JORDANIA – WADI-RUM, FANTASÍA VERTICAL.

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FOTO PAKO CRESTAS

Apenas hemos escalado juntos. Si no la memoria no me falla creo que la conocí en un cursillo de iniciación a la escalada que un grupo de amigos organizamos hará tres años, y el que ella se apuntó como cursetista. Más tarde tan solo habremos coincidido algún que otro fin de semana en el que hemos salido un nutrido grupo de escaladores a alguna zona escuela, por lo que aún no hemos coincidido a solas en ninguna escalada, y menos en algún viaje. Por todos esos motivos ella se muestra absolutamente sorprendida cuando una tarde que quedamos para tomar un café le muestro una guía de escaladas de Wadi-Rum (Jordania) y sin más preámbulos disparo a bocajarro.

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– Te voy a hacer una proposición indecente. Quiero ir a Jordania esta Semana Santa y había pensado que, tal vez, te gustaría acompañarme.

– ….

Dos días más tarde soy yo el sorprendido cuando me responde que sí, que viene, que aún está digiriendo la idea, pero que la llamada del desierto… es mucha llamada.

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“Sí”. La palabra clave que pone en marcha toda una espiral de rápidos preparativos: Reservar y confirmar vuelos, alquiler de coche, visados, compra de medicamentos, antídotos contra las picaduras de escorpiones, serpientes y avispas venenosas, etc…Como acostumbra a pasar en estos casos el ruido de los motores del avión anuncian que en breves instantes estaremos sobrevolando el delta del Llobregat, con a destino a tierras lejanas. Rumbo a unos días cargados de anécdotas y de ricas vivencias.

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Con las últimas luces del día que huye ante nuestros ojos, entramos en el valle de Wadi-Rum. Hace horas que transitamos por la cómoda autopista del desierto y cuando llegamos a nuestro destino, a duras penas se distinguen la silueta de las montañas. Espectros gigantes que tan solo dejan entrever sus grandes proporciones y sus imponentes formas, sin que se delaten más detalles. ¡Mejor así!, de esta manera mañana nos sentiremos agradablemente sorprendidos por estos monstruos de piedra, los volveremos a redescubrir cuando nos enseñen, despojados de su vergüenza, nocturna, todo su esplendor de formas y colores.

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La primera noche en el desierto, en medio del cosmopolita poblado de tiendas de Wadi-Rum, tiene algo de especial. Las danzas preparadas para los turistas que han venido con viajes organizados, acaban tan pronto como los mismos vuelven a subir a los autocares. Es entonces cuando un amplio silencio se extiende por toda la población y las montañas juegan a acariciar las estrellas. Hemos reservado para la ocasión un buen “coulage” de vinos de la Rioja, depurado por aquellos maestros que han sabido hacer de la etnología un arte supremo. Toda una explosión de matices y perfumes riega nuestros paladares y nuestros sentidos. Nos quedamos absortos durante horas en la contemplación nocturna del lugar a donde, semanas antes, soñábamos llegar. Estamos contentos y la felicidad nos delata, dibujándonos en el rostro una tonta sonrisa.

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Me relajo hundiendo los pies desnudos en la fina arena, que desprende una sensación falsa de humedad. Más tarde, con la noche avanzada, nos sorprende una luna tan luminosa que no éramos capaces de mirarla directamente de tanta luz que desprendía. La bola lunar se ha comido todas las estrellas del cielo y a devuelvo unos peculiares colores a la tierra. Es tanta la claridad que desprende que somos capaces de leer un libro sin el auxilio de la linterna. Ni en las extensiones glaciares de la montaña he visto nunca una claridad tan intensa gracias a la luz lunar. (Quizás entonces tampoco contaba con el auxilio del vino para expandir mis percepciones).

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La montaña de Vulcanus Tower se esconde en un bello valle, cercano a Wadi Rum, pero a la vez muy solitario, que recibe el apropiado nombre de “Lost Valley”. En si, aproximarse a la pared requiere poco más de media hora de marcha, pero nosotros dos hemos perdido la noción del tiempo contemplando las caprichosas formas de los bloques de piedra que estan por doquier. Las formas, los colores, las texturas, desprenden tanta magia, que ni el artista más daliniano y alocado seria capaz de crear un mundo como éste.

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Cuando llegamos al inicio de la vía le comento a la Eva:

– Bien, cuando te enfrentas a una roca tan diferente como esta pueden pasar dos cosas: o que te parezca todo muy difícil o que te parezca todo muy fácil. Por desgracia tenemos muchas posibilidades de alucinar con los ramos de cuarto grado.

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Dicho y hecho. Minutos más tarde me estoy peleando con una fisura que no permite progresar por empotramiento ni mediante la técnica de bavaresa. (IV+ según la guía). Encontramos el primer pitón en el primer largo de la vía. Es casi un miraje (en los 36 largos que escalamos en Wadi Rum durante nuestra estancia, tan solo encontramos un pitón más). Nos sorprende la complejidad de la vía, hasta el punto en que, harto ya de subir y bajar por tantas alternativas diferentes, empiezo a dudar de mi sentido de la orientación en vías alpinas. La cuestión está bien clara, el itinerario no puede superar el V* grado, por lo que si la dificultad se dispara, es señal inequívoca de que hemos vuelto a errar el trayecto. A la sazón la roca, extraordinariamente áspera, fricciona la cuerda hasta tal punto que los salientes de la roca quedan manchados del color de la cuerda.

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Un par de horas más tarde estamos preparando el primero de los numerosos rápeles que nos servirán para volver a tierra firme. He dicho “basta” al situarme en medio de una placa con pequeñas presas con forma de galleta. Seguramente la poca consistencia de la roca me ha hecho pensar en la lejanía del último punto de seguro, que ha quedado a más de quince metros por debajo de mis pies, dentro de la estrecha chimenea que precedía la placa. Las posibles consecuencias de la caída me invitan a no escalar ningún paso que posteriormente no pueda descender. Paralelamente, la hora está ya muy avanzada, al ritmo que vamos no llegaremos a la cumbre antes de que anochezca. Bajamos, no pasa nada, fin y al cabo, tan solo ere una primera toma de contacto.

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– Casi era inevitable que la montaña nos marcase el primer gol. Verdad que si compañera.

A partir de ese momento empezamos a hacer un símil de un partido de futbol: East face route Vulcanus Tower (0-1).

Los siete pilares de la sabiduría, es el título de la obra literaria de Lawrence de Arabia, y esas siete columnas son las que se encuentran en la primera montaña que da la bienvenida a los escaladores y turistas que se adentran en el valle, ya que es el verdadero vigilante de la entrada a Wadi Rum: la montaña en concreto es conocida como el Jebel Makhras.

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La pared orientada al este es la Ebony Wall, y una reseña de una supuesta vía de ocho largos nos anima a escalarla, en un día que el desierto ha amanecido gris y tristón. Hay mucha tierra en polvo suspendida en el aire, formando una extraña y espesa neblina, que, de tanto en tanto, deja caer alguna que otra gota de agua. Cuando llegamos al pie de la pared nos sorprende la perplejidad de la misma y son vagas las referencias que se dejan adivinar de nuestra propuesta de vía. Poco, — por no decir ninguno –, es el símil entre el dibujo de la reseña y el caos morfológico de esta vertical vertiente.

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Como suele ocurrir en estos casos, uno se acaba metiendo en la pared por donde mejor le parece, y pronto nos vemos dando vueltas, forzando el paso entre repisas, buscando los diedros que, según el croquis, deberían enlazar un con los demás.

La roca, que en ciertos lugares no es más que arena compactada y presenta tramos de una mediocridad calamitosa. La progresión en sí, fantástica por las formas de la pared, resulta bastante antipática y expuesta. Vamos de cornisa en cornisa, todas ellas excesivamente pobladas de detritus de piedra. Entre ellas encontramos muros verticales, con alguna sección desplomada, donde no queda más remedio que confiar en la consistencia de la piedra para salir a fuerza de brazos. Al final me encuentro con una sección vertical donde la piedra parece turrón, coronada por unos bloques en equilibrio. Para más divertimento resulta que la fisura que permite progresar, está poblada de unos raquíticos matorrales llenos de espinas, que hacen daño sólo de verlas.

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– A la mierda. Esto es como jugar en campo contrario y con una pelota cuadrada. Nos han marcado un gol de bandera.-

El descenso en rappel, con la triste sensación de fracaso que el día antes supe burlar, tampoco resulta fácil. La cuerda se engancha con los bloques de las repisas, y nos da miedo estirar demasiado para que no sepamos que nos puede venir desde arriba. No queda más remedio que volver a subir parte de los tramos rapelados y desatascar la cuerda.

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Cuando regresamos al coche llegamos a una jaima (tienda donde viven los beduinos), aunque a duras penas hablan cuatro palabras en inglés, y que por tanto la comunicación se hace mediante gestos, nos invitan a té y más té, y al final nos resulta difícil renunciar a la generosa invitación para cenar y dormir. No deja de resultar curiosa la muestra que los hacemos de cómo se utiliza el material de escalada y cómo funciona la progresión en pared; todo son sonrisa hasta que clavo una universal en la columna de madera que sustenta la cabaña; los rostros de la gente del desierto tienen unas facciones muy severas, tal vez por la oscuridad de su piel y la penetrante mirada de los ojos negros.

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La sobredosis de té nos resulta como un disparo en el estómago. Quizás por la falta de higiene de la jaima, quizá por el hecho de que no hemos comido nada desde la mañana y nos han llenado de líquido. La cuestión es que por la noche ni siquiera cenamos y casi nos arrastramos para meternos dentro de los sacos de dormir.

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INTERLUDIO – PETRA I AQUABA.

Que la enfermedad te visite cuando estás en un país extraño es algo más que probable. El cambio de clima y el cambio de dieta son factores que nos hacen tener fuerza números para que nos toque.

Después del incidente de la jaima nos sentimos apáticos y desorientados. La fiebre y la descomposición nos hacen caer en un estado de debilidad que se ve incrementada por la poca fortuna que hasta ahora nos ha acompañado en las escaladas.

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Sin embargo queremos aprovechar, en la medida de lo posible, los pocos días que tenemos, y por lo tanto hacemos un cambio forzado de programa y nos dedicamos a hacer turismo a dos de los lugares más representantes de Jordania: Petra y Aqaba.

El primer día de nuestra estancia, haciendo escala en nuestro viaje hacia el sur, visitamos el Mar Muerto. Dormiremos en la playa, siendo justo este lugar el punto más bajo de la superficie de la corteza terrestre, con 400 metros por debajo del nivel del mar.

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Las aguas del Mar Muerto están saturadas de sal, con una proporción 7 veces más elevada que las aguas de cualquier otro mar. No es de extrañar que, con este exceso de sal, no pueda vivir ningún animal ni planta, de ahí su nombre. El único ser vivo que transcurre por sus aguas es el “homo turisticus”, y uno se hace un ataque de risa cuando ve que no se hunde y que flota sobre el nivel del agua como una boya. La ducha después del baño, más que un placer, es una exigencia.

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Petra, antigua población de los Nabateos, figura en el libro de los records guinnes como el monumento más caro del mundo a la hora de ser visitado. Nada menos que 5.000 pesetas de la época (30,00 euros actuales) para entrar al recinto. La ciudad, que puede resultar extraordinariamente interesante por un arqueólogo, está enclavada en un hermoso marco de montañas y se accede por una inmensa garganta natural. Para el pobre turista afectado por la fiebre, la larga excursión puede resultar un suplicio, sobre todo a la vuelta, cuando todo es cuesta arriba y el sol castiga con justicia. No es de extrañar que todos los demás visitados, locales y extranjeros, observen con desconfianza el peatón moribundo que aprovecha cualquier pedazo de sombra para tumbarse a descansar.

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Por suerte la visita a Aqaba, hecha a la jornada siguiente, no resulta tan lamentable. Una buena mariscada y los baños de sol en la playa del Mar Rojo recuperan los dos miembros del equipo que ya parecen dispuestos a comenzar la segunda parte de partido, con la esperanza de recuperar el terreno perdido.

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VOIE L’APERITIF AL JEBEL RAKABAT (1-2).

A menudo la vida está llena de preguntas sin respuesta: la presión de los compromisos adquiridos, las dudas de la vida cotidiana, la incertidumbre del futuro, los amores perdidos, los no correspondidos … Sin embargo, a veces, la tortilla se gira y nos vemos asaltados por respuestas de las que no sabemos adivinar la pregunta que las genera. Esta es la sensación que tuve escalando la vía “el aperitif”, o más tarde cuando caminábamos por el cañón de Rakabat, con las dunas rojas de trasfondo. Cuando transmito esta percepción a Eva, me responde con una mueca.

– Venga, tras la fiebre te sale la vena profunda -.

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En realidad ella tampoco puede ocultar la calma interior que le ha venido a visitar tras la escalada, caminando por este escenario sacado de otro planeta. Su cara le delata. Cuando volvemos a Wadi Rum, con la noche lamiéndose los talones, concretamos el plan para el día siguiente. Alquilaremos un jeep que nos deje al otro extremo del macizo, escalaremos dos días por aquellos lugares saturados de soledad, y pasaremos la noche lejos de la población.

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BRIDGE GULLY AL JEBEL BURDA (2-2)

Mabdala, con su jeep, es el rey del desierto. A menudo conduce a velocidades vertiginosas, canta, aplaude y busca baches para hacer saltos acrobáticos. Es fácil comprender que, su coche, a pesar de tener poco más de tres años, parezca una reliquia de las tropas del general Eisenhower.

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Cuando nos deja en medio del desierto nos embarga una extraña sensación al ver cómo el coche desaparece por horizonte. El sol calienta mucho, y el intenso calor hace pesada las tareas de montar tienda y preparar el material para la escalada. Al final, ya pasado el medio día, nos situamos bajo el inmenso puente de roca situado arriba de la cresta del Jebel Burda. Una curiosidad natural de la zona. Iniciamos la escalada justo bajo la vertical del puente, por lo que la guía, sin reseñarlo, llama el “Bridge Gully”.

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Más que una escalada de pared, la sensación que se tiene cuando nos adentramos en esta vertiente es el de penetrar dentro de una montaña. Los tramos verticales, que a menudo son chimeneas, se mezclan con pequeñas gargantas horizontales, pasillos y grietas terrosas. Después de trece largos la tarde se nos despide al pie de la última chimenea situada bajo el puente; ésta se presenta oscura, desplomada y difícil, con las paredes llenas de granos de arena que hacen que los pies resbalen. Al final decidimos salir por los resaltes de la derecha, más que para coronar la vía, para salir de esta pared y bajar a la tienda, aprovechando las últimas luces naturales.

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A pesar de no verlo, sabemos que el sol se está escondiendo bajo el horizonte. El viento que se ha levantado anuncia la transición hacia las sombras; es el movimiento invisible causado por el posicionamiento de las masas de aire frías con las que hasta hace poco aún recibían las caricias del astro rey.

– Como no espabilamos cascos vivac –

– Ya,… ¿me puedes dejar un jersey? –

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Quizás desprendo una mirada demasiado severa ante la pregunta de Eva; aún no he articulado ninguna palabra cuando ella ya intenta justificarse.

– ¿Es que no me conoces? –

– Pues ahora sí que más vale que llegamos a la tienda como sea.

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El descenso del Jebel Burda es un verdadero laberinto. Tenemos la sensación de ser ratones buscando la salida de una jaula inmensa. Al final, cuando no nos queda más de 100 metros de desnivel para llegar a los planos horizontales, nos extraviamos definitivamente. Preferimos no rappels ya que no sabemos dónde vamos a parar. Subimos y bajamos varias veces por los mismos lugares antes de rendirnos a la evidencia. Para mi otro vivac a por, por Eva el primero. Los sacos, la tienda y la ropa de mi compañera de cordada despistada, a poco más de un tiro de piedra.

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Por minimizar los efectos del viento y para retrasar en lo posible la mordedura del frío, nos dedicamos a hacer todo un cobijo con ramas y hojas. Toda una inmensa manta vegetal que no calienta, pero, al menos, pesa y da la sensación de protección.

Horas más tarde, cuando el sueño ya nos vence, las temperaturas nocturnas comienzan a saciarse con nuestros cuerpos.

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– Tengo frío, no puedo dormir –

– Eva, cuenta ovejas que saltan una valla –

– Ya lo intento, pero no pueden saltar, están congeladas. –

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La chica se distrae como puede, reniega, habla sola, lee repetidas veces los mensajes que tienen grabados en el móvil. Yo me muestro poco solidario y menudo duermo plácidamente.

– A pesar de que estabas roncando, te he despertado por que se está haciendo de día –

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– Yo no ronco, y también estoy pelado de frío como una rata. ¿No prefieres esperar a que nos dé el sol? Se cuestión de una hora más.

– No. Estoy harta, no he dormido en toda la noche.

– Bueno, ya verás como dentro de cinco minutos ya no tenemos frío…

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La manta de ramas y hojas secas pronto se convierte en una hoguera revitalizante. Qué placer sentir el calor del fuego. Es la primera vez que finalizo un vivac quemando lo que me ha protegido de la intemperie durante la noche. La salida de sol sobre las montañas del desierto, no hay que decirlo, tiene toda aquella magia que hace patente la pobreza de las palabras para describir la magnificencia de la naturaleza.

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Cuando llegamos a la tienda esta todavía queda en la sombra. Comemos y dormimos, hasta que el calor de dentro hace la estancia inaguantable. Salimos fuera a refugiarnos la pequeña porción de terreno que aún no ha sido invadido por el sol. Entonces se nos plantea una desagradable cuestión: Son las 10 de la mañana, Mabdala vendrá la noche, estamos demasiado cansados para escalar y pronto no habrá ningún milímetro de tierra que no esté bajo la influencia de un sol que abrasa sin piedad. Justo hace cinco minutos que hemos salido de la tienda y vemos un jeep que se acerca.

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– Tengo una idea Pako. Le detenemos y le decimos que cuando vuelva a Wadi Rum, si tiene la suerte de encontrar a Mabdala, que la envíe hacia aquí a por nosotros –

Sorprendentemente no hay que dar tantas explicaciones dado que es lo mismo Mabdala el alocado que conduce el jeep. Ha venido a traer un grupo de alemanes a escalar una montaña cercana y luego vuelve a Wadi Rum con nosotros de paquete. La suerte nos sonríe, ya menudo se una sonrisa amable y benevolente.

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VIA “FORÇA BARÇA” AL JEBEL RAKABAT (3-2).

Es el último día que podemos escalar. Por la noche tenemos que estar en el aeropuerto para tomar el vuelo a las 5 de la madrugada. Queremos asegurar el tiro yendo a una chimenea que vimos ante la vía del aperitif y que es posible que aún no haya sido escalada. A pesar de la falsa apariencia, la roca se muestra muy descompuesta, terrosa y cubierta de un polvo que hacen traidores los movimientos de adherencia. Cuando llevamos tres largos por la chimenea las cosas aún pintan peor sobre nuestras cabezas.

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– En este último largo habían más agarres a los que prefería no cogerme que presas donde me he agarrado, pero dejo en tus manos la posibilidad de continuar o bajar – me comenta Eva.

Sabia decisión dejar que decida otro. Después del tercer relevo prefiero dejar la chimenea y comenzar un flanqueo hacia la derecha en busca de lo que parece mejor roca.

– Ya verás que “escaqueo”…

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Al final llegamos a una especie de cuello. Un verdadero callejón sin salida. La pared que nos separa de la cima es más vertical de lo que parecía y por todas partes hay bloques de consistencia dudosa. En un momento dado sabemos que se nos hace tarde, que no podemos arriesgarnos a perder el vuelo. Poco después estamos buscando por donde podríamos rappel… ¡toda una estampada de balón en el larguero!

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– Bueno, ¡pero qué coño se piensa esta roca calcinada de piedra putrefacta!!! ….

Vuelvo a dirigir el material al baudrier y tomo la escalada de un diedro de dos largos, dispuesto a subir como sea. Aunque en el último relevo del equipo contrario nos hace trampas de manera descarada. Eva me advierte:

– Pako, no te muevas, que yo no puedo moverme….

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Me giro y veo con una avispa inmensa está paseando por margen de su caso pasándole las patas por el frente. Estos malditos insectos, cuatro o cinco veces mayores que las de nuestro país, son de un color negro brillante y justamente el extremo de su cuerpo puntiagudo tienen una franja amarilla que delata la consistencia del veneno que cargan. Observo sorprendido del inmovilizado de la Eva y me declaro incapaz de reaccionar con su serenidad. Apenas hace dos días que uno de estos terribles animales fue a pegarse a mi pantalón y respondí con la más contundente y lastimosa reacción de pánico; con saltos, gritos y carreras incluidas.

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La macro-avispa se va volando como si nada, momento en que me doy cuenta que tal vez yo estoy temblando más que mi compañera. Nada mejor para templar los nervios que continuar con la escalada. Un poco mas y salgo en la explanada de la cima. Se acabó, (3-2), Força Barça! (A pesar de mi pronunciado desinterés por el fútbol, hay que decir que hemos vi sorprendido por el hecho de que la gente de Wadi Rum estaba al día de los resultados del Barça. Seguro que nadie conocía la bandera catalana, y que por otra parte no tenían ninguna duda a la hora de identificar los colores azul-granas). Cuando Eva llega a la cima todo dos estallidos de alegría.

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– Que enriquecedoras que han sido las escaladas, tanto las que hemos acabado como las que no. Han sido bastante diferentes. La primera compleja, la segunda arisca, la tercera una fiesta, la cuarta larga y solitaria y esta quinta una especie de lucha.

– Si, se te notaba la tensión durante la escalada. Es muy fácil saberlo, todo depende de si cantas o no cantas mientras subes y también de las prisas que tienes para abandonar la reunión luego que yo llego a ella.

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El retorno a Wadi Rum transcurre entre las suaves sombras alargadas que se dibujan en la arena, fruto de un solo parecer amargarse más lentamente que de costumbre. Se alarga está tranquila tarde que se nos presenta como el mejor regalo de despedida.

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El último comida en Wadi Rum, la última saludo a los conocidos que me hecho (entre los que hay policías extraordinariamente amables), y una última mirada hacia estas montañas que ya desaparecen más allá de los cristales del coche. Una “adiós” que quizás abre las puertas a un futuro “Hola” a otros macizos que permiten la encantadora escalada en el desierto.

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