«L’ENFANT» ETERNO

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Érase un vez

un lobito bueno,

al que maltrataban

todos los corderos.

Y había también

un príncipe malo

una bruja hermosa

y un pirata honrado.

Todas estas cosas

había una vez

cuando yo soñaba

un mundo al revés.

(Poesía de José Agustín  Goytisolo «Érase una vez»)

                                       *        *        *        *

Mi infancia estuvo fuertemente marcada por los fines de semana que pasábamos en una pequeña casa perdida en el corazón del macizo del Montseny. Es un pequeño refugio, situado al final de una larga pista forestal de más de cinco quilómetros de largo, que la une al pueblo más cercano. Una cabaña diminuta, un suspiro, un deseo infantil, un pequeño hogar acompañado de los verdes sueños de las encinas y los abetos. En realidad, el refugio se enmarca en un conjunto de cuatro casas, una de ellas arruinada puesto que sus propietarios, unos griegos, desaparecieron al caer la dictadura en un país, y ya nadie ha vuelto a interesarse por la casa. Las otras recibían pocas visitas y los cambios de ocupantes han sido diversos y frecuentes al transcurrir los años. Tan solo nosotros  — mi familia y yo — éramos habituales de fin de semana y constantes en el tiempo, un tiempo que aun dura y confío que se prolongue más allá de lo que mi consciencia llegue a acertarlo. Las condiciones para habitar las casas no eran ni son muy propicias y se aleja bastante de lo que entendemos como «confort». Para empezar nunca llegó la electricidad. Los postes estaban situados en la parte baja de la pista desde un buen principio, y el promotor de la obra no dudó en prometer a mis padres que en cuestión de meses acabaría la instalación. Eso era cuando yo apenas tenía un año. Según como se interprete, el vendedor no mentía, en su interín la instalación ya la daban por terminada, puesto que nunca hubo ningún intento serio de continuarla. El emplazamiento tampoco beneficia el lugar, Está al final de una larga pista, por la que tan solo encontramos otras casas diseminadas en las partes bajas, y concluye a media vertiente de la montaña. Un lugar poblado de árboles y de sombras. Es una zona hombría. El sol de invierno tan solo llega a calentar con mustios rayos unas pocas horas por la tarde, el mismo sol que, de manera más valiente, hace brillar los mediodías de primavera y arder las tardes de verano; No obstante, incluso en el cenit del estío, el lugar es fresco y las noches frias. Es la típica vertiente donde nunca se hubiese emplazado un lugareño, puesto que al faltar la luz falta la vida necesaria para que proliferen los cultivos y los rebaños. Observad que todas las casas de montaña están orientadas al sol, las vertientes oscuras forman parte del imperio de los bosques y las rocas. Pero allí esta emplazada la casa de mi infancia, en un lugar no apto para los pastos y las huertas, en un lugar austero, salvaje, lleno de los mil silencios con los que conversan las ramas, las hojas, las piedrecillas, pequeños pajarillos y roedores.

Recuerdo que lo primero que debíamos hacer al llegar era reparar la manguera que nos transportaba el agua desde una lejana fuente hasta la casa. La cuestión era que la manguera se helaba y reventaba en invierno, o que los cazadores la cortaban para obtener agua.  Por tal motivo, al llegar, acostumbrábamos a subir, mi padre y yo, en busca de la sección dañada. Gran parte del trayecto discurría por el bosque, de bastante inclinación, por el que, a base de los años de transitar por él, se había trazado algo parecido a un vertiginoso camino. Y aquellas eran mis primeras excursiones. Todas ellas repetitivas, calcadas. No obstante, siempre las afrontaba con una gran ilusión. Me gustaba el ejercicio, subir, observar las montañas, saber que a cada recodo vería un tramo más del paisaje, un árbol que reconocía, una piedra poblada de líquenes, y sobretodo me reconfortaba ver crecer a las montañas que se dibujaban frente a nosotros — El Matagalls y el Turó de l’Home — Seguramente fue entonces cuando descubrí la renovadora alegría de ver los paisajes que se ensanchan y se abren a medida que se gana altura; observar aquella figura que antes se dibujaba sobre nuestras cabezas y que ahora, horas más tarde, queda reducida a un pequeño punto situado a muchos metros por debajo de mi. Los primeros años me esforzaba en seguir los pasos de mi padre. Con el tiempo, era yo quien le esperaba en los claros del sinuoso sendero.

Recuerdo con sorprendente claridad un día en que, siendo yo muy niño, mi padre regresó de una incursión en solitario para arreglar la famosa manguera. No se por que motivos se le ocurrió continuar la ascensión más allá de la fuente y recorrer los bosques que le separaban de la parte alta del cordal. En un momento dado se extravió y llegó tarde a casa. Mi madre le esperaba con inquietud, y una vez que ya había regresado y la angustia pasó a ser un susto pretérito, mi padre expuso que se había perdido. Que en un momento dado, sin saber como ni cuando, no encontró la senda por la que había ascendido y erró al deshacer sus pasos. La exposición de la «aventura» me sorprendió profundamente e irremediablemente me asaltó una extraña necesidad de descubrir y encontrarme vagando por aquellos caminos confusos y desconocidos. No tenía ninguna duda de que, tarde o temprano, acabaría viéndolos con mis ojos y pisándolos con mis pies.

Quizás de estas rápidas excursiones que realizábamos, forzadamente, antes de que mi madre preparase la comida, — Sin agua difícilmente podía cocinar —, nació la siempre vigorosa necesidad de transitar por lugares salvajes y difíciles. En pleno invierno ya no nos preocupábamos en arreglar la manguera, puesto que con el exceso de frío se helaba completamente. Era entonces cuando caminábamos a un lejano riachuelo y llenábamos, con la ayuda de un pequeño pote de aluminio, unas garrafas de plástico. Tomábamos el agua justa para la comida. Por la tarde volvíamos una o dos veces. Los días eran cortos y pronto se hacía de noche. Noches frías, interplanetarias, donde apenas se oía el ruido lejano de los búhos. Fue entonces cuando me acostumbré a la extraña magia de las luces tardías de las tardes. Aquellas luces grises, apagadas, increíblemente tranquilas. Aquellas luces carentes de vigor, donde los contornos se pierden y todo se impregna de los mil matices del gris. Aquella hora que evoca legendarios escenarios de épocas medievales y oscuras, donde la fantasía crea héroes, dragones, brujos y princesas. También descubrí la frialdad y la inmensidad del universo, en los silenciosos paseos que acostumbrábamos ha hacer después de la cena. Fuese verano o fuese invierno no faltaba la tranquila contemplación de la cúpula celeste. A los doce años, y como regalo de aniversario, tuve un telescopio. Conocí entonces los cráteres de la Luna, Venus, Martes, Júpiter, Saturno … y que el infinito es aquello que determina los límites de la imaginación y de las ganas de vivir la vida.

Al no haber televisión la distracción era la lectura y la contemplación del fuego. Me pasaba horas observando como se consumían los troncos ardientes de la chimenea. Es curioso como llega a hipnotizar, como puedes pasarte horas y horas viendo la extraña danza de las llamas. Fuera mis amigas las estrellas tintilleaban tras las ventanas, hasta que, justo antes de cenar, cerrábamos los ventanales de madera para evitar el frío y la casa quedaba completamente hermética, guardando el calor del fuego y el calor humano.

Mi mayor ilusión era que nevase. En realidad la casa no está a mucha altura, a unos 800 metros y por las latitudes de las montañas, pocos son los días en que llega a nevar. Durante el invierno abundaban los días de niebla fría con lluvia fina y helada, que poco más arriba si que caía siendo nieve, pero los días en que la nieve llegaba más abajo eran extraños. De todas maneras nunca perdía la esperanza y la ilusión. Cuando estaba nublado corría a ver el termómetro exterior antes de acostarme. 4* grados, …. «Hay!!, si bajase 2 grados más nevaría, y si bajase 4 más cuajaría».

Como niño, cuando más disfrutaba, era cuando podía compartir juegos con otros chavales de mi edad. Todo ello era posible gracias a las visitas de primos y amigos de edades similares a la mía. Siempre que venía algún candidato a ser «enredado», lo convencía para hacer alguna excursión. Como el tiempo del que disponíamos para realizar las escapadas era siempre limitado — entre comida y comida — y yo ya conocía de sobras los lugares cercanos, tan solo sabía una manera de poder llegar a tierras inhóspitas: Caminando más rápido. No era de extrañar de que mucho de los candidatos a seguirme, se negasen rotundamente a repetir. Hasta alguno había abortado a mitad de excursión tras la comida, puesto que el salir corriendo con la barriga llena puede tener desagradables consecuencias.

Recuerdo la especial emoción que me causó llegar a mi primera cumbre. Fue la cima del Puig de Pi Novell, de poco más de 1.200 metros de altura, la más cercana a la casa. No importaba que un marcado camino llegase a ella. Yo alcancé la cumbre solo y me sentí en el fin del mundo, en un lugar remoto, apartado y salvaje. Minutos mas tarde un horrible ruido de motor desvaneció el ambiente de tranquilidad en que flotaba. Un grupo de motoristas llegaron con sus aparatosas motos de trial, con su inseparable peste de carburante, y sin pararse a saludar, pasaron de largo por la cumbre. Creo que desde entonces odio a los motoristas.

Otro gran descubrimiento fue observar el Pirineo nevado desde la cumbre del Turó del Sui. Por supuesto que no esperaba un paisaje tan amplio y tan blanco, y al llegar a la cima me quedé paralizado observando la multitud de nieve que poblada las lejanas montañas. No importaba que un fuerte viento viniese directamente de cara. Cuando los ojos se me poblaban lagrimas por efecto del mismo, me resguardaba por un instante, me limpiaba los párpados y las mejillas con la manga del jersey, y volvía a presentar cara al viento, reteniendo una vez más el magnífico paisaje con la mirada.

De todas maneras no todo eran excursiones, con mis primos jugábamos las mil y una aventuras. Bajábamos con coches de pedales, a toda velocidad por la pista, hasta la curva próxima, la cual, al ser muy cerrada, era imposible de realizar si ibas rápido. La cuestión estaba en ver quien era más veloz y más valiente, con lo cual tenías que bajar muy rápido y tener la suficiente sangre fría para frenar en el último instante. No siempre salían bien los cálculos y aveces acabábamos saltando por el margen de la carretera, para estrellarnos contra el árbol más cercano. Cabe decir que, en ciertas ocasiones, no nos privábamos de aflojar los frenos unos a los otros para que el salto fuese inevitable.

Paralelamente a las travesuras repetidas, malvadas y muchas de ellas olvidadas, recuerdo también el nacimiento del amor profundo que el niño que se convierte en hombre descubre con la contemplación: la contemplación de los espacios abiertos, de los mil matices del paisaje, la progresiva consciencia del lugar, del tiempo, de la propia persona. De nuestros triunfos y fracasos, de nuestros proyectos y renuncias. Contemplación de las horas, de los minutos, de las sombras silenciosas que varían a medida que el sol dibuja su mecánica hipérbole. La contemplación de las nubes, de las flores, de los animales, de los pueblos y las casas. La contemplación de un mundo pequeño, preámbulo del inmenso espacio que hay por descubrir más allá de los horizontes guardados por las montañas.

Las cabañas, los cobertizos, las pistas de trineo, la exploración de la naturaleza, la recolección de cangrejos de ríos, de saltamontes, de sapos, de serpientes, de tritones … fueron los ingredientes de una buena infancia, tan buena que se que aun no ha acabado, y de la que confío que nunca muera antes que yo.

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Una respuesta a “«L’ENFANT» ETERNO

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