VALLE DE RIPERA. LA MORADA DE LAS SOMBRAS

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Forato (4)No abandones tu dama, no dejes que esté quieta,

siempre requieren uso mujer, molino y huerta;

no quieren en su casa pasar días de fiesta,

no quieren el olvido, cosa probada y cierta.

(Fragmento de la poesía «Consejos para un galán» del Arcipreste de Hita)

*          *          *          *

En verano de 1.998,  motivados por el gran amigo y escalador Antonio García Picazo, nos embarcamos a acompañarle en una apertura al más puro estilo de su maestría: Lugar remoto, muchos metros de vía, compromiso, elegancia y exploración. El escenario escogido fue la Peña Forato Os Diaplos. Una gran mole calcárea, de aspecto imponente y tétrico, que esconde el Valle de Tena. En si se trata de los mayores precipicios del Pirineo situados al sur de la divisoria de las aguas. Un lugar olvidado y salvaje. Un escenario que se aleja de los cánones actuales de la escalada de consumo.

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Aquel mismo verano, durante la primera incursión, trazamos la vía más directa de la pared, que recibió el nombre de «Neus-Pako-Picazo». Con sus más de mil metros de recorrido, a punto estuvimos de acabarla en el día. El terció final se mostró vertical, desmenuzado y difícil. Se trata de una gran cicatriz característica, — bien visible desde la base –, donde Antonio mostró sus cualidades imprimiendo a la cordada una velocidad y constancia galopantes. Cerca de la cumbre, y en medio de un detritus fantasmagórico instalamos el vivac. La montaña de la Forato recibe su nombre a sazón de una curiosa cueva de enormes proporciones que parece una boca negra, y que es conocida, desde tiempos ancestrales, como la boca del diablo «Forato Os Diaplos». la terraza de vivac era el sitio más feo y lúgubre que los tres habíamos llegado a ver en el Pirineo. No en vano llegamos a la conclusión que, si Lucifer tuviese un «xalet» de veraneo en la cordillera, aquél era el emplazamiento perfecto. Al amanecer una mata de flores resecas se dibujó entre las primeras luces del alba. El viento frío movía el ramillete funesto, y nosotros, entre risas, recriminábamos al diablo el que fuese tan poco cuidadoso con su jardín.

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Al bajar de abrir la vía en la pared norte, observábamos, con disimulado desinterés, el esbelto espolón norte de la cumbre situada a la izquierda de la mastodóntica mole de la Peña. Comentarios dispersos, intercalados con recuerdos de la reciente ascensión, amortiguan el dulce caminar hacia el fondo del valle. El espolón, sin duda, promete ser otra vía de un millar de metros de recorrido, que se desprende de una enigmática cumbre, cuyo posible nombre no esta gravado en mapas y guías, y al que denominaremos el Tozal de Ripera. Cada vez que nos detenemos a escrutar los detalles de la inmensa pared planificamos su posible ascensión como un proyecto pendiente en perspectiva a realizarlo unos años más tarde…

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Conscientes de que nos engañábamos mutuamente, a duras penas esperamos la proximidad del verano siguiente para concretar que, entre las posible aperturas, el espolón norte del Tozal de Ripera sería el «Nuestro objetivo número uno» de la época estival. Así pues, aprovechando que disponemos de unos cuantos días a mediados de Julio, nos dirigimos a los pies de la montaña para vivaquear en la víspera de la ascensión.

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Al llegar a los verdes prados de Ripera los últimos rayos de sol, con una luz apagada y mortecina, alumbran algunos salientes de la parte alta de la muralla. Tras un año sin ver la pared se me antoja más tétrica y fúnebre de lo que quería recordar, hasta el punto que la creciente oscuridad del crepúsculo parecía resultar confortable y apropiada a la montaña. Ceno de espaldas a la omnipresente pared, esforzándome en arrinconar un temor casi infantil.

Al día siguiente, como siempre, las cosas se ven de otra manera. La preocupación, no obstante, viene ahora producida por un cielo poblado de grises nubes que, con su presencia, hacen que la mañana sea pesada, gris e incolora. Nos preguntamos mutuamente acerca del pronóstico del tiempo. El «¿Que crees?«, viene acompañado de un «No se … ¿y tu?«. La panacea es la de siempre. Conclusión: «escalamos un par de largos y si no lo vemos claro bajamos». Justificación: «Ya que estamos aquí, aprovechamos«. Traducción: «Nos metemos y ya saldremos por donde se sea«.

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Nos adentramos en una fea canal pedregosa, verdadero embudo colector de las piedras que se puedan desprender de lo alto. Nos apresuramos en abandonar el lugar, ascendiendo los primeros metros hasta una curiosa poza. Esté tramo, que constituye el zócalo de la pared, lo superamos sin encordarnos, escalando con precaución un terreno fácil pero roto, atentos a evitar movimientos bruscos muy a pesar del peso de las mochilas. Aquí se inicia la escalada en sí, concluyendo la primera sección en la cúspide del zócalo, donde encontramos un agonizante helero de nieve ennegrecida y sucia al que denominamos «primer helero». Justamente, a partir de este punto, la vía muestra su sección más vertical, que durante varios largos, discurre por una llamativa chimenea hasta la sección de los «techos negros», límite de los vestigios de alguna tentativa anterior. Nos esforzamos en no perder tiempo, lo que convierte la escalada en un ejercicio tan absorbente que a duras penas salimos de nuestro asombro al oír el primer trueno. El cielo plomizo no tarda en desprender veloces gotas de agua. Nos protegemos bajo unos pequeños desplomes, cada uno dentro de su respectiva funda de vivac. Son las cuatro de la tarde, y al parar, la sensación de cansancio y gana se ve incrementada por la lluvia. La vacía niebla que amortigua y absorbe los matices de la pared.

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Al finalizar la tormenta, de apenas media hora de duración, empieza la siempre desagradable divagación entre subir o bajar: Yo tomo la postura cómoda de responder a las preguntas con nuevas interrogaciones y delegar, sutilmente, la decisión al compañero; al poco tiempo, quizás harto de jugar al «frontón dialéctico» se pone de pie y sentencia «Yo de aquí no me bajo«. Mira hacia arriba con firmeza y se vuelve a apretar el baudrier. Es tan contundente el tono de su voz que, de repente, tengo la absoluta certeza de que el cielo se abrirá sin mas y que, como tantas otras veces, tendremos como cómplices del vivac a las mil y una estrellas que adornan el firmamento.

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Lejos de cumplirse el optimista pronóstico, un par de horas mas tarde estamos acondicionando un desprotegido vivac en una exigua cornisa, en el margen de una repisa terrosa. En vano buscamos un lugar un poco cómodo, si más no resguardado. No hay nada. La pendiente es uniforme, las repisas estrechas y sobre nosotros se yergue un vertical tramo de pared anaranjada de más de cien metros homogéneos, sin cuevas, sin techos. El píe de la citada pared es el lugar más confortable que sabemos descubrir en el sector central de la pared. Al llegar la noche maldecimos el cambio de tiempo que nos había asaltado por la tarde. Si la situación atmosférica nos hubiese respetado, ahora estaríamos bajando a tientas de las alturas, con la vía en nuestro corazón; en cambio nos esforzamos en descubrir puntos de luz que nos adviertan de que la compacta capa de nubes se esta rompiendo con el frío de las noche. A veces creemos ver una estrella que desaparece lentamente, hasta que nos rendimos ante la evidencia de que aquello que nos obstinamos en observar ya ha desaparecido. A pesar de ello nos metemos en la funda de vivac, sabiendo que poca cosa más podemos hacer y que son las primeras horas de la noche las únicas relativamente reconfortantes cuando se duerme sin saco. Una rápida mirada al reloj; son las diez de la noche.

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Tan solo un par de horas más tarde Antonio me desvela de mi frágil sueño.

– Crestas, tenemos visita. …

Decenas de rayos y relámpagos invaden con sus haces de luz el cielo. No deja de ser curioso ver una tormenta eléctrica cuando estás dentro de las propias nubes, destellos arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, y luego el ensordecedor ruido de los truenos. Nos sentimos pobladores de las trincheras, frágiles soldados perdidos en medio de una dantesca batalla. Somos los únicos asistentes a una obra de teatro que se representa desde lo más remoto de los tiempos: Las nubes jugando a holocaustos nucleares. Ante la magnitud de la tormenta que se aproxima y quizás como respuesta ante el miedo, me siento espectador, ajeno a la realidad; ilusa percepción que se desintegra tan pronto como recibimos el impacto de primera tromba de agua. Ya entonces hemos abandonado nuestra postura estirada para sentarnos de cuclillas sobre la cuerda, evitando apoyar la espalda en la pared. La sorpresa es realmente desagradable al descubrir la casi nula protección que me otorga la funda de vivac. Rápidamente se empapan los diferentes jerseys que hasta el momento me habían mantenido caliente.

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«Mierda, me estoy empapando». – grito al sentir como la ducha de agua gélida discurre por mi espalda.- «Yo aún no,… pero poco me falta» – responde mi compañero. Otra rápida ojeada al reloj, tan solo hace cinco minutos que llueve.

Minutos más tarde, y ante los repetitivos temblores causados por la bajada de temperatura del cuerpo, soy víctima de un repentino ataque de nervios y empiezo a quejarme de manera descontrolada.

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«Ostia, esto es inaguantable » — «Mierda, mierda …» Las palabras me salen con un hilo de voz, preludio del llanto.

Antonio corta sin compasión mi letanía.

– Crestas, cállate. Quejándote no arreglas nada. Aguanta un poco.

Tristemente tiene razón. Callarme es lo mejor que puedo hacer. Concentrarme para que las lágrimas de mi impotencia no se pierdan en la lluvia.

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La tormenta, lejos de menguar en su violencia, continua torrencialmente durante dos horas más. Temblores incontrolados por la perdida de calor corporal, mil y una quejas, la loca respiración, y agua, mucha agua, por todos los rincones del cuerpo. Corre por la espalda, por el pecho, entra por la ranura del ano. Es como si alguien se dedicase a tirarnos cubos de agua encima. Múltiples ríos de agua que bajan por doquier, acompañados de rocas que se precipitaban.

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A las dos de la madrugada, tan súbitamente como empezó, cesa el llanto desconsolado de las nubes.  Ahora soy yo quien llora, desecho por el frío. Una y otra vez que imagino la salida de Sol, y siento que su templada caricia pone fin al penoso tormento. Sé que la esperada sensación es el mejor sedante ante las interminables horas de espera que me separan del despuntar de un nuevo día. Antonio aún tiene la paciencia de ponerse de píe y extender su ropa y la funda para el que frío viento las seque. La desazón es total cuando una nueva tormenta, aún más violenta que la anterior, vuelve a absorber la montaña hacia las cuatro de la madrugada. Nuevamente bajan por la pared verdaderos torrentes. Los minutos parecen horas y las horas días. En un momento impreciso Antonio empieza a lamentarse demostrando que también se encuentra harto de tanto sufrimiento. Entonces soy yo quien amputa su letanía de quejas …. «No, no, no. …. Sr. Picazo, Vd. no puede hacerme esto. Tu debes aguantar para que yo aguante». Acto seguido Antonio vuelve a momificarse.

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La grisácea mañana aparece entre cortinas de agua. La oscuridad da paso, de manera desesperantemente lenta, a las primeras luces lechosas del nuevo día. Definitivamente, el Sol nos ha traicionado. Observo a mi compañero, su mirada esta apagada por la amargura del sufrimiento y la derrota. La repisa que ampliamos al iniciar el vivac ha desaparecido. Ya no queda ni una de las piedras que sirvieron como contención de la plataforma. Con la cabeza colgando sobre los hombros observo el suelo de piedra y la multitud a diminutos riachuelos de agua que constantemente lo surcan. Antonio saca una navaja y abre la funda de vivac por su parte inferior. Al momento un chorro de agua surge, a modo de fuente, del corte recién abierto. Hace horas que no hablamos pero, sin duda, los dos pensamos lo mismo, «A la que deje de llover salimos de aquí«.

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Al ponerme en marcha me asusta verme en apuros para mantenerme en equilibrio. Suerte del pasamanos que dejamos instalado hasta la última reunión y de la constante atención de Antonio!. Empieza una sucesión de aéreos rápeles acompañados del interminable temblor del cuerpo y de pequeños paréntesis de somnolencia. Delego, de manera descarada, las maniobras de cuerda al compañero, que montaba las instalaciones y recogía las entumecidas cuerdas una y otra vez. Se le ve cansado, hastiado, fuerza sus lesionadas muñecas al recuperar las cuerdas, pero yo poca cosa más puedo hacer que observarle con la cabeza vacilante y la mirada perdida. El cansancio a dado paso al agotamiento y lucho contra una desgana inmensa. Llegada la tarde, lejos ya de la empapada pared, otra violenta tormenta nos acompaña en nuestro camino de descenso del valle. Los truenos suenan como insoportables carcajadas que se desprenden de lo alto; acompañando a la orquesta la fría lluvia y punzante granizo. La verdad es que quizás ya nos da igual lo que diluvie, sin duda llueve sobre mojado. Negro sobre negro. Ya de noche llegamos a la que se ha convertido en nuestra «Tierra prometida»: Panticosa. ¡Suerte la nuestra al vernos con un plato en la mesa regado del suave perfume de un Samontano Gran Reserva del 92!.

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Dos semanas más tarde, aún sin haber digerido en su totalidad los acontecimientos pasados, volvemos imantados por nuestras ganas de terminar lo empezado. La táctica seguida es la de acceder al punto máximo alcanzado mediante un sistema de viras herbosas situadas a media altura del gran precipicio del Mallo de las Blancas. Viras que, según se adivina, dan acceso a un circo suspendido desde el cual podemos acercarnos a la parte central de la pared. Invertimos la jornada en buscar el deseado paso, el cual resulta ser más fácil y evidente de lo esperado, dejando a nuestro paso las viras bien señalizadas con «cairns», evitando así la posibilidad de extraviarnos en caso de que la oscuridad o la niebla sean nuestras compañeras durante el descenso. Sin duda el recorrido que seguimos se trataba de la estrambótica «vía normal» de acceso a la cumbre, la cual, cada vez más, se nos antoja como el último torreón inviolado de nuestros viejos Pirineos.

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Tras varias horas de aproximación, instalamos el vivac en un verdadero balcón tupido de espesa hierba verde. Poco más arriba, un inesperado descubrimiento nos colma de dicha: Ni más ni menos que un increíble sistema de simas abren sus desafiantes bocas negras hacia las fauces de la tierra. Destaca entre todas un perfecto pozo redondo, de más de tres metros de diámetro, por donde se cuela un ruidoso torrente procedente de los heleros superiores. Al lanzar piedras por el agujero, oímos como las mismas rebotan durante ocho segundos, hasta que los ecos se pierden en la distante y fría oscuridad. Otra de las tantas bocas exhala un extraño aire helado, proveniente de las estrechas paredes tapizadas de hielo. Tardamos un buen rato en salir de nuestro asombro, quizás hasta nos sentimos incómodos por no ser espeólogos y no saber desear adentrarnos en los secretos de nuestro reciente descubrimiento.

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El crepúsculo se viste de los colores de la miel, presagiando buenos momentos para la día siguiente. Sorprendentemente, a las doce de la noche, la situación de la anterior tentativa se reproduce, y un compacto manto de nubes, acompañado de nucleares destellos, arropa de nuevo la montaña. Ni tan solo me esfuerzo en disimular mis nervios cuando anuncio que, a la que caiga la primera gota, saldré corriendo hacia el valle. «Como vuelva a pasar por lo que pasé, no volveré a escalar en roca en el Pirineo hasta el próximo verano», pregono.

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Quizás por casualidad, quizás con condolencia, la tormenta nos roza pero no deja caer sobre nosotros ni una sola lágrima. Al alba aún estamos rodeados por una espesa niebla, que tan solo se rompe esporádicamente para dejarnos ver más y más nubes. Tras un vacuo compás de espera, desalentados por nuestra suerte, decidimos combatir el húmedo frío adentrándonos en la pared. Tomamos un sistema de viras, realizamos tres cortos ráppeles, y llegamos al punto de vivac. Nos sorprende la proximidad del mismo de la que hubiese sido una salida de escape durante el anterior intento. ¡Si hubiésemos escalado un par de largos más de cuerda, hubiésemos podido salir caminando de la pared¡… si mas no hubiésemos podido resguardarnos mejor de la lluvia y nos hubiésemos ahorrado los doce malditos rápeles.

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La suerte decanta la balanza a nuestro favor puesto que el cielo azul gana, poco a poco, el terreno ocupado por las nubes. Paralelamente, los largos de cuerda discurren veloces, uno tras otro, gracias a la mayor facilidad del terreno que, en la parte alta de la pared, se inclina y pierde verticalidad. Una bonita franja rocosa de roca blanca culmina la vía, regalándonos el largo de cuerda más bonito de los veintitantos que completan el recorrido. La llegada a la cercana cumbre es, sin lugar a dudas, el momento de gracia de mi humilde vagar como pirineísta. No adivinamos ningún vestigio de anteriores ascensiones, construimos un inmenso cairn  y saboreamos dulcemente la estancia en la cima, en «nuestra cima». Mutuamente, contemplamos nuestros rostros desfigurados por una sonrisa incrustada. Tengo la certeza de que el brillo que se adivina en los ojos de mi compañero es el reflejo exacto de mi mirada. A la sazón, el cielo, aparejando ser cómplice del momento, muestra una brillante color azul, irrealmente iluminado por el majestuoso Astro Rey. Las nubes de la mañana ha desaparecido tan sigilosamente como aparecieron

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Durante la bajada del tridente que forma la cumbre del Tozal de Ripera, provocamos la caída de los bloques inestables que obstaculizaban la escalada e instalamos un largo rappel para salvar la canal que, como si de un tobogán se tratase, presenta un vertiginoso descenso. Factores, todos ellos, que ahondaban nuestro convencimiento de que la cumbre que dejamos atrás era una de las raras cúspides vírgenes, quizás la última, que aún guardaba, celosamente, la querida Cordillera Pirenaica. ¿Que más se le puede pedir a un caluroso día de Agosto?.

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