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MARMOLEJO. EL SEISMIL MÁS AUSTRAL

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1.a (3)LADERA OESTE DEL VOLCÁN DE SAN JOSÉ. MONTAÑA DE 5.878 METROS. ¡Miles, millones, trillones de penitentes por todos lados!. Hasta más allá de donde llega la vista, se alinean estos terribles fantasmas helados. De noche se sucedían unos detrás de otros, como las olas de un oceano sin orillas. Más tarde la luz lechosa del amanecer nos evidenció lo que sospechábamos: nos hemos perdido completamente y hemos optado por el peor “camino”. De poco nos sirvieron las escuetas explicaciones del guía del grupo que bajaban tras intentar cumbre. Por mucho de que nos advirtió de que debíamos abandonar la arista en un punto determinado para ir a la búsqueda del “vallecito”, la profunda oscuridad de una noche sin luna y pocas estrellas y el miedo a extraviarnos por el glaciar sin cuerda ni piolet, nos ha llevado a este callejón sin salida.

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Miro con cierta angustia el sinfín de flechas heladas. Estáticos fantasmas sin alma, los dientes gigantes de todos los tiburones del mundo se han dado cita en esta maldita montaña. Un ejército imparable, medieval. 1945: Los rusos a las puertas de Berlin. Atila y los hunos llaman a Roma. El astio nos va haciendo mella. Al fondo, tras intermibles hileras de penitentes, aparecen las rocas salvadoras. La arista es un inmenso detritus donde todas las piedras parecen tener vida. Se mueven, bailan, pierden el equilibrio. Pero a nosotros se nos antoja un lugar maravilloso … ¡Por lo menos no tienen penitentes!.

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Horas antes, en medio de la más negra de las oscuridades, nos hemos visto trepando una pendiente de 45*-50* con el paupérrimo auxilio del bastón. El piolet se quedó en el refugio lo Valdes, por aquello de minimizar peso. Ya entonces nos deberíamos haber dado cuenta de nuestro error en el trayecto, pero en aquel momento se impuso la necesidad de seguir escalando sin perder pie. Destrepar el terreno inclinado y escamado por los penitentes, se nos antojó, como mínimo, una alternativa temeraria.

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El horario se ha ido al traste, y nuestra intención de subir este gigante en estilo “non-stop” se diluye lentamente, como las sombras incoloras del alba.

  • ¡Cinco horas y tan solo hemos ganado mil metros de desnivel! – se lamenta Jordi.

A pesar de todo comemos, bebemos y reemprendemos la marcha por la arista casi horizontal. Ganamos distancia, pero apenas metros de altura. Caminamos como almas en pena.

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Horas más tarde el cansancio nos puede. Jordi se resiente de una mala digestión. El pan de molde que comimos ayer por la tarde resultó estar caducado de más de quince días y la parte final de la bolsa estaba más verde que un saco de peras. Es evidente que lo hemos intentado, pero que ya no llegaremos mucho más lejos. Salimos ayer al mediodía de poco más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, nos pasamos la tarde hidratándonos y comiendo, y a la una de la madrugada, sin haber conseguido conciliar el sueño, nos hemos puesto en marcha para ganar rápidamente desnivel. La realidad ha sido bien diferente. Los malditos penitentes son los culpables. “Está bien, nos vamos, que le den morcillas a esta inmensa boñiga”. Casi rozamos los 5.000 metros, sumamos poco menos de 3.000 metros ascendido y 1.000 más no separan de la cumbre. Una cumbre que hoy no pisaremos.

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Media vuelta y de nuevo la agonía. Penitentes, penitentes y más penitentes. ¡Me complacería tanto destrozarlos a pioletazos! Pero el piolet continúa guardado a varios quilómetros de distancia y los infames penitentes están más duros que una piedra. “¿Por qué coño hoy el sol está medio oculto por una capa de nubes altas? … Podría haber salido con la misma fuerza que los días anteriores, y al menos derrumbaríamos al azar algunos de los incontables peones blancos que nos barran cada paso”. Las contemplaciones de poco sirven. Bajamos, lentos, atentos, con pasos asimétricos y equilibrios amorfos. “No se acaban nunca… Si, tranquilo, se acabarán… penitentes, penitentes,… Uff. Me encanta la nieve, pero… ¡cuanto odio a los penitentes ¡ … ¿Ves el final de la barrera? … No, tranquilo, ya llegará. Es cuestión de tiempo. Baja poco a poco, sin pensar en lo que hay más allá de los próximos veinte metros… Penitentes, penitentes, penitentes… llevo más de 30 horas despierto, cuando me duerma, seguro que soñaré con los penitentes”.

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LA MONTAÑA DE MARMOL, QUE ESTÁ MUY LEJOS. El trayecto que realizamos en vehículo para aproximarnos al valle del Estéreo Marmolejo, se antoja ridículamente corto en comparación a las dimensiones de la montaña. Las estribaciones del gigante quedan lejos, muy lejos. Antes de llegar al lugar en que nace la senda, sabiendo que en pocos segundos concluirá nuestro paseo motorizado, le comento a Andy, el guarda del refugio Lo Valdés:

  • Andy, ¿no hay manera de que esta bestia con cuatro ruedas nos lleve más arriba?

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Andy estaciona el 4 x 4 en el lugar de nacimiento de la polvorienta senda, y tras bajar del coche, me da una palmadita en las piernas y me responde con su típico acento inglés.

  • A partir de este momento, el único transporte que tienes son estas piernas.

Miro las mochilas atrasando unos absurdos segundos el inicio del suplicio.

  • Si, mis alambres fibrosos… digo para mis adentros… ha llegado la hora.

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Paso a paso iniciamos la larga marcha. Hemos rehecho una y otra vez las mochilas, cada vez hemos intentado sacar algo prescindible, hasta que hemos considerado que ya no había nada más que considerásemos innecesario. A pesar de ello el peso se hace notar. Un viejo truco hace que el volumen no se excesivo: llevamos mochilas de 50 a 55 litros. Limitándonos el espacio evitamos cargarnos en exceso.

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Al poco rato llegamos a los inmensos planos de la engorda de San José. Los vulcanólogos sostienen que, hace millones de años, esta inmensidad era un cráter desproporcional, una inmensa caldera. Dos ríos la surcan, obligándonos  a sumergirnos en las frías aguas hasta un poco más arriba de las rodillas. Los ríos, ahora en primavera, deben vadearse por la mañana. Tras las horas de calor del mediodía el incremento del deshielo los convierte en potencialmente peligrosos.

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A partir de los 2.600 metros empezamos a pisar nieve. Ya no abandonaremos el paisaje glaciar hasta estar por encima de los 5.400 metros. Incongruencias de los Andes. El viento de las alturas es el culpable.

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Larga marcha. Caminamos sobre el lecho nevado del río. El agua ruge a intervalos, audible a nuestros oídos, invisible bajo nuestros pies. La caminata transcurre con la consciencia de que debemos dosificar fuerzas. A ratos paramos para deshacer nieve, descansar, hidratarnos y tomar un tentempié. Hoy solo es el primer día de los que utilizaremos para ascender esta gran montaña en estilo alpino. Primera noche en el que acostumbra a ser el campo base estival, a 3.400 metros. En lo alto del circo coronado por las anaranjadas paredes que salieron del anonimato gracias a la espectacular cascada de la Senda Real, abierta dos años antes, y que desapareció la temporada siguiente a ser escalada y divulgada. En verano las mulas llegan a estos parajes y no es de extrañar que coincidan varios grupos expedicionarios. Ahora la realidad es muy diferente. Hasta allá donde llega la vista todo está cubierto de nieve y la soledad es tan absoluta que hasta el viento parece estar ausente. Ya casi es penumbra absoluta pero la nieve parece retener una tenue iluminación azulada. Magna soledad, sola magnitud.

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Segundo día de marcha. La jornada considerada como más dura, a excepción del día de cumbre. Debemos subir a la arista por una interminable pala de nieve que en la parte alta llega a tener 45º grados de inclinación. Es el único sector un tanto inclinado de toda la ascensión al Marmolejo, una cumbre lejana, dura, áspera, pero técnicamente fácil. En la parte final de la pala, el cansancio, la monotonía, el peso de la mochila y los penitentes se mezclan en una especie de coctel desagradable e impropio. Por fin llegamos a la arista y pronto encontramos los rellanos donde se suele instalar el segundo campamento. Una vez montada la tienda, y tras la fugaz cena, nos deleitamos con una puesta de sol bíblica. Estamos a 4.200 metros y nuestro mirador excepcional hace que nos sepamos grandes privilegiados en un mundo de pocos. Los alpinistas no volamos, pero quizás nuestro caminar por las altas montañas y nuestro danzar por las paredes, es lo que más se parezca a la libertad del vuelo; dentro de la loca idiosincrasia de actividades del género humano. Nos fundimos en el calor de los sacos de plumas, tras la frágil crisálida de la tienda la noche es glaciar. Por suerte el tiempo sigue siendo excelente y el viento, eterno enemigo de los andinistas desafortunados, continúa brillando por su ausencia.

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Tercer día de tránsito. Jornada en que nos reconforta encontrarnos en buena forma. Seguimos subiendo y aclimatando, tras la noche a más de cuatro mil metros, hoy pernoctaremos a los 5.000. Llegamos al solitario campamento tres con varías consignas secretas que nos rondan por la cabeza: Por fin se acabó el subir cargados, mañana es el día de cumbre, hemos dosificado de manera inteligente el esfuerzo de hoy. Nos hidratamos y comemos, y volvemos a hidratarnos. El emplazamiento donde pernoctaremos es indescriptiblemente salvaje. El hombre tan solo puede sentirse minúsculo, insignificante, una mota de polvo ante tanta infinidad. Más allá de donde la vista alcanza, todo son oleajes de grandes montañas. Al fondo hasta se divisa el Aconcagua y su pared sur. La reconozco porque hace casi veinte años estuve a los pies del colosal precipicio. La puesta de sol empieza siendo gótica y acaba con acordes épicos. Me concentro para que mis retinas retengan lo efímero. Las imágenes, las tonalidades, los colores, las formas, cambian a una velocidad lenta pero constante, como la vertiginosa caída de la temperatura en este crepúsculo imposible de olvidar. Me siento feliz de estar en este lugar remoto y solitario, de poder compartir estos momentos con un viejo y gran amigo, de haber llegado aquí tan ligeros de equipaje, sin dar un paso atrás. Convencidos y conscientes de lo que queremos. “Lo importante no es lo que asciendes, sino de cómo lo asciendes” No se ha cansado Jordi de repetir una y otra vez al planear que tipo de ascensión queríamos realizar y que estamos realizando.

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Cuarto día. Jornada de cumbre. Salimos antes de que el sol despunte, caminando entumecidos y adormecidos en las horas más frías. Hoy el viento, sin ser fuerte, si que nos honra con su desagradable visita. Este es su reino y somos nosotros los intrusos. Un gran plaetau de nieve, conocido como el glaciar del Marmolejo, da paso a unas palas de poca inclinación que se internan en el cono pedregoso que sostiene la cumbre. Por suerte, la abundante nieve, oculta las grietas del glaciar hasta el punto en que no consideramos insensato dejar los baudriers y el cordino en la tienda. Debemos ir ligeros, tenemos mil metros de desnivel por delante y hoy, con toda evidencia, se notará nuestra falta de aclimatación. Dicho y hecho. Horas más tarde caminamos pesados, extenuados, respirando en exceso, notando el loco bombeo del corazón. Los dos conocemos esta sensación por haberla experimentado previamente. Es el precio de subir más allá de los cinco mil metros sin haber aclimatado previamente. Los últimos metros, como no podía ser de otra manera, se hacen interminables, una verdadera prueba de cabezonería. Me viene a la memoria el dicho de la familia del famoso explorador polar de la década del 1910 Shackleton, “Venceremos gracias a la resistencia”. Pocos metros antes de ascender el último bastión de la cumbre nos ponemos a reír como descosidos. Hace dos días éramos dos montañeros vigorosos y meticulosos, dosificando esfuerzos y procurándose una excelente hidratación. Ahora parecemos dos abuelos del inserso a los que se les ha escapado el autobús y tan solo les queda el remedio de continuar caminando, a duras penas, para regresa a sus hogares. Al fin, seis horas más tardes de haber abandonado el confort de la diminuta tienda, pisamos la cumbre, envueltos de un viento desagradable que nos urge a abandonar prestos el tan anhelado punto álgido del Marmolejo. 6.110 metros sobre el nivel del mar. Fotos de rigor y la carrera hacia abajo. Bajar, bajar y bajar, la mejor panacea contra el aturdimiento de la falta de aclimatación. Bajar en busca de oxigeno, bajar en busca de nuestra burbuja – hogar, un punto amarillo en medio de un planeta inhóspito. Bajar para saborear mejor la dulce miel de la victoria. . “Lo importante no es lo que asciendes, sino de cómo lo asciendes”. Esta elegante ascensión, a pesar de tratarse de un terreno fácil, representa, para nosotros, abrir una puerta a futuras perspectivas. Montañas remotas y altas, en equipo de dos, ascendiendo del tirón, sin perder altura. Una bonita historia en la cual son muchas las variantes que intervienen, siendo una de ellas la principal, la que pesa más que las restantes en la balanza: la ilusión.

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Tarde de nieve y cansancio. Mi compañero se ocupa de las tareas de fundir nieve y cocinar, nuestras yo intento recuperar las fuerzas que parecen haberse agotado. Nos recogemos en nuestro micro cosmos, nuestra magnifica cúpula amarilla. Fuera el viento aúlla y azota las paredes de la tienda, echándonos ráfagas de nieve que estallan contra la tela. Cuando el declive de la tarde llega a su fin, nos acurrucamos en los respectivos sacos, sabiendo que el mal tiempo no durará y que, una vez pisada la cumbre, ya no es tan malo. Hasta se nos antoja como un ingrediente más que da “ambiente” a nuestra rápida ascensión. Por la mañana el paisaje está transformado bajo la capa de nieve reciente. El cielo es de un azul intenso. Continuamos el descenso, hoy bajaremos de los 5.000 a los 2.500 metros. Ya no dormiremos sobre nieve ni a varios grados bajo cero. Durante el descenso coincidimos con otros grupos que están ascendiendo. Dos de ellos empezaron el mismo día que nosotros a la misma hora, de hecho compartimos el transporte hasta el principio del camino del valle. Disfrutamos del trabajo bien hecho, de la recompensa al esfuerzo, de una cosa bien rara para ambos como cordada: es una de esas pocas veces que todo ha salido de pedir de boca. Y a pedir de boca estarán mañana los filetes que nos tomaremos en el refugio lo Valdés. A sido tan buena la marcha de descenso, que si hubiésemos queridos podríamos haber llegado al  lejano lo Valdés, pero seguramente los vadeos del rio sean impracticables y, cosa inhabitual, hoy no tenemos ninguna prisa por volver. Acampamos en el linde de la nieve. Nos deleitamos caminado por encima de los diminutos arenales de sedimento y prendemos una hoguera por el puro gusto de deleitarnos viendo el fuego. A punto de anochecer, deambulando por las afueras de la tienda, asciendo a una piedra y aúllo a la luna plena: “Andy” – grito – “prepara la cerveza y la carne, que llegaremos hambrientos”. Venimos del mundo del lobo estepario, aquel situado al otro lado de la puerta donde puede leerse la inscripción “solo para locos”.

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