando más allá de las paredes de madera del cajón.

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En un momento preciso el camión se detiene. Ingrid sale disparada de la cabina y se sube al cajón de un salto. El copiloto, que también está completamente borracho, le ha empezado a manosear de manera descarada. Yo noto como el suelo continua moviéndose a pesar de que el camión está parado. No comprendo nada ¿Será que yo también estoy sufriendo los efectos del alcohol al oler el putrefacto aliento de los ganaderos?. Pido el frontal a la Ingrid y observo que hay debajo de los equipajes sobre los que estoy sentado. Tras quitar una mochila y un petate descubro a un pallo enroscado en posición fetal y que no puede ni abrir los ojos del estado etílico en el que se encuentra. Balbucea alguna protesta y yo intento disculparme a pesar de que no salgo de mi protesta. El camión vuelve a ponerse en marcha Ingrid se sienta a mi lado. Pronto se incorpora, grita y pide auxilio. El ganadero borracho que hablaba antes conmigo como si me conociese de toda la vida empieza a tocarla. Hasta el más borracho de todos, aquel que estaba bajo los fardos, extiende sus brazos en dirección a Ingrid cuando descubre que es una mujer. Vuelvo a ponerle un par de mochilas encima para evitar que se incorpore y le digo a Ingrid que se cobije entre mis brazos. El borracho parlanchín se nos hecha encima pero esta vez es a mi a quien empieza a tocar las piernas en busca del lugar donde se localiza el sexo. “Ves subiendo, ves … que te vas a llevar una sorpresa”. Vitalik continua mareado y con nausias. El accidentado viaje en camión parecxe no finalizar nunca. A la entrada del pueblo de Karakol los ganaderos se ponen violentos, desconozco por que motivo, pero en poco más de un minuto paran, tiran nuestros equipajes, nos echan fuera del camión e intentan cobrarnos el doble de lo pactado inicialmente. Nosotros somos intransigentes en este punto pero la realidad es que nos encontramos aún en medio de una noche cerrada, muertos de frío y de sueño y con los bultos desperdigados en el margen de la carretera. Durante este percance pierdo la tienda iglú, la que me compré expresamente para venir a Kirguizistan. Un rato más tarde Vitalik consigue que nos vengan a buscar en taxi. Horas más tarde, caminando por las tórridas calles de Biskek, nos reímos de la histórica pasada.

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– Estas cosas suelen pasar en Kirguizistan. Aquí todo es posible — dice Ingrid con la mayor naturalidad del mundo.

En Ala-Archa dominaba el otoño. Un duende había ido saltando de árbol en árbol, dando a cada cual un color diferente: amarillo, marrón, naranja, rojo … Me recordé de las palabras de Vitalik. El cielo mostraba el azul intenso y transparente de los días de finales de verano, cuando los rayos de sol ya no interfieren desde lo alto de la cúpula celeste. El frío de la noche también provoca que la humedad sea mucho más baja y por tanto, la visión es más diáfana. En esta zona hay un refugio, el cual es libre y al que se accede después de una larga caminata de unas 5 horas. Aquí no hay arrieros y no se alquilan caballos. Los bultos deben subirse a pie. Nosotros llevamos cuerdas, material de escalada, el equipo técnico, sacos, ropa de recambio y comida para una semana. Las mochilas, — en mi caso dos, una en la espalda y otra en el pecho –, representan un peso de unos 35 quilos. La subida al refugio se eterniza, se convierte en una verdadera tortura. Ya en las cercanías del mismo no puedo más. Abandono una de las mochilas. Ya volveré a buscarla más tarde. La citada operación se me plantea como la única posibilidad de llegar. Hace tiempo que perdí de vista a Vitalik y a Ingrid. Iba mirando con envidia como sus pasos eran más rápidos y los transportaban un centenar de metros por arriba. En un recodo del camino desaparecieron de mi campo visual y ya no los volví a ver hasta mi llegada a la cabaña.

Tras los cristales de la ventana, cuando las últimas luces del día se funden con la incipiente y creciente penumbra de la noche, observamos la elegante silueta del Txitxitafen. Es una montaña muy elegante, de 4.515 metros de altitud, que muestra una goulotte de hielo enmarcada en medio de dos paredes rojizas, con una parte alta donde el terreno se abre y se convierte en una campa triangular de nieve en forma de reloj de arena. Tiene una similitud con el mítico corredor del diamante del Monte Kenya, en África, y aunque Ingrid desconoce si ya ha estado escalado previamente, me confiesa que desde que lo vio por primera vez (ella ya había estado en Ala-Archa en mayo) se sintió fuertemente atraída por la escalada de la canal. Yo la escucho y observo la cada vez más oscura silueta de la montaña con un disimulado interés. Prefiero no decir nada. Estoy reventado por la sufrida aproximación a la cabaña y mañana no tengo la más mínima intención de hacer nada. Nos acostamos.

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– Mañana será otro día. Pongamos el despertador a las 8 y ya decidiremos que hacer … –

La intención, una vez desayunados y observando el buen día que hace, es de aproximarnos a la pared para examinar la calidad del hielo. Desde lejos parece un hielo fósil completamente ennegrecido, lo cual lo haría casi inescalable. Cuando comento mi percepción a Ingrid, ella me responde con cara de pocos amigos. Cualquier temor manifiesto parece ser una amenaza para ella. Procuro no preocuparme en exceso. Metemos en la mochila el material de escalada. Si llegamos a pie de pared podemos fijar algún largo, escalar un tramo y dejar el nido de material al pie. Así, si volvemos al día siguiente, disfrutaremos de una aproximación sin peso. Cuando iniciamos la marcha el sol está alto. Ya son las 9:30 pasadas de la mañana.

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Llegamos a pie de vía dos horas y media más tarde. Desde la cabaña parecía que el acceso a la canal se tuviese que hacer por un contrafuerte rocoso. Ahora descubrimos que no es así, que tan solo era un efecto óptico, puesto que el contrafuerte rocoso forma parte del espolón situado en frente del canalón de acceso. Lo que si que se muestra igual es el color del hielo: Negro y repugnante. Grata sorpresa cuando comprobamos que, a pesar de su dureza, es mucho más manejable de lo previsto, puesto que se trata de hielo de fusión envejecido, pero que no puede considerarse fósil. Es tarde, y a pesar de las secuelas del cansancio del día anterior, en ningún momento nos planteamos renunciar a la escalada. La goulotte es elegantísima, en una inclinación media de 60 * sobre puro hielo. Más arriba un largo muestra mayor inclinación 70* – 75* sobre una superficie carente de cualquier señal de paso previo. A lado y lado de la canal busco algún indicio de otras ascensiones: Un clavo, un cintajo … resulta imposible pensar que esta goulotte no sea una ascensión clásica. Durante la escalada del largo clave el cielo se encapota y empieza a nevar. “Justo en el estrangulamiento del reloj de arena”, pienso. Cuando Ingrid llega a la reunión también se muestra cansada. La nevada a cesado para dar paso a la penumbra nocturna. Sacamos los frontales de las mochilas. Hay que continuar, estamos a media pared y pronto será noche cerrada. La parte alta de la escalada tan solo presenta una fina capa de nieve inestable sobre el hielo frágil y cristalino. El terreno por tanto no cesa en su dificultad, debemos armarnos de paciencia y continuar escalando largos de cuerda con sus consiguientes relevos y seguros intermedios. Los gemelos empiezan a resentirse de tanta escalada sobre puntas de grampones. Como añoro poder hacer una mínima repisa para descansar los pies, pero debemos conformarnos con colgar de los tornillos clavados en las reuniones. El último largo se me antoja interminable. El cansancio residual de la subida de ayer ha dado su fruto y noto como el agotamiento ha hecho mella en mi. Como último recurso desesperado le pido a Ingrid que continúe ella, pero me confiesa que también está cansada y que no lo ve claro. Inicio los últimos cuarenta metros como una verdadera vía crucis, dos, tres movimientos de escalada y una pausa. Los gemelos pidiendo una tregua que no les puedo dar. Miro hacia arriba. Unos metros más y llego a la cornisa. El último resalte que se semidibuja en la oscuridad, más allá del corto haz de luz de la linterna frontal. Al llegar a la arista monto reunión cavando una bañera en la nieve. Cuando llega Ingrid nos abrazamos eufóricamente. Son las 2 de la madrugada. Ella no cabe en su júbilo, yo no puedo con mi cansancio. Bajamos cruzando un inestable e interminable pedregal. Es curiosa esta montaña. Por una vertiente una larga canal de nieve enmarcada entre paredes de roca y por el lado contrario un interminable chancal completamente desnudo de hielo. Abajo, y procedente de las montañas circundantes, una inmensa lengua glaciar donde se reflejan los destellos plateados de la luna. El paisaje es mágico e irreal, lástima que el agotamiento nos venza en cada pausa y seamos víctimas de breves estados de soñolencia mientras observamos el espléndido paisaje.

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Siendo casi las 6 de la madrugada y estando en las cercanías del refugio, viene a nuestro encuentro Vitalik. El tampoco no ha dormido en toda la noche. Observó extrañado como dos puntitos negros avanzaban por la parte baja de la canal a una hora más bien tardía, y como después, mediante movimientos tan lentos que semejaban estáticos, dos diminutas lucecillas se separaban y se unían, una y otra vez, a medida que los largos de cuerda de escalada quedaban por debajo de ellas. A estado en vela toda la noche, preocupado por lo que considera “nuestra temeridad” y nos da la bienvenida con un termo lleno de té caliente. Las puertas del cielo se nos abren a cada sorbo. Que afortunados nos sentimos de poder tener al Sr. Vitalik a nuestro lado !!!.

El descanso resulta doblemente reparador por el esfuerzo de la escalada y por el desgaste del día previo. Ingrid ya está contenta y yo me muestro también más tranquilo. Ya tengo la seguridad de no volver a casa con el zurrón vacío de escaladas. Tomamos dos días de descanso en el que realizamos, durante la tarde de la segunda jornada, una bonita escalada rocosa de poco más de cinco largos y que se inicia justo en frente del edificio del refugio. La ascensión, sin pena ni gloria, discurre por un sistema de resaltes y fisuras de roca excelente y nos permite una privilegiada visión frontal de nuestro último objetivo: La pared norte del Box. Se trata de una larga muralla helada que raya la pared por el centro de manera decidida, perdiendo anchura a medida que gana altura, hasta convertirse en un exiguo hilo blanco en las proximidades de una arista secundaria. Desde este punto parece que un sistema de viras y resaltes por terreno mixto conduce a una aparentemente cercana cresta, la cual pronto se funde con la inmensa cúpula azul de la cumbre, que sostiene un serac de considerables proporciones. El itinerario tiene todo el aspecto de gran pared norte: Una colada blanca perdida en un caos de roca. Una muralla grande, altiva, que empequeñece al espectador que desea escalarla. Infundiéndole un miedo humano, producto de la consciencia que toma el alpinista ante las inmensas proporciones del terreno a superar.

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Esta vez el listón se eleva un poco más al invitar a Vitalik a formar parte de la escalada. El se debate entre el miedo a lo desconocido (jamás ha escalado ni ha pretendido escalar algo tan difícil y largo) y las ganas de ponerse a prueba. Vitalik es un chico joven, fuerte y decidido. A pesar de los primeros resquicios de duda, la tendencia de la decisión a tomar es evidente. Tan evidente como la energía que desprende un joven de su edad: “Ok, Pako. Ok, Ingrid. Lets go …”. Visto desde fuera se puede reprochar que se convide a un joven inexperto a escalar un itinerario de estas características, más cuando su material personal (ropa, piolets y grampones) parecían sacados del museo de alpinistas de Chamonix, al estilo Bonatti de los años 60. Pero  Ingrid me infundía mucha confianza como compañera tras las escaladas previas y sabía que ante cualquier percance, siempre puede contar con ella. Por otra banda, yo me siento en una forma física y psíquica excelente. Quizás nunca me halla encontrado en tan buena sintonía conmigo mismo y con la montaña. Estas vibraciones te infunden un valor real incalculable y soy consciente de ello.

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Ya desde las primeras palas nevadas nos calzamos los grampones y empezamos a realizar largos de cuerda. Las características del terreno son similares a las de la parte final del reloj de arena del Txitxinafel: Hielo quebradizo y sucio bajo una capa inestable de poco más de dos dedos de grueso de nieve polvo. Van discurriendo los largos y con ellos las horas. La parte central de la pared de hielo muestra un bonito tramo mixto de 75* grados de inclinación sobre pechinas de nieve y hielo adheridas a la roca. Durante unos veinte metros avanzo con la serenidad suficiente como para no pensar en que el terreno no deja de ser precario y las posibilidades de asegurarse son nulas. Poco antes de emprender el resalte puse un doble seguro ante la precaución de saber que los metros siguientes serían expuestos y difíciles. El consciente anula los resquicios de temor y deleito los placeres de la calma impuesta. El subconsciente, desde su silencio obligado, intenta recordar que una caída puede tener graves consecuencias y que estamos en un lugar del mundo donde nadie nos echaría a faltar hasta de aquí unos cuantos días. La salida de la canal, en su derivación a la arista intermedia, presenta un terreno mixto de nieve muy mala y roca frágil. Aparentemente parece un largo fácil, de transición. Ingrid se molesta cuando no le permito tomar la delantera. Una vez en la plataforma de la reunión agradece, muy a su pesar, haberme hecho caso. Al finalizar la goulotte ya llevamos 13 largos de cuerda. La cumbre parece cercana, quizás no tanto como se apreciaba desde abajo, cuando realizamos los estudios previos de la pared. Pero otra realidad se hace más evidente: las cumbres que limitan el horizonte ya tienen tonalidades amarillentas que pronto darán pasos a naranjas más suaves para fundirse en la tibieza de un rosado mortecino. La noche nos alcanzará de lleno en la parte alta de la pared. Intento escalar el siguiente largo de cuerda con el auxilio de los frontales. El terreno es mixto descompuesto y muy precario. La roca es calamitosa y  a duras penas encuentro algún lugar solido para emplazar algún pitón. Es evidente que la mejor opción es volver a la repisa desde donde mis compañeros observan mi danzar y hacerles participes de la realidad que ya deben ver de manera evidente: Toca vivac a pelo, a 4.000 metros, en medio de las montañas de Asia Central, a finales de verano y, por supuesto, sin sacos. Cenamos la poca comida que nos queda. Dejamos para el día siguiente dos barretas a compartir entre los tres comensales. Una será el desayuno y otra, si todo va bien, la celebración de la conclusión de la vía.

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La noche, no cabe decirlo, se hace larga y penosa. Con la temperatura unos cuantos grados bajo cero y el frío mordiéndonos con fuerza hiriente. Movimientos, temblores, quejas. Nos amontonamos los tres intentando que la proximidad evite la marcha de calor. Hablamos a ratos y a otras cada uno se distrae con su introspección y los motivos de su silencio. Es el primer vivac a pelo de mis compañeros. Vitalik se lamenta de su mala suerte y a Ingrid la experiencia parece sentarle bien. Yo intento recopilar el número de vivacs a pelo vividos y creo que pocos me faltan para la veintena, y además de varios colores: Con viento, en invierno, con lluvia, con tormenta, con nieve … empiezo a estar realmente cansado de pagar este precio por el tipo de alpinismo que practico o por la mentalidad clásica con que lo llevo a término. Un vivac a pelo puede ser muy romántico a posteriori, pero las largas horas sin sueño parecen días, y la noche una semana. Cuando se hace de día no nos movemos hasta que nos da el sol. El alba es interminable. El sol parece que no quiera aparecer nunca y que las tonalidades del cielo sean inmutables. Ayer de hizo de noche a una velocidad vertiginosa y ahora parece que la luz nunca tenga que ir en aumento. En momentos como este, con el frío que se te ha colado en las entrañas, uno de imagina la velocidad de la rotación de la tierra. Me imagino como un pájaro volando sobre la superficie del planeta inmóvil, en busca de un horizonte donde brille el astro rey, volando a una velocidad constante de 22 metros por segundo.

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Cuando el primer rayo de sol ilumina la parte alta de la cúpula de Box los tres gritamos al unísono. Sun, Sunnnn !!! Queremos notar su calor, su presencia. Daríamos cualquier cosa por estar ya bajo sus magnificentes rayos. No nos incorporamos hasta que el sol ha desentumecido nuestros encarcarados cuerpos. “Por fin. Salgamos de aquí. Creo que debe faltar poco para llegar a la cumbre”.   Graso error. Poco más tarde tomamos consciencia de que aún faltan varios largos de cuerda. En realidad la repisa de vivac resulta ser el ecuador del recorrido. El relevo 13 de los 26 de la pared. A partir del emplazamiento en el que hemos pasado la noche, el terreno es casi completamente rocoso, con algún tramo de nieve inestable sobre un terreno pedregoso aún más precario. Más arriba la vertiente gana verticalidad, con lo cual la roca es de mejor calidad y el terreno más difícil pero a la vez más seguro. Cerca del final de la pared, con la tarde ya avanzada y a punto de superar un tramo de quinto grado, una repentina nevada hace acto de presencia. Por suerte desaparece tan pronto como las presas empezaban a tapizarse del elemento blanco recién caído. Al llegar a la cresta somital grito de alegría. Es el segundo día de escalada pero ahora, por fin, ya se que saldremos por la cumbre. Ingrid y Vitalik también muestran su alegría un tanto diluida por el cansancio patente y por el hecho de que, ante nosotros, aún se adivina un tramo de cresta que da paso a la cúpula de la cumbre, la cual, a pesar de su moderada dificultad, aconseja tomar precauciones a la hora de escalarla. El cansancio repercute de manera clara en las reacciones y en la ejecución de los nuestros movimientos que se han vuelto lentos y torpes. Comemos la última barrita de cereales que debemos compartir entre los tres y tomamos el único sorbo de agua que nos hemos permitido desde el desayuno. No deja de ser simbólico, puesto que poca cosa más podemos conseguir que humedecernos los labios. Llevamos dos días escalando, con un vivac intermedio que nos ha consumido en vez de reconfortarnos y la exigua comida casi de acabo ayer. Nos sentimos hambrientos y desamparados. En cualquier otra actividad deportiva ya haría horas que hubiese renunciado a continuar machacando el cuerpo y la mente, pero miro a mi alrededor y tan solo se ver miles de montañas anónimas que constituyen un paisaje inhóspito sin límites y sin escapatoria instantánea. A veces la belleza y la dureza juegan la misma partida, se codean, se entretienen, se avanzan, se retroceden, se complementan. Llegamos a la cumbre con las últimas luces del día. Contentos y cansados. Infinitamente contentos y enormemente cansados. El descenso, por suerte, es fácil, aunque tortuoso. Se trata de una interminable canal de piedras inestables y de considerable inclinación que no hace concesiones hasta no llegar al glaciar situado a más de 800 metros de desnivel por debajo de la cumbre. Al igual que en la anterior ascensión, la vertiente alpina y glaciar da paso a unos interminables y feos chancales desnudos y yermos, carentes de cualquier aliciente o atractivo. Llegamos al refugio 48 horas más tarde de la partida. Hoy Vitalik apenas tiene fuerzas para meterse dentro del saco. Ingrid, radiantemente contenta nuestra que sabe transformar el triunfo en energía, y es ella la que buenamente hace de anfitriona a cuida de lo que queda de nosotros. Con la ascensión a la cara norte del Box hemos realizado lo que se podría considerar ALPINISMO en las tierras olvidadas de Asia Central. Los días que restan de viaje servirán para apreciar unos valles, una ciudad y unos amigos con la reconfortante sensación de tener los deberes bien hechos, de haber incorporado a la vida un brillante cristal en el interior del caleidoscopio.

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(* 5) – FORDIDDEN MOUNTAINS – THE MOST BEAUTIFUL MOUNTAINS IN RUSSIA AND CENTRAL ASIA, es un libro escrito por Paola Possolini Sicouri y Vladimir Kopylov, editado por la editorial Indutech, de Milano. Su edición fur de noviembre de 1.994, y describe diferentes montañas y valles del Caucaso, Crimea, Pamir, Altai, Tien Shan y Kamchatka. Un libro imprescindible para los alpinistas que deseen realizar actividad en las cordilleras de Rusia y de las ex-repúblicas soviéticas.

(*6) – Karakol invierno, Biskek verano, Ala-Archa otoño.

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ACONCAGUA 1992, CENTINELA DE PIEDRA

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A (0)El Aconcagua, con sus 6.962 metros de altura, es la montaña más alta de las Américas y también el techo del hemisferio Sur. Tan solo en el Himalaya y en sus estribaciones (Karakorum. Tirich Mit, Pamir, etc …) encontramos cumbres de mayor altura. Constituye el lugar más elevado de la esquina dorsal de la cordillera de mayor longitud del mundo: los Andes. Lugar de parajes únicos e irrepetible que se extiende desde la costa caribeña, ve cruzar el ecuador y se pierde en las antárticas latitudes del fin del mundo: la tierra de Fuego.

La montaña del Aconcagua es, con diferencia, la cumbre más visitada de los Andes. El hecho que sea el “rey” y la facilidad técnica de la vía normal, son factores que llaman al “gran público”. Una inmensa cantidad de montañeros y no menos profanos de la cuestión, se acercan a su pie probando suerte. La situación llega a extremos lamentables, convirtiendo la montaña en un escenario para “reality show” o en un lugar donde se cuentan los “récords”. En el primer de los casos quiero referirme a un deplorable programa que realizó la televisión pública de mi país, TV3, que consistía en hacer llegar jóvenes ajenos al montañismo a la cumbre, haciendo pasar el triste ascenso como una prueba de valentía, de fuerza y de convicción de los héroes televisionados. En el segundo de los casos destacan las carreras contrarreloj campo base – cumbre – campo base, ascensiones con invidentes, récord mundial de altura para un perro, descensos con mountain bike y el quimérico esfuerzo de un aragonés para demostrar que el hombre humano podía vivir más de 60 días seguidos a casi 7.000 metros.

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Sea como sea, el gigante de las Américas tiene la otra cara. Aquella que es austera, indestructible y que constituye el mayor precipicio de la cordillera: la pared sur. Allí se ha escrito el andinismo con mayúsculas, de una rigurosidad inhumana.  La vía francesa de 1954, tan magistralmente narrada por Lionel Terray en su libro “La conquista de lo Inútil”, fue el pistoletazo de salida. Más tarde el mesias del himalayismo, Reinhold Messner, endereza la linea francesa, concluyendo lo que con posteridad se conoce como la vía directa. Varias rutas surcan desde entonces la pared, pero ninguna de ellas llevan tan al extremo la audacia, la temeridad y la perfección del arte del alpinismo como las firmadas por el eslovenos Slave Sveticic: La Sun Line y la Ruleta Rusa. Los polacos, en el año 1987, tampoco se quedaron cortos con el pilar directo de la cumbre sur.

A medio camino entre la espectacular pared sur y la accesible vertiente oeste, por la que discurre la vía normal, encontramos la vertiente este, conocida como el glaciar de los polacos. Se trata de una vertiente glaciar de una inclinación moderada y constante, donde la escalada nunca llega a ser rigurosa pero que si que requiere una constante atención.

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En noviembre del 1992 un numeroso grupo de escaladores conversamos animadamente al lado del fuego. Estamos bajo las estrellas en medio de prados rociados donde la escarcha hará acto de presencia con el transcurso de las horas. En concreto nos hallamos en Vilanova de Meià, uno de los mejores escenarios para la escalada en roca de Catalunya y de Europa. Conversando con una amiga llamada Carmen me comenta su intención de ir al Aconcagua en invierno (verano en el hemisferio sur), ellos son el grupo más pequeño posible, — dos –, y desearían incrementar el número con un tercero o hasta un cuarto componente.

Bien –– respondo a Carmen tras solicitar el “veredicto visual” a mi pareja — Os acompaño, pero quiero subir por Polacos.

– Bueno, ya hablaremos …. Quedamos con Pere (el segundo miembro), y concretamos el tema.

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El primer encuentro en Barcelona entre los tres miembros del grupo no es emotivo, pero si correcto y cordial. Quizás desde buen principio mi carácter juvenil (cuento con 23 años de edad), contrasta con el tono más calmado de Carmen, (tal vez acorde con su menor experiencia como montañero ante los otros dos expedicionarios), a la vez que contrasta con el porte más serio y veterano de Pere que debe estar en una edad cercana a la ciquantena. No obstante me ratifico en mi empeño de incorporarme a cambio de subir al Aconcagua por el Glaciar de los Polacos, condición que es aceptada sin un entusiasmo excepcional pero que tampoco no genera ningún debate. Otro de los puntos claves de la reunión es la necesidad de encontrar un cuarto componente para cerrar las cordadas, tema en que todos estamos de acuerdo pero que, con el tiempo, no prosperó.

Respecto a la logística debo admitir que el viaje ya está organizado, por lo que me toca la cómoda condicionar de pagar y encontrarme todo hecho. Me hacen responsable del material necesario para la escalada (cuerda, tornillos de hielo, etc …) y concretamos las fechas. Yo tan solo tengo una par de semanas de vacaciones que, a lo sumo, puedo alargar tres días más con los fines de semana. Carmen y Pere tienen todo un mes. Cuando finalicen con el Aconcagua se dirigirán hacia el sur, a escalar algún volcán y llegar hasta la zona del Cerro Torre para realizar el magnífico trékking que transita a los pies de la fálica aguja de granito. El Cerro Torre es una de las montañas más increíbles y estéticas del mundo y solo el hecho de poderlo ver, ( si el horrible tiempo patagónico lo permite, claro ) es un placer para los sentidos. Siento cierta envidia de su plan de acción posterior, aunque soy consciente de que yo preferiría utilizar mi tiempo en otro tipo de proyectos si mi estancia en Argentina pudiese dilatarse.

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No obstante la principal duda que me plantea el viaje se debe, justamente, al corto periodo de vacaciones para subir la montaña. No por la ascensión en si, que es relativamente rápida (2 o 3 jornadas), ni por la lejanía del lugar, puesto que está bien comunicado, sino por el necesario periodo de aclimatación del cuerpo humano a una altura tan elevada como la del Aconcagua, que poco le falta para los 7.000 metros. A medida que recojo información de la zona, leo escritos en los que cuentan que el efecto de la altura se acentúa en los Andes Mendocinos en comparación al Himalaya, por su situación más alejada del ecuador. Las teorías que sustentan tal afirmación son subjetivas y de poco rigor científico (al menos las que llegan a mis manos), pero la posibilidad seudo-científica seudo-fantástica que sustenta tal afirmación, no hace más que ahondar mis dudas. ¿Serán suficientes tan pocos días para aclimatar? ¿Como se aclimatará mi cuerpo a la altura?. Y si mi metabolismo no reacciona rápidamente … ¿no tendré la sensación de malgastar el tiempo y el dinero, cuando este último, justamente, no me sobra? Sea como sea la duda tan solo se resuelve de una manera: sustituyèndola por la decisión. Entonces, con el tiempo, sabremos si herramos a atinamos con nuestra decisión, en caso contrario la duda se eterniza y persiste de manera cíclica.

Estamos a mediados de febrero de 1.993 y cruzo, por primera vez en mi vida, el “charco” que separa Europa de América. 13 horas de vuelo larguísimas, pero también llenas de ilusión, de entusiasmo, de la emotividad ante la posibilidad de abrir mi vida a nuevas experiencias. El primer contraste al llegar a Argentina, y en especial al aterrizar en Mendoza, es el clima veraniego. Horas antes salía de Barcelona en medio de un día plomizo con una brisa fría y desagradable, ahora estoy bajo un sol de justicia, en medio de avenidas verdísimas donde el aire es pesado y bochornoso.

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Mendoza, principal capital vinícola del hemisferio sur, se nos presenta como una ciudad limpia, espaciosa y ordenada. A los pies de los colosos de los Andes, los cuales están lo suficientemente lejos como para que no dar la sensación de opresión y están lo suficientemente cerca como para deleitarnos el paisaje. Nos sorprende una campaña gubernamental, recalcando la necesidad de tomar las medidas básicas de higiene. No en balde se han declarado brotes de cólera en la provincia de Salta, una de las regiones fronterizas con Brasil y más pobres del país. También encontramos una huelga en el sector de la restauración, son una peculiar forma de protesta que consiste en no servir parrilladas en los restaurantes, a todo aquel que no sea extranjero. Se ve que la deferencia hacia el turista es más importante que las reivindicaciones locales. Es innegable que ante este hecho tan loable y sacrificado en pos del extranjero, se esconde la fuerza indomable de los billetes verdes del imperio dólar. Tras una gran crisis económica el gobierno de la Argentina ha decidido establecer la pariedad monetaria entre la moneda nacional (peso) y el dólar estadounidense. Un difícil pulso que, en apariencia, debe traer estabilidad a una población que ha dejado de creer en el valor de una economía exageradamente inflacionista, donde los precios de un restaurante podían cambiar entre el momento de la estudiar la carta y momento de la expedición de la factura, o donde un pastel de aniversario podía llegar a representar un desembolso millonario. Sea como sea y a pesar de que un cambio tan radical forzosamente provoca problemas; en el país, — o mejor dicho, en la región –, se respira un aire de cierta riqueza y de prosperidad. Apreciación que se ve incrementada al holgazanear en las terrazitas de los bares y restaurantes mendocinos, tomando la deliciosa cerveza “Andes”, embotellada en envases de tres cuartos de litro de capacidad.

Mendoza invita a pasar unos días vagando sin mas pretensión que la de descansar, pero el calendario apremia y tan pronto como podemos partimos hacia la montaña. Nuestra última escala del trayecto sobre transportes públicos es Penitentes, un horrible complejo turístico en el que se localiza una estación de pistas de esquí alpino y que guarda una desagradable similitud con ciertas zonas de la montaña andorrana. Tanto en los Andes Mendocinos como en los Pirineos, la imagen de los telesillas fuera de funcionamiento colgando sobre verdes prados, puede resultar aún más insultante que la propia imagen de la estación en pleno apogeo de la época invernal, donde el desconcertante ajetreo de esquiadores pone a cada cosa y a cada uno en su lugar.

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La entrada al parque del Aconcagua la realizamos en un vehículo 4 x 4. Nos acompaña un yanqui que vuelve al puesto del valle para recoger a sus amigos. Él ha bajado pocos días antes que ellos, con la cumbre bajo sus pies. Está contento y la mueca de una inmensa sonrisa, que le va de oreja a oreja, parece habérsele quedado fija en medio de su cara. No puedo evitar se sentir cierta envidia y hacerme la pregunta sobre si será igual mi rostro dentro de quince día, o si, por contra, mis facciones serán duras, tristes y cansadas. Una u otra realidad tan solo depende de un punto: aquél que se halla a 6.962 metros por encima del nivel del mar y en el que convergen todas las líneas de la montaña más alta del continente americano.

Al final del trayecto por pista nos encontramos en la entrada del parque, donde debemos registrarnos y pagar el permiso de ascensión o de trekking, según proceda. Al fondo, con apenas alguna nube enganchada que, de tan pequeña, se confunde con los glaciares, observamos por primera vez el Aconcagua. A pesar de estar a más de 40 km de distancia la imagen que transmite impresiona. Es enorme!!

Sobre la procedencia del nombre de la montaña hay varias teorías, pero quizás la mas aceptada es la que defiende que el nombre actual genera de quechua AKON – KAHUAC, que significa “el centinela de piedra”

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El primer día de actividad a pie discurre entre la entrada al parque y el campamento de Confluencia. Este último lugar se encuentra ya ha 3.800 metros de altitud y es un punto estratégico donde se separan las dos valles que van a sendos campamentos bases del Aconcagua. El campamento de Plaza Mulas, en donde se encuentra la base de partida hacia la vía normal y hacia el Glaciar de Polacos, y el campamento de Plaza Francia, sito a los pies de la inmensa pared sur. Tan solo entrar en el parque nos da la bienvenida el Cerro Almacenes, que se encuentra a la derecha del camino. Se trata de una curiosa cumbre de … metros de altura, que presenta una formación de sedimentos muy llamativa, tal como si de un inmenso pastel de diferentes colores se tratase. Los guías del refugio de Penitentes, con los que pasamos la noche anterior, me hablaron de una fina goulotte de hielo, con columnas de hasta 90* de inclinación, que discurre encajonada por la vertiente opuesta a la que se puede ver desde el inicio del valle. A pesar de que no consigo verla y ni tan solo intuirla, me gusta imaginarme un bonito trazado blanco en medio de las capas sedimentadas. Sería un proyecto alternativo que nada tiene que ver con nuestros planes; Pero meditando sobre este tipo de ascensiones, me doy cuenta de que los recorridos olvidados a cumbre remotas están más de acorde con mi planteamiento de ver el alpinismo. Siento devoción por las montañas secundarias, por los lugares sin fama, sin reconocimiento, por las piedras humildes, por las montañas rudimentarias y despojadas de celebridad. Quizás estas montañas sean un reflejo de mi propio carácter, de mi propia manera de entender la vida y el alpinismo.

En el emplazamiento de confluencia se encuentra una carpa que sirve como lugar de estancia de un guarda del parque, punto de transmisión de radio, servicio de bebidas y comidas y espacio de comedor comunitario. Alrededor de la citada carpa hay buenos lugares para acampar. Esta primera noche descubrimos lo que será la tónica base en la zona: a partir del instante en que el sol se esconde bajo la linea del horizonte, la temperatura baja en picado. En cuestión de minutos los termómetros pierden más de 10 grados y nuestros cuerpos notan rápidamente el fuerte contraste. La reacción de todos es la misma: buscar rápidamente el plumón o la chaqueta térmica. Al atardecer, cuando estamos alrededor de la mesa, se plantea un momento crítico entre el grupo: Pere habla, Carmen calla y yo me enojo; su exposición, seca y firme, es la siguiente:

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– Pako, nuestro objetivo principal es la cumbre. Lo hemos estado hablando Carmen y yo y subiremos primero por la vía normal y luego, cuando estemos bien aclimatados, será la hora de plantearse la ruta de polacos.

– Como!!! Sabes que para mi no es posible plantearme ambos objetivos, no tengo opción a dos ascensiones en tan pocos días, más teniendo en cuenta el periodo previo de aclimatación y el periodo de descanso intermedio entre escalada y escalada.

– Bueno, nosotros dos vamos primero por la cumbre, si quieres espabílate y engánchate con alguien para subir por Polacos.

Me siento engañado, traicionado. Ni tan solo una disculpa. Pere no admite sus flaquezas, sus limitaciones. Toma la conducta del jefe de expedición encargado de tener una voluntad de hierro y que se ve en la obligación de hacerse el fuerte en pos de la buena salud de la expedición. El pobre ha leído demasiados relatos clásicos y se debate entre su imagen anquilosada, el mal sabor de anteriores expediciones, — cuyos objetivos sobrepasaron sus posibilidades –, y una mal disimulada antipatía hacia mi persona, mi juventud y mis ganas de devorar la montaña.

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Prefiero salir de la carpa para aliviar mi enfado. Si no estuviese tan lejos de casa daría media vuelta y les enviaría a freír espárragos. Ahora caigo en la cuenta de que ellos dos nunca han tenido la más mínima intención de escalar el glaciar de Polacos y que en la entrevista que tuvimos en Barcelona me dieron holgura a mis pretensiones con tal de incrementar el grupo. Ahora estoy solo, caminando por los campos de tierra y piedras cercanos a Confluencia. Hago balance, “intentaré encontrar algún compañero de cordada en Plaza Mulas, y si no, escalaré solo”, me digo en mi monólogo introspectivo. En la lejanía, en el que resulta el cuadrante opuesto al Aconcagua, se observa la pared sur del Cerro Tolosa. Cumbre de … m cuya vertiente glaciar es, según dicen, un reproducción reducida de la inmensa pared sur del propio Aconcagua. Sea como sea la cumbre es preciosa y misteriosa, le invade una inmensa tristeza al dejarse acariciar por lo últimos rayos del día de muere. Imperturbable, fría, mineral … su imagen me transfiere calma y tranquilidad, justo lo que más preciso en este momento. Contemplo la montaña sin moverme, hasta que la oscuridad dificulta la visión del camino de regreso a la tienda y el frío muerde mis piernas. Llego a la tienda con la noche tan cerrada como la boca de un lobo. Abro el interior y sin demasiadas contemplaciones hacia mis compañeros que ya duermen en el interior, extraigo mi saco de plumas y desaparezco sin decir nada. Prefiero hacer vivac a pocos metros para poder establecer ese diálogo único entre el montañero y el cosmos.  La conclusión es clara: Siéntete afortunado de estar en la otra punta del mundo entre titanes de tierra, piedra y hielo. Intenta que la convivencia, necesaria e impuesta a la vez, sea lo más liviana y agradable posible, puesto que del conflicto personal nadie saca provecho … y descansa, aprovecha el momento, aprovecha la vida. Observo los millones de estrellas del firmamento, hago y deshago lineas imaginarias, se mueven, se desvanece, en caleidoscopio está en marcha. Poco a poco los inalcanzables tintilleros desaparecen a decenas, a centenares, a millares … y se pierden en un sueño profundo y tranquilizador.

Al día siguiente ascendemos a Plaza Francia (4.500 m) y volvemos a descender a Confluencia. Resulta ser una excursión impresionante, puesto que gradualmente se descubre el abismo más grande de los Andes: la pared sur del Aconcagua; que empequeñece y oprime a todo aquel que se acerca a sus pies. Por mucho que uno camine la pared tan solo sabe crecer y da la sensación que nunca se llegará a la base de la misma. Un caos de paredes de roca y glaciares colgantes, adornados de azulados y descomunales seracs, configuran esta gran muralla que tan solo unos pocos osan escalar. Cerca del emplazamiento de Plaza Francia, que este año y por estas fechas está desierto, se pueden observar los restos del gran terremoto que tuvo su epicentro justo en este lugar, a finales de los años 80. Sobre los efectos del mismo existen tomas fotográficas, que se traducen en imágenes de descomunales aludes que se desprenden de los seracs de la pared. Millones de toneladas de hielo, roca y nieve que se precipitan alocadamente con un estruendo enloquecedor. La contemplación de las imágenes fotografiadas del terremoto y de los aludes, son tan elocuentes que parecen ir más allá de la muda fotografía y casi se podrá decir que transmiten los ecos lejanos del alud. Sea como sea, años mas tarde, las grietas en el suelo aún son bien visibles. La tierra gimió, se abrió, enseñó sus entrañas, y aún deberan pasar muchos lustros para cicatrizar las heridas.

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Una jornada más tarde llegamos por fin al que será nuestro campamento Base: Plaza Mulas. Antes atravesamos la inacabable “Playa Ancha”, un largo tramo horizontal de más de 10 kilómetros de longitud, donde continuamente se deben vadear lo meandros del rio Horcones Alto. El terreno arenoso simula ser una inmensa playa, eso si, sin mar, y de ancha … anchísima. Poco más arriba se encuentra el emplazamiento de un viejo refugio cuya construcción parecía ser fuerte y consistente, pero que en la actualidad se ha visto reducido a un amasijo de escombros y hierros retorcidos. Según los lugares “un alud se lo comió“, lo cual ayuda a hacerse una idea aproximada de la rigurosidad de los inviernos en la zona y el increíble contraste del terreno durante el verano, temporada en que las montañas presentan una aridez extrema. No en vano el Aconcagua es una montaña cada vez más visitada y transitada durante la época de bonanza, pero que cuenta con muy pocas ascensiones invernales. En realidad poco más de una decena de expediciones han coronado la cumbre en época invernal. La primera invernal al glaciar de Polacos corresponde a una expedición catalana del año 1.980 y dentro de la escueta historia de las escaladas a la cumbre durante la época fria, mención a parte merece la odisea inhumana de la que sobrevivió el alpinista español Fernando Ruiz Sanz, que realizó la segunda ascensión invernal y solitaria a la pared sur del Aconcagua (*1). Ruiz, que se encaró en la pared en el estilo alpino más puro y selecto, se vio envuelto en una dantesca tormenta que le sorprendió en la parte alta de la pared y tuvo que continuar escalando en condiciones imposibles. vientos huracanados (de casi 200 Km por hora) y temperaturas de – 40 *. Se le agotó la comida, el combustible y la bebida y realizó el descenso “in extremis” por la vía normal rebuscando el último soplo de energía en lo que se convirtió en una lucha encarnizada por sobrevivir. El precio que tuvo que pagar este excepcional escalador fue sin duda muy elevado y le apartó de las escaladas solitarias extremas: amputación de la mayoría de los dedos de la mano y de los pies.

Por suerte para los restantes mortales que nos aproximamos a la montaña con unas pretensiones substancialmente más humildes, el sol arde en lo alto de la cúpula celeste durante la época estival y los pasos realizados en las proximidades del refugio destrozado por los aludes invernales, se convierten en un agradable paseo.

Poco antes de llegar a Plaza Mulas la altitud y la falta de aclimatación hacen sus primeros actos de presencia. Los tres componentes del grupo llegamos cansados, con dolor de cabeza y carentes de apetito. Es curioso que el día anterior estuvimos a mayor altura pero no notamos tanto la falta de aclimatación. Casi con toda seguridad fue la falta de peso en la espalda la que marca la diferencia. Quizás este sea un apunte importante a tener en cuenta en las ascensiones a cumbres donde la alta altitud es un factor más que dificulta la ascensión: a menor peso mejor aclimatación. Sea como sea la tarde nos regala nuestra primera visión del magnífico espectáculo que representa el ocaso del astro rey proyectado sobre la vertiente noroeste del Aconcagua. Un sinfín de colores se dan cita sobre el laberíntico caos de órganos minerales de la vertiente. Aquí y allá miles de recodos, de lejanas paredes, de agujas anónimas, van cambiando de coloración a medida que el sol se escapa. Se dan cita todos los amarillos, todos los naranjas, todos los rosados, todos los violetas, todos los azules, todos los marrones, todos los grises, … y los diminutos montañeros que contemplan la escena quedan atónitos, incapaces de retener tanta belleza. Por un momento hasta el más insensible se queda inmóvil, con el alma paralizada, en simbiosis con el mundo mineral que lo rodea y que, por instantes, lo absorbe.

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Uno de los mayores atractivos del campamento Base de Plaza Mulas es el cercano campo de penitentes del Glaciar de Horcones Superior. Los penitentes son unas peculiares agujas de hielo cuya formación tan solo se puede entender como consecuencia de los radicales cambios térmicos que se producen al ocultarse el sol tras el horizonte. Son formaciones inexistentes en cordilleras como las Alpes, pero que en las zonas áridas de los Andes son hartamente comunes. El nombre de penitentes está muy acorde con su imagen, puesto que recuerdan una larga procesión de encapuchados en una procesión del Corpus Christi. Para el escalador glaciar constituye un magnífico campo de acción para escalar y hacer boulder en hielo. La gran mayoría de agujas tiene una altura suficiente para poder llegar a la parte superior sin la precaución de llevar cuerda ante una eventual caída. Las formaciones de hielo y técnicas de escalada que practicaremos para ascenderlas, son muy diferentes a las que habitualmente nos encontramos o utilizamos en corredores de nieve o en cascadas heladas. Aquí las formas nos recuerdan a escenarios rocosos: diedros, chimeneas, aristas. Casi cada día un grupo cosmopolita de jóvenes que hacemos vida en el Campamento Base, nos acercamos algún rato a escalar el sinfín de agujas blancas. Un sano ejercicio que ayuda a mejorar nuestra aclimatación. No obstante debe tenerse en cuenta que los penitentes, por muy divertidos que puedan parecer al escalador que quiera realizar boulder en el labio del glaciar, pueden representar una verdadera tortura para el montañero que desea ascender a una cumbre y se ve en la obligación de cruzar un extenso campo de alfileres helados. Varias son las ascensiones frustradas por dicho elemento, cuando casi nadie tiene en cuenta que un millar de dientes blancos pueden mellar la paciencia del más perseverante. Por suerte la ascensión al Aconcagua se ve despojada de dichos penitentes.

Al mi llegada a Plaza Mulas coincido con otros dos montañeros catalanes, Rodri y Xavi Moll. Ambos bajan con la cumbre bajo los pies. Me explican que el día de la ascensión el tiempo era tan apacible y la temperatura tan agradable, que se podía permanecer a casi siete mil metros con una forro polar y se podía encender una cerilla ante la falta total de viento. Unas condiciones sin duda excepcionales.

Sus caras transmiten la sonrisa generosa y hasta un poco tonta, recordándome el yanqui que nos acompañó a la entrada del parque. Es el que podríamos llamar “síndrome de la cumbre ascendida”.

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Con el transcurso de los días en la base de la montaña vuelvo a recuperar el ánimo y cada vez se me hace más amable la idea de ascender por la vía normal. No obstante aún no descarto la idea de ascender por el glaciar de Polacos, por lo que me dedico a tantear entre los habitantes del pequeño pueblo de tiendas de campaña que es Plaza Mulas. Tan solo encuentro a un brasileño solitario que pretende ascender la citada ruta. No obstante, a medida que voy conociéndolo, incrementa mi desconfianza. Ya es la tercera vez que está en la montaña y aún no ha hecho cumbre, su indumentaria y su equipo parecen ser más típicos del carnaval de Río de Janeiro que de un andinista dispuesto a escalar una vertiente glaciar. Y lo que más miedo me da es verle encender su destartalado hornillo de queroseno en el interior de su diminuta tienda. Cada vez que lo hace los que le observamos nos preguntamos si morirá por asfixia o incinerado. La verdad es que es un tipo muy pintoresco y bastante alocado; habla solo y tiene una cara de “impresionado”, como si el maquiavélico fogón ya le hubiese chamuscado en alguna ocasión. Yo no entiendo su portugués con acento brasileño y el aún comprende menos mi castellano con acento catalán. Sea como sea en los días sucesivos iremos coincidiendo en la parte baja de la montaña y una vez más él volverá a marchar a su casa sin la cumbre.

Plaza Mulas es un verdadero popurrí de habitantes de los lugares más dispares del mundo, aquí se mezclan lenguas, acentos, gente del norte, gente del sur, europeos, asiáticos, norte americanos, centro americanos y obviamente, sud americanos. Es normal que en un ambiente tan cosmopolita la primera pregunta que acostumbran a hacerte es: ¿De donde sois?. Pere no duda en respoder: “Español”. Yo hago alarde de mi catalanismo y respondo: “Soy catalán”. Pere rápidamente aclara que ser catalán y ser español es lo mismo, y yo me esfuerzo en arrebatar sus argumentos. Al final llego a la conclusión de que la mejor defensa es un buen ataque; Cuando nos preguntan de donde somos, yo respondo: “Yo soy catalán, ellos dos son españoles”. Carmen se ríe a pulmón abierto, Pere se retuerce por dentro. Sea como sea yo no voy poniendo etiquetas a terceros, motivo por el cual reivindico mi derecho a que ningún tercero me ponga a mi la etiqueta que él quiera; cada uno que esté conforme con su conformidad. No tengo nada en absoluto en contra de los vecinos castellanos o andaluces, es más, mi familia paterna proviene de Murcia, pero mi mentalidad social hace sentirme más cercano a un habitante de la Provenza o de Piamonte, que a un habitante de Madrid o de Sevilla; y reitero que no es una cuestión de sentimiento despectivo, ni mucho menos, es tan solo una cuestión de afinidad social o cultural. Es indudable que soy español, pero por imposición legal. Nunca he creído en los estados herederos de fronteras dibujadas a base de guerras y tratados de paz, donde un nacionalismo dominante ahoga y asfixia a los nacionalismos minoritarios. No en vano, y veinticinco años más tarde de su aprobación, en nuestro democrático estado español las fuerzas políticas que nos representan aún son incapaces de modificar ni una coma de la llamada “Carta Magna” o Constitución Española. Un texto que se pactó con la pretensión de servir como “café para todos”, por los representantes políticos de un pueblo oprimido por la dictadura más larga de la historia europea. (*). El artículo segundo de la Constitución, se mire como se mire, es escalofriante:  …….. Cuando el Lehendakari (Presidente o gobernante) del pueblo vasco proclama su intención de realizar un referéndum por la autodeterminación de una de las naciones que integran el “país plural” de España, el gobierno de Madrid modifica el código penal para poderlo meter en la cárcel. ¿No se está negando uno de los derechos humanos básicos, al impedir a una persona y a un pueblo entero el derecho de pronunciarse sobre cuales desean que sean las instituciones que le gobiernen?

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Las inquietudes nacionales, sociales y la política son uno de los temas principales en las tertulias que, espontáneamente, surgen entre los ocupantes de las tiendas – comedor tras la comida o la cena. Coincidiendo con la celebración de las olimpiadas en Barcelona en el año 1992, el gobierno catalán, bajo la presidencia del muy honorable Jordi Pujol (*3),  envió una campaña propagandística, a nivel internacional, y que se imprimió en los diarios de prensa con más tirada del planeta. El slogan para dar a conocer la nación catalana gozó de una gran aceptación y dio a conocer a muchos una realidad que ignoraban. La propaganda ocupaba dos planas enteras, en la primera de ellas salía un punto negro sobre el papel en blanco y en la parte alta de la hoja el texto de una pregunta: “¿Sabes donde está Barcelona?”. Pasaban la hoja y encontrabas la segunda plana, ahora con una mapa de Europa sobre el que se delimitaba Catalunya, y abajo el texto de la respuesta formulada en la plana anterior, texto que decía: “En Catalunya, por supuesto”. Las instituciones españolas reaccionaron rápidamente emitiendo una propaganda similar pero donde la pregunta era “¿Sabes donde está Catalunya?” y la respuesta era “En España, por supuesto“. Por muy rápida que fuese la reacción española, el propósito del gobierno de Jordi Pujol ya se había conseguido. Para millones de habitantes del planeta un nuevo lugar aparecía en el mapa mundi.

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Uno de los encuentros más curiosos tiene como protagonistas una pareja de mexicanos, con los que entablo conversación poco más tarde de su llegada a Plaza Mulas, en concreto en la carpa comunitaria que sirve de comedor. A todos nos sorprende su voraz apetito. Como norma general cuando un recién llegado come se alimenta por primera vez en el Base, a duras penas pasa más allá de la infusión y de algo sólido de tamaño irrisorio y de digestión ligera, los mexicanos se cocinan dos pedazos de carnes, unos huevos fritos, los rocían de picante y no dudan en concluir con el “digestivo” licor del tequila. Rápidamente se convierten en la atracción de la tienda comedor. Uno es pequeñito y delgado, el otro alto y grandullón, ambos tienen el típico bigote y las facetas que pocas dudas dejan de su origen.

En un momento preciso la conversación ronda alrededor de la posibilidades de México para realizar montaña.

En México tenemos de todo — me dice el pequeño, con el acento y la parsimonia en el habla, características de su tierra.

hay grandes volcanes, que tienen nieves perpetuas y que miden más de 5.000 metros, como aquel que es el más alto … este, ¿como se llama, compadre?. — le pregunta a su compañero –. ¿Sabes de que volcán te estoy hablando?

– ¿ De cual ? – le responde el grandullón.

De aquel que es el más alto.

Pues sí, ya se de cual me hablas.

Pues de ese, justo a ese me refiero. –– acaba informándome.

– …. !?

– También tenemos grandes paredes, como en el desfiladero del norte … este  ¿como se llama, compadre?. — le pregunta a su compañero –. ¿Sabes de que desfiladero te estoy hablando?

¿ De cual ? – le responde el grandullón.

– De aquel que es el más grande, en el norte.

– Pues sí, ya se de cual me hablas.

– Pues de ese, justo de ese me refiero. –– acaba informándome.

– …. !?

A (18)Y selva, tenemos buenos trekking por las selvas del sur, en especial la situada en la región de Chiapas ¿como se llama, compadre?. — le pregunta a su compañero –. ¿Sabes de selva te estoy hablando?

– ¿ De cual ? – le responde el grandullón.

De aquel que está en el sur.

– Pues sí, ya se de cual me hablas.

– Pues de ese, justo de ese me refiero. –– acaba informándome.

– …. !?

– Pues tomen tequila, y dejen el picante …haber si se les refresca la memoria — tengo ganas de responderles. Serán “boludos” los mexicanos, hasta pensar les resulta un esfuerzo.

Otras de las curiosidades del Base es el aislamiento al que se ven sometidos, al parecer por consenso entra ambas partes, los estadounidenses que aquí son más conocidos por gringos que por yanquis. Un conjunto de tiendas amarillas de la marca North Face forman su geto particular, del que apenas salen los ocupantes. En el ambiente se nota una especie de desprecio mutuo.  !! Menos mal que los palestinos y los israelíes no son amantes del montañismo ¡¡, sino seria aconsejable transitar por el campamento con el casco puesto.

Por último debe remarcarse la distracción de los guías locales en lo que resultaría ser la “marcha nocturna” de Plaza Mulas. Consiste en rociar de gasolina los pozos de las letrinas comunes, hacerlas arder e introducir bombonas de propano llenas dentro del agujero. La explosión parece la de una bomba, y los pobres inocentes que han conciliado el sueño se despiertan de repente, pensando que media montaña se viene abajo.

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La ascensión al Aconcagua por la vía normal se divide en varias secciones bien diferenciadas. La primera es el conocido “Acarreo”; se trata de una larga pendiente de pedregal inestable en la cual, con el paso de tiempo y de los montañeros, se ha dibujado un sinuoso y cómodo camino que lo recorre dibujando interminables zetas. El Acarreo concluye en un pequeño campo glaciar casi horizontal conocido como “Cambio de Pendiente”, que es el portal al inmenso collado de los Horcones, situado a 5.100 metros de altura, lugar en el que se acostumbra a emplazar el primer campamento. El cambio de pendiente es famoso por el bajón físico que acusan los montañeros cuya aclimatación aún es deficiente, según dicen los guías lugareños se trata de una zona cuya localización y características favorecen la existencia de un campo barométrico donde la presión disminuye; sea realidad o sea una farándula argentina, la cuestión es que cuando lo cruzo por primera vez el cansancio que había sabido esquivar durante el interminable Acarreo, hace acto de presencia sin previo aviso.

El collado de Horcones es de grandes proporciones y en el abundan las piedras de curiosas formas producto de la erosión del viento, a cuya protección suelen emplazarse las tiendas. Muy próximo al collado encontramos la bonachona cumbre del Cerro Manso la ascensión al cual no pasa de ser un agradable paseo. Al otro lado del collado se perfila la segunda sección de la ascensión al Aconcagua. Se trata de una ancha arista donde el camino continua dibujando atrevidos zig zags para ganar altura de manera atrevida. A tan solo unos centenares de metros más arriba, concretamente a … m, se encuentra la conocida como la “zona de refugios”. Tres pequeñas construcciones se agrupan en linea y reciben los variopintos nombres de Berlín, Prematura e Independencia. Todas las cabañas son de reducidas proporciones, tan solo una de ellas resulta adecuada como refugio seguro en caso de mal tiempo y la basura abunda por doquier. En realidad es una lástima la abundancia de detritus, los cuales, por el frío de la altura, la sequedad y la presencia de nieve y hielo durante la mayoría de meses del año, se conservan años y años. Uno de los problemas más graves de la zona de refugios es la posibilidad de encontrar nieve limpia en las proximidades. Aquí se acostumbra a emplazar el segundo campamento, a pesar de que en realidad se ha ganado poca altura en relación al primero. No obstante debe considerarse que estamos hablando del único lugar con espacio suficiente y que a la sazón presenta emplazamientos en los que podremos instalar las tiendas protegidas del viento. Más arriba el camino continua bien marcado y ganando altura de manera decidida. Justo en la mágica linea de los 6.007 metros encontramos un verdadero nido de águilas; el lugar conocido como piedras blancas. Es un pequeño rellano con unas vistas inauditas sobre el Cerro Tupungato y el Cerro Mercenario. La vista se pierde en la inmensidad, preludio del indescriptible paisaje que nos depara la propia cumbre. El emplazamiento es excepcional, solitario, con señorío. Por contra resulta desprotegido del vendaval, lo que hace impensable poder mantener el campamento instalado en caso de viento blanco. Una nueva serie de zig zags trepa por el ancho lomo para formar una especie de canalizo que desemboca una marcada brecha donde se emplazan las ruinas del último refugio: Su nombre “Libertad”, su altura 6.200 metros. Es un pequeño caparazón de madera pintado de naranja que no ha podido resistir las atroces condiciones meteorológicas que aveces pueblan estos lares.

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Aquí se inicia la tercera sección  del recorrido de ascensión a la cumbre por la vía normal. Se abandona la arista para emprender un largo flanqueo en diagonal ascendiente por debajo del marronoso Cerro Martínez y en dirección a la famosa “Canaleta”. Durante el largo flanqueo por la vertiente oeste se atraviesa el ridículo ventisquero de Schindler ???, único reducto de nieve en la parte alta de la itinerario en época veraniega. Pronto iniciamos la famosa canaleta. Se trata de una ancha canal de piedra inestable donde el camino no llega a dibujarse de manera clara por la propia inconsistencia del terreno. Cada ascencionista del Aconcagua tiene su propia visión de la temida canaleta. Cansina, larga, inestable, desagradable; es un trayecto que llega a mellar la fuerza de voluntad de unos cuantos que ven arruinados sus ansias de pisar la cumbre ante la perspectiva de finalizar el canalón pedregoso. Concluida la canaleta nos encontramos cerca del Collado del Guanaco, que separa las cumbres norte y sur. A pocos metros, ya a un tiro de piedra, la cumbre, con una vista inolvidable, lugar en que se emplaza la cruz más alta de la tierra.

Hoy en día todo el trayecto está muy bien trazado y en caso de visibilidad es imposible extraviarse. No obstante, el corazón del buen montañero se llenará de un gran respeto al pensar en los primeros ascensionistas de la cumbre. Se trataba de un grupo suizo comandados por Paul Güssfeld, y de la cual consiguiñó cumbre el carismático guía de Saas Fee, de nombre Mathias Zurbriggen: Estamos hablando del año 1897. Resulta increíble imaginar la ascensión de los interminales chancales del Acarreo sin tener el camino marcado; todo un esfuerzo digno de Sísifo.

Nosotros realizamos la aclimatación en la propia vía normal; lo cual considero que resulta una estúpida opción, puesto que comporta subir y bajar por la zona más aburrida del trayecto y que poco sirve como inspección previa de la ascensión, puesto que se trata de un camino excelentemente marcado. Estoy convencido que la mejor aclimatación es la que se puede realizar escalando cumbres de más de 5.000 metros próximas al propio campamento base, como el redondeado “Cerro Catedral”, el estético “Cerro Macho” o el glaciar “Cerro Horcones”. No obstante el autoproclamado “jefe de expedición” hace valuarte de su dilatada experiencia para marcas las directrices del “ataque” y yo, un poco por prudencia y un poco por evitar el incremento del malestar en el grupo, prefiero renunciar a mi plan de aclimatación. La aclimatación llevada a cabo consiste en un primer ascenso al Nido de Cóndores para depositar un depósito de comida, que después abandonamos, poniendo nuestro granito de arena en la progresiva transformación del Aconcagua hacia el vertedero más alto de las Américas. Más tarde, un primer intento para llegar a cumbre, se ve frustrado por el cambio de tiempo. Podemos comprobar la aparición de la famosa pluma, preludio de la venida del viento blanco.

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– Cuando la pluma se instala de gorro en la cumbre debes buscar refugio o descender, puesto que la transformación radical del tiempo es inminente. Nos han advertido los guías del lugar. De hecho la pluma consiste en una diminuta formación nubosa que se instala en la cumbre y que toma una forma alargada que asemeja a una pluma blanca de ave; de aquí su nombre. Por debajo, en el Acarreo o en Plaza Mulas, el tiempo puede ser modélico: buena visibilidad, cielo azul, un sol tórrido, caluroso y  un viento en calma. No obstante la aparición de la pluma nos indica que las condiciones en la cumbre ya son muy diferentes y que un vendaval frío y violento convoca un centro de bajas presiones. Las inclemencias meteorológicas ganan terreno por la propia montaña de manera gradual y en sentido descendiente, creando unas capas invisibles que en pocos momentos llenan el cielo de nubes y prestamente transforman la ligera brisa en violento vendaval. Parece increíble, pero es del todo cierto. Una hora, no más, transcurre entre la aparición de la pluma y el inicio de una intensa nevada acompañada de viento y niebla. Instalamos un campamento de emergencia en el llamado “Campamento Canadá”, único resalte horizontal en todo el trayecto del interminable Acarreo. Estamos a 4.800 metros de altura. Al día siguiente reemprendemos la marcha por la mañana que ha amanecido variable. Llegamos a Nido de Cóndores donde emplazamos un segundo campamento; Momento en que la tregua finalice. El cielo vuelve a encapotarse y a despedir copos de nieve entre turbulentas ráfagas de viento. Nido de Cóndores está bastante poblado y una advertencia va de tienda en tienda, de boca en boca: “Mañana llega el verdadero viento blanco, es mejor abandonar la montaña”. El tercer día nace con un tiempo que promete ser estable. No obstante el éxodo es masivo, la montaña queda desierta y todos los montañeros iniciamos el descenso a Plaza Mulas. Yo empiezo a temer lo peor … Los días pasan. “¿Y si resulta que es una falsa alarma? .. Quizás podríamos aguantar la tormenta en la zona de refugios y tan solo haría falta un día para llegar a cumbre tras el mal tiempo… Mis compañeros no comparten en ningún momento mis planes de resistencia numántica y el ver bajar a todo el mundo me desarma mi obstinación. “Uno se puede equivocar, la mayoría también, pero ¿Todos? …”

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El mal tiempo se aparece y se aposenta sobre la montaña durante tres días. Nieva con intensidad en el propio Campamento Base, y tras la borrasca todo el valle de Horcones está inmaculado y blanco hasta donde la vista se pierde pendiente abajo. La montaña del Aconcagua está blanquísima. Parece una novia gigante. Hasta los penitentes el glaciar están rebosantes de nieve, y el hielo bajo ella se ha vuelto quebradizo. Tras la obligada pauta por el mal tiempo nos podemos en marcha sin más demora. Cuento los días de los que dispongo y las cuentas resultan por poco: tengo tres días para ascender y uno para descender. El primer día volvemos a transitar por terreno que nos resulta familiar: El Acarreo. El anochecer en Nido de Cóndores nos deleita con unos colores violetas y fríos sobre un escenario indescriptible. Soy consciente de que disfruto de una de las mejores puestas de sol de mi vida. El segundo día ganamos altura y perspectivas y con ellas estrenamos nuevos paisajes. Pasamos la zona de refugios, donde algunos montañeros han llegado antes que nosotros y montamos el segundo campamento en Rocas Blancas. Somos los únicos que han emplazado la tienda en este lugar, y por tanto, somos los que nos encontramos a mayor altura en toda la montaña. Por primera vez estoy por encima de la línea de los 6.000 metros y disfruto de una buena aclimatación y de un buen estado físico. La cumbre parece cercana, pero no tenemos que olvidar que aún faltan casi un millar de metros de desnivel. Por la noche el frío hiere hasta dentro de la tienda. La cena es fugaz, tampoco no tenemos mucho apetito. Antes de que anochezca estamos estirados dentro de los sacos de dormir. Por la noche me cuesta dormir, creo que más por los nervios que por la altura. Recuerdo de un consejo que me dio un amigo que también se vio asaltado por el miedo la víspera de su escalada a la pared norte del Cervino. Así que,  temiendo ser descubierto por mis compañeros, procedo a masturbarme en busca de aliviar mi mente. Pensamientos eróticos y obscenos a 6.000 metros. No esta mal. Una dulce eyaculación me confirma que mi aclimatación es óptima. Me tranquilizo y me adormezco pensando en como debe ser hacer el amor a más de 6.000 metros. También me pregunto que pareja debe ostentar el récord de haber practicado sexo a mayor altura. “Eso si que es un récord ... “, pienso para mis adentros “… y no ir corriendo en busca de reducir la marca horaria”.

Pocas horas más tarde el maldito despertador nos interrumpe los respectivos sueños. Aún es noche cerrada y el frío es más intenso que en la víspera. Fuera el termómetro marca – 25 * C. Bebemos te en abundancia antes de salir del caparazón de la tienda. Una vez fuera nuestros esfuerzos se concentran en mantener calientes las manos y los pies. Caminamos a un ritmo muy lento, extremadamente lento. Poco más tarde el inicio del nuevo día nos deleita con uno de los mayores espectáculos que nos ofrece la naturaleza: La inmensa sombra piramidal del Aconcagua extendiéndose sobre un inmenso mar de montañas y extendiéndose quilómetros y quilómetros en proyección hacia el lejano océano Pacífico. A las diez de la mañana, con el sol ya alto, llegamos a la brecha en el que se sitúan los restos de la cabaña de Libertad, a 6.200 metros. ¡Hemos estado cuatro horas para subir doscientos metros de desnivel!!! Siguiendo este ritmo no llegaremos a la cumbre hoy. Al llegar a este punto Carmen me confiesa que se ha orinado encima y que quiere bajar a la tienda para limpiarse. Pere se queja del frío en los pies y también anuncia su intención de claudicar. Yo en ningún momento dudo en continuar. Me siento en perfecto estado físico y ya no puedo estirar más días a mi periodo de estancia en la montaña.

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Cuando anuncio mi determinación de seguir solo, Pere intenta persuadirme de manera obstinada. Tomo ya mochila y emprendo veloz el ascenso; empiezo a estar harto de tantos sermones. Pronto pierdo de vista a mis compañeros. Mi ritmo de ascensión gana velocidad. Estoy completamente solo en la parte alta de la montaña, no veo ni a un alma. Me sorprende con que facilidad mi paso resulta rápido y ligero. Si no fuese porque al mirar hacia el valle diviso las cumbres del Cerro Catedral y Cerro Horcones, reducidas a diminutas cúpulas nevadas situadas a mucho metros por debajo de mi, pensaría que estoy ascendiendo una cumbre del Pirineo Oriental. Cuando llego a la Canaleta me sorprende que la nieve de los últimos días cubre buena parte del terreno, y al estar helada ha compactado las piedras por lo que el suelo es firme y estable. Gano con inesperada velocidad la tan temida Canaleta y poco antes del mediodía estoy en la cumbre. La euforia del momento no puede ser compartida con nadie. Me encuentro completamente solo en la cumbre más alta de América y mi ego se alimenta y complace de una soledad retomada. Por unos instantes recuerdo un lejano atardecer de invierno que me sorprendió también solo en la cúpula helada del Monte Perdido, tercera cumbre en altura de mis queridos Pirineos, el sol que huía encendió de naranja la nieve que resplandecía a mis pies; el reflejo fluorescente se proyectaba sobre mi cuerpo, y disfrute de unos instantes tan mágicos como irrepetibles. Hoy el sol esta bien alto, la soledad también es mi compañera y el paisaje que se abre a mis pies es el mayor escenario que han visto mis ojos. la cúpula celeste está despojada de nubes amenazantes, tan solo algún residuo enganchado en las cumbres inferiores. La visibilidad es inmejorable. El leve viento que sopla no pasa de considerarse como una brisa; eso si, helada. A pesar del radiante sol, la temperatura continúa a varios grados bajo cero y se nota cada vez que me quito las manoplas para manipular la cámara de fotos

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Mientras más alta es la montaña ascendida, más quilómetros a la redonda podremos deslumbrar desde la cumbre. ¿Como debe ser la vista panorámica desde el Everest? … Quien sabe, quizás algún día.

Nadie más, solo yo y la inmensa soledad de la cumbre. Tras poco más de una hora empiezo el desciendo. Con paso fugaz pierdo metros por la canaleta, en la parte baja me encuentro una caravana de montañeros, los únicos que harán cumbre el mismo día que yo, y entre los que se encuentra un ministro del gobierno argentino. Poco más abajo de  Independencia encuentro a mis compañeros que suben nuevamente a la brecha, pero esta vez cargados con la tienda y con la intención de pasar noche a mayor altura y reducir el desnivel a ganar en la jornada siguiente. Me despido de ellos de manera simple y poco ceremoniosa. Pere parece evitar el mirarme a la cara. Debo tener incrustada la misma sonrosa de tonto que el yanqui que nos acompañó a la entrada del parque o que los catalanes que saludamos a nuestra llegada al campamento base.

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Cuando llego a las Piedras Blancas recojo mi material particular y continuo sin más demora una alocada bajada. En menos de cuatro horas desciendo de la cumbre al base, y eso teniendo en cuenta que me detengo casi media hora a tomar un te en Nido de Cóndores. Al llegar a Plaza Mulas me tomo dos cervezas y automáticamente me encuentro en un entusiasmado estado de embriaguez. Con la euforia del momento hago planes para el día siguiente. En vez  de holgazanear en el base aprovecharé el día que me queda para ascendet la ruta directa al Cerro Cuerno. Concreto la salida con Daniel, un guía local cuyas cualidades de escalador se vieron demostradas con creces durantes las sesiones de boulder en hielo de los penitentes. Cuando me escondo en el saco empiezo a notar un extraño cosquilleo en el dedo gordo del pie derecho. Pocas horas más tarde, cuando Daniel me despierta, el cosquilleo se ha convertido en un punzante dolor. Esta claro que hoy no intentaré el Cerro Cuerno si no que bastante esfuerzo deberé soportar para realizar pequeños paseos por el Campamento. Tengo el dedo hinchado y la uña morada. Es el precio de haber bajado corriendo poco un desposeído el Gran Acarreo, a grandes zancadas y con las botas plásticas como calzado. Maldita juventud!!!.

Al día siguiente desciendo a Penitentes con dos recientes amistades que he entablado con dos españoles de la Sierra de Candelario. Uno castellano leonés al vivir en la vertiente norte, el otro extremeño al vivir en la vertiente sur. El primero es de mentalidad castiza cerrada y profunda, no comprende como alguien puede renegar de sentirse español y tampoco entiende cuales pueden ser los motivos impuros que lleven a un ciudadano a no cumplir con el sacro deber de realizar el servicio militar; el segundo, un poco más joven, parece comprender las inquietudes nacionales de las comunidades minoritarias del estado español y ha optado por la sustitución social para suplir la aborrecible obligación legal de servir a su país a base de perder un año de tu vida sirviendo a la parafernaria militar. El primero ha llegado a la cumbre un día después que yo y ya sueña con la llegada triunfal a su puedo, donde será recibido con varios actos y honores. El segundo decidió abandonar a poco mas arriba de la zona de campamentos, pero por lo que destilan sus palabras, sus vivencias han sido más ricas y nutridas que las del héroe nacional que tiene como compañero de viaje. la bajada la realizamos íntegramente a pie, más de 45 km. desde el base hasta Penitentes. Es la última prueba que le faltaba a mi dolorida uña. Un día más tarde ni tan solo puedo ponerme las bambas. Suerte que las cervezas “Andes” saben mejor que nunca, en las nocturnas terrazas de la veraniega Mendoza. En mi vuelta solitaria a Barcelona, durante el largo viaje en avión, contemplo con cierta satisfacción sádica la cara de horror y angustia que pone la pasajero que le ha tocado sentarse a mi vera, cada vez que contempla mi pie desnudo, el dedo gordo inflado y morado, y la uña negra supurando pus.  Lo que peor me sabe es que no podré aprovechar el mes de marzo para realizar corredores en mi querido Pirineo.

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(*1) – La primera ascensión invernal solitaria a la pared sur fue realizada por el japonés Hasegawa en el agosto de 1.981, el nipón contaba con el auxilio de un numeroso equipo técnico de soporte en Plaza Francia. Ruiz contaba con la compañía de un único compañero que desistió de la escalada durante el primer día y abandonó la montaña. Ruiz se vio envuelto de la soledad más absoluta y sin ningún tipo de apoyo exterior.

(*2) – Dictadores europeos: Solo tres dictadores europeas han muerto gobernando: Stalin, Franco y Tito.

(*3) – En contraposición al gobierno español que ostenta la dictadura más larga de la historia europea, nos encontramos con el gobierno catalán que ostenta el cargo electo democráticamente más prolongado de la historia mundial, se trata de Jordi Pujol que fue President de la Generalitat. El segundo del ranking sería el canciller alemán Hermun Kold. Este “récord” puede representar todo un orgullo para el pueblo catalán, si bien, personalmente, debo aclarar que no se consiguió gracias a mis votos. Por desgracia la sacra de la corrupción también ha destruido toda la “honorabilidad” del conocido popularmente como el Gran Pitufo catalán.

Autor: PAKO CRESTAS – Síguenos en instagram @pakocrestas #viatgesmonpetit

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