DAMAVAND. IRAN: ARCOIRIS SOBRE NEGRO

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iran (1)Si uno desea huir de destinaciones turísticas por antonomasia, Irán es una de las mejores alternativas para la “contra”. Este gran país es una especie de “rara isla de paz” en medio de varios países en conflicto o en situaciones calientes (Irak, Georgia, Pakistán y Afganistán). Por total desconocimiento, la gran mayoría de los occidentales nos pensamos que Irán es un país bastante llano, lleno de grandes desiertos de dunas, con un paisaje similar al que encontraríamos en la Arabia Saudita. Nada más lejos de la realidad, Irán es un país principalmente montañoso, árido y caluroso en verano y especialmente frío y nivoso en invierno. Su geografía, poblada de multitud de montañas de tres mil y cuatro mil metros, y de numerosas cordilleras (Montañas de Payeh, montañas de Zagros, Montañas de Soleiman y Montañas de Alborz), con un único y destacable cinco mil: El Monte Damavand, techo del Asia Menor, y con sus 5.671 metros, la montañas más fría situada entre el Cáucaso y las estribaciones del Himalaya.

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El Damavand es un gran volcán con cierta actividad (desprende fumarolas de manera constante), pero del que no se tiene constancia de ninguna erupción en los últimos 15.000 años. La montaña, a parte de sus gigantescas proporciones, está relativamente cerca de la capital del país, Teherán, y a medio camino de una de las zonas más transitadas por el turismo interno del país: el mar Caspio, lo que hace que la cumbre sea muy conocida, todo un signo nacional. El montañismo (no así la escalada técnica), es uno de los deportes más populares del país.

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Mi intención para ir a ascender esta cumbre nació de la mano de Carles Gel. Él ya había estado en los flancos del Damavand tres años antes, pero la fortuna no le acompañó y marchó del país con la cima en el tintero de los temas pendientes. Poco tuvo que convencerme para ir. El país, las ganas de hacer un viaje corto a una montaña alta pero sin compromiso técnico y el magnetismo que me provocaba conocer Irán, fueron motivos más que suficientes para animarme a embarcarme en este nuevo “micro-viaje”, verdadera terapia en un momento en que, por circunstancia personales, estaba hundido en una espiral destructora de estrés, trabajo y responsabilidades.

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Los colores del Arco Iris despuntando sobre un horizonte negro como el carbón y profundo como las mismas entrañas de la tierra. Así se me presenta el viaje, así se me presenta el país. Influenciado por la propaganda y el mensaje que desprenden nuestros medios de comunicación (televisión y prensa), el país persa se nos antoja como un lugar primitivo, peligroso, donde todos los hombres tienen pinta de terroristas y las pocas mujeres que se dejan ver por las calles, andan custodiadas y escondidas bajo el hermetismo de burca. La realidad muy distante al arquetipo pre fabricado por los medios de comunicación europeos y americanos. La gente es amable (siempre hay ciertas actitudes que nos pueden parecer primitivas o incultas, si bien la sensación debe ser reciproca), se respeta al extranjero, el cual, extraño en un país sin congéneres, pasa entre ignorado y desapercibido.

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No obstante no debemos olvidar que Irán es una sociedad con una dictadura generacional que lleva, entre la doctrina de los Shaa y la dictadura religiosa de los Ayatolaes, casi un siglo de existencia. Es el segundo país en el mundo donde más casos hay de pena de muerte (China es el triste valuarte del ranking y el tercer escalón del podio lo suscriben los galantes Estados Unidos de America – sin comentarios –). Con unos 70 millones de habitantes, 14 de ellos habitan en la capital: Teherán.

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La llegada la realizamos a las tantas de la noche, tras una combinación de vuelos bastante nefasta, que nos obliga a un largo tránsito en Istambul. A la llegada nos espera quien será nuestro contacto y organizador: Slotani. Si más vacilación nos llevará en coche a Polour, una de las poblaciones situadas bajo el gigante persa; lo cual nos evitará entrar en la sucia y caótica urbe, para ir directamente a nuestro objetivo principal, o sea, la montaña. Desde buen inicio, el trayecto en coche nos demuestra una de las realidades más abrumadoras del país: la conducción es caótica y tan solo la omnipresencia de Alá hace que nos accidentes no sean más numerosos. Entre duermevelas veo como los restantes vehículos nos acribillan a bocinazos, y Slotani invade, a intermitencias, los carriles de la derecha y de la izquierda sin previo aviso y sin un motivo evidente. Poco más tarde, en un alto de la carretera, Slotani detiene el vehículo y hecha una cabezada. El tampoco había dormido en toda la noche, lo que motivaba una conducción un poco más extraña de lo habitual.

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Sin más contratiempos, y tras hacer las compras de la comida y un primer desayuno al estilo iraní, llegamos al centro de montaña de la federación de Irán, situado en el extrarradio del pueblo de Polour. Se trata de un edificio de proporciones bastante amplias, con un completo rocódromo en su interior y varias dependencias. Los regenta Alí, un iraní ya mayor, de gestos extraviados, que parece caminar siempre de lado o tener la cabeza torcida sobre el torso. Cuando lo vemos por primera vez nos sorprende verlo con el pecho inflado, abultado y rojizo. Le ha picado una avispa causándole una reacción alérgica. Seguramente cualquier otra persona en su lugar guardaría reposo, pero Alí demuestra una entereza digna de un mártir y acomete el trabajo como si nada extraño ocurriese.

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Nos despedimos de Slotani tras concretar el programa y los contactos para los días venideros. El cansancio hace mella. Vengo de un periodo indecible, marcado por la intensidad de trabajo y un exceso de estrés y preocupaciones laborales, que ha punto han estado de obligarme a abordar este pequeño viaje. Cierro los ojos para dormir, dormir y dormir. Treinta horas seguidas, tan solo interrumpidas por cortos periodos de consciencia, que aprovecho para comer y beber. Me meto en el saco fino poco antes de mediodía y casi no abandono la crisálida hasta primera hora de la tarde de día siguiente. Tras las ventanas de la habitación vemos como ruge la tormenta y llueve a intervalos. ¿Durará el mal tiempo? La previsión indica lo contrario, pero yo en este momento agradezco la lluvia, que me da la opción de descansar sin tener remordimientos. Poco ha poco supero y cansancio enfermizo, y para mis adentros me prometo una y otra vez que debo esforzarme por cuidarme más, cuidarme mi estilo de vida (que últimamente se ha degradado por un exceso desmesurado de trabajo), y cuidar a los míos, en especial a la mujer que adoro y al hijo que quiero con toda mi alma. Fuera llueve, truena, hasta que llega la tarde con un sol espléndido. Comemos hasta saciarnos, holgazaneamos entre las casas y damos pequeños paseos, custodiados y estudiando nuestro verdadero objetivo: esa montaña paquidérmica que se eleva, omnipresente, al norte de la población. Nos presenta un aspecto saludable, jovial. Vestido de nieve; blanco y majestuoso, pero con la cantidad justa. Ni exceso ni carencia. Mañana empieza el buen tiempo, seguro, y con el nuestro asalto a esta solitaria cumbre que se eleva casi 4.000 metros por encima de los tejados de Polour.

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Tercer día. Los arrieros, vayas donde vayas del planeta, acostumbran a estar hechos bajo el mismo patrón: abusan de tu necesidad hacia ellos para intentar sacarte hasta el último céntimo. Palabras y gestos duros, alguna que otra rencilla, y una rebaja sustancial del precio (que continua siendo desproporcionadamente alto), son los ingredientes previos a la bonita excursión de poco más de dos horas que separa Alaf Chin, la mezquita – refugio a la que llegamos con coche (3.040 m) y el refugio Third Shelter, a 4.100 metros de altura. El viejo refugio, de vivos colores exteriores y de entrañas llenas de suciedad, está presto a ser reemplazado en su función por la nueva construcción situada a pocos metros y que, a todas luces, vendrá a ser un gran refugio guardado, al mas puro estilo europeo.

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Tiempo excelente, viento moderado constante con alguna racha intermitente con cierta violencia. Esta es la tónica general durante nuestra estancia en el Shelter. Tardes tranquilas y puesta de sol con brumas. Noches de Ali Babá, con mil y una estrellas en el firmamento. Tras un día intermedio de reposo y aclimatación, en la que hacemos una punta de altura de 4.700 metros, emprendemos a marcha constante, sin prisas pero sin pausas, la ascensión a la cumbre. La vía de ascensión carece de dificultad, un camino marcado nos indica la mejor línea a seguir, y tan solo en algún lugar muy puntual nos auxiliamos de las manos para superar algún breve resalte. Tan solo cabe destacar una pequeña franja de nieve, en la que debemos tomar precauciones ante las posibles consecuencias que tendrían un resbalón.

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No en vano se trata de una larga pala nevada, pero piolet en mano y con procurando afinar el equilibrio, el flanqueo no presenta mayor historia. A nuestra derecha dejamos de lado la característica cascada de hielo perenne, aislada en medio de esta soleada vertiente. Largas son las pendientes que preceden el promontorio o falsa cumbre. La altura aquí, ya superior a los 5.000 metros, se empieza a notar. En la cumbre del promontorio encontramos un grupo de iraníes que han madrugado bastante más que nosotros y ya regresan de la cúspide. Intercambiamos palabras de aliento y palabras de felicitación entre las violentas rachas de viento y los vapores sulfurosos de las fumarolas. Tan solo restan poco más de 150 metros de desnivel. Un paso tras otro, regulando la respiración y evitando inspirar el aire saturado de olor a huevos podridos que surge de las entrañas de la montaña. Un montón de piedras y un mirador hacia el cráter nivoso nos saluda en forma de cumbre. Nos abrazamos, Carles se muestra satisfecho: está cerrando un círculo que le quedó abierto hace tres años. Han sido poco más de 4 horas de continua caminada, y bajo nuestros pies el volcán más alto del Asia Menor. Dos horas más tarde, entre pausas y rápidos descensos, estamos de nuevo en las proximidades del refugio. Atrás queda el aire enrarecido de los 5.000 metros, los vapores sulfurosos que tiñen de amarillo las rocas y la violenta ira del viento.

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Por fin un pequeño viaje que sale a pedir de boca. Cansados y satisfechos pasamos la tarde dormitando a resguardo del refugio del Shelter. La mayoría de los huéspedes son montañeros locales. Por la noche no guardan silencio y una sinfonía intermitente de teléfonos móviles corta a intervalos nuestro sueño.

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Los restantes días los pasamos vagabundeando por Polour y Teherán. Coincidimos con las fiestas en honor a los funerales del Ayatolá Homeini. Teherán, que acostumbra a ser una ciudad caótica, llena de gente, tráfico y polución, se nos presenta cerrada a cal y canto y casi vacía. Mantengo interesantes conversaciones con nuestro organizador, Slotani, y poco a poco nos dejamos sorprender por lo que se nos antojas “características y cuestiones propias del país”. Por desgracia el viajar con frecuencia a diferentes lugares de la tierra, hace que cada vez resulte más difícil sorprenderse, no obstante el caleidoscopio socio – cultural del mundo continúa dando vueltas.

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En Irán sorprenderá no encontrar papel de WC en los lavabos públicos de bares y de la gran mayoría de restaurantes. En su lugar encontramos una manguera o un jarrón con agua. Por ese motivo los persas solo comen y saludan con una mano, la derecha, puesto que la izquierda es la que se hace servir para asearse las partes tras realizar las necesidades fisiológicas que, todo hijo de Dios, debe hacer diariamente.

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La gente, oficialmente, no bebe y casi no fuma. Las bebidas alcohólicas solo existen  en un reducido mercado negro, o los más ingeniosos lo destilan de manera artesanal en sus propias casas. Las mujeres van tapadas, y con la vestimenta en la que predomina el color negro. No obstante ya se ha superado el periodo más radical de la dictadura de los Ayatolaes, en que las mujeres tan solo podían mostrar la línea frontal de los ojos. La propaganda del gobierno, no obstante, continúa siendo omnipresente, y todo parece vigilado por la atenta e inquisidora mirada de una especie de papa Noel vestido de negro y con rostro endemoniado. Cuando le pregunto a Slotani cuales fueron los mecanismos utilizados por los Ayatolaes tras la revolución, se muestra un tanto parco de palabras, pero a la vez directo y consistente: La gente estaba harta de la larga dictadura de los Shaa, todo empezó en las universidades y fue una especie de revolución popular. Entre los diferentes grupos sociales, los Ayatolaes tomaron la iniciativa. El estamento religioso siempre fue muy poderoso, y poco les costó ponerse de acuerdo con gran parte de ejército. De un día para otro tomaron las riendas del país, liquidaron a la oposición con matanzas sumarias e impusieron sus reglas. De un día para otro se proclamó la obligación estricta de vestir tapadas y de color negro a las mujeres. Aquellas que salieron a la calle sin obedecer las consignas, eran atacadas, junto con sus acompañantes o quien tratase defenderlas, por grupos de radicales que formaban una especie de cédulas guardianes del nuevo orden. En cuatro días todas las mujeres, por miedo, se acostumbraron a la nueva realidad. Han hecho falta muchos años para una breve involución. Ahora enseñan el rostro y pueden llevar vestidos o pañuelos de diferentes colores, aunque, como puedes observar, el negro continúa siendo el color predominante.

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Irán resulta ser uno de los principales productores de petróleo. No obstante, la abundancia de oro negro, no llega en su equivalencia a la población, que ve como tiene limitado el acceso a 2 litros diarios para el vehículo, mediante la regulación de un sistema estricto de plantillas. Como siempre el mercado negro es la alternativa.

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La guerra Irak – Irán duró casi ocho años. A medida que los Ayatolaes se hacían con el control, la parte del ejército que se mantenía fiel al antiguo gobierno se esforzó en retirar el armamento a otros países como Estados Unidos o Suiza. Cuando el Sadam Hussein, el dictador de Bagdad, vio a su país vecino sumido en el desorden y relativamente desarmado, aprovechó la oportunidad para poner en marcha sus ansias expansionistas. Invadió la frontera pensando que su avance sería una marcha triunfal. Arrasó pueblos y bombardeó Teherán. No obstante la resistencia fue feroz. El nuevo gobierno iraní pronto encontró en apoyo de los soviéticos y los iraquíes fueron exiliados con el suministro de armamento americano. Tras casi una década de encarnizada lucha, se pactó una paz por cansancio y las fronteras volvieron a su línea original. Incongruencias de la historia y de la política internacional, ahora Irak es un verdadero hervidero de violencia y caos con un enemigo común: Los yanquis. Estados Unidos tuvo que en derrocar al dictador que antaño apoyaron, y ahora son los iraníes los que aprovechan las circunstancias para enviar cédulas desestabilizadoras y terroristas al país vecino para castigar a los americanos. Es la mejor forma de mantener ocupado al enemigo y mantener a Irán fuera del punto de mira de los americanos.

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Abandonamos Irán tras una semana y media de estancia y nos llevamos con nosotros gratos recuerdos y una cumbre más de 5.000 metros. De madrugada el avión ruge, a punto de despegar. Atrás queda un arco iris sobre el negro. Una muestra más de la imposible reconciliación de las incongruencias de nuestro tiempo.

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ARCHIPIELAGO BÁLTICO: CAMINANDO SOBRE EL MAR DE HIELO

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caleidoscopi 1182Un año más tarde de la travesía parcial del Lago Torneträsk, el gusanillo de realizar otra travesía ártica de mayor envergadura se instala en mi interior. Hijos de la sociedad del eterno descontento, de la necesidad galopante de nuevas experiencias, deseaba atravesar otro lago pero en un lugar mucho más remoto, como podían ser los territorios de gran norte de Canadá.

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Carles Gel me llama un buen día y me vuelve a hablar de Escandinavia. Le respondo que prefiero algo más solitario, más lejano, de mayor envergadura, y entonces me sale con la propuesta de atravesar el Mar Báltico. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Si era el plan desterrado del año anterior!. No dudé en decirle que si, que me interesaba, pero condicionado a que el grupo fuese más numeroso. Carles me comenta que últimamente estaba teniendo contacto con la reconocida himalayista gallega Chus Lago, la primera española que ascendió a la cumbre del Everest sin utilizar oxigeno, pero que fue descartada del selector clan de los “puros ascensionistas” al utilizar el citado oxigeno embotellado durante el descenso. Etiquetas a parte, no hay duda de que Chus debe ser una mujer extraordinariamente fuerte y ambiciosa, y que recientemente se estaba planteando iniciarse en las grandes travesias polares.

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Por mi parte contacto con un viejo conocido con el que tuve la suerte de escalar bonitas cascadas en Alaska, Xavi de Viala. Ya para entonces, cuando tomábamos pintas de cerveza irlandesa tras las escaladas, nos dejábamos embaucar por la magia de el mapa de Alaska, y soñábamos y voz alta con próximos destinos en la última frontera, una de las ideas que nos emocionaba a ambos era la posibilidad de atravesar el estrecho de Bering en invierno. Dentro del prisma de la inexperiencia más absoluta, los dos coincidamos en que un buen proyecto de futuro, — desmarcándose de la obsesión por la vertical que siempre tenemos los escaladores –, radicaba en realizar travesías horizontales de varios días por un marco infinito.

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Al final, por cuestiones de organización, no coincidimos el grupo de cuatro, ni en fechas y en el destino. Chus y Carles salen antes y vuelven justo el día en que nosotros llegamos a Laponia y han optado de por probar suerte en el Lago Torneträsk. Xavi y yo nos centramos con ilusión casi infantil en nuestro plan. La falta de experiencia la contrarrestamos con la siempre arrogante mentalidad del alpinista: si eres capaz de salir airoso de una pared norte en medio de una tormenta, puedes hacer lo que te plazca en terreno en el cual no corras riego constante de despeñarte. Xavi asume las tareas de conseguir el billetes avión y el apoyo tecnológico (GPS, cargador de baterías a manivela, etc …), yo me encargo más conseguir el equipo y la logística auxiliar de inicio y final de la travesía. Cuestión hartamente facilitada por el siempre atento Love, el guia local que conocí el año anterior en mi primera visita a Suecia. Ambos soñamos con perder la costa de vista y llegar a la diminuta isla de Malören, situada más allá del extrarradio del archipiélago. Lugar de inflexión en el que la ruta cambia de orientación para volverse a dirigir hacia la costa finlandesa. Un punto en la inmensidad. Un escueto trozo de tierra en medio de mar blanco. Cuatro árboles de ramas desnudas, una pequeña iglesia, nadie habitando; un trozo de color humano completamente congelado y abandonado en el gran invierno ártico.

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En el fondo, el hecho de quedarnos los dos solos ante la travesía nos da alas, ya no estaremos bajo el supuesto amparo del “hermanito mayor” con mayor experiencia ni bajo el protagonismo inevitable de una “estrella ochomilista” que brilla con luz propia. Seremos dos alpinistas, de profesiones yuppies, padres de familia y con una buena forma física, solos ante nuestro viaje iniciático por el blanco mar. La afinidad es básica en cualquier tipo de aventura y está claro que son muchos los ingredientes comunes de nuestra “química” individual.  Soñamos con realizar la denominada travesía del archipiélago Botnico, entre Lulea y Tornio, en la zona del mar no afectada por los canales abiertos por los rompehielos.

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Al llegar a Lulea nos recibe Love con todas las atenciones de un amigo y de un excelente profesional. Nos explica que nos ha hecho reserva en un buen hotel de Lulea, que la capital de la región de Norrbotten, a pesar de sus apenas 30.000 habitantes, tiene una buena red de hostelería, ya que cada vez son más los congresos internacionales de política y economía que se realizan, de manera bastante secreta, en lugares remotos como éste, con tal de huir de los grupos y manifestaciones antiglobalización. Aprovechamos las últimas luces de la tarde que se termina para tener un primer contacto con el mar, conducimos justo hasta el punto donde empieza la travesía y nos adentramos en el mar helado por una especie de carretera transitable que se prepara cada invierno para unir la punta de Hertsöskafan con la cercana isla de Langon. Resulta extraño estar dentro de un furgoneta de considerable peso transitando sobre un mar helado, detener el vehículo y caminar sobre el hielo. Esta “carretera” que se condiciona anualmente en estas fechas del año, tan solo se abre al tránsito motorizado cuando el espesor del hielo es mayor a los 40 centímetros.

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— Más lejos de la costa de Lulea los espesores de hielo acostumbran a ser más exiguos, y hasta hace cuestión de dos semanas aún habían canales abiertas entre ciertas islas – nos comenta Love – pero ahora no creo que tengais problemas, siempre y cuando descarteis ir a Malören, para llegar allí hay mucha zona de hielo erizado y bastantes posibilidades de encontrar canales abiertos, este no ha sido un buen año para el hielo.

Love nos desalienta a que salgamos de la relativa tranquilidad del interior del archipiélago y nos marca la ruta clásica en el GPS, dándonos los consejos de última hora.

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Al día siguiente, primera jornada de la travesía, nos sorprende una mañana primaveral con un temperatura ambiente que sobrepasa los 0* C, bajo un cielo radiante y ni una brizna de viento. ¿Que más se le puede pedir a un inicio de travesía?. Poco a poco se impone lo que será la línea habitual en los próximos días. Xavi acostumbra a adelantarse cuando el terreno es llano y sin accidentes, dada su mejor técnica en esquí de fondo y su envidiable forma física. El silencio, la distancia, el esfuerzo liviano pero constante, son las compañías típicas de aquel que se adentra en el mar helado. Entre las primeras islas aún sentimos el lejano transito rodado de la carretera helada, pero al situarnos entre Hindersön y Lappön la soledad se vuelve absoluta. Pequeñas agrupaciones de casas vacías, cerradas a cal y canto, salpican la costa. Desde que hemos dejado atrás los pocos vehículos que circulaban sobre el horizonte helado, ya no hemos visto ni un alma. Tampoco seguimos pistas de motonieve. Por fin me siento dentro del ambiente agreste que no supe encontrar el año anterior en el Torneträsk. Cerca de Lappön abandonamos el trazado que nos marcó Love en el GPS y nos dirigimos a mar abierto. En realidad, y a pesar de los sabios consejos de nuestro  amigo lapón, ninguno de los dos ha descartado por un momento la idea de ir a Malören. Nos vanagloriamos de nuestro espíritu aventurero, ¿Cómo van a arrugarse dos alpinistas ante el mar erizado y la posibilidad de encontrar canales abiertos? No descartamos renunciar al proyecto inicial y somos conscientes de que la inexperiencia siempre es un doble factor en contra, al aumentar los momentos de duda y los posibles riesgos gratuitos; pero si alguien debe decidir un cambio de planes seremos nosotros mismos sobre la marcha, cuando por común acuerdo consideremos que el camino a seguir debe ser el de la cautela versus el de la arrogancia.

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Al salir de la protección de la bahía de Björkön, en la isla de Hindersön, nos encontramos por primera vez con el temido mar erizado del que tanto nos había hablado Love. La superficie de mar deja de ser llana como un espejo para convertirse en un caos de bloques de hielo completamente compactado. La pulka se mueve con dificultad entre tantas y baches. Rápidamente nos percatamos de lo fácil que resulta volcar el trineo de estas situaciones y lo penoso y lento en que se transforma el avance sobre el mar. Cuando el sol ya friega el horizonte llegamos a la pequeña isla de Lagören, lugar en el que pasaremos la primera noche. Un árbol solitario corona esta pequeña mancha de tierra nevada en medio del blanco mar. Parece el planeta del cuento del principito. En las relativas cercanías divisamos las islas gemelas de Lila Hindersörahun y Stora Hindersöharun, lugar al que pretendíamos llegar en la jornada de hoy; plan que se ha ido al traste tan pronto como topamos con la superficie erizada. La perspectiva que tenemos ante nuestros ojos es desalentadora, tardaríamos horas en atravesar el caos que parece no tener fin. Sin apenas afligirnos coincidimos en que Malören queda fuera de nuestro trayecto y que al día siguiente nos encaminaremos hacia el trazado que tan sabiamente nos habia indicado Love. Ahora disfrutamos de la temperatura relativamente suave (- 5* C) y de la primera noche ártica en medio del mar.

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Esta vez la tienda es ancha y con un buen ábside que permite cocinar sin problemas. ¡De algo debe servir la experiencia del año anterior en el lago Torneträsk!. Comentamos los acontecimientos de la jornada pasada y programamos la siguiente. Es curioso como la descripción de los momentos vividos tras un dia de travesía a pie por lugares inhóspitos, tiene bastantes similitud a la tertulia que acostumbran a tener dos escaladores tras completar un buen día de escalada.

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El crespusculo ártico desprende unas connotaciones mágicas indescriptibles. Millones de estrellas cuelgan en el firmamento y parecen estar tan congeladas como el aire que respiras. Ni una brizna de aire, ningún olor que estimule el olfato, ni una luz, ni un sonido. Espero, en vano, ver una aurora boreal. Disfruto de la soledad, del aire frio en la nariz y del pecho caliente bajo las diversas capas de ropa. Dejo que el tiempo se diluya antes de meterme en la tienda, donde mi compañero continúa acomodando el espacio en el que dormirá. No hay prisa. Apenas son la seis pasadas de la tarde y hasta las ocho de la mañana siguiente no saldremos de la crisálida de plumas del saco de dormir.

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El segundo día cruzamos tramos de caos de bloques de hielo. Estas formaciones, — tan incómodas para el avance a pie acarreando las pulkas –, se forman a consecuencia del choque de las placas de hielo flotantes que van a la deriva antes de solidificarse definitivamente. El terreno está completamente triturado y constantemente debemos vigilar que los trineos no vuelquen, notando las trabadas y los empujones repentinos en el baudrier que une las pulkas a nuestra cintura. Avanzamos con pieles de foca y, a diferencia del dia anterior, me permito ir yo delante y marcar el ritmo de la marcha. La jornada pasa sin más contratiempos. No vemos a nadie, ni tan solo escuchamos el ruido lejano de alguna motonieve o actividad alguna en las esporádicas cabañas que muy de tanto en tanto salpican las solitarias riberas de las islas. Vadeamos al lado de islas de nombres impronunciables: Stor-Furüon, Lill-Furuön, Baton, y dormimos en la orilla este de la diminuta Stora Batöklippan. Siempre buscamos esta orientación al acampar, para ser visitados por los primeros rayos de sol cuando el astro rey despunta. De nuevo disfrutamos de las últimas luces de la tarde ártica y de una puesta de sol estilo “Derzu Usala” (*4). La temperatura a descendido gradualmente y esta segunda noche se sitúa por debajo de los – 10 * C.

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Tercer día: Volvemos a encontrar un firme de hielo llano que nos permite un avance más rápido sin el auxilio de las pieles de foca. A media jornada distinguimos en la lejanía el humo de unas chimeneas. Recuerdo de las palabras de Carles: Tornio no tiene perdida, dos días antes de llegar ya podreis ver el humo de sus fábricas. ¿Serán esas fabricas Tornio? Una falsa alegria nos envarga, pero la realidad es que la localización de la población no acaba de concordar con los mapas. Otra larga jornada sin ver a nadie, sin cruzar ninguna pista de motonieve, disfrutando de la soledad más absoluta. Cerca de las islas de Likskärs naturreservat divisamos un rebaño de renos que emprenden la veloz huida al descubrirnos, intrusos pasajeros de su mundo. Pasamos la tercera noche en pequeña isla perdida en medio del mar, entre Hastaskäret y Fagelskyddsomrade. De tan pequeña que es no tiene ni nombre. Dormimos en el margen de la rotura del rompeolas entre el agua y esta pequeña porcion de tierra perdida. Una grieta transversal marca la unión de las placas de hielo. Al otro lado de la isla petrificada unos charcos cristalinos dan la falsa aparicienda de tener agua líquida. La temperatura exterior alcanza casi los – 20 *C. Noche que pasa, noche que resulta ser más glaciar. El tiempo, no obstante, continúa siendo inmejorable: sin nubes y sin viento.  Acampamos sobre el mar helado y  durante la larga noche escuchamos el ronquido apagado y lejano de las corrientes situadas bajo el manto de hielo. De buena mañana nos levantamos con el estruendo repentino de la rotura de la placa sobre la que dormimos. Es un ruido seco, una explosión, que la oímos justo bajo nuestros cuerpos. Salimos rápidamente de nuestros sacos, sin poder disimular el susto recibido. No obstante la serenidad se impone. Revisamos la placa y no vemos ninguna grieta que intuya peligro alguno. El desayuno, más frío que los anteriores, nos sirve para templar los nervios. Por si acaso nos refugiamos en la seguridad de la tierra firme de esta ínfima isla perdida en el blanco infinito.

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La primera mitad de la cuarta jornada sigue la tónica del inicio de la misma. El hielo es más fino que los días anteriores. Se transparenta y bajo la capa cristalina se puede ver el oscuro color de las aguas. Multitud de finas grietas quiebran el firme. Están por doquier y no nos queda más remedio que cruzarlas. De tanto en tanto una nueva explosión del hielo nos hace estar en alerta. Pecamos de inexperiencia y rápidamente preferimos la seguridad de la costa, acercándonos a las islas de Stenen i Ytterstlandet. Xavi siempre camina a cierta distancia delante de mí. En estas circunstancias no sabes si la cercanía resulta ser más segura que la lejanía. Por un lado el hecho de que circulemos alejados repercute en que la presión sobre el hielo sea menor, por otro lado, pronto la distancia es lo suficientemente importante como para que no me oiga si grito, por lo que difícilmente podrá auxiliarme el compañero caso de que se rompa la capa de hielo y me sumerja en las frías aguas del báltico. En un momento preciso me detengo para ajustarme el calzado. Cruzo un pequeña grieta y continúo unos cinco metros antes de detenerme definitivamente para evitar estar demasiado cerca de la cicatriz. Al determe, me descalzo los esquís y camino hacia la pulka para sentarme sobre ella. Al sentarme observo que bajo el trineo hay otra grieta alargada. Me recrimino en silencio no haber sido lo suficientemente observador y que esta grieta se me haya pasado por alto antes de detenerme. No obstante no le doy mayor importancia, me quito la bota, me coloco mejor el calcetín y vuelvo a calzarme.

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Al volver a los esquís observo una nueva grieta transversal situada justo en medio de las dos tablas. Ahora si que no tengo ninguna duda de que esta grieta ha aparecido en el momento de la pausa, al igual que la grieta descubierta bajo el trineo. Observo  a mi compañero. Continúa caminando sin parar ajeno a mis maniobras. Es un punto en la infinidad. Cada uno hoy camina sumido en sus propios miedos. Hacia las doce del mediodía, hora en la que acostumbramos a parar a picar algo de comida y a tomar bebida caliente, nos convencemos de que las chimeneas humeantes que habíamos observado desde el día anterior no son Tornio. Se trata de Passkeri, otra población con una manufactura de tratamiento de madera y de construcción de papel. Hoy la jornada es dura, durísima, a la tensión de la mañana le sigue unas maratonianas horas por la tarde que finalizan con más de 30 quilómetros de marcha sobre el hielo. A cada día que pasa mayor es la distancia recorrida. Mejoramos el ritmo y abreviamos las pausas.

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Las islas se diluyen en la lejanía formando una finísima capa fruto de la alineación de las copas de los árboles. Ningún islote presenta la más mínima elevación en forma de pequeña colina. Siempre es la línea arbórea la zona más alta de las distanciadas manchas de tierra que surgen del blanco mar. A consecuencia de la lentitud de la marcha, apenas es perceptible nuestro acercamiento o alejamiento de cada una de estas solitarias islas. La sensación siempre es la misma: Caminas y caminas y, cuando vuelves la vista atrás, contemplas la isla que recientemente has abandonado y que parece estar a un tiro de piedra. Frente a ti la extrafina línea de la siguiente isla, una raya marrón en medio de la inmensidad, de la que aún no pueden distinguirse con claridad la silueta de los árboles. Al rato, tras casi 30 minutos de constante caminar, otra ojeada a la última isla abandonada nos servirá para descubrir que se reduce a otra extraplana línea marrón, aunque aún se perciben las coronas de los árboles. Miras en frente y te resulta difícil calcular cual de las dos islas está más cerca, la que dejaste atrás o la que te acercan tus pasos. 15 minutos más tarde la que fue una irrisoria raya en el infinito blanco, se ha convertido en un lejano bosque cuyos árboles puedes distinguir con claridad. Parece cerca, pero la experiencia te enseña que aún tendrás que caminar un cuarto de hora más para flanquear cerca de las orillas. Miras hacia atrás, ahora ya no hay duda, la distancia que te separa de la última isla que bordeaste es mucho mayor que la distancia que te separa de tu próximo destino. Al rato esquías cerca de la orilla de la isla que, en el transcurso de tu última hora, se convirtió en la cumbre de Sísifo. No la alcanzarás, no la pisarás, pasarás a su lado, como si evitases alterar la magia helada que transmiten los silenciosos árboles sin hojas. Tras esta falsa meta descubres una nueva línea casi invisible que vuelve a romper la monotonía blanca del infinito. Hay está. Te engañaste para hacer llevadera la marcha, pensando que la meta que seguías era la verdadera, cuando en el fondo nadie te podía ocultar que tan solo era un hito en el camino. En frente tienes la nueva meta, también falsa, pero nueva … Solo así logras hacer las distancias humanas, y de lo humano la ilusión. Al final de la jornada, ya cansado, y mientras el sol poniente tiñe todo el congelado mar de tonos rosáceos, te sabrá mal finalizar el absurdo juego y no seguir caminando un poco más …  a sabiendas de que la noche acecha y que en medio de ella la travesía pierde significado. Porque el blanco infinito con manchas marrones se convertirá en el negro más absoluto, adornado por una cúpula con millones de estrellas, lejanas y frías, como el aire que parece querer congelarte el interior de las fosas nasales. Aprovecharás la larga noche para descansar, para reponer fuerzas, y antes de hundirte en el calor del saco de plumas intentarás, en balde, esperar la llegada de la aurora boreal, que es esta tercera incursión al ártico también se niega a cultivar tus ansiosos ojos.

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Pasamos cerca de las islas de Vibbygrundet, Halsön y Björn y a las últimas horas de la tarde, con el sol que ya se ha escondido tras el horizonte, llegamos a la población de Seskarö, siendo el primer lugar habitado que visitamos desde el inicio de la travesía. Haciendo alarde de la hospitalidad de la gente del lugar dormimos en una casa particular. Nuestro anfitrión resulta ser familiar de la famosa actriz Greta Garbo y nos comenta que en esta pequeña isla del Báltico está enterrada la famosa actriz de cine, la “mujer fatal” más célebre de cuando el celuloide tan solo gravaba en blanco y negro. Nosotros agradecemos enormemente el podernos refugiar dentro del calor del hogar. Fuera la temperatura desciende a más de – 25 * C y de tanto frío hasta se nos ha congelado hasta la fijación de esquís. No nos los podemos quitar hasta que el calor del interior de la casa deshace el hielo que une la bota a la fijación. Seskarö es otra pequeña población con una fábrica maderera, con sus feas y pestilentes chimeneas que extraen humos las veinticuatro horas del día. Es el típico lugar en el que nunca pasa nada y el hecho de que dos “ibéricos” lleguen y marchen a través del mar, arrastrando sus pulkas, se convierte en el evento de la semana. Poco más tarde nos enteramos de que las fotos que tomo  nuestro anfitrión sirvieron para apuntes de prensa de diarios locales, tanto suecos como finlandeses.

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Empezamos la última jornada con la idea clara de llegar hoy a nuestro destino final, por mucho que la distancia que nos queda para alcanzar nuestro objetivo es superior a cualquier de las distancias recorridas durante los días anteriores. Contamos con la ventaja de haber dormido y descansado mejor que nunca y de habernos puesto en marcha una hora antes que las jornadas precedentes. El ritmo es vivo y rápido, como el frío que penetra por cualquier hueco un poco abierto de nuestro vestuario. La temperatura es bajísima, y un ligero viento acrecienta la desagradable sensación de frialdad. Por la mañana Xavi vuelve a ser un punto en la lejanía, y más tarde nos justamos para caminar los últimos quilómetros juntos.

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La llegada a Finlandia resulta desalentadora. Tomamos tierra firme  en el polígono industrial de Royttä. Al sur de Tornio. Unas espesas nubes de vapor de agua, que no ganan altura por culpa de la gélida temperatura ambiente, sirven de telón de fondo a este conjunto de horribles construcciones. En primera fila de la orilla del mar vemos un pequeño poblado, en cuyas ventanas se reflejan los rayos de un sol cada vez más cercano al horizonte y más marquito en su falso calor. Creemos que en la población encontraremos algún lugar para dormir, algún café, alguna parada de autobús. La realidad es otra bien distinta. Todas las casas de la población están cerradas de manera hermética, ni un alma habita sus interiores. Es un pueblo fantasma. La máquina quitanieves ha limpiado las calles hasta las proximidades de las puertas, pero desde donde finaliza el trazado del quitanieves a las entradas de madera, ninguna huella humana deja entrever que últimamente nadie ha pisado estos lares. Tenemos la sensación de ser los últimos habitantes del planeta tras un holocausto nuclear. El sol se está poniendo tras la línea del oeste. La temperatura es bajísima, debe rondar ya los – 30* C. Continuamos caminando en medio de las grises fábricas. Algunas de ellas tienen chimeneas humeantes y maquinaria pesada que produce un ruido estridente. Hasta alguna luz interna ilumina sospechosas estancias cerradas. No hay nadie. Entramos donde podemos y gritamos. Hay alguien? Como respuesta el ruido incesante y constante de las máquinas. Habrán tomado los robots el control del mundo? Caminamos y caminamos hacia el extremo sur de la costa, hasta llegar al puerto. Si hay alguien debe estar allá. El frío es penetrante. Xavi dejó el plumón en las pulkas, las cuales medio escondimos tras cruzar orilla de costa. Mi compañero camina enérgicamente, sabe que el frío que le atenaza se cebará con el tan pronto como cese la marcha. Poco a poco nos plateamos que esta última noche, la más fría, la tendremos que pasar en este lugar tan terrible. – Es el lugar más feo y frío que he visto en mi vida -. Por fin, en el puerto, encontramos una oficina atestada de trabajadores de las fábricas que esperan, — con la compañía de cafés y la comida de sus respectivas fiambreras –, que llegue el cambio de turno. Fin de trayecto. Pronto vendrá un taxi y de aquí 30 minutos estaremos en la comodidad de uno de los hoteles de Tornio. Una vez duchados, cambiados de ropa y con una espumeante cerveza entre las manos, celebramos nuestra primera travesía ártica. Por fin, tras varios años de pequeñas expediciones frustradas, tengo la jubilosa sensación de volver a casa con el objetivo inicial cumplido. Creo que desde mi viaje a Kirguizistán, cuatro años antes, no había vuelto a tener esta agradable y dulce sensación de victoria.

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Durante la jornada siguiente nieva y nieva sin cesar y una niebla baja esconde todos los contornos. Deambulamos por Tornio antes de tomar el autobús a Lulea. Nos jartamos de nuestra buena suerte (¡Por fin!). Empezamos la travesía cuando el tiempo mejoraba tras un periodo de inestabilidad y ahora, al finalizar, vuelve a estar el ambiente nevoso y desapacible. Un día como hoy, en medio del mar, debe ser sumamente desagradable y te obliga a navegar constantemente con el auxilio del GPS; pero todo esto, quizás, será nuestro pan en una próxima ocasión, en una futura travesía por otro horizonte blanco. Dentro de la comodidad del autobús, viendo la nevada a través de los cristales de las ventanas, y embriagados por nuestra travesía de más de 100 quilómetros en cinco días, dejamos galopar la imaginación: El Lago Ladoga, un tramo de mar al norte de Siberia, la Bahia de Hudson, el estrecho de Bering … algún polo.

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MONTES MALDITOS

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Dr crestas (113.a)Juventud, divino tesoro.

¡Ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar no lloro

y a veces, lloro sin querer.

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura, amarga y pesa.

Ya no hay princesa que cantar.

                   (Fragmento de la poesía de Rubén Dario,                                                                          “Juventud, divino tesoro”)

                            *        *        *        *

A pesar de que caminamos ligeros de ropa, podemos notar la frialdad del aire por la respiración. Paulatinamente, la noche se adueñaba del paisaje; caminamos tranquilos y en silencio, con la sensación de frío en la punta de la nariz. Ante nosotros se encuentra el magno escenario de cumbres blancas que corona el Valle de Vallhibierna. Las montañas, distantes y esbeltas, están cubiertas de una capa de nieve helada. Parece reflejar destellos plateados de una luz propia, como si el día que agoniza aún se resistiese a abandonar los altos parajes.

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Pronto hacemos la pausa obligatoria para buscar dentro de las mochilas las linternas frontales que nos permitirán continuar la marcha con comodidad. Es el momento para abrigarse y tomarse un merecido descanso de cinco minutos. El brillo de las estrellas nos llena de dicha, no hay indicios de un posible cambio de tiempo, por lo que cada vez estamos más seguros de que el tiempo será excelente, y que, consecuentemente, nos esperan unas fantásticas jornadas de escalada en el Pirineo central.

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Es noviembre, y los bosques de la parte baja de la montaña aún están en plena mudanza cromática. A sido tal nuestro asombro que, constantemente, intercambiamos comentarios sobre la multitud de fotos realizadas.

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Horas más tarde, sumidos en una noche tan negra como la boca de lobo, montamos nuestra tienda en las cercanías de Ibón de Coronas. El lago presenta una sección tapada con una fina capa de hielo, y poco más arriba se dibuja la linea blanca que anuncia la proximidad de los pedregales nevados.

Los planes son los siguientes; de las dos jornadas de actividad programadas, una queremos escalar la dentada cresta de Cregüeña al Pico Maldito, y la segunda jornada deseamos coronar el Pico Aneto por la clásica canal Estasen. El citado corredor es uno de los itinerarios de nieve que mas meses permite la escalada glaciar en el Pirineo, no en vano accede a la cumbre más alta de la cordillera.

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De los tres compañeros que componemos el grupo, el “Sherpa”, – que acaba de salir de un largo proceso de recuperación tras un accidente –  prefiere reservar las fuerzas para el segundo de los proyectos, por lo que nos anuncia su renuncia a escalar la cresta. Los dos restantes, Oscar y yo, miramos de reducir el peso al máximo. Unos cuantos tascones y algún aro de cuerda serán suficientes para protegernos los pasos más delicados.

Cuando emprendemos la marcha al romper el alba, vemos colgar en el cielo pequeñas nubes dispersas. A pesar de que su aspecto nos resulta una tanto desagradable, consideramos que no son motivo suficiente para volver a meterse en el saco. No obstante, a medida que ganamos altura, las nubes ganan terreno y consistencia. Al llegar al collado que marca el inicio de la cresta, un espectacular manto de niebla juega a envolver las cumbres mas altas.

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Asaltados por las dudas, intercalamos el dialogo de vigor.

– ¿ Qué crees ?, ¿ nos arriesgamos ?.

– No sé que decirte, hace poco se veían todas las cumbres, ahora el Aneto ya está camuflado, y el Maldito también se esconde por momentos.

– Ya ves, con el paseo que nos hemos metido para llegar hasta aquí… ¡que rabia dar media vuelta!.

– Mira, subimos la cumbre más cercana, y luego ya veremos. Si más no desenredaremos la cuerda y escalaremos un poco.

– Vale. Vamos tirando, al fin y al cabo en una cresta siempre estamos a tiempo de bajarnos.

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Poco más arriba de la horcada, las condiciones del terreno nos sorprenden. La nieve no es tan abundante ni consistente como parecía, y en numerosas ocasiones cede bajo nuestro peso para dejar al descubierto las lajas de roca que apenas la sostienen. Las condiciones aconsejan ser prudentes y estar atentos, no dudamos en proceder a unirnos con la cuerda y realizar relevos en un lugar donde en pleno verano ascenderíamos dando saltos.

Al iniciar el primer largo de cuerda noto como me embarga la ilusión y desaparecen las dudas. Las maniobras de la escalada son variadas y absorben toda nuestra atención: tantear el lugar apropiado para el pie, picar la nieve, estirarse en busca del asidero de la mano, la superación de ciertos bloques, buscar el emplazamiento para los seguros. Uno a uno se suceden los relevos de la cuerda. Es tal la compenetración y el entusiasmo que cuando nos damos cuenta, apenas recordamos en que momento preciso se ha iniciado la constante caída de copos de nieve. Lo cierto es que un tramo afilado en la cresta nos hace recapacitar antes de proseguir. La nieve cubre los relieves de la escarpado perfil, la roca está muy fría y mojada, y aventurarse a forzar el paso nos resulta poco alentador. Un vistazo al reloj nos acaba de convencer de que la mejor opción es renunciar a proseguir la escalada. Nos ayuda pensar que debemos reservar fuerzas para la jornada siguiente, en la que no se nos escapará el Rey pirenaico; si más no, la inminencia del segundo proyecto resta amargura a la siempre vacía retirada.

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La primera decisión está tomada: “Nos vamos“; pero falta la segunda “¿ por donde ?“. Deshacer el trayecto que realizado resulta demasiado largo y la noche acecha; continuar la cresta comporta afrontar el tramo escarpado, con cara de pocos amigos, cuya complejidad nos había detenido. La mejor alternativa era rapelar por cualquiera de los dos flancos del cordal, muy a pesar de la verticalidad de sus paredes. Nos asomamos a la vertiente que da a los Lagos de Coronas, que es por donde debemos descender para llegar al valle donde tenemos la tienda. Lanzamos las cuerda y vemos que se pierden en el precipicio, engullidas por la niebla.

– ¿Cuantos ráppeles crees que tendremos que hacer ?.

– No lo sé, pero este tramo parece muy tieso, y si no recuerdo mal la pared que hay por aquí debe tener más de cien metros.

– Llevamos una cuerda de 45 metros. Tendríamos que hacer cinco o seis ráppeles.

– …

– Quizás sea mejor bajar por Cregüeña y flanquear horizontalmente bajo la cresta hasta el Collado.

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Al inspeccionar la vertiente contraria descubrimos una mejor perspectiva. A pesar de la visibilidad menguada por las nubes y la nevada, el pie de la pared se reconoce a apenas cincuenta metros. Una vez abajo, en tan solo veinte minutos podremos realizar la travesía caminando para traspasar el collado, y volver así al valle por el que hemos realizado la aproximación. Es obvio que la mejor opción es rappelar por la vertiente opuesta al lugar donde tenemos la tienda.

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– Fíjate, el pie de la pared está cerca, a apenas un par de ráppeles

– Si, tres máximo.  

Sin más divagaciones dejamos caer las cuerdas, y seguidamente inicio el primero de los ráppeles. Desde un principio me sorprende la verticalidad de la pared. Descendidos quince metros miro hacia arriba y diviso la silueta de mi compañero entre los erizados bloques de piedra, tengo entonces la seguridad de que, una vez desmontado el ráppel, nos resultará imposible volver a subir al borde de la cresta.

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Al concluir las cuerdas debo pendular para encontrar un margen de roca fisurada que me permita fijar empotradores y montar una reunión. El final de la cuerda está próximo, por lo que anudo las mismas por miedo a que se me escape uno de los extremos durante el péndulo. Cuando consigo montar el relevo en la roca aviso al compañero para que inicie el descenso. El primer problema se nos plantea al comprobar que la cuerda del rappel debe ser recuperada antes de realizar el péndulo, puesto que a la reunión tan solo se llega gracias a la flexibilidad de las cuerdas, las cuales se reducen unos dos metros al salir del descendedor. A Oscar no le queda más remedio que quedarse “a pelo” para proceder a recuperar la cuerda, no obstante, encadenando todos los mosquetones, cintas y tascones que llevamos, logramos hacer una especie de cinturón de seguridad con la que enlazamos nuestros baudriers. He tenido que utilizar la baga y los mosquetones de la reunión para confeccionar nuestro cordón de unión, por lo que me cojo con cada una de las manos a los dos tascones que forman la exigua reunión que antes he montado. Viéndonos en la presente situación, — él estirando la cuerda en equilibrio, y yo enganchado a los cables de los tascones — somos conscientes de que estamos efectuando una de aquellas maniobras que formarían parte del libro “Lo que nunca se bebe hacer en la escalada”, pero no me queda mas remedio que convencerme de que, en caso de que caiga mi compañero, tendré la fuerza suficiente para no desprenderse de la reunión a la que me aferro con las dos manos.

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Pasado el momento de tensión, debemos de escoger cual de los dos tascones abandonamos para realizar el siguiente ráppel. Hace un momento me parecían dos seguros buenos, pero ahora que tenemos que colgarnos con ganas de uno de ellos empiezo a dudar sobre si están bien colocados. Los extraigo y los vuelvo a meter varias veces, hasta que uno de ellos se hunde en la fisura. Iniciamos el segundo rapel, preludio de lo que serán los siguientes. Al final nos colgamos confiados de los tascones que vamos abandonando a medida que descendemos. Uno de ellos esta medio empotrado en una fisura horizontal, pero conseguimos incrustarlo con la punta del piolet hasta que nos otorga confianza. Finalizado el cuarto rappel caímos en la evidencia de que lo que desde arriba parece el plano horizontal del pie de la pared, no era más que la propia vertiente tapizada de nieve, cuya roca permanecía oculta. Resignados continuamos descendiendo de puntas de roca de dudable resistencia y de los pocos tascones que nos quedan.

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Al finalizar el sexto ráppel llego a una especie de cueva inclinada. La nevada se ha intensificado, y a la sazón la penumbra del anochecer ha dado paso a la oscuridad absoluta. A tientas consigo fijar un nuevo punto de descuelgue de una piedra puntiaguda. Inicio el nuevo descenso, en el que el mundo se limita a apenas unos metros de terreno vertical iluminado por la linterna frontal, Continuo bajando, siempre atento a que no finalicen las cuerdas y se escurran por el descendedor. Concluido el ráppel me desilusiona ver que aún no estamos en el suelo, ¡ presentía que éste descenso a oscuras sería el último !. Bajo mis pies la pendiente de nieve continua presentando mucha verticalidad, y no logro ver ninguna fisura para instalar los últimos seguros que nos quedan. Voy pendulando de un lado a otro, agotando, una a una, las posibilidades de montar una nueva instalación.

Preocupado por mi excesiva tardanza, Oscar me requiere desde la cueva.

– Pako, ¿ Qué pasa ?

– No encuentro donde instalar el rappel.

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Pasan los minutos y continuo el desesperado vaivén de una lado a otro, repitiendo el escrupuloso estudio de los emplazamientos ya visitados. Mi compañero vuelve a gritarme.

– Pako, sube a la cueva, pasamos aquí la noche y mañana con luz acabamos de bajar.

Miro hacia arriba y tan solo veo un sinfín de copos de nieve que cruzan la luz proyectada por la linterna frontal y se depositan sobre mí. El tramo por el que he descendido es sumamente vertical “Una mierda subo otra vez arriba” pienso. De repente veo un trozo de piedra, de apenas un palmo, que se asoma sobre la pendiente nevada, excavo por encima de ella y luego por abajo, hasta construir una especie de puente. Paso un cordino por detrás de la piedra y lo anudo alrededor de la misma.

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– Ya esta, puedes bajar –

Cuando mi compañero llega a mi lado mira sorprendido el relevo en que me encuentro. Lo observa detenidamente y pregunta ¿ Esto aguantará ? — Pronto lo sabremos, por si las moscas no te asegures mientras me cuelgue — le respondo.

Con sumo cuidado me dejo caer, incrementando paulatinamente la presión del peso del cuerpo, hasta colgar completamente. “Aguanta” respiro profundamente y desciendo tan rápido como puedo. La suerte nos ha acompañado en cada uno de los rápeles, pero sobretodo en éste último. Sentimos un gran alivio al llegar a los campos nevados situados bajo la pared; no obstante nos desalienta pensar que estamos demasiado cansados para flanquear hacia el collado, más aun cuando comprobamos que el trayecto es más accidentado de lo que esperábamos.

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Por hoy ya tenemos suficiente de maniobras de cuerdas, por lo que decidimos continuar por donde podamos ir caminando, o sea, bajar hacia el Lago de Cregüeña. Sin duda un largo camino nos separa de la tienda, primero tenemos que descender completamente el valle donde nos encontramos, para más tarde volver a remontar el otro situado más al sur. Cuando estamos vadeando las orillas del Lago, patinamos constantemente sobre las losas de piedra cubiertas por los dos dedos de nieve reciente. Nos sentimos terriblemente cansados por lo que nos obstinamos a resguardarnos bajo un bloque y hacer vivac. La nevada continua cayendo de manera suave pero constante, y tan solo tras numerosas tentativas, encontramos una losa lo suficientemente grande como para que la nieve no logre cubrir la totalidad del suelo situado bajo la piedra. Una vieja enseñanza dicta que uno debe demorar al máximo el inicio del vivac del cual sabe que apenas dormirá. Resguardados ya de la nevada, nos sentamos sobre las mochilas y picamos cuatro galletas congeladas, cayendo entonces en la cuenta que es el primer bocado que nos metemos en la boca desde la pausa realizada justo al iniciar la escalada.

Cuando ya no tenemos más motivos para demorar el vivac, y aturdidos por el agotamiento, nos estiramos en el fondo de la cueva, acurrucados bajo una manta isotérmica. Inmediatamente, al estirarnos sobre la piedra, notamos la primera mordedura del frío.

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– ¿ Qué hora es ? – le pregunto a Oscar.

– Las doce y media – Responde.

– Bueno – pienso – entre ráppeles, caminada, patinadas y cena han pasado las horas.

Recordamos la racha de mala suerte que nos ha acompañado durante los últimos meses, puesto que éste es el tercer vivac que realizamos en condiciones inapropiadas. En septiembre tuvimos que pasar la noche a apenas cien metros de la tienda, también sin sacos y aguantando la fina lluvia bajo las capelinas. La oscuridad y la niebla nos sorprendieron durante el descenso y nosotros habíamos sido lo suficientemente necios como para dejar las linternas frontales en la tienda. Por la mañana estábamos completamente convencidos de que la escalada que íbamos a realizar sería un entretenimiento de pocas horas. Más tarde, temiendo caer por un precipicio mientras caminábamos a tientas, nos resignamos a pasar la noche sobre unos prados de hierba mojada, digiriendo con calma la nueva lección que nos estaba enseñando la montaña. Por suerte la temperatura aún era bastante estival, por lo que logré dormir durante largos intervalos.

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En octubre el vivac fue premeditado, y por tanto estábamos equipados con los sacos de pluma. Bajo la atenta mirada de la Pica d’Estats, en los lagos de Sotllo, buscamos unos muros de piedra e instalamos un gran plástico a modo de toldo. Lo que no estaba previsto es que a media noche se iniciase un aguacero desconsolado, que poco a poco inundó el emplazamiento del vivac, convirtiendo el suelo en una gran balsa de agua y barro. Completamente empapados, y con los sacos de pluma que parecían esponjas, esperamos la llegada del alba cantando canciones absurdas y explicando gran cantidad de chistes. Nos reímos tanto que quizás hasta supo mal que se hiciese de día.

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Ahora, ni chistes, ni canciones ni temperaturas estivales. Las anteriores noches constituyeron pequeñas “aventurillas” que daban más color al fin de semana, hoy sentimos como la montaña nos ha deparado una mala jugada. El dialogo que intercambiamos es escueto y enseguida pierde vigor, cada uno se interna en su propio tormento y trata de combatir el hiriente frío. Una eternidad más tarde vuelvo a preguntarle la hora a mi compañero.

– Las diez y media – Responde.

– ¿ Como ?.

Vuelve a mirar una y otra vez el reloj.

– Sí, si, son la diez y media. Creo que antes lo he mirado mal, deberían ser entonces la nueve y media. –

Desecho ante la evidencia, no vuelvo a abrir la boca hasta que la lechosa luz de la mañana anuncia la proximidad del alba. Continúa nevando, de hecho creo que no ha cesado durante toda la interminable noche. Tan pronto como somos capaces de adivinar los contornos del paisaje, nos ponemos en marcha, muertos de hambre, de frío y de cansancio.

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Por la tarde, mientras caminamos lentamente por los zig-zags del camino que asciende al Ibón de Coronas, encontramos a nuestro compañero. El “Sherpa” , preocupado por nuestra excesiva demora, pretendía solicitar ayuda para organizar nuestra búsqueda. Cuando nos juntamos su cara es todo un mapa, parece haber visto dos fantasmas.

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ESCALADA EN GEL AL MONTSENY, RARESSES D’HIVERN

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gel Montseny (29)

Durant una bona època em vaig dedicar a fer tots els camins i senders que pujaven a les zones més altes dels cims del Montseny en el transcurs de la feina de camp per un mapa de Montseny, avui en dia editat ja per l’editorial piolet.

Entre les freqüents pujades i baixades, la majoria d’elles en solitari, vaig anar a parar un fred dia d’hivern a la zona de Viladrau per pujar el Matagalls pel camí del Torrent de les Cordes, per que encara no coneixia.

 gel Montseny (24)

Ja al començar a caminar el cel era de color plom, les part altes de la muntanya presentaven una nevada recent de la nit passada i per sota els 1.000 metres tot estava saturat d’una humitat freda que s’enganxava al cos. Per sort el moviment de la marxa ràpidament em va fer oblidar de la incomoditat de temps, i hores més tard estava ja sobre la línia de neu pujant pel maquíssim i poc conegut camí del Torrent de les Cordes. De fet el fet de triar un dia fred de ple hivern per fer aquesta ascensió no era casualitat.  No feia massa m’havia comprat una mena de llibret – quadernet del Matagalls, principalment fotogràfic, on sorprenentment es veia una cascada de gel ben formada i a sota uns excursionistes al peu del mur de glaç amb un peu de foto “Torrentera de les Cordes”.

gel Montseny (8) Vaig triar dons un dia de fred i de ple hivern per veure si trobava quelcom d’aquella infraestructura de gel i per veure si realment allò que s’intuïa a la foto era un bon escenari per tornar un dia amb les eines i fer quelcom que fins ara ningú havia fet, o com a mínim divulgat: Escalar una cascada de gel a les modestes i mediterrànies muntanyes del massís del Montseny.

gel Montseny (11)

La sorpresa va ser majúscula quan a la part alta de la torrentera vaig veure tres estructures mig glaçades, la principal d’elles amb una petita columna completament vertical. Es tractaven d’estructures encara poc prou fermes com per poder ser escalades, només la part de fora de la estructura, com un fràgil motlle quasi transparent que deixava veure per sota com l’aigua corria amb abundància. Era del tot impossible poder escalar llavors aquelles cascades, però tampoc no era la meva intenció aquell dia. No portava equip, no feia prou fred. Només volia fer l’excursió, però allò era una primera ullada que en va servir per fer-me una idea del petit tresor que amagaven aquestes amables i modestes muntanyes on jo vaig passar la infantessa i amb les que tinc una arrelament molt íntim i especial.

gel Montseny (15) 

Just en el moment en que estava contemplant les cascades va començar a nevar i em va trucar un bon amic dient-me que acabava de fer en solitari un encadenament de cascades al Pedraforca i animant-me a fer una visita a la comarca per tal d’aprofitar les bones condicions. Jo li vaig confessar que estava davant d’una cascada inèdita, un bonic projecte per si el dia de demà venia una ona de fred siberiana.

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Vaig continuar l’ascensió en mig de la nevada, però a mida que el front de mal temps anava entrant van anar pujant les temperatures i la neu va passar a ser aiguaneu al cim i una forta i freda pujada que ja no em va deixar en tot el descens i que en va fer arribar al cotxe completament xop. Tenia la seguretat que amb aquella aigua les cascades que havia vist a mig formar hores abans ja estarien de nou sense la crisàlide de gel. Es com si haguessin volgut desaparèixer per guardar millor el secret, el nostre secret.

Un any més tard va venir el que tots els escaladors de gel esperem cada any i que només arriba en hiverns puntuals: l’onada de fred siberià. Fred intens i general a cotes baixes, un mantell de neu constant a totes les muntanyes de la Serralada Pre-litoral per sobre del 800 metres … condicions perfectes per tornar a la torrentera, ara ja amb totes les eines i la disfressa d’escalador de gel: piolets tècnics, cordes, cargols de gel, casc ….

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Acompanyat de la sempre animada Montse Molano, els dos ens vàrem quedar boca badats al veure les cascades en excel·lent condicions. Va ser un dia perfecte. Temps serà i fred, una maquíssima excursió per anar i per tornar i cap a casa amb el premi de la amb tota seguretat es l’única torrentera del Montseny que permet l’escalada en gel al massís. I quina escalada !!! Al ben mig hi trobem una columna completament vertical d’uns 12 metres. Qui diria que podríem trobar aquestes dificultats a poca distància del bonàs Matagalls, bressol de l’excursionisme català.

Aquí us deixo aquest reportatge amb la corresponent fitxa tècnica per si sona la flauta i aquest hivern tornem a gaudir dels rigorosos freds d’una onada de fred siberià a casa nostra. Si es així i els Deus ens complauen, ja sabeu on trobar un indret exòtic per la pràctica d’aquest fugaç escalada.

 gel Montseny (3)

Fitxa tècnica

MATAGALLS – TURÓ DEL MIG

VERTIENTE NORTE

 Alçada del cim: 1.552 metres.

 Punt de partida: Coll de Bordoriol, 1.089 metres. A la carretera que enllaça Viladrau i Santa Fe del Montseny, poc abans d’arribar a Sant Marçal.

 Aproximació: Llarg flanqueig per pistes pel vessant nord del Matagalls, en direcció a ponent, passant per les fonts dels Llops i de Rupitosa, al poc la pista es transforma en camí i comença a baixar. Al poc trobem el camí que puja a mà esquerra (fites esporàdics i senyals vermells) i que puja en zig-zag pel mig de bosc fins al Torrent de les Cordes. Calcular 1,30 h de marxa.

Descens: Ràpel fraccionat per baixar l’últim llarg (20 + 30), després caminant per l’esquerra de la columna per situar-nos al peu de la mateixa, on localitzem el camí de les Cordes. Seguir-cap a la nostra dreta per retornés els passos de la marxa d’aproximació. Comptar 1,30 h per al retorn al vehicle.

Torrent de les cordes (1) 

TORRENTERA DELS CORDES

 Recorregut / dificultat: Tres ressalts d’inclinacions màximes de 70 º, 90 º i 70 º respectivament. En conjunt 4 + / 5 de dificultat i II d’exposició.

 1a ascensió divulgada: Montse Molano i Pako Crestas el febrer del 2012.

 Característiques i condicions: Sorprenent cascada amb un llarg de columna de 12 metres, que resulta extraordinàriament exòtica al localitzar-se en el baix massís del Montseny, només es forma en hiverns de freds extraordinàriament rigorosos (entrades d’aire d’origen siberià).

 Material útil: 5-6 cargols de gel i cintes per a reunions en arbres.

Torrent de les cordes (2)

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MONTE ROSA Y MONT BLANC. A LA CAZA DE CUATROMILES.

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102 - 8Cuando estuve en un bosque encantado,

noté con asombro que una piedra me cantaba,

con modulaciones y con timbre de tenor.

Debajo de la piedra había un sapo invernando

y supe que era el sapo el que cantaba,

y me fui buscando maravillas que saber.

Quería una princesa convertida en un dragón;

quería el hacha de un brujo para hecharla en mi zurrón;

quería un vellocino de oro para un reino;

quería que Virgilio me llevara al infierno;

quería ir hasta el cielo en un frijol sembrado

y ya.

(Fragmento de la canción “La primera mentira” de Silvio Rodríguez)

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Los Alpes son las montañas por excelencia en las que nace y se deriva todo aquello relacionado con el alpinismo. Son la cuna, la evolución, el centro gravitatorio de todas las cumbres del planeta. Son tan míticas las cumbres que encontramos en la cordillera, están tan rebosantes de historia y de mito, que poco importan no ser las más altas, ni las más difíciles, ni las más lejanas … son las más importantes, las más carismáticas, las más literadas. Los grandes episodios de oro del alpinismo irrepetible se labraron en las vertiginosas paredes y en los oscuros heleros de esta cordillera situada en el corazón de la vieja Europa. Cumbres mágicas: Meije, El MontBlanc, La Verte, los Drus, las Jorasses, el Matterhorn, el Monte Rosa, el Eiger, Piz Badile, Las Tres Cimas di Lavaredo, la Marmolada, La Civetta. Pueblos míticos: Ailefroide, Chamonix, Courmayer, Cervinia, Zermatt, Grindelwald, Cortina d’Ampezzo … y un sin fin de personajes irrepetibles: …… Los Alpes están destinados a ser el destino repetido de todo aquel montañero que se precie de ser alpinista. Sin el bautizo de los Alpes el proceso de confirmación alpina de cualquier alpinista del mundo quedará incompleto. De Europa, de América, de Rusia, del Japón, la peregrinación es obligatoria, como los musulmanes que deben visitar la Piedra Negra de la Meca para poder ser recibido en el paraíso de Alá.

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Agosto de 1989. El autobús de linea regular que nos adentra por el valle de Gressoney está más vacío que lleno. El conductor conduce con cierta desgana, harto de tantas curvas que cada día se repiten, de subida, de bajada, por la mañana, por la tarde.  Nosotros estamos expectantes y rebosantes de alegría. No podemos evitar ir de una ventana a otra para ver si entre las empinadas cuestas de los verdes prados y por debajo de la capa gris de las nubes, conseguimos descubrir algún glaciar colgante o una lengua de hielo agrietada que sería el indicio innegable de que por fin llegamos a las grandes montañas que se extienden por la vertiente sur del gigantesco macizo del Monte Rosa. La emoción nos embarga al llegar a nuestro destino, el pueblo de Ciaval. Muy a pesar de que la capa de nubes sigue siendo compacta y amenaza con una lluvia inminente, deslumbrantes y sucios glaciares extienden sus lenguas por los bosques situados por encima de los tejados de las casas. Nos preguntamos como deben ser las montañas situados por encima de ellos. Pronto lo sabremos, tomaremos una de las pocas comidas a la carta del viaje y luego emprenderemos nuestro camino hacia las cumbres.

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Voy acompañado por mi amigo Francisco. Hace poco que ha finalizado el servicio militar y yo me he librado gracias al excedente de cupo producto del famoso “baby-boom” del 69. Para ambos es nuestra primera experiencia en los Alpes. Jamás hemos transitado por glaciares, ni hemos escalado montañas de más de 4.000 metros, pero no dudamos de nuestra capacidad para embarcarnos en la alta montaña alpina sin la necesidad de ir acompañados por montañeros experimentados en el terreno. Más bien al contrario, nos motiva las ganas de labrar nuestro propio aprendizaje y de ser auto didactas en este aspecto. Nuestro planteamiento es muy simple: A pesar de que ya hemos escalado varias vías en nuestro país natal, nos interesa más coleccionar el mayor número posible de cumbres de 4.000 metros y nuestra idea, para los quince días de vacaciones, consiste en encadenar las cumbres del Monte Rosa en travesía desde Italia a Suiza, subir más tarde el Matterhorn también travesía, esta vez de Suiza a Italia, y por último realizar la travesía de los cuatromiles del Tacul, Mont Maudit y Mont Blanc, empezando por Italia y terminando en Francia. Un proyecto que se enmarca dentro de los cánones clásicos del alpinismo de cumbres y cuyo aliciente principal es el de prescindir de telesféricos y refugios guardados. Queremos subir a pie “de verdad” de manera auténtica. Saliendo con la mochila a la espalda desde el último pueblo y llegar así al pie de la montaña, pero por su vertiente opuesta y después de haber coronado las cumbres más altas, y todo ello con la comida, el saco de dormir y el equipo suficiente como para poder prescindir de las comodidades de los “hoteles alpinos” que resultan ser los refugios guardados de estas montañas. Un estilo quizás excesivamente purista, que responde también a las estrechas limitaciones de nuestras sendas economías personales. En conclusión: no tenemos ni puñetera idea de ascender por montañas glaciares y no tenemos ni un duro de sobras en el bolsillo, pero tenemos las piernas sedientas de caminar y la energía interminable de los 18 años.

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A Salza es una pequeña cabaña de pastores situada en la vertiente sur del Lyskamm, a 2.321 metros de altura y que se emplaza en un lugar idílico de exceso paisaje. Es una construcción muy rudimentaria, tan solo un suelo con paja, pulgas y donde el olor a leña y ganado impregna cada piedra. A nosotros nos recuerda las cabañas pirenaicas como la del valle de Ara o la del valle de Literola entre tantas otras, pero hay un matiz que la hace diferente. El camino pasa por delante y los caminantes que transitan por delante de la cabaña se extrañas al percatarse de que hemos dormido dentro de ella. En un principio no entendemos nada, pero al pasar los días vamos ligando cabos y descubrimos cual es el factor diferencial en relación a las cabañas pirenaicas: Aquí, en los Alpes, ningún montañero utiliza estos refugios para pernoctar. No tiene sentido dormir en el suelo, cocinar la comida, cargar con mochilas pesadas para transportar el saco de dormir, aislantes, utensilios de cocina, la propia comida … cuando a un par de horas más de relajado camino se puede comer a la carta, beber lo que te plazca, dormir en habitaciones con calefacción, mantas limpias y todo ello llevando una mochila ligera y unos cuantos billetes de dinero en el bolsillo. Pero a nosotros dos este mundo de comodidad no nos interesa lo más mínimo, es más, nos sentimos fuera de juego en las proximidades de los grandes refugios guardados. Pronto descubriremos que no somos bienvenidos. En los Alpes hace años que ha desaparecido la hospitalidad típica que debería caracterizar al guarda en relación al montañero que viene en busca de descanso, ahora prima la preferencia de tratar al montañero como a un turista más. Lo que interesa es que gaste dinero y se marche rápido.

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De la cabaña de A Salza llegamos al refugio vivac de la Rifugio Balmenhorn en una larga jornada en la que ganamos 1.800 metros de desnivel. Pasamos por delante de dos macro refugios guardados, el Citta di Mantova y el Gnifetti, situados a 3.498 m y 3641 m. de altura respectivamente. Al llegar al primero de ellos intentamos hacer una pausa para comer algo caliente, al preguntar donde podemos cocinar, la respuesta es clara “fuera“. Pero fuera llueve. Encendemos el fogón en la zona del vestíbulo del refugio donde los montañeros cambian su vestuario tras la actividad. Todos se extrañan ante nuestra actitud y al guarda alguien le comenta lo que estamos haciendo. El gerente del refugio sale rápidamente a nuestro encuentro. “Fuera es fuera” nos dice de manera autoritaria señalando hacia el exterior.  Nos vamos debatiéndonos entre la rabia y el ridículo. Del segundo refugio pasamos de largo, actuamos como si no existiese. la lluvia se ha intensificado y cae aguanieve. No hay nadie en el exterior del ….., pero son varios los ojos que nos observan al otro lado de las ventanas mientras desaparecemos por los jirones de niebla que invaden el glaciar. ¿Sabremos orientarnos en medio del malo tiempo? ¿llegaremos al islote rocoso de las Campana .., situado en medio del océano blanco de Glaciar de … ? Tan solo nos planteamos dos opciones: Intentar y conseguirlo o, en caso de que salga mal, volver a descender hasta un emplazamiento donde podamos dormir bajo bloques de roca. Para nosotros los refugios son inexistentes, como para los pioneros que ascendían estas cumbres dos siglos antes. Por suerte, poco antes de anochecer, llegamos al Rifugio Balmenhorn. Esta construcción es considerada por los lugareños como un refugio de auxilio o emergencia, pero a nosotros se nos antoja como el lugar más reconfortante y cómodo del mundo. Hace rato que nos flaquean las fuerzas y nos sentimos agotados. Cenamos de manera fugaz y efímera, más pendientes de meternos en el saco que de saciar nuestra hambre. Estamos rendidos.

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Al día siguiente el tiempo a dejado de ser regular para estropearse del todo. Es el inicio de tres días de temporal que se ve entrecortado con pequeñas pausas de apenas unas horas en las que el sol parece reventar la capa de nubes labrando los glaciares de un blanco cegador. En los breves paréntesis de bonanza, o cuando las nubes amenazantes dejan de ocultar las cercanías, aprovechamos para iniciar nuestra colección de cuatromiles. El primero en caer es la bonanza Pirámide Vicent, de 4.215 m, le sigue el pequeñito cucurucho del Corno Nero, de 3.321, el Lúdwigshöhe, de 4.341, y los dos Parrot, de 4.340 y 4.436 m respectivamente, ambos unidos por una breve pero aérea arista de nieve. Todas las cumbres, de poco carácter, forman parte del ramillete de cimas que coronas las altas crestas del macizo del Monte Rosa. En el primer día de buen tiempo llegamos a la Punta Gnifetti, la tercera cumbre más alta de la montaña, de 4.559, en cuya misma cumbre se encuentra un macro-refugio de tres/cuatro plantas de altura, llamado Rifugio Osservatorio Regina Margherita. Un verdadero hotel que ostenta ser el refugio guardado a más altura de Europa, y cuya tarifa de precios está en concordancia con su elevado nivel. Nosotros apenas osamos escurrirnos en el interior, evitando casi el respirar, por temor a que hasta para esto cobren. Desde las afueras del refugio se contemplan dos de los mayores precipicios de los Alpes: Las himalayencas vertientes de Macugnaga y Valsesia.

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Para ascender a la cumbre más alta del macizo optamos por descender hacia Suiza y tomar el camino de la vía normal. En mi primer incursión alpina me mueve más el espíritu de coleccionista de cumbres por encima de la elección de la vía de escalada en si. No en vano me he iniciado a la alta montaña en el seno de un grupo que se dedica a coleccionar el mayor número posible de cumbres de tresmil metros en los Pirineos. El buscar cumbres de cuatromil metros en los Alpes se presenta, por tanto, en una consecuencia lógica de la citada dinámica. En las cercanías del Monte Rosa Hute (Refugio del Monte Rosa), realizamos un magnífico y gélido vivac sobre un bloque de dimensiones mayores al propio refugio. Estamos a apenas treinta minutos a pie del refugio guardado, pero la soledad es absoluta. El paisaje es tan extenso y magnífico que nos aturde al hacernos sentir una mezcla de admiración y infinito respeto. Somos tan ridículos en medio del mundo blanco de los glaciares de Gornergletscher y Grenzgletscher !!. Mil tonalidades rosadas y lilas pintan las paredes nortes del Breithorn y Lyskamm al anochecer. Nosotros estábamos acostumbrados a los anocheceres glaciares de los Pirineos invernales, pero el escenario que hoy ven nuestros ojos no tiene paragón con nada hasta ahora conocido por nosotros. En el horizonte, marcando la linea de poniente, la silueta heráldica, inconfundible, señorial de la que ha sabido ser la montaña por excelencia del planeta tierra: El Matterhorn.

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La ascensión a la cumbre principal del Monte Rosa, la Punta Dufor, por lo que se considera la vía normal, o sea, el glaciar del Monte Rosa (Monte Rosa Gletscher), no presenta ningún otro secreto que el notable desnivel que se debe salvar, un  total de 1.839 metros entre los 2.795 metros del refugio y los 4.634 metros la cumbre. Son numerosas las cordadas que ascienden por los suaves y agrietados campos glaciares de esta vía normal, pero son muchos los que renuncian al punto más alto al llegar a la antecima de 4.596 metros, conocida como la Grenzgipfel, y descubrir la dentada cresta que separa esta antecima nivosa y la verdadera cumbre principal. Las dificultades de la cresta no son destacables, pero si que se trata de un recorrido distraído donde la atención debe ser constante y que puede requerir una hora bien larga a la cordada que asciende y deshace el cordal para regresar. La gran mayoría de los montañeros dan media vuelta en la antecima, nosotros ni nos planteamos renunciar a la cumbre. El día es espléndido y sin haber estado en el punto más alto no se puede decir que has llegado a la cumbre. Es una realidad fuera de interpretaciones. O se llega o no se ha estado en la cumbre. El Aneto no está ascendido sin sortear el paso de Mahoma, la Cumbre Sur del Everest no es el punto culminante de la tierra.

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Al volver de la cumbre aún tenemos fuerzas para recoger el vivac, pasar por delante del refugio sin ni siquiera pararnos, atravesar la planicie del Glaciar de Gorner y ascender la ladera sur del Gornergrat hasta llegar a las orillas del pequeño lago de Reiffelsee. Un lugar incomparable para vivaquear en verdes pardos con la silueta del Matterhorn reflejándose en las aguas. La imagen que se tiene de tan emblemática montaña desde el lago de Reiffelsee es inmejorable. Se recortan, a lado y lado,  las aristas de Horli y Furggen, creando un diente triangular casi perfecto. Un verdadero colmillo gigante cuya belleza nubla toda la magnitud de las restantes montañas que lo rodean. La hora es tardía y un nuevo ocaso solar nos regala un espectáculo que observamos atónitos. Los turistas marcharon hace horas, los más holgazanes no perdieron el último tren de la cercana estación de Rotenboden, a apenas un centenar de metros del lago. Ahora toda la montaña vuelve a ser para nosotros, con toda su magnificencia y esplendor. En estos momentos en que el día huye y las tinieblas ganan gradualmente el terreno que la luz abandona, todo se tiñe de una tranquilidad ancestral e irreal. Por un momento tenemos la ilusión de ser los únicos seres que cuyos ojos contemplan tanta hermosura. Observamos en silencio, sin movernos, cualquier sonido, cualquier gesto, rompería tan preciado equilibrio.

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Al día siguiente bajamos a Zermatt y caemos en las fauces del vil capitalismo al servicio del turismo puro y duro. Nuestra economía queda menguada a tres tajadas, por un bocadillo, por alguna cerveza de mas y por tres bolas de helado. Zermatt es una población asquerosamente maravillosa, todo está tan ideado para ser idílico que entran ganas de vomitar. No hay coches, tan solo unos carritos arrastrados por caballos. Detrás de estos carritos anda una silenciosa legión de “limpiamierdas” que pasan desapercibidos entre las hordas de turistas. Cuando una caballo de tiro se caga en medio de la calle, ningún turista llega a pisar la defecación, puesto que el presto limpiamierdas es más veloz que el despistado y feliz turista. La mayoría de limpiamierdas son emigrantes turcos y españoles. Un día basta para pasar de ser pobres a ser muy pobres. Caminamos asqueados intentando superar el schok que nos a producido el contraste entre tantos días de soledad en las alturas y el hormigueo de gente de Zermatt. En un momento preciso nos sorprenden unos turistas españoles que se alegran de encontrar “compatriotas” en estos lares. Cuando ven nuestro atuendo montañero, mochila, piolets, etc … nos preguntan de donde venimos ya donde vamos. Al comentarles que nuestro proyecto es el Matterhorn, nos preguntan sobre la posibilidad de subir a la cumbre en telesférico. Por educación o por cobardía prefiero no ser grosero, pero me gustaría recomendarle que el dinero que pretende invertir en el billete se lo gaste en una pala recoge-mierda y se largue a buscar su cena.

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El tiempo cambia y no podemos permanecer más días en Suiza. Aquí no se puede vagabundear, está prohibido. Si te pillan durmiendo o cocinando en la calle eres arrestado directamente. En Suiza no se acostumbran a ver muchos policías, pero en un país tan diabólicamente civilizado como este, cada habitante es un poco policía, todos vigilan a todos. Una angustiosa sensación de control invade cada rincón del país, tan solo más arriba de los altos prados, cuando la montaña se convierte en un territorio hostil y desapacible, desaparece esta opresión generalizada. En este país tan idílico solo se puede sobrevivir de dos maneras, la primera es siendo suizo, y la segunda es gastando.

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Tenemos que huir. No nos queda más remedio. Dejamos atrás la idea de la travesía de Zermatt a Cervinia pasando por la propia cumbre del Matterhorn. Los nubes desconsoladas no nos dejan ver la silueta de la emblemática montaña, pero cualquier rincón del valle de Mattertal nos recuerda donde estamos. El dibujo y la silueta de la montaña es omnipresente: En las postales, en el queso, en el chocolate, en el café, en el lavabo …

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Traspasamos la frontera tomando una combinación de trenes y autobuses que nos transportan en un solo día de Zermatt a Aosta. En la capital de la región italiana por fin podemos sentirnos a gusto. Los alojamientos de la cuidad está completamente llenos. No hay ni una cama libre, (a precio módico, se entiende), pero en la oficina de turismo nos brindan la solución. pedir ayuda al párroco. Y gracias a Dios (nunca mejor dicho) encontramos al párroco que no duda en darnos las llaves de la nueva parroquia donde estamos a nuestras anchas. Llevamos casi tres días sin comer. El día de la cumbre (por aquello de que cuando se camina se come poco y nos apetecía demasiado la dieta repetitiva de la última semana a base de galletas, sopas y longaniza), el día en Zermatt (por aquello de que estábamos más preocupados por no gastar que por comer) y el  día del viaje (por aquello que si queríamos guardar dinero es preferible salir de Suiza sin respirar). Pero en Aosta nos tomamos la merecida revancha. A las seis de la tarde estamos esperando que nos abran una pizzería. Nos tomamos una ensalada, un plato de espaguetis, una filete de carne de dos palmos y una pizza inmensa cada uno, todo ello acompañado de más de dos litros de cerveza por barba. Somos los últimos en salir del restaurante, nos hemos pasado cuatro horas comiendo. Caminamos tambaleándonos por las calles de Aosta, borrachos y a punto de reventar.

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La última fase de nuestro programa de coleccionar cumbres tiene el Mont Blanc como protagonista. Con sus 4.847 metros es la cumbre más alta de los Alpes y, durante muchos años, se ha considerado la cumbre más alta de Europa. Nosotros, fieles a nuestras ganas de subir y bajar desde los pies de la montaña, ideamos una rápida ascensión que debe efectuarse en tres jornadas. las primera de Courmayer al refugio Torino. La segunda desde el refugio Torino queremos ir al Col du Midi, hacer la travesía de las cumbres y dormir en el Vallot, un refugio libre a 4.362 metros de altura. El tercer día debe servir para bajar y bajar, perder metros hasta llegar a la prodigiosa población francesa de Chamonix. Llevamos comida para tres días, no tenemos más alimentos y tampoco tenemos dinero para comprarlos. El primer día resulta ser una agonía. De la población de Courmayer al refugio nos separan más de 2.000 metros de desnivel. La pendiente es constante y todo el camino transcurre todo el rato bajo los cables del telesférico que conecta ambos puntos, (la población y el refugio) en un cómodo trayecto de poco menos de treinta minutos de duración. A partir de la estación intermedia del telesférico el camino se va diluyendo hasta desaparecer en un caos de pedregales de moderada inclinación. Los últimos metros antes de llegar al refugio discurren por terreno inestable y un tanto escabroso. Toda una agonía si se tiene en cuenta que la multitud de turistas que pasan por encima de tu cabeza, asomándose por las ventanillas de la cabina del telesférico, aprovechan para silbarte, saludarte y hasta para reírse. Llegamos al refugio en medio de nubes grises que desprenden aguanieve. En este momento caemos en que ninguno de los dos había pensado en informarse sobre la previsión de tiempo para estos tres días. Cuando llegamos al refugio nos confirman lo que temíamos. hasta el miércoles no volverá a hacer buen tiempo, y será un espacio reducido de medio día. Estamos a domingo. Al sacar nuestra rancia bolsa de comida de la mochila nos preguntamos como coño nos llenaremos el estómago hasta el jueves por la noche, día en que — si todo va bien — llegaremos a Chamonix. Por suerte el cocinero del refugio es catalán, de Montcada i Reixac en concreto, y nos pasa algo de comida. También hay un grupo de italianos se apiada de nosotros y nos da de comer un par de días. El resto de las comidas nos las apañamos cogiendo alguna sobra de los platos usados y haciendo desaparecer algún mendrugo de la mesa del vecino. Si tenemos que robar a alguien siempre comprobamos previamente que sea suizo o alemán, así no hay lugar al posible cargo de consciencia. Por supuesto también metemos mano a nuestras reservas de comida. Cuatro días más tarde, o sea, el día que nos volvemos a poner en marcha para continuar la travesía, solo tenemos una bolsa de papillas de ocho cereales. El cocinero catalán se apiada una vez más de nosotros y nos deja desayunar de gratis a escondidas de sus jefes, luego nos da dos trozos de pan y dos tarrinas de mermelada. Un ración será para comer y otra para cenar.

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La travesía del glaciar de Tacul la realizamos durante la noche. Seguimos la romería de lucecillas que se extienden hacia el Col du Midi y que pertenecen a los montañeros que han salido antes que nosotros y han ido trazando al huella entre las grietas azules del glaciar. En las pendientes del Tacul la linea del horizonte se empieza de definir con tonalidades violetas para dar paso al inicio de un nuevo día. Hasta esta primera cumbre nos acompaña un montañero catalán, llamado Albert, que resulta ser un amigo del cocinero. Está bastante nervioso e intranquilo bajo los seracs de la vertiente este del Tacul, (lugar por el que discurre el marcado camino de la vía normal de la cumbre), no en balde tiene bien reciente el accidente que observó de cerca una semana antes, cuando uno de los seracs se desprendió y un inmenso bloque hizo trizas a un italiano que iba encordado con otros dos.

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La mancha de sangre tenía más de quince metros — no deja de comentar el improvisado compañero — Ahora como lleva tres días nevando no queda ni rastro del accidente.

Nosotros no nos dejamos impresionar, en nuestro interín nos reímos de la cara paranoica del pobre chaval. Miramos desafiantes a los seracs que cuelgan por encima nuestro, como si nuestra soberbia mirada pudiese influenciarlos.

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En la cumbre del Tacul nos despedimos de Albert, el cual está aún tan desconcertado ante la perspectiva de tener que volver que pasar bajos los seracs y esta vez solo, que no se percata de que nos zampamos toda su comida. Francisco y yo continuamos nuestra ruta hacia el Mont Maudit, dejando de banda el camino que bordea la montaña y que evita la cumbre. El citado camino es el que trazan la gran mayoría de montañeros que suben al Mont Blanc por esta ruta, que prefieren ahorrar energías y tiempo para llegar a la cumbre principal, ignorando la cercana cúspide del Maudit. Pero en nuestro ánimo está llegar al punto culminante del mayor número de cumbres posibles, y en el ánimo de la montaña está el dar la bienvenida al cambio de tiempo previsto para el mediodía, que hace su aparición con la hora exacta en que se anunciaba la llegada del mal tiempo: a la hora del ángelus. Al bajar de la cumbre nos perdemos en medio de la nevada, bajamos rectos hacia el camino pero la pendiente escarpada nos aconseja rappelar. Solo llevamos una cuerda de 50 metros, por lo que los descensos de reducen a trayectos de 25 metros. Hacemos un par de ráppeles pero el tercero no llega al camino. Las cuerdas quedan colgado por encima de la rimaya y más abajo de nuestro enclave no aflora ninguna piedra que pueda servir como punto donde anclar un rappel más bajo. Pedimos ayuda al numeroso grupo de gente que han iniciado la marcha de descenso ante el cambio brusco de tiempo. Las diferentes cordadas nos oyen, nos miran pero automáticamente continúan su camino. Nos miramos sorprendidos. Aquí nadie te hace ni caso si tienes un apuro. Francisco se enfurece, se ata al extremo de la cuerda y me dice que le baje rápidamente. Al llegar al camino literalmente atraca a la próxima cordada y les obliga a desencordarse. El grupo va capitaneado por un guía, que se muestra furioso ante la actitud de mi compañero. Cuando están a punto de llegar a las manos el guía local cede terreno y, entre insultos y reproches, nos deja una cuerda para que yo pueda descender en doble, siempre y cuando deje el nudo lo más bajo posible. Es entonces cuando puedo rappelar con la peligrosa maniobra intermedia de sacar y volver a meter las cuerdas por el rapelador para poder salvar el nudo. Cuando llego al camino el guía francés aún continúa con su letanía de reproches. Luego nos alienta para que bajemos.

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– Ten tu puta cuerda, capullo de mierda. – Le respondo al devolvérsela.

Nosotros continuamos hacia arriba, camino a la cumbre del Mont Blanc. Una apertura transitoria nos permite ver a una única cordada que ha sido tan obstinada como nosotros. Todos los restantes montañeros, tan abundantes pocas horas antes, han desaparecido por completo. Poco más tarde los jirones de niebla vuelven a tragarse a la cordada que nos precede y que ya ha superado el Collado de la Brenva para encaminarse hacia la cúpula final del Mont Blanc. Las huellas del camino se borran por momentos al intensificarse la nevada. En cuestión de un breve lapsus de tiempo la situación ha cambiado radicalmente. Pocas horas antes no éramos más que dos puntos indeterminado en una romería de diminutas hormiguitas. Ahora somos dos jóvenes locos y entusiastas perdidos en medio de una paisaje polar e inhóspito. La tormenta, lejos de intimidarnos, aún nos hace sentirnos más fuertes e invulnerables. Antes de llegar a la cumbre alcanzamos a la cordada que habíamos divisado entre la niebla y que resultan ser dos montañeros de Chequia. Los cuatro juntos llegamos a la cumbre. En realidad cuesta saber si era el punto culminante, pero en un momento determinado el terreno de vuelve horizontal y por mucho que busquemos no podemos subir más. Una bola de nieve envuelta de una cinta con los colores de la bandera italiana nos simboliza de este punto debe ser el más alto. Estamos en la cumbre más alta de los Alpes y no alcanzamos a ver más allá de dos metros de distancia. El cansancio, lo tardío de la hora y la intensa nevada no nos dejan disfrutar del momento. Nos hacemos la foto de rigor y nos apresuramos en marchar. Durante el ascenso el sentimiento de lucha y el esfuerzo por alcanzar la cumbre habían dejado en un segundo plano la precariedad de nuestra situación. Ahora que la cumbre queda atrás y el cielo se oscurece paulatinamente, la angustiosa sensación de tener estar perdidos por estos parajes nos empieza a crear un nudo en el estómago. El sol debe estar bajo. La creciente penumbra nos obliga a quitarnos las gafas de tormenta para poder seguir viendo. La luz de los frontales se pierde a poco más de un metros de distancia, absorbida por la intensidad de la nevada. Los párpados se me empiezan a congelar y cada vez tengo más dificultades para poder mantener los ojos abiertos. De la barbilla, de la ropa y de las mochilas nos cuelgan trozos de nieve encarcarada. Al principio reconozco el tramo de arista afilado y característico cercano a la cumbre, tramo que recuerdo de numerosas fotos. Poco mas tarde, bajamos sin llegar a controlar cual es nuestra posición y si nuestra orientación es correcta. Hace tiempo que no sabemos si seguimos por el lomo de la montaña o si hemos empezado a bajar, erróneamente, hacia el Gran Plateau del glaciar de Grands Mulets. En el primer de los casos deberíamos haber llegado ya al refugio Vallot. En el segundo de los casos pronto estaremos perdidos en medio del caos de grietas del Glaciar y nos veremos obligados a pasar la noche a la intemperie y en medio de la nevada a poco más de 4.300 metros de altitud. Con las últimas sombras que preceden la noche cerrada y cuando todos damos por seguro que estamos por debajo del refugio, un efímero claro entre los jirones de nubes nos deja ver una silueta oscura y cuadrada. ¿ Será una piedra ?. Por fortuna nuestra la superficie de la fantasmagórica aparición es metálica. Damos saltos de alegría: Es el refugio Vallot !!! Dentro el termómetros marca – 15 * C. Una verdadera nevera, pero dadas las circunstancias, vaya nevera más apacible !!!. Somos los únicos huéspedes del refugio. El interior está lleno de basura. Estamos agotados, pero antes de meternos en los sacos nos acercamos a los checos y, con ojos hambrientos, les pedimos comida. Nos responden que no les queda nada de comer, solo tienen gas y bolsas de te.  Nosotros buscamos en el fondo de la mochila el último mendrugo de pan y media tarrita de mermelada. Lo compartimos por los europeos del este como buenos camaradas, tal como mandan los cánones de su pueblo. Todo sea por un sorbo de te !!!. Poco más tarde me sumerjo en la mágica crisálida de plumas del saco de dormir. Fuera del refugio la tormenta ruge con violencia, el viento parece querer arrancar las paredes de hojalata. Por primera vez soy plenamente consciente del peligro mortal que puede representar pasar una noche como esta a la intemperie. Estoy demasiado cansado para recapacitar sobre la suerte que hemos tenido. Simplemente me duermo.

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Al día siguiente algún retazo de cielo azul deja entreverse entre las nubes de algodón que parecen estar suspendidas en la propia cumbre del Mont Blanc. Descendemos abriendo una inmensa zanja en la nieve recién caída de la tormenta nocturna. Habrá caído más de un metro y nos hundimos por encima de las rodillas. Una vez más somos conscientes de la inmensa suerte que tuvimos de localizar el Refugio Vallot como antes de que anocheciera por completo. Bendita lata de conservas !!. Poco más abajo coincidimos con las cordadas que de madrugada han partido desde el refugio de Goûter, a 3.817 metros. Llegamos al mismo y descendemos la siempre expuesta Arête de Goûter hacia el refugio de Tête Rousse. El citado descenso, más que una arista propiamente dicha como sugiere su nombre, resulta ser una vertiente abierta de fuerte inclinación donde la escalada no es necesaria para descender pero lo abrupto del terreno tampoco permite una caída. En ciertos lugares existen  cables anclados que pueden ser utilizados de anclaje o pasamanos. Uno de los peligros del descenso del Goûter son las caídas de piedras, sobretodo en días como el que nos ocupa durante nuestro descensor, en los que se conbina la nive recien caída, el hielo nocturno y el ascenso vertiginoso de temperatura al mediodía. Por suerte no tuvimos ningún percance. Pero dado el gran número de montañeros que ascienden y descienden por este lugar a lo largo de la temporada estival, la vertiente este de la Aguja o Arête de Goûter, está considerado el punto negro de la vía normal del Mont Blanc, donde año tras año se repiten accidentes, algunos de ellos con desenlace fatal.

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Al llegar a las proximidades del refugio de la Tête Rousse encontramos surgencias de agua procedentes del glaciar. Agua fresca que no hace falta derretir a base de hornillo!. El hambre es atroz, y cuando aprieta es mala consejera. Poco me importa la multitud de turistas curiosos que se han acercado al lugar gracias a la comodidad del cercano tren cremallera. Pongo agua a calentar y me cocino unas papillas con 8 cereales y miel, único alimento del que aún disponemos. Las engullo con devoción, como un poseso, y no puedo evitar que parte del contenido del pote y la cuchara vallan a parar fuera de la boca. Francisco siente vergüenza ajena y prefiere alejarse para no los sorprendidos turistas no nos relacionen. Yo, con cierto orgullo animal, observo de refilón a aquellos que me observan. Siento la llamada interior del hombre primitivo.

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Poco más tarde continuamos la marcha hacia el lejano valle, bajar y bajar metros, dejando atrás glaciares, pedregales, pardos y bosques, para llegar al duro asfalto en las proximidades de LesHouches. Llueve y nadie nos acoge cuando hacemos autostop, lo que no es de extrañar dado nuestro aspecto. Llegamos a Chamonix calados hasta los huesos y buscando desesperados el lugar donde comer el bocadillo al precio más económico posible. Con cuentagotas gastamos las últimas monedas para tomar el autobús que atraviesa el túnel de Mont Blanc y nos devuelve a la población italiana de Courmayer, nuestro punto de partida de una semana antes. Tan pronto como llegamos abandonamos el centro de la población e improvisamos un vivac en las afueras. Al día siguiente tan solo tenemos liras para compra plan sardo. Una especie de torta insípida, plana y dura que nos permite masticar y tragar algo, aunque sea irrisorio y apenas ahuyente el hambre que nos persigue durante días. Al llegar a Turín, en el intercambio de autobuses, nos anuncian que el convoy del día ya esta lleno y nos tendremos que esperar al día siguiente. La situación pinta bastos. Sucios, cargados, hambrientos, sin dinero y en medio de una gran ciudad en pleno mes de Agosto! ¿Como nos las arreglaremos para pasar 24 horas? Por suerte el empleado de la taquilla estaba equivocado y aún habian libres dos únicos asientos. Respiramos tranquilos. Antes de salir de Italia paramos en un área de servicio. La totalidad de los pasajeros aprovecha para cenar y nosotros nos quedamos con los ojos abiertos como platos ante el escaparate de platos preparados. Por suerte, cuando ya estábamos ingeniando la táctica a seguir para robar algo de comida, el conductor del autobús se apiada de nosotros y nos invita. En aquel momento me sentía como una harapiento agradecido por la limosna de que se sabe más afortunado. Me prometí que en un futuro no estiraría tanto la cuerda con las limitaciones económicas, y si estas privaban la alternativa estaba clara: No pisar Suiza.

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No obstante si las limitaciones económicas podían ser importantes, nada puede evitar nuestra sensación de plenitud al volver a casa tras nuestro primer encuentro con los Alpes. Como diría el insigne Gaston Rébuffat en su epílogo del libro de las CIEN MEJORES ASCENSIONES DEL MACIZO DEL MONT BLANC, “Ha llegado el final del verano. Gracias a las montañas, eres rico de pronto.MONT BLANC PLUC

 

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SIERRA PELADA. UNA HISTORIA PIRENAICA

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a1Como tú

guijarro humilde, como tú.

Como tú,

que en días de tormenta,

como tú,

te hundes en la tierra, como tú,

y luego centelleas, como tú,

bajo los cascos,

bajos las ruedas,

como tú.

(Fragmento de la poesía “Como tú”, de León Felipe)

Cuando escalé la cascada “Ponte el neopreno” en la vertiente sur del cordal Forqueta – l’Aguillette (Túnel de Bielsa), me sorprendió la aparentemente cercana pared norte del Sierra Pelada. Sin presentar unas lineas de ascensión claras y evidentes, ésta vasta vertiente se me antojo compleja y solitaria. La nieve reciente y abundante cubría varios islotes rocosos, y la parte baja de la pared parecía mostrar pequeñas cascadas de hielo. Por contra el plateau de la base, que se debe atravesar de punta a punta para acceder a la vertiente, presentaba un terreno harto propicio a los aludes; no en vano toda la nieve de este pequeño valle se desprende periódicamente cada invierno, lo que justifica la existencia de un para-avalanchas en la carretera. (el mas cercano a la boca del túnel).

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Un mes y medio más tarde, aprovechando un largo periodo de tiempo anticiclónico, rescatamos de nuestra memoria el reciente proyecto. Con las primeras luces del alba abandonamos los reconfortantes sacos de dormir y encaminamos las fuertes pendientes de acceso al plateau. El Sol nos sorprende a pocos metros del pie de la pared y pronto huimos de él para entrar en la gélida sombra de la vertiente norte del Sierra Pelada.

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La pared en si tiene un forma cóncava, tal como si de una enorme bola de helado, partida por la mitad mediante una cucharada, se tratase. Dos vagos espolones delimitan los márgenes de la pared, que en la parte inferior es tumbada y en la parte superior es vertical, con secciones desplomadas. El zócalo está protegido por una barrera rocosa, decorada, en su parte central, por una bonita cascada. Justamente es aquí donde nace la vía.

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Los primeros metros fueron el buen agüero de una gran jornada, el hielo se presta a una escalada gratificante y segura gracias a la excelente calidad del mismo. Ay! el hielo pirenaico – pienso en mi interior – tan escaso y tan preciado. El manto de hielo, que parece haberse formado por la fusión de la nieve de los campos superiores, desaparece en la proximidad de los mismos; y en su lugar encontramos un tramo vertical de hierba helada y rocas sueltas. El compañero supera con lentitud la sección, verificando la resistencia de cada agarre y despuntando las herramientas en los islotes de hierba seca y congelada. No es una escalada difícil, pero si delicada. Al finalizar el largo y preparar la reunión una sincera advertencia:

Procura no tibar de la cuerda, y sobre todo, no te cuelgues.

– …

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Al reunirme con el compañero, en lo que pretende ser la segunda reunión, constato el porque de los temores: una reunión montada con los piolets anclados en una nieve polvorienta y un tornillo de hielo que tan solo ha entrado dos dedos sobre una escama de hielo que recubre una pequeña roca.

Bien – comento ante la evidencia – por aquí ya no rapelamos.

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La parte inferior de los campos intermedios muestran una nieve de mala calidad en la que nos hundíamos hasta las rodillas, a pesar de la moderada inclinación (50 *). No obstante, y a medida que nos acercamos a las secciones rocosas, estas están salpicadas de zonas de hielo aptas para la escalada mixta, mas glaciar que rocosa, cuya dificultad permite una escalada gratificante que requiere de nuestra concentración.

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A media pared montamos un relevo bajo un nicho. En frente la pared presenta un muro rocoso de unos cien metros de aspecto tétrico, completamente desnudo de nieve y hielo. Optamos por seguir enlazando los campos de nieve y hielo, lo que nos conduce a traspasar el poco marcado espoloncillo que delimita la vertiente norte, para entrar en la vertiente noreste. Los largos de vienen a continuación son una verdadera delicia: Poco a poco ganamos metros por un terreno que, sin ser excesivamente difícil, nunca deja de presentar una inclinación de 55* – 60* grados con secciones rocosas de III*/IV*. La amplitud de la vertiente, el vacío que crece bajo nuestros pies y la soberbia soledad de las montañas que nos rodean, son los ingredientes selectos de toda una escalada para “gourmets”. Al fondo, vigilándonos siempre desde lo alto, la barrera de Barrosa i Troumouse se recorta sobre un cielo diáfano.

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Una sincera alegría me invade el corazón; no en vano soy consciente que horas como aquellas se viven con cuentagotas y que la apertura de una vía de estas características es un goce para los sentidos, un sedante para nuestras atormentadas almas, demasiado atropelladas por el trasiego diario de la vida de ciudad.

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Al llegar a la cresta cimera la tarde ya esta avanzada y un espeso mar de amenazantes nubes invade las tierras de sur. Durante el breve descanso en la arista recuerdo fragmentos de lecturas sobre los pioneros del pirineismo; y en cada cumbre que observo me parece ver el espíritu de esta gente que ya son gigantes, que han burlado la muerte, puesto que mientras existan hombres para dar nombre a las montañas, las cumbres desprenderán el amor recibido de las que tanto las amaron. Ramond, Russell, Brulle, Tonellé, Latour, Estasen …

Una fugaz mirada hacia las empinadas pendientes heladas que horas antes hemos escalado hace que mi pensamiento aterrizase de nuevo en el momento actual.

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Así que acabamos de abrir una nueva vía en una pared inédita que aún escondía el Pirineo” – pienso para mis adentros – “Quizás, hoy en día, tan solo vivimos de la limosna, de las migajas de pan que sobraron del gran banquete de los verdaderos pioneros, o quizás no, quizás sea una búsqueda de los desconocido más pura, puesto que a su vez es más absurda e irracional.”

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Mi compañero me apresura para que me ponga en marcha, desintegrando la atmósfera de meditación en la que me he ocultado. La hora ya es tardía, y hasta el momento no nos hemos planteado por donde se encuentra la posible vía de descenso. A la sazón, la que esperábamos que fuese la suave pendiente sur, se muestra labrada de empinadas canales herbosas que no podemos abarcar en su totalidad con la vista y que presentan una preocupante zona intermedia que parece estar barrada. Tras un rápido estudio del terreno, empezamos a crestear hacia el oeste, en busca de lugares mas propicios para descender. Cuando ya anochece, mi compañero intenta persuadirme para que continuemos el descenso por las canales de hierba mojada de la vertiente sur; descenso que, según él, puede ser rápido; a pesar de que a mi más bien se me antoja vertiginoso. Por supuesto ignoro íntegramente la elocuente invitación y continuamos cresteando. A la vez que nos invade la oscuridad lo hace la niebla, procedente del espeso banco de nubes que avanza hacia el cordal y que ahora lo cubre. Al llegar a una especie de cumbre encontramos una pequeña plataforma, – un verdadero nido de águilas -, es evidente que, a pesar de que aún no lo hemos comentado previamente, el vivac se impone. Tan solo llevamos una linterna frontal, por aquello de minimizar peso y volumen, y la haz de la luz de pierde a poco más de dos metros al reflejarse en la niebla. Construimos un cairn en la cumbre, masticamos nieve y nos repartimos la cuerda en aros para simular una hipotética manta. Nos quedamos inmóviles aprovechando el calor que aún conservamos en el cuerpo e intentamos persuadir a la mente para que evite los registros de aquella sensación llamada frío. Miramos atontados el espeso mar de nubes que nos ha absorbido y durante un largo rato nos preguntamos cuando empezaran a caer espesos copos blancos sobre la cresta.

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La noche nos sorprende a más de 2.600 metros, en pleno mes de marzo y sin sacos. Justo en una pequeña repisa donde no cavemos estirados. Llevamos puestos los baudriers, por lo que nos atados, como precaución, a unos grandes bloques de granito. La mordedura del frío no tarda en hacerse notar. En los pies, en las manos, en el pecho, y sobretodo, en toda la parte del cuerpo que se apoya contra el suelo. Es curioso porque en estas situaciones uno entra en unos estados de soñolencia que deben ser el preludio del sueño verdadero, y sueles imaginarte hogueras que no calientan, platos de caldo humeantes que se presentan gélidos a los labios, inmensas mantas de lana que te cubren, que pesan, pero que no calientan … y todo ello se desvanece con el frío real que se ceba con el cuerpo y te despierta entre incontrolados temblores. Por suerte el tiempo mejora con el transcurso de las horas y antes del alba el cielo se despeja completamente, presentando una infinita cúpula de estrellas y una luna menguante, que convierte las nubes bajas en un plateado mar de algodón. — ¡ Que espectáculo tan soberbio e irreal ! –. Parece que podemos dar un gran salto para  ser amortiguado por la capa de brillantes nubes, y luego poder caminar por estos campos horizontales de algodón. El frío muerde con rabia, pero ¡que rabia tan inútil, tan estéril!. ¿Qué importa?, la magia del espectáculo que nos brinda la naturaleza llega mucho más hondo.

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Con las primeras luces emprendemos la escalada de la cresta. Los cuerpos quejosos del hambre, el frío y el insomnio. Los miembros encarcarados provocan que nuestros movimientos sean torpes y tan solo deseamos entrar en calor, evitar el mecánico castañeo de los dientes. ¡Sudar!. Cresta, cresta y más cresta. Una hora, dos horas, y que no vemos por donde bajar. En ningún lado encontramos ningún vestigio que nos permita reconocer que anteriormente ya se había transitado por estos lares. Ni fitas, ni cordinos, ni un trozo de tela o basura, ninguna instalación de rappel. Por contra abundan los bloques inestables sobre la cresta, alguno de los cuales hacemos caer estrepitosamente para evitar sorpresas. En un momento dado nuestras ganas de bajar nos traicionan, intentamos una vía de escape que pronto se muestra  más problemática que el trozo de cresta que nos queda por realizar. Volver a ascender para regresar al cordal se plantea como un duro golpe y un suspenso rotundo a nuestra intuición alpinística. Por fin llegamos a una brecha que nos permite descender, mediante un largo rappel, a las relucientes pendientes de nieve.

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Sol y calor. “Cuanto anhelábamos esta sensación horas antes durante en el interminable vivac, y en ahora nos achicharramos”. Al llegar a las pendientes nevadas aún nos espera una desagradable sorpresa: nieve profunda e inconsistente sobre una solida capa de nieve dura. “¡Mierda!. Eran las 11 de la mañana y parece que toda la pendiente se tenga que poner en movimiento en cualquier momento”.  En esos momentos la angustia te hace sentir vulnerable, y más cuando el cansancio pesa sobre el cuerpo y la mente. Sin ni siquiera perder tiempo para plegar las cuerdas del rappel descendemos en linea recta, no trazamos ningún flanqueo, no intercambiamos palabras, casi no respiramos. Arrastramos las largas cuerdas anudadas al baudrier. Rápido, corriendo, en busca del final de las placas avalanchosas, en busca del verde valle, en busca del ruidoso río, en busca del solitario coche, en busca de un más que merecido plato en la mesa, en busca de una última mirada a la pared norte de la Sierra Pelada; que allí se queda, imperturbable, ajena a los miedos y motivaciones de esos pequeños seres animados que se hacen llamar pirineístas.

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MARMOLEJO. EL SEISMIL MÁS AUSTRAL

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1.a (3)LADERA OESTE DEL VOLCÁN DE SAN JOSÉ. MONTAÑA DE 5.878 METROS. ¡Miles, millones, trillones de penitentes por todos lados!. Hasta más allá de donde llega la vista, se alinean estos terribles fantasmas helados. De noche se sucedían unos detrás de otros, como las olas de un oceano sin orillas. Más tarde la luz lechosa del amanecer nos evidenció lo que sospechábamos: nos hemos perdido completamente y hemos optado por el peor “camino”. De poco nos sirvieron las escuetas explicaciones del guía del grupo que bajaban tras intentar cumbre. Por mucho de que nos advirtió de que debíamos abandonar la arista en un punto determinado para ir a la búsqueda del “vallecito”, la profunda oscuridad de una noche sin luna y pocas estrellas y el miedo a extraviarnos por el glaciar sin cuerda ni piolet, nos ha llevado a este callejón sin salida.

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Miro con cierta angustia el sinfín de flechas heladas. Estáticos fantasmas sin alma, los dientes gigantes de todos los tiburones del mundo se han dado cita en esta maldita montaña. Un ejército imparable, medieval. 1945: Los rusos a las puertas de Berlin. Atila y los hunos llaman a Roma. El astio nos va haciendo mella. Al fondo, tras intermibles hileras de penitentes, aparecen las rocas salvadoras. La arista es un inmenso detritus donde todas las piedras parecen tener vida. Se mueven, bailan, pierden el equilibrio. Pero a nosotros se nos antoja un lugar maravilloso … ¡Por lo menos no tienen penitentes!.

1.a (4)

Horas antes, en medio de la más negra de las oscuridades, nos hemos visto trepando una pendiente de 45*-50* con el paupérrimo auxilio del bastón. El piolet se quedó en el refugio lo Valdes, por aquello de minimizar peso. Ya entonces nos deberíamos haber dado cuenta de nuestro error en el trayecto, pero en aquel momento se impuso la necesidad de seguir escalando sin perder pie. Destrepar el terreno inclinado y escamado por los penitentes, se nos antojó, como mínimo, una alternativa temeraria.

1.a (1)

El horario se ha ido al traste, y nuestra intención de subir este gigante en estilo “non-stop” se diluye lentamente, como las sombras incoloras del alba.

  • ¡Cinco horas y tan solo hemos ganado mil metros de desnivel! – se lamenta Jordi.

A pesar de todo comemos, bebemos y reemprendemos la marcha por la arista casi horizontal. Ganamos distancia, pero apenas metros de altura. Caminamos como almas en pena.

1.A (26)

Horas más tarde el cansancio nos puede. Jordi se resiente de una mala digestión. El pan de molde que comimos ayer por la tarde resultó estar caducado de más de quince días y la parte final de la bolsa estaba más verde que un saco de peras. Es evidente que lo hemos intentado, pero que ya no llegaremos mucho más lejos. Salimos ayer al mediodía de poco más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, nos pasamos la tarde hidratándonos y comiendo, y a la una de la madrugada, sin haber conseguido conciliar el sueño, nos hemos puesto en marcha para ganar rápidamente desnivel. La realidad ha sido bien diferente. Los malditos penitentes son los culpables. “Está bien, nos vamos, que le den morcillas a esta inmensa boñiga”. Casi rozamos los 5.000 metros, sumamos poco menos de 3.000 metros ascendido y 1.000 más no separan de la cumbre. Una cumbre que hoy no pisaremos.

1.a (7)

Media vuelta y de nuevo la agonía. Penitentes, penitentes y más penitentes. ¡Me complacería tanto destrozarlos a pioletazos! Pero el piolet continúa guardado a varios quilómetros de distancia y los infames penitentes están más duros que una piedra. “¿Por qué coño hoy el sol está medio oculto por una capa de nubes altas? … Podría haber salido con la misma fuerza que los días anteriores, y al menos derrumbaríamos al azar algunos de los incontables peones blancos que nos barran cada paso”. Las contemplaciones de poco sirven. Bajamos, lentos, atentos, con pasos asimétricos y equilibrios amorfos. “No se acaban nunca… Si, tranquilo, se acabarán… penitentes, penitentes,… Uff. Me encanta la nieve, pero… ¡cuanto odio a los penitentes ¡ … ¿Ves el final de la barrera? … No, tranquilo, ya llegará. Es cuestión de tiempo. Baja poco a poco, sin pensar en lo que hay más allá de los próximos veinte metros… Penitentes, penitentes, penitentes… llevo más de 30 horas despierto, cuando me duerma, seguro que soñaré con los penitentes”.

1.a (8)

LA MONTAÑA DE MARMOL, QUE ESTÁ MUY LEJOS. El trayecto que realizamos en vehículo para aproximarnos al valle del Estéreo Marmolejo, se antoja ridículamente corto en comparación a las dimensiones de la montaña. Las estribaciones del gigante quedan lejos, muy lejos. Antes de llegar al lugar en que nace la senda, sabiendo que en pocos segundos concluirá nuestro paseo motorizado, le comento a Andy, el guarda del refugio Lo Valdés:

  • Andy, ¿no hay manera de que esta bestia con cuatro ruedas nos lleve más arriba?

1.A (29)

Andy estaciona el 4 x 4 en el lugar de nacimiento de la polvorienta senda, y tras bajar del coche, me da una palmadita en las piernas y me responde con su típico acento inglés.

  • A partir de este momento, el único transporte que tienes son estas piernas.

Miro las mochilas atrasando unos absurdos segundos el inicio del suplicio.

  • Si, mis alambres fibrosos… digo para mis adentros… ha llegado la hora.

1.a (9)

Paso a paso iniciamos la larga marcha. Hemos rehecho una y otra vez las mochilas, cada vez hemos intentado sacar algo prescindible, hasta que hemos considerado que ya no había nada más que considerásemos innecesario. A pesar de ello el peso se hace notar. Un viejo truco hace que el volumen no se excesivo: llevamos mochilas de 50 a 55 litros. Limitándonos el espacio evitamos cargarnos en exceso.

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Al poco rato llegamos a los inmensos planos de la engorda de San José. Los vulcanólogos sostienen que, hace millones de años, esta inmensidad era un cráter desproporcional, una inmensa caldera. Dos ríos la surcan, obligándonos  a sumergirnos en las frías aguas hasta un poco más arriba de las rodillas. Los ríos, ahora en primavera, deben vadearse por la mañana. Tras las horas de calor del mediodía el incremento del deshielo los convierte en potencialmente peligrosos.

1.a (18)

A partir de los 2.600 metros empezamos a pisar nieve. Ya no abandonaremos el paisaje glaciar hasta estar por encima de los 5.400 metros. Incongruencias de los Andes. El viento de las alturas es el culpable.

1.a (6)

Larga marcha. Caminamos sobre el lecho nevado del río. El agua ruge a intervalos, audible a nuestros oídos, invisible bajo nuestros pies. La caminata transcurre con la consciencia de que debemos dosificar fuerzas. A ratos paramos para deshacer nieve, descansar, hidratarnos y tomar un tentempié. Hoy solo es el primer día de los que utilizaremos para ascender esta gran montaña en estilo alpino. Primera noche en el que acostumbra a ser el campo base estival, a 3.400 metros. En lo alto del circo coronado por las anaranjadas paredes que salieron del anonimato gracias a la espectacular cascada de la Senda Real, abierta dos años antes, y que desapareció la temporada siguiente a ser escalada y divulgada. En verano las mulas llegan a estos parajes y no es de extrañar que coincidan varios grupos expedicionarios. Ahora la realidad es muy diferente. Hasta allá donde llega la vista todo está cubierto de nieve y la soledad es tan absoluta que hasta el viento parece estar ausente. Ya casi es penumbra absoluta pero la nieve parece retener una tenue iluminación azulada. Magna soledad, sola magnitud.

1.a (12)

Segundo día de marcha. La jornada considerada como más dura, a excepción del día de cumbre. Debemos subir a la arista por una interminable pala de nieve que en la parte alta llega a tener 45º grados de inclinación. Es el único sector un tanto inclinado de toda la ascensión al Marmolejo, una cumbre lejana, dura, áspera, pero técnicamente fácil. En la parte final de la pala, el cansancio, la monotonía, el peso de la mochila y los penitentes se mezclan en una especie de coctel desagradable e impropio. Por fin llegamos a la arista y pronto encontramos los rellanos donde se suele instalar el segundo campamento. Una vez montada la tienda, y tras la fugaz cena, nos deleitamos con una puesta de sol bíblica. Estamos a 4.200 metros y nuestro mirador excepcional hace que nos sepamos grandes privilegiados en un mundo de pocos. Los alpinistas no volamos, pero quizás nuestro caminar por las altas montañas y nuestro danzar por las paredes, es lo que más se parezca a la libertad del vuelo; dentro de la loca idiosincrasia de actividades del género humano. Nos fundimos en el calor de los sacos de plumas, tras la frágil crisálida de la tienda la noche es glaciar. Por suerte el tiempo sigue siendo excelente y el viento, eterno enemigo de los andinistas desafortunados, continúa brillando por su ausencia.

1.a (13)

Tercer día de tránsito. Jornada en que nos reconforta encontrarnos en buena forma. Seguimos subiendo y aclimatando, tras la noche a más de cuatro mil metros, hoy pernoctaremos a los 5.000. Llegamos al solitario campamento tres con varías consignas secretas que nos rondan por la cabeza: Por fin se acabó el subir cargados, mañana es el día de cumbre, hemos dosificado de manera inteligente el esfuerzo de hoy. Nos hidratamos y comemos, y volvemos a hidratarnos. El emplazamiento donde pernoctaremos es indescriptiblemente salvaje. El hombre tan solo puede sentirse minúsculo, insignificante, una mota de polvo ante tanta infinidad. Más allá de donde la vista alcanza, todo son oleajes de grandes montañas. Al fondo hasta se divisa el Aconcagua y su pared sur. La reconozco porque hace casi veinte años estuve a los pies del colosal precipicio. La puesta de sol empieza siendo gótica y acaba con acordes épicos. Me concentro para que mis retinas retengan lo efímero. Las imágenes, las tonalidades, los colores, las formas, cambian a una velocidad lenta pero constante, como la vertiginosa caída de la temperatura en este crepúsculo imposible de olvidar. Me siento feliz de estar en este lugar remoto y solitario, de poder compartir estos momentos con un viejo y gran amigo, de haber llegado aquí tan ligeros de equipaje, sin dar un paso atrás. Convencidos y conscientes de lo que queremos. “Lo importante no es lo que asciendes, sino de cómo lo asciendes” No se ha cansado Jordi de repetir una y otra vez al planear que tipo de ascensión queríamos realizar y que estamos realizando.

1.a (14)

Cuarto día. Jornada de cumbre. Salimos antes de que el sol despunte, caminando entumecidos y adormecidos en las horas más frías. Hoy el viento, sin ser fuerte, si que nos honra con su desagradable visita. Este es su reino y somos nosotros los intrusos. Un gran plaetau de nieve, conocido como el glaciar del Marmolejo, da paso a unas palas de poca inclinación que se internan en el cono pedregoso que sostiene la cumbre. Por suerte, la abundante nieve, oculta las grietas del glaciar hasta el punto en que no consideramos insensato dejar los baudriers y el cordino en la tienda. Debemos ir ligeros, tenemos mil metros de desnivel por delante y hoy, con toda evidencia, se notará nuestra falta de aclimatación. Dicho y hecho. Horas más tarde caminamos pesados, extenuados, respirando en exceso, notando el loco bombeo del corazón. Los dos conocemos esta sensación por haberla experimentado previamente. Es el precio de subir más allá de los cinco mil metros sin haber aclimatado previamente. Los últimos metros, como no podía ser de otra manera, se hacen interminables, una verdadera prueba de cabezonería. Me viene a la memoria el dicho de la familia del famoso explorador polar de la década del 1910 Shackleton, “Venceremos gracias a la resistencia”. Pocos metros antes de ascender el último bastión de la cumbre nos ponemos a reír como descosidos. Hace dos días éramos dos montañeros vigorosos y meticulosos, dosificando esfuerzos y procurándose una excelente hidratación. Ahora parecemos dos abuelos del inserso a los que se les ha escapado el autobús y tan solo les queda el remedio de continuar caminando, a duras penas, para regresa a sus hogares. Al fin, seis horas más tardes de haber abandonado el confort de la diminuta tienda, pisamos la cumbre, envueltos de un viento desagradable que nos urge a abandonar prestos el tan anhelado punto álgido del Marmolejo. 6.110 metros sobre el nivel del mar. Fotos de rigor y la carrera hacia abajo. Bajar, bajar y bajar, la mejor panacea contra el aturdimiento de la falta de aclimatación. Bajar en busca de oxigeno, bajar en busca de nuestra burbuja – hogar, un punto amarillo en medio de un planeta inhóspito. Bajar para saborear mejor la dulce miel de la victoria. . “Lo importante no es lo que asciendes, sino de cómo lo asciendes”. Esta elegante ascensión, a pesar de tratarse de un terreno fácil, representa, para nosotros, abrir una puerta a futuras perspectivas. Montañas remotas y altas, en equipo de dos, ascendiendo del tirón, sin perder altura. Una bonita historia en la cual son muchas las variantes que intervienen, siendo una de ellas la principal, la que pesa más que las restantes en la balanza: la ilusión.

1.a (15)

Tarde de nieve y cansancio. Mi compañero se ocupa de las tareas de fundir nieve y cocinar, nuestras yo intento recuperar las fuerzas que parecen haberse agotado. Nos recogemos en nuestro micro cosmos, nuestra magnifica cúpula amarilla. Fuera el viento aúlla y azota las paredes de la tienda, echándonos ráfagas de nieve que estallan contra la tela. Cuando el declive de la tarde llega a su fin, nos acurrucamos en los respectivos sacos, sabiendo que el mal tiempo no durará y que, una vez pisada la cumbre, ya no es tan malo. Hasta se nos antoja como un ingrediente más que da “ambiente” a nuestra rápida ascensión. Por la mañana el paisaje está transformado bajo la capa de nieve reciente. El cielo es de un azul intenso. Continuamos el descenso, hoy bajaremos de los 5.000 a los 2.500 metros. Ya no dormiremos sobre nieve ni a varios grados bajo cero. Durante el descenso coincidimos con otros grupos que están ascendiendo. Dos de ellos empezaron el mismo día que nosotros a la misma hora, de hecho compartimos el transporte hasta el principio del camino del valle. Disfrutamos del trabajo bien hecho, de la recompensa al esfuerzo, de una cosa bien rara para ambos como cordada: es una de esas pocas veces que todo ha salido de pedir de boca. Y a pedir de boca estarán mañana los filetes que nos tomaremos en el refugio lo Valdés. A sido tan buena la marcha de descenso, que si hubiésemos queridos podríamos haber llegado al  lejano lo Valdés, pero seguramente los vadeos del rio sean impracticables y, cosa inhabitual, hoy no tenemos ninguna prisa por volver. Acampamos en el linde de la nieve. Nos deleitamos caminado por encima de los diminutos arenales de sedimento y prendemos una hoguera por el puro gusto de deleitarnos viendo el fuego. A punto de anochecer, deambulando por las afueras de la tienda, asciendo a una piedra y aúllo a la luna plena: “Andy” – grito – “prepara la cerveza y la carne, que llegaremos hambrientos”. Venimos del mundo del lobo estepario, aquel situado al otro lado de la puerta donde puede leerse la inscripción “solo para locos”.

1.a (16)

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VALLE DE RIPERA. LA MORADA DE LAS SOMBRAS

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Forato (4)No abandones tu dama, no dejes que esté quieta,

siempre requieren uso mujer, molino y huerta;

no quieren en su casa pasar días de fiesta,

no quieren el olvido, cosa probada y cierta.

(Fragmento de la poesía “Consejos para un galán” del Arcipreste de Hita)

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En verano de 1.998,  motivados por el gran amigo y escalador Antonio García Picazo, nos embarcamos a acompañarle en una apertura al más puro estilo de su maestría: Lugar remoto, muchos metros de vía, compromiso, elegancia y exploración. El escenario escogido fue la Peña Forato Os Diaplos. Una gran mole calcárea, de aspecto imponente y tétrico, que esconde el Valle de Tena. En si se trata de los mayores precipicios del Pirineo situados al sur de la divisoria de las aguas. Un lugar olvidado y salvaje. Un escenario que se aleja de los cánones actuales de la escalada de consumo.

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Aquel mismo verano, durante la primera incursión, trazamos la vía más directa de la pared, que recibió el nombre de “Neus-Pako-Picazo”. Con sus más de mil metros de recorrido, a punto estuvimos de acabarla en el día. El terció final se mostró vertical, desmenuzado y difícil. Se trata de una gran cicatriz característica, — bien visible desde la base –, donde Antonio mostró sus cualidades imprimiendo a la cordada una velocidad y constancia galopantes. Cerca de la cumbre, y en medio de un detritus fantasmagórico instalamos el vivac. La montaña de la Forato recibe su nombre a sazón de una curiosa cueva de enormes proporciones que parece una boca negra, y que es conocida, desde tiempos ancestrales, como la boca del diablo “Forato Os Diaplos”. la terraza de vivac era el sitio más feo y lúgubre que los tres habíamos llegado a ver en el Pirineo. No en vano llegamos a la conclusión que, si Lucifer tuviese un “xalet” de veraneo en la cordillera, aquél era el emplazamiento perfecto. Al amanecer una mata de flores resecas se dibujó entre las primeras luces del alba. El viento frío movía el ramillete funesto, y nosotros, entre risas, recriminábamos al diablo el que fuese tan poco cuidadoso con su jardín.

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Al bajar de abrir la vía en la pared norte, observábamos, con disimulado desinterés, el esbelto espolón norte de la cumbre situada a la izquierda de la mastodóntica mole de la Peña. Comentarios dispersos, intercalados con recuerdos de la reciente ascensión, amortiguan el dulce caminar hacia el fondo del valle. El espolón, sin duda, promete ser otra vía de un millar de metros de recorrido, que se desprende de una enigmática cumbre, cuyo posible nombre no esta gravado en mapas y guías, y al que denominaremos el Tozal de Ripera. Cada vez que nos detenemos a escrutar los detalles de la inmensa pared planificamos su posible ascensión como un proyecto pendiente en perspectiva a realizarlo unos años más tarde…

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Conscientes de que nos engañábamos mutuamente, a duras penas esperamos la proximidad del verano siguiente para concretar que, entre las posible aperturas, el espolón norte del Tozal de Ripera sería el “Nuestro objetivo número uno” de la época estival. Así pues, aprovechando que disponemos de unos cuantos días a mediados de Julio, nos dirigimos a los pies de la montaña para vivaquear en la víspera de la ascensión.

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Al llegar a los verdes prados de Ripera los últimos rayos de sol, con una luz apagada y mortecina, alumbran algunos salientes de la parte alta de la muralla. Tras un año sin ver la pared se me antoja más tétrica y fúnebre de lo que quería recordar, hasta el punto que la creciente oscuridad del crepúsculo parecía resultar confortable y apropiada a la montaña. Ceno de espaldas a la omnipresente pared, esforzándome en arrinconar un temor casi infantil.

Al día siguiente, como siempre, las cosas se ven de otra manera. La preocupación, no obstante, viene ahora producida por un cielo poblado de grises nubes que, con su presencia, hacen que la mañana sea pesada, gris e incolora. Nos preguntamos mutuamente acerca del pronóstico del tiempo. El “¿Que crees?“, viene acompañado de un “No se … ¿y tu?“. La panacea es la de siempre. Conclusión: “escalamos un par de largos y si no lo vemos claro bajamos”. Justificación: “Ya que estamos aquí, aprovechamos“. Traducción: “Nos metemos y ya saldremos por donde se sea“.

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Nos adentramos en una fea canal pedregosa, verdadero embudo colector de las piedras que se puedan desprender de lo alto. Nos apresuramos en abandonar el lugar, ascendiendo los primeros metros hasta una curiosa poza. Esté tramo, que constituye el zócalo de la pared, lo superamos sin encordarnos, escalando con precaución un terreno fácil pero roto, atentos a evitar movimientos bruscos muy a pesar del peso de las mochilas. Aquí se inicia la escalada en sí, concluyendo la primera sección en la cúspide del zócalo, donde encontramos un agonizante helero de nieve ennegrecida y sucia al que denominamos “primer helero”. Justamente, a partir de este punto, la vía muestra su sección más vertical, que durante varios largos, discurre por una llamativa chimenea hasta la sección de los “techos negros”, límite de los vestigios de alguna tentativa anterior. Nos esforzamos en no perder tiempo, lo que convierte la escalada en un ejercicio tan absorbente que a duras penas salimos de nuestro asombro al oír el primer trueno. El cielo plomizo no tarda en desprender veloces gotas de agua. Nos protegemos bajo unos pequeños desplomes, cada uno dentro de su respectiva funda de vivac. Son las cuatro de la tarde, y al parar, la sensación de cansancio y gana se ve incrementada por la lluvia. La vacía niebla que amortigua y absorbe los matices de la pared.

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Al finalizar la tormenta, de apenas media hora de duración, empieza la siempre desagradable divagación entre subir o bajar: Yo tomo la postura cómoda de responder a las preguntas con nuevas interrogaciones y delegar, sutilmente, la decisión al compañero; al poco tiempo, quizás harto de jugar al “frontón dialéctico” se pone de pie y sentencia “Yo de aquí no me bajo“. Mira hacia arriba con firmeza y se vuelve a apretar el baudrier. Es tan contundente el tono de su voz que, de repente, tengo la absoluta certeza de que el cielo se abrirá sin mas y que, como tantas otras veces, tendremos como cómplices del vivac a las mil y una estrellas que adornan el firmamento.

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Lejos de cumplirse el optimista pronóstico, un par de horas mas tarde estamos acondicionando un desprotegido vivac en una exigua cornisa, en el margen de una repisa terrosa. En vano buscamos un lugar un poco cómodo, si más no resguardado. No hay nada. La pendiente es uniforme, las repisas estrechas y sobre nosotros se yergue un vertical tramo de pared anaranjada de más de cien metros homogéneos, sin cuevas, sin techos. El píe de la citada pared es el lugar más confortable que sabemos descubrir en el sector central de la pared. Al llegar la noche maldecimos el cambio de tiempo que nos había asaltado por la tarde. Si la situación atmosférica nos hubiese respetado, ahora estaríamos bajando a tientas de las alturas, con la vía en nuestro corazón; en cambio nos esforzamos en descubrir puntos de luz que nos adviertan de que la compacta capa de nubes se esta rompiendo con el frío de las noche. A veces creemos ver una estrella que desaparece lentamente, hasta que nos rendimos ante la evidencia de que aquello que nos obstinamos en observar ya ha desaparecido. A pesar de ello nos metemos en la funda de vivac, sabiendo que poca cosa más podemos hacer y que son las primeras horas de la noche las únicas relativamente reconfortantes cuando se duerme sin saco. Una rápida mirada al reloj; son las diez de la noche.

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Tan solo un par de horas más tarde Antonio me desvela de mi frágil sueño.

– Crestas, tenemos visita. …

Decenas de rayos y relámpagos invaden con sus haces de luz el cielo. No deja de ser curioso ver una tormenta eléctrica cuando estás dentro de las propias nubes, destellos arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, y luego el ensordecedor ruido de los truenos. Nos sentimos pobladores de las trincheras, frágiles soldados perdidos en medio de una dantesca batalla. Somos los únicos asistentes a una obra de teatro que se representa desde lo más remoto de los tiempos: Las nubes jugando a holocaustos nucleares. Ante la magnitud de la tormenta que se aproxima y quizás como respuesta ante el miedo, me siento espectador, ajeno a la realidad; ilusa percepción que se desintegra tan pronto como recibimos el impacto de primera tromba de agua. Ya entonces hemos abandonado nuestra postura estirada para sentarnos de cuclillas sobre la cuerda, evitando apoyar la espalda en la pared. La sorpresa es realmente desagradable al descubrir la casi nula protección que me otorga la funda de vivac. Rápidamente se empapan los diferentes jerseys que hasta el momento me habían mantenido caliente.

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“Mierda, me estoy empapando”. – grito al sentir como la ducha de agua gélida discurre por mi espalda.- “Yo aún no,… pero poco me falta” – responde mi compañero. Otra rápida ojeada al reloj, tan solo hace cinco minutos que llueve.

Minutos más tarde, y ante los repetitivos temblores causados por la bajada de temperatura del cuerpo, soy víctima de un repentino ataque de nervios y empiezo a quejarme de manera descontrolada.

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“Ostia, esto es inaguantable ” — “Mierda, mierda …” Las palabras me salen con un hilo de voz, preludio del llanto.

Antonio corta sin compasión mi letanía.

– Crestas, cállate. Quejándote no arreglas nada. Aguanta un poco.

Tristemente tiene razón. Callarme es lo mejor que puedo hacer. Concentrarme para que las lágrimas de mi impotencia no se pierdan en la lluvia.

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La tormenta, lejos de menguar en su violencia, continua torrencialmente durante dos horas más. Temblores incontrolados por la perdida de calor corporal, mil y una quejas, la loca respiración, y agua, mucha agua, por todos los rincones del cuerpo. Corre por la espalda, por el pecho, entra por la ranura del ano. Es como si alguien se dedicase a tirarnos cubos de agua encima. Múltiples ríos de agua que bajan por doquier, acompañados de rocas que se precipitaban.

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A las dos de la madrugada, tan súbitamente como empezó, cesa el llanto desconsolado de las nubes.  Ahora soy yo quien llora, desecho por el frío. Una y otra vez que imagino la salida de Sol, y siento que su templada caricia pone fin al penoso tormento. Sé que la esperada sensación es el mejor sedante ante las interminables horas de espera que me separan del despuntar de un nuevo día. Antonio aún tiene la paciencia de ponerse de píe y extender su ropa y la funda para el que frío viento las seque. La desazón es total cuando una nueva tormenta, aún más violenta que la anterior, vuelve a absorber la montaña hacia las cuatro de la madrugada. Nuevamente bajan por la pared verdaderos torrentes. Los minutos parecen horas y las horas días. En un momento impreciso Antonio empieza a lamentarse demostrando que también se encuentra harto de tanto sufrimiento. Entonces soy yo quien amputa su letanía de quejas …. “No, no, no. …. Sr. Picazo, Vd. no puede hacerme esto. Tu debes aguantar para que yo aguante”. Acto seguido Antonio vuelve a momificarse.

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La grisácea mañana aparece entre cortinas de agua. La oscuridad da paso, de manera desesperantemente lenta, a las primeras luces lechosas del nuevo día. Definitivamente, el Sol nos ha traicionado. Observo a mi compañero, su mirada esta apagada por la amargura del sufrimiento y la derrota. La repisa que ampliamos al iniciar el vivac ha desaparecido. Ya no queda ni una de las piedras que sirvieron como contención de la plataforma. Con la cabeza colgando sobre los hombros observo el suelo de piedra y la multitud a diminutos riachuelos de agua que constantemente lo surcan. Antonio saca una navaja y abre la funda de vivac por su parte inferior. Al momento un chorro de agua surge, a modo de fuente, del corte recién abierto. Hace horas que no hablamos pero, sin duda, los dos pensamos lo mismo, “A la que deje de llover salimos de aquí“.

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Al ponerme en marcha me asusta verme en apuros para mantenerme en equilibrio. Suerte del pasamanos que dejamos instalado hasta la última reunión y de la constante atención de Antonio!. Empieza una sucesión de aéreos rápeles acompañados del interminable temblor del cuerpo y de pequeños paréntesis de somnolencia. Delego, de manera descarada, las maniobras de cuerda al compañero, que montaba las instalaciones y recogía las entumecidas cuerdas una y otra vez. Se le ve cansado, hastiado, fuerza sus lesionadas muñecas al recuperar las cuerdas, pero yo poca cosa más puedo hacer que observarle con la cabeza vacilante y la mirada perdida. El cansancio a dado paso al agotamiento y lucho contra una desgana inmensa. Llegada la tarde, lejos ya de la empapada pared, otra violenta tormenta nos acompaña en nuestro camino de descenso del valle. Los truenos suenan como insoportables carcajadas que se desprenden de lo alto; acompañando a la orquesta la fría lluvia y punzante granizo. La verdad es que quizás ya nos da igual lo que diluvie, sin duda llueve sobre mojado. Negro sobre negro. Ya de noche llegamos a la que se ha convertido en nuestra “Tierra prometida”: Panticosa. ¡Suerte la nuestra al vernos con un plato en la mesa regado del suave perfume de un Samontano Gran Reserva del 92!.

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Dos semanas más tarde, aún sin haber digerido en su totalidad los acontecimientos pasados, volvemos imantados por nuestras ganas de terminar lo empezado. La táctica seguida es la de acceder al punto máximo alcanzado mediante un sistema de viras herbosas situadas a media altura del gran precipicio del Mallo de las Blancas. Viras que, según se adivina, dan acceso a un circo suspendido desde el cual podemos acercarnos a la parte central de la pared. Invertimos la jornada en buscar el deseado paso, el cual resulta ser más fácil y evidente de lo esperado, dejando a nuestro paso las viras bien señalizadas con “cairns”, evitando así la posibilidad de extraviarnos en caso de que la oscuridad o la niebla sean nuestras compañeras durante el descenso. Sin duda el recorrido que seguimos se trataba de la estrambótica “vía normal” de acceso a la cumbre, la cual, cada vez más, se nos antoja como el último torreón inviolado de nuestros viejos Pirineos.

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Tras varias horas de aproximación, instalamos el vivac en un verdadero balcón tupido de espesa hierba verde. Poco más arriba, un inesperado descubrimiento nos colma de dicha: Ni más ni menos que un increíble sistema de simas abren sus desafiantes bocas negras hacia las fauces de la tierra. Destaca entre todas un perfecto pozo redondo, de más de tres metros de diámetro, por donde se cuela un ruidoso torrente procedente de los heleros superiores. Al lanzar piedras por el agujero, oímos como las mismas rebotan durante ocho segundos, hasta que los ecos se pierden en la distante y fría oscuridad. Otra de las tantas bocas exhala un extraño aire helado, proveniente de las estrechas paredes tapizadas de hielo. Tardamos un buen rato en salir de nuestro asombro, quizás hasta nos sentimos incómodos por no ser espeólogos y no saber desear adentrarnos en los secretos de nuestro reciente descubrimiento.

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El crepúsculo se viste de los colores de la miel, presagiando buenos momentos para la día siguiente. Sorprendentemente, a las doce de la noche, la situación de la anterior tentativa se reproduce, y un compacto manto de nubes, acompañado de nucleares destellos, arropa de nuevo la montaña. Ni tan solo me esfuerzo en disimular mis nervios cuando anuncio que, a la que caiga la primera gota, saldré corriendo hacia el valle. “Como vuelva a pasar por lo que pasé, no volveré a escalar en roca en el Pirineo hasta el próximo verano”, pregono.

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Quizás por casualidad, quizás con condolencia, la tormenta nos roza pero no deja caer sobre nosotros ni una sola lágrima. Al alba aún estamos rodeados por una espesa niebla, que tan solo se rompe esporádicamente para dejarnos ver más y más nubes. Tras un vacuo compás de espera, desalentados por nuestra suerte, decidimos combatir el húmedo frío adentrándonos en la pared. Tomamos un sistema de viras, realizamos tres cortos ráppeles, y llegamos al punto de vivac. Nos sorprende la proximidad del mismo de la que hubiese sido una salida de escape durante el anterior intento. ¡Si hubiésemos escalado un par de largos más de cuerda, hubiésemos podido salir caminando de la pared¡… si mas no hubiésemos podido resguardarnos mejor de la lluvia y nos hubiésemos ahorrado los doce malditos rápeles.

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La suerte decanta la balanza a nuestro favor puesto que el cielo azul gana, poco a poco, el terreno ocupado por las nubes. Paralelamente, los largos de cuerda discurren veloces, uno tras otro, gracias a la mayor facilidad del terreno que, en la parte alta de la pared, se inclina y pierde verticalidad. Una bonita franja rocosa de roca blanca culmina la vía, regalándonos el largo de cuerda más bonito de los veintitantos que completan el recorrido. La llegada a la cercana cumbre es, sin lugar a dudas, el momento de gracia de mi humilde vagar como pirineísta. No adivinamos ningún vestigio de anteriores ascensiones, construimos un inmenso cairn  y saboreamos dulcemente la estancia en la cima, en “nuestra cima”. Mutuamente, contemplamos nuestros rostros desfigurados por una sonrisa incrustada. Tengo la certeza de que el brillo que se adivina en los ojos de mi compañero es el reflejo exacto de mi mirada. A la sazón, el cielo, aparejando ser cómplice del momento, muestra una brillante color azul, irrealmente iluminado por el majestuoso Astro Rey. Las nubes de la mañana ha desaparecido tan sigilosamente como aparecieron

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Durante la bajada del tridente que forma la cumbre del Tozal de Ripera, provocamos la caída de los bloques inestables que obstaculizaban la escalada e instalamos un largo rappel para salvar la canal que, como si de un tobogán se tratase, presenta un vertiginoso descenso. Factores, todos ellos, que ahondaban nuestro convencimiento de que la cumbre que dejamos atrás era una de las raras cúspides vírgenes, quizás la última, que aún guardaba, celosamente, la querida Cordillera Pirenaica. ¿Que más se le puede pedir a un caluroso día de Agosto?.

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PATAGONIA, HISTORIAS INCONCLUSAS EN EL FIN DE LA TIERRA

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¿QUIERES VIAJAR CON PAKO CRESTAS? – CLICKA FRASE – VISITA www.catalonia-trekking.com ó envia mail a pakocrestas@gmail.com ó whatssap al 0034 615626813caleidoscopi 1135Viento sur

tú que soplas por las mañanas

calma pronto,

deja de soplar.

Calma pronto,

que se doblan ya las ramas

que crujen y se quiebran

ante tus ganas

de soplar, oh, viento sur.

Viento sur,

tu que traes el frío en tus alas

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se viene el verano

y deja que el calor nos de la mano

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

Viento sur,

tu que traes el frió al pasar

calma pronto, deja ya de soplar

calma pronto que se queman las cosechas

que mueren cuando tu frío acechas

calma pronto viento sur …

calma pronto viento sur …

(Canción del malvinense James Douglas Lewis titulada “Viento Sur”)

Dicen que Patagonia es una tierra para aquellos viajeros que son los dueños de su propio tiempo. Yo no puedo considerarme el dueño de mi propio tiempo, puesto que siempre lo consigo a cambio de invertir parte de este propio tiempo en otros quehaceres, pero en Patagonia si que tuve la sensación de ser el dueño de mi propio tiempo, y para desgracia mía, casi no supe que hacer con él. Aquello que tanto aprecio y por lo que tanto lucho, se convirtió en una gran inconveniente cuando me sobraba y no sabía que hacer con él. Un signo más de la enfermiza vida de los que vivimos marcados por la estirpe de la sociedad moderna.

Caldosmusical44

La pequeña expedición, que tiene su escenario en otoño del año 2.003, se inicia de la manera que acostumbra a ser usual en mis viajes. El día cualquiera recibo la inesperada llamada de Ramón, un buen escalador canario que fue mi compañero con el que escalé la mayoría de cascadas de hielo durante la estada anual del GAME, que marzo de este año se celebró en Colorado. Desde que nos despedimos en el aeropuerto no hemos vuelto a hablar, y meses más tarde me hace una llamada desinteresada para saber qué es de mi vida. Yo hace varios días que busco buscando a alguien para realizar un viaje de unos veinte días antes de que finalice el año y a un lugar que esté de acorde con mi manera de entender la montaña como aventura. Un destino lejano, insólito y solitario. Patagonia se me antoja como un lugar adecuado para mi alocado proyecto, pero debo aceptar que desde que cayó en mis manos el libro de ….., titulado …. y editado por Desnivel en lengua castellana, no puedo evitar de ojearlo frecuentemente, al menos una vez por día. No en vano es una apuesta arriesgada, puesto que Patagonia se caracteriza por un tiempo detestable y horrible que obliga a los montañeros a largos periodos de inactividad y espera en perspectiva a un cambio de tiempo dudoso y efímero. En realidad un viaje reducido en el espacio de tiempo tiene mayor posibilidad de fracaso, y es normal que los posibles candidatos se desanimen ante la perspectiva. Ramón, durante la corta conversación telefónica, se me presenta como mi última esperanza. Sin pensarlo un par de veces disparo de manera sincera. Total, el “no” ya lo tengo.

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– Ramón, estoy buscando a alguien para ir a la Patagonia unos veinte días a finales de noviembre … Ya se que es un lugar con un tiempo horrible y que tenemos muchas posibilidades que recorrer medio mundo y volver con las manos vacías … No sé, si tienes días y prefieres otro destino podemos hablar .. pero es que dispongo de la posibilidad de escapar y me gustaría aprovecharlo … hasta me planteo ir solo a algún lugar como los volcanes de Iran si la falta de compañero me aconseja no escalar …

Ramón duda. Le he pillado frío, pero tampoco no me da la negativa como primera respuesta. El segundo ataque es más premeditado. Le aconsejo que se compre el libro de Patagonia que tanto me ha enamorado, es más, no tardo en fotocopiar parte del libro y enviárselo por fax. Le hablo de un macizo semi desconocido, donde residen las segundas montañas más altas de la Patagonia Austral: el macizo de San Lorenzo. Que sepa ningún español ha estado allá con la intención de escalar, aunque ese detalle poco me importa. Lo que si que me llama la atención una bonita pared virgen a una montaña de elocuente nombre: El Cerro Hermoso.

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Ramón no tarda en encargar el libro para recibirlo por correo. Dos días más tarde la obra de Gino y Silvia está en sus manos. Está perdido, basta con hojearlo un rato para sentir la necesidad de dar una respuesta positiva a mi proposición. Ramón y yo estamos hechos de la misma pasta. Aún no sabe como lo hará, como combinará el trabajo, como convencerá a la familia … lo que si que sabe es que en la otra punta del mundo existe una pared virgen que hasta poco antes de 50 horas nunca había sabido de su existencia y que ahora le obligará a hacer verdaderos malabarismos con su tiempo, con el tiempo de sus clientes, con el tiempo de su familia … y todo porque aquel loco escalador de Barcelona le ha puesto la miel en los labios.

La suerte está echada, los días apremian, tenemos muy poco tiempo para los preparativos y nuestras precipitadas vidas de profesionales liberales no nos dan mucha maniobra. Llamo a mi amigo Carles Gel, un verdadero maestro en organizar rápidamente una expedición a los lugares más inverosímiles. En pocos días todo está resuelto. Vuelos, contactos, alquiler de coches, estancias. Creo que no llegamos a hacernos la idea de que vamos a Patagonia hasta el momento en que nos encontramos en el aeropuerto de Barajas con los petates facturados desde los respectivos lugares de procedencia: Tenerife y Barcelona.

Caldosmusical29

El encuentro resulta emotivo. No en vano los dos somos conscientes de que nuestra apuesta conjunta es arriesgada. En realidad apenas nos conocemos; es cierto que los días que escalamos juntos en Colorado nos dejaron a los dos el poso del buen recuerdo. Pero allá, en Ouray, la buena relación es fácil. Dormimos en hoteles muy bien acondicionados; cada día disfrutábamos de tiempo suficiente para escalar, relajarnos, asearnos y comer de manera abundante. Las cenas eran bajo carta, en restaurantes, con el servicio en la mesa y la tarjeta presta saldar las cuentas en dólares. Los desplazamientos eran cómodos puesto que teníamos a nuestra disposición un enorme vehículo todo terreno. Las escaladas también tenían fáciles accesos y fáciles descensos, como mucho un tramo de pista o de bosque sin más complicación y con duraciones limitadas a pocos minutos. Formábamos parte de un abundante grupo de escaladores — más de cincuenta — lo que te facilitaba conectar y desconectar del compañero de escalada. Ahora, en Patagonia, la situación será radicalmente diferente en todos los aspectos: hemos sustituido la comodidad del hotel por la precariedad y las limitaciones más estrictas, las escaladas cortas y abundantes de cascadas de hielo de fácil acceso por una pared remota y perdida en el fin del mundo; hemos sustituido un numeroso grupo de más de medio centenar de escaladores por la única y constante presencia del compañero de cordada. La meteorología de la Patagonia facilmente nos obligará a días enteros de la más absoluta inactividad y en estas circunstancias facilmente afloran las diferencias de carácter que pueden llegar a hacer insoportable la simple presencia de la otra persona. En el fondo confío que mi sexto sentido no me engañe y que la elección de Ramón como compañero para la presente aventura no sea desacertada. Yo se que el también debe pensar lo mismo, aunque ambos mantengamos nuestro propio secreto.

La llegada al aeropuerto de Comodoro – Rivadabia nos anuncia la tónica dominante del cuerno sur del continente americano: el viento. El avión se balancea de manera peligrosa antes de tomar tierra. Por las ventanillas se pueden divisar los pocos árboles cercanos a las pistas completamente azotados por el embate del fuerte vendaval. Confío en que el piloto del avión debe tener las manos peladas de aterrizajes como el que estamos a punto de emprender. Seguramente en nuestro país las autoridades prohibirían una llegada en estas condiciones climatológicas. Si aquí fuesen estrictos en este aspecto, creo que pocos serían los días en que se permitirían los vuelos de avión, lo que llevaría a la ruina el comercio aéreo en este sector del planeta.

Caldosmusical25

La llegada a Argentina tenía que ser la bienvenida a una primavera avanzada que está a punto de convertirse en verano. En mi interior recordaba la agradable sorpresa que me causó el anterior viaje realizado a los Andes, — hace ya poco más de diez años –, en el que un abrasador calor puso el contrapunto a un gélido enero. Días antes de realizar aquel viaje despedí mis queridos Pirineos que ya estaban vestidos del blanco manto de las primeros temporales de nieve. Ahora, pocos días antes de venir a Patagonia, también había podido dar la bienvenida a las nevadas primerizas de finales de otoño, en concreto en la cumbre de la Serra de Madres, donde acampamos en medio de la noche y la tormenta en un altiplano muy cercano a la cumbre. Venía preparado de nuevo a recibir el profundo contraste entre el invierno y el verano que nos ofrece el cambiar de hemisferio, pero la primera sorpresa son las bajas temperaturas reinantes en la propia costa patagónica. De hecho el verano aquí es templado y fresco, pero la presencia casi permanente de viento incrementa la desagradable sensación de frio. Una percepción que no parecen compartir los habitantes autóctonos, que se jactan y disfrutan de los placeres de “su verano”, sin saber que las plazas cercanas a las ciudades acostumbran a ser, en otras latitudes, lugares donde se aglomeran bañistas huyendo de la calor y buscando el refrigerio del agua marina. Aquí las plazas están desiertas, y el interminable viento arrastra, de manera inapreciable pero constante, los millones de diminutos granos de arena que nunca serán pisados por el hombre.

La primera impresión fue bien clara: Qué lugar tan horrible !!!.

Hemos alquilado un vehículo todo terreno para realizar el proyecto. Una verdadera cafetera a precio de vehículo de lujo, para poder desplazarnos con la velocidad impuesta por la escasez de días de los que disponemos para escalar las montañas. Sustituimos la falta de tiempo a base de darle caña a las tarjetas de crédito. Una manera un tanto especial de viajar hecha a la medida de profesionales liberales estresados y exigentes como Ramón y yo.

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Cruzamos lo que constituye el “cuerno sur” del continente, —  la provincia de Santa Cruz –, en busca de la cordillera andina que se encuentra al otro lado de las planicies de la árida Patagonia. A base de quilómetros y quilómetros de buena carretera dejamos atrás la zona petrolera de Comodoro, Río Truncado y Las Heras, para llegar, con las últimas luces del día, a la triste población de Perito Moreno. El fuerte viento nos acompaña sin cesar por un instante durante todo el trayecto. Las breves pausas que realizamos para fotografiar el paisaje nos dejan entrever la dureza de la zona. Las poblaciones, todas ellas impersonales y con construcciones mediocres que no guardan ninguna estética, se encuentran separadas por decenas de quilómetros la una de la otra. Los silenciosas e incansables torres de extracción de crudo están plantadas por doquier, como si de robots extraterrestres de ciencia ficción se tratasen. Cerca de los conjuntos de casas los plásticos desgarrados y descoloridos llegan las cercas y las alambradas. Papeles y cartones están en constante huida expoliados por un viento que no cesa. Las calles son polvorientas y el ambiente seco y frío. No hay nadie fuera de las casas. ¿Habrá alguien dentro de ellas?. Preguntas sin respuestas: ¿Como se distrae aquí la gente? ¿Alguien sabe como es un teatro? ¿Como son los amores? ¿Alguien puede enamorarse de la niña que ha visto crecer desde pequeña entre viento, polvo y harapos?. En los núcleos habitados se han plantado grandes árboles de hojas verdes. Toda una nota de color en medio de tanto marrón y gris. Los árboles tienen la principal función de proteger las casas de la violencia del viento, pero éste parece imperturbable e indiferente y castiga sin tregua las grandes ramas que se postran para no ser arrancadas. Entre los pequeños grupos habitados infinitamente dispersos, quilómetros y quilómetros de interminables alambradas cierran los campos yermos. La tierra está parcelada, pero es tan sumamente pobre que se necesitan extensiones de varias hectáreas para poder alimentar a un puñado de famélicas ovejas.

En el hostal de Perito Moreno encontramos un chaval catalán, natural de la población de Olot, que se da a conocer como Daniel. Es un tipo bohemio que pasó varios meses de su vida viajando por Europa a base de subsistir con lo mínimo y ganar algún dinero tocando la flauta en lugares públicos. Ahora repite experiencia pero en Sudamérica, con la soledad como compañera y sin flauta que le acompañe. Viaja con poco más que lo puesto. Por la noche entablamos conversación y nos solicita que, aprovechando nuestro viaje hacia el sur, le dejemos a medio trayecto para poder ir a visitar un lugar inhóspito y perdido que se conoce como La Cueva de las manos Pintadas. Así pues reemprendemos el viaje hacia nuestro destino con la compañia de este pintoresco catalán. Pronto descubrimos el famoso “ripio”: las anchas pistas sin asfaltar que cruzan la Patagonia. La velocidad del viaje se relentiza y las distancias se prolongan y parecen aumentar a cada hora. De hecho resulta imposible llegarse a hacerse con una idea aproximada de las distancias. Uno de un montículo en la lejanía pero no sabría decir si estás a dos quilómetros o a diez quilómetros.

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Tras más de 120 km. de ripio dejamos a Daniel en la bifurcación que le llevará a su destino inmediato. 45 km a la Cueva de las Manos, indica un gran cartel. El constante viento no ha cesado en toda la jornada, ni un solo minuto. En la extensión llana de la Patagonia Seca no existe ningún lugar donde resguardarse. Ni una miserable piedra de metros y medio de altura, ni un matorral de 50 centímetros. Antes de emprender la marcha observamos la silueta caminante de Daniel que se pierde en la lejanía sin que apreciablemente llegue a cruzarla. Nos preguntamos si encontrará a alguien que le lleve en vehículo ahora que ya es tarde, seguramente no, casi no hay transito rodado en el tramo principal que es el que estamos haciendo nosotros, y la pista que va a la Cueva no lleva a ningún otro sitio. El ambiente más bien frío. Durante el resto del día nos preguntaremos con frecuencia sobre la suerte de Daniel. Llevaba un fino saco de verano. ¿Donde le sorprenderá la noche? ¿Como se refugiará del frío? ¿Como soportará la imposibilidad de escapar del incansable viento?.

Bajo Caracoles es la única población, por llamarle de alguna manera, que existe en medio de los más de 300 km. de pista de ripio por las que hoy tenemos que transitar. En realidad es una gasolinera con una pequeña tienda – bar al que se le han adosado media docena de destartaladas construcciones pre-fabricadas. Dentro de la posada una foto de un japonés solitario que cruzó el ripio en bicicleta. En la inscripción de pie de foto, se puede leer “Chino loco”.

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En medio del trayecto entre Bajo Caracoles y Gobernador Gregores, o sea, en punto cualquiera en medio de la nada, encontramos el ramal de la pista que nos llevará a nuestro destino: La estancia La Oriental, distante a 90 km. de la pista principal. Por fin nos hemos orientado hacia la cordillera. Cada quilómetro de ripio ganado nos acerca, — por fin –, a los Andes. Un primer reventón nos alerta sobre la precariedad del ripio. Aquí una repetición del incidente nos dejaría completamente tirados, sin posibilidad alguna de conseguir una rápida solución al percance. En este lugar del mundo las distancias son otras y la noción del tiempo también. Nosotros nos alteraríamos rápidamente si una avería nos obligase a demorarnos media jornada; los lugareños no se extrañan ni se inmutan si dos semanas más tarde la reparación sigue su curso.

A medida que nos acercamos a la cordillera el cielo se puebla de nubes blancas y una lluvia de procedencia lejana, que ha sido arrastrada por el incipiente viento, nos delata que el tiempo es catastrófico más allá de los primeros contrafuertes de las montañas. Al llegar a la Estancia la Oriental, con la tarde a punto de finalizar, nos convencemos de que el plan de acción tantas veces programado, se desintegra por momentos: Nuestra idea es subir sin más demora al corazón de las montañas. Pero la idea de la montaña es bien diferente: aquí parece que el mal tiempo las reconforte y ahora por ahora no nos va a facilitar la subida. Es inútil el cansarse, como tantas otras veces es Ella quien manda. El eterno femenino.

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El viento, el maldito viento no cesa nunca. A veces aminora, a veces enloquece. Une las nubes y cae el diluvio. Rompe las nubes y brilla el sol. En la estancia apenas se deja caer algún turista, por lo que son varios los días en que nosotros dos somos los únicos huéspedes. Pronto los lazos que nos unen con la familia propietaria del albergue rompen la fria barrera entre empresario y cliente. Empezamos a compartir tertulias, comidas, cenas y hasta las tareas culinarias.  El tiempo es especialmente malo, según nos comentan los anfitriones.

— Es raro tanto viento y tanto frío para la época del año en que estamos —

Ladis, que resulta ser la encargada de la estancia junto con su marido Pocholo, me muestra una foto de la estancia nevada. Con su  mirada risueña mira fijamente la vieja fotografía y me comenta.

— En verano muy raramente llega a nevar aquí abajo, la última nevada que recuerdo fue esta, en la Navidad de hace diez años —

Al día siguiente nos levantamos con tres dedos de nieve tapizando todo el horizonte.

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Una a una, de manera repetitiva, se repiten la jornadas. Los dos nos vamos sumergiendo en una especie de apatía que relentiza todos nuestros movimientos. Nos hemos contagiado del ritmo patagónico, donde sin hacer nada concreto, ves pasar las horas entre el desayuno, la comida y la cena, como si de intervalos vacíos de tiempo se tratasen. Consumimos los libros de lectura, consumimos uno a uno los preciados días de nuestras cortas vacaciones y nos consumimos nosotros mismos. Fijamos la vista a través de las ventanas para volver a escrutar los mil detalles de las nubes y el paisaje cercano. Intentando ver las montañas que están allí, pero cuya presencia nos niegan bajo el manto compacto de las nubes. En medio de los páramos castigados por la tormenta, realizamos cortas excursiones por la cercanía de la Estancia. No en vano estamos dentro del parque natural del Perito Moreno. La visita a la península de Belgrado, al lago homónimo y a otros como el Lago Volcán y el Lago Burmelster, bien vale la pena y nos ayuda a ahuyentar el presentimiento de haber errado en la elección del viaje. La luz, las distancias diáfanas, el temporal, el paisaje … todo parece sacado de una película de ciencia ficción. Protegidos como vamos con los abultados plumones, con la cabeza hundida en las extrañas de la gorra, parecemos astronautas transitando por la superficie inhabitada de un planeta lejano. En busca del octavo pasajero. Nieva de cara, de espaldas, de arriba, de lado, de abajo. El viento enloquece a los copos de nieve que parecen estar destinados a no tocar nunca el suelo. Entre los jirones de niebla los guanacos, impresionantes mamíferos que nos recuerdan a las llamas peruanas, aguantan impasibles las acometidas del vendaval. Un increíble ejemplo de adaptación de las especies animales a los climas más desapacibles.

También los habitantes de esta tierra tan sumamente inhóspita, parecen hacerse adaptado al medio. Las distancia son desproporcionadamente grandes, hasta para un americano. El pueblo más cercano, y que son cuatro casas mal contadas, recibe el nombre de Gobernador Gregores y esta a más de 200 km. de distancia por pistas de ripio. La estancias más cercana, Menelik y Manantiales, distan a 15 y a 35 km, respectivamente. La vida transcurre con una tranquilidad imperturbable, con una calma pesada, pegajosa, que aniquila cualquier movimiento o pensamiento brusco. Carlos, nuestro baquiano, espera pacientemente al día que decidamos subir para la montaña, para acompañarnos con el caballo y transportarnos los petates. Por la mañana pregunta: ¿Hoy subirán?  y cuando le decimos que no, que con tan mal tiempo es preferible esperar, asume con la mayor parsimonia la perspectiva de pasarse un nuevo día sentándose de sillón en sillón y hablando con las mismas cinco personas de siempre: La familia de Pocholo y los dos trabajadores de la estancia. Fuera de la casa, en una especie de cobertizo complementario, habita un anciano gaucho que de tanto en tanto camino de un lugar a otro sin prestar especial atención a los arrebatos de un viento que amenaza con hacerle perder el edificio. Es un personaje bien extraño, llamado Montiel, que ha vivido toda la vida en el puesto y que tiene la extraña función de guardar la Estancia durante el invierno. Apenas habla y cuando la hace pronuncia mal las palabras, las une, las precipita. Debe ser que de tanta soledad se le ha olvidado hasta el hablar. Quizás por eso es tan esquivo. Cuando uno vive en la soledad más absoluta cualquier factor que la pueda alterar es signo de peligro. Montiel es un hombre pequeño, desdentado, duramente castigado por las inclemencias del lugar y por una dieta exigua y repetitiva. Aquí en invierno el viento se calma, pero la nieve es persistente, tapa los caminos y las pistas de ripio que se hacen intransitables y no vuelven a serlo hasta que en primavera la nieve se funde. Los días son cortos y las temperaturas de – 15 * C no son de extrañar. Todo el mundo marcha. La familia, los guarparques, los vecinos de Menelik. Solo queda Carlos, el baquiano, que vive con su madre a 35 Km. de distancia. Durante los meses de invierno no se visitan. Recorrer tantos quilómetros en medio de la nieve resulta peligroso. Los caballos no pueden caminar tanto sobre los páramos blancos y el ir a pie resultaría un día largo para ir otra jornada similar para volver, con el consiguiente peligro de que la gélida noche te sorprenda en medio de la nada. Montiel lleva años pasando el invierno en la más absoluta soledad. Meses y meses sin ver a nadie. Sin poder consolar el hambre, la enfermedad. Su ropa, su cara, sus monólogos, son los mismos y se repiten día a día con cada salida y cada puesta de sol.

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Un buen día la capa de nubes se abre y podemos ver, por fin, las montañas.

– Buen tiempo, buen tiempo ... Nos dice Montiel con una sonrisa impregnada de vejez y de timidez. Toda la familia y Carlos coinciden en dar al gaucho la más rotunda credibilidad. Nadie como el se conoce las nubes y los vientos de esta tierra. Si él pronostica buen tiempo, la previsión va a misa. Nosotros intentamos interrogar como posesos a este entrañable viejo que camina con un pie al borde de su propia locura.

– ¿Que crees Montiel?  ¿dos, …  tres, …. cuatro días de bueno?

Buen tiempo, buen tiempo ... responde una y otra vez.

No perdemos ni un instante. Después de tantos días de holgazanear cuesta grandes esfuerzos ponerse en marcha. Prepararse la mochila parece una quimera. Pero tan pronto como notamos el tantos metálico de los piolets nos reanimamos por momentos.

A la jornada siguiente, el primer día de buen tiempo, iniciamos la larga marcha de aproximación por el valle del Río Lácteo, tributario de los glaciares del San Lorenzo. Tras cinco horas de marcha llegamos a un refugio conocido como el Puesto, lugar donde finaliza la primera jornada de marcha y también donde Carlos nos ha acompañado con los caballos. El está feliz. Hace un trabajo que le gusta y siente gran curiosidad por nosotros. Muy pocos escaladores llegan a estos lares. De hecho hacía años que no veían a nadie con material técnico de escalada. Somos los primeros españoles que se acercan al San Lorenzo con la intención de escalar alguna de las cumbres. Los movimientos de Carlos demuestran amabilidad y servitud y se notan claras reminiscencias militares en sus gestos, herencia que cuando realizó el servicio militar obligatorio, y única vez en su larga vida de casi 50 años, en que ha tenido la posibilidad de conocer algo más que la Estancia de los Manantiales. Carlos nos habla de la dictadura con una naturalidad espeluznante. El se había visto obligado a cumplir con los sumarios que llevaron a tantos centenares de civiles a vivir la tortura o a morir sin más. Pero en Carlos la maldad no existe, ni el remordimiento visible, ni lecturas que vallan más allá de una simple realidad: Si no hacías lo que te mandaban, pasabas a formar parte del grupo de víctimas.

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Había que proceder. –– comenta el baquiano como único argumento sin réplica posible.

Cuando llegamos al Puesto decidimos continuar la marcha de aproximación para acampar al pie de la pared sur del Cerro Hermoso. A pesar del buen tiempo visible, la presión barométrica está bajando, por lo que preferimos ir a tiro fijo y no desperdiciar la ventana de buen tiempo. Prolongamos la marcha en 5 horas más, por un terreno sin caminos, donde las distancias engañan y donde apenas se gana desnivel. Al final del primer día de actividad llegamos rendidos al emplazamiento del campamento. Nuestro plan es bien simple: Llevamos el peso imprescindible: Ropa, sacos, una tienda monocapa diminuta, el material y la comida justa para dos cenas (la del día de llegada y para después de la escalada) y un desayuno y comida de ataque para un día. Al llegar, con el día dando paso a la penumbra nocturna, engullimos la primera cena. Después de tantos días de inactividad, más de 10 horas de aproximación pasan factura, pero ya hemos visto la pared, “nuestra pared”, y la realidad ha superado las expectativas: Un sistema de finas goulottes nos permitirá una elegante escalada por el espolón que sube directo a la cumbre principal, y todo por terreno virgen, nuevo, listo para estrenar. La euforia nos embarga y nos acordamos de las únicas palabras que hemos oído articular al viejo Montiel durante toda una semana: “Buen tiempo, buen tiempo”.

A las cuatro nos despertamos y una media hora más tarde estamos en marcha. No hace frío, no se ve ni una estrella, tampoco hace viento. A medida que la luz del día naciente deja ver el entorno, comprobamos la triste realidad: Nubarrones plomizos cubren las cumbres. Nos obstinamos a renunciar tan pronto. Nos hundimos en la nieve que no se ha transformado y que aun está pastosa del calor de la jornada anterior. A las seis empieza a caer aguanieve. A las seis y cinco las primeras gotas dan paso a un copioso aguacero. A las siete volvemos a estar bajo la protección de la exigua tienda.

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¿Dormimos o desayunamos?. Tenemos que ir con cuidado con la comida. Un exceso hoy equivale a quedarse sin comida de ataque mañana. Nos acordamos de Montiel y su buen tiempo. Llueve, nieva, hace sol, se nubla, cae granizo. Un trueno lejano. El viento que galopa entre las rocas y viene a estamparse contra la tienda. Tiempo patagónico, tiempo puta – agónico. Por la noche el hambre aprieta. La cena se ha racionado para ser comida y cena. Mañana será el día del ataque y tras el no podremos comer. Pero mañana tampoco no nos movemos de la tienda, la situación meteorológica ha empeorado definitivamente. El barómetros sube, baja, vuelve a subir, y todo ello en poco menos de una hora. Al final decido esconderlo y no obsesionarme más con él. Si no se donde irá a parar en uno de mis arrebatos. Se que abriré la cremallera de la tienda y lo arrojaré al exterior con todas mis fuerzas y que minutos más tarde estaré buscando los restos entre la tormenta y mis “auto maldiciones”.

Y un nuevo día, otro sin comer . Aguantamos a pesar del hambre, del frío, de la apatía. Por suerte la relación entre Ramón y yo no se vuelve tensa. Algo bien extraño entre dos personas que apenas se conocían antes de un viaje como este y que se ven condenados a convivir en poco más tres metros cuadrados, en medio de un tiempo aborrecible y sin ninguna distracción posible fuera de la conservación y del silencio. Mañana será nuestra última oportunidad. Si hace bueno para arriba, sino camino a casa. Despertador a las tres de la madrugada, como en las jornadas anteriores, pero hoy la cúpula celeste nuestra miles, millones de estrellas. Ni una nube, apenas poco más de un ápice de viento. Frío, está helando. Poco …. pero está helando. Lo justo para transformar la nieve y endurecerla.

Salimos, medio dormidos, hastiados de tantas horas de estar estirados en los respectivos sacos y hambrientos, terriblemente hambrientos. Por suerte nuestra motivación anula los efectos psicológicos y físicos de la falta de actividad y de comida. Empieza a amanecer a las orillas de la laguna situada bajo la pared S.O. del Cerro Hermoso. El lugar es increíblemente bello e inhóspito. Quizás nosotros seamos los primeros humanos que transitan por las orillas heladas de esta laguna patagónica. Por encima de nuestras cabezas la pared que deseamos escalar se tiñe de rosado. Salida de sol bíblica en el último rincón de la tierra. Estudiamos brevemente la vertiente y confirmamos la existencia de un sistema de goulottes que se enlazan describiendo una elegante linea blanca en torno al elegante espolón de la cumbre principal, cuya altura ronda los 2.500 metros, más de 1.200 metros sobre el punto en que nos encontramos. A lo lejos, hacia el oeste, divisamos la imponente mole triangular del San Lorenzo, que aún tiene nubes residuales enganchadas, las cuales, por el momento, parecen no constituir ninguna amenaza de cambio climático.

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Poco más tarde la realidad se impone: Ramón se hunde constantemente en la nieve costra, cuya capa se rompe cada vez que intenta dar un paso y concentra todo su peso sobre la pierna que no está medio hundida. Inicialmente la capa parece soportar bien mi peso, caso 30 kilos inferior al de Ramón, pero mis esperas aún desesperan más a mi compañero que se ve desbordado por el sobre esfuerzo. Al rato yo también me hundo en la nieve costra. No hay nada que hacer. En la última media hora apenas habremos avanzado un millar de pasos y la pared, a este ritmo de marcha de aproximación, queda demasiado lejos. El sol calienta la nieve cercana a nuestro emplazamiento y la temperatura ha subido por encima de los 0* C. Excusas para bajar hay muchas, motivos para continuar uno. Pero este uno es una verdadera sinrazón, pasaríamos horas abriendo huella para no llegar mucho más lejos de donde estamos, cuestión que comportaría exponernos gratuitamente a una vertiente propensa a aludes. Lleva días nevando … excusas, hay tantas …. Una nueva pausa, pero ésta ya no sirve para negar la evidencia. Damos media vuelta. Yo me hundo hasta las rodillas, Ramón hasta la cintura. Por una vez parece que midamos lo mismo. Le llamo enano y nos reímos para no llorar. Tantas horas de inactividad dentro de la tienda, tantas horas esperando la ventana de buen tiempo, tantas horas deseando comer algo consistente, tantas horas escrutando con los prismáticos la maldita pared, y ahora cada paso es un pequeño suplicio y un nuevo golpe a nuestra moral demasiado minada. Delante de nosotros, al otro lado del valle donde tenemos emplazada la tienda, divisamos una bonita cresta de nieve y roca que concluye en una aguja muy puntiaguda. Se trata de una cumbre anónima de 2.060 metros que se desprende de la arista este del San Lorenzo. Un pequeño colmillo rocoso, muy reducido en comparación con el imponente macizo que lo alberga, pero una buena alternativa para escalar algo rápido, mínimamente interesante y la solución para no bajar de vacío de retorno a la estancia. El cambio de planes se impone rápidamente ante nuestras nulas posibilidades de continuar con éxito la aproximación a la pared S.O. del Cerro Hermoso. Descendemos velozmente lo que tanto nos había costado de subir, dejándonos deslizar estirados sobre la nieve. Deshacemos nuestros pasos sobre el margen helado del lago y al poco rato estamos de nuevo en la tienda. Son las 8:30 de la mañana. Hace más de cuatro horas que abandonamos nuestro pequeño hogar llenos de esperanzas. Comemos la última barreta que nos queda. La partición del nuestro último manjar es ccaleidoscopi 1143asi milimétrica. A partir de ahora ya no hay nada más que comer hasta que lleguemos al Puesto.

A pesar de la retirada y de la falta de comida, emprendemos el descenso hacia la cresta animados y cargados de energía. La parte inicial resulta ser una inmensa pala uniforme, de 40* a 45 * grados de inclinación y más de 700 metros, que ganamos en poco menos de una hora. Una vez en la cresta la linea de nieve y roca se muestra elegante y sorteamos algún que otro merengue de nieve, una escultura muy característica de esta región, producto de la intensa y rápida erosión del viento sobre la nieve. La lejana nube que parecía enganchada al San Lorenzo hace media hora que ha dejado de ser pequeña y se va comiendo secciones de cielo azul a marchas forzadas. A media arista el viento y la nevada nos alcanzan. Nieva de lado, por efecto del fuerte viento, es la llamada “nieve chiflada”. En cuestión de momentos estamos inmersos en un temporal, a pesar de ello continuamos sin mediar palabra. Voy delante y dejo siempre un espacio prudencial entre Ramón y yo, algo me dice, por sus pausas y sus gestos, que cada vez la renuncia hace mella en su interior. Es un fétida flor que surge y abre, lentamente, sus pétalos rellenos del néctar de la duda. En un lugar concreto deshago mis pasos para unirme al compañero. La parte de la arista que viene a continuación presenta un tramo mixto aéreo y de feo aspecto, la prudencia me aconseja sacar cuerdas y asegurar el tiro. Ramón aprovecha nuestra reunión para comentarme lo que ya sospechaba. Se encuentra agotado y las perspectivas son lamentables, el tiempo es horrible y la cumbre se muestra cercana y lejana a la vez. Ya tiene la decisión tomada, se baja. Yo le digo que quizás continúe. El me aconseja que descienda, pero respetará mi decisión, eso si, me solicita la máxima prudencia, a partir del momento en que nos separemos deberé continuar solo en un lugar situado al fin del mundo. Al final el cansancio y el desanimo me pueden. Yo también bajaré, allí queda la cumbre dentada de una aguja virgen, un bonito regalo de consolación que ya no será, como todos los sueños que nos trajeron a estos lares perdidos. Bajamos en silencio, rotos, agotados, vacíos. Cruzamos un bosque de árboles enanos, de poco más de un metro de altura, y con un ramaje tan tupido y espeso que solo podemos atravesarlo caminando por encima de las copas chafadas. Nunca había caminado por encima de un bosque. En Patagonia todo es posible (quizás el único imposible es que el buen tiempo dure). Al llegar a la tienda deshacemos el campamento con rapidez. Ya nada nos retiene aquí. Tan solo la esperanza de comer en abundancia nos mueve a bajar al Puesto con cierta alegría.

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Durante el descenso, que transcurre por largas extensiones horizontales donde la erosión y el permafrost han moldeado un sinfín de diminutas dunas, tenemos la sensación de caminar por un paisaje de ciencia ficción. La irregularidad del terreno, la falta de referencias, las largas distancias, la niebla, la nieve que se proyecto a un velocidad endiablada en sentido horizontal … suman las pinceladas del mal terrible de los cuadros, y nosotros, como dos náufragos, caminamos casi inertes en este mundo análogo. Al rato nos perdemos de vista y cada uno se queda con la sola compañia de su propio cansancio y su tormento. Por el horizonte unos puntos, cada vez más visibles, parecen dar un nota distintiva al paisaje marciano. ¿Que son esos puntos? ¿Se mueven? ¿serán piedras, serán guanacos, serán alucinaciones?. Poco más tarde, como si de tres astronautas se tratasen, destilo con claridad la silueta de tres caminantes que, de tan lentos que se mueven, parecen que formen parte de un película proyectada a cámara lenta. Al cruzarnos me percato que son los alemanes que salieron de la caseta del parque una semana antes. Se perdieron en medio de la tormenta, cruzaron el rio Lácteo por equivocación y pasaron días dando vueltas hasta volver a encontrar la linea correcta que  les llevaría al Valle del rio Oro. Ellos van sumamente tapados, protegidos gruesas capelinas y encorvados bajo el paso de enormes mochilas. No pretenden escalar, no obstante el exceso de peso les ha condenado a una marcha extremadamente lenta y fatigosa, Por llevar llevan hasta teléfono satélite, GPS, balizas de emergencia para ser detectadas, también vía satélite, etc. ¿Donde está el sentido de la aventura? No se sabe, pero hay quien lleva el contrasentido hasta las fronteras más remotas del planeta.

Al llegar al Puesto saciamos nuestra hambre. Comemos y comemos hasta reventar. El teoría Carlos no tardará en llegar con los caballos, quedamos en cenar juntos y descender al día siguiente. El hambre ha ganado la batalla a nuestra exquisita educación occidental y nos hemos atiborrado sin esperar al tercer comensal. Cuando llegue le acompañaremos amablemente, picaremos algo para que no cene solo y punto. Carlos llega como llega todo en estos lugares: primero es un lejano punto casi indefinido, que no se aprecia bien si se mueve o no. Poco a poco se ve con mayor claridad y se perfecciona el movimiento. Luego parece cercano, pero no es así, aquí las distancias siempre engañan. Un buen rato más tarde el trote del caballo rompe el silencio del prado.

– Que tal chicos, ¿hubo suerte? —

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Tras explicarle nuestros pormenores, saca un trozo de carne y al tiempo enciende una viva hoguera y cocina un asado gaucho. Al olor de la carne tostada se nos abre de nuevo el apetito. Nos deleitamos con un exquisito asado, tan simple como perfecto. La carne se abrasa crucificada en una estructura metálica clavada en el suelo, se cuece al calor de las llamas de la cercana hoguera, no hay brasa, solo fuego puro. El sabor de la carne es tan especial que no recuerda nuestra triste procedencia: venimos del mundo transgénico y manipulado, donde los pollos comen día y noche para engordar en una semana y las vacas se alimentan con sienes trituradas de ovejas.  Por la noche, nuestra última noche en la montaña, me arriesgo a hacer un vivac. Tan pronto observo un sinfín de estrellas y constelaciones que resultan ser desconocidas para mi, como que tupidas nubes negras parecen anunciar la inminencia del diluvio. Por suerte no llueve ni nieva y al día siguiente, — como suele pasar en estos casos — nace el día con mejor tiempo de todos los transcurridos en las alturas. Como telón de fondo, — frío, mineral y tapizado de verglass — El San Lorenzo con sus paredes orientadas al este. Toda un vertiente compleja y de aspecto inescalable, con una pared vertical, enorme y virgen. Multitud de goulottes se comunican y se separan bajo la atenta vigilancia de inmensos seracs. Todo un complejo cosmos para las generaciones andinistas del futuro. Nosotros nos contentamos con pensar que dejamos atrás lo que era un bonito sueño, la pared sur del Cerro Hermoso, y nos despedimos con sensaciones más cercanas al “hasta nunca” que a un “hasta pronto”. Patagonia es un lugar mágico y maravilloso para los alpinistas románticos. En la cabeza y en el corazón de ambos nos roe la necesidad de volver a repetir la experiencia, una o varias veces, pero seguramente escogeremos otro valle perdido y otra montaña remota. En ningún otro lado del planeta abundan tanto rincones con esta tipología. El Cerro Hermoso puede llamarse Volcán Lautaro, Cordón Escondido, Cerro Plúschow, Cerro Cruz del Sur, Cerro Mano del Diablo, Cerro Akira …. ¡ hay tantos !

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Al abandonar la estancia nos despedimos de todo el personal del Rincón y en especial de Carlos. Vamos a su estancia, llamada “de los manantiales”. Su madre nos saluda, quieta y estática en un rincón de la cocina, en mismo rincón en el que permanecerá la larga hora en la que realizamos la visita. Su cara risueña y su morada fija ahondan, aún más, su semblante inmóvil.

— ¿Señora, usted no se aburre aquí sola cuando su hijo marcha?

— No, aquí siempre hay algo que hacer, algo en que ocuparse — responde.

La estancia recibe el nombre de unos manantiales de agua cristalina que brotan a apenas cien metros de la construcción. A pesar de la cercanía el agua no está canalizada, por lo que, sea verano, sea invierno, llueve, nieve o ventee con violencia, es necesario salir de la aislada casa para hacerse con agua. Para comer, para lavar, para limpiar, etc.

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— Carlos, ¿Que temperaturas acostumbráis a tener aquí en invierno?

— No se, diez o quince bajo cero son normales.

— ¿Y en invierno como lo haces para conseguir agua?

— Rompo la capa de hielo y la saco con cubos.

Carlos, ¿nunca pensaste en hacer llegar el agua a casa y no tener que salir cada vez a buscarla?

— Si, con frecuencia lo pienso, algún año lo haré, pero es que al final siempre estoy ocupado con otros menesteres y no tengo tiempo.

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La casa no tiene la protección de la valla de chopos, ni el micro-bosque que acostumbra a rodear a la estancias más ricas. Las ventanas están mal selladas, se oye el viento poco penetra y la única calefacción de la casa es la propia cocina, la cual es de grandes proporciones. Una caja metálica con varios fogones que ocupa el centro del habitáculo.

— En invierno, como aquel que dice, hacemos toda la vida dentro de la cocina. Apenas transitamos el resto de la casa. Está muy fría… La estación es larga, muy larga. Por suerte no acostumbra a hacer viento, pero si nieva cuesta mucho que marche. Una vez fuimos a Gobernador Gregores a comprar reservas para aguantar el invierno, nevó y ya no pudimos regresar al hogar. Tuvimos que esperar cuatro largos meses. Al volver pudimos comprobar que nuestra ausencia había sido desastrosa. Varios caballos murieron de frío y hambre. Casi perdimos todo el ganado. Costó años, muchos años, poder superar el duro golpe. Fue una época llena de necesidades y limitaciones.

Carlos nos enseña su colección de puntas de flechas loa Araucanos o Mapuches (*1). Se enorgullece del esfuerzo de la búsqueda que le ha llevado a tener más dos centenares de ejemplares. Según el para encontrar una punta de flecha puedes pasarte días y hasta semanas rastreando el suelo.

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Los restantes días los ocupamos en hacer un poco de turismo al lugar más conocido de Patagonia: el Glaciar Perito Moreno (que nada tiene que ver con la población de Perito Moreno y el Parque de Perito Moreno). Resulta ser una derivación del hielo continental que rompe en dos el inmenso Lago de nombre análogo. La lengua de hielo, de quilómetros de longitud y muchos metros de espesor, forma un dique natural que evita que el agua fluya con naturalidad ha ambos lados de la lengua helada. Por tal motivo los niveles van diferenciándose y uno de ellos aumenta de altura mientras el otro continua estático. La propio fuerza del agua retenida revienta el dique natural de hielo y se vuelven a nivelar la altura del agua de ambos lados del glaciar. Tras ello la presión de los hielos vuelve a cerrar la grieta del dique y nuevamente se acumularse agua en uno de los laterales del glaciar. Es un extraño proceso natural que se repite cada cinco años y que resulta ser un espectáculo único. El glaciar del Perito Moreno, a pesar de su aspecto gigantesco y salvaje, es accesible por carretera con coche, y un innumerable enjambre de turistas lo visitan cada día durante la temporada alta. Nosotros, por suerte, madrugamos un poquitín más de la cuenta, y disfrutamos del paseo entre el canto de los pájaros y el estruendo sonido de los hielos al desquebrajarse. Justo cuando marchábamos centenares de turistas iniciaban el descenso hacia la lengua glaciar, más atentos de sus gritos y conversaciones que del mensaje subliminal de la naturaleza salvaje.

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El último pueblo antes de llegar al famoso glaciar es Calafate: una nota de color en medio de la nada. Hasta aquí llega  la carretera asfaltada, directamente desde Río Gallegos, pequeña ciudad que dispone de aeropuerto. El turista que procede por esta vía rápida evita los interminables kilómetros de ripio, evita las agrupaciones de casas perdidas en la nada, evita la búsqueda de gomerías (*2), evita, en definitiva, la Patagonia inhóspita, cruda y transparente. Tan cruda y transparente como el aire que siempre la transita sin encontrar la pausa y la paz. De vuelta a San Julian llegamos a recorrer 220 quilómetros por pistas de ripio sin cruzarnos con ningún otro vehículo ni ninguna otra alma humana. Muy esporádicamente un cartel indica una bifurcación de caminos que llevan a alguna estancia solitaria ¿Pero quien puede vivir en un lugar como este? Atravesando los páramos infinitos del fin del mundo una sensación nos embarca: si te mueres en un lugar como este, no te encuentran ni los cóndores.

(*1) Los Mapuches o Araucanos eran los indígenas que poblaban la Patagonia antes de la colonización española y que fueron exterminados por los invasores.

(*2) Las “gomerias” son arcaicos talleres en lo que se reparan y rechutan una y otra vez los neumáticos agujereados y pinchados por el ripio. Por extraño que parezca resulta muy improbable, por no decir imposible, encontrar neumáticos nuevos en medio de la Patagonia más profunda. El día a día se tiñe de una lucha por la supervivencia que nos recuerda que, por mucho que se obstinen ciertos políticos locales, ciertas regiones de Argentina están más próximas al tercer mundo que al primer mundo.caleidoscopi 1150

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LA CORONA DE ANDORRA – EL TAO DE LAS CUMBRES

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Integral Andorra (9)

Durante el verano del 2013, con mi buen amigo y compañero de fatigas Jordi Villamayor, alias “Fanatik”, realicé una bonita y larga travesía de cumbres por el Pirineo. Se trata de la que hemos denominado la “integral” o la “corona” de Andorra, la cual consiste en la larga sucesión de cumbres y crestas que delimitan este pequeño país pirenaico. Un total de 10 días de travesía por altas cumbres, viviendo en ellas, bajando tan solo a pequeños lagos cercanos al cordal para dispensarnos de agua y vivaquear. Se ha tratado de una pequeña, cercana y entrañable aventura. Es el Tao de las cumbres.

La gran travesía se divide en dos zonas bien diferenciadas, la que denominamos el arco sur por un lado y el arco norte por el otro. El arco sur es el tramo que va desde el Port d’Envalira, accesible en vehículo, y la propia población de Andorra la Vella. Y el arco norte es la zona superior, situada por encima del rio Valira, que empieza en Andorra y termina en el Port d’Envalira pasando por los circos de Coma Pedrosa, Ordino, Ransol y Juclar.

Integral Andorra (24)

Arco Sur. Primer día: Empezamos a medio día bajo una niebla fría y húmeda. A pesar de ser verano, el termómetro del Port d’Envalira, a más de 2.400 metros de altura, marca tan solo 5º C de temperatura. Ambiente desapacible pero buen estado de ánimo y fe en una mejor previsión meteorológica. El tramo de cresta, con algunos pasos de III+/IVº, por terreno húmedo y resbaladizo sobre una roca fría y casi verglasada requiere nuestra atención, más teniendo en cuenta que llevamos a la espalda una buena mochila. El sol de tarde nos sonríe en la cumbre del Pic Negre d’Envalira y con él los cálidos rayos ayudan a desentumecer el espíritu. A partir de este momento las dificultades decrecen y a tramos son absolutamente nulas, lo cual nos permite progresar sin cuerda por los ya cálidos cordales del Circ de Collels y Pessons. Hacemos noche en la cumbre del Montmalús, donde un sol misterioso, el mismo que nos alegró la sosegada tarde, se esconde sigiloso y tímido entre nieblas quebradizas. Noche en lo alto de la montaña, noche en lo alto de nuestros sueños.

Integral Andorra (37)

Arco Sur. Segundo día. Hoy es un día de aquellos que caminaremos mucho más de lo que escalaremos. De hecho tan solo hay un primer tramo de cresta en la zona del Pic de Ribuls, con sus tres agujas características. Luego andar, andar, andar, hasta que las piernas nos aguantes, hasta que el día concluya. Breves chubascos que nos afectan en las inmediaciones de la Refugio de l’Estany de l’’Illa. Cuatro gotas que caen mientras disfrutamos de una pausa a buen recaudo para comer y reponer fuerzas. Poco más tarde, al reemprender la marcha, el cielo vuelva a abrirse y nosotros agradecemos en silencio nuestra dicha. Podremos aprovechar el día y dejaremos atrás las bonachonas cumbres del norte de la Cerdanya: la Tossa Plana de Lles, el Tossal Bovinar, hasta dormir en el amplísimo collado de Peirafita. Por debajo nuestro los famosos Estanys de la Pera, los cuales no visitaremos ya que nuestra intención es “vivir” y dormir en las cumbres. El hombre de las cumbres es espartano y si mínimamente puede, evita el confort de los valles braseados donde se encuentran los bosques y los prados.

Integral Andorra (49)

Arco Sur. Tercer día. Como si de dos bolas de chocolate se tratase, redondas y bonachonas, subimos y bajamos como hormiguitas las dos últimas grandes cumbres del arco sur, el Peirafita y el Monturull. Luego el cordal es tan ancho que parece un campo de aterrizaje, dejamos tras nosotros el Pic Negre d’Urgell y el Calm Colomer para descender por el agradable valle de la Comella, con el bucólico refugio de Prat Primer. Un agradable descubrimiento para aquel que creía conocer ya todos los rincones de la montaña andorrana. Descenso a la capital. Andorra la Vella. Final del arco sur. Los hombres de las cumbres abandonan su hábitat natural y vuelven a mezclarse con el resto de mortales. Una abrupta y desafinada transición para pasar del perfume trasparente de las cimas al olor variopinto de la civilización.

Integral Andorra (41)

Arco Norte. Cuarto día. Con la estimable ayuda del buen amigo Xavi Bonatti hacemos un poco de “trampa” y subimos con coche por Sispony hasta el lugar donde está permitida la circulación de vehículos por el valle de riu Montaner. Xavi nos acompaña hasta el Pic d’Enclar y más tarde al Alt de Covil desde donde se despide de nosotros para regresar al vehículo. De nuevo Jordi y yo aprovechamos las horas de día y la bonanza meteorológica para caminar por los fáciles cordales que nos llevan a las cumbres más altas de la zona de Pal, el Alt de la Capa y el Pic de Port Vell. Allá coincidimos con otros dos montañeros, los únicos que veremos en esta larga travesía de cumbres y crestas. Ellos están realizando la alta ruta andorrana que enlaza valles, collados y alguna que otra cima, pero que poco o casi nada tiene que ver con nuestra larga “corona”. Admito que sentí cierta envidia cuando se despidieron de nosotros con la intención de cenar, resguardarse y pernoctar en el refugio del Coma Pedrosa. Se me antoja como un lujo al cual hemos renunciado en pos a no abandonar los cordales y a nuestra apuesta por la autonomía total. Seguiremos ya cansados deambulando por los sublimes cordales del Sant Fonts, ya con la tarde vieja, con el sol en su ocaso. Últimas luces y últimas energías para el breve descenso hasta las aguas del lago más alto de Andorra, el Estany Negre, a la orilla del cual acamparemos para pasar una gélida noche en uno de los escenarios más alpinos del micro país pirenaico. A tiro de piedra (al menos es lo que parece) la cumbre más alta de toda la travesía. Primer plato del largo menú del día siguiente.

Integral Andorra (50)

Arco Norte. Quinto día. Lo bueno que tiene permanecer cerca de las cumbres es que tardas bien poco en ascenderlas. Casi entre bostezos, desayunamos y saludamos al nuevo día en la cumbre del Coma Pedrosa, con sus 2.942 metres, el “techo” andorrano. Empieza aquí un tramo de escalada un tanto espeluznante. Roca agria, desagradable, desmenuzada. Transitamos con los recortes del Malhivern, donde han sido varios los desafortunados accidentes a lo largo de los años. El peso de la mochila no ayuda precisamente a escalar con comodidad, pero de algo debe servir ser gato viejo. Más pronto que tarde, sin más demoras que las necesarias, dejamos detrás este desagradecido cresterio. Quedan atrás las cumbres recortadas de la Roca Entravessada. Subimos el Medacorba para iniciar una nueva cresta, más fácil pero larga, más teniendo en cuenta que enlazamos las cumbres de Racofred con el tercer cresterio del día, el cordal Pic Pla de l’Estany – Angonella – Cataperdís. Tarde de luces, aires y espectaculares cabalgadas sobre los recortados mares de piedra de Soulcem. Desde la cumbre del Cataperdís, cansados ya de tanto escalar y caminar, una prolongada pausa antes de la penumbra. Parece que podamos sentir el rotar del planeta Tierra, su girar eterno. Que afortunado me siento de ser parte de las cumbres en el ocaso del día. Me siento como el anciano que observa feliz las flores de la sabiduría.

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Arco Norte. Sexto día. Desde el Port de Rat hoy recorreremos el circo más norteño de Andorra, la zona del Tristaina. El buen tiempo nos respeta desde el amanecer hasta el anochecer y caminamos y escalamos como si estuviésemos condenados de por vida a ello. ¿Será que seremos ya moradores de las cumbres y no sabemos vivir sin transitar sobre ellas? Nuevos tramos de crestas, algunos sin cuerda y otros en ensamble. Ligeros, compenetrados. Nos comunicamos sin palabras, sin gritos. Son tantas ya las horas nuestras como cordada de escalada, que cada uno sabe con certeza que maniobra está realizando el compañero sin necesidad ni tan solo de observarlo o escucharlo. Somos capaces ya de adivinarnos el pensamiento mutuo sin dudar en nuestro singular código de silencio. Hoy acamparemos de nuevo cerca del agua necesaria de una laguna insigne, diminuta, casi-anónima, situada bajo el tercer cresterio de este maratoniano día, el Pic de Fangasses.

Integral Andorra (52)

Arco Norte. Séptimo día. Dios creó el mundo en seis días y el séptimo descanso. ¡Qué suerte la suya! Nosotros en nuestro acratismo alpino no damos pausa a nuestros sueños, que cabalgan  a rienda suelta como nosotros, entre las finas crestas que recortan tierra y cielo. Somos los seres del retorno, del eterno subir y bajar. Día de lluvia, que por suerte nos sorprende en el último rápel del dentado  y complicado descenso de la cresta este de Pic de Siguer o Fontblanca. Bajo un cielo plomizo y la lluvia suave y fría, dejamos atrás, una tras otra, las onduladas cotas del Serrat del Forn y del Pic del Salt. La noche nos sorprende entre grisáceos nieblas muy cerca ya del Pic de la Serrera. Tenemos que bajar hasta la primera surgencia de agua de la parte alta del valle para aprovisionarnos de agua. Nos tomamos un merecido descanso. Al menos, dentro de la pequeña cápsula de la tienda vivac, ya no llueve. Nos dormimos notando la losa del cansancio y el titilante sonido de las gotas de agua cayendo sobre la tela. El mal tiempo está allá fuera. ¡Aquí dentro de la crisálida de está tan bien! Con poco se contenta el hombre de las cumbres.

Integral Andorra (57)

Arco Norte. Octavo día. Mañana de nubes con malos presagios que se desvanecen a medida que las horas avanzan. Nuevas crestas y cordales de poca dificultad que nos permiten escalar sin cuerda y recorrer largas distancias. Quedan tras nuestras livianas pisadas cumbres como el propio Serrera, el Pic de Ransol o los Mill Menuts. La jornada concluye en el Pic de Varilles donde ya sabíamos que nos esperaba una recortada cresta, la cual ya deberá formar parte de otro jornal. Hoy ya hemos fichados las ocho horas reglamentarias más algunas más de propina. El hombre de las cumbres no tiene reloj, pero sus jornadas finalizan cuando el sol está ya en pleno declive. Toca descansar y reponerse antes de que el Astro Rey sea derrotado del todo por la negra oscuridad de la noche fría, devota de las estrellas lejanas.

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Arco Norte. Noveno día. La cresta de Varilles nos entretiene más de lo deseado. Aún retiene humedad de la lluvia de los días anteriores y hasta alguna que otra capa fina de hielo cubre los múltiples destrepes orientados todos ellos a la vertiente norte. Por suerte luego el cordal vuelve a estar formado por onduladas cumbres lo cual nos permite recuperar parte del tiempo perdido. Por la tarde, entre nieblas y cansancio y obviando algún presagio de tormenta, miramos de finiquitar con la mayor celeridad posible la cresta de Juclar, la doceava cresta de esta interminable integral. Nos hemos propuesto llegar al Coll de Juclar y lo conseguiremos. No hay duda. Y será antes de que la noche se cierre. En esta última etapa, hartos ya del peso de las mochilas, hemos prescindido hasta de la tienda para acampar y de la funda de vivac. Dormimos bajo el precario refugio de la capelina. Larga noche donde nuestra propia condensación crea un intermitente gotea de agua que cae sobre nosotros, mientras que el rocío de la noche pasa a ser escarcha al descender el termómetro bajo los cero grados. Aguantamos nuestra condena con cierto estoicismo. El hombre de las cumbres sabe que pronto finalizará su comunión con las alturas repetidas. Volverá a ser el que no era y el que no és.

Integral Andorra (68)

Arco Norte. Décimo día. Seguramente tenemos ante nosotros los tramos más técnicos de cresta. La de Ascobes (cresta núm 13 de la corona) y la de Siscaró (la cresta número 14 y última). La primera de ellas es quizá la cresta reina de Andorra. Espectacular, altiva y de buena roca. Jugamos con la ventaja de que las mayores dificultades las realizamos en sentido descendiente, con lo que podemos auxiliarnos con la técnica de rapel. Ya no nos quedan aros de cuerda para abandonar. Debemos ir cortando la propia cuerda con la cual escalamos y rapelamos para reforzar las instalaciones. Mejor así, menos peso para acarrear ahora que se avecina el fin de la travesía inconclusa. En esta última y larga jornada, más que escalar y caminar, uno tiene la sensación de que vuela por los cordales … Siscaró, Pic de la Cabaneta y por último el Pic de Maià, las antenas, la pista, el ruido de la carretera, y de nuevo en el lugar iniciático. Port d’Envalira. ¿Final de la travesía?.. ¿Final de qué? ¿O será más bien el principio? … Ni una cosa ni la otra. Tras caminar y escalar tantos días por las cumbres al son de las horas, uno sabe que solo hay un camino, tan efímero como eterno, el Tao de las cumbres.

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