BOLIVIA. UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

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Realizar un viaje de alpinismo con mi viejo amigo Jordi era algo que ambos teniamos pendientes desde hacia muchos años. Por motivos diversos el proyecto siempre quedada postergado. Los numerosos aplazamientos, que se repetian año tras año, me provocaban una extraña sensación entre tristeza y desengaño. No en vano con Jordi he escalado numerosas vias en el Pirineo, algunas de ellas primeras ascensiones, y casi todas ellas impregnadas de ingredientes como la soledad, el compromiso y escenarios poco conocidos. Tenemos muchos puntos en común a la hora de abarcar las escaladas, en la manera de comprender el alpinismo. El proyecto común estaba claro: trasladar nuestra filosofia de pirineista a un lugar alto y remoto. Por fin llegó el momento de ir a Bolivia, y tras años y años de diversos aplazamientos, un buen dia nos vimos Jordi y yo sentados dentro de un avión que cruzaba el Atlántico, rumbo a nuestros sueños transformados en realidad. Nos esperaban las imponentes cumbres nevadas de la cordillera Real.

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La Paz es la capital de Bolivia. Su altura es tal (3.600 metros) que los grandes aviones no pueden aterrizar ni despegar por culpa de la falta de presión del aire. De hecho el aeropuerto se encuentra en el Alto, a la nada despreciable altura de 4.000 metros de altura. El Alto es una gran ciudad caótica que fue creciendo alrededor del propio aueropuerto, y con el tiempo se ha convertido en una ciudad casi tan grande como la propia Paz, con un Ayuntamiento y una Administración local propia. No obstante el Alto, para el viajero recién llegado, no es un buen lugar para pernoctar. La altura puede jugar una mala pasada, y hasta en la Paz, situada casi 500 metros por debajo, el cambio radical de altitud se hace notar, hasta para los que estamos “relativamente” acostumbrados a las alturas. La primera noche, procediendo del nivel del mar apenas un día antes, debemos dormir bastante más arriba de la altura máxima de cualquier montaña del Pirineo. La aspirina para paliar el mal de cabeza resulta más que necesaria, y al día siguiente cualquier subida por las empinadas calles de la ciudad nos requiere un considerable esfuerzo. Bolivia es una extraña excepción para los amantes de las altas montañas, en el sentido de que és el único país donde empiezas a aclimatar tan pronto desciendes del avión. La Paz nos sorprende también con una noche fría, con temperaturas cercanas a los 0* C. De hecho en el Alto hay una fría neblina y aquí la temperatura ya está bajo cero tras la puesta de sol.

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La Paz, como casi todas las grandes ciudades de los paises latinoamericanos, es una gran urbe donde abundan los suburbios subdesarrollados, llenos de miseria y suciedad. Tiene un centro con grandes edificios, donde se concentran los centros de negocios y los mejores hoteles. Destellos de modernidad en un universo de pobreza. En el Alto ya no se dan tales contrastes. La gran urbe crecida alrededor del aeropuero  es un caos de calles sin asfaltar y edificaciones bajas, simples, inacabadas, cuyas paredes de adobe o de ladrillo están sin recubrir en la gran mayoria de casos. La circulación rodada es un verdadero caos. La Paz concentra una gran concentración de gases procedentes de los pubos de escape de los vehículos. El Alto se ve más beneficiada, hay menos contaminación a sazón de la propia altura y una mayor circulación de aire. Por el contrario la red de alcantarillado es a todas luces insuficiente, y en varios lugares se reduce a una especie de riachuelo negro y pestilente que surca lado de la calle. En resumen ambas ciudades tienen en común que resultan bastante insanas, sobretodo para el turista que no está acostumbrado a esta mezcla explosiva de altura y polución.

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Cuando contactamos con la agencia de Didac, — un catalán que un buen día decidió uir del país y de la insana vida estresada de occidente, y ya lleva varios años auxiliando en expediciones en Perú y el Bolivia – nos debatimos entre las diferentes posibilidades. Nuestra intención inicial era ir al casi inexplorado macizo del ….., pero la logística del lugar no requeriría más días de los que disponemos para poder garantizar, mínimamente, el éxito de nuestra expedición. Por otro lado las fotos que hemos visto de la cordillera de los volcanes del Sur de Bolivia nos seducen por su paisaje lunar, a la vez que consideramos el Salar de Iyuni como visita obligada, que ya teníamos prevista antes de tomar el avión. Al final los planes son los siguientes: visita al sur para mejorar aclimatación subir el Licancabur y visitar el Salar, y luego una segunda fase para ir al Ancohuma, la cumbre más alta de la cordillera Real, y a pesar de ello, una de las menos visitadas y ascendidas.

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Por mucho que el autocar es de “ultima generación” y con comodidades propias de un avión, las últimas tres horas antes de llegar a Iyuni se hacen interminables. La abundancia de piedras en la carretera (las famosas pistas de ripio de Sudamérica), hacen que las cervicales se pongan a prueba. Tras una noche en que cada pasajero ha dormido lo mejor que ha podido, el despertar se hace desagradable para todos, a excepción del equipo de conductores, que ya están más que acostumbrados a transitar por esta “arteria viaria de primer orden nacional”. A pesar de que la calefacción funciona de maravilla, el contraste con la temperatura exterior no ha evitado que el cristal de la ventana se congele por completo. Tras rascar la fina capa de hielo con la punta de los dedos, diviso la primera luz de día; violácea, suave, diáfana. Fuera la temperatura está por debajo de los – 15* C. El paisaje es deprimente: llano, yermo, muerto. Dispersa, en medio de la nada, alguna que otra casa de adobe, primaria, sin pintar, con el techo de uralita. Un hogar en ninguna parte, un nido para los expulsados del mundo.

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Iyuni es la típica ciudad que al llegar nos parece el lugar más destartalado del planeta, pero que, al regreso de trekking por el salar y por los volcanes del sur de Bolivia, nos parecerá un lugar moderno, reconfortante, lleno de vida y prosperidad. La ciudad es el punto de partida al mayor salar del mundo, de nombre homónimo. El salar tiene una extensión de 12.106 Km. Cuadrados, está a una altitud de 3.650 metros y, en ciertos lugares, la capa de sal llega a tener 18 metros de espesor. Dicen que cuando llueve (cosa que pasa muy raramente) se vuelve en el mayor espejo del mundo. Por la noche se reflejan las estrellas con tal claridad que uno cree estar surcando un universo análogo que se sitúa bajo sus pies. Son muchas las agencias locales que ofrecen la posibilidad de cruzar el salar en 4 X 4 y combinar el viaje con una ruta por el desierto de Siloli, pasando por las lagunas colorada y verde, y finalizando el periplo a los pies del Volcán Licancabur, la montaña más famosa del sur de Bolivia, en la frontera con Chile. Desde este punto parte de los grupos cruza la frontera y se dirige a San Pedro de Atacama, y los restantes vuelven a Iyuni por una ruta paralela, más rápida y cómoda, que evita el largo periplo por el Salar y el Desierto.

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Nosotros aprovechamos uno de estos viajes para realizar el periplo turístico hasta los pies del Licancadur, y pactamos con la compañía la posibilidad de permanecer unos cuantos días más por la zona, con la asistencia mínima, para poder ascender a algún volcán aislado de más de 5.000 metros, los cuales, abundan por doquier. Vale la pena mencionar que, a pesar de tratarse de un viaje de “aventura” organizado y turístico, la experiencia puede resultar sumamente gratificante y exigente a la vez; más teniendo en cuenta que por las noches el termómetros puede llegar a los – 20* C y los lugares en los que uno se hospeda son, en la totalidad de los casos, bastante rudimentarios, rozando la precariedad. La pobreza está por doquier, y la falta de materias primas se traduce en una simplicidad total de las construcciones, que distan mucho de estar acondicionadas para el rigor de la zona. Por el contrario, los habitantes, tan rudos y hoscos como el propio clima, vencen las inclemencias afrontándola con la misma moneda: la dureza.

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Durante el trayecto en 4 x 4 hasta laguna verde coincidimos con dos argentinos a punto de jubilarse que formaban una extraña pareja de viaje, de aquellos que constantemente se van haciendo reproches cariñosos, entre la broma y el sarcasmo, muy de acorde con el carácter alegre y afable de los argentinos. También nos acompaña un irlandés con pinta de skinn head, que se ha visto separado de sus amigos que van en otro convoy, y que tan solo reacciona cuando el jeep de sus compañeros pasa cercano al nuestro, momento en que dibuja una sonrisa amenazante en la cara y saluda a sus compatriotas con el dedo central de la mano en alza. La última “compañera” de viaje, — a excepción del conductor y el cocinero que son bolivianos –, es una austriaca residente en California, con pinta de espantapájaros, que tan solo se dirigía a nosotros para que les hiciésemos fotos y más fotos, con las que después podrá presumir al reencontrarse con su grupo de amigas formado por empedernidas solteronas.

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Los primeros días discurren según el programa común para todos los grupos de turista: Atravesar el salar, dormir en Colcha K. Por la tarde, justo antes del crepúsculo, ascendemos a una cumbre de algo más de 4.200 metros, a hora y media de marcha del hospedaje. Es un pequeño mirador sobre el extremo del salar que sirve para iniciar nuestra aclimatación a la altura y que nos regala un atardecer sublime, impregnado de la mística magia de las últimas luces del día, que pintan de todos los rosados posibles las infinitas extensiones que nos rodean. Bajamos bajo la luz de la luna, transitando entre enormes cactus de más de 10 metros de altura, que parecen testimonios de la vida antes de nuestros tiempos.

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El segundo día se llega a San Juan, última población antes de meterse en la zona de volcanes. Tras dejar atrás el conjunto de casas, y una vez que se ha cruzado un segundo salar, el salar de Chiguana (mucho más pequeño que el de Iyuni) se pasa por debajo del humeante Ollagüe, un volcán de 5.870 metros que resulta ser uno de los pocos de la zona que aún tiene una actividad constante. A final del segundo día se llega a la Laguna Colorada, donde uno se puede hospedar en el conjunto de edificaciones situadas junto a la entrada del parque. La laguna, cuyo color hace justicia a su nombre, es de un rojo intenso, y las tonalidades del paisaje que la envuelve, al final del día, son tan irreales que creeremos estar transitando por la superficie de Marte. El tercer día se pasa por la zona de géisers conocidos como el Sol de Mañana ó Geiser Basin, a 4.900 metros de altura. Una de las salidas de sol más frías que recuerdo en mi vida, con una temperatura por debajo de los -20* C y una ligera brisa que transformaba la intemperie en una habitad insufrible. Más de un turista “aventurero” de los diferentes convoyes maldijo mil veces el momento en que se enroló a tan descabellada aventura. Nosotros dos contemplamos estupefactos el paisaje, los cinco miles están a un tiro del piedra y de aquí un par más de jornadas podremos escoger entre ellos y caminar por estos parajes solitarios, aislados del penetrante frío y sumidos en nuestra propia marcha silenciosa, llena de introspección.

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El tercer día, por fin, llegamos al final del trayecto guiado y nos despedimos de los argentinos y de los restantes convoyes organizados para empezar a disfrutar de nuestra propia autonomía. Al quedarnos solos junto con Raúl y Saúl (el chofer y el acompañante que también hace de cocinero), nos movemos a nuestras anchas y a nuestro ritmo. Volvemos a la zona de los géisers del Sol de mañana, a disfrutar del fantástico lugar con calma, a la luz del mediodía, sin prisas, sin el frío atroz mordiéndote los dedos, sin las aglomeraciones nerviosas de turistas, que tan solo quieren hacer un par de fotos velozmente, para volver al reconfortante interior del vehículo que le transporta. Volvemos a laguna Colorada, y tras la aislada estancia en la que pasaremos las próximas noches, divisamos la suave y gigante silueta de un volcán anónimo, que sospechamos de altura superior a los 5.500 metros. Los lugareños dicen no conocer a nadie que haya subido allá arriba. ¿Para que?, se preguntan … todos los turistas que llegan, se marchan al día siguiente, todos van en transito constante. Nadie hasta entonces había preguntado por las altas montañas que delimitaban su paisaje desde que nacieron. ¿Cómo a alguien le puede interesar esa loma interminable, esa cuesta de guijarros inestables? Los lugareños, indígenas en su totalidad, se han pasado la vida viendo estas cónicas montañas volcánicas, pero quizás nunca las han observado y, por supuesto, no han mostrado curiosidad por ellas. Están allá, como máxima expresión de si vida austera y carente de comodidades. Si la vida, de por si, ya es dura en extremo a los pies de las montañas, aún lo seria más al ganar altura. Es lógico que ante tal elemental evidencia, nadie piense en esforzarse lo más mínimo por conocer las cumbres. Por no haber, no hay ni pasto para las llamas, ni piedras preciosas, ni caminos, ni mojones que indiquen que alguien, algún día, quizás extraviado, pisó este desierto de viento, frío y soledad. Los paisajes son tan amplios, son tan pocas las referencias cercanas y tan basta la soledad, que hasta la propia soledad parece sentirse sola allá arriba.

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Hacemos noche en un lugar conocido bastante desplazado al sur de la Laguna Colorada, dormimos en el apartado destinado a los chóferes. Es el lugar más cutre que he visto en mi vida (y presumo de no haber visto pocos). Creo que los prisioneros de guerra que eran trasladados a los campos de trabajo de Siberia deberían dormir, más de una vez, en algún antro con una decoración similar. Las noches son frías, muy frías, y en vez de cristal tenemos un trozo de bolsa de plástico deshilado que se mueve al vaivén del viento. El frío no nos importa en exceso, ya que nuestro material es reconfortante, pero el resto del establecimiento es una especie de almacén, taller, escombros … la única habitación relativamente reconfortante es la que ocupan nuestro chofer y su auxiliar, por el contrario su equipamiento es de una calidad ostentosamente inferior al nuestro, por lo que, lejos de sentirnos molestos por el trato recibido, les dejamos las numerosas mantas que no utilizamos para que ellos pasen unas noches algo más reconfortantes.

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– Como traten así a los restantes turistas, a estos dos les quedan dos peinados en la empresa – comentamos sarcásticamente.

El día de la cumbre salimos con la calma, cuando el sol ya hace una hora que ha despuntado sobre el gélido horizonte. Raúl y Saúl, se sorprenden de nuestra inusual tranquilidad. De vez en cuando algún cliente deseaba ascender el Licancadur, — el único volcán relativamente conocido de la zona –, y para subir a la citada cumbre debe contratarse, de manera obligatoria, un guía local, que hace que las caravanas a la cumbre salgan a la 1 de la madrugada. Al rato de caminar vemos que las distancias engañan, y son mucho mayores de lo que a primera vista pueden parecer. Calculamos que de la estancia al pie de la montaña cruzamos una planicie de unos 15 Km., ya que, con un buen ritmo de marcha, tardamos más de dos horas en llegar al otro lado del ancho llano, horizontal en toda su extensión. A partir de aquí empieza la lenta ascensión y el gradual aumento ascendiente de los números del altímetro: 4.800, 4.805, 4.810 …. 5.000 …

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Al llegar a la altura mágica de los 5.000 hacemos una parada. El páramo es terriblemente feo: una pendiente interminable de pedregal movedizo, compuesto de grandes bloques. Damos cuenta de las hojas de coca, el mejor antídoto contra el mal de altura, según los andinistas bolivianos.

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Llegamos a la cumbre este, de unos 5.650 metros, tras un largo flanqueo en que la inestabilidad de los bloques hacía peligroso en terreno. Nunca había tenido esta sensación de peligro en una montaña de la cual tan solo se debe considerar un puro pedregal. No en vano la pendiente es pronunciada y las losas, dispuestas como platos gigantes, se mueven con una facilidad espantosa, apenas son rozadas. Por un momento tuvimos la sensación de que toda esta gran vajilla de losas trituradas se pondría en marcha. El punto de inflexión fue claro. En un momento concreto Jordi, mi compañero de andadas, me advirtió de que las losas que tocaba con las manos eran sumamente inestables. Yo tuve la certeza de que si, todo aquel castillo de naipes se ponía en marcha, como mínimo me rebanaría las piernas.

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Los últimos metros antes de la cumbre son una verdadera tortura. La altura, la maldita altura … cada vez que paso, por primera vez, de los cinco mil metros durante el transcurso de una expedición, la experiencia es la misma. El mal de cabeza, el cansancio, la falta de oxigeno. Observo a mi compañero que se muestra contento, ha construido un pequeño hito en esta cumbre, su primer cinco mil. La vista es majestuosa, la laguna colorada se ve en su totalidad, inmensa, rosada, haciendo alarde a su nombre. Piso la cumbre, solicito a mi compañero que me haga una foto y sin más demora empiezo a bajar, se que a cada metros descendido volveré a encontrarme mejor. La bajada es terriblemente molesta, el pedregal no se acaba nunca, todo se mueve, y para adobar el tema, la nieve polvo es más abundante de lo que temíamos, y a ratos nos hundimos hasta la rodilla.

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Bajar, bajar, bajar, por el peor de los terrenos. Todo un rompe piernas. Al llegar al llano situado bajo el volcán aún nos faltan los 15 Km. de planicies. Con las últimas luces del ocaso caminamos ya como autómatas. Jordi me habla de una novela del Stephen King, en que 100 jóvenes participan en un concurso que consiste en caminar sin tregua. Si paran o bajan el ritmo de la marcha reciben un “aviso”, y cuando acumulan más de tres avisos, reciben un par de tiros. O sea que, uno gana (y el premio consiste en pedir lo que quieras), pero el resto mueren. Caminan varios días, una agonía brutal producto del maquiavélico cerebro de ese maestro de los best sellers.

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– ¿Te imaginas que Raúl nos viniese a buscar con el jeep? –

– Si lo hiciese se ganaría más de propina que de sueldo, pero … no me lo imagino, su coeficiente intelectual no llega para tanto.

Llegamos cuando las últimas luces del día casi agonizan en su totalidad. Suerte que aún había un atisbo de luz diurna, puesto que la construcción donde nos hospedamos es tan sumamente pobre, que la poca luz que tiene no se ve desde la lejanía.

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Al día siguiente preguntamos a los lugareños sobre posibles anteriores ascensiones a la cumbre. No saben nada, responden. ¿Y el nombre de la montaña?. “Palangani”, nos dicen, que en la lengua local significa “cuando alguien suba a la cumbre, nevará”. Y de nevar, … ¡y tanto que nevó la semana siguiente!: Nevó en la Paz (en una época en el que el buen tiempo está asegurado), murió gente congelada en el Alto, nevó en Buenos Aires, donde hacia 80 años que no nevaba, y nevó en Uruguay y en el litoral brasileño, donde nunca se había tenido constancia de nevadas. ¿Casualidades? ó ¿realmente el Palangani se sintió aturdido y enfadado por nuestra torpe intromisión?

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Me esfuerzo por cultivarme a mi mismo, en vez de contribuir a los que hay a mí alrededor o a la sociedad. Creo en un arte que no puede ser empaquetado o preservado, que no perdura más que el momento en el que es ejecutado; un arte que es vivir y crecer, un arte que amenaza la vida ordenada. Si queda completamente muerto, no hay una colección de rutas hechas. En este momento no me importa lo que escalo, simplemente me interesa como me afecta. Llegar a la cumbre no tiene valor real si no he aprendido o he sentido alguna cosa.

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