EL SILBIDO DE LA MARMOTA

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No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves

no te llenes de calma

no reserves del mundo

sólo un rincón tranquilo

no dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios

no te duermas sin sueño

no te pienses sin sangre

no te juzgues sin tiempo

 

(Fragmento inicial de la poesía “No te salves” de Mario Benedetti)

                                      *        *        *        *

La niebla, la maldita niebla, nos oculta el esbelto espolón. Grises nubes que amenazan con la inminencia del llanto desconsolado.

No, … no lloverá. Las previsiones son buenas, demasiado buenas. La humedad cala los huesos. Todo está saturado de invisibles gotas de vapor; pero mañana … mañana hará bueno. Seguro.

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Ayer bajé del refugio del Ventosa Calvell en medio de una fría lluvia. Despistados, intercalados entre las gélidas gotas, caían húmedos copos de nieve.

Estamos en julio, pero un claro en el cielo deja entrever que las cumbres se han empolvado a partir de los 2.700 metros. Un falso otoño … Demasiado breve para ser real.

El Ventosa estaba lleno, llenísimo. Mala noche entre ruidos, pisadas, olores y ronquidos. Quise dormir fuera, pero el haz de luz del frontal pronto me mostró que caía una fina lluvia de las fauces negras de una noche sin luna.

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Descendimos sin haber visto la montaña que queríamos escalar. Mentira, si,… si que la vimos, durante la tarde anterior, cuando apretábamos la marcha para llegar al refugio, antes de que la oscuridad nos envolviese por completo. También llovía, y las pétreas agujas de Travessany desprendían un desaliento infinito. Por la mañana volvían a estar ocultas; con la nieve, siempre intrusa en verano, posándose sobre las repisas heladas.

La chica que me acompañaba aguantaba estoicamente el agua fría de la lluvia. La noche también resultó ser mala para ella, no pudo dormir. Pero en su caso resultó ser una más que se le acumulaba a un rosario de noches sin sueño. Bajaba cansada, desorientada, en silencio. Quizás luchando contra el mal humor. El mal estar y su cuello de porcelana le traicionaron, la cabeza le colgaba ligeramente hacia un lado. Resguardada bajo el anorak y bajo la constante lluvia resulta ser la viva imagen de una Madona, una de aquellas vírgenes italianas que antaño los pastores encontraron en las altas montañas del Piamonte.

Ahora estoy con unos compañeros que he encontrado en Benasque. Cita concertada. Nuevas caras, nuevos corazones. Objetivo: una de las pocas vertientes vírgenes que aún existen entre las cumbres más altas del Pirineo.

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Ascendemos un valle escondido en pleno corazón de la Maladeta. A la sombra de los colosos, aquí no hay caminos, no hay hitos, no hay refugio. Tan solo verdes prados, marmotas y unas bellas montañas donde se dibuja un esbelto espolón, aquel que nos oculta la maldita niebla.

Si, … se esconde, pero nosotros ya lo observamos detenidamente hace dos semanas. De poco le servirá su falsa pantalla gris. Puede resultarnos invisible, pero sabemos notar su presencia más allá del húmedo abrigo de vapor. Está allí, a punto de romper los jirones de la niebla. Se niega a mostrarse, pero sabemos que pronto las nubes lo abandonarán y entonces recortará la capa gris como la proa de un navío naufragado. Mañana tiene que hacer buen tiempo, seguro …

El conjunto de las tucas de Paderna forman unos valles suspendidos, separados del valle principal por vertientes regulares pobladas de bosque. Ningún sendero, ningún torrente, tan solo hierba, árboles y matorrales.

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La subida se muestra pesada, antipática. Quizás porque ya la conocemos y sabemos que no habrá concesiones. Sin trazas que marquen lugares pisados, sin hitos, sin rellanos, sin referencias. Hierba húmeda bajo los pies que nos obliga a estar atentos. En cualquier momento puede sorprenderte un mal paso y encontrarte estirado en el suelo. La montaña te hace gato.

Y la mochila, como siempre, llena. Con lo imprescindible, si, pero llena. Pesada, pesadísima. Al menos hoy no llueve, aunque el cielo continua compacto, infinitamente triste. ¿Alguna gota despistada?, no … es una falsa impresión. Al fin y al cabo mañana hará un tiempo excelente. Esta noche ya tendría que despejar.

Finaliza el bosque y encontramos un lago seco. Un montón de piedras negras que aún parecen retener la humedad. Desde aquí ya tendría que verse el espolón, pero aún continúa resistiéndose a aparecer. La parte baja … si, la parte baja ya es visible. La capa de nubes es uniforme, pero poco a poco gana altura. Un indicio de luz solar parece querer herir de muerte la capa gris. ¿Este reflejo, son nuestras sombras?. Demasiado poco nítidas para asegurarlo. Pero el cielo desprende más luminosidad con el paso de las horas. El sol ya debe estar bajo, pero quizás aún consiga vernos antes de esconderse.

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Seguimos la marcha, cada vez estamos a más altura, al igual que las nubes. Ganan desnivel y pierden consistencia. El cielo azul clama su espacio. No tardará en resquebrajar el gris blanquecino. El reflejo … si, ahora si que no hay duda de que nos vuelven a acompañar nuestras fieles sombras.

Los glaciares ya son visibles. Están blancos por la reciente nevada. Una capa de pocos dedos de grueso, un sutil maquillaje que desaparecerá velózmente, tan rápido como el sol vuelva a llamar verano al día de mañana.

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Estamos próximos al espolón, Por hoy no caminaremos más. Los prados en los que estamos nos permitirán un buen emplazamiento para vivaquear, cerca de un exiguo torrencillo, último lugar para proveernos de agua antes de llegar al pie de la pared.

Ya está. No se esconde más. Aquí lo tenemos, frente a nosotros. Elegante. Semeja un gigante que ha alargado la siesta y ahora se estira para desalojar la apatía del sueño.

Continua mostrándose gris; pero es un gris mineral, esculpido, torturado. Se confunde en el color del cielo, pero no en la textura. Las nubes han ido subiendo como el telón del teatro. Aún continúan estando enganchadas en la cresta de la cumbre. Una lucha hierática, perdida, sublime … un espectáculo walkariano. Por levante el sol ha ganado la batalla, y en un cielo lejano carente de nubes se recortan las inconfundibles agujas de la Forcanada. La lejana montaña también retiene la nieve reciente. Lleva dos lazos blancos.

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El entorno desprende frescura, humedad, … la sutil tibieza de los últimos rayos de luz del día. Sobre nosotros la más alta, la Maladeta. Blanca, blanquísima … Estamos en julio.

 

La cúpula celeste llama a los millones de lucecillas que la decoran de noche. La luna es el heraldo. Un minúsculo satélite que juega a ser el más grande de los astros. ¡Que tonta que es la tierra! ¡Como se deja engañar!. Las estrellas surgen en la oscuridad. Nacen gradualmente y ocupan su lugar en el cielo. Pronto estarán las mismas de siempre, o … o, tal vez hoy aparezca alguna más.

Las nubes desaparecen prestamente. La derrota es incondicional. Ni tan solo llegarán a resguardarse en las tierras bajas. No habrá refugio para ellas en el fondo de los valles. No consiguieron pactar el plebiscito. Llevan días ocupando las altas montañas, con un frío inusual para la época. Hoy se han visto trituradas, desechas, humilladas.

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Mañana hará un día excelente. Seguro. El vivac, no obstante, promete ser frío. El descenso de la temperatura aún no es pronunciado. Pero los sentidos lo prevén, de la misma manera que supimos adivinar que las depresivas nubes no desmantelarían su llanto sobre nosotros.

Y el espolón, hay está, bajo la oscuridad. Presente. Dispuesto a dejar transcurrir la última de las noches antes de ser recorrido por el hombre. Desde que lo expulsó la tierra hasta ahora solo ha oído hablar a los pájaros, al viento, a la nieve y a las tormentas. Mañana sentirá, por primera vez, el tacto de los escaladores, el cosquilleo de las cuerdas, la picadura de los pitones … y luego tendrá un nombre, un trazado imaginario, una catalogación por sectores. Se hablará de metros, de dificultades, de relevos. Se limpiaran fisuras y se harán caer lastras y piedras sueltas. Tendrá la magia de convertirse en un recorrido más de los incombustibles Pirineos.

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Archivado bajo PIRINEISMO, PRIMERAS ASCENSIONES

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