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MONTE ELBRUS – 5.642 METROS EL TECHO DE EUROPA POR SUS 4 VERTIENTES

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Elbrus (1)

El Monte Elbrus, techo de Europa, se sitúa en la amplísima y grandiosa cordillera del Cáucaso y es, cada vez más, un destino codiciado por muchos alpinistas, al ser una dicha cumbre una de las famosas “seven summits”.

Elbrus (2)

La via normal, la más frecuentada, transcurre por su vertiente sur. El acceso en teleférico hasta la proximidades del refugio Barrets, el segundo refugio de Prijut 11, la relativa facilidad para llegar al collado y la cumbre principal, el posible auxilio de oruga y la ausencia total de dificultades técnicas, hace que se haya convertido en la “ruta-romería” del techo de Europa.

Elbrus (3)

La vertiente norte, más salvaje y solitaria, va cayendo poco a poco en manos también de la masificación y cada vez está más asilvestrada. Pero allá tendremos que subir a pie desde la parte baja de la montaña y el campamento uno aún continua siendo un lugar austero, a pesar de que ya cuenta con comedores, letrinas y multitud de pequeñas cabañas donde pernoctar. La ruta también carece de dificultades, si bien resulta más larga y el largo flanqueo hacia el collado frena a más de uno y a más de dos, que optan por realizar la cumbre este, más fácil y cercana, ya que requiere unas 2 o 3 horas menos de esfuerzo a gran altura.

Elbrus (6)

En tercer lugar estaría la vertiente este con el Valle de Irik. La subida más bonita y espectacular a la montaña, también carente de dificultades, pero con un larguísimo valle donde encontramos todas las tonalidades del verde y unos extenso glaciares que nos recordarán que no estamos en los Alpes, si no en unas montañas de mayor envergadura. No obstante la vertiente este dista mucho de ser frecuentada como las dos rutas normales, por una simple y llana razón: cuando escalas la montaña por esta vertiente vas a parar directamente a la cumbre este, la más baja, la que “no cuenta”, lo que le quita interés al “montañero” coleccionista y consumidor de trofeos.

Elbrus (40)

Por último está la vertiente salvaje y solitaria por antonomasia, el lado alpino de la montaña, aquel que ya requiere técnicas de escalada con la posibilidad de variantes interesantes y algunas de gran envergadura, como sería la oscura y peligrosa pared de Kyukyurilyu. Se trata de la vertiente oeste, reservada para auténticos alpinistas y donde la autosuficiencia se impone ya que no existe ninguna infraestructura. Solo montaña, ríos, valles, rocas y nieve, como antaño eran las otras vertientes ya domesticadas de esta gigantesca montaña.

Elbrus (8)

Personalmente visité la montaña por primera vez hará ya unos cuantos años, en el 2003 si los cálculos no me fallan. Fuimos un grupo de amigos por la vertiente sur, con la temporada aún prematura. Era principios de junio y como acostumbra a pasar en estas grandes montañas, el tiempo aún no se había estabilizado del todo. Llegamos y llovía en Terskol, la pequeña población turística que sería el equivalente al “Chamonix” del Mont Blanc o al Benasque del Pirineo. Ambiente gris y frio. La nieve podía olerse poco por encima nuestro, tras las compactas nubes bajas. Más tarde hasta nevó a poco más de 2.000 metros, en la propia población de Terskol. En la montaña el frio aún era pronunciado y las nevadas copiosas. A pesar de ello aún realizamos un decidido intento en el único día de bonanza que disfrutamos, una ventana de buen tiempo en medio de los último coletazos de la primavera; jornada en la cual nos quedamos a tocar del collado situado entre los dos Elbrus, abriendo una trinchera con nieve profunda que nos cubría por encima de las rodillas. El cansancio, la falta de aclimatación apropiada y el peligro de deslizamiento del manto nival, nos hizo dar media vuelta muy a nuestro despecho, ya que veíamos la cumbre al alcance de la mano.

Elbrus (41)

Dos días más tarde y sin una previsión demasiado aragüeña hicimos un segundo intento. El calendario corría en contra nuestra. Nuestros días para hacer cumbre finalizaban y ya no quedaban muchas más alternativas. Es el problema de hacer viajes con los días justos… que acabas jugándotelo a una o dos cartas… no hay más. El segundo intento ya nació con malos augurios. Fuerte viento por debajo de los 4.000 metros, nieblas enganchadas en las cumbres, nubes ovaladas al estilo “ovni” sobre un amenazante horizonte, etc…. Poco a poco los montañeros que, como nosotros, optaron por probar suerte, iban retirándose a medida que ganábamos altura y en las piedras de Pastukhov me quedé más solo que la una. A pesar de ello me encontraba fuerte y decido a realizar la cumbre, si bien ya opté por la este, la más baja y cercana. Poco más tarde, a los 5.100 metros de altura, en medio de una niebla intensa y fuerte viento, me di la vuelta por miedo a la falta total de visibilidad. Por aquel entonces aún no sabía que era un GPS y la posibilidad de perder la buena dirección de bajada era elevada. No obstante, y aún no sé cómo, bajé solo y sin referencias en medio de una buena nevada y ventisca y por arte de magia aparecieron las cabañas de Barrets por debajo de la línea de nubes, ya a unos 4.000 metros de altura, un millar de metros de desnivel por debajo del punto donde “prudentemente” decidí dar media vuelta.

Elbrus (9)

Aquí acabó mi efímera historia inconclusa con el techo de Europa, hasta que años más tarde, ya en pleno que hacer profesional en pro y para el monte, decidí montar una expedición abierta a la vertiente norte. Poco a poco el grupo se fue llenando hasta llegar a ser ni más ni menos que 14 componentes. Realizamos salidas previas por el Pirineo, con la intención de romper el hielo, conocernos e intentar, — en la medida de lo posible –, que surgiese la amistad y una sana relación entre todos. El escoger la vertiente norte tenía dos motivaciones  fundamentales: huir de la posible masificación de la vertiente sur en pleno agosto y poder conocer la otra vertiente.

Elbrus (42)

La cara norte de la montaña ya no es tan solitaria como antaño. Poco a poco se ha hecho más frecuentada, seguramente porque cada vez hay más personas que, como nuestro grupo, prefiere huir de la romería en que se está convirtiendo la sur. La norte no tiene pueblos a sus pies. No tiene teleférico ni telesillas, te obliga a subir íntegramente la montaña a pie; pero hoy en día ya cuenta con un cómodo campo base (con lugares donde comer, servicio de comedor, bar, wifi, etc…) y un rustico pero confortable Campo 1 a casi 3.750 metros de altura. A partir del campo 1 empieza el glaciar y desde este punto la ascensión, siempre fácil y casi sin peligros objetivos (pocas grietas y normalmente cerradas) te lleva a la cumbre de Europa por una línea más larga que la vertiente sur y que nos requerirá una mayor resistencia. La aclimatación se hace subiendo y bajando a las denominadas las Rocas de Lentz, situadas entre los 4.700 metros y los 5.100. Esta segunda micro – expedición la realizamos con el servicio de guía local, requisito indispensable para organizar actividades como agencia en el extranjero. Iván, uno de los principales propietarios de Cetneva, es un viejo amigo, nos conocimos ya en el anterior viaje al Elbrus y luego hemos coincidido en alguna ocasión más. Él es un gran guía, conocedor de la montaña a la cual ha subido más de 200 veces. Gracias a él la gran mayoría del equipo de cumbre llegamos a la cima este, la más bajita, en un día de tiempo bastante nefasto. Viento, temperaturas gélidas, niebla, etc… más o menos como en mi anterior tentativa, con la gran diferencia que esta vez no iba solo y que nuestros pasos estaban guiados por alguien que reconoce sin problemas todos los rincones de la ruta, sea cual sea el tiempo. Así pues, y muy a pesar de no haber alcanzado la cumbre principal, el grupo quedó contento, ya que la lucha fue dura, la montaña no lo puso nada fácil y la sensación fue de darlo todo por conseguir la codiciada cumbre. No en balde, ¡¡¡¡ no todos los días se está luchando contra las inclemencias a más de 5.500 metros de altura!!!

Elbrus (10)

Tras la ascensión a la vertiente norte me quedé con un buen amigo vasco, Iker Bueno y con Iván Moshnikov, para hacer como amigos, como cordada de tres, la travesía oeste – este de la montaña, en estilo alpino y escalando un itinerario que hasta para Iván resultaba novedoso.  Empezaba la montaña a nuestro estilo. Se acababan las comodidades de los campamentos, el auxilio de más gente… íbamos a realizar una larga travesía con todo a cuesta, con tramos difíciles y en total autonomía.

Elbrus (11)

El valle oeste es el más salvaje, se llega por una larga carretera y una serie de pueblos donde el turismo aún no ha hecho el más mínimo acto de presencia. Luego se llega por una larga pista solo apta para buenos 4*4 hasta el lugar donde se instala en Campo Base, Djilisu, a 2.500 metros de altura. Aquí empieza la ascensión a pie, la cumbre está más de 3.000 metros de desnivel por encima de nosotros. El primer día de ascensión fue pesado y torturador por el elevado peso de la mochila, que poco a poco fue menguando los siguientes días al consumir las provisiones de comida.

Elbrus (36)

Día tranquilo, de un tiempo apacible que nos regala buenos momentos de contemplación. Campo en lo alto de la morrera, a casi unos 3.700 metros, al pie mismo de las palas heladas que haremos servir para escalar la denominada “Plancha” por una variante difícil que nos llevará al Plateau.  El segundo día la escalada me resultó dura por tres motivos: el aún excesivo peso de la mochila, que el hielo estaba durísimo y difícil de gramponear y que las dos bestias pardas que me acompañan no dieron tregua y nos cascamos los 400 metros de via al ensamble y en poco tiempo. Llegué rendido a la cumbre de la plancha, con una sed hiriente y un hormigoneo en los pies que presagiaba lo peor.  Tras la escalada matinal la ascensión al plateau ya fue más pausada y tranquila. El tiempo continuaba excelente y la tarde que nos pasamos en el campamento de altura, a unos 4.400 metros, fue todo un regalo a los sentidos.

Elbrus (12)

Una de esas tardes y lugares que recuerdas toda la vida. Son estos momentos los que te hacen sentirte afortunado de haber escogido el alpinismo como modus vivendis. Allá donde alcanza la vista todo son glaciares e infinitos mares de cumbres y más cumbres. Una gran extensión del Cáucaso al alcance de pocos. Al día siguiente aún debemos superar más de 1.200 metros de desnivel bien cargados, primero por unas suaves y monótonas palas y luego por una bonita arista, carente de dificultad pero estética y agradable. La conclusión de la misma, por fin, la cumbre principal, el Elbrus oeste, de 5.642 metros de altura. El techo de Europa que parecía quererse resistir, hasta que a la cuarta… fue la vencida. Disfrutamos de buenos momentos y de llegar en buena forma y bien aclimatados a la cumbre, muy a pesar de que transportamos pesadas mochilas. Traspasamos el collado y subimos la cumbre secundaria. Hoy no hay ventisca ni hace frio, la visibilidad es perfecta. Vemos el cráter, el banquito con vistas de la cumbre, la escultura metálica piramidal que indica el punto más alto, etc…

Elbrus (13)

Iniciamos el descenso hacia el este, la última de las tres vertientes de la montaña que aún no conozco. El hormigueo en los dedos de los pies del día anterior tras la escalada, ya se convierte en un dolor punzante que noto sobre todo al perder altura. Las uñas están rojas de sangre y los dedos hinchados. Mala señal. La vista es pero extraordinaria, inmensa, allá donde alcanza la vista se extienden enormes glaciares. Acampamos en una dorsal de pedrera por debajo de uno de los cráteres de la montaña, el que le da forma característica a la vertiente este de la montaña. Otro campamento que resulta ser un regalo a los sentidos. Un lugar único y salvaje, altivo, de aquellos que te hacen sentir de nuevo alpinista de altas cumbres. A pesar del cansancio y el dolor de los pies, me siento dichoso hasta la médula y me pregunto por qué el tiempo y los años han pasado tan rápido. ¡¡ Notaba tanto a faltar una ascensión así!!

Elbrus (14)

El último día fue largo, para mi penoso por el estado de mis pies, pero a la vez bello, duro y fascinante. El valle que se extiende hasta el pueblo del Elbrus es larguísimo, enorme y nos recuerda que bajamos de nuevo más de 3.000 metros de desnivel de la cumbre al pueblo homónimo. Bajamos por el glaciar de Irik Ice y luego seguimos el verde valle de Irik hasta el pueblo gris y de trazos soviéticos de Elbrus. Allá se acaba esta bonita e interesante travesía. Ahora queda la parte buena: celebrarlo, disfrutar de los recuerdos, comer, beber y … poco más tarde, tras el paso de las semanas, ponerse delante del ordenador y escribir, escribir y soñar, soñar y escribir … porque una bonita y trabajada ascensión es el mejor preludio para futuros proyectos.

Elbrus (15)

FICHAS TÉCNICAS

ELBRUS POR LA CARA SUR

La más popular, fácil y frecuentada.

Iniciamos la ascensión en el pueblo de Terskol desde donde subiremos con teleférico y telesilla (si optamos por no subir en el segundo deberemos caminar poco más de 30 minutos) hasta los Barrets, un conjunto de refugios con forma de barriles redondos tumbados, donde hay una muy buena infraestructura de campamento. Poco más arriba, a los 4.150 metros hay el refugio de Prijut 11, donde podemos hacer una segunda noche de aclimatación aunque hay que hacer reserva con antelación, puesto que a pesar de ser un refugio de grandes dimensiones, acostumbra a estar lleno.

Elbrus (16)

Desde los campamentos o el refugio se acostumbra a subir a las rocas de Pastukhov situadas a 4.750 metros donde se acostumbra a hacer una punta de aclimatación y volver a bajar. Desde las rocas se inicia un flanqueo en diagonal bajo la cumbre este en busca del collado. Camino muy bien trazado por la gran cantidad de gente que asciende por él cada verano. En el collado encontramos un pequeño refugio de emergencia de color naranja, apto para 4 plazas y bastante lleno de basura. Solo útil en caso de extrema necesidad. Desde el collado sube un marcado camino en zigzag por el fácil lomo hasta alcanzar la cumbre principal. Todo el rato encontramos balizas laterales en el camino, muy útiles en caso de niebla.

Elbrus (19)

Contar una semana para la ascensión si es necesario aclimatar en la montaña.

ELBRUS POR LA CARA NORTE

La ascensión se realiza por la ruta abierta el 10 de Julio del 1829 por el kabardino Kilar Khashirov, quien participó como guía local en la expedición, parecidos a los paisajes de la Luna, se asciende a finales de la morena en la zona de glaciares – 3730m – donde se encuentra el Campo 1.

Elbrus (17)

Continuaremos el proceso de aclimatación ascendiendo por la pendiente hielo-nieve (peligro de grietas) a las Rocas de Lentz (4750-5100m). Después de las Rocas de Lentz la ascensión se realiza por la cuesta nieve-roca (peligro de grietas) a la Cumbre de Este o a la Cumbre del Oeste del Elbrus. Esta última alternativa implica un largo flanqueo ascendiente desde la parte baja de las Rocas de Lentz hasta el collado y de aquí a la cumbre principal por el lomo este. El esfuerzo para alcanzar la cumbre principal aumenta de manera considerable respecto al este, ya que implica de dos a tres horas más de esfuerzo.

Elbrus (20)

Contar una semana para la ascensión si es necesario aclimatar en la montaña.

ELBRUS POR LA CARA OESTE

Es puro alpinismo, sin teleféricos, orugas, hoteles y refugios. Poca gente asciende al Elbrus de esta manera!

Elbrus (21)

La ruta se empieza en el valle Hkurzuk. El traslado se realiza en la camioneta 4*4 desde la ciudad de  Pyatigorsk hasta CB Djili-Su a los 2500 m (lleve el mismo nombre “Dhjili-Su” que por la Cara Norte, pero es otro lugar). Durante la ascensión habrá que montar 3 Campos – a los 3500, 4200 y 4600 m. La parte más difícil se encuentra cerca de la Roca Utug (se traduce como “La Plancha”), donde es necesario realizar 3 largos de nieve de hasta 55º.

Elbrus (22)

Nosotros escalamos la plancha de manera frontal por la pared de la izquierda, entre el marcado espolón y los amenazante seracs, realizando una bonita línea de 400 metros de desnivel a 55º-60º con tramos de 65º.

Elbrus (23)

Tras la plancha se realiza el último campamento y de aquí a la cumbre se asciende por lomas y por una bonita arista, estética, con grandes vistas y carente de dificultad. A partir del momento en que nos adentramos en zonas glaciares, la ascensión discurre 100% por nieve y hielo.

Elbrus (26)

Es aconsejable ir ya aclimatado a la montaña para evitar la aclimatación en esta vertiente y los penosos sube y baja, que aquí también resultan técnicos y pueden ser peligrosos.

 

ELBRUS POR LA CARA ESTE

Quizás la ascensión más bonita de la montaña, con el hándicap de que accede directamente a la cumbre este.

Elbrus (30)

La aproximación se realiza por el Valle que nace al N.O. del pueblo de Elbrus. Es el denominado valle de Irik. Poco después de iniciar la ascensión encontramos unas curiosas formaciones de piedra y tierra en forma de agujas de barro, que reciben el nombre de Tegeneklibashi Towers. Más arriba encontramos un sistema de cabañas de pastores conocidas como las Summer House. Aún será necesario ganar más desnivel por el valle de la derecha e instalar el campo 1 en una magnifica zona de prados horizontales donde hay surgencia de agua.

Elbrus (31)

Seguiremos por el valle que poco a poco da paso a terreno pedregoso, hasta que por chancales llegamos a una especie de collado donde instalaremos el campamento 2. También hay la opción de seguir el dorsal de tierra hasta el extremo del glaciar donde también hay lugares acondicionados para instalar el campamento.

Elbrus (32)

El tercer día cruzamos el llano glaciar Irik Ice-Sheet en dirección norte hasta situarnos debajo de una característica dorsal de piedra y tierra que forma una arista que asciende directo hasta el pie del marcado cráter de la vertiente. En el extremo superior de la arista, antes de iniciar un nuevo tramo de nieve, montaremos el campo 3.

Elbrus (33)

De aquí ya subimos por pendientes de moderada inclinación (40º – 45º) por el labio derecho del cráter situado en plena vertiente y alcanzar así la cumbre este. Caso que quisiésemos hacer la cumbre principal debemos bajar al collado y seguir hacia el este hasta el techo de Europa. Calcular de 2-3 horas para ir el equivalente para volver.

Elbrus (34)

Esta es la vertiente que tiene la aclimatación más progresiva. No obstante, si venimos a la montaña sin aclimatación previa, es aconsejable contar con noches extras en alguno de los campamentos.

Elbrus (35)

COMO IR… CONSEJOS PRÁCTICOS

Para ascender al Elbrus lo mejor es contar con el auxilio de las empresas locales que nos facilitan la infraestructura y son las que controlan las reservas y gestionan los servicios de los campamentos. Además es necesaria una carta de invitación y tramitar el visado con antelación para entrar en Rusia.

Elbrus (38)

El autor del artículo, como gestor de una agencia de viajes especializada en este tipo de viajes y expediciones de aventuras, os puede asesorar personalmente. Podéis conseguir el contacto entrando en cualquiera de sus webs  al mail pakocrestas@gmail.com

Elbrus (39)

 

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BOLIVIA. UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

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Realizar un viaje de alpinismo con mi viejo amigo Jordi era algo que ambos teniamos pendientes desde hacia muchos años. Por motivos diversos el proyecto siempre quedada postergado. Los numerosos aplazamientos, que se repetian año tras año, me provocaban una extraña sensación entre tristeza y desengaño. No en vano con Jordi he escalado numerosas vias en el Pirineo, algunas de ellas primeras ascensiones, y casi todas ellas impregnadas de ingredientes como la soledad, el compromiso y escenarios poco conocidos. Tenemos muchos puntos en común a la hora de abarcar las escaladas, en la manera de comprender el alpinismo. El proyecto común estaba claro: trasladar nuestra filosofia de pirineista a un lugar alto y remoto. Por fin llegó el momento de ir a Bolivia, y tras años y años de diversos aplazamientos, un buen dia nos vimos Jordi y yo sentados dentro de un avión que cruzaba el Atlántico, rumbo a nuestros sueños transformados en realidad. Nos esperaban las imponentes cumbres nevadas de la cordillera Real.

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La Paz es la capital de Bolivia. Su altura es tal (3.600 metros) que los grandes aviones no pueden aterrizar ni despegar por culpa de la falta de presión del aire. De hecho el aeropuerto se encuentra en el Alto, a la nada despreciable altura de 4.000 metros de altura. El Alto es una gran ciudad caótica que fue creciendo alrededor del propio aueropuerto, y con el tiempo se ha convertido en una ciudad casi tan grande como la propia Paz, con un Ayuntamiento y una Administración local propia. No obstante el Alto, para el viajero recién llegado, no es un buen lugar para pernoctar. La altura puede jugar una mala pasada, y hasta en la Paz, situada casi 500 metros por debajo, el cambio radical de altitud se hace notar, hasta para los que estamos “relativamente” acostumbrados a las alturas. La primera noche, procediendo del nivel del mar apenas un día antes, debemos dormir bastante más arriba de la altura máxima de cualquier montaña del Pirineo. La aspirina para paliar el mal de cabeza resulta más que necesaria, y al día siguiente cualquier subida por las empinadas calles de la ciudad nos requiere un considerable esfuerzo. Bolivia es una extraña excepción para los amantes de las altas montañas, en el sentido de que és el único país donde empiezas a aclimatar tan pronto desciendes del avión. La Paz nos sorprende también con una noche fría, con temperaturas cercanas a los 0* C. De hecho en el Alto hay una fría neblina y aquí la temperatura ya está bajo cero tras la puesta de sol.

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La Paz, como casi todas las grandes ciudades de los paises latinoamericanos, es una gran urbe donde abundan los suburbios subdesarrollados, llenos de miseria y suciedad. Tiene un centro con grandes edificios, donde se concentran los centros de negocios y los mejores hoteles. Destellos de modernidad en un universo de pobreza. En el Alto ya no se dan tales contrastes. La gran urbe crecida alrededor del aeropuero  es un caos de calles sin asfaltar y edificaciones bajas, simples, inacabadas, cuyas paredes de adobe o de ladrillo están sin recubrir en la gran mayoria de casos. La circulación rodada es un verdadero caos. La Paz concentra una gran concentración de gases procedentes de los pubos de escape de los vehículos. El Alto se ve más beneficiada, hay menos contaminación a sazón de la propia altura y una mayor circulación de aire. Por el contrario la red de alcantarillado es a todas luces insuficiente, y en varios lugares se reduce a una especie de riachuelo negro y pestilente que surca lado de la calle. En resumen ambas ciudades tienen en común que resultan bastante insanas, sobretodo para el turista que no está acostumbrado a esta mezcla explosiva de altura y polución.

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Cuando contactamos con la agencia de Didac, — un catalán que un buen día decidió uir del país y de la insana vida estresada de occidente, y ya lleva varios años auxiliando en expediciones en Perú y el Bolivia – nos debatimos entre las diferentes posibilidades. Nuestra intención inicial era ir al casi inexplorado macizo del ….., pero la logística del lugar no requeriría más días de los que disponemos para poder garantizar, mínimamente, el éxito de nuestra expedición. Por otro lado las fotos que hemos visto de la cordillera de los volcanes del Sur de Bolivia nos seducen por su paisaje lunar, a la vez que consideramos el Salar de Iyuni como visita obligada, que ya teníamos prevista antes de tomar el avión. Al final los planes son los siguientes: visita al sur para mejorar aclimatación subir el Licancabur y visitar el Salar, y luego una segunda fase para ir al Ancohuma, la cumbre más alta de la cordillera Real, y a pesar de ello, una de las menos visitadas y ascendidas.

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Por mucho que el autocar es de “ultima generación” y con comodidades propias de un avión, las últimas tres horas antes de llegar a Iyuni se hacen interminables. La abundancia de piedras en la carretera (las famosas pistas de ripio de Sudamérica), hacen que las cervicales se pongan a prueba. Tras una noche en que cada pasajero ha dormido lo mejor que ha podido, el despertar se hace desagradable para todos, a excepción del equipo de conductores, que ya están más que acostumbrados a transitar por esta “arteria viaria de primer orden nacional”. A pesar de que la calefacción funciona de maravilla, el contraste con la temperatura exterior no ha evitado que el cristal de la ventana se congele por completo. Tras rascar la fina capa de hielo con la punta de los dedos, diviso la primera luz de día; violácea, suave, diáfana. Fuera la temperatura está por debajo de los – 15* C. El paisaje es deprimente: llano, yermo, muerto. Dispersa, en medio de la nada, alguna que otra casa de adobe, primaria, sin pintar, con el techo de uralita. Un hogar en ninguna parte, un nido para los expulsados del mundo.

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Iyuni es la típica ciudad que al llegar nos parece el lugar más destartalado del planeta, pero que, al regreso de trekking por el salar y por los volcanes del sur de Bolivia, nos parecerá un lugar moderno, reconfortante, lleno de vida y prosperidad. La ciudad es el punto de partida al mayor salar del mundo, de nombre homónimo. El salar tiene una extensión de 12.106 Km. Cuadrados, está a una altitud de 3.650 metros y, en ciertos lugares, la capa de sal llega a tener 18 metros de espesor. Dicen que cuando llueve (cosa que pasa muy raramente) se vuelve en el mayor espejo del mundo. Por la noche se reflejan las estrellas con tal claridad que uno cree estar surcando un universo análogo que se sitúa bajo sus pies. Son muchas las agencias locales que ofrecen la posibilidad de cruzar el salar en 4 X 4 y combinar el viaje con una ruta por el desierto de Siloli, pasando por las lagunas colorada y verde, y finalizando el periplo a los pies del Volcán Licancabur, la montaña más famosa del sur de Bolivia, en la frontera con Chile. Desde este punto parte de los grupos cruza la frontera y se dirige a San Pedro de Atacama, y los restantes vuelven a Iyuni por una ruta paralela, más rápida y cómoda, que evita el largo periplo por el Salar y el Desierto.

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Nosotros aprovechamos uno de estos viajes para realizar el periplo turístico hasta los pies del Licancadur, y pactamos con la compañía la posibilidad de permanecer unos cuantos días más por la zona, con la asistencia mínima, para poder ascender a algún volcán aislado de más de 5.000 metros, los cuales, abundan por doquier. Vale la pena mencionar que, a pesar de tratarse de un viaje de “aventura” organizado y turístico, la experiencia puede resultar sumamente gratificante y exigente a la vez; más teniendo en cuenta que por las noches el termómetros puede llegar a los – 20* C y los lugares en los que uno se hospeda son, en la totalidad de los casos, bastante rudimentarios, rozando la precariedad. La pobreza está por doquier, y la falta de materias primas se traduce en una simplicidad total de las construcciones, que distan mucho de estar acondicionadas para el rigor de la zona. Por el contrario, los habitantes, tan rudos y hoscos como el propio clima, vencen las inclemencias afrontándola con la misma moneda: la dureza.

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Durante el trayecto en 4 x 4 hasta laguna verde coincidimos con dos argentinos a punto de jubilarse que formaban una extraña pareja de viaje, de aquellos que constantemente se van haciendo reproches cariñosos, entre la broma y el sarcasmo, muy de acorde con el carácter alegre y afable de los argentinos. También nos acompaña un irlandés con pinta de skinn head, que se ha visto separado de sus amigos que van en otro convoy, y que tan solo reacciona cuando el jeep de sus compañeros pasa cercano al nuestro, momento en que dibuja una sonrisa amenazante en la cara y saluda a sus compatriotas con el dedo central de la mano en alza. La última “compañera” de viaje, — a excepción del conductor y el cocinero que son bolivianos –, es una austriaca residente en California, con pinta de espantapájaros, que tan solo se dirigía a nosotros para que les hiciésemos fotos y más fotos, con las que después podrá presumir al reencontrarse con su grupo de amigas formado por empedernidas solteronas.

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Los primeros días discurren según el programa común para todos los grupos de turista: Atravesar el salar, dormir en Colcha K. Por la tarde, justo antes del crepúsculo, ascendemos a una cumbre de algo más de 4.200 metros, a hora y media de marcha del hospedaje. Es un pequeño mirador sobre el extremo del salar que sirve para iniciar nuestra aclimatación a la altura y que nos regala un atardecer sublime, impregnado de la mística magia de las últimas luces del día, que pintan de todos los rosados posibles las infinitas extensiones que nos rodean. Bajamos bajo la luz de la luna, transitando entre enormes cactus de más de 10 metros de altura, que parecen testimonios de la vida antes de nuestros tiempos.

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El segundo día se llega a San Juan, última población antes de meterse en la zona de volcanes. Tras dejar atrás el conjunto de casas, y una vez que se ha cruzado un segundo salar, el salar de Chiguana (mucho más pequeño que el de Iyuni) se pasa por debajo del humeante Ollagüe, un volcán de 5.870 metros que resulta ser uno de los pocos de la zona que aún tiene una actividad constante. A final del segundo día se llega a la Laguna Colorada, donde uno se puede hospedar en el conjunto de edificaciones situadas junto a la entrada del parque. La laguna, cuyo color hace justicia a su nombre, es de un rojo intenso, y las tonalidades del paisaje que la envuelve, al final del día, son tan irreales que creeremos estar transitando por la superficie de Marte. El tercer día se pasa por la zona de géisers conocidos como el Sol de Mañana ó Geiser Basin, a 4.900 metros de altura. Una de las salidas de sol más frías que recuerdo en mi vida, con una temperatura por debajo de los -20* C y una ligera brisa que transformaba la intemperie en una habitad insufrible. Más de un turista “aventurero” de los diferentes convoyes maldijo mil veces el momento en que se enroló a tan descabellada aventura. Nosotros dos contemplamos estupefactos el paisaje, los cinco miles están a un tiro del piedra y de aquí un par más de jornadas podremos escoger entre ellos y caminar por estos parajes solitarios, aislados del penetrante frío y sumidos en nuestra propia marcha silenciosa, llena de introspección.

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El tercer día, por fin, llegamos al final del trayecto guiado y nos despedimos de los argentinos y de los restantes convoyes organizados para empezar a disfrutar de nuestra propia autonomía. Al quedarnos solos junto con Raúl y Saúl (el chofer y el acompañante que también hace de cocinero), nos movemos a nuestras anchas y a nuestro ritmo. Volvemos a la zona de los géisers del Sol de mañana, a disfrutar del fantástico lugar con calma, a la luz del mediodía, sin prisas, sin el frío atroz mordiéndote los dedos, sin las aglomeraciones nerviosas de turistas, que tan solo quieren hacer un par de fotos velozmente, para volver al reconfortante interior del vehículo que le transporta. Volvemos a laguna Colorada, y tras la aislada estancia en la que pasaremos las próximas noches, divisamos la suave y gigante silueta de un volcán anónimo, que sospechamos de altura superior a los 5.500 metros. Los lugareños dicen no conocer a nadie que haya subido allá arriba. ¿Para que?, se preguntan … todos los turistas que llegan, se marchan al día siguiente, todos van en transito constante. Nadie hasta entonces había preguntado por las altas montañas que delimitaban su paisaje desde que nacieron. ¿Cómo a alguien le puede interesar esa loma interminable, esa cuesta de guijarros inestables? Los lugareños, indígenas en su totalidad, se han pasado la vida viendo estas cónicas montañas volcánicas, pero quizás nunca las han observado y, por supuesto, no han mostrado curiosidad por ellas. Están allá, como máxima expresión de si vida austera y carente de comodidades. Si la vida, de por si, ya es dura en extremo a los pies de las montañas, aún lo seria más al ganar altura. Es lógico que ante tal elemental evidencia, nadie piense en esforzarse lo más mínimo por conocer las cumbres. Por no haber, no hay ni pasto para las llamas, ni piedras preciosas, ni caminos, ni mojones que indiquen que alguien, algún día, quizás extraviado, pisó este desierto de viento, frío y soledad. Los paisajes son tan amplios, son tan pocas las referencias cercanas y tan basta la soledad, que hasta la propia soledad parece sentirse sola allá arriba.

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Hacemos noche en un lugar conocido bastante desplazado al sur de la Laguna Colorada, dormimos en el apartado destinado a los chóferes. Es el lugar más cutre que he visto en mi vida (y presumo de no haber visto pocos). Creo que los prisioneros de guerra que eran trasladados a los campos de trabajo de Siberia deberían dormir, más de una vez, en algún antro con una decoración similar. Las noches son frías, muy frías, y en vez de cristal tenemos un trozo de bolsa de plástico deshilado que se mueve al vaivén del viento. El frío no nos importa en exceso, ya que nuestro material es reconfortante, pero el resto del establecimiento es una especie de almacén, taller, escombros … la única habitación relativamente reconfortante es la que ocupan nuestro chofer y su auxiliar, por el contrario su equipamiento es de una calidad ostentosamente inferior al nuestro, por lo que, lejos de sentirnos molestos por el trato recibido, les dejamos las numerosas mantas que no utilizamos para que ellos pasen unas noches algo más reconfortantes.

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– Como traten así a los restantes turistas, a estos dos les quedan dos peinados en la empresa – comentamos sarcásticamente.

El día de la cumbre salimos con la calma, cuando el sol ya hace una hora que ha despuntado sobre el gélido horizonte. Raúl y Saúl, se sorprenden de nuestra inusual tranquilidad. De vez en cuando algún cliente deseaba ascender el Licancadur, — el único volcán relativamente conocido de la zona –, y para subir a la citada cumbre debe contratarse, de manera obligatoria, un guía local, que hace que las caravanas a la cumbre salgan a la 1 de la madrugada. Al rato de caminar vemos que las distancias engañan, y son mucho mayores de lo que a primera vista pueden parecer. Calculamos que de la estancia al pie de la montaña cruzamos una planicie de unos 15 Km., ya que, con un buen ritmo de marcha, tardamos más de dos horas en llegar al otro lado del ancho llano, horizontal en toda su extensión. A partir de aquí empieza la lenta ascensión y el gradual aumento ascendiente de los números del altímetro: 4.800, 4.805, 4.810 …. 5.000 …

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Al llegar a la altura mágica de los 5.000 hacemos una parada. El páramo es terriblemente feo: una pendiente interminable de pedregal movedizo, compuesto de grandes bloques. Damos cuenta de las hojas de coca, el mejor antídoto contra el mal de altura, según los andinistas bolivianos.

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Llegamos a la cumbre este, de unos 5.650 metros, tras un largo flanqueo en que la inestabilidad de los bloques hacía peligroso en terreno. Nunca había tenido esta sensación de peligro en una montaña de la cual tan solo se debe considerar un puro pedregal. No en vano la pendiente es pronunciada y las losas, dispuestas como platos gigantes, se mueven con una facilidad espantosa, apenas son rozadas. Por un momento tuvimos la sensación de que toda esta gran vajilla de losas trituradas se pondría en marcha. El punto de inflexión fue claro. En un momento concreto Jordi, mi compañero de andadas, me advirtió de que las losas que tocaba con las manos eran sumamente inestables. Yo tuve la certeza de que si, todo aquel castillo de naipes se ponía en marcha, como mínimo me rebanaría las piernas.

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Los últimos metros antes de la cumbre son una verdadera tortura. La altura, la maldita altura … cada vez que paso, por primera vez, de los cinco mil metros durante el transcurso de una expedición, la experiencia es la misma. El mal de cabeza, el cansancio, la falta de oxigeno. Observo a mi compañero que se muestra contento, ha construido un pequeño hito en esta cumbre, su primer cinco mil. La vista es majestuosa, la laguna colorada se ve en su totalidad, inmensa, rosada, haciendo alarde a su nombre. Piso la cumbre, solicito a mi compañero que me haga una foto y sin más demora empiezo a bajar, se que a cada metros descendido volveré a encontrarme mejor. La bajada es terriblemente molesta, el pedregal no se acaba nunca, todo se mueve, y para adobar el tema, la nieve polvo es más abundante de lo que temíamos, y a ratos nos hundimos hasta la rodilla.

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Bajar, bajar, bajar, por el peor de los terrenos. Todo un rompe piernas. Al llegar al llano situado bajo el volcán aún nos faltan los 15 Km. de planicies. Con las últimas luces del ocaso caminamos ya como autómatas. Jordi me habla de una novela del Stephen King, en que 100 jóvenes participan en un concurso que consiste en caminar sin tregua. Si paran o bajan el ritmo de la marcha reciben un “aviso”, y cuando acumulan más de tres avisos, reciben un par de tiros. O sea que, uno gana (y el premio consiste en pedir lo que quieras), pero el resto mueren. Caminan varios días, una agonía brutal producto del maquiavélico cerebro de ese maestro de los best sellers.

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– ¿Te imaginas que Raúl nos viniese a buscar con el jeep? –

– Si lo hiciese se ganaría más de propina que de sueldo, pero … no me lo imagino, su coeficiente intelectual no llega para tanto.

Llegamos cuando las últimas luces del día casi agonizan en su totalidad. Suerte que aún había un atisbo de luz diurna, puesto que la construcción donde nos hospedamos es tan sumamente pobre, que la poca luz que tiene no se ve desde la lejanía.

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Al día siguiente preguntamos a los lugareños sobre posibles anteriores ascensiones a la cumbre. No saben nada, responden. ¿Y el nombre de la montaña?. “Palangani”, nos dicen, que en la lengua local significa “cuando alguien suba a la cumbre, nevará”. Y de nevar, … ¡y tanto que nevó la semana siguiente!: Nevó en la Paz (en una época en el que el buen tiempo está asegurado), murió gente congelada en el Alto, nevó en Buenos Aires, donde hacia 80 años que no nevaba, y nevó en Uruguay y en el litoral brasileño, donde nunca se había tenido constancia de nevadas. ¿Casualidades? ó ¿realmente el Palangani se sintió aturdido y enfadado por nuestra torpe intromisión?

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Me esfuerzo por cultivarme a mi mismo, en vez de contribuir a los que hay a mí alrededor o a la sociedad. Creo en un arte que no puede ser empaquetado o preservado, que no perdura más que el momento en el que es ejecutado; un arte que es vivir y crecer, un arte que amenaza la vida ordenada. Si queda completamente muerto, no hay una colección de rutas hechas. En este momento no me importa lo que escalo, simplemente me interesa como me afecta. Llegar a la cumbre no tiene valor real si no he aprendido o he sentido alguna cosa.

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DAMAVAND. IRAN: ARCOIRIS SOBRE NEGRO

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iran (1)Si uno desea huir de destinaciones turísticas por antonomasia, Irán es una de las mejores alternativas para la “contra”. Este gran país es una especie de “rara isla de paz” en medio de varios países en conflicto o en situaciones calientes (Irak, Georgia, Pakistán y Afganistán). Por total desconocimiento, la gran mayoría de los occidentales nos pensamos que Irán es un país bastante llano, lleno de grandes desiertos de dunas, con un paisaje similar al que encontraríamos en la Arabia Saudita. Nada más lejos de la realidad, Irán es un país principalmente montañoso, árido y caluroso en verano y especialmente frío y nivoso en invierno. Su geografía, poblada de multitud de montañas de tres mil y cuatro mil metros, y de numerosas cordilleras (Montañas de Payeh, montañas de Zagros, Montañas de Soleiman y Montañas de Alborz), con un único y destacable cinco mil: El Monte Damavand, techo del Asia Menor, y con sus 5.671 metros, la montañas más fría situada entre el Cáucaso y las estribaciones del Himalaya.

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El Damavand es un gran volcán con cierta actividad (desprende fumarolas de manera constante), pero del que no se tiene constancia de ninguna erupción en los últimos 15.000 años. La montaña, a parte de sus gigantescas proporciones, está relativamente cerca de la capital del país, Teherán, y a medio camino de una de las zonas más transitadas por el turismo interno del país: el mar Caspio, lo que hace que la cumbre sea muy conocida, todo un signo nacional. El montañismo (no así la escalada técnica), es uno de los deportes más populares del país.

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Mi intención para ir a ascender esta cumbre nació de la mano de Carles Gel. Él ya había estado en los flancos del Damavand tres años antes, pero la fortuna no le acompañó y marchó del país con la cima en el tintero de los temas pendientes. Poco tuvo que convencerme para ir. El país, las ganas de hacer un viaje corto a una montaña alta pero sin compromiso técnico y el magnetismo que me provocaba conocer Irán, fueron motivos más que suficientes para animarme a embarcarme en este nuevo “micro-viaje”, verdadera terapia en un momento en que, por circunstancia personales, estaba hundido en una espiral destructora de estrés, trabajo y responsabilidades.

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Los colores del Arco Iris despuntando sobre un horizonte negro como el carbón y profundo como las mismas entrañas de la tierra. Así se me presenta el viaje, así se me presenta el país. Influenciado por la propaganda y el mensaje que desprenden nuestros medios de comunicación (televisión y prensa), el país persa se nos antoja como un lugar primitivo, peligroso, donde todos los hombres tienen pinta de terroristas y las pocas mujeres que se dejan ver por las calles, andan custodiadas y escondidas bajo el hermetismo de burca. La realidad muy distante al arquetipo pre fabricado por los medios de comunicación europeos y americanos. La gente es amable (siempre hay ciertas actitudes que nos pueden parecer primitivas o incultas, si bien la sensación debe ser reciproca), se respeta al extranjero, el cual, extraño en un país sin congéneres, pasa entre ignorado y desapercibido.

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No obstante no debemos olvidar que Irán es una sociedad con una dictadura generacional que lleva, entre la doctrina de los Shaa y la dictadura religiosa de los Ayatolaes, casi un siglo de existencia. Es el segundo país en el mundo donde más casos hay de pena de muerte (China es el triste valuarte del ranking y el tercer escalón del podio lo suscriben los galantes Estados Unidos de America – sin comentarios –). Con unos 70 millones de habitantes, 14 de ellos habitan en la capital: Teherán.

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La llegada la realizamos a las tantas de la noche, tras una combinación de vuelos bastante nefasta, que nos obliga a un largo tránsito en Istambul. A la llegada nos espera quien será nuestro contacto y organizador: Slotani. Si más vacilación nos llevará en coche a Polour, una de las poblaciones situadas bajo el gigante persa; lo cual nos evitará entrar en la sucia y caótica urbe, para ir directamente a nuestro objetivo principal, o sea, la montaña. Desde buen inicio, el trayecto en coche nos demuestra una de las realidades más abrumadoras del país: la conducción es caótica y tan solo la omnipresencia de Alá hace que nos accidentes no sean más numerosos. Entre duermevelas veo como los restantes vehículos nos acribillan a bocinazos, y Slotani invade, a intermitencias, los carriles de la derecha y de la izquierda sin previo aviso y sin un motivo evidente. Poco más tarde, en un alto de la carretera, Slotani detiene el vehículo y hecha una cabezada. El tampoco había dormido en toda la noche, lo que motivaba una conducción un poco más extraña de lo habitual.

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Sin más contratiempos, y tras hacer las compras de la comida y un primer desayuno al estilo iraní, llegamos al centro de montaña de la federación de Irán, situado en el extrarradio del pueblo de Polour. Se trata de un edificio de proporciones bastante amplias, con un completo rocódromo en su interior y varias dependencias. Los regenta Alí, un iraní ya mayor, de gestos extraviados, que parece caminar siempre de lado o tener la cabeza torcida sobre el torso. Cuando lo vemos por primera vez nos sorprende verlo con el pecho inflado, abultado y rojizo. Le ha picado una avispa causándole una reacción alérgica. Seguramente cualquier otra persona en su lugar guardaría reposo, pero Alí demuestra una entereza digna de un mártir y acomete el trabajo como si nada extraño ocurriese.

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Nos despedimos de Slotani tras concretar el programa y los contactos para los días venideros. El cansancio hace mella. Vengo de un periodo indecible, marcado por la intensidad de trabajo y un exceso de estrés y preocupaciones laborales, que ha punto han estado de obligarme a abordar este pequeño viaje. Cierro los ojos para dormir, dormir y dormir. Treinta horas seguidas, tan solo interrumpidas por cortos periodos de consciencia, que aprovecho para comer y beber. Me meto en el saco fino poco antes de mediodía y casi no abandono la crisálida hasta primera hora de la tarde de día siguiente. Tras las ventanas de la habitación vemos como ruge la tormenta y llueve a intervalos. ¿Durará el mal tiempo? La previsión indica lo contrario, pero yo en este momento agradezco la lluvia, que me da la opción de descansar sin tener remordimientos. Poco ha poco supero y cansancio enfermizo, y para mis adentros me prometo una y otra vez que debo esforzarme por cuidarme más, cuidarme mi estilo de vida (que últimamente se ha degradado por un exceso desmesurado de trabajo), y cuidar a los míos, en especial a la mujer que adoro y al hijo que quiero con toda mi alma. Fuera llueve, truena, hasta que llega la tarde con un sol espléndido. Comemos hasta saciarnos, holgazaneamos entre las casas y damos pequeños paseos, custodiados y estudiando nuestro verdadero objetivo: esa montaña paquidérmica que se eleva, omnipresente, al norte de la población. Nos presenta un aspecto saludable, jovial. Vestido de nieve; blanco y majestuoso, pero con la cantidad justa. Ni exceso ni carencia. Mañana empieza el buen tiempo, seguro, y con el nuestro asalto a esta solitaria cumbre que se eleva casi 4.000 metros por encima de los tejados de Polour.

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Tercer día. Los arrieros, vayas donde vayas del planeta, acostumbran a estar hechos bajo el mismo patrón: abusan de tu necesidad hacia ellos para intentar sacarte hasta el último céntimo. Palabras y gestos duros, alguna que otra rencilla, y una rebaja sustancial del precio (que continua siendo desproporcionadamente alto), son los ingredientes previos a la bonita excursión de poco más de dos horas que separa Alaf Chin, la mezquita – refugio a la que llegamos con coche (3.040 m) y el refugio Third Shelter, a 4.100 metros de altura. El viejo refugio, de vivos colores exteriores y de entrañas llenas de suciedad, está presto a ser reemplazado en su función por la nueva construcción situada a pocos metros y que, a todas luces, vendrá a ser un gran refugio guardado, al mas puro estilo europeo.

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Tiempo excelente, viento moderado constante con alguna racha intermitente con cierta violencia. Esta es la tónica general durante nuestra estancia en el Shelter. Tardes tranquilas y puesta de sol con brumas. Noches de Ali Babá, con mil y una estrellas en el firmamento. Tras un día intermedio de reposo y aclimatación, en la que hacemos una punta de altura de 4.700 metros, emprendemos a marcha constante, sin prisas pero sin pausas, la ascensión a la cumbre. La vía de ascensión carece de dificultad, un camino marcado nos indica la mejor línea a seguir, y tan solo en algún lugar muy puntual nos auxiliamos de las manos para superar algún breve resalte. Tan solo cabe destacar una pequeña franja de nieve, en la que debemos tomar precauciones ante las posibles consecuencias que tendrían un resbalón.

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No en vano se trata de una larga pala nevada, pero piolet en mano y con procurando afinar el equilibrio, el flanqueo no presenta mayor historia. A nuestra derecha dejamos de lado la característica cascada de hielo perenne, aislada en medio de esta soleada vertiente. Largas son las pendientes que preceden el promontorio o falsa cumbre. La altura aquí, ya superior a los 5.000 metros, se empieza a notar. En la cumbre del promontorio encontramos un grupo de iraníes que han madrugado bastante más que nosotros y ya regresan de la cúspide. Intercambiamos palabras de aliento y palabras de felicitación entre las violentas rachas de viento y los vapores sulfurosos de las fumarolas. Tan solo restan poco más de 150 metros de desnivel. Un paso tras otro, regulando la respiración y evitando inspirar el aire saturado de olor a huevos podridos que surge de las entrañas de la montaña. Un montón de piedras y un mirador hacia el cráter nivoso nos saluda en forma de cumbre. Nos abrazamos, Carles se muestra satisfecho: está cerrando un círculo que le quedó abierto hace tres años. Han sido poco más de 4 horas de continua caminada, y bajo nuestros pies el volcán más alto del Asia Menor. Dos horas más tarde, entre pausas y rápidos descensos, estamos de nuevo en las proximidades del refugio. Atrás queda el aire enrarecido de los 5.000 metros, los vapores sulfurosos que tiñen de amarillo las rocas y la violenta ira del viento.

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Por fin un pequeño viaje que sale a pedir de boca. Cansados y satisfechos pasamos la tarde dormitando a resguardo del refugio del Shelter. La mayoría de los huéspedes son montañeros locales. Por la noche no guardan silencio y una sinfonía intermitente de teléfonos móviles corta a intervalos nuestro sueño.

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Los restantes días los pasamos vagabundeando por Polour y Teherán. Coincidimos con las fiestas en honor a los funerales del Ayatolá Homeini. Teherán, que acostumbra a ser una ciudad caótica, llena de gente, tráfico y polución, se nos presenta cerrada a cal y canto y casi vacía. Mantengo interesantes conversaciones con nuestro organizador, Slotani, y poco a poco nos dejamos sorprender por lo que se nos antojas “características y cuestiones propias del país”. Por desgracia el viajar con frecuencia a diferentes lugares de la tierra, hace que cada vez resulte más difícil sorprenderse, no obstante el caleidoscopio socio – cultural del mundo continúa dando vueltas.

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En Irán sorprenderá no encontrar papel de WC en los lavabos públicos de bares y de la gran mayoría de restaurantes. En su lugar encontramos una manguera o un jarrón con agua. Por ese motivo los persas solo comen y saludan con una mano, la derecha, puesto que la izquierda es la que se hace servir para asearse las partes tras realizar las necesidades fisiológicas que, todo hijo de Dios, debe hacer diariamente.

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La gente, oficialmente, no bebe y casi no fuma. Las bebidas alcohólicas solo existen  en un reducido mercado negro, o los más ingeniosos lo destilan de manera artesanal en sus propias casas. Las mujeres van tapadas, y con la vestimenta en la que predomina el color negro. No obstante ya se ha superado el periodo más radical de la dictadura de los Ayatolaes, en que las mujeres tan solo podían mostrar la línea frontal de los ojos. La propaganda del gobierno, no obstante, continúa siendo omnipresente, y todo parece vigilado por la atenta e inquisidora mirada de una especie de papa Noel vestido de negro y con rostro endemoniado. Cuando le pregunto a Slotani cuales fueron los mecanismos utilizados por los Ayatolaes tras la revolución, se muestra un tanto parco de palabras, pero a la vez directo y consistente: La gente estaba harta de la larga dictadura de los Shaa, todo empezó en las universidades y fue una especie de revolución popular. Entre los diferentes grupos sociales, los Ayatolaes tomaron la iniciativa. El estamento religioso siempre fue muy poderoso, y poco les costó ponerse de acuerdo con gran parte de ejército. De un día para otro tomaron las riendas del país, liquidaron a la oposición con matanzas sumarias e impusieron sus reglas. De un día para otro se proclamó la obligación estricta de vestir tapadas y de color negro a las mujeres. Aquellas que salieron a la calle sin obedecer las consignas, eran atacadas, junto con sus acompañantes o quien tratase defenderlas, por grupos de radicales que formaban una especie de cédulas guardianes del nuevo orden. En cuatro días todas las mujeres, por miedo, se acostumbraron a la nueva realidad. Han hecho falta muchos años para una breve involución. Ahora enseñan el rostro y pueden llevar vestidos o pañuelos de diferentes colores, aunque, como puedes observar, el negro continúa siendo el color predominante.

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Irán resulta ser uno de los principales productores de petróleo. No obstante, la abundancia de oro negro, no llega en su equivalencia a la población, que ve como tiene limitado el acceso a 2 litros diarios para el vehículo, mediante la regulación de un sistema estricto de plantillas. Como siempre el mercado negro es la alternativa.

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La guerra Irak – Irán duró casi ocho años. A medida que los Ayatolaes se hacían con el control, la parte del ejército que se mantenía fiel al antiguo gobierno se esforzó en retirar el armamento a otros países como Estados Unidos o Suiza. Cuando el Sadam Hussein, el dictador de Bagdad, vio a su país vecino sumido en el desorden y relativamente desarmado, aprovechó la oportunidad para poner en marcha sus ansias expansionistas. Invadió la frontera pensando que su avance sería una marcha triunfal. Arrasó pueblos y bombardeó Teherán. No obstante la resistencia fue feroz. El nuevo gobierno iraní pronto encontró en apoyo de los soviéticos y los iraquíes fueron exiliados con el suministro de armamento americano. Tras casi una década de encarnizada lucha, se pactó una paz por cansancio y las fronteras volvieron a su línea original. Incongruencias de la historia y de la política internacional, ahora Irak es un verdadero hervidero de violencia y caos con un enemigo común: Los yanquis. Estados Unidos tuvo que en derrocar al dictador que antaño apoyaron, y ahora son los iraníes los que aprovechan las circunstancias para enviar cédulas desestabilizadoras y terroristas al país vecino para castigar a los americanos. Es la mejor forma de mantener ocupado al enemigo y mantener a Irán fuera del punto de mira de los americanos.

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Abandonamos Irán tras una semana y media de estancia y nos llevamos con nosotros gratos recuerdos y una cumbre más de 5.000 metros. De madrugada el avión ruge, a punto de despegar. Atrás queda un arco iris sobre el negro. Una muestra más de la imposible reconciliación de las incongruencias de nuestro tiempo.

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KIRGUIZISTAN, ALPINISMO EN LAS TIERRAS OLVIDADAS DE ASIA.

 

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Ni pretendo ser la nota que se escapa en tu lamento

No pretendo ser la huella que se deja en tu camino

Ni pretendo ser alguien que se cruza en tu destino

Solo quiero descubrirme tras la luz de tu sonrisa

Ser el bálsamo que alivia tus tristezas en la vida

Sólo quiero ser la calma que se escurre en tu desvelo

Ser el sueño en que descansa la razón de tus anhelos

Simplemente es el amor

cuando ha roto sus cadenas

Para darte el corazón

No pretendo ser tu dueña.

No pretendo ser la llama donde enciendes tus pasiones

Ni pretendo ser la espada que atraviese tus errores

No pretendo ser el aire que respiras en la noche

Ni pretendo ser la carne que destila tus derroches

Sólo quiero ser la mano que se tiende en el quebranto

Ser un poco ese remanso donde muere el desengaño

Sólo quiero ser la estrella que se engarza en tu mirada

La caricia que se entrega sin razón y sin palabras.

Simplemente es el amor

Que ha encontrado su camino

Para darte mi ilusión

No pretendo hacerte mío.

Simplemente es el amor

cuando ha roto sus cadenas

Para darte el corazón

No pretendo ser tu dueña.

(Canción  titulada “No pretendo” de Gloria Steffan)

a (1)Kirguizistan es una de aquellas ex-repúblicas soviéticas que difícilmente pronunciaremos correctamente al referirnos a ella, y con la que pondremos en duda nuestros conocimientos de geografía mundial cuando intentemos localizarla en un mapa. En realidad es un pequeño país que se desmembró del gran coloso ruso después de unos quinientos años de dependencia política. Su independencia, como tantas otras repúblicas vecinas, no fue traumática ni dolorosa, más bien sorprendente y precipitada, fruto de la famosa perestroyka de Gorbachov. Un sorprendente proceso político que concluyó en pocos años largas décadas de expansionismo zarista y comunista. Kirguizistan se sitúa entre las repúblicas de Kazahhstan, Uzbekistan, Tadjikistan y China, su superficie es de 198.500 km2, o sea, más o menos un 40 % de España, y la población es de 4.600.000 habitantes, de los cuales 800.000 viven en la capital Biskek.

a (41)

En lo que se refiere a los alicientes alpinos, en el Kirguizistan encontramos las cordilleras del Tien Shan, las estribaciones más norteñas de lo que sería el gran conjunto de montañas que se extiende desde el Himalaya, pasando por el Karakorum y que concluye en el Pamir. Es una tierra excepcionalmente montañosa, con las cumbres de siete mil metros más septentrionales del Planeta: el Pico Lenina y el Pico Pobeda, este último — con la nada despreciable altura de 7.439 metros — está considerado el siete mil más frío del planeta. Cerca del mismo encontramos el espectacular Khan Tengri, una de las montañas más bellas del planeta, con su famosa arista de mármol, estética y rosada, que da a la cumbre una elegancia que la hace única. Una joya equiparable al Matterhorn en Europa, al Alpamayo en Perú o al Ama Dablam en Nepal. Pero el Tien Shan es mucho más que estas altas y majestuosas montañas, es un verdadero mar de sierras anónimas que se extienden entre valles y glaciares vírgenes, muchos de los cuales aún no han sido pisados por el hombre. Es un universo perfecto para el alpinismo de exploración, en sus montañas nos esperar centenares de cumbres sin nombre, es una fuente inagotable del llamado “alpinismo romántico” en su esencia: Grandes espacios, cumbres majestuosas y soledad garantizada. Empieza la montaña, empieza la aventura.

a (2)

La verdad es que el hecho de haber visitado el Kirguizistan y escalar varias en sus montañas se lo debo a una buena amiga inglesa: Ingrid Crossland. De hecho ella se fue a vivir una temporada en el país, trabajando en una empresa nacional que montaba trekkings y expediciones, sus nociones de alpinismo, así como el haber estado escalando en el país anteriormente y su dominio del inglés y del español, la convirtieron en una buena colaboradora para una de las empresas de que justamente empezaban a explotar las inmejorables ofertas que un país como Kirguizistan puede ofrecer a los alpinistas europeos y americanos, buscadores de lugares salvajes y, políticamente hablando, seguros.

Ingrid marchó a principios de abril. Poco antes había estado una corta temporada en Barcelona, durante la cual escalamos con cierta frecuencia. Tras su partida le perdí el contacto. Decía que volvería en otoño … tal vez … ella me comentó la posibilidad de que yo me escapase a hacer un viaje para practicar alpinismo a finales de verano, pero la posibilidad de ir al corazón de Asia Central no dejo de ser un mero intercambio de intenciones.

La cuestión es que un buen día finales de mayo me facilitan el correo electrónico particular que me ha llegado últimamente al despacho. Entre los diferentes papeles impresos veo una email de la Ingrid. Empiezo a leerlo y a media lectura me suena el teléfono móvil. Respondo y casualmente es ella.

a (3)

– Ingrid!!!, ¿Que tal?, cuanto tiempo, no tenía noticias de ti desde que marchaste.

– Te envié un email. Pasas de mi. ¿Porque no me has respondido?

La respuesta delata su fuerte carácter, marcadamente inglés, sin preámbulos, directo.

– No te lo tomes así. Te juro que ahora mismo he mirado el correo y estoy leyendo tu imael. Total me lo enviaste en día 28, hace tres días.

– Si, te lo envié el 28, pero del mes pasado, o sea que hace más de treinta días que lo recibiste y lo estas leyendo ahora. ¿Que casualidad?.

– Que sí, principessa, que es cierto.

Ella no me cree. Me conoce bien. Pero tan solo yo sé que no le estoy mintiendo.

– ¿Y que?, ¿te animas a venir en Agosto o en Septiembre al Kirguizistan?.

a (5)

Yo le respondo que me resulta imposible, que he planeado ir a Groenlandia a una isla desierta donde hay unas montañas parecidas a la Aguilles de Chamonix pero que nacen sobre el mar y cuyos glaciares se funden en las frias aguas del océano Ártico. Es un ambicioso proyecto que comparto con un amigo y que consiste en que nos dejen en la isla con un barco ballenero y nos vengan a buscar 20 días más tarde. Un periodo de tres semanas en las que nos dedicaremos a escalar por uno de los lugares más solitarios del planeta.

– Los planes están hechos, tan solo falta confirmar los vuelos. Lo siento pero me resulta imposible, tanto a nivel de poder disponer de tantos días de vacaciones seguidos como el desembolso económico que representarían los dos viajes –

– Bueno – responde ella sensiblemente decepcionada – si te lo piensas con más calma y puedes venir, dime algo —

– …

– Cuídate, un beso.

– Un besote. Ya nos veremos cuando vuelvas.

a (6)

Al colgar el teléfono noto un hormigueo incesante por mi interior. Acabo de leer el email. Habla de montañas vírgenes de más de 5.000 metros, la posibilidad de escalar vertientes glaciares similares a los grandes paredes de los Alpes … Me entran unas repentinas ganas de ser rico y no tener que preocuparme por el dinero y por el tiempo, pero quien sabe … si estuviese podrido de dinero, seguramente no invertiría mi tiempo en practicar este tipo de alpinismo, como mucho formaría parte de alguna expedición comercial organizada en la que los porteadores y los guías te auxilian en todo lo imaginable. Estaría más acomodado y desde buen principio mi educación me hubiese llevado a ver la vida de otra manera y ahora me preocuparía más el último modelo de vehículo Audi que las crestas azotadas por el viento. Me sorprendo elocubrando una estupidez tan grande. “Pan con pan, comida de tontos”, pienso para mi interior. “quien no se consuela es porque no quiere”. Deposito el email sobre la mesa y tras emitir un hondo suspiro vuelvo a centrarme en el hacer profesional.

a (40)

Minutos más tarde me llaman de la agencia que nos tramita los billetes de avión hacia la costa oeste de Groenlandia.

– Pako, ya está todo preparado … llega la hora de pagar.

Al finalizar la conversación llamo al compañero con quien comparto el proyecto. La sorpresa es mayúscula cuando me presenta sus dudas, sus miedos y me plantea la posibilidad de desistir.

– Es que es muy caro y …. siendo solo un grupo de dos personas es muy arriesgado….  No lo veo claro ….. ni por la seguridad ni por las garantías de realizar buena actividad.

a (7)

No puedo más que enojarme. Seguro que lleva días dándole vueltas al tema, pero hasta ahora no había deslumbrado la más mínima duda al respecto. Es cierto que él pretendía formar un grupo de cuatro personas y removió mar y tierra al respecto. Yo también compartía la idea de que sería mejor y más seguro doblar los miembros del grupo, pero no lo veía como algo imprescindible. Mi compañero sí que lo veía así y justo en este momento me sale por la tangente.

Me siento decepcionado e irritado. Me doy cuenta que frágil llega a ser un proyecto a duo. Tampoco no pretendo presionarle para que acepte continuar adelante, está bien claro que para ir 20 días a practicar alpinismo en un lugar extremadamente remoto y con la compañía de unas única persona, tienes que estar muy convencido por iniciativa propia y no debes responder nunca a las presiones del compañero. Caso contrario las consecuencia s pueden llegar a ser desastrosas y manifestarse, como no, durante los largos días en que no puedes evadirte del lugar y de la presencia de la única persona que te acompaña. La sintonía debe ser perfecta, positiva, nítida. No sirven las coacciones, los convencimientos, los ruegos. Cada uno debe hacer caso, exclusivamente, a su voz interior. Consciente de ello prefiero calmarme y darle un margen un par de días para que se lo piense bien. Hoy es viernes, el lunes nos volvemos a llamar.

El lunes se reafirma en su respuesta. No lo ve claro, le sabe mal pero pasa. Demasiados riesgos, demasiado dinero, si nos esperamos un año y conseguimos que vengan dos escaladores más ….

– Bueno, pues lo aplazamos para el año que viene, con más calma.

a (8)

Cuelgo el teléfono sabiendo que el año que viene quizás no se repitan las condiciones para ir, quizás el año que viene sea de aquí unos cuantos, quizás sea nunca.

Por la tarde, más calmado y recuperado de la tristeza de la renuncia anticipada a un sueño, conecto el correo electrónico y envío un email a Ingrid. “Principessa … voy a Kirguizistan“.

Al día siguiente ella muestra su alegría pero responde con cautela. No se fía. Lo cierto es que el marzo pasado habíamos quedado para escalar en la Rocosas canadienses. Ella estaba en la población de Banff desde principios de enero y yo no me presenté en las fechas previstas, tampoco dije nada… días más tarde, cuando llegó a Barcelona me llamó desde el aeropuerto al teléfono móvil. Me sorprendió un léxico nutrido de insultos españoles surgiendo de la boca de una joven inglesa. Me la imaginaba gesticular con una cara de pocos amigos, enseñando los dientes, completamente enrojadas las mejillas. Una fiera imagen en contraposición a la constante dulzura que suelen evocar las chicas rubias con ojos azules. Me atropellé emitiendo disculpas. No tenía excusa posible. Le invité a cenar. Creo que aceptó — a pesar de los efectos del cambio horario entre la costa Oeste de América y Barcelona — para poder continuar, cara  a cara, con su letanía de despropósitos. Yo callé y acaté el arrebato. En el fondo tuve que contener mi entusiasmo. Me excitaba ver tanta energía desbordada, tanto carácter.

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Ante tal antecedente estaban más que justificadas las precauciones de Ingrid. Fue clara y directa.

– Ok. Organizar una expedición como esta no es fácil, aunque seamos solo dos. No quiero perder el tiempo y llevarme otra desilusion. Si quieres que me mueva envíame un justificante de que has pagado de billete.

Días más tarde voy a la agencia. Tan solo hay una compañía con vuelos directos de Europa a Biskek: British airlines. Pago el billete de avión más caro de mi vida. 3.000 Euros. Rápidamente le envío el resguardo a Ingrid y ella empieza a mover hilos. Me remite información de la zona para que valla haciendo boca. La cosa se plantea bastante bien: Cumbres de nombres impronunciables cuyos nombres están escritos en alfabeto eslavo. Muchas montañas y pocas cumbres con vías de escalada, lo que se traduce en aventura garantizada. Me comenta que marchará de expedición al Pico Lenina durante todo el mes de agosto. Durante todo este tiempo no nos podremos comunicar, pero que dará señales de vida a principios de septiembre.

Pasan los primeros días de septiembre y no responde ninguno de mis emails ni fax. Tomo el avión en Barcelona por la mañana con la única seguridad de que llegaré a Biskek al día siguiente pero con la incertidumbre de si habrá alguien a mi encuentro al llegar. En caso contrario no tengo una mísera dirección ni un mísero teléfono al que contactar. Estaría en la otra punta del mundo, con un billete de vuelta cerrado a tres semanas vista y sin saber hacia donde dirigir el primer paso. Cuando despega el avión siento que estoy pagando el precio de una calculada venganza por mi plantón de marzo. En el fondo hasta yo mismo me convenzo de que me lo tendría bien merecido. En la escala intermedia en Londres llamo al despacho donde trabajo. Mi última oportunidad de contactar con mi correo da el fruto ansiado: Me dicen que he recibido un email de Ingrid, con una dirección y un teléfono, me esperará en el Aeropuerto. Uff… me relajo y respiro tranquilo y voy a la carrera, de terminal en terminal, en busca de un ramo de rosas amarillas. Que difícil que resulta encontrar una floristeria en este macro aeropuerto !!!.

Al llegar a Biskek descubro una ciudad fría, sucia y desastrosa. Las primeras luces del día iluminan con tonalidades rosadas las cumbres lejanas. Me sorprenden las bajas temperaturas de la mañana y lo bajo que se ve la linea de la nieve en las montañas. Ingrid me informa que había llovido los días anteriores y que las temperaturas habían bajado sensiblemente. El verano llegaba a su fin y en este país el invierno siempre tiene prisa por llegar.

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También esperaba encontrarme un país mayoritariamente musulmán. Quizás por su cercanía a Afganistán y la manipulada sensibilidad mundial en lo que a la zona se refiere, después del expolio americano al país afgano durante la caída del régimen taliban, ahondaban mi convencimiento — completamente erróneo — de que encontraría un país afín a las costumbres pakistaníes. De hecho uno de los capítulos más sorprendentes de las aventuras alpinas lo protagonizaron un grupo de americanos que fueron secuestrados por un grupo terrorista en la zona de Ak-su, en las montañas del sur de Kirguizistan. Fue un negro episodio en el que los escaladores fueron obligados a bajarse, a punta de fusil, de la pared en la que estaban abriendo una vía de Big Wall (*1). El método fue tan convincente como salvaje. Los secuestradores empezaron a disparar hasta que sus tiros alcanzaron y mataron a uno de los tres miembros. Al bajar los otros dos fueron rápidamente recluidos y capturados. Días más tarde, al sospechar que el rescate solicitado no sería satisfecho con facilidad y ante la posibilidad — más que probable — de acabar con su malogrado  compañero, los dos alpinistas se armaron de valor, mataron a unos cuantos secuestradores y huyeron durante varios días monte a través en busca de la embajada americana en la capital Biskek.

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La historia resultó conmover a toda la comunidad alpina mundial y fue un triste y aislado acontecimiento que repercutió muy negativamente en la imagen del país. Kirguizistan se me mostró como un país sumergido en un proceso político y económico incierto, a caballo entre el cielo anhelado del primer mundo y el abismo insondable del tercer mundo, pero con una gente muy tranquila y hospitalaria que no darán más problemas de los derivados del excesivo consumo de vodzka. Los musulmanes son minoritarios, casi que ni se aprecian. Los años de régimen ruso han anulado, casi por completo, el culto a la religión. Los habitantes son en su mayoría de rasgos eslavos: cuerpos atléticos, figuras bien definidas, piel clara y en su mayoría de pelo rubio o castaño claro y ojos azules. En contraste, y sin que halla un claro mestizaje, encontramos las personas de rasgos mongoles, que resultan ser los herederos de la población indígena. Piel morena, más bajos, ojos y pelo negro y caras chatas. Los primeros acostumbran a comunicarse en ruso, aunque muchos de ellos conocen el Kirguist. Los segundos acostumbran a comunicarse en Kirguist y un numero considerable de ellos desconoce el ruso. Quizás este sea el triste motivo por el que la lengua Kirguís esté considerado una lengua de segundo orden dentro del país y la gente de ciudad lo considere engorroso y hasta se avergüencen del mismo.

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Los edificios de la ciudad son horribles, no guardan ninguna estética y parecen caer a pedazos. Las calles son cuadriculadas, en plan Cerdà (*2) en su máxima expresión. De hecho Biskek tiene menos de cien años y delata las ansias rusas de anular a la gente cualquier atisbo de belleza por las formas y las cosas materiales. Un edificio no tiene porque ser bonito, tan solo debe ser útil y si es gris mejor, así influenciará en el rendimiento de sus pobladores destinados a vivir felices en una cadena de montaje.

Llegamos al apartamento de Ingrid. Es un piso pequeño y poco acogedor. Me dice que hace muy poco que se mudó y que lo abandonará al concluir nuestra expedición, motivo por el cual no ha tenido tiempo ni ganas de decorarlo. Durante el transito del aeropuerto a casa me comenta que hoy le han contratado como enlace para acompañar a los integrantes de una expedición del programa de televisión española “El filo de lo imposible”, deben tomar tomas en las orillas del Lago …., que resulta ser el segundo lago más grande del mundo después del Titicaca en Perú. Llevo dos días sin dormir pero no siempre se dan oportunidades como esta en la vida, mi lucha contra el insomnio se ve compensada al conocer al director del programa, al cámara Xabier (* 3) y a los tres alpinistas Ferran Latorre, Iñaky … y Cecilia Breil. Cuando me estiro en la cama duermo dieciséis horas seguidas.

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Los preparativos para ir a la montaña son rápidos gracias a la influencia de Ingrid. En cierta manera ya lo tenía todo casi organizado al llegar y yo me dejo aconsejar por esta escaladora enamorada de esta tierra y de sus montañas. Aprovechamos un par de jornadas para recorrer Biskek, empaparnos del sus avenidas anchas de majestuosos árboles que sirven para ocultar los horrendos edificios. Disfrutando de la tranquilidad de una terraza de un bar, tengo mi primer contacto con la realidad de “vozka”, un verdadero problema en un país donde el grado de alcolismo es alarmante. Cuando estamos tomando unos refrescos nos llama la atención los gritos los bruscos movimientos de los hombres que ocupan una mesa cercana a la nuestra. De repente uno de ellos se acerca, y creyendo que hablamos italiano nos deleita con un canto desafinado que parecia querer decir parecido a … o sole miooo …., entre eruptos y el apestoso aliento etílíco. Poco mas tarde se retira entre las risas de sus compadres. Al cabo de un rato nos llama la atención el silencio que reina la terraza del bar. ¿Habrá marchado la pandilla de borrachos?. la realidad es otra bien diferentes: todos estan en la misma mesa, pero con la cabeza escondida entre los brazos y durmiendo profundamente. Son los efectos característicos del vodzka. No en vano dicen que esta bebida no tiene resaca, ya que el periodo de somnolencia posterior es tan largo que puede llegar a superar los efectos del periodo de recaída. A tinte cómico se comenta que con el vodzka no llegas a dar “positivo” en un control de alcolemia, puesto que te duermes al volante del coche antes de ponerlo en marcha.

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En referencia a nuestros planes  La idea inicial de ir a un valle virgen queda descartada por el elevado coste que representa para dos personas. Aquí la mayoría de valles no tienen pueblos en su parte final, por lo que no se pueden contratar porteadores. Además es una figura completamente inusual en el país, a pesar de la cercanía de las cumbres del Himalaya y el Karakorum. Las únicas alternativas para acceder a lo alto de los valles es mediante el transporte en unos camiones 4 X 4, procedentes del ejercito ruso y cuyas ruedos miden unos dos metros. Son verdaderas bestias motorizadas que suben por cualquier sitio, pueden atravesar ríos caudalosos y consumen la nada despreciable cantidad de 70 litros de combustible cada 100 kilómetros. La segunda alternativa es el alquiler de un helicóptero, que te deposita en el lugar deseado y te viene a buscar días más tarde según el calendario pactado. Pero ambos transportes representan unos desembolsos de dinero excepcionales para nuestra economía. Mi cuenta corriente aún recuerda el baño causado por la compra del billete de avión e Ingrid a estado trabajando los últimos meses a cambio de 100 Euros al mes, salario medio en el país en el que nos movemos. Así que el destino será una zona ya explorada llamada Karakol y que antaño fue un lugar bastante frecuentado por alpinistas soviéticos que se entrenaban para empresas en el Himalaya. Tras la caída de la U.R.S.S. el gobierno anuló, de un día para otro y de manera radical, las ayudas a los alpinistas de élite del país. Desde entonces las montañas han recuperado la más absoluta soledad y sus cumbres son raramente escaladas. Las citadas montañas si que tienen una población a sus pies, justamente las que le da nombre, y de aquí surge una pista que facilita el acceso hasta el inicio de los valles alpinos. Al final de la pista vive una familia kirguist de nómadas, con ellos pactamos el alquiler de caballos para transportar las cargas al campamento base.

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Nos acompaña un trabajador de la agencia de trekking y expediciones donde también trabaja Ingrid. Su nombre es Vitalik. Se trata de un joven de unos 25 años de edad que compagina el trabajo de acompañante de expediciones en verano para poder pagar sus estudios universitarios. El será el enlace, el vigilante de nuestro campamento durante nuestra ausencia, el intermediario con los lugareños durante las compras o al pactar los transportes y acarreos. El también tiene que ser el cocinero, pero la realidad es que desde buen principio se integra, con su juventud, a nuestro diminuto grupo y pasa a formar parte del mismo. Todos contribuimos en las tareas domésticas de manera equitativa. Me deleito cocinando para los tres. Durante la estancia en el campamento base y aprovechando la calma obligada por un repentino cambio de tiempo meteorológico, cocino una paella con todos los ingredientes imaginables y la acompañamos con uno de los mejores grandes reservas de las bodegas de vinos de Somontano. Viatlik, quizás demasiado acostumbrado a un trato más distante por parte de los restantes “clientes”, se muestra sorprendido y contento. Durante la segunda sección de la expedición se animó a escalar una de las vías que realizamos, la más dura de ellas. El nunca habia escalado más de grado 3 (*4) y la vía resulto ser de grado 5. Tras la escalada y cuando aún no salía de su gozo, le regalé mis dos piolets técnicos. El iba con un equipo anticuado similar al que se utilizaba en los años sesenta en los Alpes. Agitando los piolets en el aire Vitalik no salía de su asombro, estaba realmente entusiasmado. En momentos como ese uno aprecia el valor de regalar y la incalculable dicha de conocer a gente tan sencilla, diferente y con la virtud de germinar una semilla inolvidable en nuestro corazón.

las negociaciones con los nómadas kirguís para el transporte de los fardos se resuelven rapidamente, momento en que se nos convida a la cabaña para desayunar y brindar por nuestra suerte: Vodzka con sandía en ayunas. Ingrid y yo apenas nos mojamos los labios, la familia nómada digiere el licor como si de agua se tratase.

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El primer tramo de la ascensión a pie hacia la cabecera del valle de Karakol discurre por un paisaje muy similar al que podemos encontrar en los Alpes, con la salvedad de que los abetos son más alargados y puntiagudos, hasta el extremo que parecen cipreses. Tras un recodo la imponente imagen del Karakosky nos recuerda que no estamos en los Alpes, que aquí las montañas son de dimensiones mayores, a caballo entre las europeas y las cumbres del Himalaya. Un mastodonte de roca y nieve nos quita el aliento. Su inmensidad es doblemente sorprendente al aparecer de pronto y por el contraste con los verdes prados desde donde lo contemplamos por primera vez. El corazón se me encoge. Las cosas se ven diferentes al contemplar cara a cara la gigantesca mole que pretendemos escalar. Salen de repente todos los miedos. Piensas en el frío, en la soledad, en la dureza del recorrido, en la envergadura del mismo. Recuerdo que la noche anterior me asaltaron las primeras dudas en lo que al acometido de las escaladas se refiere. Hasta ahora todo había sido muy fácil. Leer la información, ver las fotos del libro de “Forbidden Mountains” (*5), hacer los preparativos, las compras de última hora, pasear por las arboladas calles de Biskek y conocer a un montón de gente nueva que se interesan fugazmente por el motivo de tu estancia. Pero al releer con mayor entretenimiento las ya consabidas reseñas de las montañas y de sus vías de ascensión, y estando en el pie de los valles que acceden a las mismas, la cosa se ve de otra manera. Observas a la compañera de cordada y no puedes más que preguntarte a propósito de nuestras posibilidades de éxito, sobre si será suficiente nuestra experiencia, si habrá buen entente en los momentos difíciles, si nos asaltará la tormenta, si sabremos cruzar los glaciares, en que terreno se impondrá el cansancio, cuando dará paso al agotamiento, si las dificultades de la escalada no nos llevarán más allá del límite de lo que buenamente podríamos llamar prudencia … Ayer intenté confesar mis dudas y miedos a Ingrid, de manera dosificada para que no los mal interpretase, pero ella me respondió de manera agria, mostrando un desmesurado desencanto por mis dudas. Vi claramente su dependencia en lo que se confiere a mi persona para realizar las escaladas. De hecho ella nunca ha realizado una vía alpina de características similares a las que confieren nuestro proyecto. Sabe que ya no encontrará ningún compañero de cordada para realizar una escalada de la envergadura de la ascensión que pretendemos realizar y por tal motivo fue tangente en lo que a mi principio de “traición” se refería.

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– No me puedes hacer esto. — Me respondió entre la suplica y el enfado.

Yo callo. Tampoco mi intención es defraudarla o incitarle una duda prematura e injustificada. Le digo que este miedo resultaba ser común antes de emprender escaladas de grandes paredes en lugares remotos o solitarios. Ahora que tend¡go delanye el majestuoso Karakolsky, por primera vez lo observo detenidamente, impregnándome de su inmensidad. Resulta irremediable que el bullicio de temores vuelvan a pedir paso en mi subconsciente. Ingrid y Vitalik también se empapan del espectáculo. Cuando ella que pregunta mi opinión, yo le respondo que no será fácil, pero ahogo en soledad mis miedos y temores, su posible reacción tan solo ayudaría a incrementar mi cobardía, así que dejo que el silencio de paso a la calma. Bajo la cabeza y prosigo el camino. Disfruto de la imagen de prados verdes y de las florecillas que tapizan el terreno situado en nuestras proximidades; su fragilidad y su belleza se ven aumentadas al contrastarlas con la repentina y reciente visión del monstruo de nieve y roca que cierra el fondo del valle.

Desde que llegué al Kirguizistan Ingrid irradia una ambición y una ilusión sin límites. Su inexperiencia y su tozudez no hacen más que ahondar mis temores. Siente que, por primera vez, no va con un guía a realizar una gran ascensión, sino con un compañero de cordada, con un amigo, y quizás por ese motivo extirpa cualquier comentario que pueda ser dirigido en el tono en que un guía puede tratar a su cliente. Ella quiere ser participe de cualquier decisión y en un grupo de dos las divergencias no pueden resolverse de manera demócrata. Por otro lado confío en su perseverancia, en su enorme fortaleza y sé que, si hace falta, sabré contagiarme de su energía, lo cual es toda una garantía en las grandes escaladas.

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El tiempo es fenomenal. Parece no quedar rastro de las nevadas que tapizaban las montañas cercanas a Biskek el día de mi llegada. No obstante las noches ya se alargan y el frío deja notar que estamos en el final del verano. El campamento base lo instalamos en un lugar idílico, seguro y relativamente cercano al inicio del glaciar, del cual apenas nos separan treinta minutos de marcha. Al plantar las tiendas observamos como Vitalik saca un ejemplar muy simple y anticuado, de estructura triangular, como las que te regalan de promoción en los grandes superficies comerciales, — a principios de verano –, por la compra de una mesa y cuatro sillas de camping, o por la compra de una barbacoa transportable. Un quilómetro antes de llegar al lugar de emplazamiento un pastor nos enseñó su refugio bajo una piedra y un trozo de plástico. El citado lugar no dejaría de considerarse un cobijo precario donde podríamos pasar una noche en caso de urgencia. Para el pastor era su refugio habitual durante los meses de invierno, el suelo de hojarasca húmeda y podrida y una manta mugrienta para taparse. No puedo más que notar una extraña sensación al montar mi tienda iglú de gama alta de la casa Marmout, observando la tienda de cámping de Vitalik y recordando las cuatro piedras mal puestas del humilde pastor. Es como si algo no encajase en el escenario y desconozco cual es la pieza incorrecta.

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La actividad en las altas montañas del macizo de Karakol la iniciamos con una ascensión de aclimatación. A Ingrid no le hace falta aclimatar, no en vano viene del Pico Lenina, un gigante de más de 7.100 metros de altura. Pero yo necesito acondicionar el cuerpo a la altura. La falta de aclimatación puede tener nefastas consecuencias en escaladas a cumbres de más de 5.000 metros, no por la afectación directa al organismo más típica de cumbres de mayor altura, sino por las consecuencias que un cansancio repentino, mareos o un incipiente dolor de cabeza puede representar en medio de un largo recorrido de envergadura alpina y donde la retirada puede resultar más complicada que la conclusión de la vía. Ascendemos hacia una cumbre sin nombre, llegando a una cota secundaria situada poco más de los 4.000 metros. No concluimos la ascensión porque la presencia de nieve nos obligaba a cambiarnos el calzado. Pura pereza. Pero el objetivo de la ascensión ya estaba cumplido. Ganar altura, pasar un tiempo en ella y descender relajados al campamento base situado a 3.000 metros de altura. La excursión resulta ser muy gratificante. Estudiamos la vía que deseamos escalar al Pico Karakolsky y también meditamos sobre el largo descenso. La escalada que pretendemos hacer es una elegantísima canal oblicua de nieve que, por su estética, tiene una gran similitud con el Linceul de las Grandes Jorasses. Resulta increíble que un itinerario de estas características permanezca virgen hasta el momento. Sin duda, si estuviese enclavado en los Alpes en vez de en el Tien Shan, hoy sería una gran ascensión clásica de prestigio. Y eso que estamos en una de las zona más concurridas del país !!!. La impresionante canal helada debe tener su inicio en la cota 3.500 y asciende, aproximadamente, hasta los 4.700, lugar donde se funde con un airoso espolón mixto de nieve y roca que muere en la cumbre de 5.281 metros de altura. El descenso se intuye inacabable, por la larga arista oeste. Calculamos que la escalada y el descenso pueden representar de dos a tres días de intensa actividad. Como previa iremos a subir el elegante Slonenok, conocido como el “pequeño elefante”. Una solitaria cumbre de 4.726 metros cuya vía más fácil está catalogada de 4A ruso.

a (17)

Descendemos al campamento contentos de nuestra inspección. Me siento afortunado de estar aquí y viendo la cara de satisfacción de Ingrid, también me alegro de tenerla como compañera de fatigas. El tiempo meteorológico es excelente y las condiciones de la nieve parecen muy optimas. Mañana ascenderemos al glaciar para instalar el campamento avanzado, dormiremos en él y al día siguiente escalaremos el Slonenok, a ser posible por una canal que desemboca directo a la cumbre y que ralla toda la cara N.O en su totalidad.

De camino al campamento avanzado y a medida que ganamos altura en el solitario glaciar de On – Tor, vamos descubriendo el impresionante circo que configuran el Slonenok, el Festivalnaya y el Dzhigit. Nos quedamos boquiabiertos ante tan majestuoso espectáculo. La cumbre del Dzhigit muestra su espeluznante pared norte. Su aspecto tétrico y oscuro hace pensar en la pared más espectacular y mítica de los Alpes: El mítico Eiger. Con la salvedad de que la pared finaliza a más de 5.100 metros de altura, sus dimensiones son un poco superiores al rallar los dos mil metros de desnivel y bajo la misma no se encuentran los apacibles pastos de Grindelwald ni la multitud de turistas atrincherados tras los telescopios, si no que encontramos un extenso glaciar raramente transitado y una soledad sin límites que no es violada por la presencia humana durante largos meses (a veces durante años seguidos). La parte central de la inmensa pared presenta unos neveros de fuerte inclinación y unos hilillos de hielo y nieve vertical que parecen unirlos. Al verlos uno sueña con ser un alpinista de élite que pueda enfrentarse a retos casi inhumanos. Uno sueña con soñar. Cenamos con las últimas luces del día que se escapa. Hemos acampado en una morrena que parte el glaciar en dos, una especie de isla alargada con forma de espina dorsal, donde el suelo pedregoso permite no tener que dormir sobre el hielo del glaciar. Estamos en medio de un lugar inhóspito, retomo y de una rudeza cruda, primitiva. Estamos en un lugar olvidado en medio del continente más grande del mundo, a miles de quilómetros de casa y de nuestros seres queridos. Mañana empieza el baile. El alpinismo nos llama a danzar con los grampones y piolets en un escenario yermo de espectadores, vacío de aplausos; donde nuestra extraña presencia será como una irrisoria mota de polvo. Un pedazito de humanidad en medio del reino de la naturaleza salvaje.

a (18)

15 de septiembre. Hoy es mi cumpleaños. Llegué a la edad de Jesucristo. Ingrid me felicita tan pronto como se despierta, empieza a preparar el desayuno y yo aprovecho para holgazanear un poco más dentro del acogedor saco de plumas. Considero la posibilidad de prolongar mi descanso dentro del mullido saco como mi primer regalo de aniversario. Fuera aún tintillean las estrellas en la oscura cúpula celeste y el frío muerde con su intensidad. El silencio de la noche se ha visto interrumpido por el sonido de las frecuentes avalanchas. La vertiente norte del Karakolsky es un verdadero caos de inmensos seracs colgantes que no cesan de desprenderse. No obstante la vía que pretendemos escalar está fuera de la trayectoria de estos muros inestables de hielo. Al salir de la tienda nuestra sorpresa es mayúscula: El tiempo ha cambiado. Vaya con mi segundo regalo de aniversario!!!. Feos nubarrones grises tejen un cielo donde los trozos azules ocupan un espacio minoritario. En el fondo del valle también hay nieblas residuales y un compacto muro gris oculta el lugar en el que se localiza el lago de Issi-kol. En realidad la cercanía del inmenso lago hace que la zona sea más inestable, meteorológicamente hablando, y que las montañas de Karakol sean unas de las que mayor precipitación nivosa reciben. No es de extrañar, por tanto, la complejidad glaciar de ciertas vertientes de las montañas del lugar.

a (19)

El sueño de la noche ha sido muy ligero, un verdadero hilo de telaraña, interrumpido por cualquier sonido, movimiento o alucinación. Son los nervios típicos del preámbulo de una escalada de envergadura. En estas largas noches, que luchas por tranquilizarte, por aprovechar las pocas horas de reposo, siempre me viene a la mente un precioso poema de Fanny Rubio dedicado al rey Almutamid, versionado por Paco Ibañez, y que trata de un sabio monarca que quiso culturizar y transmitir a su reducido pueblo la inquietud de la lectura, la música, la poesía y el pensamiento. Ante la amenaza que representaba este posible enriquecimiento popular para los gobernantes más poderosos, éstos no dudaron en chafar con las armas el destello de luz en un cosmos de ignorancia. Es una dulce y a la vez terrible poesía que transmite el miedo previo al día de la batalla, y que dice así:

Soñaba en su lecho el rey

soñaba de madrugada

que entre las ondas del río

buscaba manzanas blancas.

Noche de miedo en Sevilla

víspera de la batalla.

Y el rey Almutamid

en el sueño contemplaba

la dulce fruta de nieve

que en los espejos temblaba.

Noche de miedo en Sevilla

víspera de la batalla.

En Sevilla, Almutamid

abrió los ojos al alba

cuando el sol enrojecía

en la ventana más alta.

Y ni amanecer halló

ni arrayán bajo la almohada

ni del agua del dulce nido

donde vio manzanas blancas.

Noche de miedo en Sevilla

víspera de la batalla.

Me levanto bastante escéptico en lo que se refiere a nuestras posibilidades de escalar la montaña con el preludio de mal tiempo. Tarareo la canción del rey Almutamid, y entre lineas comento a Ingrid mis malas impresiones. En realidad ella ya me observaba de manera esquiva pero atenta a mi reacción, esperando que mis dudas floreciesen por la boca. La reacción es inmediata y contundente.

– Por favor!!! No hace mal tiempo, solo son algunas nubes que tapan un poco el cielo.

a (20)

El cielo me recuerda tantas otras jornadas en los Pirineos y en los Alpes, donde este tipo de nubes matutinas iban perdiendo volumen a primera hora del día, para evolucionar más tarde y concluir con un radical cambio de tiempo hacia el mediodía, el cual se podía prolongar durante toda la tarde y noche y aveces, durante días, lo cual no era inusual. De todas maneras no quiero empezar el día discutiendo, mal augurio. En parte se que quedándonos en la tienda no ganamos nada, quizás horas más tarde el día sea espléndido y las nieblas de la mañana tan solo sean la cola insignificante de un frente de nubes, roto y desgastado, que ha pasado más al norte. Sea como sea la peor de las posibilidades sería quedarse en el campamento y que el tiempo se arreglase. El remordimiento y el malestar por haber perdido un día — quizás el día de la cumbre — sería intenso e insoportable. De la tienda a pie de pared hay varias horas de marcha por el glaciar. Tiempo suficiente para que la evolución del tiempo determine nuestra decisión final antes de emprender la escalada. Nos perdemos por un coas de grietas atravesando las mismas por frágiles puentes de nieve reciente. Que diferente resulta estar sorteando estas bocas de hielo en un lugar tan remoto como éste, en comparación a la sensación que se tiene en los glaciares de los Alpes tristemente masificados. En estos momentos la consciencia te hace sentir gato y te sientes seguro conocedor de las técnicas de progresión por glaciares. El inconsciente te recuerda que la única persona que sabe que estamos aquí es Vitalik. Le dijimos que hasta cuatro días más tarde de nuestra partida, no se empezase a preocupar por nuestro regreso. No obstante, pasados los cuatro días aún nos concedería un día más de margen. El no tiene material para acceder al glaciar, calza unas bambas y la única alternativa que tendría sería la de bajar a Karakol (2 días más de marcha) y llamar a Biskek para que organizasen un rescate. O sea que si uno va contando los días que tardaría la caravana en rastrear el glaciar, se llega a la rápida conclusión que el posible accidente no forma parte de la gamma de posibilidades en nuestra marcha. La determinación de que no puede pasar nada te confiere una consciencia a la hora de ejecutar tus acciones que hacen que las mismas sean mucho más seguras de lo que acostumbrarían a ser. Si anulas la posibilidad de rescate ya sabes que no te puedes permitir que te vengan a auxiliar y eres consciente de ello. En caso contrario la falsa seguridad de un rescate probable, te hace ser menos precavido y observador, por lo que las posibilidades de un contratiempo aumentan de manera exponencial y el resultado final de la posible ayuda exterior no es más que un factor aleatorio. ¿Cuantas personas habrán sido presas del pánico cuando, tras un accidente que provoca un herido grave, el teléfono móvil que tenía que ser el cordón umbilical con la ayuda exterior, está fuera de cobertura?. ¿Y ahora que …? Se preguntan como primera reacción. Se ven desamparados, perdidos. Cara a cara con una posible evidencia que se esforzaron en camuflar. Si no hubiesen confiado en la facilidad de evadirse gracias a una llamada, las posibilidades de evitar el accidente habrían sido muy superiores. En estas evidencias se sostiene mi teoría de que, mientras menos dependas de los agentes exteriores, más segura será tu actividad en lugares remotos. Llevando al extremo dicha teoría, no podemos negar que, si supiésemos que los vehículos se desintegran al colisionar, al índice de accidentes de transito se erradicarían de manera sustancial.

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Durante la marcha por el glaciar las nubes parecen jugar con nosotros. A ratos parecen que vallan a degenerar en un violenta tormenta, otras se abren y dejan que los rayos del sol iluminen con intensidad las cumbres que nos rodean. Al situarnos a pie de la pared mis dudas no se han disipado lo más mínimo. Ingrid está pletórica y su determinación es de hierro. No cabe duda que ahora no nos podemos dar marcha atrás. De hecho lo que si que descartamos es la vía directa a la cumbre y, en aras a la velocidad, nos decantamos por la bonita y también complicada vía normal llamada “Eastern Ridge”. Superamos la rimaya y empezamos a subir la canal que constituye el inicio de la escalada. Pronto empieza a nevar. Al principio de manera suave, luego con más violencia. Automáticamente alentizamos la marcha hasta tomar una tregua en la escalada. Me reúno con Ingrid. El tramo de escalada mista ya esta cerca. Se adivina un trayecto de unos seis o siete largos de cuerdas hasta la pala de 45* – 50* grados que da acceso al collado situado bajo el espolón arista de la cumbre. La parte final que transcurre tras el collado también representan varios largos de cuerda, a no ser que se prefiera prescindir de ella al ser un terreno de dificultad moderada pero donde no hay margen para el error. Ingrid se muestra furiosa y determinada a continuar. Maldice la mala suerte. Los jirones de niebla ya nos ocultan la pared y la nevada, lejos de menguar, se hace constante e intensa.

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– Ingrid … no estamos en Escocia. Aquí el cambio de tiempo puede hacer la escalada y la retirada muy complicada. La pala de acceso al collado será un río de avalanchas. No tengo ganas de pasar la noche de mi aniversario haciendo gélido un vivac a pelo en medio de una nevada, a más de cuatro mil metros, y preguntándome si al día siguiente podremos concluir el peligroso retorno de manera airosa.

Ingrid no sale de su enfado. Todo se ha conjurado en su contra: La montaña, el tiempo y yo. Cuando volvemos al pie de la pared un pequeño rayo de sol rompe la masa de nubes y nos ilumina. Parece que alguien se burle de nosotros. Mi compañera me recrimina mi calma y mi buena cara.

– ¿ Como es posible que no estés enfadado y pongas esta cara de tonto ?

– Estoy enamorado — le respondo. Lo cual es completamente cierto.

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También es cierto que hace años que me cansé de enojarme tras cada retirada en la montaña. Nos guste o nos disguste, forma parte del juego y hace tiempo que llegué a la conclusión de que si tu estado de ánimos depende de un muro de hielo o de un trozo de piedra, es que algo en tu interior no va bien. No obstante, y dadas las circunstancias, prefiero no comentarle mi última divagación a Ingrid. Ella mira fijamente la vía de la que nos hemos bajado y que ahora vuelve a ser visible en su totalidad. Mueve la cabeza y enseña los dientes. Ruge en voz baja, para sus adentros. Yo — que tengo el defecto de poner leña al fuego cuando avivan las brasas — canto el “cumpleaños feliz”. Ingrid estalla. Le intento tranquilizar.

– Bajemos y lo volvemos a intentar pasado mañana, o si no, intentamos una vía nueva al Festivalnaya y nos sacamos la espina clavada ….

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Ingrid maldice el momento y de manera contundente afirma que, si marchamos ahora, no piensa volver a este lugar. Es tarde y el tiempo no parece mejorar, a pesar de que no está tan mal como cuando nos retiramos en la rampa. Descendemos, muy a pesar de las  presiones de mi compañera en el sentido de que le estoy fallando y que aún tendríamos que volver a intentarlo. La tensión se prolonga durante el retorno por el glaciar. Rodeamos la parte de grietas evitando los precarios puentes por los que transitamos de buena mañana. Al llegar al campamento avanzado el tiempo se ha estropeado de manera definitiva, graniza y nieva. Truena por las cumbres que nos rodean. A cobijo de la tienda descansamos, comemos y me alegro de haber tomado la decisión de abandonar. Al decírselo a Ingrid me responde que me parezco a unos dibujos animados que emitían en la televisión inglesa cuando era pequeña, donde el protagonista era una especie de cartero repelente que siempre acababa diciendo “Ves como tengo razón, ves como tengo razón”. Decidimos dejar el campamento instalado ante la posibilidad de volver tras la tormenta. Ingrid ya está más tranquila, quizás por que ahora ya es evidente de que no hubiésemos concluido la ascensión. Bajamos en medio de la nevada y cuando le comento de manera irónica “Un excelente día en las Highlands” ella me responde con tono de burla “Ves como tengo razón, ves como tengo razón”. Gracias a Dios ha vuelto el buen humor. Hoy cenaremos con un buen vino de Somontano y celebraremos los treinta y tres años que hace que me plantaron en este mundo.

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Nieva durante y par de días de manera consistente, sobretodo por las noches. Cae más de un palmo de nieve que luego se funde bajo la lluvia para dar paso al barro y a una desagradable sensación de humedad. Tras el temporal el paisaje es precioso pero desalentador. Las altas montañas están saturadas de nieve reciente. Quizás en las cumbres halla nevado más de dos metros de nieve nueva. Un inmenso alud de nieve polvo se desprende de la vertiente norte de Karakolsky creando una nube inmensa. ¿Cuanto tiempo necesitan estas montañas para limpiarse de la nevada?

– Winter … winter. Va diciendo Vitalik para transmitir su convicción de que el corto verano llega a su fin en estas montañas.

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Empieza un largo proceso de divagaciones. ¿Marchamos? ¿Nos quedamos?. ¿Y si el periodo de buen tiempo resulta ser una corta ventana anticiclónica que acaba tan pronto como la montaña deja de ser peligrosa por los aludes? ¿Y si al cambiar de macizo perdemos la oportunidad de escalar durante el periodo de buen tiempo?. Cada vez toma más consistencia la idea de ir a una zona próxima a Biskek cuyas cumbres son ligeramente más bajas pero donde el tiempo resulta ser más estable. “Seguro que en Ala-Archa las condiciones son buenas.

– Karakol winter, Biskek summer, Ala-Archa autumm (*6)  – comenta Vitalik.

Cuando desmontamos el campamento avanzado la nieve recubre toda la morrena pedregosa y tan solo sobresale la parte superior de la tienda amarilla. El día es magnífico y la nieve parece haberse transformado bastante rápido. Descendemos con la amarga sensación de que, tal vez, nos equivocamos. Hemos gastado ya la mitad del tiempo de nuestra pequeña expedición y tan solo nos queda una carta para jugar, si sale mal el viaje habrá sido un fracaso en lo que a la actividad alpinística se refiere. La decisión está tomada, volvemos a Biskek y escalamos en el macizo de Ala-Archa. Doy la espalda a estas cumbres que han centrado toda mi atención durante como menos de una semana de mi vida. Atrás quedan , quizás para que mis ojos jamas vuelvan a mirarlas. En reflejo cristalino más del caleidoscopio, de color, mutante .. que aparece, se distorsiona y desaparece. El brillante sol que cuelga en la azul cúpula celeste, parece quemar en nuestro interior. No obstante, durante la jornada, me asaltan diferentes poesías en un inesperado arrebato de inspiración. Levaba días buscando las palabras, las ideas … pero es ahora, hoy, cuando se atropellan. Constantemente tomo la libreta y el bolígrafo y tomo diversas notas. Durante la caminata de bajada me detengo en numerosas ocasiones. Cuando llego al campamento nómada de la familia kirguist mis compañeros hace tiempo que me esperan. La noche está cerrándose a marchas forzadas. Cenamos y vivaqueamos bajo un cielo raso y estrellado. Carente de cualquier indicio de mal tiempo. La humedad y el frío pronto se hacen notar y una fina capa de hielo cubre los sacos de plumas en poco más de una hora. Nos aislamos completamente en el cálido interior, completamente desnudo. Los objetos que hemos sacado de nuestras mochilas están desperdigados  a nuestro alrededor. Mañana, con el calor del sol matutino, ya recogeremos con toda la calma del mundo.

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A las dos de la madrugada Vitalik nos levanta de manera brusca. Un grupo de ganaderos han venido a comprar una vaca a los nómadas kirguist y si queremos podemos descender con su camión, previa aceptación del precio convenido. El plan nos permitirá aprovechar mucho mejor el día siguiente y nos evita el largo camino por la pista que deberíamos realizar a pie o a caballo. Aceptamos, pero la salida del saco, además de precipitada, es realmente molesta: Estoy desnudo, apenas tengo ropa, no se donde tengo la linterna frontal y la mayoría de enseres que recojo están completamente helados. Al final, entre temblores por el frío, con la mochila a medio hacer y la mitad del material colgando, subimos a la parte trasera del camión que resulta ser un cajón destapado. Vitalik me ayuda a subir momento en que observo que los miembros que integran el grupo que han ido a buscar la vaca, están hasta el culo de vodzka.Confio en que el conductor no halla bebido tanto. Ingrid entra en la cabina. Al poner el pie en el cajón piso algo grande y caliente. Es la vaca. A su alrededor hay un charco viscoso y maloliente. Es la sangre que ha desprendido el pobre animal después de degollarla. Los equipajes están encima de un colchón, lo que evita que queden completamente impregnados de rojo. La situación es esperpéntica y varios ingredientes la hacen irreal: El trajineo del camión, el frío de la noche, la soñolencia, los kirguist borrachos que me hablan como si yo fuese un conocido de toda la vida …. Intento hacerle entender que no comprendo su idioma. Al final llego a la conclusión que, aunque lo entendiese, tampoco no sabría que dice por la falta de vocalización de las palabras. Vitalik mareado por la fuerte olor a sangre va vomitando más allá de las paredes de madera del cajón.

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En un momento preciso el camión se detiene. Ingrid sale disparada de la cabina y se sube al cajón de un salto. El copiloto, que también está completamente borracho, le ha empezado a manosear de manera descarada. Yo noto como el suelo continua moviéndose a pesar de que el camión está parado. No comprendo nada ¿Será que yo también estoy sufriendo los efectos del alcohol al oler el putrefacto aliento de los ganaderos?. Pido el frontal a la Ingrid y observo que hay debajo de los equipajes sobre los que estoy sentado. Tras quitar una mochila y un petate descubro a un pallo enroscado en posición fetal y que no puede ni abrir los ojos del estado etílico en el que se encuentra. Balbucea alguna protesta y yo intento disculparme a pesar de que no salgo de mi protesta. El camión vuelve a ponerse en marcha Ingrid se sienta a mi lado. Pronto se incorpora, grita y pide auxilio. El ganadero borracho que hablaba antes conmigo como si me conociese de toda la vida empieza a tocarla. Hasta el más borracho de todos, aquel que estaba bajo los fardos, extiende sus brazos en dirección a Ingrid cuando descubre que es una mujer. Vuelvo a ponerle un par de mochilas encima para evitar que se incorpore y le digo a Ingrid que se cobije entre mis brazos. El borracho parlanchín se nos hecha encima pero esta vez es a mi a quien empieza a tocar las piernas en busca del lugar donde se localiza el sexo. “Ves subiendo, ves … que te vas a llevar una sorpresa”. Vitalik continua mareado y con nausias. El accidentado viaje en camión parecxe no finalizar nunca. A la entrada del pueblo de Karakol los ganaderos se ponen violentos, desconozco por que motivo, pero en poco más de un minuto paran, tiran nuestros equipajes, nos echan fuera del camión e intentan cobrarnos el doble de lo pactado inicialmente. Nosotros somos intransigentes en este punto pero la realidad es que nos encontramos aún en medio de una noche cerrada, muertos de frío y de sueño y con los bultos desperdigados en el margen de la carretera. Durante este percance pierdo la tienda iglú, la que me compré expresamente para venir a Kirguizistan. Un rato más tarde Vitalik consigue que nos vengan a buscar en taxi. Horas más tarde, caminando por las tórridas calles de Biskek, nos reímos de la histórica pasada.

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– Estas cosas suelen pasar en Kirguizistan. Aquí todo es posible — dice Ingrid con la mayor naturalidad del mundo.

En Ala-Archa dominaba el otoño. Un duende había ido saltando de árbol en árbol, dando a cada cual un color diferente: amarillo, marrón, naranja, rojo … Me recordé de las palabras de Vitalik. El cielo mostraba el azul intenso y transparente de los días de finales de verano, cuando los rayos de sol ya no interfieren desde lo alto de la cúpula celeste. El frío de la noche también provoca que la humedad sea mucho más baja y por tanto, la visión es más diáfana. En esta zona hay un refugio, el cual es libre y al que se accede después de una larga caminata de unas 5 horas. Aquí no hay arrieros y no se alquilan caballos. Los bultos deben subirse a pie. Nosotros llevamos cuerdas, material de escalada, el equipo técnico, sacos, ropa de recambio y comida para una semana. Las mochilas, — en mi caso dos, una en la espalda y otra en el pecho –, representan un peso de unos 35 quilos. La subida al refugio se eterniza, se convierte en una verdadera tortura. Ya en las cercanías del mismo no puedo más. Abandono una de las mochilas. Ya volveré a buscarla más tarde. La citada operación se me plantea como la única posibilidad de llegar. Hace tiempo que perdí de vista a Vitalik y a Ingrid. Iba mirando con envidia como sus pasos eran más rápidos y los transportaban un centenar de metros por arriba. En un recodo del camino desaparecieron de mi campo visual y ya no los volví a ver hasta mi llegada a la cabaña.

Tras los cristales de la ventana, cuando las últimas luces del día se funden con la incipiente y creciente penumbra de la noche, observamos la elegante silueta del Txitxitafen. Es una montaña muy elegante, de 4.515 metros de altitud, que muestra una goulotte de hielo enmarcada en medio de dos paredes rojizas, con una parte alta donde el terreno se abre y se convierte en una campa triangular de nieve en forma de reloj de arena. Tiene una similitud con el mítico corredor del diamante del Monte Kenya, en África, y aunque Ingrid desconoce si ya ha estado escalado previamente, me confiesa que desde que lo vio por primera vez (ella ya había estado en Ala-Archa en mayo) se sintió fuertemente atraída por la escalada de la canal. Yo la escucho y observo la cada vez más oscura silueta de la montaña con un disimulado interés. Prefiero no decir nada. Estoy reventado por la sufrida aproximación a la cabaña y mañana no tengo la más mínima intención de hacer nada. Nos acostamos.

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– Mañana será otro día. Pongamos el despertador a las 8 y ya decidiremos que hacer … –

La intención, una vez desayunados y observando el buen día que hace, es de aproximarnos a la pared para examinar la calidad del hielo. Desde lejos parece un hielo fósil completamente ennegrecido, lo cual lo haría casi inescalable. Cuando comento mi percepción a Ingrid, ella me responde con cara de pocos amigos. Cualquier temor manifiesto parece ser una amenaza para ella. Procuro no preocuparme en exceso. Metemos en la mochila el material de escalada. Si llegamos a pie de pared podemos fijar algún largo, escalar un tramo y dejar el nido de material al pie. Así, si volvemos al día siguiente, disfrutaremos de una aproximación sin peso. Cuando iniciamos la marcha el sol está alto. Ya son las 9:30 pasadas de la mañana.

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Llegamos a pie de vía dos horas y media más tarde. Desde la cabaña parecía que el acceso a la canal se tuviese que hacer por un contrafuerte rocoso. Ahora descubrimos que no es así, que tan solo era un efecto óptico, puesto que el contrafuerte rocoso forma parte del espolón situado en frente del canalón de acceso. Lo que si que se muestra igual es el color del hielo: Negro y repugnante. Grata sorpresa cuando comprobamos que, a pesar de su dureza, es mucho más manejable de lo previsto, puesto que se trata de hielo de fusión envejecido, pero que no puede considerarse fósil. Es tarde, y a pesar de las secuelas del cansancio del día anterior, en ningún momento nos planteamos renunciar a la escalada. La goulotte es elegantísima, en una inclinación media de 60 * sobre puro hielo. Más arriba un largo muestra mayor inclinación 70* – 75* sobre una superficie carente de cualquier señal de paso previo. A lado y lado de la canal busco algún indicio de otras ascensiones: Un clavo, un cintajo … resulta imposible pensar que esta goulotte no sea una ascensión clásica. Durante la escalada del largo clave el cielo se encapota y empieza a nevar. “Justo en el estrangulamiento del reloj de arena”, pienso. Cuando Ingrid llega a la reunión también se muestra cansada. La nevada a cesado para dar paso a la penumbra nocturna. Sacamos los frontales de las mochilas. Hay que continuar, estamos a media pared y pronto será noche cerrada. La parte alta de la escalada tan solo presenta una fina capa de nieve inestable sobre el hielo frágil y cristalino. El terreno por tanto no cesa en su dificultad, debemos armarnos de paciencia y continuar escalando largos de cuerda con sus consiguientes relevos y seguros intermedios. Los gemelos empiezan a resentirse de tanta escalada sobre puntas de grampones. Como añoro poder hacer una mínima repisa para descansar los pies, pero debemos conformarnos con colgar de los tornillos clavados en las reuniones. El último largo se me antoja interminable. El cansancio residual de la subida de ayer ha dado su fruto y noto como el agotamiento ha hecho mella en mi. Como último recurso desesperado le pido a Ingrid que continúe ella, pero me confiesa que también está cansada y que no lo ve claro. Inicio los últimos cuarenta metros como una verdadera vía crucis, dos, tres movimientos de escalada y una pausa. Los gemelos pidiendo una tregua que no les puedo dar. Miro hacia arriba. Unos metros más y llego a la cornisa. El último resalte que se semidibuja en la oscuridad, más allá del corto haz de luz de la linterna frontal. Al llegar a la arista monto reunión cavando una bañera en la nieve. Cuando llega Ingrid nos abrazamos eufóricamente. Son las 2 de la madrugada. Ella no cabe en su júbilo, yo no puedo con mi cansancio. Bajamos cruzando un inestable e interminable pedregal. Es curiosa esta montaña. Por una vertiente una larga canal de nieve enmarcada entre paredes de roca y por el lado contrario un interminable chancal completamente desnudo de hielo. Abajo, y procedente de las montañas circundantes, una inmensa lengua glaciar donde se reflejan los destellos plateados de la luna. El paisaje es mágico e irreal, lástima que el agotamiento nos venza en cada pausa y seamos víctimas de breves estados de soñolencia mientras observamos el espléndido paisaje.

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Siendo casi las 6 de la madrugada y estando en las cercanías del refugio, viene a nuestro encuentro Vitalik. El tampoco no ha dormido en toda la noche. Observó extrañado como dos puntitos negros avanzaban por la parte baja de la canal a una hora más bien tardía, y como después, mediante movimientos tan lentos que semejaban estáticos, dos diminutas lucecillas se separaban y se unían, una y otra vez, a medida que los largos de cuerda de escalada quedaban por debajo de ellas. A estado en vela toda la noche, preocupado por lo que considera “nuestra temeridad” y nos da la bienvenida con un termo lleno de té caliente. Las puertas del cielo se nos abren a cada sorbo. Que afortunados nos sentimos de poder tener al Sr. Vitalik a nuestro lado !!!.

El descanso resulta doblemente reparador por el esfuerzo de la escalada y por el desgaste del día previo. Ingrid ya está contenta y yo me muestro también más tranquilo. Ya tengo la seguridad de no volver a casa con el zurrón vacío de escaladas. Tomamos dos días de descanso en el que realizamos, durante la tarde de la segunda jornada, una bonita escalada rocosa de poco más de cinco largos y que se inicia justo en frente del edificio del refugio. La ascensión, sin pena ni gloria, discurre por un sistema de resaltes y fisuras de roca excelente y nos permite una privilegiada visión frontal de nuestro último objetivo: La pared norte del Box. Se trata de una larga muralla helada que raya la pared por el centro de manera decidida, perdiendo anchura a medida que gana altura, hasta convertirse en un exiguo hilo blanco en las proximidades de una arista secundaria. Desde este punto parece que un sistema de viras y resaltes por terreno mixto conduce a una aparentemente cercana cresta, la cual pronto se funde con la inmensa cúpula azul de la cumbre, que sostiene un serac de considerables proporciones. El itinerario tiene todo el aspecto de gran pared norte: Una colada blanca perdida en un caos de roca. Una muralla grande, altiva, que empequeñece al espectador que desea escalarla. Infundiéndole un miedo humano, producto de la consciencia que toma el alpinista ante las inmensas proporciones del terreno a superar.

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Esta vez el listón se eleva un poco más al invitar a Vitalik a formar parte de la escalada. El se debate entre el miedo a lo desconocido (jamás ha escalado ni ha pretendido escalar algo tan difícil y largo) y las ganas de ponerse a prueba. Vitalik es un chico joven, fuerte y decidido. A pesar de los primeros resquicios de duda, la tendencia de la decisión a tomar es evidente. Tan evidente como la energía que desprende un joven de su edad: “Ok, Pako. Ok, Ingrid. Lets go …”. Visto desde fuera se puede reprochar que se convide a un joven inexperto a escalar un itinerario de estas características, más cuando su material personal (ropa, piolets y grampones) parecían sacados del museo de alpinistas de Chamonix, al estilo Bonatti de los años 60. Pero  Ingrid me infundía mucha confianza como compañera tras las escaladas previas y sabía que ante cualquier percance, siempre puede contar con ella. Por otra banda, yo me siento en una forma física y psíquica excelente. Quizás nunca me halla encontrado en tan buena sintonía conmigo mismo y con la montaña. Estas vibraciones te infunden un valor real incalculable y soy consciente de ello.

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Ya desde las primeras palas nevadas nos calzamos los grampones y empezamos a realizar largos de cuerda. Las características del terreno son similares a las de la parte final del reloj de arena del Txitxinafel: Hielo quebradizo y sucio bajo una capa inestable de poco más de dos dedos de grueso de nieve polvo. Van discurriendo los largos y con ellos las horas. La parte central de la pared de hielo muestra un bonito tramo mixto de 75* grados de inclinación sobre pechinas de nieve y hielo adheridas a la roca. Durante unos veinte metros avanzo con la serenidad suficiente como para no pensar en que el terreno no deja de ser precario y las posibilidades de asegurarse son nulas. Poco antes de emprender el resalte puse un doble seguro ante la precaución de saber que los metros siguientes serían expuestos y difíciles. El consciente anula los resquicios de temor y deleito los placeres de la calma impuesta. El subconsciente, desde su silencio obligado, intenta recordar que una caída puede tener graves consecuencias y que estamos en un lugar del mundo donde nadie nos echaría a faltar hasta de aquí unos cuantos días. La salida de la canal, en su derivación a la arista intermedia, presenta un terreno mixto de nieve muy mala y roca frágil. Aparentemente parece un largo fácil, de transición. Ingrid se molesta cuando no le permito tomar la delantera. Una vez en la plataforma de la reunión agradece, muy a su pesar, haberme hecho caso. Al finalizar la goulotte ya llevamos 13 largos de cuerda. La cumbre parece cercana, quizás no tanto como se apreciaba desde abajo, cuando realizamos los estudios previos de la pared. Pero otra realidad se hace más evidente: las cumbres que limitan el horizonte ya tienen tonalidades amarillentas que pronto darán pasos a naranjas más suaves para fundirse en la tibieza de un rosado mortecino. La noche nos alcanzará de lleno en la parte alta de la pared. Intento escalar el siguiente largo de cuerda con el auxilio de los frontales. El terreno es mixto descompuesto y muy precario. La roca es calamitosa y  a duras penas encuentro algún lugar solido para emplazar algún pitón. Es evidente que la mejor opción es volver a la repisa desde donde mis compañeros observan mi danzar y hacerles participes de la realidad que ya deben ver de manera evidente: Toca vivac a pelo, a 4.000 metros, en medio de las montañas de Asia Central, a finales de verano y, por supuesto, sin sacos. Cenamos la poca comida que nos queda. Dejamos para el día siguiente dos barretas a compartir entre los tres comensales. Una será el desayuno y otra, si todo va bien, la celebración de la conclusión de la vía.

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La noche, no cabe decirlo, se hace larga y penosa. Con la temperatura unos cuantos grados bajo cero y el frío mordiéndonos con fuerza hiriente. Movimientos, temblores, quejas. Nos amontonamos los tres intentando que la proximidad evite la marcha de calor. Hablamos a ratos y a otras cada uno se distrae con su introspección y los motivos de su silencio. Es el primer vivac a pelo de mis compañeros. Vitalik se lamenta de su mala suerte y a Ingrid la experiencia parece sentarle bien. Yo intento recopilar el número de vivacs a pelo vividos y creo que pocos me faltan para la veintena, y además de varios colores: Con viento, en invierno, con lluvia, con tormenta, con nieve … empiezo a estar realmente cansado de pagar este precio por el tipo de alpinismo que practico o por la mentalidad clásica con que lo llevo a término. Un vivac a pelo puede ser muy romántico a posteriori, pero las largas horas sin sueño parecen días, y la noche una semana. Cuando se hace de día no nos movemos hasta que nos da el sol. El alba es interminable. El sol parece que no quiera aparecer nunca y que las tonalidades del cielo sean inmutables. Ayer de hizo de noche a una velocidad vertiginosa y ahora parece que la luz nunca tenga que ir en aumento. En momentos como este, con el frío que se te ha colado en las entrañas, uno de imagina la velocidad de la rotación de la tierra. Me imagino como un pájaro volando sobre la superficie del planeta inmóvil, en busca de un horizonte donde brille el astro rey, volando a una velocidad constante de 22 metros por segundo.

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Cuando el primer rayo de sol ilumina la parte alta de la cúpula de Box los tres gritamos al unísono. Sun, Sunnnn !!! Queremos notar su calor, su presencia. Daríamos cualquier cosa por estar ya bajo sus magnificentes rayos. No nos incorporamos hasta que el sol ha desentumecido nuestros encarcarados cuerpos. “Por fin. Salgamos de aquí. Creo que debe faltar poco para llegar a la cumbre”.   Graso error. Poco más tarde tomamos consciencia de que aún faltan varios largos de cuerda. En realidad la repisa de vivac resulta ser el ecuador del recorrido. El relevo 13 de los 26 de la pared. A partir del emplazamiento en el que hemos pasado la noche, el terreno es casi completamente rocoso, con algún tramo de nieve inestable sobre un terreno pedregoso aún más precario. Más arriba la vertiente gana verticalidad, con lo cual la roca es de mejor calidad y el terreno más difícil pero a la vez más seguro. Cerca del final de la pared, con la tarde ya avanzada y a punto de superar un tramo de quinto grado, una repentina nevada hace acto de presencia. Por suerte desaparece tan pronto como las presas empezaban a tapizarse del elemento blanco recién caído. Al llegar a la cresta somital grito de alegría. Es el segundo día de escalada pero ahora, por fin, ya se que saldremos por la cumbre. Ingrid y Vitalik también muestran su alegría un tanto diluida por el cansancio patente y por el hecho de que, ante nosotros, aún se adivina un tramo de cresta que da paso a la cúpula de la cumbre, la cual, a pesar de su moderada dificultad, aconseja tomar precauciones a la hora de escalarla. El cansancio repercute de manera clara en las reacciones y en la ejecución de los nuestros movimientos que se han vuelto lentos y torpes. Comemos la última barrita de cereales que debemos compartir entre los tres y tomamos el único sorbo de agua que nos hemos permitido desde el desayuno. No deja de ser simbólico, puesto que poca cosa más podemos conseguir que humedecernos los labios. Llevamos dos días escalando, con un vivac intermedio que nos ha consumido en vez de reconfortarnos y la exigua comida casi de acabo ayer. Nos sentimos hambrientos y desamparados. En cualquier otra actividad deportiva ya haría horas que hubiese renunciado a continuar machacando el cuerpo y la mente, pero miro a mi alrededor y tan solo se ver miles de montañas anónimas que constituyen un paisaje inhóspito sin límites y sin escapatoria instantánea. A veces la belleza y la dureza juegan la misma partida, se codean, se entretienen, se avanzan, se retroceden, se complementan. Llegamos a la cumbre con las últimas luces del día. Contentos y cansados. Infinitamente contentos y enormemente cansados. El descenso, por suerte, es fácil, aunque tortuoso. Se trata de una interminable canal de piedras inestables y de considerable inclinación que no hace concesiones hasta no llegar al glaciar situado a más de 800 metros de desnivel por debajo de la cumbre. Al igual que en la anterior ascensión, la vertiente alpina y glaciar da paso a unos interminables y feos chancales desnudos y yermos, carentes de cualquier aliciente o atractivo. Llegamos al refugio 48 horas más tarde de la partida. Hoy Vitalik apenas tiene fuerzas para meterse dentro del saco. Ingrid, radiantemente contenta nuestra que sabe transformar el triunfo en energía, y es ella la que buenamente hace de anfitriona a cuida de lo que queda de nosotros. Con la ascensión a la cara norte del Box hemos realizado lo que se podría considerar ALPINISMO en las tierras olvidadas de Asia Central. Los días que restan de viaje servirán para apreciar unos valles, una ciudad y unos amigos con la reconfortante sensación de tener los deberes bien hechos, de haber incorporado a la vida un brillante cristal en el interior del caleidoscopio.

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(* 5) – FORDIDDEN MOUNTAINS – THE MOST BEAUTIFUL MOUNTAINS IN RUSSIA AND CENTRAL ASIA, es un libro escrito por Paola Possolini Sicouri y Vladimir Kopylov, editado por la editorial Indutech, de Milano. Su edición fur de noviembre de 1.994, y describe diferentes montañas y valles del Caucaso, Crimea, Pamir, Altai, Tien Shan y Kamchatka. Un libro imprescindible para los alpinistas que deseen realizar actividad en las cordilleras de Rusia y de las ex-repúblicas soviéticas.

(*6) – Karakol invierno, Biskek verano, Ala-Archa otoño.

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