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PATAGONIA, HISTORIAS INCONCLUSAS EN EL FIN DE LA TIERRA

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¿QUIERES VIAJAR CON PAKO CRESTAS? – CLICKA FRASE – VISITA www.catalonia-trekking.com ó envia mail a pakocrestas@gmail.com ó whatssap al 0034 615626813caleidoscopi 1135Viento sur

tú que soplas por las mañanas

calma pronto,

deja de soplar.

Calma pronto,

que se doblan ya las ramas

que crujen y se quiebran

ante tus ganas

de soplar, oh, viento sur.

Viento sur,

tu que traes el frío en tus alas

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se viene el verano

y deja que el calor nos de la mano

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

Viento sur,

tu que traes el frió al pasar

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se queman las cosechas

que mueren cuando tu frío acechas

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

(Canción del malvinense James Douglas Lewis titulada “Viento Sur”)

Dicen que Patagonia es una tierra para aquellos viajeros que son los dueños de su propio tiempo. Yo no puedo considerarme el dueño de mi propio tiempo, puesto que siempre lo consigo a cambio de invertir parte de este propio tiempo en otros quehaceres, pero en Patagonia si que tuve la sensación de ser el dueño de mi propio tiempo, y para desgracia mía, casi no supe que hacer con él. Aquello que tanto aprecio y por lo que tanto lucho, se convirtió en una gran inconveniente cuando me sobraba y no sabía que hacer con él. Un signo más de la enfermiza vida de los que vivimos marcados por la estirpe de la sociedad moderna.

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La pequeña expedición, que tiene su escenario en otoño del año 2.003, se inicia de la manera que acostumbra a ser usual en mis viajes. El día cualquiera recibo la inesperada llamada de Ramón, un buen escalador canario que fue mi compañero con el que escalé la mayoría de cascadas de hielo durante la estada anual del GAME, que marzo de este año se celebró en Colorado. Desde que nos despedimos en el aeropuerto no hemos vuelto a hablar, y meses más tarde me hace una llamada desinteresada para saber qué es de mi vida. Yo hace varios días que busco buscando a alguien para realizar un viaje de unos veinte días antes de que finalice el año y a un lugar que esté de acorde con mi manera de entender la montaña como aventura. Un destino lejano, insólito y solitario. Patagonia se me antoja como un lugar adecuado para mi alocado proyecto, pero debo aceptar que desde que cayó en mis manos el libro de ….., titulado …. y editado por Desnivel en lengua castellana, no puedo evitar de ojearlo frecuentemente, al menos una vez por día. No en vano es una apuesta arriesgada, puesto que Patagonia se caracteriza por un tiempo detestable y horrible que obliga a los montañeros a largos periodos de inactividad y espera en perspectiva a un cambio de tiempo dudoso y efímero. En realidad un viaje reducido en el espacio de tiempo tiene mayor posibilidad de fracaso, y es normal que los posibles candidatos se desanimen ante la perspectiva. Ramón, durante la corta conversación telefónica, se me presenta como mi última esperanza. Sin pensarlo un par de veces disparo de manera sincera. Total, el “no” ya lo tengo.

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– Ramón, estoy buscando a alguien para ir a la Patagonia unos veinte días a finales de noviembre … Ya se que es un lugar con un tiempo horrible y que tenemos muchas posibilidades que recorrer medio mundo y volver con las manos vacías … No sé, si tienes días y prefieres otro destino podemos hablar .. pero es que dispongo de la posibilidad de escapar y me gustaría aprovecharlo … hasta me planteo ir solo a algún lugar como los volcanes de Iran si la falta de compañero me aconseja no escalar …

Ramón duda. Le he pillado frío, pero tampoco no me da la negativa como primera respuesta. El segundo ataque es más premeditado. Le aconsejo que se compre el libro de Patagonia que tanto me ha enamorado, es más, no tardo en fotocopiar parte del libro y enviárselo por fax. Le hablo de un macizo semi desconocido, donde residen las segundas montañas más altas de la Patagonia Austral: el macizo de San Lorenzo. Que sepa ningún español ha estado allá con la intención de escalar, aunque ese detalle poco me importa. Lo que si que me llama la atención una bonita pared virgen a una montaña de elocuente nombre: El Cerro Hermoso.

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Ramón no tarda en encargar el libro para recibirlo por correo. Dos días más tarde la obra de Gino y Silvia está en sus manos. Está perdido, basta con hojearlo un rato para sentir la necesidad de dar una respuesta positiva a mi proposición. Ramón y yo estamos hechos de la misma pasta. Aún no sabe como lo hará, como combinará el trabajo, como convencerá a la familia … lo que si que sabe es que en la otra punta del mundo existe una pared virgen que hasta poco antes de 50 horas nunca había sabido de su existencia y que ahora le obligará a hacer verdaderos malabarismos con su tiempo, con el tiempo de sus clientes, con el tiempo de su familia … y todo porque aquel loco escalador de Barcelona le ha puesto la miel en los labios.

La suerte está echada, los días apremian, tenemos muy poco tiempo para los preparativos y nuestras precipitadas vidas de profesionales liberales no nos dan mucha maniobra. Llamo a mi amigo Carles Gel, un verdadero maestro en organizar rápidamente una expedición a los lugares más inverosímiles. En pocos días todo está resuelto. Vuelos, contactos, alquiler de coches, estancias. Creo que no llegamos a hacernos la idea de que vamos a Patagonia hasta el momento en que nos encontramos en el aeropuerto de Barajas con los petates facturados desde los respectivos lugares de procedencia: Tenerife y Barcelona.

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El encuentro resulta emotivo. No en vano los dos somos conscientes de que nuestra apuesta conjunta es arriesgada. En realidad apenas nos conocemos; es cierto que los días que escalamos juntos en Colorado nos dejaron a los dos el poso del buen recuerdo. Pero allá, en Ouray, la buena relación es fácil. Dormimos en hoteles muy bien acondicionados; cada día disfrutábamos de tiempo suficiente para escalar, relajarnos, asearnos y comer de manera abundante. Las cenas eran bajo carta, en restaurantes, con el servicio en la mesa y la tarjeta presta saldar las cuentas en dólares. Los desplazamientos eran cómodos puesto que teníamos a nuestra disposición un enorme vehículo todo terreno. Las escaladas también tenían fáciles accesos y fáciles descensos, como mucho un tramo de pista o de bosque sin más complicación y con duraciones limitadas a pocos minutos. Formábamos parte de un abundante grupo de escaladores — más de cincuenta — lo que te facilitaba conectar y desconectar del compañero de escalada. Ahora, en Patagonia, la situación será radicalmente diferente en todos los aspectos: hemos sustituido la comodidad del hotel por la precariedad y las limitaciones más estrictas, las escaladas cortas y abundantes de cascadas de hielo de fácil acceso por una pared remota y perdida en el fin del mundo; hemos sustituido un numeroso grupo de más de medio centenar de escaladores por la única y constante presencia del compañero de cordada. La meteorología de la Patagonia facilmente nos obligará a días enteros de la más absoluta inactividad y en estas circunstancias facilmente afloran las diferencias de carácter que pueden llegar a hacer insoportable la simple presencia de la otra persona. En el fondo confío que mi sexto sentido no me engañe y que la elección de Ramón como compañero para la presente aventura no sea desacertada. Yo se que el también debe pensar lo mismo, aunque ambos mantengamos nuestro propio secreto.

La llegada al aeropuerto de Comodoro – Rivadabia nos anuncia la tónica dominante del cuerno sur del continente americano: el viento. El avión se balancea de manera peligrosa antes de tomar tierra. Por las ventanillas se pueden divisar los pocos árboles cercanos a las pistas completamente azotados por el embate del fuerte vendaval. Confío en que el piloto del avión debe tener las manos peladas de aterrizajes como el que estamos a punto de emprender. Seguramente en nuestro país las autoridades prohibirían una llegada en estas condiciones climatológicas. Si aquí fuesen estrictos en este aspecto, creo que pocos serían los días en que se permitirían los vuelos de avión, lo que llevaría a la ruina el comercio aéreo en este sector del planeta.

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La llegada a Argentina tenía que ser la bienvenida a una primavera avanzada que está a punto de convertirse en verano. En mi interior recordaba la agradable sorpresa que me causó el anterior viaje realizado a los Andes, — hace ya poco más de diez años –, en el que un abrasador calor puso el contrapunto a un gélido enero. Días antes de realizar aquel viaje despedí mis queridos Pirineos que ya estaban vestidos del blanco manto de las primeros temporales de nieve. Ahora, pocos días antes de venir a Patagonia, también había podido dar la bienvenida a las nevadas primerizas de finales de otoño, en concreto en la cumbre de la Serra de Madres, donde acampamos en medio de la noche y la tormenta en un altiplano muy cercano a la cumbre. Venía preparado de nuevo a recibir el profundo contraste entre el invierno y el verano que nos ofrece el cambiar de hemisferio, pero la primera sorpresa son las bajas temperaturas reinantes en la propia costa patagónica. De hecho el verano aquí es templado y fresco, pero la presencia casi permanente de viento incrementa la desagradable sensación de frio. Una percepción que no parecen compartir los habitantes autóctonos, que se jactan y disfrutan de los placeres de “su verano”, sin saber que las plazas cercanas a las ciudades acostumbran a ser, en otras latitudes, lugares donde se aglomeran bañistas huyendo de la calor y buscando el refrigerio del agua marina. Aquí las plazas están desiertas, y el interminable viento arrastra, de manera inapreciable pero constante, los millones de diminutos granos de arena que nunca serán pisados por el hombre.

La primera impresión fue bien clara: Qué lugar tan horrible !!!.

Hemos alquilado un vehículo todo terreno para realizar el proyecto. Una verdadera cafetera a precio de vehículo de lujo, para poder desplazarnos con la velocidad impuesta por la escasez de días de los que disponemos para escalar las montañas. Sustituimos la falta de tiempo a base de darle caña a las tarjetas de crédito. Una manera un tanto especial de viajar hecha a la medida de profesionales liberales estresados y exigentes como Ramón y yo.

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Cruzamos lo que constituye el “cuerno sur” del continente, —  la provincia de Santa Cruz –, en busca de la cordillera andina que se encuentra al otro lado de las planicies de la árida Patagonia. A base de quilómetros y quilómetros de buena carretera dejamos atrás la zona petrolera de Comodoro, Río Truncado y Las Heras, para llegar, con las últimas luces del día, a la triste población de Perito Moreno. El fuerte viento nos acompaña sin cesar por un instante durante todo el trayecto. Las breves pausas que realizamos para fotografiar el paisaje nos dejan entrever la dureza de la zona. Las poblaciones, todas ellas impersonales y con construcciones mediocres que no guardan ninguna estética, se encuentran separadas por decenas de quilómetros la una de la otra. Los silenciosas e incansables torres de extracción de crudo están plantadas por doquier, como si de robots extraterrestres de ciencia ficción se tratasen. Cerca de los conjuntos de casas los plásticos desgarrados y descoloridos llegan las cercas y las alambradas. Papeles y cartones están en constante huida expoliados por un viento que no cesa. Las calles son polvorientas y el ambiente seco y frío. No hay nadie fuera de las casas. ¿Habrá alguien dentro de ellas?. Preguntas sin respuestas: ¿Como se distrae aquí la gente? ¿Alguien sabe como es un teatro? ¿Como son los amores? ¿Alguien puede enamorarse de la niña que ha visto crecer desde pequeña entre viento, polvo y harapos?. En los núcleos habitados se han plantado grandes árboles de hojas verdes. Toda una nota de color en medio de tanto marrón y gris. Los árboles tienen la principal función de proteger las casas de la violencia del viento, pero éste parece imperturbable e indiferente y castiga sin tregua las grandes ramas que se postran para no ser arrancadas. Entre los pequeños grupos habitados infinitamente dispersos, quilómetros y quilómetros de interminables alambradas cierran los campos yermos. La tierra está parcelada, pero es tan sumamente pobre que se necesitan extensiones de varias hectáreas para poder alimentar a un puñado de famélicas ovejas.

En el hostal de Perito Moreno encontramos un chaval catalán, natural de la población de Olot, que se da a conocer como Daniel. Es un tipo bohemio que pasó varios meses de su vida viajando por Europa a base de subsistir con lo mínimo y ganar algún dinero tocando la flauta en lugares públicos. Ahora repite experiencia pero en Sudamérica, con la soledad como compañera y sin flauta que le acompañe. Viaja con poco más que lo puesto. Por la noche entablamos conversación y nos solicita que, aprovechando nuestro viaje hacia el sur, le dejemos a medio trayecto para poder ir a visitar un lugar inhóspito y perdido que se conoce como La Cueva de las manos Pintadas. Así pues reemprendemos el viaje hacia nuestro destino con la compañia de este pintoresco catalán. Pronto descubrimos el famoso “ripio”: las anchas pistas sin asfaltar que cruzan la Patagonia. La velocidad del viaje se relentiza y las distancias se prolongan y parecen aumentar a cada hora. De hecho resulta imposible llegarse a hacerse con una idea aproximada de las distancias. Uno de un montículo en la lejanía pero no sabría decir si estás a dos quilómetros o a diez quilómetros.

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Tras más de 120 km. de ripio dejamos a Daniel en la bifurcación que le llevará a su destino inmediato. 45 km a la Cueva de las Manos, indica un gran cartel. El constante viento no ha cesado en toda la jornada, ni un solo minuto. En la extensión llana de la Patagonia Seca no existe ningún lugar donde resguardarse. Ni una miserable piedra de metros y medio de altura, ni un matorral de 50 centímetros. Antes de emprender la marcha observamos la silueta caminante de Daniel que se pierde en la lejanía sin que apreciablemente llegue a cruzarla. Nos preguntamos si encontrará a alguien que le lleve en vehículo ahora que ya es tarde, seguramente no, casi no hay transito rodado en el tramo principal que es el que estamos haciendo nosotros, y la pista que va a la Cueva no lleva a ningún otro sitio. El ambiente más bien frío. Durante el resto del día nos preguntaremos con frecuencia sobre la suerte de Daniel. Llevaba un fino saco de verano. ¿Donde le sorprenderá la noche? ¿Como se refugiará del frío? ¿Como soportará la imposibilidad de escapar del incansable viento?.

Bajo Caracoles es la única población, por llamarle de alguna manera, que existe en medio de los más de 300 km. de pista de ripio por las que hoy tenemos que transitar. En realidad es una gasolinera con una pequeña tienda – bar al que se le han adosado media docena de destartaladas construcciones pre-fabricadas. Dentro de la posada una foto de un japonés solitario que cruzó el ripio en bicicleta. En la inscripción de pie de foto, se puede leer “Chino loco”.

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En medio del trayecto entre Bajo Caracoles y Gobernador Gregores, o sea, en punto cualquiera en medio de la nada, encontramos el ramal de la pista que nos llevará a nuestro destino: La estancia La Oriental, distante a 90 km. de la pista principal. Por fin nos hemos orientado hacia la cordillera. Cada quilómetro de ripio ganado nos acerca, — por fin –, a los Andes. Un primer reventón nos alerta sobre la precariedad del ripio. Aquí una repetición del incidente nos dejaría completamente tirados, sin posibilidad alguna de conseguir una rápida solución al percance. En este lugar del mundo las distancias son otras y la noción del tiempo también. Nosotros nos alteraríamos rápidamente si una avería nos obligase a demorarnos media jornada; los lugareños no se extrañan ni se inmutan si dos semanas más tarde la reparación sigue su curso.

A medida que nos acercamos a la cordillera el cielo se puebla de nubes blancas y una lluvia de procedencia lejana, que ha sido arrastrada por el incipiente viento, nos delata que el tiempo es catastrófico más allá de los primeros contrafuertes de las montañas. Al llegar a la Estancia la Oriental, con la tarde a punto de finalizar, nos convencemos de que el plan de acción tantas veces programado, se desintegra por momentos: Nuestra idea es subir sin más demora al corazón de las montañas. Pero la idea de la montaña es bien diferente: aquí parece que el mal tiempo las reconforte y ahora por ahora no nos va a facilitar la subida. Es inútil el cansarse, como tantas otras veces es Ella quien manda. El eterno femenino.

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El viento, el maldito viento no cesa nunca. A veces aminora, a veces enloquece. Une las nubes y cae el diluvio. Rompe las nubes y brilla el sol. En la estancia apenas se deja caer algún turista, por lo que son varios los días en que nosotros dos somos los únicos huéspedes. Pronto los lazos que nos unen con la familia propietaria del albergue rompen la fria barrera entre empresario y cliente. Empezamos a compartir tertulias, comidas, cenas y hasta las tareas culinarias.  El tiempo es especialmente malo, según nos comentan los anfitriones.

— Es raro tanto viento y tanto frío para la época del año en que estamos —

Ladis, que resulta ser la encargada de la estancia junto con su marido Pocholo, me muestra una foto de la estancia nevada. Con su  mirada risueña mira fijamente la vieja fotografía y me comenta.

— En verano muy raramente llega a nevar aquí abajo, la última nevada que recuerdo fue esta, en la Navidad de hace diez años —

Al día siguiente nos levantamos con tres dedos de nieve tapizando todo el horizonte.

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Una a una, de manera repetitiva, se repiten la jornadas. Los dos nos vamos sumergiendo en una especie de apatía que relentiza todos nuestros movimientos. Nos hemos contagiado del ritmo patagónico, donde sin hacer nada concreto, ves pasar las horas entre el desayuno, la comida y la cena, como si de intervalos vacíos de tiempo se tratasen. Consumimos los libros de lectura, consumimos uno a uno los preciados días de nuestras cortas vacaciones y nos consumimos nosotros mismos. Fijamos la vista a través de las ventanas para volver a escrutar los mil detalles de las nubes y el paisaje cercano. Intentando ver las montañas que están allí, pero cuya presencia nos niegan bajo el manto compacto de las nubes. En medio de los páramos castigados por la tormenta, realizamos cortas excursiones por la cercanía de la Estancia. No en vano estamos dentro del parque natural del Perito Moreno. La visita a la península de Belgrado, al lago homónimo y a otros como el Lago Volcán y el Lago Burmelster, bien vale la pena y nos ayuda a ahuyentar el presentimiento de haber errado en la elección del viaje. La luz, las distancias diáfanas, el temporal, el paisaje … todo parece sacado de una película de ciencia ficción. Protegidos como vamos con los abultados plumones, con la cabeza hundida en las extrañas de la gorra, parecemos astronautas transitando por la superficie inhabitada de un planeta lejano. En busca del octavo pasajero. Nieva de cara, de espaldas, de arriba, de lado, de abajo. El viento enloquece a los copos de nieve que parecen estar destinados a no tocar nunca el suelo. Entre los jirones de niebla los guanacos, impresionantes mamíferos que nos recuerdan a las llamas peruanas, aguantan impasibles las acometidas del vendaval. Un increíble ejemplo de adaptación de las especies animales a los climas más desapacibles.

También los habitantes de esta tierra tan sumamente inhóspita, parecen hacerse adaptado al medio. Las distancia son desproporcionadamente grandes, hasta para un americano. El pueblo más cercano, y que son cuatro casas mal contadas, recibe el nombre de Gobernador Gregores y esta a más de 200 km. de distancia por pistas de ripio. La estancias más cercana, Menelik y Manantiales, distan a 15 y a 35 km, respectivamente. La vida transcurre con una tranquilidad imperturbable, con una calma pesada, pegajosa, que aniquila cualquier movimiento o pensamiento brusco. Carlos, nuestro baquiano, espera pacientemente al día que decidamos subir para la montaña, para acompañarnos con el caballo y transportarnos los petates. Por la mañana pregunta: ¿Hoy subirán?  y cuando le decimos que no, que con tan mal tiempo es preferible esperar, asume con la mayor parsimonia la perspectiva de pasarse un nuevo día sentándose de sillón en sillón y hablando con las mismas cinco personas de siempre: La familia de Pocholo y los dos trabajadores de la estancia. Fuera de la casa, en una especie de cobertizo complementario, habita un anciano gaucho que de tanto en tanto camino de un lugar a otro sin prestar especial atención a los arrebatos de un viento que amenaza con hacerle perder el edificio. Es un personaje bien extraño, llamado Montiel, que ha vivido toda la vida en el puesto y que tiene la extraña función de guardar la Estancia durante el invierno. Apenas habla y cuando la hace pronuncia mal las palabras, las une, las precipita. Debe ser que de tanta soledad se le ha olvidado hasta el hablar. Quizás por eso es tan esquivo. Cuando uno vive en la soledad más absoluta cualquier factor que la pueda alterar es signo de peligro. Montiel es un hombre pequeño, desdentado, duramente castigado por las inclemencias del lugar y por una dieta exigua y repetitiva. Aquí en invierno el viento se calma, pero la nieve es persistente, tapa los caminos y las pistas de ripio que se hacen intransitables y no vuelven a serlo hasta que en primavera la nieve se funde. Los días son cortos y las temperaturas de – 15 * C no son de extrañar. Todo el mundo marcha. La familia, los guarparques, los vecinos de Menelik. Solo queda Carlos, el baquiano, que vive con su madre a 35 Km. de distancia. Durante los meses de invierno no se visitan. Recorrer tantos quilómetros en medio de la nieve resulta peligroso. Los caballos no pueden caminar tanto sobre los páramos blancos y el ir a pie resultaría un día largo para ir otra jornada similar para volver, con el consiguiente peligro de que la gélida noche te sorprenda en medio de la nada. Montiel lleva años pasando el invierno en la más absoluta soledad. Meses y meses sin ver a nadie. Sin poder consolar el hambre, la enfermedad. Su ropa, su cara, sus monólogos, son los mismos y se repiten día a día con cada salida y cada puesta de sol.

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Un buen día la capa de nubes se abre y podemos ver, por fin, las montañas.

– Buen tiempo, buen tiempo ... Nos dice Montiel con una sonrisa impregnada de vejez y de timidez. Toda la familia y Carlos coinciden en dar al gaucho la más rotunda credibilidad. Nadie como el se conoce las nubes y los vientos de esta tierra. Si él pronostica buen tiempo, la previsión va a misa. Nosotros intentamos interrogar como posesos a este entrañable viejo que camina con un pie al borde de su propia locura.

– ¿Que crees Montiel?  ¿dos, …  tres, …. cuatro días de bueno?

Buen tiempo, buen tiempo ... responde una y otra vez.

No perdemos ni un instante. Después de tantos días de holgazanear cuesta grandes esfuerzos ponerse en marcha. Prepararse la mochila parece una quimera. Pero tan pronto como notamos el tantos metálico de los piolets nos reanimamos por momentos.

A la jornada siguiente, el primer día de buen tiempo, iniciamos la larga marcha de aproximación por el valle del Río Lácteo, tributario de los glaciares del San Lorenzo. Tras cinco horas de marcha llegamos a un refugio conocido como el Puesto, lugar donde finaliza la primera jornada de marcha y también donde Carlos nos ha acompañado con los caballos. El está feliz. Hace un trabajo que le gusta y siente gran curiosidad por nosotros. Muy pocos escaladores llegan a estos lares. De hecho hacía años que no veían a nadie con material técnico de escalada. Somos los primeros españoles que se acercan al San Lorenzo con la intención de escalar alguna de las cumbres. Los movimientos de Carlos demuestran amabilidad y servitud y se notan claras reminiscencias militares en sus gestos, herencia que cuando realizó el servicio militar obligatorio, y única vez en su larga vida de casi 50 años, en que ha tenido la posibilidad de conocer algo más que la Estancia de los Manantiales. Carlos nos habla de la dictadura con una naturalidad espeluznante. El se había visto obligado a cumplir con los sumarios que llevaron a tantos centenares de civiles a vivir la tortura o a morir sin más. Pero en Carlos la maldad no existe, ni el remordimiento visible, ni lecturas que vallan más allá de una simple realidad: Si no hacías lo que te mandaban, pasabas a formar parte del grupo de víctimas.

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Había que proceder. –– comenta el baquiano como único argumento sin réplica posible.

Cuando llegamos al Puesto decidimos continuar la marcha de aproximación para acampar al pie de la pared sur del Cerro Hermoso. A pesar del buen tiempo visible, la presión barométrica está bajando, por lo que preferimos ir a tiro fijo y no desperdiciar la ventana de buen tiempo. Prolongamos la marcha en 5 horas más, por un terreno sin caminos, donde las distancias engañan y donde apenas se gana desnivel. Al final del primer día de actividad llegamos rendidos al emplazamiento del campamento. Nuestro plan es bien simple: Llevamos el peso imprescindible: Ropa, sacos, una tienda monocapa diminuta, el material y la comida justa para dos cenas (la del día de llegada y para después de la escalada) y un desayuno y comida de ataque para un día. Al llegar, con el día dando paso a la penumbra nocturna, engullimos la primera cena. Después de tantos días de inactividad, más de 10 horas de aproximación pasan factura, pero ya hemos visto la pared, “nuestra pared”, y la realidad ha superado las expectativas: Un sistema de finas goulottes nos permitirá una elegante escalada por el espolón que sube directo a la cumbre principal, y todo por terreno virgen, nuevo, listo para estrenar. La euforia nos embarga y nos acordamos de las únicas palabras que hemos oído articular al viejo Montiel durante toda una semana: “Buen tiempo, buen tiempo”.

A las cuatro nos despertamos y una media hora más tarde estamos en marcha. No hace frío, no se ve ni una estrella, tampoco hace viento. A medida que la luz del día naciente deja ver el entorno, comprobamos la triste realidad: Nubarrones plomizos cubren las cumbres. Nos obstinamos a renunciar tan pronto. Nos hundimos en la nieve que no se ha transformado y que aun está pastosa del calor de la jornada anterior. A las seis empieza a caer aguanieve. A las seis y cinco las primeras gotas dan paso a un copioso aguacero. A las siete volvemos a estar bajo la protección de la exigua tienda.

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¿Dormimos o desayunamos?. Tenemos que ir con cuidado con la comida. Un exceso hoy equivale a quedarse sin comida de ataque mañana. Nos acordamos de Montiel y su buen tiempo. Llueve, nieva, hace sol, se nubla, cae granizo. Un trueno lejano. El viento que galopa entre las rocas y viene a estamparse contra la tienda. Tiempo patagónico, tiempo puta – agónico. Por la noche el hambre aprieta. La cena se ha racionado para ser comida y cena. Mañana será el día del ataque y tras el no podremos comer. Pero mañana tampoco no nos movemos de la tienda, la situación meteorológica ha empeorado definitivamente. El barómetros sube, baja, vuelve a subir, y todo ello en poco menos de una hora. Al final decido esconderlo y no obsesionarme más con él. Si no se donde irá a parar en uno de mis arrebatos. Se que abriré la cremallera de la tienda y lo arrojaré al exterior con todas mis fuerzas y que minutos más tarde estaré buscando los restos entre la tormenta y mis “auto maldiciones”.

Y un nuevo día, otro sin comer . Aguantamos a pesar del hambre, del frío, de la apatía. Por suerte la relación entre Ramón y yo no se vuelve tensa. Algo bien extraño entre dos personas que apenas se conocían antes de un viaje como este y que se ven condenados a convivir en poco más tres metros cuadrados, en medio de un tiempo aborrecible y sin ninguna distracción posible fuera de la conservación y del silencio. Mañana será nuestra última oportunidad. Si hace bueno para arriba, sino camino a casa. Despertador a las tres de la madrugada, como en las jornadas anteriores, pero hoy la cúpula celeste nuestra miles, millones de estrellas. Ni una nube, apenas poco más de un ápice de viento. Frío, está helando. Poco …. pero está helando. Lo justo para transformar la nieve y endurecerla.

Salimos, medio dormidos, hastiados de tantas horas de estar estirados en los respectivos sacos y hambrientos, terriblemente hambrientos. Por suerte nuestra motivación anula los efectos psicológicos y físicos de la falta de actividad y de comida. Empieza a amanecer a las orillas de la laguna situada bajo la pared S.O. del Cerro Hermoso. El lugar es increíblemente bello e inhóspito. Quizás nosotros seamos los primeros humanos que transitan por las orillas heladas de esta laguna patagónica. Por encima de nuestras cabezas la pared que deseamos escalar se tiñe de rosado. Salida de sol bíblica en el último rincón de la tierra. Estudiamos brevemente la vertiente y confirmamos la existencia de un sistema de goulottes que se enlazan describiendo una elegante linea blanca en torno al elegante espolón de la cumbre principal, cuya altura ronda los 2.500 metros, más de 1.200 metros sobre el punto en que nos encontramos. A lo lejos, hacia el oeste, divisamos la imponente mole triangular del San Lorenzo, que aún tiene nubes residuales enganchadas, las cuales, por el momento, parecen no constituir ninguna amenaza de cambio climático.

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Poco más tarde la realidad se impone: Ramón se hunde constantemente en la nieve costra, cuya capa se rompe cada vez que intenta dar un paso y concentra todo su peso sobre la pierna que no está medio hundida. Inicialmente la capa parece soportar bien mi peso, caso 30 kilos inferior al de Ramón, pero mis esperas aún desesperan más a mi compañero que se ve desbordado por el sobre esfuerzo. Al rato yo también me hundo en la nieve costra. No hay nada que hacer. En la última media hora apenas habremos avanzado un millar de pasos y la pared, a este ritmo de marcha de aproximación, queda demasiado lejos. El sol calienta la nieve cercana a nuestro emplazamiento y la temperatura ha subido por encima de los 0* C. Excusas para bajar hay muchas, motivos para continuar uno. Pero este uno es una verdadera sinrazón, pasaríamos horas abriendo huella para no llegar mucho más lejos de donde estamos, cuestión que comportaría exponernos gratuitamente a una vertiente propensa a aludes. Lleva días nevando … excusas, hay tantas …. Una nueva pausa, pero ésta ya no sirve para negar la evidencia. Damos media vuelta. Yo me hundo hasta las rodillas, Ramón hasta la cintura. Por una vez parece que midamos lo mismo. Le llamo enano y nos reímos para no llorar. Tantas horas de inactividad dentro de la tienda, tantas horas esperando la ventana de buen tiempo, tantas horas deseando comer algo consistente, tantas horas escrutando con los prismáticos la maldita pared, y ahora cada paso es un pequeño suplicio y un nuevo golpe a nuestra moral demasiado minada. Delante de nosotros, al otro lado del valle donde tenemos emplazada la tienda, divisamos una bonita cresta de nieve y roca que concluye en una aguja muy puntiaguda. Se trata de una cumbre anónima de 2.060 metros que se desprende de la arista este del San Lorenzo. Un pequeño colmillo rocoso, muy reducido en comparación con el imponente macizo que lo alberga, pero una buena alternativa para escalar algo rápido, mínimamente interesante y la solución para no bajar de vacío de retorno a la estancia. El cambio de planes se impone rápidamente ante nuestras nulas posibilidades de continuar con éxito la aproximación a la pared S.O. del Cerro Hermoso. Descendemos velozmente lo que tanto nos había costado de subir, dejándonos deslizar estirados sobre la nieve. Deshacemos nuestros pasos sobre el margen helado del lago y al poco rato estamos de nuevo en la tienda. Son las 8:30 de la mañana. Hace más de cuatro horas que abandonamos nuestro pequeño hogar llenos de esperanzas. Comemos la última barreta que nos queda. La partición del nuestro último manjar es ccaleidoscopi 1143asi milimétrica. A partir de ahora ya no hay nada más que comer hasta que lleguemos al Puesto.

A pesar de la retirada y de la falta de comida, emprendemos el descenso hacia la cresta animados y cargados de energía. La parte inicial resulta ser una inmensa pala uniforme, de 40* a 45 * grados de inclinación y más de 700 metros, que ganamos en poco menos de una hora. Una vez en la cresta la linea de nieve y roca se muestra elegante y sorteamos algún que otro merengue de nieve, una escultura muy característica de esta región, producto de la intensa y rápida erosión del viento sobre la nieve. La lejana nube que parecía enganchada al San Lorenzo hace media hora que ha dejado de ser pequeña y se va comiendo secciones de cielo azul a marchas forzadas. A media arista el viento y la nevada nos alcanzan. Nieva de lado, por efecto del fuerte viento, es la llamada “nieve chiflada”. En cuestión de momentos estamos inmersos en un temporal, a pesar de ello continuamos sin mediar palabra. Voy delante y dejo siempre un espacio prudencial entre Ramón y yo, algo me dice, por sus pausas y sus gestos, que cada vez la renuncia hace mella en su interior. Es un fétida flor que surge y abre, lentamente, sus pétalos rellenos del néctar de la duda. En un lugar concreto deshago mis pasos para unirme al compañero. La parte de la arista que viene a continuación presenta un tramo mixto aéreo y de feo aspecto, la prudencia me aconseja sacar cuerdas y asegurar el tiro. Ramón aprovecha nuestra reunión para comentarme lo que ya sospechaba. Se encuentra agotado y las perspectivas son lamentables, el tiempo es horrible y la cumbre se muestra cercana y lejana a la vez. Ya tiene la decisión tomada, se baja. Yo le digo que quizás continúe. El me aconseja que descienda, pero respetará mi decisión, eso si, me solicita la máxima prudencia, a partir del momento en que nos separemos deberé continuar solo en un lugar situado al fin del mundo. Al final el cansancio y el desanimo me pueden. Yo también bajaré, allí queda la cumbre dentada de una aguja virgen, un bonito regalo de consolación que ya no será, como todos los sueños que nos trajeron a estos lares perdidos. Bajamos en silencio, rotos, agotados, vacíos. Cruzamos un bosque de árboles enanos, de poco más de un metro de altura, y con un ramaje tan tupido y espeso que solo podemos atravesarlo caminando por encima de las copas chafadas. Nunca había caminado por encima de un bosque. En Patagonia todo es posible (quizás el único imposible es que el buen tiempo dure). Al llegar a la tienda deshacemos el campamento con rapidez. Ya nada nos retiene aquí. Tan solo la esperanza de comer en abundancia nos mueve a bajar al Puesto con cierta alegría.

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Durante el descenso, que transcurre por largas extensiones horizontales donde la erosión y el permafrost han moldeado un sinfín de diminutas dunas, tenemos la sensación de caminar por un paisaje de ciencia ficción. La irregularidad del terreno, la falta de referencias, las largas distancias, la niebla, la nieve que se proyecto a un velocidad endiablada en sentido horizontal … suman las pinceladas del mal terrible de los cuadros, y nosotros, como dos náufragos, caminamos casi inertes en este mundo análogo. Al rato nos perdemos de vista y cada uno se queda con la sola compañia de su propio cansancio y su tormento. Por el horizonte unos puntos, cada vez más visibles, parecen dar un nota distintiva al paisaje marciano. ¿Que son esos puntos? ¿Se mueven? ¿serán piedras, serán guanacos, serán alucinaciones?. Poco más tarde, como si de tres astronautas se tratasen, destilo con claridad la silueta de tres caminantes que, de tan lentos que se mueven, parecen que formen parte de un película proyectada a cámara lenta. Al cruzarnos me percato que son los alemanes que salieron de la caseta del parque una semana antes. Se perdieron en medio de la tormenta, cruzaron el rio Lácteo por equivocación y pasaron días dando vueltas hasta volver a encontrar la linea correcta que  les llevaría al Valle del rio Oro. Ellos van sumamente tapados, protegidos gruesas capelinas y encorvados bajo el paso de enormes mochilas. No pretenden escalar, no obstante el exceso de peso les ha condenado a una marcha extremadamente lenta y fatigosa, Por llevar llevan hasta teléfono satélite, GPS, balizas de emergencia para ser detectadas, también vía satélite, etc. ¿Donde está el sentido de la aventura? No se sabe, pero hay quien lleva el contrasentido hasta las fronteras más remotas del planeta.

Al llegar al Puesto saciamos nuestra hambre. Comemos y comemos hasta reventar. El teoría Carlos no tardará en llegar con los caballos, quedamos en cenar juntos y descender al día siguiente. El hambre ha ganado la batalla a nuestra exquisita educación occidental y nos hemos atiborrado sin esperar al tercer comensal. Cuando llegue le acompañaremos amablemente, picaremos algo para que no cene solo y punto. Carlos llega como llega todo en estos lugares: primero es un lejano punto casi indefinido, que no se aprecia bien si se mueve o no. Poco a poco se ve con mayor claridad y se perfecciona el movimiento. Luego parece cercano, pero no es así, aquí las distancias siempre engañan. Un buen rato más tarde el trote del caballo rompe el silencio del prado.

– Que tal chicos, ¿hubo suerte? —

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Tras explicarle nuestros pormenores, saca un trozo de carne y al tiempo enciende una viva hoguera y cocina un asado gaucho. Al olor de la carne tostada se nos abre de nuevo el apetito. Nos deleitamos con un exquisito asado, tan simple como perfecto. La carne se abrasa crucificada en una estructura metálica clavada en el suelo, se cuece al calor de las llamas de la cercana hoguera, no hay brasa, solo fuego puro. El sabor de la carne es tan especial que no recuerda nuestra triste procedencia: venimos del mundo transgénico y manipulado, donde los pollos comen día y noche para engordar en una semana y las vacas se alimentan con sienes trituradas de ovejas.  Por la noche, nuestra última noche en la montaña, me arriesgo a hacer un vivac. Tan pronto observo un sinfín de estrellas y constelaciones que resultan ser desconocidas para mi, como que tupidas nubes negras parecen anunciar la inminencia del diluvio. Por suerte no llueve ni nieva y al día siguiente, — como suele pasar en estos casos — nace el día con mejor tiempo de todos los transcurridos en las alturas. Como telón de fondo, — frío, mineral y tapizado de verglass — El San Lorenzo con sus paredes orientadas al este. Toda un vertiente compleja y de aspecto inescalable, con una pared vertical, enorme y virgen. Multitud de goulottes se comunican y se separan bajo la atenta vigilancia de inmensos seracs. Todo un complejo cosmos para las generaciones andinistas del futuro. Nosotros nos contentamos con pensar que dejamos atrás lo que era un bonito sueño, la pared sur del Cerro Hermoso, y nos despedimos con sensaciones más cercanas al “hasta nunca” que a un “hasta pronto”. Patagonia es un lugar mágico y maravilloso para los alpinistas románticos. En la cabeza y en el corazón de ambos nos roe la necesidad de volver a repetir la experiencia, una o varias veces, pero seguramente escogeremos otro valle perdido y otra montaña remota. En ningún otro lado del planeta abundan tanto rincones con esta tipología. El Cerro Hermoso puede llamarse Volcán Lautaro, Cordón Escondido, Cerro Plúschow, Cerro Cruz del Sur, Cerro Mano del Diablo, Cerro Akira …. ¡ hay tantos !

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Al abandonar la estancia nos despedimos de todo el personal del Rincón y en especial de Carlos. Vamos a su estancia, llamada “de los manantiales”. Su madre nos saluda, quieta y estática en un rincón de la cocina, en mismo rincón en el que permanecerá la larga hora en la que realizamos la visita. Su cara risueña y su morada fija ahondan, aún más, su semblante inmóvil.

— ¿Señora, usted no se aburre aquí sola cuando su hijo marcha?

— No, aquí siempre hay algo que hacer, algo en que ocuparse — responde.

La estancia recibe el nombre de unos manantiales de agua cristalina que brotan a apenas cien metros de la construcción. A pesar de la cercanía el agua no está canalizada, por lo que, sea verano, sea invierno, llueve, nieve o ventee con violencia, es necesario salir de la aislada casa para hacerse con agua. Para comer, para lavar, para limpiar, etc.

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— Carlos, ¿Que temperaturas acostumbráis a tener aquí en invierno?

— No se, diez o quince bajo cero son normales.

— ¿Y en invierno como lo haces para conseguir agua?

— Rompo la capa de hielo y la saco con cubos.

Carlos, ¿nunca pensaste en hacer llegar el agua a casa y no tener que salir cada vez a buscarla?

— Si, con frecuencia lo pienso, algún año lo haré, pero es que al final siempre estoy ocupado con otros menesteres y no tengo tiempo.

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La casa no tiene la protección de la valla de chopos, ni el micro-bosque que acostumbra a rodear a la estancias más ricas. Las ventanas están mal selladas, se oye el viento poco penetra y la única calefacción de la casa es la propia cocina, la cual es de grandes proporciones. Una caja metálica con varios fogones que ocupa el centro del habitáculo.

— En invierno, como aquel que dice, hacemos toda la vida dentro de la cocina. Apenas transitamos el resto de la casa. Está muy fría… La estación es larga, muy larga. Por suerte no acostumbra a hacer viento, pero si nieva cuesta mucho que marche. Una vez fuimos a Gobernador Gregores a comprar reservas para aguantar el invierno, nevó y ya no pudimos regresar al hogar. Tuvimos que esperar cuatro largos meses. Al volver pudimos comprobar que nuestra ausencia había sido desastrosa. Varios caballos murieron de frío y hambre. Casi perdimos todo el ganado. Costó años, muchos años, poder superar el duro golpe. Fue una época llena de necesidades y limitaciones.

Carlos nos enseña su colección de puntas de flechas loa Araucanos o Mapuches (*1). Se enorgullece del esfuerzo de la búsqueda que le ha llevado a tener más dos centenares de ejemplares. Según el para encontrar una punta de flecha puedes pasarte días y hasta semanas rastreando el suelo.

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Los restantes días los ocupamos en hacer un poco de turismo al lugar más conocido de Patagonia: el Glaciar Perito Moreno (que nada tiene que ver con la población de Perito Moreno y el Parque de Perito Moreno). Resulta ser una derivación del hielo continental que rompe en dos el inmenso Lago de nombre análogo. La lengua de hielo, de quilómetros de longitud y muchos metros de espesor, forma un dique natural que evita que el agua fluya con naturalidad ha ambos lados de la lengua helada. Por tal motivo los niveles van diferenciándose y uno de ellos aumenta de altura mientras el otro continua estático. La propio fuerza del agua retenida revienta el dique natural de hielo y se vuelven a nivelar la altura del agua de ambos lados del glaciar. Tras ello la presión de los hielos vuelve a cerrar la grieta del dique y nuevamente se acumularse agua en uno de los laterales del glaciar. Es un extraño proceso natural que se repite cada cinco años y que resulta ser un espectáculo único. El glaciar del Perito Moreno, a pesar de su aspecto gigantesco y salvaje, es accesible por carretera con coche, y un innumerable enjambre de turistas lo visitan cada día durante la temporada alta. Nosotros, por suerte, madrugamos un poquitín más de la cuenta, y disfrutamos del paseo entre el canto de los pájaros y el estruendo sonido de los hielos al desquebrajarse. Justo cuando marchábamos centenares de turistas iniciaban el descenso hacia la lengua glaciar, más atentos de sus gritos y conversaciones que del mensaje subliminal de la naturaleza salvaje.

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El último pueblo antes de llegar al famoso glaciar es Calafate: una nota de color en medio de la nada. Hasta aquí llega  la carretera asfaltada, directamente desde Río Gallegos, pequeña ciudad que dispone de aeropuerto. El turista que procede por esta vía rápida evita los interminables kilómetros de ripio, evita las agrupaciones de casas perdidas en la nada, evita la búsqueda de gomerías (*2), evita, en definitiva, la Patagonia inhóspita, cruda y transparente. Tan cruda y transparente como el aire que siempre la transita sin encontrar la pausa y la paz. De vuelta a San Julian llegamos a recorrer 220 quilómetros por pistas de ripio sin cruzarnos con ningún otro vehículo ni ninguna otra alma humana. Muy esporádicamente un cartel indica una bifurcación de caminos que llevan a alguna estancia solitaria ¿Pero quien puede vivir en un lugar como este? Atravesando los páramos infinitos del fin del mundo una sensación nos embarca: si te mueres en un lugar como este, no te encuentran ni los cóndores.

(*1) Los Mapuches o Araucanos eran los indígenas que poblaban la Patagonia antes de la colonización española y que fueron exterminados por los invasores.

(*2) Las “gomerias” son arcaicos talleres en lo que se reparan y rechutan una y otra vez los neumáticos agujereados y pinchados por el ripio. Por extraño que parezca resulta muy improbable, por no decir imposible, encontrar neumáticos nuevos en medio de la Patagonia más profunda. El día a día se tiñe de una lucha por la supervivencia que nos recuerda que, por mucho que se obstinen ciertos políticos locales, ciertas regiones de Argentina están más próximas al tercer mundo que al primer mundo.caleidoscopi 1150

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ACONCAGUA 1992, CENTINELA DE PIEDRA

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A (0)El Aconcagua, con sus 6.962 metros de altura, es la montaña más alta de las Américas y también el techo del hemisferio Sur. Tan solo en el Himalaya y en sus estribaciones (Karakorum. Tirich Mit, Pamir, etc …) encontramos cumbres de mayor altura. Constituye el lugar más elevado de la esquina dorsal de la cordillera de mayor longitud del mundo: los Andes. Lugar de parajes únicos e irrepetible que se extiende desde la costa caribeña, ve cruzar el ecuador y se pierde en las antárticas latitudes del fin del mundo: la tierra de Fuego.

La montaña del Aconcagua es, con diferencia, la cumbre más visitada de los Andes. El hecho que sea el “rey” y la facilidad técnica de la vía normal, son factores que llaman al “gran público”. Una inmensa cantidad de montañeros y no menos profanos de la cuestión, se acercan a su pie probando suerte. La situación llega a extremos lamentables, convirtiendo la montaña en un escenario para “reality show” o en un lugar donde se cuentan los “récords”. En el primer de los casos quiero referirme a un deplorable programa que realizó la televisión pública de mi país, TV3, que consistía en hacer llegar jóvenes ajenos al montañismo a la cumbre, haciendo pasar el triste ascenso como una prueba de valentía, de fuerza y de convicción de los héroes televisionados. En el segundo de los casos destacan las carreras contrarreloj campo base – cumbre – campo base, ascensiones con invidentes, récord mundial de altura para un perro, descensos con mountain bike y el quimérico esfuerzo de un aragonés para demostrar que el hombre humano podía vivir más de 60 días seguidos a casi 7.000 metros.

A (1)

Sea como sea, el gigante de las Américas tiene la otra cara. Aquella que es austera, indestructible y que constituye el mayor precipicio de la cordillera: la pared sur. Allí se ha escrito el andinismo con mayúsculas, de una rigurosidad inhumana.  La vía francesa de 1954, tan magistralmente narrada por Lionel Terray en su libro “La conquista de lo Inútil”, fue el pistoletazo de salida. Más tarde el mesias del himalayismo, Reinhold Messner, endereza la linea francesa, concluyendo lo que con posteridad se conoce como la vía directa. Varias rutas surcan desde entonces la pared, pero ninguna de ellas llevan tan al extremo la audacia, la temeridad y la perfección del arte del alpinismo como las firmadas por el eslovenos Slave Sveticic: La Sun Line y la Ruleta Rusa. Los polacos, en el año 1987, tampoco se quedaron cortos con el pilar directo de la cumbre sur.

A medio camino entre la espectacular pared sur y la accesible vertiente oeste, por la que discurre la vía normal, encontramos la vertiente este, conocida como el glaciar de los polacos. Se trata de una vertiente glaciar de una inclinación moderada y constante, donde la escalada nunca llega a ser rigurosa pero que si que requiere una constante atención.

A (2)

En noviembre del 1992 un numeroso grupo de escaladores conversamos animadamente al lado del fuego. Estamos bajo las estrellas en medio de prados rociados donde la escarcha hará acto de presencia con el transcurso de las horas. En concreto nos hallamos en Vilanova de Meià, uno de los mejores escenarios para la escalada en roca de Catalunya y de Europa. Conversando con una amiga llamada Carmen me comenta su intención de ir al Aconcagua en invierno (verano en el hemisferio sur), ellos son el grupo más pequeño posible, — dos –, y desearían incrementar el número con un tercero o hasta un cuarto componente.

Bien –– respondo a Carmen tras solicitar el “veredicto visual” a mi pareja — Os acompaño, pero quiero subir por Polacos.

– Bueno, ya hablaremos …. Quedamos con Pere (el segundo miembro), y concretamos el tema.

A (3)

El primer encuentro en Barcelona entre los tres miembros del grupo no es emotivo, pero si correcto y cordial. Quizás desde buen principio mi carácter juvenil (cuento con 23 años de edad), contrasta con el tono más calmado de Carmen, (tal vez acorde con su menor experiencia como montañero ante los otros dos expedicionarios), a la vez que contrasta con el porte más serio y veterano de Pere que debe estar en una edad cercana a la ciquantena. No obstante me ratifico en mi empeño de incorporarme a cambio de subir al Aconcagua por el Glaciar de los Polacos, condición que es aceptada sin un entusiasmo excepcional pero que tampoco no genera ningún debate. Otro de los puntos claves de la reunión es la necesidad de encontrar un cuarto componente para cerrar las cordadas, tema en que todos estamos de acuerdo pero que, con el tiempo, no prosperó.

Respecto a la logística debo admitir que el viaje ya está organizado, por lo que me toca la cómoda condicionar de pagar y encontrarme todo hecho. Me hacen responsable del material necesario para la escalada (cuerda, tornillos de hielo, etc …) y concretamos las fechas. Yo tan solo tengo una par de semanas de vacaciones que, a lo sumo, puedo alargar tres días más con los fines de semana. Carmen y Pere tienen todo un mes. Cuando finalicen con el Aconcagua se dirigirán hacia el sur, a escalar algún volcán y llegar hasta la zona del Cerro Torre para realizar el magnífico trékking que transita a los pies de la fálica aguja de granito. El Cerro Torre es una de las montañas más increíbles y estéticas del mundo y solo el hecho de poderlo ver, ( si el horrible tiempo patagónico lo permite, claro ) es un placer para los sentidos. Siento cierta envidia de su plan de acción posterior, aunque soy consciente de que yo preferiría utilizar mi tiempo en otro tipo de proyectos si mi estancia en Argentina pudiese dilatarse.

A (4)

No obstante la principal duda que me plantea el viaje se debe, justamente, al corto periodo de vacaciones para subir la montaña. No por la ascensión en si, que es relativamente rápida (2 o 3 jornadas), ni por la lejanía del lugar, puesto que está bien comunicado, sino por el necesario periodo de aclimatación del cuerpo humano a una altura tan elevada como la del Aconcagua, que poco le falta para los 7.000 metros. A medida que recojo información de la zona, leo escritos en los que cuentan que el efecto de la altura se acentúa en los Andes Mendocinos en comparación al Himalaya, por su situación más alejada del ecuador. Las teorías que sustentan tal afirmación son subjetivas y de poco rigor científico (al menos las que llegan a mis manos), pero la posibilidad seudo-científica seudo-fantástica que sustenta tal afirmación, no hace más que ahondar mis dudas. ¿Serán suficientes tan pocos días para aclimatar? ¿Como se aclimatará mi cuerpo a la altura?. Y si mi metabolismo no reacciona rápidamente … ¿no tendré la sensación de malgastar el tiempo y el dinero, cuando este último, justamente, no me sobra? Sea como sea la duda tan solo se resuelve de una manera: sustituyèndola por la decisión. Entonces, con el tiempo, sabremos si herramos a atinamos con nuestra decisión, en caso contrario la duda se eterniza y persiste de manera cíclica.

Estamos a mediados de febrero de 1.993 y cruzo, por primera vez en mi vida, el “charco” que separa Europa de América. 13 horas de vuelo larguísimas, pero también llenas de ilusión, de entusiasmo, de la emotividad ante la posibilidad de abrir mi vida a nuevas experiencias. El primer contraste al llegar a Argentina, y en especial al aterrizar en Mendoza, es el clima veraniego. Horas antes salía de Barcelona en medio de un día plomizo con una brisa fría y desagradable, ahora estoy bajo un sol de justicia, en medio de avenidas verdísimas donde el aire es pesado y bochornoso.

A (5)

Mendoza, principal capital vinícola del hemisferio sur, se nos presenta como una ciudad limpia, espaciosa y ordenada. A los pies de los colosos de los Andes, los cuales están lo suficientemente lejos como para que no dar la sensación de opresión y están lo suficientemente cerca como para deleitarnos el paisaje. Nos sorprende una campaña gubernamental, recalcando la necesidad de tomar las medidas básicas de higiene. No en balde se han declarado brotes de cólera en la provincia de Salta, una de las regiones fronterizas con Brasil y más pobres del país. También encontramos una huelga en el sector de la restauración, son una peculiar forma de protesta que consiste en no servir parrilladas en los restaurantes, a todo aquel que no sea extranjero. Se ve que la deferencia hacia el turista es más importante que las reivindicaciones locales. Es innegable que ante este hecho tan loable y sacrificado en pos del extranjero, se esconde la fuerza indomable de los billetes verdes del imperio dólar. Tras una gran crisis económica el gobierno de la Argentina ha decidido establecer la pariedad monetaria entre la moneda nacional (peso) y el dólar estadounidense. Un difícil pulso que, en apariencia, debe traer estabilidad a una población que ha dejado de creer en el valor de una economía exageradamente inflacionista, donde los precios de un restaurante podían cambiar entre el momento de la estudiar la carta y momento de la expedición de la factura, o donde un pastel de aniversario podía llegar a representar un desembolso millonario. Sea como sea y a pesar de que un cambio tan radical forzosamente provoca problemas; en el país, — o mejor dicho, en la región –, se respira un aire de cierta riqueza y de prosperidad. Apreciación que se ve incrementada al holgazanear en las terrazitas de los bares y restaurantes mendocinos, tomando la deliciosa cerveza “Andes”, embotellada en envases de tres cuartos de litro de capacidad.

Mendoza invita a pasar unos días vagando sin mas pretensión que la de descansar, pero el calendario apremia y tan pronto como podemos partimos hacia la montaña. Nuestra última escala del trayecto sobre transportes públicos es Penitentes, un horrible complejo turístico en el que se localiza una estación de pistas de esquí alpino y que guarda una desagradable similitud con ciertas zonas de la montaña andorrana. Tanto en los Andes Mendocinos como en los Pirineos, la imagen de los telesillas fuera de funcionamiento colgando sobre verdes prados, puede resultar aún más insultante que la propia imagen de la estación en pleno apogeo de la época invernal, donde el desconcertante ajetreo de esquiadores pone a cada cosa y a cada uno en su lugar.

A (6)

La entrada al parque del Aconcagua la realizamos en un vehículo 4 x 4. Nos acompaña un yanqui que vuelve al puesto del valle para recoger a sus amigos. Él ha bajado pocos días antes que ellos, con la cumbre bajo sus pies. Está contento y la mueca de una inmensa sonrisa, que le va de oreja a oreja, parece habérsele quedado fija en medio de su cara. No puedo evitar se sentir cierta envidia y hacerme la pregunta sobre si será igual mi rostro dentro de quince día, o si, por contra, mis facciones serán duras, tristes y cansadas. Una u otra realidad tan solo depende de un punto: aquél que se halla a 6.962 metros por encima del nivel del mar y en el que convergen todas las líneas de la montaña más alta del continente americano.

Al final del trayecto por pista nos encontramos en la entrada del parque, donde debemos registrarnos y pagar el permiso de ascensión o de trekking, según proceda. Al fondo, con apenas alguna nube enganchada que, de tan pequeña, se confunde con los glaciares, observamos por primera vez el Aconcagua. A pesar de estar a más de 40 km de distancia la imagen que transmite impresiona. Es enorme!!

Sobre la procedencia del nombre de la montaña hay varias teorías, pero quizás la mas aceptada es la que defiende que el nombre actual genera de quechua AKON – KAHUAC, que significa “el centinela de piedra”

A (7)

El primer día de actividad a pie discurre entre la entrada al parque y el campamento de Confluencia. Este último lugar se encuentra ya ha 3.800 metros de altitud y es un punto estratégico donde se separan las dos valles que van a sendos campamentos bases del Aconcagua. El campamento de Plaza Mulas, en donde se encuentra la base de partida hacia la vía normal y hacia el Glaciar de Polacos, y el campamento de Plaza Francia, sito a los pies de la inmensa pared sur. Tan solo entrar en el parque nos da la bienvenida el Cerro Almacenes, que se encuentra a la derecha del camino. Se trata de una curiosa cumbre de … metros de altura, que presenta una formación de sedimentos muy llamativa, tal como si de un inmenso pastel de diferentes colores se tratase. Los guías del refugio de Penitentes, con los que pasamos la noche anterior, me hablaron de una fina goulotte de hielo, con columnas de hasta 90* de inclinación, que discurre encajonada por la vertiente opuesta a la que se puede ver desde el inicio del valle. A pesar de que no consigo verla y ni tan solo intuirla, me gusta imaginarme un bonito trazado blanco en medio de las capas sedimentadas. Sería un proyecto alternativo que nada tiene que ver con nuestros planes; Pero meditando sobre este tipo de ascensiones, me doy cuenta de que los recorridos olvidados a cumbre remotas están más de acorde con mi planteamiento de ver el alpinismo. Siento devoción por las montañas secundarias, por los lugares sin fama, sin reconocimiento, por las piedras humildes, por las montañas rudimentarias y despojadas de celebridad. Quizás estas montañas sean un reflejo de mi propio carácter, de mi propia manera de entender la vida y el alpinismo.

En el emplazamiento de confluencia se encuentra una carpa que sirve como lugar de estancia de un guarda del parque, punto de transmisión de radio, servicio de bebidas y comidas y espacio de comedor comunitario. Alrededor de la citada carpa hay buenos lugares para acampar. Esta primera noche descubrimos lo que será la tónica base en la zona: a partir del instante en que el sol se esconde bajo la linea del horizonte, la temperatura baja en picado. En cuestión de minutos los termómetros pierden más de 10 grados y nuestros cuerpos notan rápidamente el fuerte contraste. La reacción de todos es la misma: buscar rápidamente el plumón o la chaqueta térmica. Al atardecer, cuando estamos alrededor de la mesa, se plantea un momento crítico entre el grupo: Pere habla, Carmen calla y yo me enojo; su exposición, seca y firme, es la siguiente:

A (8)

– Pako, nuestro objetivo principal es la cumbre. Lo hemos estado hablando Carmen y yo y subiremos primero por la vía normal y luego, cuando estemos bien aclimatados, será la hora de plantearse la ruta de polacos.

– Como!!! Sabes que para mi no es posible plantearme ambos objetivos, no tengo opción a dos ascensiones en tan pocos días, más teniendo en cuenta el periodo previo de aclimatación y el periodo de descanso intermedio entre escalada y escalada.

– Bueno, nosotros dos vamos primero por la cumbre, si quieres espabílate y engánchate con alguien para subir por Polacos.

Me siento engañado, traicionado. Ni tan solo una disculpa. Pere no admite sus flaquezas, sus limitaciones. Toma la conducta del jefe de expedición encargado de tener una voluntad de hierro y que se ve en la obligación de hacerse el fuerte en pos de la buena salud de la expedición. El pobre ha leído demasiados relatos clásicos y se debate entre su imagen anquilosada, el mal sabor de anteriores expediciones, — cuyos objetivos sobrepasaron sus posibilidades –, y una mal disimulada antipatía hacia mi persona, mi juventud y mis ganas de devorar la montaña.

A (9)

Prefiero salir de la carpa para aliviar mi enfado. Si no estuviese tan lejos de casa daría media vuelta y les enviaría a freír espárragos. Ahora caigo en la cuenta de que ellos dos nunca han tenido la más mínima intención de escalar el glaciar de Polacos y que en la entrevista que tuvimos en Barcelona me dieron holgura a mis pretensiones con tal de incrementar el grupo. Ahora estoy solo, caminando por los campos de tierra y piedras cercanos a Confluencia. Hago balance, “intentaré encontrar algún compañero de cordada en Plaza Mulas, y si no, escalaré solo”, me digo en mi monólogo introspectivo. En la lejanía, en el que resulta el cuadrante opuesto al Aconcagua, se observa la pared sur del Cerro Tolosa. Cumbre de … m cuya vertiente glaciar es, según dicen, un reproducción reducida de la inmensa pared sur del propio Aconcagua. Sea como sea la cumbre es preciosa y misteriosa, le invade una inmensa tristeza al dejarse acariciar por lo últimos rayos del día de muere. Imperturbable, fría, mineral … su imagen me transfiere calma y tranquilidad, justo lo que más preciso en este momento. Contemplo la montaña sin moverme, hasta que la oscuridad dificulta la visión del camino de regreso a la tienda y el frío muerde mis piernas. Llego a la tienda con la noche tan cerrada como la boca de un lobo. Abro el interior y sin demasiadas contemplaciones hacia mis compañeros que ya duermen en el interior, extraigo mi saco de plumas y desaparezco sin decir nada. Prefiero hacer vivac a pocos metros para poder establecer ese diálogo único entre el montañero y el cosmos.  La conclusión es clara: Siéntete afortunado de estar en la otra punta del mundo entre titanes de tierra, piedra y hielo. Intenta que la convivencia, necesaria e impuesta a la vez, sea lo más liviana y agradable posible, puesto que del conflicto personal nadie saca provecho … y descansa, aprovecha el momento, aprovecha la vida. Observo los millones de estrellas del firmamento, hago y deshago lineas imaginarias, se mueven, se desvanece, en caleidoscopio está en marcha. Poco a poco los inalcanzables tintilleros desaparecen a decenas, a centenares, a millares … y se pierden en un sueño profundo y tranquilizador.

Al día siguiente ascendemos a Plaza Francia (4.500 m) y volvemos a descender a Confluencia. Resulta ser una excursión impresionante, puesto que gradualmente se descubre el abismo más grande de los Andes: la pared sur del Aconcagua; que empequeñece y oprime a todo aquel que se acerca a sus pies. Por mucho que uno camine la pared tan solo sabe crecer y da la sensación que nunca se llegará a la base de la misma. Un caos de paredes de roca y glaciares colgantes, adornados de azulados y descomunales seracs, configuran esta gran muralla que tan solo unos pocos osan escalar. Cerca del emplazamiento de Plaza Francia, que este año y por estas fechas está desierto, se pueden observar los restos del gran terremoto que tuvo su epicentro justo en este lugar, a finales de los años 80. Sobre los efectos del mismo existen tomas fotográficas, que se traducen en imágenes de descomunales aludes que se desprenden de los seracs de la pared. Millones de toneladas de hielo, roca y nieve que se precipitan alocadamente con un estruendo enloquecedor. La contemplación de las imágenes fotografiadas del terremoto y de los aludes, son tan elocuentes que parecen ir más allá de la muda fotografía y casi se podrá decir que transmiten los ecos lejanos del alud. Sea como sea, años mas tarde, las grietas en el suelo aún son bien visibles. La tierra gimió, se abrió, enseñó sus entrañas, y aún deberan pasar muchos lustros para cicatrizar las heridas.

A (10)

Una jornada más tarde llegamos por fin al que será nuestro campamento Base: Plaza Mulas. Antes atravesamos la inacabable “Playa Ancha”, un largo tramo horizontal de más de 10 kilómetros de longitud, donde continuamente se deben vadear lo meandros del rio Horcones Alto. El terreno arenoso simula ser una inmensa playa, eso si, sin mar, y de ancha … anchísima. Poco más arriba se encuentra el emplazamiento de un viejo refugio cuya construcción parecía ser fuerte y consistente, pero que en la actualidad se ha visto reducido a un amasijo de escombros y hierros retorcidos. Según los lugares “un alud se lo comió“, lo cual ayuda a hacerse una idea aproximada de la rigurosidad de los inviernos en la zona y el increíble contraste del terreno durante el verano, temporada en que las montañas presentan una aridez extrema. No en vano el Aconcagua es una montaña cada vez más visitada y transitada durante la época de bonanza, pero que cuenta con muy pocas ascensiones invernales. En realidad poco más de una decena de expediciones han coronado la cumbre en época invernal. La primera invernal al glaciar de Polacos corresponde a una expedición catalana del año 1.980 y dentro de la escueta historia de las escaladas a la cumbre durante la época fria, mención a parte merece la odisea inhumana de la que sobrevivió el alpinista español Fernando Ruiz Sanz, que realizó la segunda ascensión invernal y solitaria a la pared sur del Aconcagua (*1). Ruiz, que se encaró en la pared en el estilo alpino más puro y selecto, se vio envuelto en una dantesca tormenta que le sorprendió en la parte alta de la pared y tuvo que continuar escalando en condiciones imposibles. vientos huracanados (de casi 200 Km por hora) y temperaturas de – 40 *. Se le agotó la comida, el combustible y la bebida y realizó el descenso “in extremis” por la vía normal rebuscando el último soplo de energía en lo que se convirtió en una lucha encarnizada por sobrevivir. El precio que tuvo que pagar este excepcional escalador fue sin duda muy elevado y le apartó de las escaladas solitarias extremas: amputación de la mayoría de los dedos de la mano y de los pies.

Por suerte para los restantes mortales que nos aproximamos a la montaña con unas pretensiones substancialmente más humildes, el sol arde en lo alto de la cúpula celeste durante la época estival y los pasos realizados en las proximidades del refugio destrozado por los aludes invernales, se convierten en un agradable paseo.

Poco antes de llegar a Plaza Mulas la altitud y la falta de aclimatación hacen sus primeros actos de presencia. Los tres componentes del grupo llegamos cansados, con dolor de cabeza y carentes de apetito. Es curioso que el día anterior estuvimos a mayor altura pero no notamos tanto la falta de aclimatación. Casi con toda seguridad fue la falta de peso en la espalda la que marca la diferencia. Quizás este sea un apunte importante a tener en cuenta en las ascensiones a cumbres donde la alta altitud es un factor más que dificulta la ascensión: a menor peso mejor aclimatación. Sea como sea la tarde nos regala nuestra primera visión del magnífico espectáculo que representa el ocaso del astro rey proyectado sobre la vertiente noroeste del Aconcagua. Un sinfín de colores se dan cita sobre el laberíntico caos de órganos minerales de la vertiente. Aquí y allá miles de recodos, de lejanas paredes, de agujas anónimas, van cambiando de coloración a medida que el sol se escapa. Se dan cita todos los amarillos, todos los naranjas, todos los rosados, todos los violetas, todos los azules, todos los marrones, todos los grises, … y los diminutos montañeros que contemplan la escena quedan atónitos, incapaces de retener tanta belleza. Por un momento hasta el más insensible se queda inmóvil, con el alma paralizada, en simbiosis con el mundo mineral que lo rodea y que, por instantes, lo absorbe.

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Uno de los mayores atractivos del campamento Base de Plaza Mulas es el cercano campo de penitentes del Glaciar de Horcones Superior. Los penitentes son unas peculiares agujas de hielo cuya formación tan solo se puede entender como consecuencia de los radicales cambios térmicos que se producen al ocultarse el sol tras el horizonte. Son formaciones inexistentes en cordilleras como las Alpes, pero que en las zonas áridas de los Andes son hartamente comunes. El nombre de penitentes está muy acorde con su imagen, puesto que recuerdan una larga procesión de encapuchados en una procesión del Corpus Christi. Para el escalador glaciar constituye un magnífico campo de acción para escalar y hacer boulder en hielo. La gran mayoría de agujas tiene una altura suficiente para poder llegar a la parte superior sin la precaución de llevar cuerda ante una eventual caída. Las formaciones de hielo y técnicas de escalada que practicaremos para ascenderlas, son muy diferentes a las que habitualmente nos encontramos o utilizamos en corredores de nieve o en cascadas heladas. Aquí las formas nos recuerdan a escenarios rocosos: diedros, chimeneas, aristas. Casi cada día un grupo cosmopolita de jóvenes que hacemos vida en el Campamento Base, nos acercamos algún rato a escalar el sinfín de agujas blancas. Un sano ejercicio que ayuda a mejorar nuestra aclimatación. No obstante debe tenerse en cuenta que los penitentes, por muy divertidos que puedan parecer al escalador que quiera realizar boulder en el labio del glaciar, pueden representar una verdadera tortura para el montañero que desea ascender a una cumbre y se ve en la obligación de cruzar un extenso campo de alfileres helados. Varias son las ascensiones frustradas por dicho elemento, cuando casi nadie tiene en cuenta que un millar de dientes blancos pueden mellar la paciencia del más perseverante. Por suerte la ascensión al Aconcagua se ve despojada de dichos penitentes.

Al mi llegada a Plaza Mulas coincido con otros dos montañeros catalanes, Rodri y Xavi Moll. Ambos bajan con la cumbre bajo los pies. Me explican que el día de la ascensión el tiempo era tan apacible y la temperatura tan agradable, que se podía permanecer a casi siete mil metros con una forro polar y se podía encender una cerilla ante la falta total de viento. Unas condiciones sin duda excepcionales.

Sus caras transmiten la sonrisa generosa y hasta un poco tonta, recordándome el yanqui que nos acompañó a la entrada del parque. Es el que podríamos llamar “síndrome de la cumbre ascendida”.

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Con el transcurso de los días en la base de la montaña vuelvo a recuperar el ánimo y cada vez se me hace más amable la idea de ascender por la vía normal. No obstante aún no descarto la idea de ascender por el glaciar de Polacos, por lo que me dedico a tantear entre los habitantes del pequeño pueblo de tiendas de campaña que es Plaza Mulas. Tan solo encuentro a un brasileño solitario que pretende ascender la citada ruta. No obstante, a medida que voy conociéndolo, incrementa mi desconfianza. Ya es la tercera vez que está en la montaña y aún no ha hecho cumbre, su indumentaria y su equipo parecen ser más típicos del carnaval de Río de Janeiro que de un andinista dispuesto a escalar una vertiente glaciar. Y lo que más miedo me da es verle encender su destartalado hornillo de queroseno en el interior de su diminuta tienda. Cada vez que lo hace los que le observamos nos preguntamos si morirá por asfixia o incinerado. La verdad es que es un tipo muy pintoresco y bastante alocado; habla solo y tiene una cara de “impresionado”, como si el maquiavélico fogón ya le hubiese chamuscado en alguna ocasión. Yo no entiendo su portugués con acento brasileño y el aún comprende menos mi castellano con acento catalán. Sea como sea en los días sucesivos iremos coincidiendo en la parte baja de la montaña y una vez más él volverá a marchar a su casa sin la cumbre.

Plaza Mulas es un verdadero popurrí de habitantes de los lugares más dispares del mundo, aquí se mezclan lenguas, acentos, gente del norte, gente del sur, europeos, asiáticos, norte americanos, centro americanos y obviamente, sud americanos. Es normal que en un ambiente tan cosmopolita la primera pregunta que acostumbran a hacerte es: ¿De donde sois?. Pere no duda en respoder: “Español”. Yo hago alarde de mi catalanismo y respondo: “Soy catalán”. Pere rápidamente aclara que ser catalán y ser español es lo mismo, y yo me esfuerzo en arrebatar sus argumentos. Al final llego a la conclusión de que la mejor defensa es un buen ataque; Cuando nos preguntan de donde somos, yo respondo: “Yo soy catalán, ellos dos son españoles”. Carmen se ríe a pulmón abierto, Pere se retuerce por dentro. Sea como sea yo no voy poniendo etiquetas a terceros, motivo por el cual reivindico mi derecho a que ningún tercero me ponga a mi la etiqueta que él quiera; cada uno que esté conforme con su conformidad. No tengo nada en absoluto en contra de los vecinos castellanos o andaluces, es más, mi familia paterna proviene de Murcia, pero mi mentalidad social hace sentirme más cercano a un habitante de la Provenza o de Piamonte, que a un habitante de Madrid o de Sevilla; y reitero que no es una cuestión de sentimiento despectivo, ni mucho menos, es tan solo una cuestión de afinidad social o cultural. Es indudable que soy español, pero por imposición legal. Nunca he creído en los estados herederos de fronteras dibujadas a base de guerras y tratados de paz, donde un nacionalismo dominante ahoga y asfixia a los nacionalismos minoritarios. No en vano, y veinticinco años más tarde de su aprobación, en nuestro democrático estado español las fuerzas políticas que nos representan aún son incapaces de modificar ni una coma de la llamada “Carta Magna” o Constitución Española. Un texto que se pactó con la pretensión de servir como “café para todos”, por los representantes políticos de un pueblo oprimido por la dictadura más larga de la historia europea. (*). El artículo segundo de la Constitución, se mire como se mire, es escalofriante:  …….. Cuando el Lehendakari (Presidente o gobernante) del pueblo vasco proclama su intención de realizar un referéndum por la autodeterminación de una de las naciones que integran el “país plural” de España, el gobierno de Madrid modifica el código penal para poderlo meter en la cárcel. ¿No se está negando uno de los derechos humanos básicos, al impedir a una persona y a un pueblo entero el derecho de pronunciarse sobre cuales desean que sean las instituciones que le gobiernen?

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Las inquietudes nacionales, sociales y la política son uno de los temas principales en las tertulias que, espontáneamente, surgen entre los ocupantes de las tiendas – comedor tras la comida o la cena. Coincidiendo con la celebración de las olimpiadas en Barcelona en el año 1992, el gobierno catalán, bajo la presidencia del muy honorable Jordi Pujol (*3),  envió una campaña propagandística, a nivel internacional, y que se imprimió en los diarios de prensa con más tirada del planeta. El slogan para dar a conocer la nación catalana gozó de una gran aceptación y dio a conocer a muchos una realidad que ignoraban. La propaganda ocupaba dos planas enteras, en la primera de ellas salía un punto negro sobre el papel en blanco y en la parte alta de la hoja el texto de una pregunta: “¿Sabes donde está Barcelona?”. Pasaban la hoja y encontrabas la segunda plana, ahora con una mapa de Europa sobre el que se delimitaba Catalunya, y abajo el texto de la respuesta formulada en la plana anterior, texto que decía: “En Catalunya, por supuesto”. Las instituciones españolas reaccionaron rápidamente emitiendo una propaganda similar pero donde la pregunta era “¿Sabes donde está Catalunya?” y la respuesta era “En España, por supuesto“. Por muy rápida que fuese la reacción española, el propósito del gobierno de Jordi Pujol ya se había conseguido. Para millones de habitantes del planeta un nuevo lugar aparecía en el mapa mundi.

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Uno de los encuentros más curiosos tiene como protagonistas una pareja de mexicanos, con los que entablo conversación poco más tarde de su llegada a Plaza Mulas, en concreto en la carpa comunitaria que sirve de comedor. A todos nos sorprende su voraz apetito. Como norma general cuando un recién llegado come se alimenta por primera vez en el Base, a duras penas pasa más allá de la infusión y de algo sólido de tamaño irrisorio y de digestión ligera, los mexicanos se cocinan dos pedazos de carnes, unos huevos fritos, los rocían de picante y no dudan en concluir con el “digestivo” licor del tequila. Rápidamente se convierten en la atracción de la tienda comedor. Uno es pequeñito y delgado, el otro alto y grandullón, ambos tienen el típico bigote y las facetas que pocas dudas dejan de su origen.

En un momento preciso la conversación ronda alrededor de la posibilidades de México para realizar montaña.

En México tenemos de todo — me dice el pequeño, con el acento y la parsimonia en el habla, características de su tierra.

hay grandes volcanes, que tienen nieves perpetuas y que miden más de 5.000 metros, como aquel que es el más alto … este, ¿como se llama, compadre?. — le pregunta a su compañero –. ¿Sabes de que volcán te estoy hablando?

– ¿ De cual ? – le responde el grandullón.

De aquel que es el más alto.

Pues sí, ya se de cual me hablas.

Pues de ese, justo a ese me refiero. –– acaba informándome.

– …. !?

– También tenemos grandes paredes, como en el desfiladero del norte … este  ¿como se llama, compadre?. — le pregunta a su compañero –. ¿Sabes de que desfiladero te estoy hablando?

¿ De cual ? – le responde el grandullón.

– De aquel que es el más grande, en el norte.

– Pues sí, ya se de cual me hablas.

– Pues de ese, justo de ese me refiero. –– acaba informándome.

– …. !?

A (18)Y selva, tenemos buenos trekking por las selvas del sur, en especial la situada en la región de Chiapas ¿como se llama, compadre?. — le pregunta a su compañero –. ¿Sabes de selva te estoy hablando?

– ¿ De cual ? – le responde el grandullón.

De aquel que está en el sur.

– Pues sí, ya se de cual me hablas.

– Pues de ese, justo de ese me refiero. –– acaba informándome.

– …. !?

– Pues tomen tequila, y dejen el picante …haber si se les refresca la memoria — tengo ganas de responderles. Serán “boludos” los mexicanos, hasta pensar les resulta un esfuerzo.

Otras de las curiosidades del Base es el aislamiento al que se ven sometidos, al parecer por consenso entra ambas partes, los estadounidenses que aquí son más conocidos por gringos que por yanquis. Un conjunto de tiendas amarillas de la marca North Face forman su geto particular, del que apenas salen los ocupantes. En el ambiente se nota una especie de desprecio mutuo.  !! Menos mal que los palestinos y los israelíes no son amantes del montañismo ¡¡, sino seria aconsejable transitar por el campamento con el casco puesto.

Por último debe remarcarse la distracción de los guías locales en lo que resultaría ser la “marcha nocturna” de Plaza Mulas. Consiste en rociar de gasolina los pozos de las letrinas comunes, hacerlas arder e introducir bombonas de propano llenas dentro del agujero. La explosión parece la de una bomba, y los pobres inocentes que han conciliado el sueño se despiertan de repente, pensando que media montaña se viene abajo.

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La ascensión al Aconcagua por la vía normal se divide en varias secciones bien diferenciadas. La primera es el conocido “Acarreo”; se trata de una larga pendiente de pedregal inestable en la cual, con el paso de tiempo y de los montañeros, se ha dibujado un sinuoso y cómodo camino que lo recorre dibujando interminables zetas. El Acarreo concluye en un pequeño campo glaciar casi horizontal conocido como “Cambio de Pendiente”, que es el portal al inmenso collado de los Horcones, situado a 5.100 metros de altura, lugar en el que se acostumbra a emplazar el primer campamento. El cambio de pendiente es famoso por el bajón físico que acusan los montañeros cuya aclimatación aún es deficiente, según dicen los guías lugareños se trata de una zona cuya localización y características favorecen la existencia de un campo barométrico donde la presión disminuye; sea realidad o sea una farándula argentina, la cuestión es que cuando lo cruzo por primera vez el cansancio que había sabido esquivar durante el interminable Acarreo, hace acto de presencia sin previo aviso.

El collado de Horcones es de grandes proporciones y en el abundan las piedras de curiosas formas producto de la erosión del viento, a cuya protección suelen emplazarse las tiendas. Muy próximo al collado encontramos la bonachona cumbre del Cerro Manso la ascensión al cual no pasa de ser un agradable paseo. Al otro lado del collado se perfila la segunda sección de la ascensión al Aconcagua. Se trata de una ancha arista donde el camino continua dibujando atrevidos zig zags para ganar altura de manera atrevida. A tan solo unos centenares de metros más arriba, concretamente a … m, se encuentra la conocida como la “zona de refugios”. Tres pequeñas construcciones se agrupan en linea y reciben los variopintos nombres de Berlín, Prematura e Independencia. Todas las cabañas son de reducidas proporciones, tan solo una de ellas resulta adecuada como refugio seguro en caso de mal tiempo y la basura abunda por doquier. En realidad es una lástima la abundancia de detritus, los cuales, por el frío de la altura, la sequedad y la presencia de nieve y hielo durante la mayoría de meses del año, se conservan años y años. Uno de los problemas más graves de la zona de refugios es la posibilidad de encontrar nieve limpia en las proximidades. Aquí se acostumbra a emplazar el segundo campamento, a pesar de que en realidad se ha ganado poca altura en relación al primero. No obstante debe considerarse que estamos hablando del único lugar con espacio suficiente y que a la sazón presenta emplazamientos en los que podremos instalar las tiendas protegidas del viento. Más arriba el camino continua bien marcado y ganando altura de manera decidida. Justo en la mágica linea de los 6.007 metros encontramos un verdadero nido de águilas; el lugar conocido como piedras blancas. Es un pequeño rellano con unas vistas inauditas sobre el Cerro Tupungato y el Cerro Mercenario. La vista se pierde en la inmensidad, preludio del indescriptible paisaje que nos depara la propia cumbre. El emplazamiento es excepcional, solitario, con señorío. Por contra resulta desprotegido del vendaval, lo que hace impensable poder mantener el campamento instalado en caso de viento blanco. Una nueva serie de zig zags trepa por el ancho lomo para formar una especie de canalizo que desemboca una marcada brecha donde se emplazan las ruinas del último refugio: Su nombre “Libertad”, su altura 6.200 metros. Es un pequeño caparazón de madera pintado de naranja que no ha podido resistir las atroces condiciones meteorológicas que aveces pueblan estos lares.

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Aquí se inicia la tercera sección  del recorrido de ascensión a la cumbre por la vía normal. Se abandona la arista para emprender un largo flanqueo en diagonal ascendiente por debajo del marronoso Cerro Martínez y en dirección a la famosa “Canaleta”. Durante el largo flanqueo por la vertiente oeste se atraviesa el ridículo ventisquero de Schindler ???, único reducto de nieve en la parte alta de la itinerario en época veraniega. Pronto iniciamos la famosa canaleta. Se trata de una ancha canal de piedra inestable donde el camino no llega a dibujarse de manera clara por la propia inconsistencia del terreno. Cada ascencionista del Aconcagua tiene su propia visión de la temida canaleta. Cansina, larga, inestable, desagradable; es un trayecto que llega a mellar la fuerza de voluntad de unos cuantos que ven arruinados sus ansias de pisar la cumbre ante la perspectiva de finalizar el canalón pedregoso. Concluida la canaleta nos encontramos cerca del Collado del Guanaco, que separa las cumbres norte y sur. A pocos metros, ya a un tiro de piedra, la cumbre, con una vista inolvidable, lugar en que se emplaza la cruz más alta de la tierra.

Hoy en día todo el trayecto está muy bien trazado y en caso de visibilidad es imposible extraviarse. No obstante, el corazón del buen montañero se llenará de un gran respeto al pensar en los primeros ascensionistas de la cumbre. Se trataba de un grupo suizo comandados por Paul Güssfeld, y de la cual consiguiñó cumbre el carismático guía de Saas Fee, de nombre Mathias Zurbriggen: Estamos hablando del año 1897. Resulta increíble imaginar la ascensión de los interminales chancales del Acarreo sin tener el camino marcado; todo un esfuerzo digno de Sísifo.

Nosotros realizamos la aclimatación en la propia vía normal; lo cual considero que resulta una estúpida opción, puesto que comporta subir y bajar por la zona más aburrida del trayecto y que poco sirve como inspección previa de la ascensión, puesto que se trata de un camino excelentemente marcado. Estoy convencido que la mejor aclimatación es la que se puede realizar escalando cumbres de más de 5.000 metros próximas al propio campamento base, como el redondeado “Cerro Catedral”, el estético “Cerro Macho” o el glaciar “Cerro Horcones”. No obstante el autoproclamado “jefe de expedición” hace valuarte de su dilatada experiencia para marcas las directrices del “ataque” y yo, un poco por prudencia y un poco por evitar el incremento del malestar en el grupo, prefiero renunciar a mi plan de aclimatación. La aclimatación llevada a cabo consiste en un primer ascenso al Nido de Cóndores para depositar un depósito de comida, que después abandonamos, poniendo nuestro granito de arena en la progresiva transformación del Aconcagua hacia el vertedero más alto de las Américas. Más tarde, un primer intento para llegar a cumbre, se ve frustrado por el cambio de tiempo. Podemos comprobar la aparición de la famosa pluma, preludio de la venida del viento blanco.

A (21)

– Cuando la pluma se instala de gorro en la cumbre debes buscar refugio o descender, puesto que la transformación radical del tiempo es inminente. Nos han advertido los guías del lugar. De hecho la pluma consiste en una diminuta formación nubosa que se instala en la cumbre y que toma una forma alargada que asemeja a una pluma blanca de ave; de aquí su nombre. Por debajo, en el Acarreo o en Plaza Mulas, el tiempo puede ser modélico: buena visibilidad, cielo azul, un sol tórrido, caluroso y  un viento en calma. No obstante la aparición de la pluma nos indica que las condiciones en la cumbre ya son muy diferentes y que un vendaval frío y violento convoca un centro de bajas presiones. Las inclemencias meteorológicas ganan terreno por la propia montaña de manera gradual y en sentido descendiente, creando unas capas invisibles que en pocos momentos llenan el cielo de nubes y prestamente transforman la ligera brisa en violento vendaval. Parece increíble, pero es del todo cierto. Una hora, no más, transcurre entre la aparición de la pluma y el inicio de una intensa nevada acompañada de viento y niebla. Instalamos un campamento de emergencia en el llamado “Campamento Canadá”, único resalte horizontal en todo el trayecto del interminable Acarreo. Estamos a 4.800 metros de altura. Al día siguiente reemprendemos la marcha por la mañana que ha amanecido variable. Llegamos a Nido de Cóndores donde emplazamos un segundo campamento; Momento en que la tregua finalice. El cielo vuelve a encapotarse y a despedir copos de nieve entre turbulentas ráfagas de viento. Nido de Cóndores está bastante poblado y una advertencia va de tienda en tienda, de boca en boca: “Mañana llega el verdadero viento blanco, es mejor abandonar la montaña”. El tercer día nace con un tiempo que promete ser estable. No obstante el éxodo es masivo, la montaña queda desierta y todos los montañeros iniciamos el descenso a Plaza Mulas. Yo empiezo a temer lo peor … Los días pasan. “¿Y si resulta que es una falsa alarma? .. Quizás podríamos aguantar la tormenta en la zona de refugios y tan solo haría falta un día para llegar a cumbre tras el mal tiempo… Mis compañeros no comparten en ningún momento mis planes de resistencia numántica y el ver bajar a todo el mundo me desarma mi obstinación. “Uno se puede equivocar, la mayoría también, pero ¿Todos? …”

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El mal tiempo se aparece y se aposenta sobre la montaña durante tres días. Nieva con intensidad en el propio Campamento Base, y tras la borrasca todo el valle de Horcones está inmaculado y blanco hasta donde la vista se pierde pendiente abajo. La montaña del Aconcagua está blanquísima. Parece una novia gigante. Hasta los penitentes el glaciar están rebosantes de nieve, y el hielo bajo ella se ha vuelto quebradizo. Tras la obligada pauta por el mal tiempo nos podemos en marcha sin más demora. Cuento los días de los que dispongo y las cuentas resultan por poco: tengo tres días para ascender y uno para descender. El primer día volvemos a transitar por terreno que nos resulta familiar: El Acarreo. El anochecer en Nido de Cóndores nos deleita con unos colores violetas y fríos sobre un escenario indescriptible. Soy consciente de que disfruto de una de las mejores puestas de sol de mi vida. El segundo día ganamos altura y perspectivas y con ellas estrenamos nuevos paisajes. Pasamos la zona de refugios, donde algunos montañeros han llegado antes que nosotros y montamos el segundo campamento en Rocas Blancas. Somos los únicos que han emplazado la tienda en este lugar, y por tanto, somos los que nos encontramos a mayor altura en toda la montaña. Por primera vez estoy por encima de la línea de los 6.000 metros y disfruto de una buena aclimatación y de un buen estado físico. La cumbre parece cercana, pero no tenemos que olvidar que aún faltan casi un millar de metros de desnivel. Por la noche el frío hiere hasta dentro de la tienda. La cena es fugaz, tampoco no tenemos mucho apetito. Antes de que anochezca estamos estirados dentro de los sacos de dormir. Por la noche me cuesta dormir, creo que más por los nervios que por la altura. Recuerdo de un consejo que me dio un amigo que también se vio asaltado por el miedo la víspera de su escalada a la pared norte del Cervino. Así que,  temiendo ser descubierto por mis compañeros, procedo a masturbarme en busca de aliviar mi mente. Pensamientos eróticos y obscenos a 6.000 metros. No esta mal. Una dulce eyaculación me confirma que mi aclimatación es óptima. Me tranquilizo y me adormezco pensando en como debe ser hacer el amor a más de 6.000 metros. También me pregunto que pareja debe ostentar el récord de haber practicado sexo a mayor altura. “Eso si que es un récord ... “, pienso para mis adentros “… y no ir corriendo en busca de reducir la marca horaria”.

Pocas horas más tarde el maldito despertador nos interrumpe los respectivos sueños. Aún es noche cerrada y el frío es más intenso que en la víspera. Fuera el termómetro marca – 25 * C. Bebemos te en abundancia antes de salir del caparazón de la tienda. Una vez fuera nuestros esfuerzos se concentran en mantener calientes las manos y los pies. Caminamos a un ritmo muy lento, extremadamente lento. Poco más tarde el inicio del nuevo día nos deleita con uno de los mayores espectáculos que nos ofrece la naturaleza: La inmensa sombra piramidal del Aconcagua extendiéndose sobre un inmenso mar de montañas y extendiéndose quilómetros y quilómetros en proyección hacia el lejano océano Pacífico. A las diez de la mañana, con el sol ya alto, llegamos a la brecha en el que se sitúan los restos de la cabaña de Libertad, a 6.200 metros. ¡Hemos estado cuatro horas para subir doscientos metros de desnivel!!! Siguiendo este ritmo no llegaremos a la cumbre hoy. Al llegar a este punto Carmen me confiesa que se ha orinado encima y que quiere bajar a la tienda para limpiarse. Pere se queja del frío en los pies y también anuncia su intención de claudicar. Yo en ningún momento dudo en continuar. Me siento en perfecto estado físico y ya no puedo estirar más días a mi periodo de estancia en la montaña.

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Cuando anuncio mi determinación de seguir solo, Pere intenta persuadirme de manera obstinada. Tomo ya mochila y emprendo veloz el ascenso; empiezo a estar harto de tantos sermones. Pronto pierdo de vista a mis compañeros. Mi ritmo de ascensión gana velocidad. Estoy completamente solo en la parte alta de la montaña, no veo ni a un alma. Me sorprende con que facilidad mi paso resulta rápido y ligero. Si no fuese porque al mirar hacia el valle diviso las cumbres del Cerro Catedral y Cerro Horcones, reducidas a diminutas cúpulas nevadas situadas a mucho metros por debajo de mi, pensaría que estoy ascendiendo una cumbre del Pirineo Oriental. Cuando llego a la Canaleta me sorprende que la nieve de los últimos días cubre buena parte del terreno, y al estar helada ha compactado las piedras por lo que el suelo es firme y estable. Gano con inesperada velocidad la tan temida Canaleta y poco antes del mediodía estoy en la cumbre. La euforia del momento no puede ser compartida con nadie. Me encuentro completamente solo en la cumbre más alta de América y mi ego se alimenta y complace de una soledad retomada. Por unos instantes recuerdo un lejano atardecer de invierno que me sorprendió también solo en la cúpula helada del Monte Perdido, tercera cumbre en altura de mis queridos Pirineos, el sol que huía encendió de naranja la nieve que resplandecía a mis pies; el reflejo fluorescente se proyectaba sobre mi cuerpo, y disfrute de unos instantes tan mágicos como irrepetibles. Hoy el sol esta bien alto, la soledad también es mi compañera y el paisaje que se abre a mis pies es el mayor escenario que han visto mis ojos. la cúpula celeste está despojada de nubes amenazantes, tan solo algún residuo enganchado en las cumbres inferiores. La visibilidad es inmejorable. El leve viento que sopla no pasa de considerarse como una brisa; eso si, helada. A pesar del radiante sol, la temperatura continúa a varios grados bajo cero y se nota cada vez que me quito las manoplas para manipular la cámara de fotos

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Mientras más alta es la montaña ascendida, más quilómetros a la redonda podremos deslumbrar desde la cumbre. ¿Como debe ser la vista panorámica desde el Everest? … Quien sabe, quizás algún día.

Nadie más, solo yo y la inmensa soledad de la cumbre. Tras poco más de una hora empiezo el desciendo. Con paso fugaz pierdo metros por la canaleta, en la parte baja me encuentro una caravana de montañeros, los únicos que harán cumbre el mismo día que yo, y entre los que se encuentra un ministro del gobierno argentino. Poco más abajo de  Independencia encuentro a mis compañeros que suben nuevamente a la brecha, pero esta vez cargados con la tienda y con la intención de pasar noche a mayor altura y reducir el desnivel a ganar en la jornada siguiente. Me despido de ellos de manera simple y poco ceremoniosa. Pere parece evitar el mirarme a la cara. Debo tener incrustada la misma sonrosa de tonto que el yanqui que nos acompañó a la entrada del parque o que los catalanes que saludamos a nuestra llegada al campamento base.

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Cuando llego a las Piedras Blancas recojo mi material particular y continuo sin más demora una alocada bajada. En menos de cuatro horas desciendo de la cumbre al base, y eso teniendo en cuenta que me detengo casi media hora a tomar un te en Nido de Cóndores. Al llegar a Plaza Mulas me tomo dos cervezas y automáticamente me encuentro en un entusiasmado estado de embriaguez. Con la euforia del momento hago planes para el día siguiente. En vez  de holgazanear en el base aprovecharé el día que me queda para ascendet la ruta directa al Cerro Cuerno. Concreto la salida con Daniel, un guía local cuyas cualidades de escalador se vieron demostradas con creces durantes las sesiones de boulder en hielo de los penitentes. Cuando me escondo en el saco empiezo a notar un extraño cosquilleo en el dedo gordo del pie derecho. Pocas horas más tarde, cuando Daniel me despierta, el cosquilleo se ha convertido en un punzante dolor. Esta claro que hoy no intentaré el Cerro Cuerno si no que bastante esfuerzo deberé soportar para realizar pequeños paseos por el Campamento. Tengo el dedo hinchado y la uña morada. Es el precio de haber bajado corriendo poco un desposeído el Gran Acarreo, a grandes zancadas y con las botas plásticas como calzado. Maldita juventud!!!.

Al día siguiente desciendo a Penitentes con dos recientes amistades que he entablado con dos españoles de la Sierra de Candelario. Uno castellano leonés al vivir en la vertiente norte, el otro extremeño al vivir en la vertiente sur. El primero es de mentalidad castiza cerrada y profunda, no comprende como alguien puede renegar de sentirse español y tampoco entiende cuales pueden ser los motivos impuros que lleven a un ciudadano a no cumplir con el sacro deber de realizar el servicio militar; el segundo, un poco más joven, parece comprender las inquietudes nacionales de las comunidades minoritarias del estado español y ha optado por la sustitución social para suplir la aborrecible obligación legal de servir a su país a base de perder un año de tu vida sirviendo a la parafernaria militar. El primero ha llegado a la cumbre un día después que yo y ya sueña con la llegada triunfal a su puedo, donde será recibido con varios actos y honores. El segundo decidió abandonar a poco mas arriba de la zona de campamentos, pero por lo que destilan sus palabras, sus vivencias han sido más ricas y nutridas que las del héroe nacional que tiene como compañero de viaje. la bajada la realizamos íntegramente a pie, más de 45 km. desde el base hasta Penitentes. Es la última prueba que le faltaba a mi dolorida uña. Un día más tarde ni tan solo puedo ponerme las bambas. Suerte que las cervezas “Andes” saben mejor que nunca, en las nocturnas terrazas de la veraniega Mendoza. En mi vuelta solitaria a Barcelona, durante el largo viaje en avión, contemplo con cierta satisfacción sádica la cara de horror y angustia que pone la pasajero que le ha tocado sentarse a mi vera, cada vez que contempla mi pie desnudo, el dedo gordo inflado y morado, y la uña negra supurando pus.  Lo que peor me sabe es que no podré aprovechar el mes de marzo para realizar corredores en mi querido Pirineo.

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(*1) – La primera ascensión invernal solitaria a la pared sur fue realizada por el japonés Hasegawa en el agosto de 1.981, el nipón contaba con el auxilio de un numeroso equipo técnico de soporte en Plaza Francia. Ruiz contaba con la compañía de un único compañero que desistió de la escalada durante el primer día y abandonó la montaña. Ruiz se vio envuelto de la soledad más absoluta y sin ningún tipo de apoyo exterior.

(*2) – Dictadores europeos: Solo tres dictadores europeas han muerto gobernando: Stalin, Franco y Tito.

(*3) – En contraposición al gobierno español que ostenta la dictadura más larga de la historia europea, nos encontramos con el gobierno catalán que ostenta el cargo electo democráticamente más prolongado de la historia mundial, se trata de Jordi Pujol que fue President de la Generalitat. El segundo del ranking sería el canciller alemán Hermun Kold. Este “récord” puede representar todo un orgullo para el pueblo catalán, si bien, personalmente, debo aclarar que no se consiguió gracias a mis votos. Por desgracia la sacra de la corrupción también ha destruido toda la “honorabilidad” del conocido popularmente como el Gran Pitufo catalán.

Autor: PAKO CRESTAS – Síguenos en instagram @pakocrestas #viatgesmonpetit

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