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CRONICA DE LA TRAVESIA DEL RAMAL NORTE DEL LAGO ONEGA – MARZO 2019.

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Dentro de proyecto “The last ice”, que consiste en realizar una travesía de un gran lago helado en cada continente del hemisferio norte, en marzo del 2019 nos desplazamos a la Rusia Europa para cruzar el segundo lago más grande de Europa, el Onega.

Ya hace años planifiqué junto con Carles Gel la travesía de Lago Ladoga, el más grande de Europa, situado más al sur del Onega, pero ya en aquellos años (debe hacer unos 20 años de aquel intento) el Ladoga ya no estaba helado en pleno invierno, lo que nos llevó a abortar el viaje. En aquellos momentos la tecnología no estaba tan avanzada como ahora, y descubrimos que el lago estaba sin hielo justo al llegar a Sant Petersburgo. La decepción fue tal que mi compañero no quiso ni oír hablar de ningún plan alternativo y nos dedicamos a cambiar los vuelos de vuelta para regresar lo antes posible a Barcelona.

Años más tarde ya ni nos planteamos en ningún momento el Ladoga. Lo que en 1942 fue una verdadera autopista con tránsito de camiones durante meses para salvar el asedio de Leningrado (la famosa línea de la vida sobre los hielos del lago), hoy en día no se llega a congelar en todo el invierno a causa del aumento de temperatura del cambio climático. Por ese motivo ya optamos por el Onega, un lago más pequeño e interior donde las temperaturas son más severas.

No obstante el cambio climático juego en nuestra contra y hoy en día el Onega tampoco que acostumbra a congelar en su totalidad. Difícilmente los hielos llegan a  cubrir la orilla sur, por lo que concentramos nuestro plan en el más largo de los dedos que componen el norte del lago y finalizar en su corazón, en la turística y curiosa isla de Kiji, con sus iglesias de madera. Patrimonio de la Humanidad.

El lago Onega (Onego, en ruso, Оне́жское о́зеро; en finés, Ääninen o Äänisjärvi; en carelio, Oniegu u Oniegu-järve; en vepsio, Änine o Änižjärv) está situado al noroeste de la Rusia europea, cuyas aguas pertenecen a la República de Carelia, el óblast de Leningrado y el óblast de Vologda. Las principales ciudades en el lago son Petrozavodsk, la capital de Carelia (266 160 hab. en 2002), Kondopoga (34 863 hab. en 2002) y Medvezhyegorsk (15 698 hab. en 2008).

Es el segundo lago más grande de Europa (tras el cercano lago Ladoga), con una superficie de 9894 km², un volumen de 280 km³ y una profundidad máxima de 120 m. Tiene unas 1650 islas, con un área total de algo más de 250 km². Desembocan en él 58 ríos, siendo los principales el Shuya (194 km), el Suna (280 km), el Vodla (149 km) y el Vytegra (64 km). El lago desagua a través del río Svir en el lago Ladoga. El lago es parte de la vía fluvial del canal Mar Blanco-Báltico, inaugurada en 1933.

Personalmente viajé un día antes a Saint Petersburg para poder escalar en hielo en una zona relativamente cercana a la ciudad. Fue todo un placer compartir un día de escalada con el gran himalayista ruso Nikolay Tomianin, leyenda viva del alpinismo ruso, con grandes vías en su haber, entre las que destaca al sur de Lhotse, la Oeste directa de K2 o la norte del Jannu. Salimos de buena mañana desde la ciudad y estuvimos en una pequeña zona bien saturada de cortas vías de hielo y dry tooling que nos permitió escalar unas cuantas micro líneas en plan escalada deportiva, puro divertimento. Cero compromiso. Hacía calor, el hielo se deshacía a marchas forzadas y del cielo tan pronto nevaba como llovía. Un preludio de lo que serían los próximos días en el lago.

Para iniciar la travesía fuimos en tren nocturno a Medezh Yegorsk, una ciudad industrial situada en el margen norte del Onega. Noche un tanto incómoda en el hotel, pero que también contribuyó a darle cierta particularidad a este corto viaje ártico. Este tren está considerado un “sucedáneo” del Transiberiano y enlaza Saint Petersburg  con la lejana Laponia rusa de la península de Kola y el puerto de Arcángel, en el Mar de Barents.

Desayunamos en un pequeño logde situado a orillas de lago helado, esperando que el día se iniciase tras llegar a la ciudad aún de madrugada. El tiempo fuera era desapacible. Viento, nieve, humedad, niebla… mirando la previsión del tiempo era el pan nuestro de cada día que nos esperaba para las próximas jornadas. La verdad es que daban ganas de quedarse dentro del cálido recinto, tomando té y comiendo dulces….

Pero la realidad fue otra. Tan pronto como salimos del hostal se impuso lo que sería la tónica de los próximos días. Albert y Pepe salieron con buen ritmo y sin intención de aflojar el mismo en horas. Nikolay, que nos acompañaba en la salida, se mostraba encantado de la vida teniendo como compañeros unos buenos fondistas. Yo les seguía como podía…. “putos runners” pensaba para mis adentros…. ¿Qué hace un alpinista como yo intentando no perder la visión del culo de estos tres que parecen huir de la peste? … “Un poquito de por favor,… que me paro a mear y os convertís en tres puntitos negros en la lejanía……

En Medezh Yegorsk hubo el gulag más importante de la Rusia Europea (los gulag eran las temidas instituciones penales o prisiones de trabajo forzados de la antigua URSS). En una de las islas que visitamos durante la primera jornada pasamos por una construcción en rui9nas que asemejaba ser un gulag abandonado. Nikolay me dijo que no lo era, cuando le pregunté… pero mantengo mis dudas, dada la fisionomía de la tétrica construcción que a todas luces de adivinaba como una cárcel en ruinas.

Realizamos la travesía de 165 Km en 5 días. Unas temperaturas bastante elevadas para la época de año nos dificultaron un poco más la ruta y nos obligó a ir todo el rato cerca de la costa o entre islas costeras, ya que para el interior del lago las aguas ya estaban abiertas. No obstante en algún momento estuvimos bastaste aguas adentro, lo que no resultaba del todo tranquilizador viendo las grandes lagunas liquidas que teníamos que rodear.

Cuando se descongela un lago se forma una capa de agua entre la nieve blanda de la superficie y el hielo viejo y helado del lago que se formó a principios de temporada. Durante las primeras horas de la mañana la consistencia de la nieve no era ningún problema, más bien al contrario, estaba relativamente dura y nos deslizábamos con facilidad. A medida que pasaban las horas y la temperatura iba subiendo grados por encima de los 0ºC la capa de superficie se aguaba, perdía consistencia y entonces nos metíamos de lleno en la paga acuosa subterránea. A veces se nos hundían toda la bota en el agua hasta la caña. Por la tarde era irremediable acabar con los pies mojados.

Si guardo un recuerdo de esta travesía es la humedad, intensa, constante, cada vez mayor. Por suerte la travesía fue corta y finalizó antes de que este incómodo factor fuese un problema, pero nos daba de pensar en qué condiciones deberían reemprender los pioneros polares sus largas travesías sobre el hielo en proceso de deshielo… centenares de quilómetros, mal equipados (en comparación a nosotros, claro), un destino incierto… comparado con esas proezas pretéritas nuestra travesía ártica parece un juego de niños, poco más que un reto deportivo entre amigos.

Por la noche acampábamos en la ribera del lago sobre una nieve totalmente humedecida que por mucho que la aplanases era imposible construir una planicie consistente sin agujeros. Agua y más agua. Por suerte a media travesía encontramos una cabaña libre donde pudimos encender la estufa y aprovechar para medio secar todo el equipo. Tienda, ropa, sacos, ideas….

Lo mejor fue la última noche cuando nuestro equipo de filmación que venía a visitarnos con motos de nieve nos trajo jamón de jabugo, un buen queso, vino y vodka. Albert, que se había hecho vegano poco antes de la travesía, lloraba con falso disimulo cada vez que, de manera deliberada, le pasábamos un trozo de jamón a pocos centímetros de la nariz.

Finalizamos la travesía en la bonita isla de Kiji y sus iglesias de madera. No pudimos dormir en la isla. Tal como llegamos un reten de militares (los únicos habitantes de la isla en invierno)  nos dejó bien claro que no podíamos dormir en la isla y tuvimos que volver a cruzar la última canal de hielo para volver a un micro islote satélite de Kiji. Al día siguiente caminamos por la Isla, solos, tranquilos, satisfechos de haber finalizado una travesía ártica más. Una nueva semanita ártica en nuestras vidas.

El regreso desde Kiji a la población de Petrozavodsk la realizamos en una especie de barco con un gran flotador y una hélice de viento en la parte posterior. Un curioso transporte que va de lado a lado a unas temperaturas nada desdeñables y que circula igual de rápido sobre el hielo que sobre el agua. En el tramo que va de Kiji a Petrozavodsk ya hay muchos sectores grandes, algunos ya de kilómetros, libres de hielo. Está claro que más allá de la isla de las iglesias de madera era imposible continuar la travesía esquiando sobre el lago.

Acabamos el viaje con turismo en Saint Petersburg en que aprovechamos para visitar el museo de la ruta de la vida, a las orillas de azul Ladoga. Todo un amargo recuerdo de lo terrible que puede llegar a ser el hombre. Todo un  genocidio por el hambre en la ciudad sitiada casi 900 días, en que el transito sobre el hielo fue un rayo de esperanza entre el horror del fascismo. Un claro ejemplo del cambio climático. Hoy en día a duras penas se congela las orillas del Ladoga y cruzamos el Onega por días, ya que una o dos semanas más tarde la travesía hubiese sido ya intransitable…. Y en los años 40 del antiguo siglo los camiones transitaban día y noche durante meses sobre el hielo al sur del Ladoga. Hoy en día sería imposible realizar la ruta de la vida ni un solo día en invierno….

Podéis encontrar el track de la travesía en el siguiente enlace: https://www.wikiloc.com/cross-country-skiing-trails/onega-lake-arm-n-w-61460092

Travesía realizada en marzo de 2019 junto con Albert Bosch, Pepe Ivars y Nikolay Tomianin.

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