ELBRUS 2003 – DIÁLOGOS CON EL TECHO DE EUROPA.

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FOTO PAKO CRESTAS

Cuando yo era pequeño

siempre estaba triste

y mi padre muy serio

y moviendo la cabeza

me decía: hijo mío

no sirves para nada.

Después me fui al colegio

con pan y con adioses

la tristeza a mi lado

y el maestro gritando:

este niño no sirve

no sirve para nada.

De tristeza en tristeza

por lo peldaños

de la vida caí. Y un día

la muchacha que amo

me dijo y era alegre:

no sirves para nada.

Ahora vivo con ella

voy limpio y bien peinado

y tenemos una niña

a la que a veces digo

también con alegría:

no sirves para nada,

hija mía no sirves,

no sirves para nada.

(Fragmentos de la poesia de José Agustín Goytisolo “No sirves para nada”)

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Durante muchos años los Alpes han sido considerados como las principales y más importantes montañas europeas. El Mont Blanc para los franceses o el “Monte Bianco” para los italianos, era el techo indiscutible del denominado “Viejo Continente”. Históricamente siempre se ha tenido la noción de la existencia de dos Europas: La “autentica” que resulta ser la más occidental, formada por las culturas escandinavas, germanas, sajonas, galas, ibéricas y latinas (en la nosotros tenemos la gran suerte de vivir). Y la otra Europa: la eslava: aquella que se ocultaba bajo el tenaz muro de acero y cuyo régimen hizo aguas por la mayor revolución histórica de finales del siglo pasado. La Perestroika. Esta división conceptual de Europa también ha afectado históricamente a la concepción del alpinismo, dando un inusual primer orden de importancia a las montañas alpinas en referencia a la gran cordillera caucásica, que también forma parte de Europa, — a pesar de ser fronteriza con Asia Menor –, y cuyas proporciones y alturas son considerablemente mayores a la cordillera alpina.

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Los defensores de los Alpes y el Mont Blanc como las principales y más altas montañas europeas se amparan en que son la cuna indiscutible del alpinismo, allá donde nació todo el movimiento social que ha desembocado en tan ramificada disciplina deportivo – espiritual. El gran alpinista francés François Damilano, en su libro del Mont-Blanc, no duda en plasmar las siguientes palabras: El Mont Blanc es una cima atípica y paradójica. Es emblemático. Es el punto culminante de Europa; pues según ciertos geógrafos el Cáucaso, dominado por el Elbrus (5.633 m), pertenece ya a Oriente Prójimo..  Seguramente los geógrafos a los que hace referencia deben ser franceses, que no soportan la idea de dejar de considerarse el ombligo de Europa.

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Sea como sea y dejando aparte consideraciones personales, la cuestión es que el Elbrus, como montaña y dentro de la consideración generalmente aceptada por comunidad alpinista internacional, ha desbancado al Mont Blanc como el techo Europeo desde hace bastante tiempo. De hecho los que sueñan con coronar las famosas “Seven summits” (*1) no tienen ninguna duda en considerar el Elbrus como techo europeo en perjuicio del Mont Blanc.

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El Cáucaso es una gran cordillera que se extiende de oeste a este desde las orillas del Mar Negro hasta las del Mar Caspio y constituye la frontera natural entre las inmensas extensiones rusas situadas al norte y todo el mar de culturas del Próximo Oriente, que se extiende al sur. Tiene un total de 1.500 km. De longitud y su anchura varia entre los 110 y los 180 kilómetros según su sección.

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Constituye una cordillera salvaje con grandes posibilidades para la práctica del alpinismo. El Elbrus resulta ser la cumbre más elevada, pero en realidad está un poco apartada del centro de la cordillera y sus formas son suaves y poco atractivas, en comparación con otras montañas cercanas de menor altura como el propio Ushba, el Shkhelda o el Dongusorun, todos ellos cercanos al rey.

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De hecho el Elbrus es un volcán extinguido con dos cumbres gemelas muy similares en formas y una tan solo 12 metros menor que la otra. La cumbre oriental tiene 5.621 metros de altura y la occidental 5.633. Desde lejos simula un gran pastel glaciar coronado con dos grandes bolas. Multitud de bocas glaciares se extienden hacia las faldas de la solitaria montaña y, sin parecerlo, estas líneas tan vagas, constituyen en si el principal peligro de esta gran mole: En caso de mal tiempo las referencias pueden ser nulas y todas las planicies glaciares de suaves formas se precipitan en caóticas lenguas glaciares repletas de agrietadas bocas de hielo.

                   *                 *                 *                 *

Como siempre la idea de visitar el Cáucaso y ascender al Elbrus se me presenta un tanto de improviso al realizar una visita de cortesía al amigo Carles Gel. Él habita en un pueblo del Pirineo Catalán llamado Ribes de Freser y, como tantas otras veces, aprovecho que paso por el lugar en tránsito hacia otras zonas pirenaicas para hacer un alto en el camino. Sin dudarlo me plantea que le acompañe a el y a su hermano, Nando Gel, en una rápida incursión a la lejana cordillera. Hay un cuarto componente, — Albert –, en danza que parece animado a venir. El programa es apretado: Tan solo 12 días. Deben ser suficientes para hacer cumbre puesto que la mayoría de los programas organizados por las agencias rusas tan solo contemplan poco menos de dos semanas. Tengo mis dudas de que el éxito o el fracaso de la corta expedición dependa de la existencia o no de buen tiempo durante el corto margen de días que tenemos para subir a la cumbre, pero lo cierto es que, con una aclimatación aceptable, el Elbrus es una cumbre que se sube tan solo en un largo día de caminada. Hasta la zona de refugio puedes llegar cómodamente en remontes mecánicos.

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Al final me animo a participar sin más divagaciones. Es la apuesta de este nuevo tipo de “expediciones-Express” que te ofrecen programas rápidos y perfectamente montados para que los montañeros de los ricos países occidentales puedan ascender a cumbres relativamente remotas con el mínimo tiempo posible, con el programa lo mejor organizado y con las mayores comodidades al alcance. Una tipología de viaje que poco me complace en el último aspecto pero que, gracias a los otros dos, me permiten tener un conocimiento, (fugaz pero real), de lugares tantas veces soñados durante mi vida de montañero. De hecho debe admitirse que el alpinismo a las diferentes cordilleras del planeta se está convirtiendo, cada vez más, en un sub-producto especializado del turismo en general y que, poco a poco, las expediciones a cumbres como el Elbrus, Kilimanjaro, Aconcagua, etc … se asemejen a las ofertas de viajes organizados para hordas de turistas a destinaciones típicas como Egipto, Túnez o Italia. Las últimas generaciones de montañeros de la sociedad del bienestar se están acostumbrando a que la misma organización de la agencia contratada se encargue de todos los detalles que puedan afectar a la buena marcha de la “aventura a la carta”, empezando por los problemas burocráticos y concluyendo con el montaje y desmontaje de campamentos o con la confección de las comida y las bebidas calientes. Mi participación es este viaje al Elbrus fue mi primera experiencia con este tipo de expediciones de “señoritos ricos” provinentes de las generosas tierras del viejo continente y puedo decir que, si bien es cierto que a la hora de afrontar la montaña nadie abrió un paso en la nieve profunda por nosotros, si que todas las otras comodidades a pedir de boca extendían de un sucio velo sobre mi imagen romántica y un tanto infantil de la montaña como un cosmos alejado de la civilización. En todos estos aspectos mi segunda experiencia en tierras exsoviéticas fue la antítesis de mi visita a Kirguizistán. Allá practique el alpinismo de aventura en su máxima expresión, en el Elbrus, a pesar de verme vestido con el mismo atuendo montañero y transitando sobre frías extensiones glaciares, nunca llegué a tener la sensación de estar en una especie de atracción turística o parque temático, formando parte de un grupo de buenos amigos que disfrutábamos de un buen humor constante. Ni en el único momento crítico de la expedición, cuando me quedé solo en medio de la tormenta a más de 5.000 metros de altura, dejé de tener esta sensación de “vacaciones a la carta”. A pesar de todo no quiero sacar una conclusión sumamente negativa de todo ello. Más bien al contrario. Es un hecho irremediable que la montaña cada vez se convierta en un aliciente más de nuestra sociedad ávida de experiencias “fascinantes – únicas y para aventureros” que se pueden comprar a base de machacar la tarjeta visa. Lo que si que me parece deplorable e indignante es que, antes o después de tan ajetreada experiencia, los participantes de las mismas quieran hacer creer a sus interlocutores de que participan en una gran gesta alpina o aventurera. Por favor, no confundamos los antropólogos que estudiaron las pirámides de Keops con los millares de turistas que visitan los monumentos obedientes a las indicaciones del guía de rigor, silbato en mano.   

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                   *                 *                 *                 *                 *

Los topolef son aviones de creación rusa utilizados por el citado país para los vuelos comerciales. Un viaje aéreo de Barcelona a Moscú en uno de esos aparatos es la mejor manera de empezar a descubrir el país de destino. Comparado con aviones comerciales de las compañías aéreas del oeste de Europa, estos aviones no dejan de ser verdaderas cafeteras voladoras. La situación se agudiza cuando tomamos un vuelo nacional interior, puesto que entonces los modelos suelen ser más simples, viejos y destartalados. De hecho no se ha construido ningún avión comercial el Rusia desde la Perestroika, lo cual quiere decir de los topolef de más reciente construcción tienen más de 15 años. Rusia, y los países de Este en general, son los especialistas en remendar y aprovechar las cosas, sean cuales sean, inclusive los aviones comerciales. Cuando estos los consideran demasiados destartalados aún encuentran una finalidad a los mismos: venderlos a los gobiernos africanos para sus líneas aéreas interiores.

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La fugaz visita a Moscú durante el viaje de ida nos lleva al corazón de la capital y a la visita obligada a la plaza Roja. El Kremlin, el mausoleo de Lenin … sorprende pensar que este espacio tan reducido y  a pesar de las medidas de seguridad del antiguo régimen comunista, pidiese aterrizar en esta plaza un piloto aficionado alemán a bordo de una simple avioneta. Nos hospedamos en el Hotel Rusia, que según nos han dicho es el más grande del mundo. Y tengo mis dudas … en los tiempos que corren los chinos no dejarían pasar por alto algo así. Sea como sea es tan grande que por la mañana nos perdemos a la hora de buscar nuestra zona de desayuno predeterminada, por lo que pasamos casi una hora caminando por pasillos hasta que conseguimos reorientarnos, salir al exterior y volver a entrar por la puerta principal. Al llegar a la misma nuestro guía ya nos está esperando y la hora del desayuno ha finalizado. Nos tendremos que conformar con llegar al aeropuerto y comprarnos unas pastas de sudoso embalado y sin fecha de caducidad visible.

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Pero el tiempo apremia. Transportamos nuestro rol de vida ajetreado a este mundo aún sumamente influenciado por los años de las grandes cadenas de producción obreras alimentadas por las ideas comunistas. Aquí la gente está acostumbrada a que se les diga que tienen que hacer y se encuentran un tanto desorientados ante la falta del estado protector que velaba por el bienestar de toda la sociedad. Nosotros queremos hacer más cosas de las que podemos y sufrimos la ansiedad producida por el irremediable vacío existencial que nuestro estrés nos provoca.

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Moscú ya no tiene nada que ver a lo que era antes de la Perestroika. – Comenta Carles – Cuando estuve aquí hace años todo era más gris y uniforme. No había carteles estridentes y luminosos que anunciasen la actividad de ningún establecimiento.

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Observando más allá de las ventanas de nuestro minibús contemplábamos emblemas tan dispares como Mac Donald’s, Burger King’s, Ikea, Kodak, Fuji. Es como si el centro de la capital fuese el principal frente de incursión de la sociedad de consumo que durante tantas décadas intentó mantener a raya los regímenes soviéticos. La sociedad actual, sobretodo la gente joven, se esmera en formar parte de esta manera de ser considerada como la más avanzada. Tan solo unos cuantos nostálgicos miran al cielo añorando los cada vez más lejanos tiempos en los que la entonces Unión Soviética era considerada una potencia mundial de primerísimo orden, la única capaz de hacer sombra a la organizada máquina de producir americana. A principios del nuevo milenio, y exceptuando el ambiente que pueda vivirse en el corazón de las principales ciudades situadas en la parte más occidental del inmenso país, Rusia divaga con un rumbo incierto entre el primer y el tercer mundo. El segundo mundo ya no existe. Murió con la disolución del régimen comunista.  

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Volamos de Moscú a Mineralnyje Vody y de aquí nos trasladan el mismo día al pueblo de Terskol situado al pie de la montaña del Elbrus y que debería considerarse el “Chamonix” del Cáucaso. Como en mi anterior visita a Kirguizistán, la mayoría de edificaciones son horriblemente antiestéticas y muestran una patente falta de conservación, y aquellas pocas que se conservan gracias a su finalidad turística, rezuman un aire caduco que deja entrever que mejores fueron los tiempos pasados en los que estos lugares se llenaban de turistas nacionales que venían de las diferentes republicas a disfrutar de las vacaciones pagadas y concedidas por el propio estado que todo lo controlaba, hasta del bienestar de sus súbditos. Los pueblos precedentes a Terskol y que pueblan el largo valle de Baksan, son sumamente deprimentes: Construcciones abandonadas a medio construir se mezclan con colmenas de edificios grises y verdosos, fabricados todos ellos con el mismo padrón, y que no han sido rehabilitados desde hace lucros. En un paisaje de montaña tan idílico que nada tiene a desdeñar de las mejores postales suizas, la ideología comunista no pudo permitir una armonía con el entorno que resultase bella y seductora, y prefirió construir colmenas de hormigón para almacenar a los desdichados habitantes en pisitos mal adaptados a los extremos rigores de los inviernos que se dan por estos lares. Casi todas las viviendas son idénticas, pobres y personales. Como los rostros de sus habitantes que, a pesar de todo, no dejan de sonreír y de no mostrarse recelosos con los foráneos. Los niños juegan entre los charcos y los columpios despintados y oxidados. Sus ropas, sin ser harapos, si que son extremadamente simple y está siendo largamente utilizada. Son la viva imagen de los últimos coletazos del segundo mundo que ya ha dejado de existir, por mucho que ellos aún no lo sepan.

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Nuestro guía acompañante, llamado Iván, es hijo de la fuerte estirpe de alpinistas rusos que han sobrevivido a la anulación de las subvenciones públicas del estado y que continúan, a un nivel altísimo, realizando actividades de primer orden en las montañas más importantes del mundo. De hecho el alpinismo soviético siempre ha tenido un nivel de actividad y de compromiso mucho más elevado del que se había podido considerar. De hecho la categoría de paredes alpinas abiertas en el Parir, el Tien-Shan y el Caucaso en las décadas del 1960 al 1990 reducirían los sacros santuarios del alpinismo clásico europeo (Paredes nortes de las Jorasses, Eiger y Cervino), a simples paredes de entrenamiento.  El carácter de Iván es fuerte y jovial. Irradia una energía constante.

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Ascendemos a una de las puntas del Cheguel, de poco más de 3.450 m de altura, para aclimatar mínimamente antes de ascender a la zona de refugios y para poder contemplar frente a frente la vertiente por la que discurre la vía clásica de ascensión al Elbrus. La ascensión la realizamos bajo los cánones del programa de “aventura-vacaciones”. Saliendo sin prisas tras un frondoso desayuno, tomando remontes mecánicos y caminando poco más de una hora en dulce paseo alpino por una arista casi desnuda de nieve y carente de dificultades, donde el material más utilizado será el fotográfico. No obstante el verdadero premio de la ascensión es la contemplación de cerca de las majestuosas paredes nortes del Dongusorun y el Nakra-Tau. Observándolas no puedo evitar de sentir cierto vacío ante la perspectiva de ascender el bonachón Elbrus. Mi inquietud alpina se rebela contra la opción de excursionista de altura por la que he optado en este viaje. Interrogo a Iván por las vías abiertas y por abrir, la mejor época, los descensos. Me prometo que si vuelvo otra vez será para acometer una cursa alpina y no para realizar un paseo de altura. Iván me responde que le encantaría acompañarme, pero no como guía, sino como compañero de cordada. Nuestra alegría nos embarga mutuamente. Las líneas ficticias de las vertientes salvajes y alpinas nos hacen soñar más allá de las procedencias y las lenguas de comunicación. 

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A pesar de los arrepentimientos súbitos y los sueños galopantes, no dejo que energías negativas influyan en mi estado de ánimo. El secreto es que no hay secreto. He venido con la idea clara de ascender el Elbrus en una especie de excursión y rodeado de buenos amigos y no pienso centrarme en nada más lejos de la presente realidad. Y además, ahora por ahora, por mi fácil que parezca nuestra meta, aún no podemos cantar Victorio puesto que aún falta coronar los 5.633 metros del techo europeo.

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Al día siguiente ascendemos por medios mecánicos al Refugio Barrels, a 3.800 metros. El tiempo ha cambiado y es desastroso. El Terskol llueve, en la montaña nieva. El telecabina sigue en la línea de toda instalación en el país: su estado de conservación es a todas luces deplorable. Las pilonas que sostienen los cables presentan unas grietas de considerable tamaño. Seguro que cualquier telecabina de los Alpes sería rápidamente clausurado hasta que no se remediaran las anomalías. Aquí, simplemente, no pasa nada. Ningún autóctono parece reparar en el detalle y hasta muestran su sorpresa ante el hecho de que nosotros demos importancia a tales minucias. Quizás si que tendría que arreglarse – responden — ¿Pero quien lo va ha hacer?.

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En esta sección del viaje Iván ha dejado de ser nuestro guía acompañante para ser reemplazado por Olef. Se trata de un hombre de unos sesenta años, grandullón y de aspecto bonachón. Su rostro, su mirada cenicienta y sus enormes dedos de trabajador le dan un aspecto de “oso-humano”. Tranquilo, fuerte y amable pero con un telón de fondo que esconde un carácter duro y curtido. En un principio me incomoda que una persona que perfectamente podría ser mi padre y que toda la vida ha estado dedicado a las montañas, se vea relegado a un simple cocinero y lavaplatos, pero al final la dinámica del propio grupo y mi comodidad burguesa se imponen, así como un sentido pronunciado del que Olef considera su deber laboral del cual se muestra sumamente agradecido. Gracias a que los señoritos ricos de occidente vienen a subir esta cumbre puedo ganar un jornal en su vejez, lo que, en los tiempos que corren por las regiones caucásicas, ya es todo un lujo. Olef es uno más de los numerosos rusos que tenía un trabajo que formaba parte de la inmensa dinámica burócrata y funcional del aparato de gobierno soviético: Era instructor de esquí, formaba parte del equipo de rescates de aludes de montaña y del equipo de prevención de los mismos, que los desencadenaban a base de cañonazos para evitar que afectasen por sorpresa a las diferentes vías de comunicación que podían resultar peligrosas tras grandes nevadas. Ahora todo este trabajo ha desaparecido. El gobierno ya no subvenciona las vacaciones escolares a los jóvenes para que vayan a practicar el esquí de pista, ni paga a nadie para realizar equipos de rescates ni para provocar avalanchas controladas. Los cañones estáticos, — en la actualidad inutilizados por la desidia y el tiempo –, se oxidan en diferentes atalayas panorámicas a las que se llega mediante pistas de tierra. Tampoco nadie se ha preocupado de sacar estos viejos dinosaurios de la artillería pesada, y ahora son una curiosidad más para el turista occidental.  

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En nuestro primer día en las alturas, y a pesar del mal tiempo reinante, decidimos adentrarnos en las extensiones glaciares de la parte media de la montaña, justo las situadas por encima del refugio Barrels, para llegar a los restos del antiguo refugio Prijut 11, a unos 4.200 metros de altura. Esta edificación resultaba ser un espacioso refugio de tres pisos. Ahora solo queda el esqueleto de la parte inferior. Se quemó por problemas en la cocina y hubo numerosos heridos, sobretodo usuarios que se rompieron brazos y piernas al saltar por las ventanas de los pisos superiores. Las ruinas siempre desprenden algo fantasmagórico entre la lánguida nevada. Al margen de ellas se encuentra un refugio en fase de construcción. Toda la estructura interior es de madera. Durante el regreso nos extraviamos ligeramente por lo que el Carles, HPS en mano, conduce la caravana hacia el lugar de retorno. Durante el periplo descubrimos la existencia de grietas en el glaciar. Lo que tenía que ser en un plácido paseo se reviste del peligro de las fauces de hielo que, al no contar con ellas, nos sorprenden sin cuerda para protegernos. Horas más tarde nos enteramos de que un montañero ruso también salió a dar una vuelta en medio de la niebla y la nevada y que no ya no regresó al refugio. Por la noche se le dio por desaparecido.

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Un día más tarde emprendemos el ataque a la cumbre principal. En realidad la ascensión de la ruta clásica del Elbrus carece de cualquier dificultad técnica pero, por el contrario, obliga a superar un considerable desnivel de más de 1.800 metros, desde los 3.800 del refugio Barrels hasta los 5.633 de la cumbre. La nieve recién caída de los días anteriores dificulta el ascenso. Somos la primera caravana de ascensionistas y la única que se aventura a las zonas más altas. Todos los que han salida detrás de nosotros se han dado media vuelta dado la ingrato esfuerzo de hundirse en el pasteloso manto blanco. Ya muy cerca del collado intermedio de las dos cumbres de los Elbrus, a casi 5.300 metros de altura. Nosotros también nos damos por vencidos. La cumbre esta muy cercana, pero el esfuerzo realizado, junto con una deficiente aclimatación y un manifiesto peligro de alud en el flanqueo final de acceso al collado nos hace desistir de nuestro intento. Cuando regresamos al refugio se ha organizado un grupo de rescate para buscar al desafortunado montañero que se perdió en la vigilia en medio de la tormenta. La verdad que no se esfuerzan mucho en la búsqueda, todos los miembros del grupo parecen más preocupados en reservar sus fuerzas para intentar el Elbrus al día siguiente. Me sorprende la poca importancia que se le otorga a la desaparición de una persona en medio del glaciar. Al día siguiente nadie habla ya de la suerte del desaparecido y todos lo dan por muerto. El equipo de rescate intenta sin éxito acometer cumbre. Nosotros descansamos para jugar nuestra última baza durante la siguiente jornada. Durante el día la atención en la zona de refugios se centra en un equipo de reparadores que han venido a inspeccionar la inmensa torreta eléctrica que alimenta de suministro de energía eléctrica el sector. Entre los diferentes huéspedes locales se crean apuesto en torno a la posible suerte de los operarios de la compañía. Más de uno da por hecho de que acabarán calcinados. El guarda, mientras tanto, apaña la rotura de la fijación de uno de sus esquís uniendo la bota a la tabla mediante cinta aislante. Sin duda Rusia es una caja de sorpresas. Simplemente es imposible aburrirse observando el comportamiento de su gente. Los “apaños” se entremezclan de manera natural con al ley del mínimo esfuerzo. Olef no nos permite amontonar los platos tras la comida. Así no se ensucian por debajo y solo tiene que limpiarlos por una cara.

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Una jornada más tarde el día se presenta frío, ventoso y con nubes que cubren buena parte del cielo. No obstante salimos sabiendo que esta es nuestra última oportunidad de hacer cumbre dentro del calendario ajustado de nuestra diminuta expedición. En la ventana de buen tiempo que ha durado dos días nadie ha hecho cumbre, todos parecían esperar a que la nieve se asentase. Hoy es el día que más gente parte hacia arriba. Aunque las caravanas de montañeros se desvanecen a medida que las cumbres se cubren de nubes y que el viento va tomando ráfagas huracanadas. La sensación térmica, dada las circunstancias, es muy baja. Albert se da media vuelta al llegar al refugio en construcción contiguo a las ruinas del Prijut 11, Carles desiste unos a unos 4.500 metros de altura. Su hermano Nando aún me acompaña hasta la zona conocida como las Pastuchov Rocks, a 4.700 metros de altura. Se trata de una surgencia de rocas con forma de “7” que representan el último islote mineral antes de sumergirse en las blancas e impolutas extensiones glaciares que forman los dos conos somitales de la montaña. En las Pastuchov Rocks nos reunimos los pocos montañeros que aún han plantado cara la mal tiempo creciente, por mucho que las nubes cada vez están más enganchadas a la cumbre y el viento gana violencia. A partir de este punto todos dan por abortado el intento, incluido Nando. Yo me siento fuerte y rápido. Creo poder ser más rápido que la inminente tormenta. Nando me aconseja que desista sin éxito. Mi plan de acción es el siguiente: Continuaré subiendo mientras tenga cierta visibilidad hacia abajo y daré buena cuenta del altímetro para inflingir el máximo de velocidad a mi ascensión.

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Es así como continuo solo hacia la cumbre secundaria. Para evitar el largo flanqueo y la zona de avalanchas. A cada 100 metros ganados de desnivel hago una pequeña pausa para tomar aliento. A los 5.100 fotografío mi muñeca mostrando la altura del altímetro y tomando como contra fondo la impenetrable niebla azotada por el vendaval. A dicha altura la cámara de retratar se me estropea y caigo en la cuenta de que mi plan de tener un mínimo de visibilidad se ha visto definitivamente anulado. No se ve nada. Empieza a nevar intensamente. En su frenética danza horizontal se acumulan los trozos de nieve arrancados a la montaña y transportados por el viento, con los copos que se desprenden de las nubes.  Justo el día antes de este segundo intento fallido leí la que quizás sea la obra más emblemática del popular escrito Paolo Coelho: El Alquimista. En ella habla de los signos de la vida y en la necesidad de sabernos interpretar y hacerlos servir como guía. La cámara rota, la falta de visibilidad, el frío, la nieve, la soledad … si, son un cúmulo de signos más que evidente. Tan evidente como que ninguna de las dos cumbres del Elbrus formará parte de mi colección de cimas tras este corto viaje.

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Durante el descenso maldigo la mezcla de atrevimiento e insensatez que me ha transportado a estar solo en medio de la tormenta en las repetidas extensiones glaciares de la montaña del Elbrus. El vendaval y la nevada han hecho desaparecer todas las posibles huellas del camino de descenso que me llevan a la zona de refugios. La visibilidad se reduce a poco más de cincuenta metros. No obstante confío ciegamente en mi sentido de la orientación. “mi GPS natural” que yo le llamo. Nunca uno debe ponerse nervioso ni preocuparse hasta que tenga motivos para estarlo, o lo que se traduciría en: no des por extraviado el camino hasta que tengas la seguridad de que realmente hace rato que lo perdiste. Sin querer pienso en la suerte del pobre ruso que salió a pasear para no ser visto nunca más. Bajo velozmente con la esperanza de no encontrarme grietas en el camino. Si veo alguna estaré preocupado por un doble motivo: Por estar transitando una zona peligrosa y porque definitivamente quedar decir que me he extraviado. Alegremente mis miedos se diluyen cuando veo aparecer entre los jirones el esqueleto del antiguo refugio intermedio. A partir de aquí el descenso está marcado. El reencuentro con Carles, Nando y Albert tiene un doble gusto, dulce y amargo a la vez. Dulce porque empezaban a preocuparse al ver que las nubes y la nevada se habían adueñado de toda la montaña y que yo aun no regresaba. Amargo porque todos marchábamos a casa sin la ansiada cumbre. De hecho esta es mi primera experiencia en que realizaba un viaje para volver con las manos vacías en lo que a éxito de ascensiones se refiere. Por la tarde tomamos el teleférico y bajamos a Terskol. Continúa nevando toda la noche, hasta en la misma población situada a 2.130 metros de altura. Es mediado de junio. Nos preguntamos a cuento habrá bajado la temperatura a los 5.000 metros teniendo en cuenta que a los pies de la montaña rondaban los cero grados.

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Dentro del estudiado programa de nuestro viaje organizado, aún tenemos un par de jornadas para deleitarnos de bonitas excursiones por los valles cercanos a Terskol. El tiempo, como no, es excelente. No podemos evitar cierto remordimiento por no haber sido más pacientes en nuestra espera en altura. Visitamos los valles de Irikchat y de Adylsu. Deleitándonos del majestuoso panorama de la pared norte del Pico Shkhelba. En el valle encontramos varios puestos de vigilancia militar. A petición de Olef y a cambio de una propina, los soldados nos dejan sus fusiles para que nos retratemos con ellos. ¡El ejercito ruso ya no tiene nada que ver con el de los tiempos de la KGB! Pensamos entre nosotros. Y eso que, en teoría, los jóvenes reclutas deberían estar en pie de alerta ante la relativa cercanía de la republica Chechenia, que ocupa toda la parte oriental del Cáucaso. Seguramente los propios militares deben ver a los ricos occidentales como pintorescos e inofensivos individuos de ropas coloreadas que traen divisas al país y que, quizás de manera directa o indirecta, podrán contribuir a un futuro más esperanzador para todos los lugareños que ven en el turismo la posible fuente de riqueza que los anteriores regimenes políticos se esforzaron en eclipsar, al considerar que una actividad tan ociosa corrompería el espíritu de una masa social obrera, a la vez que podría representar la apertura hacia los flujo de visitantes extranjeros no deseados, puesto que, al fin y al cabo, el turista no deja de ser un observador externo más de una realidad local concreta.

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Justo antes de nuestra marcha Olef nos invita a su vivienda. Vive en un pequeño apartamento situado bajo el techo de una casa de unos 7 metros de largo por dos metros de ancho. En este espacio tan reducido tiene todo lo imprescindible: Un fogón que hace servir de cocina, cuatro utensilios para comer, un par de estanterías con libros, fotos y el material de montaña y una cama para dormir. Los lavabos son comunes con los restantes usuarios de los otros mini-apartamentos que configuran el piso superior de la casa. En la parte baja se localiza la antigua oficina que utilizaban para centralizar el control del peligro de aludes en la zona. En la actualidad la oficina sigue en precario funcionamiento gracias al esfuerzo altruista de los pocos miembros que aún quedan de lo que fue el cuerpo profesional de prevención de riesgos invernales en la zona. Olef nos deleita con su colección de diapositivas en las que se pueden ver unas montañas llenas de hoteles e instalaciones de esquí destinadas a un turismo exclusivamente formado por habitantes de los antiguos países del bloque comunista. Era la época en que la unión soviética y las naciones satélites del este de Europa (de Polonia a Bulgaria) formaban un bloque que pretendía dividir en dos las sociedades del planeta: La capitalista y la comunista. De aquella época gloriosa de Olef como un funcionario más del gran estado soviético, nos mostró fotos aéreas del propio Elbrus, tomadas durante vuelos de reconocimiento. Luego pasó a las fotos de acción: Cañonazos, aludes, equipos de rescate. La selección finalizaba con todo un deprimente espectáculo de victimas de los aludes: montañeros y esquiadores. Cuerpos medio enterrados, completamente aplastados o hechos un ovillo por la presión de la nieve. Cara semi descompuestas de victimas que no fueron halladas hasta que se inició el deshielo. Tal vez como resultado de la expresión de nuestras caras Olef prefiere no enseñarnos las cinco últimas imágenes. Son muy feas – nos advierte en su básico inglés.

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Nos quedamos tristemente prendados de la sencillez de la existencia de Olef y ante la perspectiva de una vida espartana y solitaria como la suya. Aquel joven y forzudo monitor de esquí y miembro de un equipo de prevención de aludes, se vio, — como tanta otra gente del país –, despojado de su trabajo de toda la vida a consecuencia de la caída fulminante de un sistema político que casi tenía un siglo de historia y que había regido imperturbable el país más grande del mundo. Desalentado por la nueva e inesperada realidad, recurrió – también como tantos otros compatriotas – al vodka para ahuyentar sus problemas. Los problemas más que ahuyentarse se incrementaron y lo que si que se desvaneció ante sus narices fue la unidad familiar que resultaba ser su segundo pilar vital. Ahora, con la sesentona ya cumplida, daría gracias a algún ser superior (si es que pudiese creer en él), por poder pagar el bajo alquiler de su diminuto apartamento y por poder trabajar para los señoritos ricos que se les antoja gastarse en un viaje de 12 días lo que él, con toda seguridad, no podrá volver a ganar en su restante vida. El bonachón de Olef no se queja, se siente afortunado. En el fondo el vive al lado de la montaña de su vida. No ha sido alcanzado por ningún alud. Se ha salvado de las fauces del desempleo y ya no bebe. Recuerda al “Pobre Martín” de la poesía de G. Brassens.

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Con una azadilla al hombro

y en la boca un dulce cantar

y mucho valor en el alma

se iba al campo a desuñar.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Pa ganar el pan de su vida

desde el alba la anochecer,

seguía cavando la tierra

en todo tiempo y por doquier.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Sin poner buena o mala cara,

sin tener celos ni rencor,

labraba los campos ajenos

cavando siempre con ardor.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Y cuando le avisó la muerte,

que por fin llegaba el final,

abriéndose su propia rumba

ganó su último jornal.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

Abriéndose la propia tumba,

ganó su último jornal,

y se tumbó sin decir nada

él no quería molestar.

Pobre Martín, pobre miseria

cava la tierra sin descansar.

(*1): Las cumbres más altas de cada uno de los continentes: Europa, Asia, África, Norte América, Sudamérica, Oceanía y la Antártica.

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